“Escribir para matar la soledad” 

“Escribir para matar la soledad” 

TIEMPO DE LECTURA: 4 min.

Entrevista a la autora argentina Alejandra Kamiya en el programa de radio “Plástico Cruel” de Radio Trinchera.

Alejandra Kamiya es una autora argentina que nació en Buenos Aires en 1966. Publicó los libros de cuentos Los árboles caídos también son el bosque (2015), El sol mueve las sombras de las cosas quietas (2019) La paciencia del agua sobre cada piedra (2023), su último libro de cuentos que presentó recientemente en la editorial Eterna Cadencia. Formada en los talleres de Inés Fernández Moreno y de Abelardo Castillo, conversó en Radio Trinchera en el marco del programa Plástico cruel sobre el cuento, el método de escritura y su vida lectora.

Cuando hablamos con vos para esta entrevista, nos comentaste que te interesaba mucho la instancia de charla con los lectores ¿Qué buscás vos como lectora en un cuento?

Es algo medio abstracto, no es muy técnico: sentirme acompañada. Yo lo que busco como lectora es matar un poco mi soledad o combatirla por lo menos. Tengo que sentir que el escritor está ahí.

En relación a esto, ¿vos sentís esa misma sensación de matar la soledad a la hora de la escritura?

Sí, intento estar yo presente, lo más auténtica posible. Comprometerme con lo que estoy escribiendo y dar (me) para que el otro cuando lo lea lo sienta y él también pueda matar su soledad con mi compañía. 

¿Cómo es tu ruta de lectura? ¿Qué es lo que más consumís: poesía, novela, cuento?

Mirá, yo fui al taller de Abelardo Castillo que un gran ordenador de lecturas. Tiene de hecho un sistema, una lista famosa de cosas que hay que leer, para hacerte una familia de escritores. Si a vos te gusta un escritor tenés que leer los escritores que le gustaban a él, y así ir armando una especie de árbol genealógico. Pero a pesar de haber ido al taller de Abelardo, soy tremendamente desordenada para leer. Voy a una librería a comprarme una cosa y me compro otras tres y no esa. Soy muy desordenada, muy caótica para leer. Todo me interesa.

¿Ese caos lo podés ordenar a la hora de escribir?

Si, debe ser uno de los motivos por los que escribo. Porque es bastante ordenador.

Yendo a tus libros de cuentos. Arrancar por los títulos, poéticos y conceptuales. ¿Qué buscar a la hora de poner un título? 

Con Los árboles caídos también son el bosque, yo llevé el cuento Partir al taller de Abelardo y cuando estaba leyendo él me dijo “Bueno, ahí ya tenés título para el libro”, y por supuesto lo tomé. Los otros dos surgieron de manera natural, es como si hubiese planteado una idea y después la seguí. Dócilmente la continué. 

Leyendo tu último libro pensé mucho en Bolaño, que decía que él concebía la literatura como un organismo vivo, La paciencia del agua sobre cada piedra es un libro donde la intertextualidad está presente, hay cuentos que se vinculan entre sí. ¿A la hora de armar un libro lo pensás como un organismo vivo?

Si, de hecho, para mí el organismo vivo no un libro sino la obra de un autor. Porque esta intertextualidad de la que vos hablas sería interesante que no solo se de en los cuentos de un mismo libro sino entre un cuento de un libro y un cuento de otro. Antes me preguntaban si escribir me ayudaba a ordenar el caos que soy, y si, porque escribir es en parte pensar, pensar en un tema que te atraviesa. Entonces, yo estoy pensando siempre más o menos los mismos temas, por eso no es raro que me haga una pregunta en una y me conteste o haga el intento de una respuesta en otro cuento y otro intento en otro. Porque estoy siempre pensado dos o tres cosas. Como decía Tute, Dios, el amor, la muerte y dos o tres cosas más.

¿Hasta dónde se puede comprimir un cuento para no perder efectividad?

Saint–Exupéry decía que un cuento está terminado no cuando no se puede agregar nada, sino cuando ya no se puede quitar nada. Hasta ahí se puede comprimir.

El cuento crece por despojo.

Totalmente. Qué lindo eso.

En el siguiente link podrán escuchar la entrevista completa y en nuestro canal de YouTube, Trinchera tv, encontrarán todo nuestro contenido.


Juan Machado

Nació en Carhué, provincia de Buenos aires, en 1992. Actualmente reside en La Plata. Escritor, también se desempeña como conductor de radio. Dicta talleres y encuentros literarios. Publicó el libro de cuentos, microrelatos y poesías, No hay que jugar en la casa vieja y otros relatos (2020) Pájaros Punk (Malisia 2022).

