Las últimas fotos en el mar

Las últimas fotos en el mar

TIEMPO DE LECTURA: 7 min.

Los gestos de un pez negro, las intenciones humanas. La relación de un padre con su hija, de un hijo con su madre. La ternura sujeta al grito más fino y ensordecedor. Amanda Corradini nos pasea por una galería de tragedias íntimas.

Un ser vivo tan chiquito no debería tener ojos tan grandes, tan salidos de su cara, porque lo vuelven más monstruoso que tierno. Encima siempre sentí que me miraba a través del vidrio, que se me quedaba viendo, que se movía por el perímetro interno de la pecera siguiendo mis movimientos. No me enternecía en absoluto el asunto.

Entre el olor a alimento balanceado y el puto pez negro mirándome terminaba descompuesto todas las veces. El único pez negro entre una docena de otros naranjas y amarillos en la tienda de alimentos para mascotas a la que íbamos a comprarle alimento a Gretel. Detestaba ir pero no me quedaba otra, la perra fue el único gesto de desprendimiento de mi ex mujer cuando nos separamos y mi hija la adoraba, quizás por eso no me animé a entregarla a una perrera.

Nadina apoyaba su frente en el vidrio engrasado de la pecera y golpeaba con el dedo. Sabía lo que venía después porque cada sábado pasábamos por lo mismo, giraba y me mostraba su dudoso gesto de ruego pidiéndome un pez de mascota. Discutíamos: “Ya tenemos a Gretel”. “Pero es una perra, no tenemos peces de mascota”. “Es complicado tener un pez, necesitaríamos una pecera y un lugar grande donde ponerla”. “Dale, pá, el naranjita, el naranjita”. “Basta Nadina, no”.

Posiblemente fue mientras el bicho negro y yo volvíamos a mirarnos como gánsteres vidrio por medio que escuché la voz aflautada de mi vieja asegurando que los peces traían desgracia. Ese mismo día un insulso pez naranja bautizado Mandarina se integró a la lista de mascotas de mi hija en mi diminuto departamento. No le dejé traer el negro porque no estaba dispuesto a bancarme esos ojos horribles vigilándome en mi casa.

Mi vieja tenía decenas de creencias pelotudas de ese tipo que además comentaba con la saludable impunidad de una infeliz. Todo lo que era, era así; incluso lo que hacía en casa, nada especial, nada notable o al menos eficiente. No hubo forma de sentir dependencia y mucho menos amor por la mujer que arrastraba sus pantuflas por la casa con un ruido largo, llevando ese cuerpo que siempre me hizo pensar en una caja de cartón mal armada. Que fuera mi madre no era más que una contingencia. Lo aprendí a pensar así desde que era pendejo.

 Aunque no identifiqué lo que sentía como desprecio hasta que fui adolescente, quizás porque ese rechazo vital fue descascarándose de a poco hasta revelar otra cosa. Entendí en algún momento…entendí claramente por qué el viejo se había rajado de casa y me llené de más vergüenza aún por eso, en años de terapia no pude deshacerme de la vergüenza por papá, como si yo hubiese sido el responsable de darle una mujer tan precaria. De noche en mi cama, cuando ya había entendido que no iba a volver nunca, traía a mi mente una y otra vez las horas de la cena, cuando yo no tendría más de 6 o 7 años, recordaba los ojos de papá sobre nosotros dos e imaginaba su asco, su esfuerzo cada vez más debilitado por no saltar por la ventana mientras escuchaba a su mujer gritarle al canario desde la mesa con esa voz finita y veía a su hijo escupir los ravioles sistemáticamente crudos en el plato. 

Era una mugre invisible, como la culpa, así de vigorosamente pegajosa era la vergüenza. Pero en cuanto pude expresar mi desprecio sin miramientos, decirle lo poco que era, lo poco que había sido para mí, para papá, culparla de su abandono, me limpié de esa mierda. Enrostrarle a los gritos su mediocridad me elevaba y me distinguía de ella, me hacía sentir cerca de mi viejo, aunque no hubiese vuelto a verlo.

Necesitaba arrancarle esa comodidad que le daba la ignorancia. Me desesperaba que no entendiera hasta qué punto su imbecilidad me había privado de un padre, que no dimensionara el hombre que había dejado ir cuando tendría que haber besado el suelo donde pisaba por haberle hecho el favor de ser su marido por unos pocos años. 

