Flor Canosa nació en Buenos Aires, 1978. Es escritora. Docente universitaria, guinista y montajista de cine. Es parte de la dirección de la colección Arqueologías del futuro, sobre la nueva ficción extraña en Latinoamérica, donde publico su ultima novela “La segunda lengua materna”.
La luz intermitente de la pantalla proyecta sobre el rostro de Gaspar sombras de caverna platónica.
Transpirando sal de papas fritas de paquete, tiene un agujero en la media a la altura del dedo gordo y a través de ese orificio se asoma una uña puntiaguda y amarronada. Un detalle en macro que conforma la geografía inhóspita de un cuerpo horadado por la indiferencia. Hace meses que se confinó voluntariamente. Ninguna cosa del mundo social lo interpela. Todo lo que necesita le llega a través de alguna de los millones de apps que se disputan las fauces de los consumidores. Apps que se destruyen a sí mismas en el circo romano del capitalismo 4.0.
Un hombre pardo le deja el alimento a orillas de sus pies de criatura, y recibe apenas un satoshi de bitcoin. Se necesitan cuatro satoshis para comprar 250cc de agua potable. El hombre pardo hará ocho entregas en bicicleta bajo el incandescente sol de octubre para no deshidratarse. Quizás esta vez no le roben su vehículo en la favela de Recoleta. Con doce entregas más, podrá comprar medio paquete de arroz. Tal vez esta noche, si sobrevive, pueda cenar. Si no, hará lo mismo que el resto de los inmigrantes hacen algún día más próximo o más lejano: robar el último pedido y atravesar el desierto del antiguo Río de la Plata a pie para buscar asilo en la ciudad sagrada de Montevideo, en los Estados Unidos de Uruguay.
Todo lo que ve Gaspar, de espaldas a la puerta, de espaldas a la realidad de las calles, es la sombra proyectada sobre el monitor. La sombra engrandecida o achicada por la ilusión óptica de la vida en espejo invertido sobre la tela.
Como su abuelo hizo zapping, como su padre scrolleó intermitente e interminablemente por la cartulina de Netflix, siempre buscando el vellocino de oro, esa práctica ancestral estampada en el ADN de los hombres. Sólo que Gaspar perfeccionó la técnica, y por ello quedó encargado de aniquilar el apellido. Su esperma fue rechazada por siete laboratorios por azoospermia.
Gaspar conoce todo lo que sucede en el mundo. Presenció en tiempo real las doce horas que duró el hundimiento de Japón. Se emocionó ante la magnificencia del amurallamiento de América del Norte, apostó guita a que Canadá sería la vencedora en la guerra de la conquista de la línea del ecuador y así fue. Pero Argentina no es parte de su mundo, no está dentro de su historial de navegación, como si un agujero cuántico lo llevase de su silla a otro país. No le importa nada de lo que sucede en el radio que comprende la región en donde vive. Ni un poco.
Por eso, y porque el azar tiene un sentido del humor perverso, Gaspar se rasca la cabeza apenas recibe la notificación.
«Estimado ciudadano Gaspar Mangguera, nos dirigimos a usted con el fin de notificarle que ha sido seleccionado, mediante sorteo, como “Ciudadano Cero”. Seguramente ya está interiorizado de sus deberes y obligaciones frente a tamaña responsabilidad, pero en caso de desconocerlas, se las enumeramos brevemente:
- Deberá permanecer dentro de su domicilio el día domingo 13 de octubre, de 8 a 18 horas.
- Recibirá, a primera hora, la plataforma electoral de todos los candidatos al cargo de presidente supremo de la nación argentina. La plataforma está elaborada con palabras y conceptos sencillos, adaptados a su coeficiente intelectual. De todas formas, la oficina de justicia tendrá a su disposición un operador online para asesorarlo en términos que le resulten desconocidos o confusos.
- La plataforma electoral será interactiva y está diseñada para que pueda presenciarla a través de su dispositivo de realidad aumentada.
- A las 17,30 tendrá que estar en condiciones de emitir su voto electrónico.
- Siendo usted el “Ciudadano Cero”, su voto es quien determina el cargo de presidente supremo de la república, en representación de 45 millones de conciudadanos.
- Su responsabilidad es intransferible e innegociable. En caso de no cumplir con los plazos acordados, será ordenada su ejecución inmediata en el término de 12 horas a contar desde las 18 del día domingo.
Lo felicitamos por su fortuna al haber sido seleccionado entre todos los habitantes de este suelo otrora fértil que nos aloja. El futuro de nuestra nación ha quedado en sus manos. Esperamos que pueda honrar el honor que le ha sido otorgado.
Sin más, lo saluda atentamente, oficina de justicia (ex secretaría de justicia, ex ministerio de justicia)»
Gaspar googlea la palabra «otrora», la palabra «conciudadanos», luego, «plataforma electoral», «Ciudadano Cero» y «presidente supremo». En ese orden. No está seguro de terminar de comprender cuál es su función, repasando una y otra vez los 6 puntos del mensaje.
Mientras orina sentado, Gaspar piensa que no se siente honrado ni afortunado. No le gusta que lo obliguen a quedarse en su casa, aun a sabiendas de los meses que lleva sin salir. No le gusta que lo obliguen a mirar plataformas indeseadas. Pero tampoco se siente muy cómodo con la idea de ser ejecutado.
Le cuesta masturbarse. Su mente se dispersa sin poder atrapar la idea clave. Pucherea como un niño obligado a ordenar su caos.
En dos días será el artífice de la demostración más acabada de democracia participativa moderna. Habiendo fracasado, a mediados del siglo XXI, la democracia tradicional, con el voto electrónico hackeado hasta los límites más remotos del verosímil, ahora sobre su responsabilidad cívica recaerían los próximos dos años de gobierno. Luego, la ruleta volvería a girar y el próximo incauto se haría cargo.
