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Los gestos de un pez negro, las intenciones humanas. La relación de un padre con su hija, de un hijo con su madre. La ternura sujeta al grito más fino y ensordecedor. Amanda Corradini nos pasea por una galería de tragedias íntimas.

Un ser vivo tan chiquito no debería tener ojos tan grandes, tan salidos de su cara, porque lo vuelven más monstruoso que tierno. Encima siempre sentí que me miraba a través del vidrio, que se me quedaba viendo, que se movía por el perímetro interno de la pecera siguiendo mis movimientos. No me enternecía en absoluto el asunto.

Entre el olor a alimento balanceado y el puto pez negro mirándome terminaba descompuesto todas las veces. El único pez negro entre una docena de otros naranjas y amarillos en la tienda de alimentos para mascotas a la que íbamos a comprarle alimento a Gretel. Detestaba ir pero no me quedaba otra, la perra fue el único gesto de desprendimiento de mi ex mujer cuando nos separamos y mi hija la adoraba, quizás por eso no me animé a entregarla a una perrera.

Nadina apoyaba su frente en el vidrio engrasado de la pecera y golpeaba con el dedo. Sabía lo que venía después porque cada sábado pasábamos por lo mismo, giraba y me mostraba su dudoso gesto de ruego pidiéndome un pez de mascota. Discutíamos: “Ya tenemos a Gretel”. “Pero es una perra, no tenemos peces de mascota”. “Es complicado tener un pez, necesitaríamos una pecera y un lugar grande donde ponerla”. “Dale, pá, el naranjita, el naranjita”. “Basta Nadina, no”.

Posiblemente fue mientras el bicho negro y yo volvíamos a mirarnos como gánsteres vidrio por medio que escuché la voz aflautada de mi vieja asegurando que los peces traían desgracia. Ese mismo día un insulso pez naranja bautizado Mandarina se integró a la lista de mascotas de mi hija en mi diminuto departamento. No le dejé traer el negro porque no estaba dispuesto a bancarme esos ojos horribles vigilándome en mi casa.

Mi vieja tenía decenas de creencias pelotudas de ese tipo que además comentaba con la saludable impunidad de una infeliz. Todo lo que era, era así; incluso lo que hacía en casa, nada especial, nada notable o al menos eficiente. No hubo forma de sentir dependencia y mucho menos amor por la mujer que arrastraba sus pantuflas por la casa con un ruido largo, llevando ese cuerpo que siempre me hizo pensar en una caja de cartón mal armada. Que fuera mi madre no era más que una contingencia. Lo aprendí a pensar así desde que era pendejo.

 Aunque no identifiqué lo que sentía como desprecio hasta que fui adolescente, quizás porque ese rechazo vital fue descascarándose de a poco hasta revelar otra cosa. Entendí en algún momento…entendí claramente por qué el viejo se había rajado de casa y me llené de más vergüenza aún por eso, en años de terapia no pude deshacerme de la vergüenza por papá, como si yo hubiese sido el responsable de darle una mujer tan precaria. De noche en mi cama, cuando ya había entendido que no iba a volver nunca, traía a mi mente una y otra vez las horas de la cena, cuando yo no tendría más de 6 o 7 años, recordaba los ojos de papá sobre nosotros dos e imaginaba su asco, su esfuerzo cada vez más debilitado por no saltar por la ventana mientras escuchaba a su mujer gritarle al canario desde la mesa con esa voz finita y veía a su hijo escupir los ravioles sistemáticamente crudos en el plato. 

Era una mugre invisible, como la culpa, así de vigorosamente pegajosa era la vergüenza. Pero en cuanto pude expresar mi desprecio sin miramientos, decirle lo poco que era, lo poco que había sido para mí, para papá, culparla de su abandono, me limpié de esa mierda. Enrostrarle a los gritos su mediocridad me elevaba y me distinguía de ella, me hacía sentir cerca de mi viejo, aunque no hubiese vuelto a verlo.

Necesitaba arrancarle esa comodidad que le daba la ignorancia. Me desesperaba que no entendiera hasta qué punto su imbecilidad me había privado de un padre, que no dimensionara el hombre que había dejado ir cuando tendría que haber besado el suelo donde pisaba por haberle hecho el favor de ser su marido por unos pocos años. 

