Crisis institucional en Moldavia

Por Nicolás De La Iglesia*

Moldavia se encuentra en Europa oriental, limita al oeste con Rumania y al norte, sur y este con Ucrania con el que comparte el podio por el país más pobre del continente. Es un país sin litoral a pesar de estar a 40 km del mar Negro, y su importancia geopolítica iguala sus condiciones económicas.

Sin embargo se puede tomar como punto paradigmático para analizar ciertos procesos de la vida política de Nuestra América. Desde su salida de la Unión Soviética en el año 91’ la vida política de Moldavia estuvo repleta de escándalos y corrupción. Fue desde un primer momento la oligarquía del país la que llevo las riendas de estas actividades, llegando a controlar todo el aparato estatal.

En estos últimos años, detrás de la viciada vida política del país, estuvo el magnate y dirigente del Partido Demócrata, Vlad Plahotniuc. Un villano digno de una película, que siendo la persona más rica del país, fue acusado no sólo de llevar a cabo actividades delictivas sino también de presionar a distintos partidos políticos.

¿Porque fue noticia estas últimas semanas un pequeño país sin peso político? (hecho discutible ya que dentro de la zona de influencia rusa no hay países sin importancia para el imperio norteamericano) A fines de febrero se dieron las elecciones parlamentarias. Los tres partidos más importantes sacaron -más o menos- la misma cantidad de votos. Por un lado el Partido Democrático con 30 escaños, la coalición ACUM 26 y el Partido Socialista 35. Es necesario rescatar que los primeros dos son pro europeístas y el último es pro ruso.

Ahora bien, la lógica indicaría que los dos partidos europeístas se unirían para formaran gobierno. Sin embargo los del ACUM patearon el tablero y dijeron que no querían aliarse con los responsables de los problemas económicos, la miseria y el éxodo masivo de la población. La otra alternativa era formar gobierno con el Partido Socialista que se encuentra en las antípodas de su posicionamiento político.

Las negociaciones duraron meses y parecía que no iban a conducir a ningún lado. El 7 de junio el tribunal constitucional emitió un fallo en el que obligaba a las partes a formar gobierno antes del día 8, de lo contrario el presidente debía disolver el parlamento y llamar a nuevas elecciones. Con esa amenaza sobre la mesa los partidos ponen fin a las discusiones y forman gobierno. Quedando como presidente Igor Dondon, un hombre del Partido Socialista, y como primera ministra, la pro europea, Maia Sandu.

El parlamento aprobó la candidatura y al nuevo gobierno, al mismo tiempo que hizo una fuerte denuncia. Proclamaron que Moldavia era un estado capturado en el que todos los organismos públicos se encontraban bajo control del Plahotniuc, incluido el Tribunal Constitucional. Se ve que tan errados no estaban ya que el día 9 del mismo mes, el mismo tribunal que había sido denunciado por estar dentro de los bolsillos del magnate, decide dejar sin efecto legal las decisiones del parlamento. A su vez suspende al presidente y nombra al ex primer ministro, Pavel Filip, quien se dice pertenece al entorno íntimo de nuestro villano. Filip disuelve el parlamento y convoca a elecciones para el mes de septiembre.

A partir de entonces todo fue un caos en la vida política moldava. Por un lado Igor Dondon no quería dar el brazo a torcer y solicitaba públicamente al pueblo que saliera a las calles en su respaldo y llamaba al ejército a reconocerlos como gobierno legitimo. Por otro lado Filip buscaba aliados, en un primer momento (incluso antes de la sorpresiva alianza entre el ACUM y el PS) busco congraciarse con Rusia sin tener éxito. Después del revés parlamentario, caídos en una desesperación absoluta al no tener nadie que los respaldara, mudaron la embajada de Moldavia en Israel (de Tel Aviv a Jerusalén) con la esperanza de conseguir el apoyo de Trump, o de Benjamin Netanyahu en su defecto. Esta movida resulto demasiado evidente y tampoco logro su cometido.

La tensión fue escalando en un país que tenía dos presidentes. Sin embargo, no había nadie en la comunidad internacional que apoyara al PD. Es más, Estados Unidos, la Unión Europea y Rusia apoyaban a la coalición. Que estas potencias (enfrentadas entre ellas) se pongan de acuerdo es un hecho que se ha visto muy pocas veces en estos últimos años.

El 14 de junio el usurpador Filip presenta su renuncia, disuelve su gobierno y reconoce a la alianza como gobernantes del país. Mientras tanto los principales dirigentes del partido se subían a sus aviones privados, incluido Plahotniuc, y huían despavoridos. Quedaba la extraña alianza entre pro europeos y pro rusos al frente de un país devastado por una oligarquía despiadada, propia del sistema capitalista.

Maia Sandu, designada primera ministra del Gobierno de coalición europeista y pro-ruso (REUTERS )

Hay varias cuestiones para rescatar de la experiencia moldava: en primera instancia hay veces que es necesario sentarse en la mesa con personas que están lejos de compartir nuestras visiones. Cuando hay un enemigo en común no hay otra alternativa que crear un consenso para poder sacar a quienes venden al país al mejor postor. Esto puede no resultar simpático para los que idealizan a la política y hablan de ella dentro del binarismo bueno-malo. A veces, en política se requiere crear consensos y buscar la unidad hasta que duela. Todo sea por alcanzar un país soberano en donde el pueblo pueda hacer oír sus demandas.


* Periodista especializado en temas internacionales, columnista de la sección “Europa” del programa Marcha de Gigantes (AM 1390 Radio Universidad Nacional de La Plata) y redactor de Revista Trinchera.

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