La belleza que esconde el pozo

La belleza que esconde el pozo

TIEMPO DE LECTURA: 3 min.

Hannah Arendt lo explicó llanamente: “No hay ninguna substancia humana propiamente política, porque el ser humano es naturalmente a-político; aquello por lo que deviene en político es siempre en el encuentro con otros, de manera tal que la política nace en el entre-los-hombres”.

Y Piglia advertía con su natural desparpajo que todos los grandes textos son siempre políticos.

Con esta mixtura antojadiza entre Harendt y Pilgia fundamentamos e inauguramos un espacio que intentará captar en las ficciones literarias el respirar acompasado pero tan vivo de lo político.

El loco Fogwill debe haber leído a Pessoa en aquel invierno de 1982… Fernando Pessoa, escritor y filósofo portugués y uno de los intelectuales más influyentes del siglo XX europeo, decía que ya que no es posible conseguir belleza de la guerra, la literatura procura al menos conseguir belleza de no poder conseguir belleza de la guerra.

Y si vamos a hablar de belleza desde el universo fogwilliano, pensémoslo como algo más entramado que la fascinación por lo armónico, lo épico, lo heroico.

Los relatos de historias de heroísmo individual de algún aviador volando por debajo de los radares, de un soldadito de diecinueve años quebrado de hambre y frío gritando “viva la patria”, esas crónicas pinturrajeadas de un nacionalismo cursi pero propagandísticamente efectivo, se difuminaron en la memoria de la mayoría como se estropea la tinta en el papel mojado. La literatura argentina eligió contar otra cosa, desde el primer momento evidenció que el principal enemigo de los soldados argentinos en las Malvinas no habían sido los ingleses, sino sus propios jefes militares: la atroz dictadura que gobernaba el país desde 1976 y que se embarcó en el despropósito de hacer la guerra a una de las mayores potencias bélicas del mundo. Las islas fueron, de algún modo, una extensión de los centros clandestinos de detención y tortura que el régimen había desperdigado por todo el país. Ahí dirigió los ojos la Literatura, sólo ahí.

Fue Rodolfo Fogwill (1941 – 2010) quien fundó esta matriz literaria antiépica en tiempo real: Los Pichiciegos fue escrita entre el 11 y el 17 de junio de 1982, esto es, entre tres días antes y tres días después de la capitulación argentina (el 14 de junio) El irreverente Fogwill tuvo la lucidez de ver lo que realmente sucedía en las islas: los soldados argentinos pasaban hambre y frío y solo querían esconderse bajo la tierra (como pichiciegos, es decir, como topos de las pampas), salvar sus vidas y esperar a que ese infierno terminase.

Los pichis viven en la pichicera, una especie de cueva, una morada subterránea alejada de las trincheras oficiales que les habían asignado, se escapan convencidos de que se derrumbarían en cualquier momento. Son –quedan- veinticuatro de los que habían sido, casi todos provincianos. Deciden desertar, irse al monte, practicar una cueva en la roca y esperar que la guerra pase. Intercambian con los ingleses mapas de ubicación de las minas argentinas por alimentos, cigarrillos, pilas; se enteran así, desde su guarida, del estrago de la contienda. Ninguno de los pichis espera otra cosa que regresar al continente; aunque mucho no saben, entienden todo y pronto abandonan una causa perdida.

Así enseña Fogwill a contar Malvinas, desde un paradigma no épico que profana esas formas narrativas tradicionales donde las hazañas y la heroicidad por amor a la patria construyen dudosos héroes, a contrapelo del discurso mediático que aseguraba en breve una victoria total, desoyendo la euforia nacional que abrazó esta monumental mentira.

 Fogwill elige contar la cruda verdad desde una perspectiva sarcástica, casi desopilante. Sin abandonar ese dispositivo que es la literatura trabajando con lo imaginable, nos llena de incomodidad y espanto con Los Pichiciegos, donde lo que menos importa es el testimonio documental, y donde increíblemente encontramos la belleza en lo horrible.

Amanda Corradini

Mujer de trincheras: Reparte su vida entre la trinchera de la Escuela Pública, la de su biblioteca y la que guarda algunas banderas que gusta agitar. Todo regado de mate dulce, Charly García y un vergonzoso apego por el humor infantil.

Guerra a la guerra

Guerra a la guerra

TIEMPO DE LECTURA: 3 min.

