Otras razones por las que llorar, de Luciana de Luca, una novela sutil, que mira una vida entera de cuidados a otros.
Alguna vez quise escribir un cuento en el que el protagonista era un anciano jugador de tejo que viajaba fuera de temporada a Mar del Plata para competir en un torneo de gerontes. De aquel cuento quedó una sola escena: una corrida al baño de madrugada, calzado con una sola pantufla porque la otra se ha perdido bajo la cama y agacharse no es una opción. Empecé a escribirlo entre emocionado y divertido, pero lo abandoné cuando me di cuenta que no podía alejarme del lugar común, del patetismo o de la condescendencia. Seguramente fue para mejor.
Hablar de la vejez con sinceridad es difícil. Darle voz a un personaje viejo, otorgarle un protagonismo real y lograr esquivar el encasillamiento, lo grotesco o la solemnidad, es casi imposible. Y sin embargo hay quienes pueden. Hoy les traigo Otras razones por las que llorar.
Esta es la primera novela de Luciana de Luca, autora de cuentos infantiles y escritora fantasma detrás de la firma de oscuros otros. Aquí la protagonista es una mujer de unos sesenta años, hija, hermana, esposa, madre y, por falta de oportunidades, nada más. Una enfermedad sin nombre le está desarmando los días, y el médico, que le prometió que nada iba a poder quitarle su pasado, le recomienda que escriba cada vez que sienta que el presente se le vuelve volátil. He aquí la excusa que da lugar a la memoria y a la protesta que, por tardía, no deja de ser justa y emocionante.
Pero Otras razones por las que llorar no es un panfleto feminista, aunque estos aún sean necesarios y bienvenidos. En su lugar es una novela sutil, dulce y triste, que mira y muestra una vida entera de cuidados a otros -los gatos, las plantas, los hombres que se la pasaron de mano en mano- no sin cariño, pero con la tremenda sensación de que nada le queda a ella de todo eso, que nada le ha sido devuelto, ni siquiera ahora, cuando realmente lo necesita. La gota que derrama el vaso, con la que prácticamente inicia la novela, es la última decisión unilateral de Antonio, el marido de la protagonista: Voy a cambiar el patio. El patio de ella, su único refugio. Sus plantas, su árbol de paltas, sus baldosas rojas en las que alguna vez dibujó su hijo, cuando era su hijo y no solo una ausencia. Ella dice: Ahora, doctor, tendría que anotar. En un pedacito del diario de ayer. “No”. Pero no tengo lapicera ni lápiz a mano. Meto la mano en el bolsillo del batón. Nada. En otro momento será, entonces. Más tarde. Me lo escribo con el dedo en la palma de la mano. “Escribir no. En uno, dos, tres papeles. Dejarlos a la vista. NO, en mayúsculas, subrayado”. Pero no dice nada, el cambio empieza y cada invasión, cada baldosa que levantan, desentierra algo.
Dos cosas más quiero decir. La primera: todos los personajes, incluso aquellos que queremos odiar, son hermosos. El padre es un hombre solo, el hermano es un alma triste, el marido es el hijo menor, el invisible. Cada uno está presentado con líneas seguras y tiene su momento de brillar y de apagarse. La segunda: la voz. La narradora es única. Su relación con el lenguaje es cómo la de un niño con un juego que adora pero del que ha olvidado algunas reglas y por tanto las inventa. Habla como si descubriera el acto de hablar cada vez, casi con sorpresa. Ella, que nunca ha podido elegir nada, que todo lo que hizo lo hizo por mandato de otros, encuentra en el lenguaje la potencia, hasta ahora negada, de la posibilidad. Algo realmente suyo, su propia voz.
Juan Fernández Marauda
Nació en Lanús, en 1988, pero creció en el Valle Inferior del Río Chubut. Trabaja en el cruce entre salud mental y escritura en un hospital de día. Es escritor, editor, librero y coordina el taller de escritura PULP! en la ciudad de La Plata. El puente de las brujas, su primera novela, fue publicada por EME en 2020 y Esplín Tropical (México) en 2022.
Ciencias Morales: la autoridad deformada, la vigilancia perversa dentro y fuera de una chica de veinte años enferma como todxs por la época
Todo lo que está bien, lo indica Dios. Teresa entiende esto y también entiende que se activa a través de un dispositivo simple: Dios se manifiesta a través de la norma, la norma se acepta, se cumple prolijamente y sobre todo se muestra. Es necesario demostrar cuán comprometidx se está en la dedicación por cumplirla.
Marzo de 1.982. María Teresa Cornejo vive con su madre, su hermano ha sido llamado al deber de defender la Patria, Teresa no entiende ni le importan mucho las implicancias de esto, apenas le parece que está bien que esté en las Malvinas. Tiene 20 años y acaba de conseguir trabajo como preceptora en el Colegio Nacional. El señor Biasutto es el jefe de preceptores y rápidamente se vuelve su maestro y asesor en cuestiones de cómo aplicar disciplina. La chica se fascina con la rectitud del señor Biasutto, no piensa en él como hombre, no se siente atraída físicamente por él en absoluto, es una admiración casi filial, de alguna manera Teresa entiende que Biasutto es un referente de la moralidad y no quiere decepcionarlo, una convicción apasionada por aplicar disciplina le recarga sentido a su abúlica vida.
Los colegios secundarios a principios de 1982 son cuerpos recuperados de la enfermedad de la subversión, pero esa no es excusa para relajarse, hay que cuidarlos minuto a minuto, resguardarlos de las esquirlas de la enfermedad que pueden haber quedado luego de 7 años de extirpar y extirpar. Para eso es vital la vigilancia del cumplimiento de las normas, así se mantienen pulcras cada una de sus células.
Martín Kohan elige dos ejes simultáneos de narrativa del autoritarismo: el colegio es un cuerpo social totalmente impregnado de lo que sucede afuera, como cuerpo se inclina, se doma a sí mismo ante la autoridad desquiciada y aniquiladora de toda forma de pensamiento libre, pero acá también está la historia de lo que le pasa a Teresa con la obediencia, la vigilancia, la delación.
El señor Biasutto, la guía, la adoctrina paternalmente, le relata el labor arduo de los años anteriores; se deja admirar por la chica, orgulloso de haber delatado en años anteriores a decenas de estudiantes “que gracias a Dios fueron extraídos como un cáncer” le dice en un despliegue de galanteo.
Teresa, dócil, pulcra, fascinada, presiente que alguno de sus alumnos varones se escapa a la zona de los baños a fumar; quiere ganarse el premio de ser la más eficiente preceptora del señor Biasutto y trama una estrategia: se esconde esporádicamente algunos minutos por día en uno de los baños esperando interceptar al descarriado. Pero pasan los días y sólo escucha cómo orinan en los baños contiguos adolescentes de dieciséis años. El tiempo de escondite comienza a prolongarse; la mano talentosa de Kohan va difuminando el sentido de la estrategia de espionaje de la protagonista. Encerrada a intervalos cada vez más largos espera el sonido de cierres de pantalones y el registro de la orina cayendo sobre los inodoros vecinos. A Teresa le pasan cosas, no sabe qué es (parece estar amparada por la causa, por esa contricción por el deber) pero le pasan ¿No sabe o prefiere no saber que ese hábito gozoso de guardarse en los baños cuelga fuera de su compromiso inobjetable por el control de la aplicación de la normativa?
Y luego todo se derrumba para María Teresa Cornejo. Elegiremos decirlo de alguna forma que evite el spoiler del rumbo de esta historia: digamos que Teresa sorprende a su Dios en camiseta manchada de comida, robándole la billetera a una viejita.
Ciencias Morales ganó el premio Herralde a mejor novela en 2.007. Martín Kohan – uno de lxs autorxs más talentosos y leídos de nuestra época- logra contarlo todo a través de sostenidas elipsis, lo esencial nunca es nombrado, lo muestra a través del clima insoportable del colegio, del espantoso Biasutto y del proceso interno que sufre su protagonista hasta su desgarramiento final.
