En la cortada más mistonga: Los escasos cruces del tango y el nacionalismo (Parte IV)

El tango comienza este capítulo ya asentado en la ciudad. ¿Qué en la ciudad? En las ciudades. El tango se baila en todas las capitales del mundo. Se compone en todos los idiomas, hasta en turco.

Por Gabierl Kudric*

Llegamos a la última parte de esta serie de artículos. Si bien la conclusión sigue siendo la misma -que el tango no se ha encargado de la política-, con la llegada del peronismo los personajes populares encuentran un nuevo lugar en las letras de tangos, más allá de los berreos de una oligarquía elitista, que escucha música clásica, que no se acerca a lo que baila el pueblo y que opone al gaucho como emblema de lo nacional frente a estas músicas mestizas, mulatas, populares.

Esta serie de artículos que no pretende ser más que un acercamiento exploratorio a la relación entre el tango y los temas del nacionalismo. Por otro lado, es importante recalcar que cuando se dice “tango”, se habla de los ritmos que eran abarcados por los intérpretes de la música porteña (milonga, vals e incluso, en el principio del siglo XX, estilo, cielo y los importados shimmy, foxtrot y charleston).

El tango comienza este capítulo ya asentado en la ciudad. ¿Qué en la ciudad? En las ciudades. El tango se baila en todas las capitales del mundo. Se compone en todos los idiomas, hasta en turco. Y acá, en Buenos Aires, el tango se enseñorea en Radio Belgrano, Radio El Mundo, Radio Splendid, con sus orquestas en vivo y sus grandes personajes.

Yo te daré, te daré Patria hermosa…

A diferencia de la dictadura de Uriburu, el peronismo y el tango tuvieron una gran relación. No así algunos y algunas artistas, pero a mediados de los cuarenta el género estaba perfectamente instalado en las radios, en el cine, y ya nadie con peso lo consideraba una aberración antiargentina.

Era el género de moda y algunos de sus principales referentes se identificaron con el movimiento de masas. La adhesión al peronismo hizo reaparecer los temas nacionales en el tango. El peronismo era, en definitiva,“EL” movimiento nacional, y hacía de la exaltación patriótica, junto con la justicia social, una estética propia. Es necesario nombrar a Hugo del Carril, cantor de la Marcha Peronista y uno de los referentes indiscutibles de los artistas peronistas. Juanita Larrauri grabó la primera versión de “Evita Capitana”, pero la más popular fue sin dudas la de Nelly Omar, quien también interpretó “La descamisada”. Antonio Tormo, Héctor Maure poniendo voz a la “Marcha del Plan Quinquenal”, Cátulo Castillo componiendo y grandes directores como Angel D’Agostino, tampoco ocultaban sus simpatías. El nacionalismo popular que encarnaba el peronismo se consideraba a sí mismo el movimiento nacional, y según esta lógica, lo que no estuviera adentro, era antinacional. Libertad Lamarque terminó en México (filmando con el gran Buñuel), Pugliese preso alguna vez por unos días… “La contra”, como se la llamaba, no la tenía fácil.

Hugo del Carril no sólo cantó la marcha, sino que en 1949, con letras de Homero Manzi, compuso la música de dos milongas que grabó Oscar Alonso: “Versos de un payador al General Juan Perón” y “Versos de un payador a la señora Eva Perón”.

En la primera, Manzi dice:

“Usted luchó por la gente desbrozando la maleza
y el criollo que siempre pesa con justicia y noblemente
sabe que usted fue un valiente al lado de su pobreza”.

Poniendo a Perón al lado del pobre, peleando junto a él. ¿Contra qué? La siguiente estrofa lo deja claro:

“Usted liquidó el instante de la miseria social
y el oprobio general del vendepatria triunfante;
vergüenza del tiempo de antes, cuando el fraude electoral
era el destino fatal que le aguardaba al votante
en aquel tiempo distante de ignominia nacional”.

El peronismo como nación que se funda de nuevo, que se forja nuevamente, más que retempla.

La última estrofa nos presenta a un Perón interpretando el drama nacional, síntesis de la nación.

