Maldición quien siga estas cartas

Maldición quien siga estas cartas

TIEMPO DE LECTURA: 3 min.

Alguien escribió una carta el 7 de noviembre de 1979, ustedes escribirán las respuestas. Los invitamos a esta nueva convocatoria a escribir.

Boquitas pintadas es una de las novelas más famosas de Manuel Puig. La novela está conformada por dieciséis entregas, cartas. Por las cuales la historia se va armando, voces que van brotando desde los márgenes de estas cartas. 

La decisión de publicar la siguiente carta es que sirva como movimiento inicial de algo que empieza a narrarse. Se le podrá dar continuidad de manera anónima y tomando cualquiera de los arcos narrativos emergentes en estas páginas.  

Sarmiento (Ch)                         7 de Noviembre de 1979 

Querida Mercedes: 

Deseo de todo corazón que al recibo de está te encuentres bien de salud, y rodeada de felicidad y cariño con el resto de tu familia; quedando yo por el momento bien a Dios y Ceferino muchísimas gracias. 

                                   Paso a decirte y para dar comienzo a la presente que anoche recibí tú carta de fecha 31/10/79 y va esta en agradecimiento y como contestación.

                                   Negra, te diré que me alegra mucho que todos uds. se encuentren bien y como así también y por lo que decís creó y estimo que las fiestas en Carhué deben haber estado barbaras, también te comentaré que tuve mucha suerte con lo de la comunión de Zulma ya que gracias a Dios tuve la suerte de poder probar la torta y los pasteles. 

                                  Mercedes ahora tengo que darte una noticia que mí me parece mala ya que el que la sufrió fue un amigo mío: no se si sabrás que días pasado el Mario Anaya le quebró el brazo un caballo de una patada, según lo que entendí yo es bastante, estuvo internado en T. Lauquen donde lo operaron y le colocaron un clavo; “pobre loco” y para colmo hacia 2 o 3 días que se había peleado con Cristina Tello (no aguanta con nadie) lo más lindo que ya había sacado permiso en la casa. 

                                  Pasando a contestarte la última pregunta tuya te diré que sí que esa piba que andaba en Epecuén con Rolando es la actual novia y según comentarios; no se si es cierto, se casan a principio de año.

                                  De mi Mercedes te diré que por el momento me encuentro bien, con un poco de nerviosismo estos dia ya que hayer comenzaron hacer la lista de los que se van de baja.

                                  Negra la próxima talvez no te conteste rápido ya que lomejor no nos encontramos en el regimiento porque el 19 lunes salimos al terreno hasta el 30 y no sabemos si las cartas la llevaran o las entregaran todas juntas cuando bo volvamos. 

                                  Pero vos contesta pronto igual, que yo lo más pronto posible te contestaré.

                                  También te digo que te envío esa postal para que la guardes de rdo. Es de Esquel un pueblo como voz ya sabrás, también perteneciente a la Patagonia y en el cual tuvimos días pasando realizando un operativo, espero que sea de tu agrado. Decile a tus cuñadas que escriban total están todo el día al …. y no tienen nada que hacer, principalmente Anita que digo yo que espera para hacer una carta tan siquiera. 

                                  Bueno querida prima sin más que contarte me despido de uds: saludo a los tíos, primos, primas, Fabio y a todos los conocidos y en especial voz recibe un beso y un abrazo de quien siempre te recuerda y verte pronto desea: 

                                   Tú primo: Felipe Norberto Acosta.

Hasta la próxima 

                              Contesta pronto. 

7/XI/79

 


Los invitamos a sumarse a este juego y construir en relato en conjunto. Semana a semana iremos publicando sus cartas y continuando esta historia.


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La traición de Manuel Puig

La traición de Manuel Puig

TIEMPO DE LECTURA: 2 min.

En agosto abordaremos la obra de Manuel Puig, un escritor fundamental de la lengua hispana. Controversial, innovador, intuitivo, con un talento descomunal para escuchar y escribir. 

Ricardo Piglia suele decir, porque Piglia sigue diciendo una y otra vez, que la literatura es el tipo de voz de alguien. Bajo esta definición entra Manuel Puig. En estos términos Puig es literatura. 

Manuel Puig nació en General Villegas, este dato no es menor porque en un ejercicio de justicia va a escribir una y otra vez contra su pueblo, va a decir que él logro huir de Villegas pero que sus libros nunca pudieron salir de ahí. Definió a la llanura como La ausencia total de paisaje. 

El escape de un entorno que no lo comprendía fue el cine, ir al cine en compañía de su madre para ver las grandes películas de Hollywood, lo que va a inmunizarlo para sobrevivir los años treinta y cuarenta en un pueblo machista y conservador de la provincia de Buenos Aires. Fue intuitivo en términos estéticos y culturales respecto a una época que no estaba parida. La obra de Puig le va a dar voz a mujeres que desean, desencápsula el termino deseo de su connotación más literal que es la física. El deseo, en cuerpo femenino, prevalece por encima de todas las violencias posibles y es violencia.

