Si el fútbol no es el mayor reflejo del pueblo argentino, pega en el palo. Y si los argentinos estamos rotos, ¿qué tendría de raro que nuestro fútbol también lo esté?

Cuando salió a la luz el video de Insaurralde en un yate, algo que ya venía fisurando dentro mío finalmente se partió. No fue “el” suceso del quiebre, pero sí la gota que rebalsó el vaso. Bah, más que vaso debería decir balde: mi paciencia, mi esperanza y mis ganas de creer venían aguantando demasiado.
Aguantaban la inflación; la no comunicación entre Alberto y Cristina; las rosquitas palaciegas que nunca explotaron en un despacho, sino en la cara de los argentinos; la fotito de Olivos; y la catarata de cuatro de copas que se compraron el cuento de “referentes”, se calzaron esos zapatos horribles en punta y entendieron la política como verduguear a un chofer del Estado que les hacía los mandados y les retiraba a los pibes del colegio privado. Pichones de Francos, de Scioli y de ese catálogo interminable de personajes que, sin importar el gobierno, articulan a la perfección el empresariado, la rosca y —lamentablemente— el peronismo. Gente a la que el apodo de “casta” les calza ideal.
Por ese acumulado mi balde rebalsó. Y en ese desborde se me llevó puesta la idea de que esto se puede cambiar; la idea de que, aunque todo parezca un entramado turbio de negociados, todavía hay compañeros valiosos peleando por transformar algo, batallando todos los días contra ese mismo pantano. Compañeros que no verduguean a nadie porque conocen el precio del bondi y las angustias, el cansancio, la desesperanza y los miedos. Porque también lo viven en el cuero propio.
Estoy roto. Y eso me aísla. Hablo menos, escucho menos, me cuesta más empatizar. ¿Organizarme colectivamente? Ni te cuento.
Los párrafos anteriores son un diagnóstico personal, pero me atrevo a decir que gran parte de la sociedad argentina está igual: rota, aislada.
Además de ser mi inconsciente pidiendo ayuda, lo digo porque me parece urgente discutir en qué condiciones están hoy los espacios colectivos, ocupados por una sociedad partida al medio. Da la impresión de que partidos políticos, sindicatos, instituciones, y símbolos que antes representaban a millones hoy pesan poco y nada. Lo único que les queda es sacar comunicados por redes, casi siempre sin impacto real en quienes dicen representar.
Si el fútbol no es el mayor reflejo del pueblo argentino, pega en el palo. Y si los argentinos estamos rotos, ¿qué tendría de raro que nuestro fútbol también lo esté?
Sí, llevo escribiendo trescientas noventa y dos palabras hablando de mí, llorando con que estoy roto, diciendo que la sociedad debe estar igual, que la política no representa a nadie y que hay que problematizar eso y en realidad era toda una pantalla para hablar de fútbol; de nuestro fútbol.
Y me parece importante hablar de esto, porque mientras nos meten un dedito más en el culo con la reforma laboral, la pérdida del poder adquisitivo y nos aumentan cada día el descontento con la vida y el desgano. Ahí está el fútbol con su realidad efectiva, donde todavía logro ilusionarme, enojarme, amargarme y sensibilizarme por algo. Y es en ese lugar donde quiero seguir reafirmando, que el corazón sirve para algo más que solo bombear unos litros de sangre.
Por la privatización de la pelota vienen, eso está claro. Mauricio Macri lo desea desde sus primeros años como presidente de Boca Juniors y nunca se corrió un centímetro de ese objetivo. Y da la impresión, que, en esta Argentina, donde un día se faja a los jubilados, al siguiente se rifa el trabajo y al otro se revientan los glaciares, pareciera que el fútbol argentino es uno de los puntos que siguen en la lista de remate.
Frente a los hijos de puta de Macri, Scioli, Santillán y Tofoni, encabezan la resistencia y primera bandera de las Asociaciones Civiles: Claudio “Chiqui” Tapia y Pablo Toviggino… Tenemos un problema.

La cúpula de la AFA, los supuestos paladines de los clubes de barrio, tienen olor a Frente de Todos, fotito en Olivos y yate en el Mediterráneo. Y ya sabemos, por sufrirlo en este presente, que cuando el peronismo hace como el culo las cosas, solo allana el camino y legitima las barbaridades con las que convivimos todos los días.
¿Puedo putear a Tapia sin ser un pro SAD entregador de la mayor pasión de nuestro pueblo?
¿Puedo enfrentar a Milei y al verdugo hijo de puta de Macri, sin tener que ser soldado de Tapia y Toviggino?
Yo soy hincha de Estudiantes de La Plata, el apellido Verón es mi bandera, pero no me gusta Foster Gillett y mucho menos las SAD. Como socio activo fui a todas las asambleas dispuesto a votar en contra. Por suerte, no hizo falta: el proyecto se cayó solo y nunca se concretó. Aun así, hoy se nota en algunos grises en las cuentas (lo que se puede saber, como socio, periodista y platense) y también en la vida interna del Club, que algunas esquirlas de aquel jugueteo con el empresario yanqui quedaron dando vueltas. Por suerte solo son esquirlas y para un Club de la magnitud de Estudiantes de La Plata -hablamos de una institución de 120 años, con una masa societaria de alrededor de 60.000 socios, estructura e infraestructura acorde- y, sumado a su gloriosa y gigante historia, da la sensación que con un golpe de timón y penosamente el remate de algunas sus joyas surgidas del Country Club “Mariano Mangano” alcanzaría para reacomodar las cosas.

Se nota que, a los Clubes, como a la mayoría del pueblo argentino les falta plata y también sabemos que en el país existen hace rato las SAD, Stinfale (Riestra), Vila (Independiente Rivadavia), Grobocopatel (Agropecuario), Fassi (Talleres), Mansilla (Real Pilar) y tantos otros son la prueba concreta.
En un fútbol donde chorrean los capitales privados por todos lados; donde las “chiquitas” de los árbitros definen ascensos, descensos, copas internacionales; y donde los campeonatos se entregan por escritorio, la defensa de las Asociaciones Civiles pareciera quedar en manos de los Martín Insaurralde de la pelota.
No tengo clara la salida correcta de esta situación, todas me dan miedo y hasta me queda bastante incómodo el panorama. Pero si no comenzamos a hacerlo nosotros, los socios e hinchas, sino nos metemos en el barro y encaramos esto sinceramente, la síntesis de nuestra mayor pasión será Mauricio Macri.
Hoy los colores siguen siendo uno de los pocos espacios que tienen la capacidad de convocar multitudes y generar fidelidad y esperanza. La tribuna y el fervor de un estadio todavía es una ruleta rusa manejada por la emoción y el sentimiento de los hinchas y socios. Las puteadas contra el presidente de la AFA no son un dato menor.
En este glorioso país tenemos recursos estratégicos, la Pampa Húmeda, el Paraná, el Mar Argentino, la Antártida, industria, capital científico, el potrero del mundo y la pasión, el arraigo y la identidad que emerge de nuestros clubes centenarios. Por todo vienen. Discutamos de qué manera lo vamos a defender o resignémonos a andar rotos, descosidos e infelices en las ruinas y cenizas de los laureles, que tiempo atrás, supimos conseguir.
