“Por eso, mi General, con esta improvisación
quise arrimar mi montón a su labor nacional.
Nadie ha comprendido igual las penas de la nación,
nadie con más corazón nos libró de tanto mal
nadie como Juan Perón, Presidente y General…”

A Eva Duarte de Perón, por otro lado, la ponderan como la compañera del líder, pero lejos está su imagen de la mujer que perfuma pasivamente en “Viva la Patria”.

“Él es el verbo mayor y usted la mayor templanza.
Él es la punta de lanza y usted la punta de amor.
Él es un grito de honor que hasta el deber nos alcanza,
y usted la mano que amansa cuando castiga el dolor.
Él es el gran sembrador y usted la gran esperanza.
Él es el gran constructor de la patria liberada
y usted, la descamisada que se juega con valor.
Los dos uncidos de amor son vanguardia en la cruzada,
las masas, emocionadas al brillo de este fervor,
han jurado con honor morir en esta patriada”.

Puede que no sean las mejores líneas del hombre de F.O.R.J.A., pero en ellas aparece el nacionalismo popular como redención del hombre de trabajo en todo su esplendor. Ya los trabajadores no son la chusma, ya sus artes no son despreciadas.

Permítase, para cerrar este esbozo, esta aproximación al tema, contar una anécdota que tiene que ver con la censura que se instaura en el ‘33 y su fin de hecho, y que pinta al Perón del guiño cómplice, afín al habla popular y lleno de picardía. En el año ‘49 un grupo de artistas pide audiencia con el Presidente para pedirle el fin de la censura que, entre otras cosas, vetaba el lunfardo. Eran parte de la comitiva Homero Manzi y Alberto Vacarezza. A éste último le habían robado en un conocido episodio. Al recibirlos, Perón los saluda y se dirige a Vacarezza:

‒¿Cómo anda, Alberto? ¿Así que lo afanaron?

Y así, con esa palabra dicha en boca del General, se dio por terminada la censura. Por unos años, al menos.

Pudimos encontrar, entre 1910 y 1949, al nacionalismo oligárquico despreciando al tango por extranjero y bajo, a sus letristas e intérpretes contrabandeando temas tabú, coincidiendo con los primeros escarceos del revisionismo histórico de derecha; al nacionalismo aristocrático metiendo la cola en el tango para glorificar un golpe de estado; y, con la llegada del peronismo, al nacionalismo popular escribiendo páginas llenas de contenido, aunque bajo pobres formas. Pero lo que más hemos visto, es al nacionalismo, en todas esas apariciones, como combate e invitación a la acción.

El tango comenzaría su decadencia en los años sesenta, de la que nunca se repondría en los mismos términos. En los setenta, lejos de la épica colectiva de la revolución, sería música de gente mayor. La juventud militante cantaría con Mercedes Sosa, Zitarrosa, Viglietti, Quilapayún. La juventud rockera, mirada de reojo y con desprecio por poco comprometida, vería el comienzo del rock en castellano con Moris o Nebbia y viviría los primeros pasos de Charly García, Luis Alberto Spinetta y otros. La dictadura haría estragos con las dos, pero mientras a una le pegaban o se la llevaban en razzias, a la otra la desaparecieron. Durante los ochenta, las viejas glorias como Goyeneche serían adorno de algunos programas mientras el tango languidecía en programas berretas de TV.

En los ‘90, con el avance del neoliberalismo y la instalación de un sentido común cipayo, una nueva guardia retomaría el tango y lo agarraría como bandera. La Orquesta Fernández Fierro, Tango Negro Trío, El Arranque y muchas más serían parte de esa juventud que va a retomar al tango y lo va a renovar sin necesidad de artificios electrónicos, a pura víscera. Muchos de esos jóvenes tangueros llevarían su música a los escenarios callejeros del aguante al neoliberalismo y muchas de esas autoras comenzarían a gestar un tango feminista. El rescate del tango es una bandera de lucha que, entonces, se ensambla con otras luchas.

El cierre de este capítulo es un final abierto, con la cámara subiendo de las calles de una ciudad con pueblo movilizado hacia un cielo claro


* Periodista, conductor del programa Columna Vertebral, columnista del programa Caídas del Catre (ambos en Radio Estación Sur - FM 91.7) redactor de Revista Trinchera y colaborador de Agencia Timón.

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