Nominado al Premio Nobel de literatura en 1982, provocó el enojo de Mario Vargas Llosa que dijo ese argentino que escribe como Corín Tellado, el premio le fue otorgado a Gabriel García Márquez.

Muchos de los de libro que escribió Manuel Puig forman parte fundamental de la literatura argentina. Títulos como Boquitas pintadas, El beso de la mujer araña, The Buenos Aires Affair

Muere en Cuernavaca, México el 22 de julio de 1990. La causa de su muerte fue motivo de prejuicios y estigmas que no lo dejarían tranquilo ni aun muerto. En Argentina se rumoreó que era ser portador de VIH, cuando los motivos reales fue una peritonitis. 

A su velorio solo asistieron seis personas.  

 


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Juan Machado

Juan Machado nació en Carhué, provincia de Bueno Aires, en 1992. Poeta, escritor, también se desempeña como conductor y productor de Plástico Cruel en radio Trinchera. Publicó los libros, Pájaros Punk ( Malisia, 2022), Como corderos (Azul Francia, 2024) y Tres Lagunas (Cuero,2024). Obtuvo una mención meritoria, por su cuento Una canción desesperada, en el 10° Concurso de cuento Haroldo Conti, 2023

El gótico viene del campo

El gótico viene del campo

TIEMPO DE LECTURA: 3 min.

Marcelo Acevedo pasó por Trinchera para hablar de Gótico pampeano – rural. El periodista, escritor y editor hizo un recorrido por el género. Pensando de dónde viene y para dónde parece ir, arma un mapa de lecturas y referencias.

Marcelo viene armando mapas de lecturas, desde el trabajo con Juan Mattio y Flor Canosa, tanto en Ciudad ausente como en la colección de Ficción extraña que llevaron adelante bajo el nombre de Arqueologías del futuro en Indómita luz, lo escrito por él sobre la saga de Mad Max. Ahora parece que el Gótico pampeano o Gótico rural es el sitio para pensar. 

Leer es un acto solitario, como la escritura, pero qué pasa cuando a esa lectura le armamos una constelación, cuando lo que se lee no se lee suelto, cuando nos interesamos por saber, esto que estamos leyendo, de dónde viene, Con qué tradición discute. Dice Marcelo Acevedo; “Nuestra literatura nace ya jugando con lo que es el Gótico y con lo que es La Pampa. El inicio de nuestra literatura está en Echeverría y está en Sarmiento. Piglia decía que la historia de la narrativa argentina empieza dos veces, en El matadero de Echeverría y en el Facundo de Sarmiento. También tenemos a David Viñas que dice que la literatura argentina empieza con una violación. Analizando estos textos podemos llegar a la conclusión que el territorio conocido como La Pampa y lo rural son el escenario central de esta literatura fundacional. Al mismo tiempo la violencia, lo espectral y el horror en sus diferentes facetas son también elementos fundamentales a la hora de construir una literatura propia. Podemos decir que nuestra literatura nace ligada a lo rural, a la pampa y al Gótico.” 

Parece haber en la literatura contemporánea autores y autoras preocupadas por volver a estos inicios, a estos textos que Acevedo menciona como fundacionales. Basta destacar autores como Diego Muzzio con Las esferas invisibles, Las bestias de Vicky García, El viento que arrasa de Selva Almada, el cuento El fantasma y la oscuridad de Leo Oyola, entre otros textos. Lo que prima en estas historias, si bien tienen elemento fantástico, dice Marcelo Acevedo, es el horror del capitalismo salvaje, el machismo violento, la soledad extrema. 

 


Lxs invitamos a escuchar la charla completa que tuvo Marcelo Acevedo con Trinchera en nuestro ciclo de charlas: Vaciar Chat


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Juan Machado

Juan Machado nació en Carhué, provincia de Bueno Aires, en 1992. Poeta, escritor, también se desempeña como conductor y productor de Plástico Cruel en radio Trinchera. Publicó los libros, Pájaros Punk ( Malisia, 2022) y Como corderos (Azul Francia, 2024). Obtuvo una mención meritoria, por su cuento Una canción desesperada, en el 10° Concurso de cuento Haroldo Conti, 2023.

Paco

Paco

TIEMPO DE LECTURA: 7 min.

Un desplazamiento, la lenta virtud de quien busca. El recuerdo, un lugar en el cuerpo. Vuelve a Revista Trinchera los cuentos de Paloma Barberena.

Siempre conté los puchos hasta tu casa, Paco. Entraba uno solo en las cuatro cuadras que separaban tu edificio del mío, pero yo me las arreglaba para meter dos apretaditos.