Total, para cuando me permití decirle todo ya no la necesitaba para nada, tenía un buen trabajo y estaba listo para irme a vivir solo. Me juré que yo iba a hacer otra historia, mi mujer no me iba a dar vergüenza, mis hijos no iban a tener vergüenza de su madre.

Y no me arrepentí de Valeria ni siquiera cuando me dejó, y eso que siempre tuve claro que se iba a ir con otro sin la mínima piedad si eso elevaba el tope de su vanidad. Una mierda me importó. Aún como ex, Valeria seguía siendo todo lo que no había sido mi vieja. Su frialdad venía de cierta altivez, de saberse inteligente, elegante, eficiente, no de ser una idiota que andaba corriendo detrás de las cosas sin entenderlas, un conjuro aliviador ante la posible maldición de que algo de mi madre se impregnara en mi vida o en mi descendencia. Nadina finalmente era producto de buena estirpe: Valeria y yo, y yo era sólo mi padre.

Se sorprendió la directora cuando le dije que iba a ir al acto de fin de curso, se apuró a advertirme que iban a poner una foto de Nadina, que su mamá había dado permiso pero que por supuesto no quería asistir. Se ve que sintió la necesidad de agregar alguna aclaración decorosa entre tartamudeos luego del “por supuesto”, habrá considerado con retraso que podía haberme ofendido. La verdad, no. Creo que me merecía al menos ese momento, los susurros gentiles, la conmiseración, sentir todas las miradas en mí tratando de detectar mis contenidos gestos de sufrimiento, una recompensa mínima por lo que había tenido que vivir. Después de todo Valeria podía estar desbastada de dolor pero era yo el que la había visto morir. Merecía al menos esa compensación, ser el papá de la nena más aplaudida, la música, los abrazos, el llanto. 

 Lo que me parece francamente morboso y desubicado es que me hagan contar cómo fue. Por suerte algo de sentido común inhibe a la mayoría de preguntarme, no soporto contar de vuelta eso, responder preguntas idiotas. Quería jugar a ser Mandarina, la dejé, se ahogó. Eso es todo, no hay más que contar. Salvo el oficial que me pidió que le cuente los minutos antes de la tragedia. Usó esa palabra, tragedia. “Señor Arias, después de la tragedia que acaba de vivir no voy a retenerlo mucho tiempo, pero necesito hacerle algunas preguntas. Es rutina, así lo libramos rápido y atiende lo que tiene que atender”. Nunca sabrá que me salvó la vida cuando pronunció la frase. Me aferré con desesperación de animal a esa palabra. Tragedia era una tibieza, una estructura sólida en ese preciso instante en el que no podía sentir el piso bajo mis pies y no consideraba más futuro que tirarme del balcón de mi departamento en cuanto volviéramos de enterrarla.

 “Mirá, papá, soy como Mandarina”. Eso dijo y después no sé qué pasó ¿Qué mierda dice la gente de que los accidentes pasan tan rápido que uno no llega a procesar nada? Para mí fue tan intolerablemente lento todo que me hizo rogar que se terminara de una puta vez. Me miró, no sé cómo hizo pero hubo un instante insoportable en que me enfocó y me miró por arriba de su improvisada pecera, me vio gritando desde la orilla con una voz imbécil de aguda.

Una pareja de pescadores la sacó. Ya no era ella y ya no se parecía a Mandarina, pobrecita, pobrecita. Tenía los ojos tan abiertos y ese azul venoso en la cara. Sus ojos desaforados mirándome, mirándome aún, mirándome para siempre, me preguntaban cosas, me contaban cosas. En sus últimos segundos supo de mí lo que ni yo sabía y lo había guardado para siempre en esos ojos horribles. Un pequeño álbum de dos páginas con la misma foto mía en ambas: parado en la orilla, mordiéndome las manos, viéndola ser tragada por una ola celeste sucio.

Una cara tan chiquita no debería tener unos ojos tan grandes. 

Por el amor de Dios mamá, callate, callate.


