Briante a la sombra

Briante a la sombra

TIEMPO DE LECTURA: 5 min.

Miguel Briante nació en 1944 en General Belgrano es un pueblo ubicado al este de la provincia de Buenos Aires. Fue periodista, pintor, crítico de arte, guionista y, sobre todo, un gran conversador.

Si esto fuera un cuento de Briante, quizás debería empezar por el final. Los hechos consumados, las tragedias acontecidas y solo algunos restos y efectos, que las cosas trajeron consigo. Si esto fuera un cuento de Briante, entonces, tal vez empezaría en una tarde calurosa de fines de enero en la que un hombre, vaya uno a saber por qué, se revela contra el ritual impostergable de la siesta de verano en los pueblos de Buenos Aires, y en vez de ir a descansar como el calor impone, decide, finalmente, arreglar el techo de su casa. Empezaría por la caída, la escalera que duda y el golpe, y después, por cierta tumba que desde aquel día dice que allí, en el pequeño cementerio de General Belgrano, descansan los restos de Miguel Briante.

Y si esto fuera un cuento de Briante, entonces, después de contarnos el final, despacio y sin ningún apuro, algún parroquiano en el bar de Arispe, mientras pide un vaso de caña para calentar la garganta, diría que aquel no había sido uno más, que nadie se confunda. Y entonces, empezaría a contar su historia. 

General Belgrano es un pueblo ubicado al este de la provincia de Buenos Aires. Hoy en día, no debe superar los 30 mil habitantes. Allí nació Miguel Briante, en 1944, cuando probablemente vivían menos de la mitad de esa cantidad de gente. Si para el viejo Sarmiento, el problema de la Argentina era su extensión; para nuestra literatura es parte de su posibilidad. Son muchos y muy importantes los autores que nacieron en la década del 40 en el interior de la provincia: Ricardo Piglia, en Adrogué en el 41; German García, en Junín en el 44; Cesar Aira, en el 49, en Pringles; Osvaldo Soriano, en el 43, en Mar del Plata. Miguel Briante, en General Belgrano un 19 de mayo de 1944. En pocos días cumpliría 80 años.

Briante fue atrevido, los primereó a todos. El primero en arribar a la Capital, el primero también en escribir y publicar: En 1961, a los 17 años, ganó la segunda edición del Concurso de Cuentistas Americanos organizado por la revista El escarabajo de oro con su cuento «Kincón», que reescribiría y publicaría como novela años después. “Yo me llamo Bentos Márquez Sesmeao y estoy acostumbrado a morir”, así, con aires de Pedro Páramo, empieza este relato, que le ganó sus primeros oídos. El cuento se sumó a otros y para 1964, con tan sólo veinte años, publica Las hamacas voladoras, su primer libro de cuentos. Unos años después, le seguiría Hombre en la orilla.

Pero las cosas no siempre son tan fáciles y las vidas son más que una cronológica de wikipedia. Aquel éxito prematuro, en vez de ser despegue, le puso un cierto freno a su obra. Se asustó de sí mismo, quizás, y empezó a escribir poco. Al menos, ficción. Escribir, escribió siempre. Trabajó de periodista durante muchos años, construyendo pequeñas crónicas que combinaban el periodismo y la ficción. Pero a su obra narrativa, le puso una importante pausa. ¿Para qué escribir cosas nuevas? decía, si siempre habrá lectores nuevos. Los que tienen que cambiar son ellos.

Briante también fue pintor, crítico de arte, guionista y, sobre todo, un gran conversador. Si alguien, durante aquellos años, hubiera pataleado y protestado porque Miguel escribía poco, quizás hubiera estado bien contestarle que, si quería escucharlo contar, se acerque nomás a alguno de los bares del centro, que por ahí seguro lo encontraba vomitando alguna historia. Eso sí, que se prepare y se haga del tiempo, porque si empezaba a escuchar, no le iba a quedar más que dejarse llevar por el relato hasta el final.

Pero otras cosas pasaban mientras Miguel vivía. Si levantamos un poco la vista, veremos que eran los famosos años del boom latinoamericano. García Márquez, Cortázar, y todo lo que ya sabemos. Un grupo de autores, que de repente, cual vedettes, salían en la portada de las revistas, ganaban premios  y daban charlas multitudinarias. A Miguel siempre, le gustaron más los que reposaban bajo la sombra de aquellos: algo que se vuelve evidente en su excelente libro de entrevistas. Puig, Di Benedetto, Borges y Rulfo, algunos de los entrevistados. Y si aquellos estaban, por elección o por circunstancia, a la sombra del boom, Briante estaban a la sombra de las sombras del boom. Si Vargas Llosa y García Márquez buscaban escribir novelas universales, y se vanagloriaban de no ser “localistas y provincianos” en sus obras, Briante estaba en la vereda opuesta. Cuanto más pequeña fuera una historia, cuanto más alejada de los grandes ruidos, mucho mejor. ¿Para qué irse más lejos? Si toda la tristeza del mundo, cabe en la caminata de un nene que tiene que ir hasta el bar del pueblo, a buscar a su padre que otra vez no quiere ir a su casa.

Y si no también, para confirmar su pasión por las historias menores, miremos aquel viejo texto que publicó en Página 12, A la hora oficial, donde nos cuenta la historia de un pueblito, en la frontera entre Córdoba y Santa Fé, donde durante algunos veranos pertenecieron a usos horarios distintos: cuando de la avenida para allá eran las ocho, de la avenida para acá eran las nueve. Problema no menor, por supuesto, sino revisemos este fragmento: “Ya no hay paz, en las siestas, porque las madres de un lado y del otro no coinciden en la hora de encerrar a los chicos, los novios se desencuentran, un hombre vino y encontró a su mujer con otro y ahora está preso porque los amantes no habían cambiado la hora en sus relojes, el cura confunde más todo porque trata de conciliar a los dos bandos haciendo que el reloj toque todas las medias horas.” Historia olvidable seguramente para otros tantos autores, que buscaban ya tocar cielos extranjeros con las manos; historia hermosa para Briante, que encontraba la literatura en cualquier esquina o en cualquier bar, donde dos personas se sentaran a conversar. 