A pesar de tener una amistad de más de cuatro años, cada vez que sabía que iba a verte me agarraba algo en la boca del estómago que se me subía al esófago y se desparramaba hasta los hombros. No era lindo ¿Sabés? No era esa boludez de las mariposas, yo sentía que me descomponía, que me iba a desmayar.

Me acuerdo que una noche me escribiste como a las doce, yo ya me había acostado. En el mensaje me preguntaste si estaba despierta. “Sí”, te respondí. Y fui a tu casa porque estabas intentando escribir y no podías. Cuando llegué vi un libro abierto y la lámpara dándole luz como si fuera un objeto de estudio.

Lo cerraste, le diste dos golpecitos a la tapa y me miraste: “este tipo debería ser más conocido”. Te corrí los dedos para entender el título: “Los Ochoa” decía. Me costó leer el nombre del autor, fue engorroso pronunciarlo en mi cabeza: Filloy, pero en voz alta y sin que me preguntaras dije “sí, me suena”. Vos sonreíste.

Estaba tu hermano en el piso de arriba durmiendo, me hiciste seña con los dedos para que no levantara la voz y me condujiste hacia la ventana que daba al balcón. Te prendiste un pucho y no me miraste, me acuerdo. “Estoy seco”. No indagué. “Nadie habla como en las películas, no puedo escribir así”.

Había gente que hablaba como en las películas. Quise que recordaras esa anécdota, la del día en la oficina cuando vos me dijiste que nadie hablaba como en las películas pero después llegó el chico nuevo. Estábamos los tres casi pegados a las pantallas de nuestras compus llenando planillas y él, trayéndonos de manera forzada a ese aquí y ahora, contó que su novia lo había dejado y que por primera vez sintió como se le partía el cuerpo en pedazos. Ahí me miraste. Había gente que hablaba como en las películas.

Pero en ese momento, pegado a la ventana, no. Te dije que si querías podías escribir como en las películas pero que era al pedo porque vos eras mucho más real. Me arrepentí. No quería que pensaras lo que ya pensabas de mí. Vos no te enamorabas de las chupamedias. Te enamorabas de esas que te calentaban un poco una noche clandestina y después volvían con sus novios.

Les escribías cuentos a las chicas clandestinas, casi siempre militantes de algún movimiento filo piquetero. Describías sus tetas con una precisión que me hacía mirar para otro lado cada vez que me leías los textos, también narrabas sus flequillos rolingas y ese primer pucho que una te prendió en una fiesta y que “no olía a tabaco, olía a sexo”.

Todo en vos, todo lo que hacías o decías era un rasgo de algún escritor. Me reventaba cuando te comparabas con el personaje de “El lado oscuro del corazón”. En cualquier momento, se conversase de lo que se conversase, vos tirabas el principio de ese poema de Girondo, el de las mujeres que no sabían volar. Me reventaba porque quién eras vos para decidir si alguien volaba o no.

Una vez te escribí en el margen de una hoja “¿Encontraste a la que vuela?” No sé si lo viste pero yo me sentía en tu sintonía. Siempre hablabas de cómo nadie se daba cuenta que Borges era peronista. Yo te miraba y sugería que usaras eso para la tesis y vos respondías lo mismo una y otra vez: “en la Facultad no entienden”.

Si estábamos reunidos en grupo con los del trabajo tu voz se escuchaba más veces que las del resto. Un día se te ocurrió escribir tangos porque, según tu argumento, si Verne no había recorrido el mundo para escribir 20.000 leguas de viaje submarino, vos podías no haber vivido la época de la inmigración.

Me acuerdo cuando tu viejo te hizo entrar a trabajar al Estado y lo festejamos con un vino. Hicimos chistes, vos ibas a ser presidente y yo tu vice. El Estado nos parecía un monstruo inaccesible lleno de responsabilidades y contactos, pero queríamos estar adentro para transformarlo. Igual, cuando pasaba por tu casa siempre estabas ahí.

Pasábamos tardes enteras juntos después del trabajo, a veces sin almorzar. Mientras vos te ibas a cambiar la yerba del mate yo aprovechaba y texteaba excusas para no ir a lugares. Vos nunca tenías a donde salir. Yo sentía que era necesario quedarme, leer tus relatos y escuchar tus análisis. Después cuando me iba me parecía tan incomprensible que no me amaras.

A medida que pasaba el tiempo me daba cada vez más vergüenza hablar de vos con mis amigas. Esa era la palabra. Nunca había avances, porque ¿Qué es un avance? Cuando te conocés con alguien, se gustan y se va formando algo, de a dos. Yo notaba como las chicas inhalaban cada vez más fuerte y profundo cuando tenían que responder. No les hablaba de vos para ser piadosa con ellas.

