Maldición quien siga estas cartas

Maldición quien siga estas cartas

TIEMPO DE LECTURA: 3 min.

Alguien escribió una carta el 7 de noviembre de 1979, ustedes escribirán las respuestas. Los invitamos a esta nueva convocatoria a escribir.

Boquitas pintadas es una de las novelas más famosas de Manuel Puig. La novela está conformada por dieciséis entregas, cartas. Por las cuales la historia se va armando, voces que van brotando desde los márgenes de estas cartas. 

La decisión de publicar la siguiente carta es que sirva como movimiento inicial de algo que empieza a narrarse. Se le podrá dar continuidad de manera anónima y tomando cualquiera de los arcos narrativos emergentes en estas páginas.  

Sarmiento (Ch)                         7 de Noviembre de 1979 

Querida Mercedes: 

Deseo de todo corazón que al recibo de está te encuentres bien de salud, y rodeada de felicidad y cariño con el resto de tu familia; quedando yo por el momento bien a Dios y Ceferino muchísimas gracias. 

                                   Paso a decirte y para dar comienzo a la presente que anoche recibí tú carta de fecha 31/10/79 y va esta en agradecimiento y como contestación.

                                   Negra, te diré que me alegra mucho que todos uds. se encuentren bien y como así también y por lo que decís creó y estimo que las fiestas en Carhué deben haber estado barbaras, también te comentaré que tuve mucha suerte con lo de la comunión de Zulma ya que gracias a Dios tuve la suerte de poder probar la torta y los pasteles. 

                                  Mercedes ahora tengo que darte una noticia que mí me parece mala ya que el que la sufrió fue un amigo mío: no se si sabrás que días pasado el Mario Anaya le quebró el brazo un caballo de una patada, según lo que entendí yo es bastante, estuvo internado en T. Lauquen donde lo operaron y le colocaron un clavo; “pobre loco” y para colmo hacia 2 o 3 días que se había peleado con Cristina Tello (no aguanta con nadie) lo más lindo que ya había sacado permiso en la casa. 

                                  Pasando a contestarte la última pregunta tuya te diré que sí que esa piba que andaba en Epecuén con Rolando es la actual novia y según comentarios; no se si es cierto, se casan a principio de año.

                                  De mi Mercedes te diré que por el momento me encuentro bien, con un poco de nerviosismo estos dia ya que hayer comenzaron hacer la lista de los que se van de baja.

                                  Negra la próxima talvez no te conteste rápido ya que lomejor no nos encontramos en el regimiento porque el 19 lunes salimos al terreno hasta el 30 y no sabemos si las cartas la llevaran o las entregaran todas juntas cuando bo volvamos. 

                                  Pero vos contesta pronto igual, que yo lo más pronto posible te contestaré.

                                  También te digo que te envío esa postal para que la guardes de rdo. Es de Esquel un pueblo como voz ya sabrás, también perteneciente a la Patagonia y en el cual tuvimos días pasando realizando un operativo, espero que sea de tu agrado. Decile a tus cuñadas que escriban total están todo el día al …. y no tienen nada que hacer, principalmente Anita que digo yo que espera para hacer una carta tan siquiera. 

                                  Bueno querida prima sin más que contarte me despido de uds: saludo a los tíos, primos, primas, Fabio y a todos los conocidos y en especial voz recibe un beso y un abrazo de quien siempre te recuerda y verte pronto desea: 

                                   Tú primo: Felipe Norberto Acosta.

Hasta la próxima 

                              Contesta pronto. 

7/XI/79

 


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Desvarío

Desvarío

TIEMPO DE LECTURA: 3 min.

Relato de Luz Iriarte, participante de la convocatoria de cuentos “Hebe Uhart”.

Soy de hogar tierno y cuna tibiecita. Como en cama y duermo en comida, no hay que no tenga ni donde estar. En mi hogar tierno y cuna tibiecita soy feliz. Sueño mundos de leche y mimos, si es que acaso existen lugares así, porque aspiro a ser yo cuya leche y mimos nutran a mi descendencia.

Salgo de mi hogar, me adentro en la jungla y observo las bestias, observo el metal, me adentro con miedo en la jungla de cemento y espero hasta que el sol frene a las terribles criaturas con su acromático brillo. Embiste el último demonio y atravieso el vacío caminando elegante. Ante todo, cortesía, ante todo el valor principal de coexistencia entre los nuestros.