¿Recomendar libros sobre Malvinas es recomendar libros sobre la guerra de Malvinas? ¿Nuestra literatura posible sobre las islas empieza y termina ahí? Si no (pues, de hecho, no), entonces cabe preguntarse qué es lo que no vemos, cuáles son los relatos que vinieron antes o construyeron su historia desde líneas tangenciales, en las preguntas, las referencias y las ausencias. Aquellas historias que vieron la imposibilidad de una épica en el relato de la guerra y decidieron evitarla.

Empecemos por el principio:

Malvinas, mi casa, escrita por Marcelo Luis Vernet y editado increíblemente por EME, es la piedra fundacional sobre la cual voy a construir esta columna. Este libro monumento es una labor de amor iniciada por Marcelo hace más de un cuarto de siglo y continuada con dedicación y cariño por sus hijos, luego de su partida. Es, en principio, el diario escrito por María Sáez de Vernet, la esposa del único gobernador que tuvieron las islas antes de ser invadidas. Los meses en la isla, la maternidad, la naturaleza en todas direcciones, el cruce de idiomas de una colonia cosmopolita y la inmensidad del mar aparecen relatados con detalle exquisito. Marcelo, descendiente directo de María y el gobernador, recupera sus palabras y las encuadra. Investiga, construye una historia grande, una etimología y una geografía para un lugar que para siempre estará ligado a su apellido. Deja a la guerra por fuera de su relato.

Trasfondo, de Patricia Ratto, toma la posta. Esta novela, editada por Adriana Hidalgo, probablemente sea lo mejor que ha escrito su autora. Fantasmal y sórdido al mismo tiempo, es el relato alienado y alucinante de un soldado atrapado en un submarino rumbo a las islas. Pero las islas nunca llegan y el submarino es una lata ciega hundida en un océano helado, sin formas de guiarse ni defenderse, tan acechado por la locura como por las cargas de profundidad que nunca se ven pero siempre se temen. Con dosis parejas de Kafka, Buzzati y Coleridge, Patricia hace una novela asfixiante pero imperdible, en la que la guerra está, pero no.

Por último Batán, de Debora Mundani. Amo esta novela. Es la historia de una familia que revienta el mismo día que tres torpedos MK-8 hunden el ARA General Belgrano, fuera del área de exclusión de las islas. El padre, docente, no puede tolerar la certeza de la muerte de sus ex alumnos devenidos conscriptos y, con la radio de fondo aún narrando el horror, se hunde en paralelo en una profunda depresión. La rutina familiar, que hasta ese momento había sobrevivido a la oscuridad de la dictadura, desaparece, y cada miembro queda solo frente al vacío. El golpe y los años siguientes, las consecuencias sobre cada uno, serán narrados por la hija que, enfrentada a la destrucción, ve qué se puede hacer con los cachos.

Tres libros, entonces. Un antes increíble, un durante enajenado y un después hecho trizas. Como la vida misma.

Juan Fernández Marauda

Nació en Lanús, en 1988, pero creció en el Valle Inferior del Río Chubut. Trabaja en el cruce entre salud mental y escritura en un hospital de día. Es escritor, editor, librero y coordina el taller de escritura PULP! en la ciudad de La Plata. El puente de las brujas, su primera novela, fue publicada por EME en 2020 y Esplín Tropical (México) en 2022.

De quienes resisten

De quienes resisten

TIEMPO DE LECTURA: 2 min.

Transformar puede ser más que una palabra, un pensamiento o una inquietud: puede ser un motor de vida. a la cobardía que nos quisieron imponer le respondemos con los gritos de resistencia que este poema -humildemente- intenta recuperar, en el afán irrenunciable de poner en palabras a les que luchan.

cuál es la senda
para que crezca la semilla
para que se retomen las palabras
el disgusto que deviene en acción despierta
la ternura del antes y del después
de lograr un cometido

¿cuál es la senda
para liberarnos?

corazones desahuciados
siguen impartiendo pena
¿cómo responder
a tanta hostilidad?

la respuesta de seguro
te invita a pensar en el grito colectivo
en la mano que agarra la otra creando una red
en el abrazo amargo después de una derrota
en la mirada efervescente
el puño en alto,
los dedos en vé
en el abrazo
después de demostrar
que nos quisieron romper,
ultrajar:

destruir

pero seguimos segures
que la batalla por lo justo
rinde sus frutos alguna vez
que el silencio y el olvido
jamás serán en nuestras almas
una alternativa considerable

y que seguiremos atrincherándonos
en eso que los cobardes,
definen como imposible:
luchamos
para vencer.

Valen Cabrera

Fiel convencida de que todo lo puede el cuerpo, escribe poesía por la irreverencia que supone sentir en palabras. Milita las causas que supone justas y cree en la ternura como el arma indiscutible para construir otros horizontes posibles.

La sirena

La sirena

TIEMPO DE LECTURA: 5 min.