No es una novela sobre los mecanismo de autoritarismo, Ciencias Morales cuenta lo que le pasa a las personas con la sumisión y naturalización de ese abuso, con la tensión entre el auto convencimiento de que ese orden es bendito y meritorio y lo que pugna por reventar -como siempre- de adentro hacia afuera
Amanda Corradini
Mujer de trincheras: Reparte su vida entre la trinchera de la Escuela Pública, la de su biblioteca y la que guarda algunas banderas que gusta agitar. Todo regado de mate dulce, Charly García y un vergonzoso apego por el humor infantil.
El día de mañana, lunes 15 de mayo, será el último del año en el que los visitantes podrán acercarse al predio de La Rural a recorrer y conocer la Feria del Libro. Aquellos que no lo hagan, deberán esperar hasta el próximo año para visitar la feria de libros más concurrida del mundo en habla hispana, y una de las cinco más grandes del mundo.
En sus casi tres semanas de exposición, son más de un millón de lectores quienes la visitan, y entre sus principales atractivos, además de la variedad de libros y textos que es posible encontrar, se encuentra la posibilidad de asistir a distintas charlas, conferencias y presentaciones de libros de varios autores. Figuras de la talla de Paul Auster, Ray Bradbury, Italo Calvino y José Saramago han participado de anteriores ediciones de la feria. En el caso de autores argentinos, autores como Borges, Fontanarrosa, Osvaldo Soriano y Maria Elena Walsh han sido parte en más de una ocasión. La feria es organizada por la Fundación El Libro, una entidad sin fines de lucro “cuya misión es la promoción del libro y los hábitos de la lectura.”
La feria, que llega a su 47° edición, tuvo su primera edición en el año 1975 y desde ahí se convirtió en tradición que se convoque a alguna personalidad literaria, cultural o política a dar el discurso de inauguración. Desde el año 2000, cuando se convocó a Juan José Saer a venir desde Francia, esta apertura está a cargo de escritorxs.
Este año dicho discurso le correspondió a Martín Kohan, novelista, cuentista, ensayista y docente. La expectativa por sus palabras era grande, al menos por dos motivos. Uno de ellos tenía que ver con el peso creciente que su opinión y sus intervenciones han tenido durante el último tiempo en la agenda literaria y cultural. Provocador, Kohan tiene una evidente tendencia a la discusión y el debate de ideas, y son conocidos algunos de sus cruces, por ejemplo con el ex secretario de cultura de la Ciudad de Buenos Aires, Darío Lopérfido. El otro motivo por el que había mucha atención puesta en las palabras de Kohan, tenía que ver con el discurso de apertura que lo antecedió el año pasado, Guillermo Saccomano tuvo una intervención profunda, polémica y sumamente comentada, donde atacó con mucha altura el monopolio de la industria Editorial, y el rol histórico que la Rural, el espacio en el que la feria se desarrolla, y sus frecuentes habitantes, han tenido en la historia argentina.
Kohan, consciente de esta atención, tomó una primera decisión importante de cara a su intervención: evitar un discurso con frases “asertivas tuiteables”, tal como él mismo las describió. No fue un discurso de grandes títulos, sí quizás de grandes ideas. Este formato tuvo que ver con una de las tesis mismas de su intervención: el autor describe los tiempos que vivimos como tiempos de vociferación, donde todos gritan pero pocos leen, donde se leen títulos y no cuerpos, resúmenes y no obras. Citas, o hilos de twitter, y no textos o libros. No hay tiempo, ni lugar, en el capitalismo que vivimos, que nos permita la detención necesaria para el disfrute de un buen texto. Por eso, pensó una intervención que no se dejara resumir en algunas frases, que nadie nos pueda comentar en un pasillo qué dijo Kohan sino que nos obligue, si de verdad queremos saber, a leer definitivamente su discurso. Las formas nos hablan del contenido.
Sin embargo, más allá de saludar su apuesta, nos animaremos a discutirle una de sus tesis. Kohan plantea que “la feria del libro ocurre en un lugar impropio.” Su justificación parte de dos cuestiones: una de ellas, la antítesis que podemos reconocer entre el mundo de “bostas y silbidos”, tal como él dice, con el de “los libros y las mesas redondas”. Inobjetable hasta aquí. Sin embargo, hay otra forma de pensar la frase, y es que lo impropio de la feria en la Rural sería la instalación del mundo de la literatura, la lectura y, si se quiere, la “cultura”, en el terreno histórico de la oligarquía argentina. Ahora bien, ¿realmente la Feria del libro propone una oferta disidente y disruptiva para la tradición oligárquica de la Rural? Repasemos, para poder responder, un poco de su historia.
La primera edición de la Feria se realizó en el año 1975, en medio de un clima político y social delicado en nuestro país. Comenzada la última dictadura cívico militar en Argentina y la Feria no solo no se interrumpió, como si ocurrió con gran parte de la actividad cultural, si no que fue masificándose cada vez más. Si en 1975 fueron 140 mil personas a recorrerla, en el año 1979 contó ya con más de 700 mil visitantes. Si la feria no fue intervenida, justamente fue porque proponía una línea y un mensaje cercano al que planteaba el proceso. Si no, miremos el título que la feria tuvo en el año ‘80: “Al encuentro de dos mundos: la gesta española en América.”
Con la vuelta de la democracia, la Feria supo amoldarse a los nuevos tiempos: el discurso de apertura del año 1984 estuvo a cargo de Raul Alfonsín, y un año siguiente ya el título de convocatoria refiere “Al escritor y la libertad de expresión.” La misma feria que censuraba a quienes denunciaban las violaciones a los derechos humanos, se daba el lujo de hablar sobre la libertad de expresión.
Siguiendo con el recorrido histórico, la feria continuó sin grandes tensiones ni controversias. Por recordar una en particular, podemos mencionar la edición del año 1987, dedicada a Jorge Luis Borges, fallecido pocos meses antes. A partir del año 2000, se tomó la definición de mudar la feria al predio de La Rural, y, como señalamos antes, de que sean escritorxs quienes se encarguen del discurso de apertura. Entre los más destacados, podemos recordar los de Ricardo Piglia, Luis Gusmán, Rita Segato, Claudia Piñero, y los ya mencionados últimos dos, a cargo de Guillermo Saccomanno y Martín Kohan.
Recordada es también la polémica que se dio en el año 2011, cuando en pleno gobierno kirchnerista, se convocó al siempre polémico Mario Vargas Llosa para inaugurar la feria. Fue allí cuando un grupo de intelectuales, entre los que estaba Horacio González- por entonces director de la Biblioteca Nacional- solicitaron que no sea el escritor peruano quien inaugure la feria. Más allá de la polémica, Vargas Llosa dio su discurso, simplemente que lo hizo un día después de lo pautado. Este recorrido, solamente interrumpido en los años 2020 y 2021, cuando a raíz de la pandemia del Covid-19 la Feria debió suspenderse, nos permite evidenciar como dificilmente podemos considerar a la F.D.L. un evento cultural que incomode y perturbe a los grandes poderes de nuestro país, sino que, en general, ha sido todo lo contrario.
Entonces, volviendo al punto y al discurso de Kohan, ¿realmente podemos creer que un evento así, impulsado por los principales monopolios editoriales y por los grandes empresarios de la Argentina, es un evento impropio para el lugar en el que se realiza? ¿Realmente podemos creer que la Rural, lugar donde históricamente hizo base la oligarquía argentina, es un lugar impropio para un evento como el descripto? Tal vez, simplemente, debamos ver que también la derecha y los sectores conservadores ven en la cultural una disputa importante, tanto en términos simbólicos como materiales, y es de esta forma que construyen sus armas, que no por ajenas debemos dejar de habitar, sino tan solo, seguir tratando de encontrar las formas desde donde se las arrebatemos.