Al cielo, después, volando entre peldaños y misterios, me vuelvo una con el pensamiento de que algún día no voy a volar y que por eso deben volar mis futuros niños, que deben aprender a tomar flote y que no seré yo quien los eduque sino ellos, tristes en su existencia, pero en quizás un hogar adecuado y no tanto tierno. Un hogar de espuma y suavecito, menos tierno (más carnoso), bien fibroso (no tan crudo).

Ahí en el cielo está el Don, enrollado como tazón y rellenito como un pan. Me acerco y amago a pegarle, él ni se inmuta. Al rato, frota su rostro contra el mío y su bigote me acaricia la cara. Sé que le gusta. A mí me gusta él, pero hay algo que me aleja, ese olor insoportable a desvarío que no sé cómo manejar, que no sé cómo enfrentar, así que le pego un zarpazo en el cachete para que no se acerque y eso lo rompe. Retrocede uno, dos, avanza tres y se me abalanza. Nos enrollamos y caemos en las bases del cielo, paraíso lejos. Al Don le falta eso: pasión, y a mí me sobra. Él es grande y no me puede dar lo que quiero. Él es viejo, yo soy joven. Le grito: corre a esconderse en cuna fría, yo bajo de nuevo a tierra.

Don no tiene amigos, yo tampoco; él por cobarde y yo por desdichada. No creo que lo sepa, pegote que es conmigo, que a comparación suya parezco una condesa como aquellas que veo por los caminos infinitos tras vidrieras. Infinitas son las posibilidades de una que no es como lobo, sino que más bien es hábil y rápida. Escapando siempre, vez tras vez, me encuentro cara a cara con cosas que no puedo evitar. Siempre, pero siempre, se me cae el cielo encima. Se angustia y estalla en mil pedazos, esos lugares en fracciones de segundo no están ahí, permanecen inaudibles en mi imaginación, sólo son imágenes, no más que eso. Vivo triste porque triste me vive el cielo, y así como vuelvo mojada a mi cuna tibiecita, que ya ha sido vaciada y a mi hogar duro y afilado, también vuelvo a mis viejos rituales. Duermo mojada, duermo sin comer, duermo. Al final, sólo me queda soñar mundos de leche y mimos, si existe un lugar así, cada vez me lo creo menos

Tres poemas

Tres poemas

TIEMPO DE LECTURA: 2 min.

Poema de Marcelo Patiño, participante de la convocatoria de poemas “Daniel Omar Favero”

Aquí recaen instancias de vida, vicisitudes en la actividad de mirar por la ventana, los árboles y un parco cielo. A las personas y a uno mismo siendo parte de la cotidianidad del día. Cuando te sientas en el subte, en el taxi o en un café. Cuando caminas por la calle y paras, porque viste una palabra o un rostro, porque siempre habrá algo que te robe la mirada y el paso para regalarte ese momento-que te lleva al recuerdo-que activa un sentimiento (perfecta sinapsis) para finalmente terminar escrito en un papel, como este.


1.

Entonces fui al cielo,
cruzando la ventana
y la ciudad por primera vez se veía tan mansa,
como los recuerdos de una nube, tan basta.
De día no es lo mismo, repetía,
de día no me gusta
porque el sol despierta los pecados
la luz que ilumina el infierno.
De día reinan los metales,
engranajes de mal augurio
y todos cantan al compás
la muerte del arbusto.
Hay una nostalgia que mata el celeste,
hay una tristeza que ocupa mi vista.
Por eso caminan agachados,
comen agachados,
ya no buscan a los árboles,
menos a los tordos o colibríes,
tampoco saltan esperando la primavera.
Por eso tomé dos vasos de azul,
tres de verde
y también habrá bordó
cuando el cielo
no me aguante más.

2.
¿Has visto aquellos engranajes del reloj
o de los autos?
¿Has visto la red neuronal
o el tejido de la masa de harina al romperse?
Has visto como un hongo crece,
el entrelazado de las raíces.
Has visto que todo supone una conexión,
ensamble vital.
Aquellas concepciones lingüísticas,
estructurales
¿Qué hay en la base?
¿Brahma, dios, átomos o un fonema?
¿Será un tal atlas?
¿Qué une mis letras con tu entendimiento?

