No hay que cambiar un gobierno, hay que cambiar un sistema

Por Nicolás Sampedro*

Si bien en el último tiempo no les fue tan redituable, ha sido moneda corriente la utilización de la situación de Venezuela por parte de los gobiernos cipayos para deslegitimar a los procesos populares de las últimas dos décadas.

El posicionamiento de los medios de comunicación hegemónicos y sus repetidores (conscientes o no) al respecto ha buscado generar en el pueblo una asociación directa de la palabra “Venezuela” con el caso, la pobreza, la represión, el autoritarismo e incluso con el término dictadura.

La frase “Vamos camino a ser Venezuela[1] se repitió hasta el hartazgo en casi todos los canales de televisión, en gran parte de las radios, en casi todos los periódicos de alcance nacional y en las discusiones en redes sociales. A decir verdad la situación actual Argentina -bajo el gobierno de Cambiemos-, muy por el contrario a lo que se intenta que crea nuestro pueblo, es incluso peor.

Lo primero que habría que señalar, es el hecho de que las calificadoras de riesgo y los organismos internacionales como el FMI, el Banco Mundial, la OEA u otros son instrumentos del capital concentrado para legitimar o deslegitimar a gobiernos según su afinidad. Motivo por el cual, lo que digan estas instituciones debe caracterizarse como de quién viene, cosa que los medios de comunicación precisamente ocultan por responder a sus mismos intereses.

En segundo lugar, la gran diferencia entre ambos procesos se caracteriza por el rol que cumple el Estado en la defensa de los intereses de las grandes mayorías y del interés nacional, por sobre el de las corporaciones, los poderes financieros internacionales y el imperio norteamericano.

Mientras en Argentina Macri causa una crisis colosal, asegura los negocios de sus amigotes, se subordina a los designios gringos y colabora en el experimento del FMI, en Venezuela Maduro defiende a su pueblo de la voracidad imperial, realiza ayudas muy significativas a les más necesitades e impulsa la construcción de un mundo multipolar que se base en el respeto y la cooperación entre los pueblos.

Mientras Macri es ayudado por su jefe del norte para que la Argentina vuelva a estar atada de pies y manos de los organismos internacionales y de acreedores privados que sólo buscan rapiñar, Maduro se enfrenta al imperio y busca vías alternativas en asociación estratégica con Rusia, China, Irán para intentar sortear el bloqueo criminal impuesto por Donald Trump y sus aliados. La disputa de fondo es la misma: saquear y rapiñar los bienes comunes o recursos naturales de nuestras naciones y pueblos.

El 21 de agosto del año pasado en un artículo titulado “Todavía estamos a tiempo[2] retomábamos las palabras del Dr. de Estado en Economía, Jorge Beinstein, quien en su último libro analizaba el carácter de la familia Macri y el componente mafioso de la lumpenburguesía parasitaria y de la oligarquía argentina que llegó al gobierno a finales de 2015.

En ese artículo señalábamos la necesidad de asumir la responsabilidad histórica que teníamos como pueblo, para generar las condiciones subjetivas que entierren el experimento oligárquico que en ese entonces ya estaba llevando hacia el abismo a nuestro país.

Sólo dos semanas después, publicábamos otro artículo de opinión titulado “El shock room argentino”[3]. En esa oportunidad retomábamos las investigaciones de la periodista canadiense Naomi Klein y cómo los poderes globales han utilizado desde los años 60 en adelante la política de shock para implementar reformas neoliberales ante crisis de diversa índole a lo largo y ancho del planeta. En Argentina el ejemplo más concreto sería la dictadura cívico-eclesiástico-militar.

Lo acontecido durante este año reafirma lo que se pronosticaba en aquel entonces: un gobierno compuesto por una mafia que sólo buscaba hacer suculentos negocios con las estructuras del Estado a su favor; un sistema internacional permisivo con estos experimentos, con un Trump presionando para que el FMI haga el préstamo más grande de su historia (incluso salteándose sus propias reglas) para sostener al jardinero Mauricio, fiel siervo lacayo del imperio; y un pueblo que en algún momento reaccionaría por más shock que intentaran imprimir.

El pueblo argentino demostró madurez política y verdaderos deseos de vivir en paz, no por ello dejó de luchar en cada lugar donde le fuese necesario. Ya sea en las calles con enormes movilizaciones, en la discusión de los sindicatos en la defensa de los derechos de les trabajadores, o en las urnas, con la aplastante derrota electoral al experimento oligarca argentino.

Ahora bien, la montaña rusa en la que ha entrado Argentina luego de las PASO, no sólo representa un gran riesgo, sino un gran desafío para nuestro pueblo. Las presiones internacionales, de los grupos concentrados de poder, de los medios de comunicación e incluso del derrotado oficialismo, para con Alberto Fernández no han cesado desde entonces.

Desde todos los lados posibles se pretende acorralar al candidato de Todes para que continúe en la línea trazada por Trump y los grupos de poder financieros internacionales y seguida al pié de la letra por Macri.

El desafío para el pueblo argentino no sólo será abrazar a les Fernández y llevarlos en octubre a un triunfo aún más contundente, sino condicionarles para que muchas de las cosas que están mal y aportaron a que se genere el desastre actual no se vuelva a repetir.

Si se las analiza fríamente, las situaciones de crisis no son ni buenas ni malas. Son una oportunidad para transformar lo existente en algo nuevo. Como relata Naomi Klein en su libro “Decir no, no basta”, ésta lógica de shock la han implementado desde hace décadas el imperio y los grupos concentrados de poder para imponer medidas neoliberales que los favorezcan.

Ahora le toca al pueblo imponer sus condiciones en detrimento de los ganadores de siempre. Hay que darse una profunda reflexión sobre la matriz productiva, sobre la forma matriz impositiva, sobre el ordenamiento jurídico y constitucional. Hay que parar de desangrar al pueblo y que la exuberante deuda que contrajeron que la paguen ellos. Expropiarles hasta la última pertenencia si hace falta, pero que no se salgan con la suya y salgan libres de culpa y cargo.

Luego de la crisis del 2001 una de las cosas que se analizaban era que la madurez política del movimiento popular organizado argentino no había logrado ser parte del nuevo gobierno que había surgido. Las condiciones actuales son mucho más favorables para que lo que surja en diciembre cuando asuma el próximo gobierno nacional y popular, cambie de raíz las lógicas de funcionamiento y que nunca más sea el pueblo quien pague las consecuencias de lo que hace un grupúsculo minoritario y enriquecido.

Esos cambios profundos no sólo son una necesidad histórica para que haya felicidad y prosperidad con justicia social en nuestro pueblo, es una necesidad humana, si pretendemos seguir existiendo como especie. No hay que cambiar un gobierno, hay que cambiar un sistema.


* Periodista especializado en temas internacionales, conductor del programa Marcha de Gigantes (AM 1390 Radio UNLP), productor del programa Columna Vertebral (Radio Estación Sur - FM 91.7), columnista del programa La Marea (Radio Futura – FM 90.5) editor de Revista Trinchera y colaborador de Agencia Timón.

Bibliografía:
[1] https://actualidad.rt.com/actualidad/308995-mauricio-macri-venezuela-destino-evitado
[2] https://revistatrinchera.com/2018/09/21/todavia-estamos-a-tiempo/
[3] https://revistatrinchera.com/2018/10/07/el-shock-room-argentino/

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