No somos ingenuos, y tampoco pretendemos tomar de ingenuo a Kohan: sabemos que, como todo evento cultural, la Feria del Libro siempre será un espacio de disputas. Disputas simbólicas y conceptuales, pero también disputas materiales: que se haga lugar a los pequeños grupos editoriales, que se haga lugar a discursos transgresores, a palabras renovadas, a voces disidentes. Ahí seguirá nuestra pelea, y por supuesto, la palabra de Martín Kohan nos acompaña en esa disputa. Acuerdos, tensiones y debates; de eso se trata la vida, de eso se trata la Feria.
Pedro Jalid
Profesor de Letras. Leo más de lo que escribo, trato de hacer más de lo que digo.
Roberto Bolaño nació en Santiago de Chile en 1953. Murió en Barcelona en 2003. Narrador y poeta. Fue autor de libros coyunturales como Los Detectives Salvajes, Estrella Distante, 2666, entre otros. Su basta obra oscila por estructuras que al día de hoy siguen resultando novedosas y osadas.
Sobre Roberto Bolaño.
Hace lluvia y noche, sobre las vías bajo una sábana de agua, Roberto ha matado a un hombre. A puñaladas se deshizo de uno de los tres. Después volvió a pie cruzándose el saco y mirando el piso, encogiendo los hombros. Ha dicho, al llegar, he matado a un hombre, prepárame un té, que he matado a un hombre. Siempre tengo miedo a estar haciéndolo mal, dijo después, a estar estropeando todo aquello para lo que uno ha nacido. Mis páginas están llenas de imperfecciones porque la novela es un arte imperfecto, la que más impureza acepta. Quien escriba la novela perfecta acabará consigo mismo, de un tirón y para siempre. Nunca le tuve miedo a la muerte, pero si a la tortura, no pueden matarme sin personalizarme.
Roberto está sentado, su cara parece caer sobre el vapor de la taza que humea en la meza. Se soba las manos, me duelen los nudillos, dice. Debe ser por el choque con los huesos del hombre. Fueron muchas puñaladas, muchos rebotes contra esos huesos, que ahora, ya no viven. Si es que los huesos alguna vez logran vida. Yo nunca había matado a un inocente, dice y menea la cabeza, parece llorar. Yo que siempre he sido un gusano blanco retorciéndose en el amor, ahora he matado a un inocente. Yo que de ninguna manera fui ciudadano del mundo, ahora soy otro gusano, ni siquiera único, ni siquiera solo, un gusano entre gusanos. En este oficio, el de escribir o ser un asesino, que son la misma cosa. Este oficio poblado de canallas. Yo por escribir es que he muerto, practico y obsoleto. Yo que por escribir me he convertido en canalla. No deseo que mi hijo sea escritor, esta es una profesión asesina y despiadada. De ninguna manera ciudadano del mundo, he dicho, dice Roberto y calla.
Prende un cigarrillo, fuma Roberto, con uno prende otro y echa el humo sobre la taza de té, que no ha tocado ni tocará. Este es un oficio miserable, dice. Yo habló por fin, y digo, sos el gran autor chileno Roberto. Me mira, tiene los ojos negros, como la poesía. Yo soy un escritor en lengua española, dice. Y la literatura, además, dividirla por países de una misma lengua nos lleva al absurdo. Grandes eran Parra, Lihn, no yo. Yo soy el gusano de ellos, de su poesía, de sus vidas. Un gusano blanco entre otros tantos.
¿por qué no has muerto Roberto? Pregunto. Voy a decir algo Dickiano, dice, yo morí. Hace diez años con aquella crisis hepática, he muerto allí. Estos últimos diez años, este resto, son el reflejo, no de la vida vivida, sino de la vida que no voy a vivir. Pienso que uno escribe para morir, mientras miro el fantasma de Roberto sentado en mi cocina.
Roberto tiende a desaparecer, pero es el fantasma del futuro. Suena en la casa, Love anda Theft de Bob Dylan. ¿Qué es la poesía? Pregunto al aire que es ahora Roberto. Poesía eres tú, dice y se ríe tan sobrador como siempre. Tan por encima. No sé lo que es poesía, dice, pero sé quiénes estuvieron cerca. Para mí Rimbaud y Lautréamont son los poetas por excelencia. El camino de ellos es el camino de la poesía. La poesía para mí es un acto adolecente, frágil e inerte, que apuesta lo poco que tiene por algo que no se sabe muy bien qué es. Y que generalmente pierde. No sé realmente qué es poesía. Pero a mí la poesía, la literatura, me sirve para vivir por encima de mis posibilidades. Su voz vuelve a desaparecer en alguna parte de la casa, que ahora, está en una penumbra que parece eterna.
Me siento en el lugar que antes ha sido de él. Abro Putas Asesinas en la página 13. El cuento es El Ojo Silva. Leo en voz alta. “Lo que son las cosas, Mauricio Silva, llamado el Ojo, siempre intentó escapar de la violencia aun a riesgo de ser considerado un cobarde, pero de la violencia, la verdadera violencia, no se puede escapar, al menos no nosotros, los nacidos en Latinoamérica en la década de los cincuenta, los que rondábamos los veinte años cuando murió Salvador Allende”. Roberto ahora está sobre mi cabeza, siento su aliento a cigarrillo negro, a gusano. En gran medida, dice, todo lo que he escrito es una carta de amor o de despedida a mi propia generación, los que nacimos en la década de los cincuenta y los que escogimos, en un momento dado, el ejercicio de la milicia, en este caso sería más correcto decir militancia. Y entregamos lo poco que teníamos, que era nuestra juventud, a una causa que creíamos la más generosa de las causas del mundo, y que en cierta forma lo era, pero que en realidad no lo era.
¿Qué esperás de los lectores Roberto? Nada, que sea conmigo o contra mí, pero que al fin sea. Se sienta frente a mí, me mira, no he matado a nadie, me dice, todo es una enorme ficción. Camina ahora hasta la máquina de escribir, esa que ha sido suya y que ahora conservo. Debo reescribir el final de mi novela, dice sin mirarme. Hay algo que puedo aceptar, que por lo menos he intentado meterme por estructuras y por juegos dentro de esas estructuras, nuevos. Reescribo porque tengo un miedo fundante de estar haciéndolo mal. En el silencio de la noche Roberto escribe con todo el ruido posible de cada letra. Saca la hoja, la pone sobre la mesa, ahí está, dice. Yo leo.
“Y esto es todo, amigos. Todo lo he hecho, todo lo he vivido. Si tuviera fuerzas me pondría a llorar. Se despide de ustedes, Roberto Bolaño”.
Juan Machado
Nació en Carhué, provincia de Buenos aires, en 1992. Actualmente reside en La Plata. Escritor, también se desempeña como conductor de radio. Dicta talleres y encuentros literarios. Publicó el libro de cuentos, microrelatos y poesías, No hay que jugar en la casa vieja y otros relatos (2020) Pájaros Punk (Malisia 2022).
Flor Canosa nació en Buenos Aires, 1978. Es escritora. Docente universitaria, guinista y montajista de cine. Es parte de la dirección de la colección Arqueologías del futuro, sobre la nueva ficción extraña en Latinoamérica, donde publico su ultima novela “La segunda lengua materna”.
La luz intermitente de la pantalla proyecta sobre el rostro de Gaspar sombras de caverna platónica.
Transpirando sal de papas fritas de paquete, tiene un agujero en la media a la altura del dedo gordo y a través de ese orificio se asoma una uña puntiaguda y amarronada. Un detalle en macro que conforma la geografía inhóspita de un cuerpo horadado por la indiferencia. Hace meses que se confinó voluntariamente. Ninguna cosa del mundo social lo interpela. Todo lo que necesita le llega a través de alguna de los millones de apps que se disputan las fauces de los consumidores. Apps que se destruyen a sí mismas en el circo romano del capitalismo 4.0.