Si tales engranajes forman un reloj,
¿Qué imagen u objeto formamos nosotros?
¿Una mesa?
¿Diccionarios?
¿Un te quiero?
¿El universo?
¿Qué?

3.
Hit the road

Por aquellos días en villa elisa
Por no volver a levantarnos
Sin haber sentido el cansancio
De las guerras existenciales
Pues esta vida, esta vida
Por sentirse dichoso y digno
De al menos una sonrisa o un abrazo
De nunca sentirse derrotado
No hasta que se rompa
El reloj de arena
Y reflejes luz
Luz ocular
El miedo de los héroes

El miedo de los héroes

TIEMPO DE LECTURA: 3 min.

Relato de Silvia Elena Machado, participante de la convocatoria de cuentos “Hebe Uhart”.

El contorno del agujero como el de aquella vez, según de donde se lo mire, es el mismo zigzag entre testigo y actor. Si lo hago desde adentro con ojos cerrados soy el testigo de mi propio miedo, en cambio, si lo hago desde afuera y con los ojos abiertos soy protagonista de la megamentira.

Tal vez no exista parecido, aunque yo tampoco soy la misma persona.

Por la domesticación sentía el pudor del machismo, era incapaz de expresar tanto amor que sentía por lapatri, mipatri, subterfugio para no decir que estaba enamorado de la Patria. Luego, en la calle como perro de Pavlov, gritaba los goles hechos y en los penales el sufrimiento hervía mi odio hacia los rivales. Como un auténtico energúmeno hubiera destrozado con mis caninos a todo el equipo contrario. Y por eso de que “la pelota no se embarra”, me agarré a las piñas con cualquiera que no fuera cristiano y señalé para toda la vida a cualquiera que no fuera futbolero. Mientras, en las efemérides me llenaba la panza con bollos y chocolate. Así era mi amor a lapatri, gastronómico y de comensal, de agrupación, no gregario, no solidario.

Con el sinsentido de la vida, que pasa tan rápido para los pibes pobres, casi sin darme cuenta me bañaba en las duchas del ejército. Me asusté, pensé en cuál sería la unidad de medida del tiempo de los colimbas, ¿serían los castigos? Aunque muy adentrito mío yo quería demostrarle a lapatri de todo lo que era capaz por ella. La llevaba tatuada en el envés de la piel, quizás si hubiese tenido acceso a las muñecas hinchables probablemente la hubiese llevado en mi mochila sin desempacar del envase original.

Pero, de las duchas pasé a no ducharme, a cagarme de hambre en el frigorífico de las hermanitas perdidas.

Lapatri que no se entera jamás de nada apareció después de los horrores como hoy, como ahora mismo veo este miedo que me va a chupar. Porque el miedo no es una sensación, es una gelatina con vida que nos mama, y aunque fuera más beneficioso que tuviera dientes. Pero no, no los tiene, no nos tritura, nos inmoviliza.

Esta aparición o visión del pino es en verdad es un agujero. Porque igual, igual apareció aquel agujero como ojo de aguja que distinguí en la tierra del miedo congelante. No veía nada en el infierno frío, gélido, el infierno que amputa dedos, pies, manos, pero el ojo de aguja era como este pino, y yo no sentía miedo de él. El miedo no lo sentí con los chicos del grupo, quizá por las órdenes, por el hambre. Porque eso era el asombro diario, eso era la falta de sombra, el miedo, el miedo es un pedazo de algo que limita, que paraliza, y yo en ese momento desde algo así como la eternidad era inmóvil como lapatri. Hoy si veo el ojo de pinoaguja sé que la viscosidad del miedo me está chupando y esta vez el agujero canta. Cantan el romancero de lapatri a los comoyo, los chicos de la guerra o de las enfermeras violadas de Malvinas. Ellas y yo, y los comoyo sí nos asustamos, conocemos el miedo y también sabemos que nada lo contiene.

El miedo trajina con la memoria, no tiene carnes. Los comoyo evocamos abrazos, canciones, poemas, aunque sean sencillas y escritas en los tapiales a medio terminar del barrio. Vivía con los ojos bien abiertos, no quería dormir para no despertar y ver muertos de ojos abiertos, por congelación, por metrallas, balas, explosiones, que se yo… Prefería verlos morir, cantar fuerte la Marcha y despedirlos de mipatri.