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Amanda Corradini

Mujer de trincheras: Reparte su vida entre la trinchera de la Escuela Pública, la de su biblioteca y la que guarda algunas banderas que gusta agitar. Todo regado de mate dulce, Charly García y un vergonzoso apego por el humor infantil.

La crueldad tiene corazón humano

La crueldad tiene corazón humano

TIEMPO DE LECTURA: 5 min.

Juan Fernández Marauda nos trae su mirada sobre un libro potente, donde la crueldad, el amor, la fantasía, lo que está por delante y no sabemos bien de qué se trata parecen rosarse, ser una misma cosa y a la vez otra. Juan cuenta, habla, sobre Yegua de Cintia Rogovsky.

La crueldad tiene corazón humano y la envidia humano rostro – William Blake

Ya hemos aprendido que al amor romántico hay que huirle. Que ahí es donde afloran algunos de los rasgos más peligrosos que tenemos, como individuos y como especie. En esta colección de conceptos y emociones anacrónicas nacen los celos, la codependencia, la crueldad, el afán posesivo y controlador, la fantasía sin matices ni límites y todo aquello que hoy identificamos bajo el amplio toldo de la toxicidad. Ni siquiera es que todo esto sea la mera contracara del amor, ni sus consecuencias nefastas pero inesperadas. No. Todo esto es lo que ya está ahí, agazapado, y preferimos no ver hasta que es demasiado tarde. Bueno, Cintia Rogovsky lo ve, lo ubica a la distancia y lo expone. Esta es la fuente en la que bebe su Yegua.

Antes de empezar debo admitir que no soy un ávido lector de historias románticas. Me acerco a ellas con desconfianza y las miro de lejos, como quien tiene miedo de contagiarse, con una actitud que probablemente sea digna de ser llevada a terapia. Lo que sí soy, por otro lado, es un apasionado lector de relatos crueles. Esto también lo debo confesar, perdóneme padre. Me gusta el pollice verso del autor que se ensaña con sus personajes hasta la última línea, que les ensarta un divorcio, un cáncer y después los obliga a apoyar la cabeza en las vías del tren. Sin embargo disfruto aún más cuando esa crueldad está problematizada en la ficción y no solo sentenciada con brutalidad. Me encanta cuando el desprendimiento del narrador permite que los personajes ejerzan, casi sin mediación, sus fuerzas destructivas los unos sobre los otros. En estos últimos casos, ya no solo es catarsis autoral o fantasía de poder, sino más bien observación de la naturaleza voraz de las personas. El ojo que ve el ángulo en el que entra el cuchillo, metafórico o real, y la cara de quien lo retuerce. Adivinen en qué categoría se agarra, no sin algo de saña, la autora. 

Entonces, amor y crueldad. Amores románticos y desgarradores, amores platónicos y negados casi hasta la forclusión, amores adúlteros, tanto clandestinos como expuestos a los ojos de cuantos quieran ver. Y, al mismo tiempo, crueldad. La crueldad casi inocente del ingenuo o el lego, el desdén venenoso del oportunista y el rencor redoblado del rechazado. Pero también el sadismo organizado y la manipulación social y sistemática, perpetuada a través del tiempo y las culturas. En los cuentos que componen Yegua, la autora logra que la ficción hable de todo esto y, cuando no queda otra opción, permite que la realidad complete el mensaje.

George Eliot dijo “La crueldad, como cualquier otro vicio, no requiere ningún motivo para ser practicada, apenas oportunidad”. George Eliot era, además, el nombre de hombre con el que tenía que firmar Mary Anne Evans, novelista británica, para que la publicaran. En sus mejores momentos, Yegua expone estas desigualdades sin explicarlas. Muestra sin masticar aquello que muchas veces nos encontramos por la calle y no nos detenemos a ver. Cintia Rogovsky llama la atención sobre la herida para que duela. Esto se ve en sus mejores cuentos, los que trabajan con sutileza las presiones sociales, el peso de la envidia, el qué dirán de los vecinos y las consecuencias de la violencia. En otros casos, Rogovsky decide cambiar la lupa por la maza. Esta medida nos puede gustar o no, pero es indudable que a veces es necesario voltear una pared para que entre la luz. Primo Levi, escritor y víctima, aunque parlante, del holocausto, para cuando llegó a Los hundidos y los salvados, la última parte de su trilogía de Auschwitz, también se había cansado de sutilezas. Estaba harto de que una gran parte del mundo, al parecer, negara la violencia de su realidad. Si la comparación les parece extrema, está bien: es así a propósito.