Un hombre pardo le deja el alimento a orillas de sus pies de criatura, y recibe apenas un satoshi de bitcoin. Se necesitan cuatro satoshis para comprar 250cc de agua potable. El hombre pardo hará ocho entregas en bicicleta bajo el incandescente sol de octubre para no deshidratarse. Quizás esta vez no le roben su vehículo en la favela de Recoleta. Con doce entregas más, podrá comprar medio paquete de arroz. Tal vez esta noche, si sobrevive, pueda cenar. Si no, hará lo mismo que el resto de los inmigrantes hacen algún día más próximo o más lejano: robar el último pedido y atravesar el desierto del antiguo Río de la Plata a pie para buscar asilo en la ciudad sagrada de Montevideo, en los Estados Unidos de Uruguay.
Todo lo que ve Gaspar, de espaldas a la puerta, de espaldas a la realidad de las calles, es la sombra proyectada sobre el monitor. La sombra engrandecida o achicada por la ilusión óptica de la vida en espejo invertido sobre la tela.
Como su abuelo hizo zapping, como su padre scrolleó intermitente e interminablemente por la cartulina de Netflix, siempre buscando el vellocino de oro, esa práctica ancestral estampada en el ADN de los hombres. Sólo que Gaspar perfeccionó la técnica, y por ello quedó encargado de aniquilar el apellido. Su esperma fue rechazada por siete laboratorios por azoospermia.
Gaspar conoce todo lo que sucede en el mundo. Presenció en tiempo real las doce horas que duró el hundimiento de Japón. Se emocionó ante la magnificencia del amurallamiento de América del Norte, apostó guita a que Canadá sería la vencedora en la guerra de la conquista de la línea del ecuador y así fue. Pero Argentina no es parte de su mundo, no está dentro de su historial de navegación, como si un agujero cuántico lo llevase de su silla a otro país. No le importa nada de lo que sucede en el radio que comprende la región en donde vive. Ni un poco.
Por eso, y porque el azar tiene un sentido del humor perverso, Gaspar se rasca la cabeza apenas recibe la notificación.
«Estimado ciudadano Gaspar Mangguera, nos dirigimos a usted con el fin de notificarle que ha sido seleccionado, mediante sorteo, como “Ciudadano Cero”. Seguramente ya está interiorizado de sus deberes y obligaciones frente a tamaña responsabilidad, pero en caso de desconocerlas, se las enumeramos brevemente:
Deberá permanecer dentro de su domicilio el día domingo 13 de octubre, de 8 a 18 horas.
Recibirá, a primera hora, la plataforma electoral de todos los candidatos al cargo de presidente supremo de la nación argentina. La plataforma está elaborada con palabras y conceptos sencillos, adaptados a su coeficiente intelectual. De todas formas, la oficina de justicia tendrá a su disposición un operador online para asesorarlo en términos que le resulten desconocidos o confusos.
La plataforma electoral será interactiva y está diseñada para que pueda presenciarla a través de su dispositivo de realidad aumentada.
A las 17,30 tendrá que estar en condiciones de emitir su voto electrónico.
Siendo usted el “Ciudadano Cero”, su voto es quien determina el cargo de presidente supremo de la república, en representación de 45 millones de conciudadanos.
Su responsabilidad es intransferible e innegociable. En caso de no cumplir con los plazos acordados, será ordenada su ejecución inmediata en el término de 12 horas a contar desde las 18 del día domingo.
Lo felicitamos por su fortuna al haber sido seleccionado entre todos los habitantes de este suelo otrora fértil que nos aloja. El futuro de nuestra nación ha quedado en sus manos. Esperamos que pueda honrar el honor que le ha sido otorgado.
Sin más, lo saluda atentamente, oficina de justicia (ex secretaría de justicia, ex ministerio de justicia)»
Gaspar googlea la palabra «otrora», la palabra «conciudadanos», luego, «plataforma electoral», «Ciudadano Cero» y «presidente supremo». En ese orden. No está seguro de terminar de comprender cuál es su función, repasando una y otra vez los 6 puntos del mensaje.
Mientras orina sentado, Gaspar piensa que no se siente honrado ni afortunado. No le gusta que lo obliguen a quedarse en su casa, aun a sabiendas de los meses que lleva sin salir. No le gusta que lo obliguen a mirar plataformas indeseadas. Pero tampoco se siente muy cómodo con la idea de ser ejecutado.
Le cuesta masturbarse. Su mente se dispersa sin poder atrapar la idea clave. Pucherea como un niño obligado a ordenar su caos.
En dos días será el artífice de la demostración más acabada de democracia participativa moderna. Habiendo fracasado, a mediados del siglo XXI, la democracia tradicional, con el voto electrónico hackeado hasta los límites más remotos del verosímil, ahora sobre su responsabilidad cívica recaerían los próximos dos años de gobierno. Luego, la ruleta volvería a girar y el próximo incauto se haría cargo.
El domingo 13 de octubre, a las 8 de la mañana, se sienta frente a su dispositivo. Apenas si ha podido pegar un ojo. El antojo de submarino con seis medialunas se vuelve una cuestión de estado. Irónicamente.
Gaspar pide auxilio a través de la app. La alerta cae en los flacos brazos del hombre pardo. Esta vez serán dos satoshis de bitcoin, por ser domingo a la mañana.
Suena el ding dong, Gaspar abre. El hombre pardo no necesita hablar, sólo extender la bolsa de papel madera y seguir pedaleando, con el calor de octubre desnucándole los sueños. Pero esta vez Gaspar lo mira. No toma la bolsa con la desesperación del glotón caprichoso. No cierra la puerta con la indiferencia del esclavista. Lo mira.
El hombre pardo no conoce bien aquello de ser mirado. Se mueve en el terreno de lo fantasmagórico, siempre transparente y silencioso. O bien «un dron biológico», como lo describió el diario Clarín hace unos años. Apenas una máquina expendedora de caprichos, deshumanizado y con menos valor que la bicicleta del gobierno que pide prestada por postas.
—10 satoshis si te quedás conmigo hasta las 18.
El hombre pardo niega con la cabeza. Él no hace felaciones ni se deja coger ni coge por criptomonedas. La mayoría de los inmigrantes mueren por eso. Mueren rápido y mal. Se les pudren las partes. Y mueren solos, porque ya ningún hospital atiende extranjeros. Hace años.
—¿Sabés leer?
El hombre pardo asiente con la cabeza. Sabe leer y sabe muchas cosas más. Nadie se lo preguntó, pero allá en su país fue bioquímico. Hasta que los laboratorios fueron comprados por Disney y él tuvo que emigrar.
Gaspar lo toma de un brazo y lo obliga a entrar. Siente como si estuviese manipulando a un niño, este hombre no sólo luce transparente, sino que parece verdaderamente no tener peso, estar compuesto por un material volátil. Algodón. Papel higiénico.
Gaspar se lo lleva al baño e intenta explicarle lentamente, pero se le van atorando las palabras. No quiere que nadie lo sepa, que nadie lo escuche. No quiere que lo ejecuten. Tapa las cámaras, desconecta los micrófonos. Queda fuera del radar.
Lo insta a leer las plataformas, a comprender, a votar por él. Los ojos del hombre pardo se abren enormes. Mientras escucha a Gaspar, calcula la pérdida que esta pausa opera sobre su jornada.
—10000 satoshis.
El hombre pardo sabe cuánto es eso. Casi 1 dólar. Seis meses de trabajo. Podría, incluso, comprarse unas ojotas nuevas.
Se sienta frente al dispositivo. No sabe cómo se usa, pero sabe seguir instrucciones.
De los ocho candidatos, sólo reconoce a uno. Antes era calvo y aquí luce una abundante cabellera rubia, como un felino enroscado sobre su cabeza, pero es evidente quién es. Bailaba mal, gesticulaba mucho, balbuceaba en un español dudoso.
