En la cortada más mistonga: Los escasos cruces del tango y el nacionalismo (Parte III)

En el artículo anterior se plasmaron algunos ejemplos de tangos comprometidos con las luchas obreras y sociales en general, pero se llegaba a la conclusión de que el tango no se ha encargado de la política, más bien ha sido la épica de mujeres y hombres aislados.

Por Gabriel Kudric*

En el artículo anterior se plasmaron algunos ejemplos de tangos comprometidos con las luchas obreras y sociales en general, pero se llegaba a la conclusión de que el tango no se ha encargado de la política, más bien ha sido la épica de mujeres y hombres aislados. Milonguitas, malevos, ladrones, cuchilleros y personajes de un suburbio que se fundía todavía con el campo eran los personajes de su poética.

Esta es la tercera parte de una serie de artículos que no pretende ser más que un acercamiento exploratorio a la relación entre el tango y el nacionalismo. Por otro lado, en una simplificación injusta pero necesaria, se recuerda que cuando se habla de “tango” se hace mención a los ritmos que eran abarcados por los intérpretes de la música porteña (milonga, vals e incluso, en el principio del siglo XX, estilo, cielo y los importados shimmy, foxtrot y charleston). En el artículo de hoy, el tango da la espalda al proceso popular Yrigoyenista, y saluda al golpe de estado. El golpe contra el “peludo” Yrigoyen (Gobierno que tendría también tremendos episodios de represión antiobrera como la Semana Trágica y la represión en la patagonia que el libro de Osvaldo Bayer inmortalizaría como “La Patagonia Rebelde”) iniciaría una seguidilla de intentos olgárquicos por correr al pueblo del escenario político. Además, en un giro dramático, el tango se enfrentaría a la censura de aquellos a los que admiró.


Yo soy del 30

El 6 de septiembre de 1930, el general José Felix Uriburu al mando de un grupo de militares derroca a Yrigoyen e instaura una dictadura militar, inaugurando una práctica que se haría común por los próximos 53 años. Hace un año que se publicaron las primeras canciones del ciclo federal, pero hay quienes piensan que el momento es urgente, y que el golpe necesita quien le cante. Tango y nacionalismo se encuentran en la cortada más fiera. Y el que le iba a poner la voz es el mismísimo Carlitos Gardel. El tango “Viva la Patria”, de Anselmo Aieta y Francisco García Jiménez (letrista del precioso vals “Palomita Blanca”) era una reivindicación explícita del golpe. En su primera estrofa compara al golpe con la revolución de mayo:

“La niebla gris rasgó veloz, el vuelo de un adiós
y fue el triunfal amanecer de la revolución
y como ayer, el inmortal mil ochocientos diez,
salió a la calle el pueblo radiante de altivez”

Y aclara que el gobierno radical no era extranjero, pero lo señala como entregador de la nacionalidad y parte de un malón:

“No era un extraño el opresor cual el de un siglo atrás,
pero en el mismo el pabellón que quiso arrebatar,
y al resguardar la libertad, del trágico malón
la voz eterna y pura por las calles resonó”

Tras un estribillo que no merece mayor análisis, el tango pone a los golpistas en el sendero de los próceres libertadores:

“Y la legión que construyó la nacionalidad,
nos alentó, nos dirigió desde la eternidad,
entrelazados vio avanzar la capital del sur,
soldados y tribunos, linaje y multitud”

Es interesante el lugar de la mujer y la apelación a la virilidad como valor principal del movimiento golpista:

“Amanecer primaveral de la revolución,
de tu vergel, cada mujer fue una fragante flor
y hasta tiñó tu pabellón la sangre juvenil,
haciendo más glorioso nuestro grito varonil”.

El tango no es particularmente bueno, aunque la voz del morocho del Abasto vista bien cualquier canción. A la posible censura de la actitud de Carlos Gardel al grabar una canción golpista, se le responde con Don Arturo Jauretche: “Ahora a Gardel en vez de escucharlo, lo analizan. Es un disparate pedirle conciencia de clase, como es un disparate pedirle conciencia de clase a Cassius Clay o a Bonavena. Él es un mito. Como Rockefeller, con la diferencia que éste no fue un cantor de éxito, que empezó de abajo, prosperó y se adaptó a su público. A un hombre que canta bien no se le pregunta si traiciona o no a su clase”.