El domingo 13 de octubre, a las 8 de la mañana, se sienta frente a su dispositivo. Apenas si ha podido pegar un ojo. El antojo de submarino con seis medialunas se vuelve una cuestión de estado. Irónicamente.
Gaspar pide auxilio a través de la app. La alerta cae en los flacos brazos del hombre pardo. Esta vez serán dos satoshis de bitcoin, por ser domingo a la mañana.
Suena el ding dong, Gaspar abre. El hombre pardo no necesita hablar, sólo extender la bolsa de papel madera y seguir pedaleando, con el calor de octubre desnucándole los sueños. Pero esta vez Gaspar lo mira. No toma la bolsa con la desesperación del glotón caprichoso. No cierra la puerta con la indiferencia del esclavista. Lo mira.
El hombre pardo no conoce bien aquello de ser mirado. Se mueve en el terreno de lo fantasmagórico, siempre transparente y silencioso. O bien «un dron biológico», como lo describió el diario Clarín hace unos años. Apenas una máquina expendedora de caprichos, deshumanizado y con menos valor que la bicicleta del gobierno que pide prestada por postas.
—10 satoshis si te quedás conmigo hasta las 18.
El hombre pardo niega con la cabeza. Él no hace felaciones ni se deja coger ni coge por criptomonedas. La mayoría de los inmigrantes mueren por eso. Mueren rápido y mal. Se les pudren las partes. Y mueren solos, porque ya ningún hospital atiende extranjeros. Hace años.
—¿Sabés leer?
El hombre pardo asiente con la cabeza. Sabe leer y sabe muchas cosas más. Nadie se lo preguntó, pero allá en su país fue bioquímico. Hasta que los laboratorios fueron comprados por Disney y él tuvo que emigrar.
Gaspar lo toma de un brazo y lo obliga a entrar. Siente como si estuviese manipulando a un niño, este hombre no sólo luce transparente, sino que parece verdaderamente no tener peso, estar compuesto por un material volátil. Algodón. Papel higiénico.
Gaspar se lo lleva al baño e intenta explicarle lentamente, pero se le van atorando las palabras. No quiere que nadie lo sepa, que nadie lo escuche. No quiere que lo ejecuten. Tapa las cámaras, desconecta los micrófonos. Queda fuera del radar.
Lo insta a leer las plataformas, a comprender, a votar por él. Los ojos del hombre pardo se abren enormes. Mientras escucha a Gaspar, calcula la pérdida que esta pausa opera sobre su jornada.
—10000 satoshis.
El hombre pardo sabe cuánto es eso. Casi 1 dólar. Seis meses de trabajo. Podría, incluso, comprarse unas ojotas nuevas.
Se sienta frente al dispositivo. No sabe cómo se usa, pero sabe seguir instrucciones.
De los ocho candidatos, sólo reconoce a uno. Antes era calvo y aquí luce una abundante cabellera rubia, como un felino enroscado sobre su cabeza, pero es evidente quién es. Bailaba mal, gesticulaba mucho, balbuceaba en un español dudoso.
Mientras escucha las otras plataformas, no puede sacarse de la cabeza el candidato de cabellera rubia. Sigue viéndolo bailotear y hablar sencillito como un vecino, pero con las «eses» convertidas en «cehaches».
Gaspar observa al hombre pardo con atención e impaciencia. Las medialunas ya fueron engullidas y al mediodía vuelve a pedir comida que no comparte ni ofrece. Las horas corren, el hombre pardo permanece silencioso y concentrado. Su atención está en la escucha, pero también en los 10000 satoshis, la peluca blonda, las ojotas y la multa por la bicicleta que no ha devuelto a tiempo.
Gaspar se corta las uñas de los pies, se pega una ducha, se hace una paja, tararea el último hit del pop haitiano de moda. A las 17,30 sale del baño con ropa limpia y medias sin agujeros.
—Ya podemos votar.
Sin una palabra, empuja al hombre pardo de la silla y se sienta en su lugar.
—¿Cuál?
El hombre pardo señala al candidato amarillo. No sabe si es el más confiable, sólo sabe que no puede sacarse su rostro de la cabeza, pues lo ha visto replicado en todas las pantallas y todas las estampas de la ciudad que pedalea a diario, que no pudo escuchar una palabra de lo que los demás proponían, por más articulados o carismáticos fueran ellos. Algo había clavado en su hipotálamo que lo inclinaba a optar sin opción.
Señala al candidato amarillo y Gaspar clickea sin pensar ni preguntar, ahora sí con un cierto orgullo, creyendo entender la fortuna de haber sido el elegido de la nación para el futuro de la patria que está allá afuera de su caverna digital.
Inmediatamente deja de mirar al hombre pardo. Le transfiere sus satoshis y se desentiende. Vuelve a su dispositivo, se coloca los auriculares, de espaldas a la puerta.
—Me llamo Leonardo.
—No me interesa.
Leonardo comprende y avanza hacia la puerta. Vuelve a ser un inmigrante ninja que opera por debajo de los párpados cerrados de sus jefes circunstanciales.
Sale al calor sofocante del domingo de octubre y no encuentra su bicicleta. La multa por perder una bicicleta es de 15000 satoshis y la cárcel.
Pero eso ya no importa. El candidato amarillo tiene su primera medida preparada y no la ha disimulado en su plataforma. De hecho, fue la segunda en enunciar: expulsión de todos los inmigrantes. Legales o ilegales, con hijos o sin hijos. Expulsión o muerte, efectivas a partir de las 19 horas del domingo 13 de octubre, apenas se lancen los globos de la alegría de su triunfo.
Flor Canosa