Lo conocí por casualidad, una tarde de brisa otoñal y olor a tabaco quemado. El sol apenas calentaba el lugar y el cuerpo. Él estaba en la terraza contigua, justo enfrente mío, y ensayaba un arte marcial que –según me contó- se llamaba wushu y se practicaba con espadas, aunque él se arreglaba con un palo de escoba viejo. Entablamos una conversación inverosímil sobre su día a día y, automáticamente, los días siguientes seguimos la misma conversación hasta que me invitó a su casa.

Por Tomás Pachamé de Gracia, participante de la convocatoria de cuentos “Hebe Uhart”

El hombre –Francisco- vivía en un tugurio. Entre el pasto del pequeño patio interno yacían pilas de diarios y objetos del más variado tipo: caballetes, tablas de madera, fuentes, sillas oxidadas, etc. Cuando entré a su casa, sumergida –como ya temía- en un abismo de cosas, vi una foto en un anaquel. En ella, había unos hombres apenas reconocibles vestidos con abrigos verdes, se abrazaban como lo hacen los hombres duros en las fotos: con cierto compañerismo y afecto. Todos ellos en fila miraban hacia la cámara. En un borde se leía: Malvinas ’82. Junto a la foto había una pequeña estatua. La observé con cuidado: era la figura de una sirena sentada sobre una piedra. Al ver mi interés por la figura, comenzó a relatarme la siguiente historia1:

“El viento allá te helaba las bolas. Lo peor: te daba ganas de mear y el pis por poco salía hecho un hielo. Siempre, igual, había maneras de calentarse, pero eran las menos. Lo cierto es que había dos cosas que calentaban: el sol y la caca. Por eso aprovechábamos las noches de guardia, cuando hacía más frío, para salir a cagar por ese limbo y sentir un poco de calor.

Una de las primeras guardias que hice, cerca de la costa, me tocó con Molina, quizá mi mejor amigo en la guerra. Él ya había cagado atrás de una colina y yo buscaba mi lugar. Caminando, tropecé. Un inglés estaba tendido, muerto, con su pistola en mano. Con Molina nos miramos, incrédulos y cagados de que algún inglés nos salte, o peor: uno de los nuestros. Registramos el cuerpo, todavía tibio; entre sus pertenencias había: una navaja suiza, un reloj, cigarrillos, un encendedor niquelado y, por último, la pequeña estatua de la sirena. Nos llevamos todo, Molina se quedó con la mayoría de las cosas, menos con la estatuilla. Me la guardé en las pelotas para que nadie me la sacara.

Los generales, que tenían sus carpitas, dormían muy calentitos pero nosotros dormíamos en las trincheras improvisadas que armábamos, todos juntos, tratándonos de dar calor. Cuando terminamos la guardia, dormí un rato con la mano en los huevos cuidando la estatuilla. Te mangueaban todo, peor era si te veían los generales. Inevitablemente la tuve que sacar. Algunos, los que todavía podían hablar o querían hacerlo, me preguntaron por ella. Les conté la historia. El Gordo, uno de mis compañeros, me la sacó de las manos y me dijo: “Por fin algo con que pajearnos. Ya no tenemos que ir a culearnos a las ovejas.” Y era verdad, uno se había garchado a una oveja unas semanas antes. Se lo llevaron. Estaba loco, decían. El hijo de puta zafó de la guerra y volvió a su casita. Pero yo no dejé que nadie me sacara la estatuilla.

En las noches me la quedaba mirando. Era muy bella, el pelo cayéndole en los pechos que apenas se veían, sentada en una posición de suma inocencia. Caía muchas veces rendido ante el cansancio y soñaba con ella. En todos esos sueños ella estaba sobre su piedra, en la costa de aquel infierno helado, llamándome, pidiéndome que me acercara, mientras entonaba una canción que me cantaba mi mamá antes de dormir. Mientras más me acercaba, más me alejaba del sueño. Terminaba despertándome, sobresaltado, pensando que quizá alguien me la había robado.

Una vez, el Gordo logró sacármela de las manos. Lo encontré con los pantalones abajo, haciéndose una paja, detrás de una colina, mirándola. Una furia galopante me invadió. Palpé la pistola pero logré serenarme. Solo nos cagamos a palos y la obtuve nuevamente.

Luego ocurrieron variaciones en los sueños. La escena era siempre la misma: la sirena, el canto, la costa; pero de repente aparecía un hombre que también quería poseerla. Cegado por la ira cual loco, yo le disparaba. Despertaba justo cuando el hombre caía al suelo. Otra variación era que el hombre lograba dispararme a mí y así.