Mientras escucha las otras plataformas, no puede sacarse de la cabeza el candidato de cabellera rubia. Sigue viéndolo bailotear y hablar sencillito como un vecino, pero con las «eses» convertidas en «cehaches».
Gaspar observa al hombre pardo con atención e impaciencia. Las medialunas ya fueron engullidas y al mediodía vuelve a pedir comida que no comparte ni ofrece. Las horas corren, el hombre pardo permanece silencioso y concentrado. Su atención está en la escucha, pero también en los 10000 satoshis, la peluca blonda, las ojotas y la multa por la bicicleta que no ha devuelto a tiempo.
Gaspar se corta las uñas de los pies, se pega una ducha, se hace una paja, tararea el último hit del pop haitiano de moda. A las 17,30 sale del baño con ropa limpia y medias sin agujeros.
—Ya podemos votar.
Sin una palabra, empuja al hombre pardo de la silla y se sienta en su lugar.
—¿Cuál?
El hombre pardo señala al candidato amarillo. No sabe si es el más confiable, sólo sabe que no puede sacarse su rostro de la cabeza, pues lo ha visto replicado en todas las pantallas y todas las estampas de la ciudad que pedalea a diario, que no pudo escuchar una palabra de lo que los demás proponían, por más articulados o carismáticos fueran ellos. Algo había clavado en su hipotálamo que lo inclinaba a optar sin opción.
Señala al candidato amarillo y Gaspar clickea sin pensar ni preguntar, ahora sí con un cierto orgullo, creyendo entender la fortuna de haber sido el elegido de la nación para el futuro de la patria que está allá afuera de su caverna digital.
Inmediatamente deja de mirar al hombre pardo. Le transfiere sus satoshis y se desentiende. Vuelve a su dispositivo, se coloca los auriculares, de espaldas a la puerta.
—Me llamo Leonardo.
—No me interesa.
Leonardo comprende y avanza hacia la puerta. Vuelve a ser un inmigrante ninja que opera por debajo de los párpados cerrados de sus jefes circunstanciales.
Sale al calor sofocante del domingo de octubre y no encuentra su bicicleta. La multa por perder una bicicleta es de 15000 satoshis y la cárcel.
Pero eso ya no importa. El candidato amarillo tiene su primera medida preparada y no la ha disimulado en su plataforma. De hecho, fue la segunda en enunciar: expulsión de todos los inmigrantes. Legales o ilegales, con hijos o sin hijos. Expulsión o muerte, efectivas a partir de las 19 horas del domingo 13 de octubre, apenas se lancen los globos de la alegría de su triunfo.
Flor Canosa nació en Buenos Aires, 1978. Es escritora, docente universitaria, guionista y montajista de cine. Dirige junto a Marcelo Acevedo y Juan Mattio la colección sobre la nueva ficción extraña, Arqueologías del futuro, editorial Indómita Luz.
Conversó con Trinchera en el marco del programa Plástico Cruel sobre cyberpunk, ciencia ficción, su novela La segunda lengua materna, y futuros proyectos.
¿Cómo llegas al cyberpunk y cómo convivís con el género?
Llegué al género antes de escribirlo, por lecturas de cuando era más chica. Lecturas que no podía meter dentro de ningún género en particular. Eran inquietudes, cosas que me gustaban y encontraba en la biblioteca familiar y que no sabía bien que onda con todo eso, pero en el fondo era lo que me gustaba leer y explorar, y más tarde descubrí que también era lo que me gustaba escribir. Fue una llegada bastante desprolija pero tiene ese encanto de los primeros amores de la infancia, de la educación sentimental literaria.
Siendo guionista, ¿Influye en tu literatura el cine, específicamente la ciencia ficción?
Si. La ciencia ficción es de mis géneros favoritos. Ahora no me voy a poner a hacer una lista de películas. Pero si me pusiera a pensar cuáles fueron las que más me marcaron seguro que están Blade Runner, ese tipo de películas que vi de chica y me volaron la cabeza. Todo Cronenberg. Creo que ahí está la semilla de todo. El cine es muy pregnante para muchos autores como Juan (Mattio), como Kike (Ferrari), como yo. No esquivamos las referencias cinematográficas. Por más que tengamos un costado intelectual no creemos que tener esas influencias sea en detrimento de ese costado, sino todo lo contrario, enriquece muchísimo nuestra escritura.
En los últimos años se está revisando la cuestión de separar la intelectualidad de ciertos consumos que, a priori, parecen más de descarte, o menores. Pueden influir, y uno los puede apropiar y seguir en el mismo camino mediante la literatura.
Por supuesto. Todos somos hijos de todo aquello que mamamos desde la cultura popular y desde la cultura más intelectual, y está buenísimo poder hacer un mash up de toda esa formación. Yo soy una gran defensora de las películas de superhéroes y de todo lo que muchos consideran cine basura. A mi me encanta. Y, por otro lado, también puedo mirar Tarkovsky, o puedo ir a la Lugones a ver cine culto. Soy un poco todo eso junto.
¿Sentís que en algún momento hubo un ninguneo a la literatura de ciencia ficción? ¿De pensarlas como literaturas iniciáticas? En las escuelas te daban Frankenstein, Ray Bradbury, para después pasar a la “literatura seria”, algo que también pasa con Horacio Quiroga. Me parece que todo este trabajo que ustedes están haciendo es paralelo a lo que está pasando con Lovecraft, con sus relecturas y reinterpretaciones. Reivindicar el género, y que está versión nueva sea mucho más política que la anterior.
Si, creo que sí. Tanto el laburo que hacemos con Arqueologías del futuro dialoga con el trabajo que están haciendo otras editoriales como Caja negra, sin ir más lejos, Vestigio, una editorial colombiana, o Dum Dum, boliviana. Hay muchas editoriales en el mundo que están buscando estos materiales de la nueva ciencia ficción, o del new weird, o del weird, que ya tienen la impronta de una generación que está muy atravesada tanto por las lecturas de este supuesto género menor, que vendría a ver la ciencia ficción, como de otros géneros, y con las realidades locales, políticas, de sus regiones o países. Me parece que estamos logrando hacer una síntesis interesante. y que hay muchas editoriales que están mapeando ese conglomerado de nuevas voces que ya tienen una búsqueda más profunda en relación a la ciencia ficción y que pueden utilizar este otrora género menor de una manera nueva y revalorizándolo.
Es verdad que la ciencia ficción siempre fue una literatura iniciática. Quizás porque está un poco mal vista la fantasía. Como si todo lo que es no-mimético fuera algo que no puede tener profundidad, que va navegando por la superficie de las ideas y que no tiene nada para contar. A mi me parece todo lo contrario. Justamente cuando más te alejas de la realidad es la mejor forma de poder contarla.
Verla desde afuera con un prisma distinto
Claro, una forma crítica donde no tenes necesidad de estar anclándote en tus experiencias personales o en experiencias comunitarias realistas para poder dar una mirada más abarcativa, crítica y política acerca de la realidad.
Siguiendo un poco la colección. ¿Cómo llegas vos? ¿Cómo es el trabajo de editora?
Yo me sumé a la colección cuando ya estábamos en las últimas instancias de mi libro. Queríamos separar un poco la autora de la editora. Ahí Juan y Marcelo (Acevedo), que son los otros dos editores, me convocaron porque sentían que hablábamos el mismo idioma, que teníamos las mismas inquietudes, y que siempre sumar gente a proyectos tan a pulmón es bastante crucial e interesante. Así que para mí fue un gran honor porque son dos personas a las que admiro muchísimo. Me llamaron a jugar con ellos y me pareció hermoso. Y también yo sentía que podía dar una mirada desde otro lado, incluso por una cuestión de género. Aportar algo desde mi ser femenino, mi ser mujer, desde el feminismo, y desde otras lecturas que puedo llegar a tener yo sobre la realidad. Es un poco una mezcla de todo, lo lúdico y lo ideológico.
Metiéndonos un poco en La segunda lengua materna ¿Cómo te aparece la historia?