¿Qué dejaremos cuando ya no estemos más? ¿Sentirán, nuestros afectos, que algo quedó vacío? O las cosas seguirán sin mucho espamento, quedando solo alguna que otra anécdota y una pila de libros de la que alguien se tendrá que hacer cargo. Cuando Briante murió, su falta se sintió mucho. Sus amigos, familiares y lectores, lo siguen extrañando. “Falta alguien que pida ginebra” dice su amigo Gabriel Levinas, con quien fundaron en 1981 la revista El porteño. “Todos piden whisky, yo tomo campari. Falta alguno que pida ginebra”.

Pedro Jalid

Profesor de Letras. Leo más de lo que escribo, trato de hacer más de lo que digo.

Entre guerras y tiranías

Entre guerras y tiranías

TIEMPO DE LECTURA: 5 min.

Angélica Gorodischer fue -y es- una autora argentina reconocida y premiada, sobre todo, por sus libros de Ciencia Ficción.

Angélica fue una de las grandes exponentes del género en nuestro país y muy amiga de otra gran autora de Ci Fi estadounidense Ursula K. Le Guin quien se encargó de traducir Kalpa Imperial al inglés. En 1983, en plena vuelta a la democracia argentina, Angélica publica la primera parte de Kalpa Imperial titulada “La casa del poder” y posteriormente se publica junto a la segunda parte denominada “El imperio más vasto”. Kalpa Imperial se transforma así en un libro compuesto de once relatos en los que propone diferentes historias sobre los Emperadores de este Vasto Imperio desconocido, historias del “Imperio Más Vasto que Nunca Existió”. Y ahí, en ese territorio desconocido, se entremezcla la fantasía y la ciencia ficción. Gorodischer crea un mundo que no existe pero que bien podría. Un mundo reconocible para el lector y a través de estos relatos nos cuenta la historia de los diferentes Emperadores que transitaron por ahí: Un Emperador Hurón, la Gran Emperatriz, un Emperador que su pueblo no conoce. Esta es – o son- la historia de los que gobernaron con tiranía, que prefirieron el totalitarismo para su pueblo, que vivieron llenos de joyas y en un palacio imperial al que nadie podía entrar, pero también es la historia de emperatrices que llegaron al poder desde abajo, desde las calles, emperatrices que no necesitaban de custodia para caminar junto a quienes gobernaba. Junto al pueblo. 

Gorodischer escribe la historia del vasto y jamás conocido imperio. Si hablamos de la historia antigua de este territorio desconocido, la tradición oral no puede faltar. Y no falta. Claro está que no es Angélica la narradora de esta historia, sino que construye un personaje para ello: un cuentacuentos que podría ser uno o podría ser muchos, pero un cuentacuentos igual. Este personaje se vuelve la pieza crucial para que el pueblo conozca el pasado de sus gobernadores, las diferentes dinastías, los linajes, la historia de Príncipes Oscuros o de Emperadores locos. La historia de quienes gobernaron al pueblo con tiranía, a sangre y fuego, y quienes gobernaron con astucia y paz. Gorodischer escribe sobre la historia de este Imperio, pero también sobre cómo se construyó y transmitió la historia misma. La tradición oral, la técnica narrativa. Así como en la Antigüedad Griega fueron los Aedos y Rapsodas los encargados de transmitir las hazañas de los héroes y las creaciones de las divinidades, el -o los- cuentacuento del Imperio también tiene su propio estilo, sus propias técnicas para narrar, pero sobre todo también tiene sus valores: un cuentacuentos le habla al pueblo, en las calles, por el pago mínimo de la comida del día o una manta caliente, después de pasar todo el día de pie. El o los oyentes son quienes le ponen valor a la historia, mientras que, por el contrario, los poetas son los que pueden entrar al Palacio Imperial y se alejan de las calles y de los habitantes comunes y le hablan -le narran- a los Emperadores, sean estos unos tiránicos o sean hombres -y mujeres -justos y sabios.

“Sin contar con que yo vivía en una casa humilde, de un barrio humilde, sin contar con que yo tenia pocos amigos, como corresponde a mi profesión, y que los pocos que tenia eran tan oscuros y pobres como yo, hay que ver que un contador de cuentos no entra al palacio imperial, y que si entra es porque no es un contador de cuentos, es un poeta”

En cada uno de los relatos, el narrador cuenta las aventuras, los infortunios, las guerras o el destino que debió enfrentar el Emperador de turno y cómo gobernó. Narra la historia de dinastías, la fundación de ciudades, las guerras absurdas entre el Sur y el Norte, el origen y el fin de un periodo más o menos extenso. También el modo de organización que se podría adoptar para que el gobierno sea próspero: ciudades independientes y soberanas, comunidades pastoriles o sociedades teocráticas. En el Imperio hubo lugar para Emperadores guerreros, emperadores justos y humildes, pero también para príncipes Oscuros que gobernaron con violencia y muerte. 

“Larga es la historia del Imperio, muy larga; tanto que no alcanza la vida de un hombre dedicado al estudio y a la investigación para conocerla por entero. (…) la historia del Imperio está sembrada de sorpresas, contradicciones, abismos, muertes y resurrecciones”

Ya Platón en La República y Aristóteles en la Política plantearon sus modelos de gobierno. En Kalpa Imperial, Gorodischer también se transforma en una novelista filósofa y describe – a través de las acciones y juicios del narrador- los diferentes tipos de gobiernos y gobernantes: el rey tirano que vive recluido en su palacio y nada sabe su pueblo, el Emperador Hurón que con locura y todo gobernó con justicia y sabiduría o la Gran Emperatriz que demostró que las mujeres y el poder no son una dicotomía y que la inteligencia y astucia está destinada a mejorar la vida de los habitantes.