Mi última guardia la tuve que hacer con el Gordo. Molina había terminado herido en un combate. El Gordo me contaba que uno había empezado a vomitar sangre. Se decía que era porque alguien había envenenado el agua, contaba. Pero nadie estaba seguro. Poco me importaba la historia de aquel tipo, yo tenía una mano en mi pistola y otra en la estatuilla que había puesto en un bolsillo de mi campera. En un momento, el Gordo decide irse a cagar. Mientras, prendí un cigarrillo a duras penas. Saqué la estatuilla y la contemplé, magnánimo ante su belleza. En las cercanías comenzó a escucharse una cancioncita. Extrañado, fui hacia dónde provenía, casi mecánicamente. Al llegar a la costa, la vi. Angelical, entonaba los versos que mi mamá me había cantado tantas veces antes de dormir. Mis pasos se movieron solos hacia ella, poseídos por el canto. De repente, alguien me llamaba. El Gordo miraba la escena desde arriba de un médano. Bajó hasta quedar junto a mí, maravillado también por el canto. La ira se precipitó en mis venas. Tomé la pistola y disparé. El Gordo cayó sin un quejido.

La sirena me abrazó. Le acaricié el pelo y el cuerpo con delicadeza. Sentí sus besos suaves en los labios y en las zonas de mi cara donde mi barba rala descubría la piel. De a poco se fue sumergiendo, tomándome de las manos. Me sumergí con ella. El agua se volvió caliente. De pronto el terror se apoderó de mí. Aquel rostro bello, similar al de una diosa, se transformó en el del más macabro demonio. Los dientes, similares a las más bellas perlas, ahora se volvían astillas enormes alineadas. Los hermosos pelos rubios que coronaban su cabeza se tornaron grises.

Y me hundió.

El resto es relato, no recuerdo qué pasó después. Sé que perdí la estatuilla. Un compañero me encontró en la costa, rozando la hipotermia. Una vez me visitó en la enfermería improvisada, poco antes de que yo volviera a Argentina. Comentaba un hallazgo inusual en una de sus guardias: un inglés estaba tirado en el piso, inmóvil; en su mano llevaba una pequeña estatua de una bella sirena, la misma que yo había perdido. Exactamente esa que tenés en la mano, Tomás.”


1 Nota de transcripción. No pude confirmar ninguna de las cosas dichas por Francisco. No he encontrado registro de él en ninguno de los testimonios que la guerra de Malvinas ha brindado. Supongo que a otros interlocutores les habrá parecido un delirio, una especie de trauma metaforizado en su relato, y han preferido omitirlo. Sin embargo, esas hipótesis me resultan pomposas. Todo lo relatado es verosímil en el marco de una guerra. (O así parece serlo).

Primeros Pasos

Primeros Pasos

TIEMPO DE LECTURA: 2 min.

Yo avanzo en la vida sin pordelantear a nadie ¿sí o no? dice Hebe Uhart.

La escritura es una especie de artesanía rara, hay dudas, hay dificultades, hay cosas mal
resueltas que hay que arreglar. Dice que, para escribir, porque ella todo el tiempo está
diciendo, hay que desdoblarse. Ser el que siente y el que mira al que siente, poder ver la
cualidad del sentimiento. Así se adquiere un conocimiento de sí mismo, que es al fin, lo que
sirve para escribir.

Lo primero que tiene que saber el que va a escribir, es cuál es su veta, es decir, con qué
material se debe meter. Cada uno tiene que saber sus limitaciones, todos los materiales no son
para uno. La gente piensa que la literatura son los grandes temas, tose y mira la ventana, está
fumando, está vieja y cuando se ríe lo hace con toda la cara, el amor, la libertad, la muerte. La
literatura está hecha de detalles, de pequeños accidentes cotidianos.

Escribir es comunicar, dice. Lo que tiene que estar entrenado en un escritor es la mirada y el
oído, para afuera y para adentro. El trabajo del escritor no es escribir, no importa si escribe a
la mañana, a la tarde o a la noche. Lo importante es el proceso de ideación, donde más se
escribe es en la cabeza. Ponerse a disposición de algo. No es el tiempo de escribir, es el
tiempo de pensar. Dice Hebe Uhart.

En fin, ahora mira por la ventana, está frente al río y dice, las luces de la ciudad de noche
viera como loquean. Que la literatura no sirve para nada, que es igual que el amor, sigue
diciendo porque Hebe nunca ha parado de decir, nunca ha parado de preguntar. Hasta muerta
nos sigue llenando de preguntas.

No se nace escritor, se nace bebe. Dice Hebe Uhart. ¿sí o no?

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