Yo la empecé a escribir alrededor del 2016, cuando también estaba con otros textos. Soy muy poco lineal en ese sentido. Trabajo muchos textos a la vez y eso me va dando aire para no obsesionarme demasiado con ninguno e ir trabajando en capas.
La historia salió de una forma bastante rara. Había leído una nota en uno de estos medios irónicos, que levantan fakes, que dan noticias científicas que abiertamente son falopa, que no hay forma de que sean ciertas. Una teoría científica llamada telegonía, que es la posibilidad de tener un hijo con información genética de dos padres. Y es algo que en un solo embrión es imposible científicamente. Pero me pareció muy divertido empezar por ahí. Bueno, “divertido”. Quienes leyeron la novela saben que de divertido tiene poco. Pero me pareció que había algo ahí que podía explorar, y el tema de la maternidad nunca lo había explorado en mi literatura. Yo soy madre de un pibe de 15 años. Quiero creer que no soy esa madre de la novela. Mi hijo todavía no la leyó, y creo que se la voy a dar dentro de unos años con las debidas explicaciones y disculpas.
Después, a esa teoría de la telegonía se le fueron sumando un montón de cosas. Otra de las ideas que apareció al principio fue la de este músico obsesionado con Bach, que tiene esta forma extraña de hacer recitales. Y así fueron surgiendo ideas; la protagonista que es la inventora del implante y que hace una especie de test de Turing a la inversa. Se fueron sumando y me parecía interesante ir explorando distintas teorías científicas a lo largo de cada capítulo y que esas teorías se fueran entrelazando con la historia.
¿Cuándo te apareció el tono? ¿Estuvo desde el principio o lo fuiste encontrando a medida que escribías? La novela tiene una estructura no convencional, con muchas notas al pie que hacen que el lector no salga nunca del libro.
Hay varias instancias. El tono surgió casi instantáneamente. Fue una novela escrita bastante lineal, fuí capítulo tras capítulo, por más que después volvía y ajustaba. Y las notas al píe fue lo último que apareció, y fue un laburo en conjunto con Juan Mattio. Cuando terminamos de hacer una primera edición del libro nos dimos cuenta que habían quedado dos o tres notas al pie, y me parecía que no eran nada relevante. Le pregunté a Juan si le parecía que las volará y las incorporaba al texto, o bien llenara todo de notas al pie. Juan me dijo “no me podes preguntar eso a mí”. Quienes han leído Materiales para una pesadilla entenderán. Por supuesto que estuvo de acuerdo con llenar todo el texto de notas al pie y generar esta idea, que fue como el último descubrimiento y fue epifánico. Porque claro, si ella es una mujer con implante, y ese implante le trae información constante a la cabeza, porque no hacer eso mismo con el libro. Porque no tener todos esos hipervínculos en el mismo libro, y que la lectura se vaya interrumpiendo con estas notas al pie, que sería más o menos lo que uno haría cuando hay una información que no conoce, salir a buscarla. En este caso es muy acertado lo que vos decís que no hay que hacer eso, sino que está todo ahí, que es como buscar en wikipedia pero en el mismo libro.
Al mismo tiempo genera una incomodidad, porque es una sensación de lectura interrumpida. De que en el fondo no está fluyendo porque todo el tiempo nos encontramos con el obstáculo de recurrir a ese pie de página por más que sea sobre conceptos o palabras que conocemos, es casi imposible no buscarlas abajo. Nos resultó divertido, de esta manera nos divertimos los ñoños.
Aparte fuiste a preguntarle a Juan, sabiendo que te iba a decir que sí.
Si, medio tramposo de mi parte. Antes de que empezáramos a laburar en mi libro yo leí por casualidad Materiales para una pesadilla. Todavía no estábamos tan cerca con Juan. Cuando lo terminó de leer le escribo y le digo “che, salvando las distancias temáticas abismales entre nuestros libros, hay una cuestión de diálogo”. La cuestión de lo alemán, lo cyberpunk, las realidades virtuales. Sentí que había algo que los hermanaba a los libros. Por más que el de Juan sea una cosa sobrenatural.
Es una novela que habla sobre la tecnología, la maternidad. Tiene mucho que ver el lenguaje en esta tensión constante entre lo que es humano y lo que es tecnológico. Cómo nace ese híbrido. En tu manera de abarcar al género, ¿Cómo no caer en ficciones donde el tópico es que la tecnología es mala e inevitablemente lleva a una catástrofe?
Yo no sé si lo que escribo en mis textos refleja al 100% cuál es mi pensamiento con respecto a la tecnología. Lo que requiere la narración, la historia, o la personalidad de los personajes es bastante distinto a lo que pienso como persona. De todas formas, soy tecnófila, me encanta la tecnología. Al mismo tiempo también le tengo miedo. Hay una reflexión sobre las IA que me resulta aterradora.
Pienso que tenemos que apoyarnos en la tecnología para avanzar y alcanzar muchas cosas a nivel médico, educativo. Somos seres tecnológicos, estamos llenos de tecnología en el cuerpo. Desde hacernos un trasplante o reemplazarnos una muela. Pero me aterra de una forma que todavía no concibo racionalizar.
Mis dos novelas más de ciencia ficción, La segunda lengua materna y Pulpa, tratan justamente del problema del hombre y su uso de la tecnología. De todas formas, el que crea la IA es el humano. Ahí es donde tenemos que poner el ojo. ¿Para qué se usa la tecnología? ¿Hasta dónde dejamos que avance? Siendo algo que no puede avanzar por sí mismo, que necesita de nuestras directivas.
La ciencia no tiene moral, pero ¿Qué pasa con la moralidad de Hana?
Su falta de moralidad. O, digamos, la adaptabilidad de la moral, porque la podemos adaptar muy fácilmente a lo que nos parece que necesitamos. Es ahí en donde se juega esta cuestión de qué es la moral y hasta dónde podemos afectar al resto. Hana empieza de una forma muy humana y ahí es donde están sus mayores defectos. Cuando la tecnología atraviesan a la humanidad y nos da esas herramientas, agarrate. Es eso, difundir un video privado pero a la décima potencia.
En la entrevista con Juan Mattio hablamos de Osobuco de Ever Roman, con ese ensayo que compara el cyberpunk con el melodrama rosa. Vos desglosas tu novela y te queda un triángulo amoroso. Y la decisión que toma el personaje es meterse con la materialización del triángulo, su hijo, al que le roba el lenguaje para estar siempre presente, la omnipotencia tecnológica.
Si, me parecía que entre todos los lugares en donde estaba investigando que uno pudiera colocar un implante y qué es lo que podía afectar el implante, ahí surgió el tema del implante y era perfecto. Era convertir al pibe en una especie de cajita cerrada donde nada entra y nada sale. Una persona que está atrapada un no-lugar con su madre. Es una pesadilla. Tener a tu vieja adentro es uno de los peores temores de la humanidad.
La novela habla más que nada sobre vínculos. El cyberpunk tiene mucho de eso, es lo que dice Ever. Se le puede despojar de sus atributos tecnológicos y lo que queda es una historia de vínculos.
En la novela hay muchas segundas lenguas maternas, ¿Cuál es para vos?
A mi lo que me pareció interesante de la segunda lengua materna es que es un oxímoron, no es posible. Lengua materna tenemos una sola. Entonces la invasión de la madre dentro del lenguaje del hijo es la segunda lengua materna. El hijo no puede hablar ni la primera. Entonces la segunda lengua sería el monstruo, Hana contaminando el lenguaje.
¿Esperabas el recorrido que está teniendo? Finalista de la Semana Negra de Girón.