 Gorodischer se transforma en una novelista filósofa y una novelista historiadora porque bien podría estar narrando la historia de un Imperio desconocido o bien podría estar hablando de la historia de nuestro país: dictaduras, mujeres que llegan al poder, la democracia, gobernadores que se alejan del pueblo. Kalpa Imperial se puede leer, entonces, como una gran alegoría del poder. Una cadena de metáforas que nos hablan de un Imperio no tan desconocido para nosotros. Una historia que entremezcla ciencia ficción y fantasía, filosofía e historia, narrativa y poética, una historia que habla de un imperio desconocido, lejano, pero en un registro conocido y cercano para nosotros. 

Plantea, además, algunas preguntas que quedan resonando en la cabeza de quien lee, preguntas que son históricas y actuales a la vez: ¿Cómo es un buen gobernador? ¿Qué cualidades se necesitan para permanecer en la Historia? Y es ahí, en esas preguntas, que todo se torna un hilo entrelazado porque solo así, contando la historia de quienes gobernaron en el Imperio, es que la gente que vive en él puede ¿decidir? qué es ser un buen Emperador.

Lau Uhrig

Trabajadora, estudiante y lectora de Literatura. Docente de Lengua y Literatura en escuelas secundarias de La Matanza. Estudiante de Lic. en Lengua y Literatura (UnLaM). Siempre caminando por La Matanza.

Lo heredado: muertos como si fueran muebles

Lo heredado: muertos como si fueran muebles

TIEMPO DE LECTURA: 4 min.

Sobre Como corderos, de Juan machado. Libro de cuentos publicado por la editorial “Azul Francia”

Machado viene del campo, conoce la tradición. Sabe que en los pueblos es costumbre elegir quienes son los otros a los que hay que odiar, que todo el mundo conoce a los monstruos y que la inocencia dura lo que la dejan durar. Así construye una familia más poblada de muertos que de vivos, los Funes, y un pueblo, La Cuenca, donde el diablo perdió el poncho pero no su influencia. Todo lo que suceda aquí será terrible, porque el mal, como los muebles y los muertos, también se hereda.

Tradición. Sarmiento dijo “el mal que aqueja a la República Argentina es la extensión: el desierto la rodea por todas partes, y se le insinúa en las entrañas…esta inseguridad de la vida, que es habitual y permanente en las campañas, imprime, a mi parecer, en el carácter argentino, cierta resignación estoica para la muerte violenta”. Barbarie, dijo. El campo es barbarie. Muerte violenta y resignación. De eso está lleno Como corderos y los Funes son su máxima expresión.

Vamos a presentarlos: “El viejo se veía que era malo a la legua y a la vieja le sentías el olor a chupe desde antes de que llegaran al pueblo”. De los varones, “Cuatro de los seis ya habían muerto, incluso antes de que naciéramos los más chicos”. Accidente, enfermedad, suicidio, linchamiento, cada uno con su altar. Después están Nicandro, Martín y Haydee. Los Funes, entreverados con la muerte. Machado les da vida, les insufla un resentimiento viejo y los suelta en el campo, para que cada uno se encuentre con el final que le toca.

Y sin embargo ¿Dónde está la civilización, entonces? ¿En la demoníaca presencia del Padre Macario? ¿En la perversidad abusiva de los Muller? ¿En la velocidad del juicio de los decentes, de su mano que castiga y mata al inocente sin querer escuchar voz o réplica? ¿En la heredada sentencia de que el indio, por indio, es escoria y no merece perdón ni despertar remordimiento, siquiera? Sarmiento también dijo que no tenía sentido intentar educarlos, que aquí también deberían haber hecho como en Estados Unidos, y barrer con todos.

El texto está lleno de sentencias como ésta. Máximas inquebrantables que resuenan en la sangre, que son indiscutibles porque limitan el universo de lo posible. Los niños de la familia pueden repetirlas de memoria porque casi que es lo único que tienen. Son heredadas como los muebles, como los muertos y como el mal. Por estas sentencias se vive y se muere, se dura,

se aguanta, se queda, se mata. Ponen a cada uno en su lugar. Muchas de estas frases son las más hermosas del libro. “Padre nos enseñó que hacia un miedo se camina rápido. El miedo es algo que uno se tiene que sacar de encima lo más antes posible”. Tienen un brillo tenebroso y seductor, son como huesos que emergen limpios y brillantes en una huerta.Tientan. El resto de su mundo es un silencio tangible, separado en segmentos por disparos como signos de puntuación, a veces de exclamación, nunca de pregunta. Aquí nunca se mata sin decisión.

Tradición. Borges dijo que el cuento es la idea y la novela el personaje. Machado no sólo le robó a Borges un nombre, Funes, sino que también puso en jaque esta idea. Cada una de las historias que componen este libro es un cuento, pero no. Cada una de las historias es un capítulo de una novela, la de los Funes, pero no. Son los personajes: la brutalidad de su devenir, la soledad de su existencia, la taciturna violencia de sus modos y de su muerte. Son sus ideas: el debate sobre la tradición, la ambigüedad de la barbarie y el peso de las sentencias. Como corderos camina una fina línea entre los géneros, no me importa cómo lo vendan. Usa los personajes para machacar una idea y forja a los Funes al fuego de las discusiones que incita.

Este libro es como una silla tallada entera desde una sola pieza de madera, con un cuchillo heredado, mango de asta de ciervo y hoja naranja de óxido. No es un trabajo fino ni elegante, no imposta formas inútiles ni extranjeras, pero está hecho con habilidad y decisión por las manos de alguien que conoce la madera y conoce el cuchillo. Quién lo vea lo identificará no por su belleza, sino por la brutalidad de sus líneas. Quien se siente en esta silla no estará cómodo, pero tendrá de dónde agarrarse. Luego recordará por semanas las astillas hundidas en la carne. Este es un libro que sabe doler.