Siempre me imaginé la noche en que me confesarías tu amor. Digo la noche porque los tipos como vos son de noche. Me figuraba una escena en alguna de esas terrazas de los antros donde leías tus relatos. Nunca los llevabas impresos en hoja A4 como el resto, sino en servilletas y ante el micrófono ponías alguna excusa que generaba la risa del público como en los capítulos de Friends.

Me imaginaba el momento en que leías. En mi fantasía vos elegías leer el cuento de los dos chicos que se conocieron en una marcha. Cuando terminabas me mirabas y murmurando me decías “sí, somos vos y yo”. Pero tus noches en las terrazas se volvieron cada vez más inalcanzables, empezaste a escribir con metáforas de calesitas y sangre. Yo ya no te entendía y no podía disimularlo. El resto aplaudía y asentía en cada oración.

También me inventé un montón de situaciones en las que yo por fin te contaba que te amaba. En una de las escenas volvíamos borrachos de esos recitales de folclore fusión que conocí por vos. Ya se escuchaban los pájaros de la primera mañana gris que tanto nos deprimían y los dos caminábamos por la calle siete zigzagueando. Tan exactos eran mis pensamientos, que por pisar una baldosa floja de la vereda, yo me caía sobre tus hombros. Vos me atajabas y nos dábamos un beso. Después nos preguntábamos qué hacer con eso que acababa de pasar.

En otra de las fantasías, habíamos salido a alguna fiesta universitaria y bailábamos cuarteto. El tema del Diego, para ser precisa. Lo pensé todo. Después de mucha transpiración y euforia nacionalista se nos volvía imposible sostener la tensión y nos besábamos, esta vez adelante de los demás. En todas mis representaciones era difícil figurar el momento siguiente a un beso con vos. Como cuando dicen que es imposible soñar con la muerte porque no se sabe que viene después.

En cambio, me era simple, divertido, crear el momento en que decidíamos contarle al resto de nuestro grupo de amigos que estábamos probando salir juntos. Todos respondían que ya era hora, que nosotros éramos los únicos que no nos habíamos dado cuenta de lo que pasaba y seguíamos la reunión tocando la guitarra, comiendo asado pero esta vez abrazados.

En el divagar que me armaba, éramos como el tema de Miranda, ese de los amigos que siempre te enorgulleció no conocer. El que dice que son perfectos juntos porque antes habían sido amigos pero que se la jugaron probando el desempeño en el amor. Yo pensé que era atinado, que encajaba impecable con vos porque eras lo mejor, entonces nuestra historia y nuestro presente serían superiores al del resto de las parejas banales y ordinarias.

La noche que me mandaste ese mensaje preguntando si estaba despierta nos quedamos en silencio un rato fumando muchos cigarrillos con las ventanas cerradas y un hambre que lo sentía en los ojos y en los hombros, pero a vos no te molestaba. Ya me imaginaba lo que ibas a escribir unos días después. Seguro sería algo sobre la humareda y el tiempo que desaparece pero que eso es parecido a la felicidad cuando se está con amigos.

En algún momento nos sentamos en el sillón, vos te tiraste en mis piernas porque la lámpara daba mejor luz y yo no pude aflojar el cuerpo en todo ese rato. Lo tenía contraído como en la escena previa a una inyección cuando las jeringas reciben golpecitos para que el líquido no

tenga burbujas y el cuerpo de una, que antes era de carne y hueso, se vuelve rocoso, rígido. Me dio miedo que cualquier movimiento mío resultara inoportuno. Duró poco el acercamiento, quizá mis piernas compactas, embalsamadas, no te sirvieron de inspiración. Volviste a dar vueltas por toda la casa como si no fueran las cuatro de la mañana de un día de semana.

Después, me acuerdo como si hubiera sido ayer y no hace dos años, abriste tu cuadernito y  me leíste: “la muerte se caga de miedo si los encuentra juntos escapándole a la mañana” y yo morí de ganas de haber sido ella, a lo mejor ni te diste cuenta. Hubo un tiempo en que me convencí que en alguna parte dentro tuyo era yo la que hacía temblar a la muerte.

 


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El q quieras

El q quieras

TIEMPO DE LECTURA: 3 min.

Todo se diluye en la experiencia humana. Una lectura como un remolino. Un último atardecer en la tierra, con Bolaño. Gerónimo Rivera Cano, una vez más, con su Crónica de niño solo. 

“…Pa papa papa papa papa… i found a reason to keep living. Oh!…”

Junio y el frío se asemejan en algo. Pasan como si nada. Por entre la ropa. Por entre la tela. Por entre la piel. 

Junio se acaba, como se acaban los libros. Como el frío o nuevas lecturas, Bolaño llegó a mis ojos peleándome. 

A las piñas y patadas. Era un autor a quién criticaba, decía que no me bancaba aún sin haberlo leído. Me parecía demasiado cinematográfico. Muy de guión. Bueno, nada que ver, con gusto admito hoy: Me equivoqué

Es que ahora veo su foto y pienso en los mundos ciegos. Un planeta literario sin foto de portada. Ni perfil. Ni orden cronológico de vida. Nada más que texto escrito y página en blanco, es decir: texto vacío lleno de posibilidad de escribir. Texto en potencia. 