No, para nada. Es una novela que me aterrorizaba cuando estaba por salir. Cuando Juan y Marcelo eligieron publicarla y la empezamos a laburar, relaje, no debe estar tan mal. Si estos dos la quieren laburar de esta manera y opinan estas cosas, evidentemente era yo la que tenía una visión distorsionada. Le tenía miedo porque es una novela compleja, porque es muy científica, porque se alejaba un poco de lo que había publicado antes. Y lo del finalista al premio Celsius es una sensación muy emocionante, muy lindo. Aparte soy la única mujer y latinoamericana que está nominada este año, los otros tres finalistas son hombres españoles, así que es un montón. Y me confirmaron hace unos días que la van a publicar en España.
Que te publiquen allá es un gran impulso para vos, pero también para la colección, para Indomita. Es un gran acierto esta novela.
Si, la verdad que sí. Esperamos que el resto de los títulos también puedan tener ese camino. Estamos haciendo alianzas con otras editoriales en latinoamérica, porque la idea es que todos los libros de la colección arqueológicas puedan tener un camino similar a este o mayor, porque estamos publicando realmente lo que nos gusta leer y lo que creemos que todo el mundo tiene que leer.
¿Qué se viene?
Hay unos proyectos en carpeta. Hay otra novela más splatterpunk que está en un par de editoriales en España para ver si sale. Y tengo alguna novelita pulp, cortita, que está en manos de un editor. Y después una novela más larga que está en camino, que va más para el terror.
¿Cómo te llevas con los géneros?
Me gusta manejarme por muchos. Ahora estoy más volcada para el lado de la ciencia ficción y el new weird, que es como abarcativo de todos los géneros que a mi me gustan porque justamente en el cruce y la hibridez y la posibilidad de combinar géneros es donde siento que navego mejor. Después, en cuanto al cine, está a punto de filmarse mi primera novela (Lolas), una novela más pop, una comedia romántica, publicada en El cuervo, una editorial boliviana.
¿Estás trabajando como guionista ahí? ¿Cómo es trabajar sobre tu propia novela para llevarla al cine?
Lolas originalmente iba a ser un guión que nunca empecé a escribir, decidí directamente hacerla novela. A priori, yo no hubiese querido adaptarla yo porque no tenía la distancia suficiente, pero desde que la escribí hasta ahora pasaron más de 10 años, así que ya me sentí con distancia suficiente para hacer la adaptación, entonces el guión lo hice yo.
¿Cómo es reencontrarte con un texto tuyo de hace 10 años y tener que reescribirlo?
En este caso fue difícil porque Lolas es una novela que no tiene un solo diálogo. Me tendí una trampa, más boluda no podía ser. Me costó mucho adaptarlo en ese sentido, porque tuve que armar todo los diálogos desde cero y volcar a la acción muchos pensamientos de la protagonista. Pero en estos diez años no solo aprendí mucho como narradora, sino como guionista y como adaptadora por otros trabajos que tuve, así que me lo tomé como un desafío y el resultado me gustó muchísimo.
En el siguiente link podrán escuchar la entrevista completa y en nuestro canal de YouTube, Trinchera tv, encontrarán todo nuestro contenido.
Juan Machado
Nació en Carhué, provincia de Buenos aires, en 1992. Actualmente reside en La Plata. Escritor, también se desempeña como conductor de radio. Dicta talleres y encuentros literarios. Publicó el libro de cuentos, microrelatos y poesías, No hay que jugar en la casa vieja y otros relatos (2020) Pájaros Punk (Malisia 2022)
Nació en Mar del Plata, en 1997. Actualmente reside en La Plata. Estudia la licenciatura y el profesorado en Música Popular en la UNLP. Conductor del programa de radio Plástico Cruel.
El Orador de la Revolución de Mayo se está muriendo de un cáncer en su lengua. No le importa, hasta el final insistirá con denunciar a los traidores y explicar la verdadera utopía revolucionaria
¿No intentamos en la columna pasada pensar en la resistencia, significándola desde los lugares donde se aloja?
Acá volvemos a merodearla porque inevitablemente aparece, aunque desde otra perspectiva, cruda, inconfortable: la resistencia en estado de confusión (como los primeros momentos de conciencia luego de un desmayo), y en este caso estremecida de derrota…
Esta es otra forma de recorrerla. Y no. Y este es otro universo literario. Y no.
¿Qué revolución compensará la pena de los hombres? le hace decir Andrés Rivera a “su Castelli”, protagonista de la novela histórica La Revolución es un Sueño Eterno
Andrés Rivera (1928-2016) extiende su brazo literario y elige con exquisita sagacidad contarlo a Castelli. No a Belgrano, no a Moreno, a Castelli…
Juan José Castelli ¿uno de los representante de la Primera Junta? Sí ¿El gran orador de la Revolución de Mayo? También, pero fue mucho más que eso. Junto a su primo y amigo Belgrano y junto a Mariano Moreno integró el grupo más radical y osado de los rebeldes criollos de principio del siglo XIX. Entendió como nadie la dimensión del fenómeno político del que participaba y por eso se negó a hablar de revolución si no incluía a los pueblos originarios, al pobrerío, a lxs analfabetos.
Pero en La Revolución es un Sueño Eterno es 1812 y los hechos de Mayo transmutaron en algo amorfo. Castelli, está confinado en su casa y es ahora apenas un hombre solo, con el cuerpo enfermo y el espíritu vencido. Una herida de cigarro mal curada en su lengua progresa rápidamente a un cáncer letal. Con las pocas fuerzas que le quedan escribe en un cuaderno de tapas rojas sus pensamientos y recuerdos. Ya no es tiempo de jugarse la vida echando godos de la fronteras ni de sus vibrantes discursos en pos del sueño de emancipación libertad y justicia, y el porqué no fue posible ese sueño se convertirá en la obsesión de sus últimos días: “¿acaso hay alguna revolución que pueda compensar la pena de los hombres o se trata, simplemente, de un sueño imposible?” reflexiona en su cuaderno.
Se pudre su lengua y se pudre el discurso revolucionario como una paradoja brutal; acá no habla un héroe, habla un hombre político derrotado. La facción moderada de la Primera Junta se quedó con todo. El poder se traspola del imperialismo europeo a la incipiente burguesía criolla más o menos con la misma estructura.
Esta pequeña y explosiva novela gana el premio nacional de literatura en 1992. Es justo. Rivera encuentra el tono exacto deambulando entre lo poético y lo político y lo usa para escribir un relato históricamente creíble e ideológicamente formativo: se iluminan a través del monólogo de Castelli las zonas más difusas de aquella época que intentó parirnos como nación, en el acostumbrado cruce entre ficción y realidad que se espera de una novela histórica, el autor va desenmascarando lo que ocultaron los discursos históricos dominantes, aún los más progresistas.
¿Qué es la Patria? ¿Quiénes somos la Patria? ¿Qué es ser un patriota y qué pasa cuando los más comprometidos pierden y les arrebatan material y discursivamente la revolución soñada? Todas las respuestas aparecen fácilmente gracias a esta joya literaria de Rivera.
“Juré que la revolución no sería un té servido a las 5 de la tarde”, escribe Castelli. Vencido pero porfiado, moribundo pero aún encendido, se quedó sin lengua pero usará su último cachito de vida para insistir explicando la utopía. Nada, absolutamente nada de lo que hallamos en esta novela es mera coincidencia con el presente.
Amanda Corradini
Mujer de trincheras: Reparte su vida entre la trinchera de la Escuela Pública, la de su biblioteca y la que guarda algunas banderas que gusta agitar. Todo regado de mate dulce, Charly García y un vergonzoso apego por el humor infantil.
Tres novelas. Una autora, una novedad y una invitación: quienes no la conozcan, los invitamos a leer a Paula Tomassoni.
Paula Tomassoni mata gente. Todos sus libros comienzan con un muerto, el sacrificio necesario para habilitar la escritura. En pocas otras ocasiones me escucharan defender con tanto fervor que el fin justifica los medios. Para cuando lean estas líneas, su última novela ya estará disponible. Se titula Enlutada.
Pero empecemos por el principio.