Juan Fernández Marauda

Nació en Lanús, en 1988, pero creció en el Valle Inferior del Río Chubut. Trabaja en el cruce entre salud mental y escritura en un hospital de día. Es escritor, editor, librero y coordina el taller de escritura PULP! en la ciudad de La Plata. El puente de las brujas, su primera novela, fue publicada por EME en 2020 y Esplín Tropical (México) en 202

A la Milagro

A la Milagro

TIEMPO DE LECTURA: < 1 min.

de mirada tosca
vivaces las manos que permitieron tu poder
voraz la mano que te lo arrebató
convirtiéndote en el mártir de lxs que luchan
un mártir en vida

¿es vida si no hay libertad?
¿es libertad si la vida se desgrana,
se precariza,
se hace cada día un poco más
hostil?

de cuerpo fuerte
como los que te acompañaron en la tarea
construyendo casas
dinosaurios,

lagos en la esquina
bosques en las plazas

escuelas para liberar
no para encadenarse

trabajo para liberar
no para alienarse

cooperativismo para liberar
no para pisarse.

y ahí estás todavía
fuerte de fuertes

siendo
ejemplo          bandera
lucha


lucha
hasta que venzan los condenados a muerte
por un mundo que los propone
desechables

rabiosa tu mano
rebeldía andina
la que paró al verdugo
y le dijo no,

acá hay otra cosa
no
acá pasan lxs de abajo primero
por los siglos del descarte


Valen Cabrera

Fiel convencida de que todo lo puede el cuerpo, escribe poesía por la irreverencia que supone sentir en palabras. Milita las causas que supone justas y cree en la ternura como el arma indiscutible para construir otros horizontes posibles.

Hambre, Emma

Hambre, Emma

TIEMPO DE LECTURA: 3 min.

Liliana Heker transversaliza la política a través de mujeres discretas, decididas a no firmar en conformidad el decreto que dice que la vida es un escalafón

Quizás, escribir historias venga del ingenio humano tratando de responder de miles de formas distintas a la misma pregunta. 

O al menos Liliana Heker (1.943) escribe cuentos para eso. En su antología Cuentos Reunidos los personajes están en estado de búsqueda permanente, aunque se trate apenas de buscar una respuesta ya había llegado hace mucho y no la descifraste; en su universo literario, cada cuento tiene el efecto estético de maximizar algo incómodo, prohibido, desconcertante, siempre en planos muy pequeños que en general se limitan a un departamento,  un viaje de 200km., una fiesta.

Los territorios son comunes, gente urbana, clase media, con más o menos ventura económica. Heker se acomoda ahí; los personajes no son ni pobres ni ricos, ni buenos ni malos, algunos son brillantes y otros no tanto, pero siempre están haciendo lo que pueden con lo que les pasa. Si quieren matar, matarse o amar apasionadamente es posible que no lo logren, pero de maneras difusas lo advierten y se hacen cargo, porque en general estos cuentos tratan más de la búsqueda o la pérdida que de la concreción. Cada historia tiene alguna forma de bruma existencial, de porqués, de paraqués, de órbitas sobre la propia vida tratando de romper la abúlica circularidad. Claro que esta columna se llama Literatura y Política y hay que justificarla. Ningún problema con eso: los personajes femeninos de esta autora tienen variedad de talantes desafiantes aún cuando las obligue a banquinear la legalidad y los bienaventurados acuerdos sociales. Una provocación material que expone lo político desde pequeños universos privados para nada épicos. 

Podríamos decir: mujeres con hambre. El hambre trae la rebeldía y acá la rebeldía es plena. Incautas discípulas de Emma Bovary. El incesto, el filicidio, el principio o el final de la vida, el deseo de algo que no se sabe, el hartazgo de injusticia, el sinsentido, la caja negra de la memoria.

Liliana Heker atomiza lo político no sólo en pequeñas vidas –esto no sería para nada innovador, finalmente toda la literatura es eso, al menos la buena- lo hace sobre mujeres con vidas discretas y juega con lo impredecible de esa abulia que ni siquiera está asumida, o con la sabiduría precoz de niñas de once años con curiosidades existencialistas; mucho énfasis en las consecuencias del huracán del tiempo, los sueños diluidos, la memoria fragmentada, la soledad permanente.

Hay una subjetividad casi sensual que se mezcla con la adrenalina de vencer un límite y Heker nunca construye límites recurrentes. Acá las mujeres no son golpeadas ni violadas ni calladas, no es necesario, porque persiguiendo el rastro de Emma Bovary llega el dramatismo igual consumado de alguna otra forma. Mujeres que se niegan a firmar en conformidad el decreto que dice que la vida es un escalafón de cosas que cierra con la decrepitud, un jardincito en el fondo del patio o un par de nietos.

La contundencia política de sus cuentos aparece transversalizada en la pugna de los personajes femeninos por estas cosas que de alguna forma les son negadas, como en el personaje de Flaubert, hay una valentía para nada romántica, torpe, casi incómoda,  y esto aún así es claramente pensamiento político.

Liliana Heker, cuentista, novelista, ensayista, creó junto a Abelardo Castillo y Sylvia Iparraguirre la revista literaria El Ornitorrinco, emblema de resistencia cultural en la época en que hacerlo podía implicarle algo más trágico que la censura. En sus Cuentos Reunidos se encarga de aclarar ella misma que jamás le pondría a una antología suya “Cuentos Completos” porque nunca creerá posible terminar su aventura cuentista. Dice “no tengo la menor intención de completarme”. Claro, no hay nada acabado en las formas más caseras de resistir mandatos sociales, no sólo por la diversidad de formas, sino por las posibilidades temáticas.

El hambre nunca se completa ¿No, Emma?

Amanda Corradini

Mujer de trincheras: Reparte su vida entre la trinchera de la Escuela Pública, la de su biblioteca y la que guarda algunas banderas que gusta agitar. Todo regado de mate dulce, Charly García y un vergonzoso apego por el humor infantil.

Desvarío

Desvarío

TIEMPO DE LECTURA: 3 min.