¿Cintia Ragovsky, a pesar de todo esto, cuenta historias de amor?. Si, por supuesto. Con más razón, diría, además. Pero por suerte no escribe solo historias de amor. Trabaja con matices. Habla de amor -sepan disculpar la insistencia del significante- de política, de historia, de cultura y de clase social. También desnuda algunas formas estancadas del machismo y recupera otras caras del feminismo, quizás las menos evidentes, las víctimas del prejuicio. El gran logro de sus cuentos, por sobre todo, es que saben balancearse entre la ternura y el abandono, la pasión y la culpa. Ninguno de los vínculos que presenta, y en ocasiones también disecciona, es completamente inocente. Pero, de igual manera, si como he dicho hasta ahora, por momentos estas historias parecen cargarse de un ímpetu oscuro y tremendista, en otras ocasiones saben soltarse en una deriva nostálgica, casi dulce, en la que un momento de escapismo infatuado o una aventura sexual bien valen el reproche, la sorna o la confusión que vendrán. Porque, sí, dejemos esto claro, incluso en la ficción – y a veces, trágicamente, solo en la ficción- tanto el ejercicio del amor como la imposición de  la crueldad tienen consecuencias. 


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Juan Fernández Marauda

Nació en Lanús, en 1988, pero creció en el Valle Inferior del Río Chubut. Trabaja en el cruce entre salud mental y escritura en un hospital de día. Es escritor, editor, librero y coordina el taller de escritura PULP! en la ciudad de La Plata. El puente de las brujas, su primera novela, fue publicada por EME en 2020 y Esplín Tropical (México) en 2022

Un lenguaje que avanza

Un lenguaje que avanza

TIEMPO DE LECTURA: 7 min.

En el mes de Sara Gallardo, Enzo Maqueira pasó por Revista Trinchera para darnos su percepción sobre la vida y obra de una de las grandes autoras de nuestra literatura.

Enzo Maqueira es un escritor argentino. Publicó los libros Electrónica (2014), Hágase usted mismo (2018), Higiene sexual de un soltero (2023), entre otros. También es miembro fundador de la Unión de Escritoras y Escritores, asociación civil formada en 2019 que desarrolla la tarea de defender al escritor como trabajador. Lector y pensador de la obra de Sara Gallardo, nos compartió su tiempo para conversar al respecto de la obra de nuestra escritora del mes.


¿Cómo llegás a la obra de Sara Gallardo?

En 2001 el diario Clarín sacó una colección de clásicos argentinos, a cargo de Ricardo Piglia. Ahí salió una edición de Eisejuaz, vi la tapa con la foto de Sara Gallardo, debo confesar que llego a su obra porque vi su foto en la tapa y me pareció una mujer bellísima, obviamente después leí el libro y me volvió loco. Eisejuaz fue la medida de toda literatura posible, siempre pensé que cada vez que escribiera algo debería estar a la altura de Eisejuaz, por supuesto que no lo logré todavía, tampoco me lo propuse desde ese lugar. Llegué así, gracias a Clarín, a Piglia y después gracias a Leopoldo Brizuela que hizo mucho por difundir la obra de Sara Gallardo.  

¿Cómo conviven la cronista/periodista y la escritora de ficción?

Alguna vez escuché decir a la hija de Sara Gallardo, Paula Pico, que la verdadera Sara Gallardo está en la cronista y no en la novelista. Como lector y fanático de la obra de Sara debo decir que son muy distintas la una de la otra, pero hay algo ahí que las iguala que es la sensibilidad social. Para la clase a la que pertenecía ella, yendo a Eisejuaz, esa novela que tiene su correlato en una crónica donde se encuentra con Lisandro Vega, personaje que inspiró la novela. Ahí te das cuenta que la cronista tenía una sensibilidad social que en las novelas desarrolla. Creo que el hilo conductor es su sensibilidad.  

Pensando en su primer libro, Enero ¿Hay desde este primer libro una intención de escribir contra su clase? ¿Qué hay de su linaje en su obra?