Cecilio

Cecilio

TIEMPO DE LECTURA: 3 min.

Relato de Anahí Testa, participante de la convocatoria de cuentos “Hebe Uhart”.

Desde que su esposa murió; Cecilio hace el mismo recorrido día tras día; sale de su casa después del desayuno y vuelve al mediodía a descansar. Por la tarde lo mismo y así su vida ocurre en punto muerto.

Es su casa un lugar que con los años le fue quedando gigante; el único sitio que habita realmente es su dormitorio dónde íntimamente guarda las cosas que eran de Alicia.

Sus tacones, vestidos y faldones aún permanecen adormilados en el placard de roble lustrado esperando a que alguien los toque o se revista con ellos; pero eso por el momento es imposible porque la pérdida de su compañera de vida para éste hombre silencioso y rutinario ha sido uno de los dolores más grandes y todavía no es capaz de sacar sus cosas afuera de la casa y menos aún de su vida.

Con ella se fué una parte de su corazón y al principio hasta caminar solo por la calle le resultaba raro porque aunque su cuerpo ya no estaba él aún sentía que extrañaba y quería a Alicia.

Ir todos los días a la soñada del mar y ser amigo de tantos niños lo rescataba por algunas horas del llanto casi diario que amortiguaba en esos pañuelos de tela que siempre escondía entre sus ropas.

La soñada era una calesita del año 1948 que Cecilio había comprado a los hermanos Sequalino de Rosario quiénes para ese entonces desde hacía años se habían iniciado en el negocio de la fabricación artesanal de éstas plataformas giratorias.

A pesar del paso de los años aún conserva sus biombos decorados con el típico filete que ya fue retocado en varias ocasiones, tiene muchos espejos y sus caballos gravitan subiendo y bajando al compás de la música pasada de moda.

Es especial la soñada no sólo por las singularidades de su estructura sino porque se encuentra situada en la línea de la costa; frente al mar.Ella es vigía y acopiadora de los atardeceres y amaneceres más bonitos.

Pero desde que Alicia ya no está la cajita musical interna de la calesita está desfasada; las canciones suenan raras y parecen ser siempre las mismas y aunque el lugar mantiene sus luces y la sortija intactas parece estar cada día más triste.

Una mañana de esas que quedan en la memoria; porque algo pasa y atraviesa como un rayo el curso de los días; Cecilio encontró algo distinto debajo de la lona verde.

Entre los caballos, perros y patos estaba él un enano de jardín de pocos centímetros que parecía extraviado como si estuviera fuera del Edén.

Es que en realidad ya no estaba en una floresta sino en un paisaje totalmente nuevo; quizás el frente de Liberación de los Enanos de Jardín lo había llevado hasta ahí porque tenía que cumplir una misión en ese su nuevo lugar.

Su destino no era el de ser un simple objeto de decoración para ser contemplado entre las flores porque desde que Cecilio lo vio por primera vez no se apartó ni por un segundo de él

Hasta lanzó un concurso para que las niñas y niños que visitaban la calesita le pusieran un nombre; Nissa fue el nombre elegido para ella

Desde que Nissa apareció Cecilio volvió a sentirse protegido de un modo que él aún no puede explicar; quizás ésta nueva figura sea el impulso que necesita para pasar la página de Alicia o no.

Ese día diluvió

Ese día diluvió

TIEMPO DE LECTURA: 5 min.

Relato de Lucas Carreño, participante de la convocatoria de cuentos “Hebe Uhart”.

Yo sé que cuando se destape la olla se va a ver lo podrido del asunto y esto lo estoy contando de antemano un poco por eso. Cuando se arme el lío no me va a dar el tiempo para decir nada. También pasó mucha agua debajo del puente pero ¿estos tipos tienen ese vicio no? No te perdonan una. Además estoy grande ya y viste como es, se te empiezan a borrar los bordes del recuerdo, se te van los detalles y terminas armando una mezcolanza de historias que no conectan.