Relato de Luz Iriarte, participante de la convocatoria de cuentos “Hebe Uhart”.

Soy de hogar tierno y cuna tibiecita. Como en cama y duermo en comida, no hay que no tenga ni donde estar. En mi hogar tierno y cuna tibiecita soy feliz. Sueño mundos de leche y mimos, si es que acaso existen lugares así, porque aspiro a ser yo cuya leche y mimos nutran a mi descendencia.

Salgo de mi hogar, me adentro en la jungla y observo las bestias, observo el metal, me adentro con miedo en la jungla de cemento y espero hasta que el sol frene a las terribles criaturas con su acromático brillo. Embiste el último demonio y atravieso el vacío caminando elegante. Ante todo, cortesía, ante todo el valor principal de coexistencia entre los nuestros.

Al cielo, después, volando entre peldaños y misterios, me vuelvo una con el pensamiento de que algún día no voy a volar y que por eso deben volar mis futuros niños, que deben aprender a tomar flote y que no seré yo quien los eduque sino ellos, tristes en su existencia, pero en quizás un hogar adecuado y no tanto tierno. Un hogar de espuma y suavecito, menos tierno (más carnoso), bien fibroso (no tan crudo).

Ahí en el cielo está el Don, enrollado como tazón y rellenito como un pan. Me acerco y amago a pegarle, él ni se inmuta. Al rato, frota su rostro contra el mío y su bigote me acaricia la cara. Sé que le gusta. A mí me gusta él, pero hay algo que me aleja, ese olor insoportable a desvarío que no sé cómo manejar, que no sé cómo enfrentar, así que le pego un zarpazo en el cachete para que no se acerque y eso lo rompe. Retrocede uno, dos, avanza tres y se me abalanza. Nos enrollamos y caemos en las bases del cielo, paraíso lejos. Al Don le falta eso: pasión, y a mí me sobra. Él es grande y no me puede dar lo que quiero. Él es viejo, yo soy joven. Le grito: corre a esconderse en cuna fría, yo bajo de nuevo a tierra.

Don no tiene amigos, yo tampoco; él por cobarde y yo por desdichada. No creo que lo sepa, pegote que es conmigo, que a comparación suya parezco una condesa como aquellas que veo por los caminos infinitos tras vidrieras. Infinitas son las posibilidades de una que no es como lobo, sino que más bien es hábil y rápida. Escapando siempre, vez tras vez, me encuentro cara a cara con cosas que no puedo evitar. Siempre, pero siempre, se me cae el cielo encima. Se angustia y estalla en mil pedazos, esos lugares en fracciones de segundo no están ahí, permanecen inaudibles en mi imaginación, sólo son imágenes, no más que eso. Vivo triste porque triste me vive el cielo, y así como vuelvo mojada a mi cuna tibiecita, que ya ha sido vaciada y a mi hogar duro y afilado, también vuelvo a mis viejos rituales. Duermo mojada, duermo sin comer, duermo. Al final, sólo me queda soñar mundos de leche y mimos, si existe un lugar así, cada vez me lo creo menos

Dormir con las estrellas

Dormir con las estrellas

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Manuela Bertola nació en La Plata en el año 2001, es estudiante de sociología y productora del programa Cual Pinta? en Radio Trinchera. Comparte con Revista Trinchera el siguiente relato.

Qué fácil es dormir en las estrellas, dice mientras me dirige la mirada pero no mira. Tiene un tono que decanta entre funesto e ingenuo. 

Una maravilla -retruco- ¿y dormir sobre una nube?, ¿qué se sentirá? 

Escucho el silencio  que se presenta ante lo desconocido o lo incuestionado. Sé que son los silencios que más le gustan. Puedo ver cómo procede a poner en pausa todo movimiento y cómo si viera una telaraña hilvanarse de punta a punta dentro de la habitación, toca su boca y sonríe ante las elocuencias, las ajenas, pero particularmente las propias.

¿Dónde fuiste cuando abanicamos la luna? me pregunta con insistencia, genuinamente me pregunta, y no se que decirle. 

Sus ojos danzan, son una marea opaca de marrones figurines.  Se bambolean como un hipnótico reloj, de esos que llevan los tipos como él. ¿Cómo quién? me pregunta, cómo él, sostengo firmemente y ninguna de las dos vuelve a mencionarlo. 

No hay que explicar mucho las cosas frente a esos ojos, más bien, hay que aprender a no preguntar tanto y mucho menos pretender enseñar. 

Al entrar a la habitación hay un cartel, de colores pastel, un pastel gastado, casi imperceptible, que grita en un melodrama aterciopelado: “Antes de entrar, quítese los zapatos, los prejuicios y esa maña insoportable de querer enseñarle a los demás. Admita que usted no sabe nada y si sabe, olvídese. Aquí no se enseña ni se corrige. Y si no va a ser así, no se gaste en entrar que no será recibido.”

Siempre me pareció porteño y contradictorio ese cartel con aires de superioridad, pero nunca me animé a hacer énfasis en esas características. Simplemente entraba, diluyendo enseñanzas previas y en un estado casi de neonato. Como si estuviera en el oráculo de Matrix y una calva miniatura me mirara despótica entre risas, mientras yo ingenua pretendía doblar la cuchara, hasta doblarme.

Los días nos pesaban a ambas, todos los días nos pesaban. La densidad del aire, el tabaco rumiando bajo las uñas, el peine enredado entre pelos blancos y rubios cobrizo de farmacia, la humedad martillando las rodillas en un devenir paulatino pero constante llenando la habitación.  El final del día de un intenso olor a menta y marihuana mezclado con pachuli y psicofármacos matizados bajo un fuerte hedor a palo santo. 