Resulta interesante en el tango de Aieta y Garcia Jimenez lo que se señalaba anteriormente como la apelación a lo varonil y el lugar pasivo de fragante flor asignado a la mujer, parte del ideario del nacionalismo reaccionario y aristocrático. En “El espíritu de la aristocracia y otros ensayos”, Manuel Galvez sostiene que “Los poetas que endiosan a la mujer colocándola clara o explícitamente sobre el hombre, ya sea alabando a la novia o a la virgen María, no se imaginan que con ello quebrantan las jerarquías y las leyes de la vida moral. Endiosar a la mujer es tan grave como arrojar bombas de dinamita”. Y está claro que Galvez no era partidario de la dinamita. Una particularidad con respecto a este tango, es la pésima relación del nacionalismo que representaba el golpe con el tango. Leopoldo Lugones en “El Payador”, en 1916, iba a describir al tango como “ese reptil del lupanar, tan injustamente llamado argentino en los momentos de su boga desvergonzada…”. Gálvez, por su parte, retrataba duramente a la música porteña en sus novelas. En su ensayo “El diario de Gabriel Quiroga” (1910) encontramos esta descripción: “En cambio tenemos ahora el tango, producto del cosmopolitismo, música híbrida y funesta. Yo no conozco nada tan repugnante como el tango argentino”. Según el escritor Edgardo Cozarinsky, “El desprecio de los grandes intelectuales argentinos hacia el tango, de Lugones a Manuel Gálvez, se daba porque tenían una noción nacional de ciertas esencias ligadas a la vida rural, y esta era música de inmigrantes, de bajo fondo”. Y algo de eso se deja ver en el planteo de Gálvez, o cuando Lugones, haciendo una comparación con la poesía gaucha sostiene: “Nada más distinto de esos tangos mestizos y lúbricos que el suburbio agringado de nuestras ciudades cosmopolitas engendra y esparce por esas tierras a título de danza nacional, cuando no es sino deshonesta mulata engendrada por las contorsiones del negro y por el acordeón maullante de las ‘tratorías’…«.

Llaman la atención las palabras con que Lugones describe al tango en su giro al nacionalismo oligárquico: “deshonesta mulata engendrada por las contorsiones del negro y por el acordeón maullante de las ‘tratorías’” No se puede ser más antipopular, elitista, misógino y racista en sólo dieciséis palabras. Cabe subrayar que la mención al acordeón y las tratorías es una muestra de desprecio hacia lo italiano, como representación de la inmigración no deseada por las clases dominantes argentinas.

Coincidiendo con la mirada del tango como licencioso y disolvente, a partir de 1933 se ejercería una censura que, a través del Reglamento de Radiodifusión, prohibía el uso de “modismos que bastardeen el idioma” y los chistes basados en “equívocos, voces destempladas etc.”, así, el tango con su épica canyengue pasaría a estar regulado en su contenido.

Muy otra iba a ser la lectura del golpe que harían Héctor Mendez y Aníbal Troilo en “Yo soy del ´30”, tango que grabara en su primera versión Tito Reyes:

“Yo soy del treinta, yo soy del treinta
Cuando a Yrigoyen lo embalurdaron
(…)
Y desde entonces tuve de amigos
A Homero Manzi y Discepolín”

Según Méndez, a Yrigoyen lo embalurdaron (engañaron), y los amigos del autor son un hombre de F.O.R.J.A. y el autor de los monólogos a Mordisquito y del tango “Quevachaché”.

Vaya como nota lateral un reconocimiento a Homero Manzi como ese gran intelectual que supo llevar desde sus letras y guiones de cine los temas nacionales de forma medida, sin alardes, de la mano de una defensa de la herencia negra del tango y de los sectores populares y sus personajes. Manzi es mucho más que tango. Es un pensador nacional. De la misma manera, Enrique Santos Discépolo, Discepolín, iba a desgranar parte del ideario popular y peronista en un recodo del tango, ya que no directamente en su seno. En 1951, durante su último año de vida, y participando abiertamente en política por primera vez, Discépolo pasearía noche a noche su flaca figura para desenvolver 37 monólogos históricos, todavía vigentes, en los que le hablaría a Mordisquito, que era un personaje/personificación del “contrera”, del “gorila”.

El tango así se encontró con la mejor versión del nacionalismo: el peronismo. Si el capítulo anterior se cerraba con una mirada torva de seducción ante la violencia, este capítulo tiene los ojos de amor de Eva y su rodete y el abrazo cálido del General. La cámara se mueve lentamente para dejar la vista posada en un cielo despejado en plano general.


* Periodista, conductor del programa Columna Vertebral, columnista del programa Caídas del Catre (ambos en Radio Estación Sur - FM 91.7) redactor de Revista Trinchera y colaborador de Agencia Timón.

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