Miguel Briante nació en 1944 en General Belgrano es un pueblo ubicado al este de la provincia de Buenos Aires. Fue periodista, pintor, crítico de arte, guionista y, sobre todo, un gran conversador.
Si esto fuera un cuento de Briante, quizás debería empezar por el final. Los hechos consumados, las tragedias acontecidas y solo algunos restos y efectos, que las cosas trajeron consigo. Si esto fuera un cuento de Briante, entonces, tal vez empezaría en una tarde calurosa de fines de enero en la que un hombre, vaya uno a saber por qué, se revela contra el ritual impostergable de la siesta de verano en los pueblos de Buenos Aires, y en vez de ir a descansar como el calor impone, decide, finalmente, arreglar el techo de su casa. Empezaría por la caída, la escalera que duda y el golpe, y después, por cierta tumba que desde aquel día dice que allí, en el pequeño cementerio de General Belgrano, descansan los restos de Miguel Briante.
Y si esto fuera un cuento de Briante, entonces, después de contarnos el final, despacio y sin ningún apuro, algún parroquiano en el bar de Arispe, mientras pide un vaso de caña para calentar la garganta, diría que aquel no había sido uno más, que nadie se confunda. Y entonces, empezaría a contar su historia.
General Belgrano es un pueblo ubicado al este de la provincia de Buenos Aires. Hoy en día, no debe superar los 30 mil habitantes. Allí nació Miguel Briante, en 1944, cuando probablemente vivían menos de la mitad de esa cantidad de gente. Si para el viejo Sarmiento, el problema de la Argentina era su extensión; para nuestra literatura es parte de su posibilidad. Son muchos y muy importantes los autores que nacieron en la década del 40 en el interior de la provincia: Ricardo Piglia, en Adrogué en el 41; German García, en Junín en el 44; Cesar Aira, en el 49, en Pringles; Osvaldo Soriano, en el 43, en Mar del Plata. Miguel Briante, en General Belgrano un 19 de mayo de 1944. En pocos días cumpliría 80 años.
Briante fue atrevido, los primereó a todos. El primero en arribar a la Capital, el primero también en escribir y publicar: En 1961, a los 17 años, ganó la segunda edición del Concurso de Cuentistas Americanos organizado por la revista El escarabajo de oro con su cuento «Kincón», que reescribiría y publicaría como novela años después. “Yo me llamo Bentos Márquez Sesmeao y estoy acostumbrado a morir”, así, con aires de Pedro Páramo, empieza este relato, que le ganó sus primeros oídos. El cuento se sumó a otros y para 1964, con tan sólo veinte años, publica Las hamacas voladoras, su primer libro de cuentos. Unos años después, le seguiría Hombre en la orilla.
Pero las cosas no siempre son tan fáciles y las vidas son más que una cronológica de wikipedia. Aquel éxito prematuro, en vez de ser despegue, le puso un cierto freno a su obra. Se asustó de sí mismo, quizás, y empezó a escribir poco. Al menos, ficción. Escribir, escribió siempre. Trabajó de periodista durante muchos años, construyendo pequeñas crónicas que combinaban el periodismo y la ficción. Pero a su obra narrativa, le puso una importante pausa. ¿Para qué escribir cosas nuevas? decía, si siempre habrá lectores nuevos. Los que tienen que cambiar son ellos.
Briante también fue pintor, crítico de arte, guionista y, sobre todo, un gran conversador. Si alguien, durante aquellos años, hubiera pataleado y protestado porque Miguel escribía poco, quizás hubiera estado bien contestarle que, si quería escucharlo contar, se acerque nomás a alguno de los bares del centro, que por ahí seguro lo encontraba vomitando alguna historia. Eso sí, que se prepare y se haga del tiempo, porque si empezaba a escuchar, no le iba a quedar más que dejarse llevar por el relato hasta el final.
Pero otras cosas pasaban mientras Miguel vivía. Si levantamos un poco la vista, veremos que eran los famosos años del boom latinoamericano. García Márquez, Cortázar, y todo lo que ya sabemos. Un grupo de autores, que de repente, cual vedettes, salían en la portada de las revistas, ganaban premios y daban charlas multitudinarias. A Miguel siempre, le gustaron más los que reposaban bajo la sombra de aquellos: algo que se vuelve evidente en su excelente libro de entrevistas. Puig, Di Benedetto, Borges y Rulfo, algunos de los entrevistados. Y si aquellos estaban, por elección o por circunstancia, a la sombra del boom, Briante estaban a la sombra de las sombras del boom. Si Vargas Llosa y García Márquez buscaban escribir novelas universales, y se vanagloriaban de no ser “localistas y provincianos” en sus obras, Briante estaba en la vereda opuesta. Cuanto más pequeña fuera una historia, cuanto más alejada de los grandes ruidos, mucho mejor. ¿Para qué irse más lejos? Si toda la tristeza del mundo, cabe en la caminata de un nene que tiene que ir hasta el bar del pueblo, a buscar a su padre que otra vez no quiere ir a su casa.
Y si no también, para confirmar su pasión por las historias menores, miremos aquel viejo texto que publicó en Página 12, A la hora oficial, donde nos cuenta la historia de un pueblito, en la frontera entre Córdoba y Santa Fé, donde durante algunos veranos pertenecieron a usos horarios distintos: cuando de la avenida para allá eran las ocho, de la avenida para acá eran las nueve. Problema no menor, por supuesto, sino revisemos este fragmento: “Ya no hay paz, en las siestas, porque las madres de un lado y del otro no coinciden en la hora de encerrar a los chicos, los novios se desencuentran, un hombre vino y encontró a su mujer con otro y ahora está preso porque los amantes no habían cambiado la hora en sus relojes, el cura confunde más todo porque trata de conciliar a los dos bandos haciendo que el reloj toque todas las medias horas.” Historia olvidable seguramente para otros tantos autores, que buscaban ya tocar cielos extranjeros con las manos; historia hermosa para Briante, que encontraba la literatura en cualquier esquina o en cualquier bar, donde dos personas se sentaran a conversar.
¿Qué dejaremos cuando ya no estemos más? ¿Sentirán, nuestros afectos, que algo quedó vacío? O las cosas seguirán sin mucho espamento, quedando solo alguna que otra anécdota y una pila de libros de la que alguien se tendrá que hacer cargo. Cuando Briante murió, su falta se sintió mucho. Sus amigos, familiares y lectores, lo siguen extrañando. “Falta alguien que pida ginebra” dice su amigo Gabriel Levinas, con quien fundaron en 1981 la revista El porteño. “Todos piden whisky, yo tomo campari. Falta alguno que pida ginebra”.

Pedro Jalid
Profesor de Letras. Leo más de lo que escribo, trato de hacer más de lo que digo.