Las conversaciones giran en un constante desaprendizaje yendo y viniendo del espacio exterior al barrio que la vio crecer. Dormir en la luna, dijo un día, debe ser bastante parecido al mierdero de Mar del Plata, igual de imprevisible. Los cráteres, imaginate querida, deben ser tan acogedores como esa escollera, dura y suave, pero peligrosa. Sinónimo de mar y felicidad con olor a mierda, dependiendo de donde sople el viento, y de cuánto crezca el cielo sobre la luna. Mira nena, es como si un día te quedaras dormida en un cráter y el cielo lo inundara todo, lo mismo, exactamente lo mismo que pasa en el mierdero. Vos estás ahí, después de trabajar horas en el hotel, como la sierva de los dueños del mundo, aprendiendo a pelar una naranja con cubiertos. La etiqueta de la etiqueta- dice eufórica mientras hace un gesto alusivo a la élite, juntando el dedo pulgar con el índice, mientras el meñique queda apuntando al cielo de reverso, en un semicírculo compulsivo.- para que los chetos vengan y se coman la naranja con la mano y para colmo en la cara de una. ¿Vos podes creer?, ¿no te parece descabellado? 

Yo la miro, desde el vértice de la habitación. Creo que divaga, quiero corregirla, pero el cartel de la entrada suena en mi cabeza con la intensidad de un taladro. Se confunde mi nombre, lo mezcla con el de otros, mientras me cuenta sobre un viaje de jubilados que hizo con Pami, allá, en sus años coquetos, sus años mozos.

En Malvinas hacía un frío de aquellos, de esos que te congelan la lengua,- me río, aunque noto que no le gusta – ¿Vos nena, anduviste por allá también? de todas formas, tampoco podía decir mucho yo, porque inglés, lo que se dice inglés, nunca supe. Así que eso de que se congele la lengua… tampoco era un problema. Había, eso sí, una cantidad increíble de cruces, tan chiquita la isla.. y tantos.. tanto.. ¿Cómo era que te llamabas vos?, En fin, como te decía nena, muy lindo  Malvinas, es como la luna. Igual de lindo, pero más cerquita. ¿Anduviste por allá, por la luna digo, conociste allá? 

Muevo sutilmente la cabeza, en un intento de responder que no, que no estuve en la luna, ni yo, ni ella, ni nadie, salvo por un perro, leí alguna vez y algún que otro loco que creyó comprar una parcela de tierra en luna, quiero gritar. Me muerdo los labios. Desaprender, Manuela, des-a-pren-der. Aca nadie cuestiona ni enseña. La miro nuevamente y está ahí, quieta sobre su mecedora de paja y madera, con los ojos clavados en esa telaraña invisible que nos separa y noto que me ve, puede verme, estoy sentada espejada-mente sobre una mecedora de paja y madera, me ve, tiene que verme, debería hacerlo, pero no lo hace. Nunca me ve. No sabe mi nombre, ni puede verme, no me reconoce. Siento la tibieza de las perlas plastificadas presionando mi pecho. Me ve, yo se que me ve. Estiro los dedos que dan contra la telaraña, al final, invisible no es inexistente. Pienso. Quiero decir su nombre, y la noto rejuvenecida, pareciera de unos 20 años, podría decir 22 con exactitud, tiene el pelo suelto, y castaño, castaño claro. Le vendría bien un baño de sol y manzanilla, pienso. Me río, yo nunca pienso esas cosas. Esas son cosas que piensa ella, ¿pienso?. Me acuerdo de Malvinas, los pingüinos, esos bichos chiquitos y chuecos que parecieran vestir esmoquin. Es-mo-quin, es una palabra que siempre me ha causado gracia. ¿Usarán esmoquin en la luna? ¿Habrá pingüinos allá? Seguro, hay pingüinos en todos lados. Me río de mi elocuencia. A ella no le causa gracia. Esta seria, me mira con los ojos aguados, como si no entendiera de que le estoy hablando. ¿Quién será la chica que me mira desde el otro lado de este vidrio? Es jovencita la chica. ¿Habrá ido también a Malvinas?- le pregunto, pero no contesta-. ¿conocerá la luna? No, si la conociera, no me miraría así. ¿Qué quiere esta chica? ¿Quién es? 

Disculpame querida, ¿Cómo era tu nombre? bua , no importa, sentime una cosita, ¿que fácil, no? dormir en las estrellas.

Manu Bertola

Hija y nieta de la historia de nuestro pueblo. Estudiante de sociología. Nacida y criada en la ciudad donde las diagonales tocan el sol.

La reciclable

La reciclable

TIEMPO DE LECTURA: 8 min.

Juan Machado nació en Carhué, provincia de Buenos aires, en 1992. Escritor y conductor del programa Plastico Cruel. Publicó el libro de cuentos, microrelatos y poesías, No hay que jugar en la casa vieja y otros relatos (2020) Pájaros Punk (Malisia 2022)Comparte con Revista Trinchera el siguiente relato.

A Fogwill.

Estoy leyendo;

“Después trajo dos latas de Coca Cola y las bebimos a la par. Seguíamos cayendo. Aunque me costaba más apreciar la velocidad, sentía con nitidez nuestra caída hacia el oeste; habrían pasado cerca de ochos horas desde que percibí nuestra caída. Por primera vez.” 

Es un libro que elegí con precisión, la página que leo, sí, es obra del azar, ese azar que hace tan bien las cosas. 

“Después sentí que me dormía. Ella me untó con una crema que tenía algo que hacía sentir la piel tan lisa que parecía nueva. Si habíamos soñado tanto, y si yo en varios momentos pensé que ella pariría algo mío o que yo pariría algo suyo, nada me impedía dejarme llevar por el sueño de transformarme en algo nuevo”. 