Afuera llueve y eso me pone en clima, no por nostálgico ni nada sino porque ese día también llovía. Me indigno cuando me vienen con historias del diluvio universal, ese día si llovía como para que se inundara el mundo. La cuestión es esa, afuera llueve y a mí me caen las imágenes oxidadas por el desuso. Si lo pienso dos minutos, me vino al pelo el agua, porque ni bien cayeron las primeras gotas se armó como una desbandada de gente que se llevó a todos los chismosos. Y fue como tiene que ser. Los que estuvimos fuimos los de siempre, los que sabíamos, los amigos con derecho a estar. Si el pobre se las estaba bancando todas por nosotros, más que nada por mí. ¿Cómo no lo iba a aguantar hasta lo último?

Cuando me vino con esa idea de que tenía un plan para que yo zafara lo saque cagando. Si yo ni había pensado bajarme. Si ya estaba todo arreglado de antemano con el viejo y era un negocio redondo que cerraba por todos lados. Pero él, bicho, me conocía. Sabía que yo estaba dudando, que ella me volaba la cabeza. A todo el mundo le pasaba lo mismo. Nadie se animaba a mirarla de frente, era imposible, te desarmaba, entrabas en un estado como vegetativo. No es que fuera solamente hermosa, era perfecta. Lucida, bella, tiránica, insolente, simpática y distante todo en su medida ideal. En la ciudad se comentaba que no era real, no podía ser de este mundo. El tema es que sí, que existía y para darle la razón a este chiflado se notaba que yo le gustaba.

¿Cómo no querés que dude hermano? Si la piba por la que te morís, la que te tiene dos noches enteras sin dormir viene y te sonríe pícara y te dice -vas a caer- mientras te señala los cordones desatados, no hay corazón que aguante. Me estoy yendo de mambo y cuando lean esto no lo van a querer terminar pero por aburrido. La cosa es que cuando este ñato me viene con ese plan de que cambiemos, de que sos conocido pero no tanto, de que con la barba y el pelo largo medio que somos todos iguales… Si hubiéramos intentado lo que hicimos en esa época al día de hoy hubiera sido imposible. Con las cámaras, los teléfonos, la televisión y que lo que uno hace lo saben hasta en Japón, más que nada lo saben en Japón, tengan cuidado. Te decía que si lo hubiéramos intentado hoy nos linchan a todos, al grupo entero.

El tema es que una vez que me planteo su plan yo empecé a darle a la maquinita de la cabeza. Le había dicho que no que ni en pedo pero por dentro si que fantaseaba. Mudo quede cuando, dos días después, en una reunión con los muchachos nos hizo callar a todos y nos anunció que tenía fecha para morirse. Lo dejamos hablar porque quedamos como en shock. Él nos contó que había hablado con el viejo, no dijo como pero el viejo siempre encuentra la manera de contactarte, y que este le había dicho que se iba a morir. No sé qué enfermedad le nombró pero le afirmó que le quedaba poco, que se hiciera la idea a un par de días. Después de que pasara lo que estaba arreglado conmigo quedaba afuera él también. Los muchachos se pusieron como locos, que no podía ser, que yo iba a contactar al viejo para que lo arreglara, que el trabajo futuro era difícil y no se podía bajar antes de arrancar. Cuando se dejaron de gritar él empezó a hablar otra vez. Totalmente serio, creo que para despejar nuestras dudas, les contó lo que me había planteado a mí. Íbamos a cambiar de lugar, yo todavía era un borrego y él ya estaba jugado, también agregó, al final, que si al viejo no le gustaba la idea que se podía ir bien a la mierda. Y vos viste como son los muchachos, por bancar a un amigo

hacen lo que sea. Y encima en este caso estaban bancando a dos, porque sobre todo me hacían la pata a mí que era el principal beneficiado del asunto. Yo lo único que atine a decir, lo que en verdad me daba cagaso del asunto, fue que hacía falta saber que pensaba ella, eso era lo importante realmente.

El amor. El tipo se estaba jugando su vida por mí y me estaba dando la oportunidad de mi vida con ella. Con esa gratitud y enamoramiento infinitos rebotando en el cuerpo fui y se lo planteé. Me costó muchísimo. No es fácil exponer el corazón y menos si en el medio lagrimeas y no se te entiende nada. Pero ella lo entendió y lo resolvió todo a su manera. Le dio forma de felicidad a mi vida plantándome un beso que me hizo, y me hace, el tipo más feliz del universo.

