Un cuento de ciudad, la rutina, el transporte, el hacer del laburante cuando la tarde empieza a caer y con ella la jornada. La gente que vuelve, la lentitud de las cosas que vuelven.
Cuando vi asomar el ancho parabrisas con el letrero azul luminoso apuré la última pitada del pucho. El sol comenzaba a esconderse detrás de los edificios de calle 7. Eran aproximadamente las 18 hs, estaba fundido y hasta Arturo Segui, el final del recorrido, quedaba por lo menos una hora en el 273. Esa mañana había cargado 2000 pesos en la SUBE y con los viajes que acumulaba el día, quedaba la plata de un pasaje más lo que invitara el saldo negativo.
De una fila de tres señoras subí último, a una la tenía reconocida porque todos los días a esa misma hora se tomaba conmigo la D Roja y bajaba en Arana y Camino Centenario frente al chino, en la misma parada donde tantas veces fuimos a esperar a Mamá cuando volvía de Capital en la Costera. Pero con el micro arrancando sentí un leve empujón sobre mi mochila y noté como alguien se trepaba dando un pequeño salto, quedando primero agarrado de la estructura plástica que tienen los micros al subir y por último lograba mantenerse parado en una pierna en el pequeño espacio que hay en el último escalón de la entrada. No giré a verlo porque el amontonamiento me lo impedía, pero me sorprendió la agilidad y velocidad con la que se acomodó en un lugar tan pequeño. Se escuchó un ruido hidráulico y la puerta se cerró.
Las señoras delante mío se quejaban del último pasajero, tirando comentarios al aire sobre el amontonamiento y el mal olor, pero nadie les dio importancia y el pibe se quedó callado.
Después de saludar al chofer por una cortesía cotidiana apoyé la SUBE en la máquina color verde chillón apagada por los años y el polvo. Automáticamente me di cuenta que también tendría que pagarle al pibe que tenía atrás. Así que antes de que éste comience a manguearle al chofer y las señoras pidan que lo bajen por no tener para el boleto, pedí un pasaje mínimo para ir hasta 7 y 32, usando el último pucho de los 2000 pesos cargados esa mañana.
Mientras guardaba la tarjeta en la billetera, el pibe pasó rápido detrás mío escurriéndose entre la gente y me agradeció en voz baja. Llevaba un conjunto deportivo azul viejo gastado y la capucha puesta; un rulo morocho se dejaba ver de perfil. Era petizón y medianamente morrudito.
-Gracias amigo, estas bigote si pueden le toman la leche al gato.
La frase me hizo arrojar una sonrisa y un instante después reaccioné.
Cuando giré la cabeza para verle la cara al desconocido, el chofer pisó el freno y todos en el bondi nos caímos hacia adelante. Fue justo en ese momento que el pibe tiró un manotazo con la mano izquierda para agarrarse del pasamano que colgaba del techo, repitiendo el mismo gesto que 38 años antes había hecho el 22 de junio de 1986 en el Estadio Azteca para burlar a Shilton.
Un escalofrío recorrió mi espalda. Quedé blanco.
El grito chillón de una señora exclamando más cuidado me hizo volver a la realidad.
Todavía medio lento por los flashes, la adrenalina y nerviosismo del momento, puse nuevamente la mirada en el pibe de conjunto azul petizón. Pero en la D Roja camino a Arturo Segui no volví a encontrarlo más.
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Felipe Bertola
Cuando estaba en la panza, mi vieja me cantaba “Significado de Patria” para tranquilizarme. En la comunicación y organización popular encontré la clave para poder “ser la revancha de todxs aquellxs”. Como todo buen platense, sé lo que es ganar una Copa Libertadores.