Algo cae sobre mi cabeza, el roce es filoso y rápido. Me llevo la mano a la frente, está caliente y mojada, es verano, es hora caliente, son las dos y pico de la tarde; ¿Quién lee en verano a las dos y pico de la tarde? Miro mi mano que esta roja y transpirada. Llevo mi vista al piso, lo que me golpeó es un libro, un libro de Rolón. Me quedo mirando, no retengo el título, pero pienso en Rolón, en que al fin y al cabo para esto sirve un libro suyo, para golpear la frente de un lector, en verano, a una hora muerta donde nadie hace nada. Pienso que el libro podría ser mucho más chico de lo que es y que el golpe no hubiese sido tanto, total no se pierde mucho. Veo la caída de una gota de sangre que explota al lado del libro. Me vuelvo a llevar la mano a la frente, ahora, sí, mi mano tiene sangre. Todo esto lo pienso en milésimas de segundos, porque recién ahora me llega la voz de la chica de arriba de la escalera.

– Ay mil perdones señor, que bruta que soy, perdón perdón. 

– Por favor – digo-  No hay problema, cosas que pasan, no es nada.

– Ya le traigo para que se limpie.

– No hace falta, por favor.

La chica baja rápido y corre hacia el mostrador, me trae servilletas de papel o pañuelitos, no se bien. Me limpio, ella me mira la herida, la punta del lomo del libro me abrió un tajo en la frente. Ella mira el tajo, no a mí. No hay otro interés en ella que el tajo. Es cómico, raro, o no, algo que no existía hace un momento, ahora, es el centro de su existencia. 

Escucho pasos atrás míos y una voz retumbante de hombre.

– Señor, le pido mil disculpas por lo que acaba de suceder, es la primera vez que nos pasa un accidente de esta índole, le pedimos mil disculpas.

– No por favor, para algo tenía que servir un libro de Rolón – Los tres nos echamos a reír, yo porque creo que realmente mi chiste es bueno, ellos, tal vez de compromiso. 

– Como estamos muy apenados – Dice el hombre – Y queremos reivindicarnos, tiene a su elección un libro de regalo.

– No, por favor. No hace falta.

– Insistimos señor, lo dejamos elegir tranquilo. 

Que suerte, me digo para mis adentros. “Gracias” le digo al encargado y a la empleada que se alejan hablando entre ellos. “Que suerte”, me digo otra vez.  

No soy un tipo que ande buscando la suerte, solamente sucede. Un golpe repentino que desemboca en algo, sustancialmente, beneficiario para mi persona. No lo busco, sucede. Sino no sería suerte. Con el azar es diferente. Uno confía en el azar y él actúa en correspondencia. Hay, con el azar, una suerte de arreglo tácito de ceder cierta parte, una buena parte, que valga la pena, de nuestro porvenir y él, que no es ningún tonto, actúa. El azar, conmigo, ha hecho un gran trabajo. 

Pero esta vez no fue más que suerte, lo del libro digo. Acá estoy entonces eligiendo qué libro llevarme en compensación por un accidente, que algunos pueden llamar absurdo, para mí un accidente justo. Intento repasar una borrosa lista de pendientes que se mueven con locuacidad en el vaivén que es mi cabeza en estos momentos. El golpe, el dolor tenue pero profundo, la incomodidad del momento, la pesadumbre del golpe de suerte. Me es demasiado dificultoso elegir. 

Ahora me tomo la cabeza, me duele un poco, tal vez el calor tenga algo que ver. La chica se acerca, el hombre parece, ya, no estar. 

– ¿Señor está bien?

– Si, un poco abrumado.

– ¿Se quiere sentar?

– Debe ser el calor.

– O el golpe. Perdóneme por favor.

– No, no te preocupes más. Estoy bien. 

– ¿Qué puedo hacer por usted?

– Elija el libro por mí.

– ¿Seguro?

– Por favor.

– Déjeme ver. 

Recorrió las estanterías con ojos muy abiertos, con gesto de tarea difícil. Yo la observaba, no me había parecido linda hasta que la vi mirar con esa voracidad, despiadada, con la que recorría los libros. Me pareció hermosa y genuina. 

– Este – dijo. En su mano había un libro chico, flaco, una edición de bolsillo. Claro, por el precio pensé. 

– A ver.

– Capas que ya lo leyó, es bastante viejo. Pero es de mis preferidos. 

– Onetti, si, Onetti es bueno, de los grandes. Tal vez, el mejor de los nuestros.

– ¿Este lo leyó? 

– No, no, justo este no. Me viene bien – Para mis adentros pensaba en que si ella de verdad me recomendaba ese libro porque era de sus preferidos o si en este gesto había un mensaje encriptado. Es que, a mi cabeza dolorida, cuando leí el titulo se me vino la mujer, la protagonista de esa historia, y su chivo. Ella podría pensar, plácidamente, que yo era un impostor, un sin vergüenza, que me había parado justo debajo de ella, jugando con el azar, para que, en algún momento, accidentalmente se le resbale un libro sin más remedio que golpearme, luego, como sucede en el setenta por ciento de los casos, hay estadísticas, me recompensen por el mal trago. Podría pensar que a esto lo repetía una y otra vez en distintas librerías. Pero la verdad es que en este pueblo no hay otra librería. 

– Le va gustar, llévelo sin dudas.

– Lo llevo entonces, muchas gracias. 

– Venga, le pongo una bolsita. 

El azar, hizo también, que esa noche duerma con la chica de los ojos voraces. 

La mañana que siguió, la chica despertó con los pelos revueltos. Me miró desde la cama. Era mucho más chica que yo, por eso el llamarla así. En el medio de nosotros sentí un terreno árido intransitable. El piso estaba frio y yo me miraba la lastimadura de la frente, que ya no era nada, en el espejo. Ella se sentó, se llevó la sabana al cuello, las sostuvo con una mano imprecisa, con la otra, con más justeza, se corrió el pelo de la cara. No dijo nada, yo tampoco. Me miró mirarme. Me lavé los dientes y ella volvió a dormitar, ahí sentada como estaba. Preparé mate, se lo llevé a la cama. Abrió los ojos, cuando yo me senté, (acá podría haber puesto, “me senté y ella abrió los ojos” pero no. Lo verdaderamente importante era que ella había abierto los ojos y no que yo me hubiese sentado. Si ella no hubiese abierto los ojos, yo no habría existido en su mundo) una vez, otra vez y otra vez hasta que pudo, con esfuerzo quejumbroso, sostenerlos abiertos. Pienso que, en la primera mañana, todavía noche, me habrá visto de espaldas y desnudo, lo cual no es tarea fácil, me habrá visto totalmente desnudo y no hizo más que cerrar los ojos y volver al sueño. Ahora me mira a la cara, hace una sonrisa tímida de boca cerrada, mientras agarra el mate con ambas manos y con los brazos cerrados, lenta, sostiene la sábana, rosada por los cuerpos transpirados, blanca. 