A partir de ahí fue todo una gran despedida, dolor y certeza. Él era terco como una mula y yo me refugiaba en ella. Estaba todo decidido. La conversación con los sacerdotes, las treinta monedas de plata, su última cena, el calvario y la agonía. Hice lo que pude por aliviar su sufrimiento cuando llego el momento del final. Lo que sigue en la historia ya lo sabe todo el mundo. Aunque haya sido pura actuación para nosotros es la verdad para el resto.

Hay dos sensaciones de ese día que por más que el tiempo me barra la memoria no va a lograr quitarme del cuerpo, una es su sonrisa desde lo alto de la cruz bendiciéndonos con su sacrificio. La segunda es la sensación de ella apretándome la mano entre las suyas diciéndome que sí, que por toda la eternidad.

Asco, lástima y pena

Asco, lástima y pena

TIEMPO DE LECTURA: 4 min.

Relato de Alejandro Alfonzo, participante de la convocatoria de cuentos “Hebe Uhart”.

Leímos juntos sobre especular. En realidad ella leyó y yo escuché. Aunque estábamos en el balcón y eran casi las 9 de la noche, el calor era agobiante: nos habíamos tomado 2 botellas de agua en 10 minutos y nos acariciábamos poco para no pegotearnos. El árbol que se metía sin pedir permiso en el balcón, cada tanto se movía pero en vez de dar viento nos llenaba de hojas o de coquitos, o de esas cosas chiquitas que tienen los ombúes.
Había baches en los que no prestaba atención porque estaba especulando, como lo hago ahora también. ¿Qué pasaba si ese cuarentón pasado de pepa y de gira no me chocaba de frente el auto porque se había quedado dormido? ¿Y si yo estaba en el auto? ¿Y si tal vez me subía antes al auto, lograba esquivarlo pero me chocaba, no sé, un árbol? ¿Y qué pasa si no hubiese trabajado en el colegio? ¿Estaría acá?
En realidad no todo es tan grave: un loco se quedó dormido a las 11 de la matina, me chocó el auto dos días antes de salir de viaje y bueno, por suerte pago un seguro.
¿Servirán los seguros? ¿Son como las jubilaciones? O sea, sé cómo funcionan pero,

¿funcionan?

Esa noche después de leer sobre especular, bajamos el ascensor un piso (si, un piso. El ascensor más inútil que conozco pero es lindo), y caminamos en busca de algún antro. En realidad queríamos cenar helado. Yo quería comer helado sobre ella. ¿Quería o quiero? Bueno, fuimos en busca de crema de coco y dulce de leche y de golpe estábamos tomando una birra en vasos pequeños y comiendo unas hamburguesas buenísimas.
Ahí, después de que se me caiga una silla frente a todos, hablamos sobre los sentimientos más ¿feos? que se pueden sentir para con otro humano. Mi top 3 es asco,

lástima y pena. El de ella creo que era parecido. Divagamos, nos reímos y nos pedimos otras birras ácidas. ¿Alguien me puede decir por qué están tan de moda?
El flaco un poco de lástima me dio. Bajó de su auto rojo que estaba incrustado en mi auto rojo, me miró, me preguntó si era mío, me explicó que se había quedado dormido y me pidió perdón con un puño, ¿acaso tenía que pegarle? ¿Decirle que me había cagado un viaje? ¿Qué cómo iba a manejar dormido?
No sé bien que hice, solo noté que sus manos histéricas prendieron un cigarrillo y que se sentó en la vereda, a mirar y a pensar en cómo hace unas horas estaba de fiesta o cogiendo o anda a saber qué, y ahora de golpe, había chocado su auto y su fin de año de había ennegrecido. Y el mío. A veces creo que soy medio pelotudo. Me di lástima y pena. Asco, por suerte, todavía no.
A veces todo es muy difuso, mis pensamientos se mezclan y por unos segundos pierdo la noción de qué fue primero: ¿el choque? ¿La cena? Para no errarle, cuento todo a la vez.
A la primera persona que llamé fue al Gordo, llegó realmente rápido y con su cara de ya había armado el bolso para irme de vacaciones en tu auto recién chocado pero siento pena por vos, me abrazó y me dijo vamos a cambiar la rueda así no se rompe más. Y también vino María. Yo moría de ganas porque se conozcan pero no lo disfruté por el choque. Nunca entenderé como se dan las cosas, capaz planear y todo eso de organizar es chamuyo.
Estuvimos un rato sin hacer mucho, el flaco se fue a buscar el seguro y un conjunto de sucesos bizarros sucedieron: me dejó el registro para que yo le crea que iba a volver, una señora que era la antigua dueña del auto llegó al lugar y se quedó para retar al tipo y yo, me quedé parado, como si las horas fuesen segundos.