Infrarrealismo. 

Bolaño es experiencia. Nos dice: Dale, que la paja agarre haciendo, no mirando la palma de la mano buscando suerte. 

Cortito y al pie el principio. Agrio e irónico el final.

Horas pasaron de que acabé de leer Siete Casas Vacías de S. Schweblin. Grandes relatos. Paranoides. Extraños. De aquellos que dejan escozor. Que cierran de una manera pero bien podrían cerrar de otra. Un borcego que se amolda a todo tipo de pie. Talle universal. 

Cajas y espacios ocupados por cuerpos. Guardemos cosas en las cajas y no dejemos que las cosas nuestras en manos de otros sean guardadas. 

Frío. Sin embargo mi imperativo categórico es salir del apartamento a pasearme. Siempre las 17hs es un buen momento para leer al tránsito. La hora de los pájaros diría Perez. 

Pienso en que la ciudad no escupe a nadie. Pienso que aún peor. Pienso que la ciudad no niega. Pienso que es peor de lo que pensamos o decimos pensar. La ciudad no sabe de nosotros. Nosotros caminantes. 

Pienso y de ahí al físico no hay barrera: Pesa la mochila por indeciso. No sé que leer. Si Bolaño o Foucault. Indecisión clasheana. 

Tengo que comprar papa, batata, zapallo, boniato y un tomate. Me cruzo una pizarra que nunca había visto. Promoción hoy, un domingo. Bingo. Verduleria y coso. Un termo sin mate sobre una mesita playera. Dos sillas vacías. No hay playa en el centro de La Plata. 

El local, un pasillo en grado de tentativa. De la esquina un grito. Es el tano, con su gorro y campera inflada llega hablando por celular. 

Tengo gente tengo gente. 

Como Luca ha venido de Italia a desintoxicarse. Dejamos la charla ahí.  Los santos de hoy no preguntan por sus pecados cometidos. Me pone contento su existencia. Imagino una gran internacional de verdulerías. El planeta más verde que lo que es. Todo situado acá, entre diagonales. Donde según el tano el frío es más frío que en Italia pero las pretensiones personales -por ser humanas- son del mismo talante. 

Me rompo la cabeza entrada la noche pensando en Velvet Underground. Me decidí por Fabian Casas. Encontré una razón para mantenerme vivo. 

 


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Gerónimo Rivera Cano

No sé mucho de mi persona. Huyo del “conócete a ti mismo”. Solo tengo por ofrecer un par de sienes ardientes: mi capital intelectual se basa en ser graduado en Ciencias Jurídicas, reseñar cosas, hacer notas de opinión, análisis y crónicas. Como sujeto narrante soy buen lector. Me prostituyo en las palabras. Formo parte del multimedio Trinchera, integro el equipo de CAPTO. Trabajo en un estudio jurídico y notarial. Nací y me crié en la ciudad de La Plata. No me gusta el helado. Maradoniano, sí, aunque se poco de futbol. Siempre de acá, el lado en donde reina el amor y la igualdad

Rulo y señal de la cruz

Rulo y señal de la cruz

TIEMPO DE LECTURA: 3 min.

Un cuento de ciudad, la rutina, el transporte, el hacer del laburante cuando la tarde empieza a caer y con ella la jornada. La gente que vuelve, la lentitud de las cosas que vuelven.

Cuando vi asomar el ancho parabrisas con el letrero azul luminoso apuré la última pitada del pucho. El sol comenzaba a esconderse detrás de los edificios de calle 7. Eran aproximadamente las 18 hs, estaba fundido y hasta Arturo Segui, el final del recorrido, quedaba por lo menos una hora en el 273. Esa mañana había cargado 2000 pesos en la SUBE y con los viajes que acumulaba el día, quedaba la plata de un pasaje más lo que invitara el saldo negativo.

De una fila de tres señoras subí último, a una la tenía reconocida porque todos los días a esa misma hora se tomaba conmigo la D Roja y bajaba en Arana y Camino Centenario frente al chino, en la misma parada donde tantas veces fuimos a esperar a Mamá cuando volvía de Capital en la Costera. Pero con el micro arrancando sentí un leve empujón sobre mi mochila y noté como alguien se trepaba dando un pequeño salto, quedando primero agarrado de la estructura plástica que tienen los micros al subir y por último lograba mantenerse parado en una pierna en el pequeño espacio que hay en el último escalón de la entrada. No giré a verlo porque el amontonamiento me lo impedía, pero me sorprendió la agilidad y velocidad con la que se acomodó en un lugar tan pequeño. Se escuchó un ruido hidráulico y la puerta se cerró.