– Gracias – Respondo con un leve movimiento de cabeza que emula un de nada o un gracias a vos. 

– Que suerte lo del libro ¿no?

– Jamás imaginé que esto pudiera terminar así. Con el libro bastaba. 

– A mí no me bastaba. 

– Parece una conversación equivoca la que estamos teniendo. 

– ¿Por?

– Yo podría estar diciendo lo que vos acabas de decir y viceversa. Podríamos alterar nuestras voces, invertirlas y esta conversación tendría el mismo sentido.

– O somos dos ingenuos o somos dos impostores.

– Creo que nos conviene la ingenuidad.

– Buscaste que todo esto pase ¿no?

– No.

– No soy estúpida, pendeja sí, pero estúpida no.

– No sos pendeja. 

– Al lado tuyo sí.

– Me estás diciendo viejo entonces.

– No puedo imaginarme en que otros lugares podés jugar este mismo juego. 

– No lo hago, esto no es un juego. Fue suerte.

– ¿Sos un hombre con suerte?

– Soy un hombre entregado al azar. 

– Que suerte. 

Esa mañana no duró lo que yo hubiese deseado. La chica se fue, suelta de cuerpo, ligera y ambigua. Yo me quedé frenado, quieto, lento y predecible. Nunca más la volvía ver, por lo menos a esa que fue y que no duró más que una mañana. 

Días después volví a la librería. A la entrada me saludo, atento, el encargado. Era un hombre rígido, amable hasta donde puede ser amable una persona rígida. Me paré frente a la estantería donde pasó el accidente, volví a agarrar el mismo libro que aquella vez.

 Leí.

Estoy leyendo. 

“Su aparato seguía funcionando. Ella soltó las correas se separó de mí y pude estirar las piernas, pero quedé con todo adentro vibrándome, mientras ella procuraba chupar la poca leche recuperable de mi pija y la región del ombligo. Como siempre (era ella) vino pronto a mezclar todo en mi boca con mi saliva y su sangre” … Lo que leo es Fogwill en su estado más puro y duro.

“ … todo vuelve siempre a reciclarse y hacerse vida y con el tiempo se lo vuelve a encontrar”. La chica aparece detrás de mí, me ignora, arrima la escalera y sube rápida y precisa escalón por escalón. Es verano, son las dos y pico de la tarde. ¿Quién lee un verano a las dos y pico de la tarde? Entonces el próximo párrafo, la caída, el roce filoso y rápido, mis pensamientos, la gota de sangre, la sangre, la voz de la chica pidiéndome perdón. 

Juan Machado

Nació en Carhué, provincia de Buenos aires, en 1992. Actualmente reside en La Plata. Escritor, también se desempeña como conductor de radio. Dicta talleres y encuentros literarios. Publicó el libro de cuentos, microrelatos y poesías, No hay que jugar en la casa vieja y otros relatos (2020) Pájaros Punk (Malisia 2022)

Tres poemas

Tres poemas

TIEMPO DE LECTURA: 2 min.

Poema de Marcelo Patiño, participante de la convocatoria de poemas “Daniel Omar Favero”

Aquí recaen instancias de vida, vicisitudes en la actividad de mirar por la ventana, los árboles y un parco cielo. A las personas y a uno mismo siendo parte de la cotidianidad del día. Cuando te sientas en el subte, en el taxi o en un café. Cuando caminas por la calle y paras, porque viste una palabra o un rostro, porque siempre habrá algo que te robe la mirada y el paso para regalarte ese momento-que te lleva al recuerdo-que activa un sentimiento (perfecta sinapsis) para finalmente terminar escrito en un papel, como este.


1.

Entonces fui al cielo,
cruzando la ventana
y la ciudad por primera vez se veía tan mansa,
como los recuerdos de una nube, tan basta.
De día no es lo mismo, repetía,
de día no me gusta
porque el sol despierta los pecados
la luz que ilumina el infierno.
De día reinan los metales,
engranajes de mal augurio
y todos cantan al compás
la muerte del arbusto.
Hay una nostalgia que mata el celeste,
hay una tristeza que ocupa mi vista.
Por eso caminan agachados,
comen agachados,
ya no buscan a los árboles,
menos a los tordos o colibríes,
tampoco saltan esperando la primavera.
Por eso tomé dos vasos de azul,
tres de verde
y también habrá bordó
cuando el cielo
no me aguante más.

2.
¿Has visto aquellos engranajes del reloj
o de los autos?
¿Has visto la red neuronal
o el tejido de la masa de harina al romperse?
Has visto como un hongo crece,
el entrelazado de las raíces.
Has visto que todo supone una conexión,
ensamble vital.
Aquellas concepciones lingüísticas,
estructurales
¿Qué hay en la base?
¿Brahma, dios, átomos o un fonema?
¿Será un tal atlas?
¿Qué une mis letras con tu entendimiento?

Si tales engranajes forman un reloj,
¿Qué imagen u objeto formamos nosotros?
¿Una mesa?
¿Diccionarios?
¿Un te quiero?
¿El universo?
¿Qué?

3.
Hit the road

Por aquellos días en villa elisa
Por no volver a levantarnos
Sin haber sentido el cansancio
De las guerras existenciales
Pues esta vida, esta vida
Por sentirse dichoso y digno
De al menos una sonrisa o un abrazo
De nunca sentirse derrotado
No hasta que se rompa
El reloj de arena
Y reflejes luz
Luz ocular
1