María de golpe me devolvió a la realidad. A veces parece estar eclipsada en su mundo, en su celular, en su cabeza recopilando todas las tareas que tiene que hacer. Sin embargo, tengo la teoría de que solo está esperando el momento indicado para decir lo justo o pensando cómo hacerte sentir mejor: gran virtud la aparición oportuna, ¿no?
¿Vamos a comer un helado Ale? Y fuimos, y nos reímos, y nos retaron por usar juegos infantiles, y realmente estuvo bueno y llegué a pensar: si esto siempre fuese así, ¿por qué no me chocan todos los días?
No entiendo mucho de casi nada, menos las cosas que siento. Tal vez no las describa bien tampoco, pero con María, siempre estoy en una heladería. Espero que la próxima vez sea sin el auto roto. Saz.
Mientras nos lavábamos los dientes, después de caminar para bajar la birra y la hamburguesa, para alargar la conversación sobre cánceres y personas amadas, para estirar, estirar y estirar el tiempo aunque sea una tarea imposible, la miré y le dije que la quería. Un poco de lástima me di. Me abrazó y me dijo yo también Ale, obvio.

Huérfanos de ese tiempo

Huérfanos de ese tiempo

TIEMPO DE LECTURA: < 1 min.

Poemas de Roxana Aramburú, participante de la convocatoria de poemas “Daniel Omar Favero”.

Indicaciones: nombrar insectos, pájaros, vestidos. No hablar de amor, no hablar de ausencia. Arriesgar el tiempo, que pase como sombra. Romper los vidrios de una casa en llamas.


ORFANDAD


Zumbaba noviembre 
denso como miel, 
como de goma.
La mañana se movía 
anunciando un fin temprano
-el suyo, no el de mi padre-
El calor aceleraba el 
paso a mediodía,
se apuraba a dormir siesta 
con paciencia de chicharra. 
Épocas en que el zorzal 
vivía en campos sin estrago; 
cambiaban las estaciones
en árbol deshojado, 
en frío, escarcha, 
en tilos luminosos,
plátanos de estornudo, 
sucesiones de ceibo y paraíso. 
Recuerdos desparejos
-el recuerdo es así-
con piezas deformadas, 
mezcladas de otro juego,
de otras vidas. 
No saber que 
será la última vez,
que me espera un tiempo 
sin medida, de duelos 
malnacidos y arrastrados; 
fue quizá esa ignorancia 
un regalo, o una maldición 
que no me suelta.
DETENERSE


Lavé el vestido que llevaba. 
Quitarle tu aliento, tu pelo, 
tu perfume de piel,
fue entonces un ritual. 
No así las sábanas 
donde nunca entramos: 
apremiados, urgentes 
del abrazo, de saber 
que cuando pasara
nada retendría tu tiempo 
entre ellas mirando
el cielo, o el adentro
o dormir como si fuese 
un lujo, un imperativo 
detenerte a mi lado.
Fue por eso que lavé
el vestido, sencillamente; 
no las sábanas que 
testificaban la espera
de ese tiempo cancelado, 
amoroso,
que no quiso 
avanzar conmigo.
Los sapos

Los sapos

TIEMPO DE LECTURA: 4 min.

Relato de Miramar Caos, participante de la convocatoria de cuentos “Hebe Uhart”.