Las señoras delante mío se quejaban del último pasajero, tirando comentarios al aire sobre el amontonamiento y el mal olor, pero nadie les dio importancia y el pibe se quedó callado.

Después de saludar al chofer por una cortesía cotidiana apoyé la SUBE en la máquina color verde chillón apagada por los años y el polvo. Automáticamente me di cuenta que también tendría que pagarle al pibe que tenía atrás. Así que antes de que éste comience a manguearle al chofer y las señoras pidan que lo bajen por no tener para el boleto, pedí un pasaje mínimo para ir hasta 7 y 32, usando el último pucho de los 2000 pesos cargados esa mañana.

Mientras guardaba la tarjeta en la billetera, el pibe pasó rápido detrás mío escurriéndose entre la gente y me agradeció en voz baja. Llevaba un conjunto deportivo azul viejo gastado y la capucha puesta; un rulo morocho se dejaba ver de perfil. Era petizón y medianamente morrudito.

-Gracias amigo, estas bigote si pueden le toman la leche al gato.

La frase me hizo arrojar una sonrisa y un instante después reaccioné.

Cuando giré la cabeza para verle la cara al desconocido, el chofer pisó el freno y todos en el bondi nos caímos hacia adelante. Fue justo en ese momento que el pibe tiró un manotazo con la mano izquierda para agarrarse del pasamano que colgaba del techo, repitiendo el mismo gesto que 38 años antes había hecho el 22 de junio de 1986 en el Estadio Azteca para burlar a Shilton.

Un escalofrío recorrió mi espalda. Quedé blanco.

El grito chillón de una señora exclamando más cuidado me hizo volver a la realidad.

Todavía medio lento por los flashes, la adrenalina y nerviosismo del momento, puse nuevamente la mirada en el pibe de conjunto azul petizón. Pero en la D Roja camino a Arturo Segui no volví a encontrarlo más.


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Felipe Bertola

Cuando estaba en la panza, mi vieja me cantaba “Significado de Patria” para tranquilizarme. En la comunicación y organización popular encontré la clave para poder “ser la revancha de todxs aquellxs”. Como todo buen platense, sé lo que es ganar una Copa Libertadores.

El terror que nos recorre

El terror que nos recorre

TIEMPO DE LECTURA: 4 min.

Diego Muzzio (Buenos Aires 1969) es un autor amplio. Incursionó en distintos géneros y su obra es por demás versátil, yendo de la literatura infantil y adolescente a la poesía, al cuento, a la nouvelle, a la novela.

Las esferas invisibles (entropía 2015) es un libro compuesto por tres nouvelles. La Buenos Aires apocalíptica de 1871 es el escenario perfecto que elige Diego Muzzio para situar estas historias de terror “…el espectáculo que ofrecía la ciudad era desesperanzador. Frágiles ataúdes se amontonaban en las veredas a la espera de alguno de los carros de recolección de difuntos que circulaban por las calles. En pocos días, el precio de los féretros se triplicó. Aquellos sin medios para adquirir uno, envolvían a sus muertos en sábanas, mantas o ponchos y los abandonaban en las esquinas. A causa de la precipitación o el miedo, se enterraban personas vivas…”.  Así Diego Muzzio planta la primera de sus historias, El intercesor, en esta Buenos Aires. La narración es enmarcada, sondeando así a Borges y sus orilleros. La forma de la espada, Funes el memorioso, son relatos que se le van apareciendo al lector a medida que recorre el texto. Pero la narración enmarcada no solo remite a Borges, también nos lleva al relato clásico de terror. Muzzio, como Borges, como Saer, parece ir a buscar aquellos formatos clásicos, no solo para replicarlos, sino para preguntarse dónde están los límites de esos formatos. Pero, cuánto influye Borges y cómo se lleva Borges con el terror. 

“ Como la mayoría de los escritores argentinos, por rechazo, por afinidad o por admiración siempre estamos escribiendo a favor o en contra de Borges. No podemos deshacernos de la figura de Borges. Considero que sí ha escrito cuentos de terror, se me vienen tres a la cabeza; El evangelio según Marcos, para mí es claramente un relato de terror. Funes el memorioso, sobre todo el momento en el que el narrador entra al rancho y Funes los recibe hablando el latín en la penumbra, ese pequeño pasaje que son tres líneas siempre me han puesto los pelos de punta. There are more things que es un cuento homenaje a Lovecraft, es increíble porque hace todo lo contrario de lo que hace Lovecraft. Muestra el lugar donde se aposenta un monstruo que no describe nunca”.   