Su primera novela es Leche Merengada yla publicó EME en 2016. Es una historia increíble, construida en distintos niveles. En la superficie, la dinámica hilarante de una familia retorcida, llena de prejuicios, reclamos y rencores de clase, va hilando el fin de año de Marina, su protagonista. Ella es una madre recién divorciada, maestra jardinera y recipiente viviente de las expectativas y decepciones de su madre y sus tías, matriarcas de una familia de padres muertos. Por debajo de este juego de tensiones que no parecería fuera de lugar en Esperando la carroza, la novela se vuelve densa de a poco. Presenta, por goteo, las formas oscuras de una clase y un país que se han conformado con la complicidad y la negación. Tiene, para terminar de enganchar, uno de los comienzos más geniales de los que tengo memoria, tenso y absurdo a la vez.
Después vino Indeleble, en 2019, también por EME. Oliendo la crisis, un hombre se mata y deja que caiga sobre su esposa la carga de todas sus deudas. Ella, ama de casa eterna, contenta con su departamentito, sus quince días en Santa Teresita y su familia de dos, queda completamente desamparada. A partir de ahora va a tener que, por su cuenta, encontrarse a las trompadas con el feminismo, con la necesidad de trabajar y con la posibilidad, hasta ahora acallada, de desear otra cosa. Paula hace un trabajo magistral en caminar con destreza la línea entre condenar y rescatar a su protagonista, que nunca sabremos a ciencia cierta si es una boluda con mala suerte o algo más complejo, más profundo y más humano. Indeleble tiene dos líneas de narración que corren hacia un mismo horizonte. Los supuestos años dorados, por un lado, y la viudez, por el otro. Al final del camino, diciembre de 2001.
Y así llegamos a Enlutada, recién salida de imprenta este abril de 2023 y editada por Corregidor. Se hizo esperar. Enlutada es la historia de Valentin, un tipo joven, con amigos, con laburo, pareja, una madre muerta hace tiempo y un padre que acaba de finar. Ellos casi no tenían relación, casi no se veían y solo compartían recuerdos lejanos, de un cariño difuso. Pero hay herencia. Una carpeta con papeles, dos cajas de cd’s, una computadora y un auto nuevo que Valentín choca el mismo día que va a buscar. Ahora, roto, obligado a la inmovilidad, súbitamente solo y cerrado sobre sí mismo, él tendrá tiempo de sobra para zambullirse en la computadora que fue de su padre, para rastrear ahí los restos que ha dejado. Tarde, conocer quién fue, qué hacía y quién pudo haber sido. Como La ventana indiscreta, de Hitchcock, pero para adentro: mucho más tremenda.
Juan Fernández Marauda
Nació en Lanús, en 1988, pero creció en el Valle Inferior del Río Chubut. Trabaja en el cruce entre salud mental y escritura en un hospital de día. Es escritor, editor, librero y coordina el taller de escritura PULP! en la ciudad de La Plata. El puente de las brujas, su primera novela, fue publicada por EME en 2020 y Esplín Tropical (México) en 2022.
Relato de Ana Casale, participante de la convocatoria de cuentos “Hebe Uhart”.
Marzo de 1981. Hace un año que estamos en tratativas para irnos al sur. Mi compañero y yo buscamos una escuela rural donde poder vivir con nuestros tres hijos y trabajar juntos. Suena el teléfono en casa de mi mamá, llaman del Ministerio de Educación de Neuquén. Hay una escuelita rural con vivienda y dos cargos, dice la voz, “¿cuándo podrían presentarse?”
– ¿El próximo lunes estaría bien?
– No, es urgente.
– Bueno entonces dígame usted.
– Mañana por la mañana tienen los pasajes de Lade, los esperamos.
Son las tres de la tarde.Desenredo algunas de todas las ideas que se amontonan, más las emociones. Un lío.
Mi mamá es la primera en recibir la noticia junto con mis hijos que juegan y corren alrededor. Es mucho: viajar en avión por primera vez, cambiar de casa, de provincia, dejar a las abuelas. Llamo a mi compañero y le cuento.
Vivimos en una casa alquilada por un pariente. Esa es buena porque no hay contrato ni nada. Alguien nos ofrece un galpón para guardar los muebles. En un par de horas habrá que deshacer todo y ver que nos llevamos.Un bolsito para cada uno.
Me despido de los que tengo a mano. Corro hasta la casa de mi abuela para saludarla pero no está. Le dejo como recado a mi mamá el despedirnos de todos.
Corremos. Hay que hacer todo rápido y parece que el cerebro se embota.
Estamos en el aeropuerto. Seguro que algo nos hemos olvidado. Me pesan los abrazos que no pude dar. Me emociona lo que viene. Inventamos dos horas de juegos, veinte veo-veo, otros tantos pan y queso, juegos de manos, canciones.
Subimos al avión: un Fokker vaya saber qué más. Tiene algo de colectivo 60. No hay turistas. Toda gente que trabaja o se muda. Se siente el esfuerzo del avión para elevarse. Buenos Aires se convierte en una maqueta, cuadrados de verdes, piso de nubes.
Los chicos se quedan dormidos de tanta emoción.
Reacomodados como podemos, bajamos del avión. Nos recibe una ciudad pequeña rodeada de bardas. En una oficina recibimos un mapa y después de estudiarlo un rato vamos hacia el ministerio.
Alguien nos dice que esperemos. Los chicos comen galletitas y toman jugo. Otra tanda de juegos hasta que nos atiendan.
Una puerta se abre y un hombre detrás le dice pase a mi compañero. A nosotros no. Sorprendentemente corta la entrevista. Salen los dos. Nuestros cargos ya habían sido tomados. Esto es así dijo el hombre, el que llega primero se lo lleva, ustedes llegaron más tarde. El valor de la palabra no se cotiza en bolsa. Tengo una escuela en Buta Ranquil, si les interesa hay vacantes y es rural como lo que buscan.
Dormimos en la casa de unos amigos de un primo, una de esas cadenas que se van armando con la gente que tiene corazón. Hay asado, cuentos, más niños en un patio grande, se arma una guitarreada y el lugar se convierte en una fiesta de bienvenida por un rato.
Al otro día alguien nos acerca a la estación de micros. En el centro de Neuquén. ya somos una maraña de camperas, bolsos, libros, mate y juguetes. Subimos con la esperanza un tanto maltrecha, pero hay que levantar el ánimo.
Ruta interminable, árboles, plantas secas que no sé qué son. La miopía me hace ver un borrón de verde-arena, sólo distingo los álamos alargaditos, pero tengo la sensación de que por acá no pasa la lluvia desde hace meses. Jugamos a ver quien ve un auto rojo, justo pasa un camión con la cabina roja ¿vale? si, vale. Ahora uno amarillo. y ese se demora en pasar. El traqueteo del micro nos duerme a todos.
Abro un ojo. Hay sol afuera, los árboles desaparecieron. Ambos lados de la ruta se parecen. Siguen solo los manchones verdes en la desolación. Los tengo a ellos. Siento ternura infinita. Solo espero que lo que venga sea mejor.
Chos- Malal es un sueño: montaña, río corriendo entre las piedras, un cielo abierto, casas bajitas. Jugamos a orillas del río, buscamos piedras. En el hotel del Automovil Club nos dicen que para llegar a Buta Ranquil hay que esperar a que alguien pase.
Ese alguien será una camioneta, porque sino no podríamos entrar los cinco.
Tres días más tarde llegamos a Buta Ranquil. Nada es lo que esperamos. El director de la escuela no espera maestros con hijos. Nosotros no esperamos encontrarnos con un lugar tan hostil. De ninguna manera, dice varias veces. No hay donde vivir. La idea de trabajar y criar se diluye en un segundo. Una mujer nos presta la casa que está construyendo. Una noche, dos noches. Calles como venas de arena entre las pocas casas aisladas, acequias que acompañan con el rugido del viento.
Los chicos encuentran piedras para jugar. Yo tengo piedras en mi garganta. Volver se hace tan duro como quedarse.
Ana Casale
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