Total, para cuando me permití decirle todo ya no la necesitaba para nada, tenía un buen trabajo y estaba listo para irme a vivir solo. Me juré que yo iba a hacer otra historia, mi mujer no me iba a dar vergüenza, mis hijos no iban a tener vergüenza de su madre.

Y no me arrepentí de Valeria ni siquiera cuando me dejó, y eso que siempre tuve claro que se iba a ir con otro sin la mínima piedad si eso elevaba el tope de su vanidad. Una mierda me importó. Aún como ex, Valeria seguía siendo todo lo que no había sido mi vieja. Su frialdad venía de cierta altivez, de saberse inteligente, elegante, eficiente, no de ser una idiota que andaba corriendo detrás de las cosas sin entenderlas, un conjuro aliviador ante la posible maldición de que algo de mi madre se impregnara en mi vida o en mi descendencia. Nadina finalmente era producto de buena estirpe: Valeria y yo, y yo era sólo mi padre.

Se sorprendió la directora cuando le dije que iba a ir al acto de fin de curso, se apuró a advertirme que iban a poner una foto de Nadina, que su mamá había dado permiso pero que por supuesto no quería asistir. Se ve que sintió la necesidad de agregar alguna aclaración decorosa entre tartamudeos luego del “por supuesto”, habrá considerado con retraso que podía haberme ofendido. La verdad, no. Creo que me merecía al menos ese momento, los susurros gentiles, la conmiseración, sentir todas las miradas en mí tratando de detectar mis contenidos gestos de sufrimiento, una recompensa mínima por lo que había tenido que vivir. Después de todo Valeria podía estar desbastada de dolor pero era yo el que la había visto morir. Merecía al menos esa compensación, ser el papá de la nena más aplaudida, la música, los abrazos, el llanto. 

 Lo que me parece francamente morboso y desubicado es que me hagan contar cómo fue. Por suerte algo de sentido común inhibe a la mayoría de preguntarme, no soporto contar de vuelta eso, responder preguntas idiotas. Quería jugar a ser Mandarina, la dejé, se ahogó. Eso es todo, no hay más que contar. Salvo el oficial que me pidió que le cuente los minutos antes de la tragedia. Usó esa palabra, tragedia. “Señor Arias, después de la tragedia que acaba de vivir no voy a retenerlo mucho tiempo, pero necesito hacerle algunas preguntas. Es rutina, así lo libramos rápido y atiende lo que tiene que atender”. Nunca sabrá que me salvó la vida cuando pronunció la frase. Me aferré con desesperación de animal a esa palabra. Tragedia era una tibieza, una estructura sólida en ese preciso instante en el que no podía sentir el piso bajo mis pies y no consideraba más futuro que tirarme del balcón de mi departamento en cuanto volviéramos de enterrarla.

 “Mirá, papá, soy como Mandarina”. Eso dijo y después no sé qué pasó ¿Qué mierda dice la gente de que los accidentes pasan tan rápido que uno no llega a procesar nada? Para mí fue tan intolerablemente lento todo que me hizo rogar que se terminara de una puta vez. Me miró, no sé cómo hizo pero hubo un instante insoportable en que me enfocó y me miró por arriba de su improvisada pecera, me vio gritando desde la orilla con una voz imbécil de aguda.

Una pareja de pescadores la sacó. Ya no era ella y ya no se parecía a Mandarina, pobrecita, pobrecita. Tenía los ojos tan abiertos y ese azul venoso en la cara. Sus ojos desaforados mirándome, mirándome aún, mirándome para siempre, me preguntaban cosas, me contaban cosas. En sus últimos segundos supo de mí lo que ni yo sabía y lo había guardado para siempre en esos ojos horribles. Un pequeño álbum de dos páginas con la misma foto mía en ambas: parado en la orilla, mordiéndome las manos, viéndola ser tragada por una ola celeste sucio.

Una cara tan chiquita no debería tener unos ojos tan grandes. 

Por el amor de Dios mamá, callate, callate.


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Amanda Corradini

Mujer de trincheras: Reparte su vida entre la trinchera de la Escuela Pública, la de su biblioteca y la que guarda algunas banderas que gusta agitar. Todo regado de mate dulce, Charly García y un vergonzoso apego por el humor infantil.

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