El ojo de Goliat (entropía 2022) es su primera novela, ganadora del premio fundación Medifé – Filba 2023, donde vuelve a pensar un siglo atrás. Con dos corrientes narrativas construye un terror de época. En Diego Muzzio la potencia de imagen es una marca distintiva, algo que pudimos ver en los tres relatos de Las esferas invisibles, se deja ver también en El ojo de Goliat. “… Prince apretaba los párpados; al dolor se le sumaba el estruendo del bombardeo, los géiseres de barro, la sangre, el caos, las macabras imágenes de la carnicería. Una, sobre todo, seguía inquietando sus sueños: la cabeza de un caballo y la de un soldado emergiendo de la tierra. Enfrentadas, las bocas abiertas y colmadas de gusanos, hombre y animal preferían un aullido mudo…”    

Dice Diego Muzzio sobre la construcción del terror “ Trato de no mostrar demasiado porque en el momento que uno muestra es el momento donde termina el terror. En las películas de terror cuando más miedo tenemos es cuando intuimos que va a pasar algo pero no vemos al terror encarnado, vemos la amenaza. Mis primeras lecturas de Poe, de chico, me daban mucho miedo. Por ejemplo, Entierro prematuro, es el imaginar lo que puede pasar en esa situación lo que nos da miedo. Ahí está el dificilísimo equilibrio entre mostrar o no mostrar”.  

Diego Muzzio es uno de los autores de la actualidad que mejor maneja el terror, creando estos artefactos de registro histórico y figuras del gótico clásico. Capaz de sondear a Borges y al relato oral de las caballerías. Es una de las voces más potentes dentro del género junto a nombres como los de Luciano Lamberti, Mariana Enriquez o Ricardo Romero.


Lxs invitamos a escuchar la charla completa que tuvo Diego Muzzio con Trinchera en esta nueva sección llamada: Vaciar Chat


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Juan Machado

Juan Machado nació en Carhué, provincia de Bueno Aires, en 1992. Poeta, escritor, también se desempeña como conductor y productor de Plástico Cruel en radio Trinchera. Publicó los libros, Pájaros Punk ( Malisia, 2022) y Como corderos (Azul Francia, 2024). Obtuvo una mención meritoria, por su cuento Una canción desesperada, en el 10° Concurso de cuento Haroldo Conti, 2023.

Las vidas que quepan

Las vidas que quepan

TIEMPO DE LECTURA: 5 min.

El último aliento sobre Sara Gallardo. Despedimos a nuestra autora del mes con un repaso sobre su obra, centrándose en uno de los puntos más altos de su obra, Los galgos, los galgos. Nos pregunta, se pegunta ¿A dónde van esas vidas posibles, cuando ya no estamos para pensarlas? 

Vivimos, morimos, y alguien después se encargará de decir quienes fuimos. Quizás, algo quede anotado en cierta tumba con una foto que intente recordarnos con cariño. Padre y consejero, hermano y compañero, amigo de sus amigos, enamorado de su profesión. Lo que quede de nosotros o lo que alguien elija rescatar es tal vez un misterio, y algo que está fuera de nuestro alcance. Lo que no es un misterio, es que seguramente, sean malos o buenos los calificativos que nos toquen, nos honre o nos humille el epitafio elegido, en algún punto será injusto e incompleto. Hasta aquellos que crean que han pasado por el mundo como las aguas del río, sin comerse ni beberse, habrán vivido más que lo que de ellos permanezca o se recuerde. Vivimos más de lo que permanece, vivimos a veces hasta lo que no nos pasó. ¿O no entra, acaso, dentro de lo vivido lo que fantaseamos, lo que alguna vez imaginamos, lo que proyectamos y no pudimos, o no quisimos recorrer? ¿A dónde van esas vidas posibles, cuando ya no estamos para pensarlas? 

Sara Gallardo vivió 56 años. En ellos, viajó por lugares misteriosos e increíbles, escribió columnas en diarios y revistas, publicó seis novelas, libros de cuentos, cuentos infantiles. Se enamoró más de una vez y lloró como ninguna cuando murió su segundo esposo, Héctor Murena. Pensó libros que nunca llegó a escribir. Murió de un ataque de asma. 

Pero si se acercan a ella, sabrán que vivió mucho más que 56 años. Para empezar, Sara nació ya con mucha vida vivida; nació pesada, cargando en su espalda y su sangre la historia de sus ilustres antepasados: de Bartolomé Mitre a Miguel Cané, de historiadores a científicos, todo entra en su linaje, todo eso le tocó heredar. ¿Se imaginan nacer cansados, sintiendo que ya vivimos demasiado? Sus esfuerzos por alejarse de sus mandatos, fueron significativos y constantes. 

Como si con aquello no alcanzara, tampoco al morir dejó de vivir: eso, sin embargo, podemos sospechar que fue algo buscado. Todo aquel que construya en vida una obra que lo pueda trascender, sabrá que corre ese riesgo. Lo que nunca supo Gallardo, es que los lectores que en vida le faltaron, llegarían todos cuando ya no estuviera. Desde su primera novela, Enero (1958) hasta la última de ellas, La rosa en el viento (1979), todas fueron reeditadas luego de la muerte de la autora, y su relectura ha llevado a que Sara Gallardo sea hoy, considerada una de las autoras más importantes de la literatura argentina del siglo XX. Vivió, entonces, mucho antes de nacer, sigue viviendo muchísimo después de morir.