El calor apretaba duro este verano.
En otros barrios, no muy lejos del que habitaba, el agua corriente era apenas un hilo en las canillas.
En todos, la tierra empezaba a rajarse por la falta de lluvia.
En el suyo, el bombeador abastecía solamente a cincuenta y dos viviendas, muchas de ellas con un único habitante, de modo que, a menos que se cortara la energía que lo hacía funcionar o se agotara la napa subterránea, el agua era más que suficiente para todos.
Eso pensaba cuando decidió regar todas las noches, convencida de que las plantas, como el resto de los seres vivos, eran merecedoras de la necesaria humedad para crecer, florecer y dar semilla, o quizá solo mantenerse vivas hasta que lloviese con ganas.
Comenzó con la regadera azul y las pocas macetas.
Unos días después reparó en los manchones amarillos del pasto, la falta de penachos en las cortaderas, las flores marrones y secas de la lavanda y las ramas de la corona de novia que se deshacían de sus hojas en una época temprana. Entonces usó la manguera.
Apenas unos instantes en cada planta, dispersaba el chorro presionando un poco la salida con su dedo, lo hacía cruzar el alambrado hasta alcanzar los ceibos de la vereda que ni las cuatro flores del año anterior habían adornado. Daba la vuelta a la Pelopincho armada en el centro del terreno para continuar con los pichones de viraró de flores amarillas y semillas rojas conseguidos en el vivero nativo de Hudson. Luego era el turno de las suculentas de flores fucsias en los pilares de entrada, del cantero contra la pared medianera y sus pequeñas matitas de orégano y albahaca, la menta invasiva y el oloroso romero. No olvidaba tampoco regar el suelo, esperando que el amarillo se convirtiera en nuevo verde y reaparecieran los tréboles. A todo regalaba la breve sensación de lluvia, mojando desde la tierra hasta las hojas, tallos y flores.
Pensó con preocupación si no estaría interfiriendo en algún proceso vital de la naturaleza, quitándoles a las plantas el entrenamiento de no tener agua por un tiempo, puesto que en algún momento llovería otra vez, evitándoles así la posibilidad de fortalecerse con el esfuerzo. Pero decidió que el jardín merecía un respiro a la hora tardía en que el sol no le daba de lleno. Regaba un poco y el suelo se encargaría de dosificar esa humedad hasta que el día caliente comenzara otra vez.
Pasadas las primeras semanas, recordó el patio trasero centro de manzana compartido con los vecinos. Gracias a la sombra de los árboles aledaños se mantenía fresco y húmedo. El falso arrayán que se estiraba para conseguir la luz imprescindible y florecía siempre tarde, hacía de sostén para la flor de patito. El aloe vera estaba triste en las macetas de colores. Los malvaviscos se mantenían sin crecer, raramente pudo ver abiertas las pequeñas flores amarillas. Sin embargo las varitas carnosas de equisetum se mantenían firmes y verdeaban de lo lindo pegadas a la pared color ciruela.
Atravesó con la manguera la ventana del baño, cruzó el comedor y llegó hasta el fondo.
Todo revivió gracias al riego breve pero constante de cada atardecer.
Una de esas nochecitas vio entre los árboles una mancha oscura moviéndose lentamente. Se calzó los anteojos y despacio se acercó: ¡un sapo¡
Lento, como agotado, el sapo se dirigió a la tierra recién regada, aplastó contra ella la panza y cerró los ojos, jura que lo vio sonreír.
Maite no sabía qué hacer, se quedó inmóvil con la manguera chorreando agua colgada de la mano. Hacía mucho ya que había superado su rechazo hacia estos pegajosos animalitos, que además se comían los bichos que detestaba. Pero llevaba tanto tiempo sin ver ni oír ninguno que el encuentro la sorprendió.
El sapo aprovechó el instante de su indecisión para avanzar hasta el chorro de agua dejando que lo bañara.
La línea de su boca cerrada seguía extendiéndose a lo ancho de la cabeza.
Definitivamente sonreía. Pasados unos minutos dio un enérgico salto y desapareció por donde había venido.
Maite reaccionó. Saliendo de su estupor cerró el grifo, recogió la manguera y continuó con sus quehaceres.
El calor y la seca siguieron castigando la tierra, y ella combatiéndolos con su riego todos los días, en una rutina que no por serlo le resultaba desagradable.
Cada tarde el sapo reaparecía, al principio solo, luego seguido de otro, y otro más.
Finalmente fueron cinco o seis los que disfrutaban del baño vespertino. Intentó seguirlos algunas veces, pero a los pocos pasos los perdía de vista. Nunca pudo dar con sus madrigueras.
Cuando menguaron las temperaturas y comenzaron de a poco las lluvias, el pasto estaba más verde, las lavandas recuperaron su color lila, y las cortaderas habían abierto una buena cantidad de penachos.
Maite dejó de regar y supo, investigando un poco, que el sapo común era una especie en extinción.
De lo que jamás se enteró fue que esos, eran los últimos sapos que alguien vio con vida alguna vez.

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