Quizás por todo esto, Gallardo sabía que no es tarea fácil contar una vida. Se puede elegir un momento, por más terrible o intenso que sea, y contarlo como lo hace magistralmente en Enero y la historia de Nefer. Se puede contar una búsqueda, en toda su profundidad, como lo hace en la impresionante Eisejuaz. Pero contar una vida entera, eso no es para cualquiera. Contarla completa, sin intentar dejar nada afuera, y contarlas todas: la vida vivida, pero también la soñada, la heredada, la imaginada y también la vida eternamente recordada. Sara Gallardo se animó, lo intentó, y escribió Los galgos, los galgos (1968) para contarnos las muchas vidas de Julián.

La vida heredada:  “De mi padre heredé una casa, la mitad de un campo y algo de dinero. Lloré mucho esa muerte, pero no puedo decir que la herencia me tomara de sorpresa. Sentados en la luz del amanecer, hacia el fin del velorio, se me ocurrió decir a mi hermano que le cambiaba mi casa por su parte de campo y, como aceptó en seguida y tuve que firmar una cantidad de papeles, comprendí que había hecho mal negocio” así comienza esta novela de más de 400 páginas que acaba de ser reeditada por la editorial El fiordo. Julián, un abogado con poco amor por el oficio, hereda el campo de Las zanjas y hacia allí va para intentar lograr lo que todos buscamos: hacer algo que perdure. No sabe nada de lo que debe hacer, pero irá conociendo la estancia y sus ritmos. 

Todo está justificado, todo tiene sentido, nada es cansador: Lisa lo acompaña y él se siente como un adolescente enamorado. No hay propuesta que no lo motive, no hay espera que no esté dispuesto a afrontar. La vida heredada pasa a ser rápidamente la vida buscada y las tristezas se esconden por un rato. Pero no se van muy lejos, nunca se van muy lejos. Las zanjas es muy grande y hay lugar para mucho, incluso para las ambiciones, para frustraciones y reproches, y una mañana Lisa se va. Para Julián, más fácil que ir a buscarla es irse bien lejos a esperar que ella vuelva. Aparece un tío, una propuesta para ir a París, un Julián desganado y resentido. La vida en París es la que reemplaza las vidas que no fueron: ya nada tiene magia, ya todo huele a frío. “¿Entonces es verdad que la vida sigue? ¿Es verdad que compré una bufanda que ella no verá nunca?”

Julián vive en un eterno letargo pensando en que en cualquier momento, Lisa lo encontrará por algún café. Al final, descubre que no hay más alternativa que volver, y vivir la peor de las vidas: la resignada, la que terminó tocando, la de buscar consuelo. Acepta casarse con cualquier mujer que lo deje seguir viviendo solo en su casa, no queda ya más deseo que ese. Para la escritora Romina Paula, Julián ya no habita estas vidas: él ha muerto en la segunda. ¿Son vividas las cosas que vivimos sin habitarlas?

Pero vivir también son las marcas que dejamos en otros. Cuando Julián se muda a Las zanjas adopta dos galgos, Chispa y Corsario. Son sus amigos y compañía cuando se desafía a sí mismo y se convence de que puede hacer que las cosas funcionen, son su bastión cuando empieza a sospechar que las cosas tal vez no funcionen; son los olvidados cuando parece que nada funcionó. Son lo que mueren solos, para decirle a Julián una y otra y otra vez -aunque no quiera escucharlo- que las vidas posibles son muchas, pero ninguna vuelve nunca para atrás


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Pedro Jalid

Profesor de Letras. Leo más de lo que escribo, trato de hacer más de lo que digo.

La gran noche de los trenes

La gran noche de los trenes

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Sara Gallardo no solo se destacó por sus novelas, fue una gran cronista, una de las más importante dentro de la crónica argentina. Estamos hablando de una autora que fue, aún es, todo terreno. En el cuento, en el relato corto, en la historia comprimida, también lo fue. La gran noche de los trenes, es uno de sus cuentos más destacados.

Por el tiempo en que el hombre pisó la luna llovió mucho en la provincia de Buenos Aires. Los trenes puestos a morir goteaban y el agua corría por los vidrios sin parar.
El gobierno había decidido amputar líneas de ferrocarriles así como los médicos secan venas enfermas de las pantorrillas. Puso los trenes viejos a los costados de las vías. A morir.


Así comienza este relato de Gallardo, cuya primera publicación la podemos encontrar en El país de humo (1977). Los invitamos a escuchar el relato narrado por Adriana Aizemberg y agradecemos a Ciro Marcovecchio por la ilustración.


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