No sé si hay en Enero una intención de escribir contra su clase como una idea clara de que estaba en contra de algo. Ella siempre fue la rara de su familia y no sé si era una especie de contra, sino que simplemente ser quien era y poner la lupa, contar la historia que a ella le interesaba. De chica cuando andaba por el campo le gustaba mucho juntarse con la peonada, me parece que lo único que hizo, más que ir en contra de su clase, fue simplemente contar lo que a ella le conmovía. Quiso ir a favor de ella. 

Con respecto al linaje en su obra, es claro que ella pertenece a una clase alta pero que la está mirando desde otro lado. Ahí juega un rol importantísimo Murena que fue quien en algún momento le dijo, tenés que dejar de escribir desde tu clase social y de lo que vos conoces. Ahí es donde ella dijo, ok, listo y se escribió Eisejuaz. Creo que Murena fue quien le hizo tomar conciencia más claramente de esa clase social, de esa pertenencia y ahí sí escribir en contra de eso. 

Te hemos escuchado decir que Sara Gallardo es el primer gran clásico del siglo XXI, en qué basas este pensamiento. 

Tiene que ver con que fue rescatada en el 2000 por esta colección que te decía antes, ahí empezó una revalorización de su obra, que había sido injustamente olvidada. Hoy creo que no se puede pensar en escribir sin haber leído a Sara Gallardo, así como en el siglo XX no se podía escribir sin haber leído a Cortázar. Creo que hoy es Cortázar, más Borges, más Arlt, los de siempre del siglo XX, más Sara que si bien escribió en el siglo XX fue rescatada en el siglo XXI. Si la lees hoy no ves ni un atisbo de envejecimiento en su obra. Por ejemplo, la novela Fin de fiesta de Beatriz Guido la temática es sumamente contemporánea, es una especie de varón del conurbano populista que si la lees te das cuenta que envejeció, no la temática sino la forma en la que está escrita. Vos agarrás Enero o Los galgos, los galgos y podría haber sido escrita hoy por cualquier escritora o escritor contemporáneos. Es ineludible Sara Gallardo, es parte del canon, debería haberlo sido el siglo pasado, pero el siglo pasado fue muy injusto con las mujeres. 

Llegamos a Eisejuaz ¿Qué rompe en la literatura argentina con este libro? ¿A qué tradición sentís que está discutiendo? 

En principio no llamaría ruptura. La composición de ese lenguaje de Eisejuaz, esa narración alucinada. Hay un juego con el lenguaje que ha sido comparado que el de Pedro Páramo, con Zama. Creo que en ese sentido hay una exploración con el lenguaje, muy a tono con la época en que lo escribe, que no es tan usual en la literatura argentina. 

La idea de hablar sobre un indio Mataco, así está dicho en la novela, poner esta idea del indio que tiene que ayudar al hombre blanco y el llamado de Dios, todo eso en la literatura argentina no es frecuente. La aparición de los pueblos originarios en la literatura argentina no es frecuente tampoco y menos desde ese lugar en el que ella lo hace.   

¿Cómo crees que repercute Eisejuaz en su obra? 

No creo que haya tenido peso como una connotación negativa Eisejuaz, en el sentido de no poder escribir nada después. El gran problema no fue escribir después de Eisejuaz sino después de la muerte de Murena. Ahí siente una gran depresión que le cuesta mucho salir. Sale con La rosa en el viento que de alguna manera se parece a Eisejuaz, por el extrañamiento del lenguaje, es una novela compleja. No me consta que haya sentido un peso por escribir Eisejuaz, sí que se dio cuenta de que Pantalones azules no estaba a la altura de Enero que era su primera novela. No estaba conforme con esa segunda novela. Sí se que fue un peso Los galgos, los galgos. Que una vez publicada sintió que era demasiado larga, la autoeditó, la cortó y la terminó publicando como Historia de los galgos. Mucha gente con la que hablé me cuenta que ella era muy insegura en general en su vida, como escritora.  

Más allá de Eisejuaz ¿Cuáles son los puntos más altos de su obra? 

Los puntos más altos de su obra creo que son todos menos Pantalones azules. Es un libro menor, que podría haber sido su primer libro y hubiera estado bien. Enero es una novela impresionante, Los galgos, los galgos es una obra maestra. Tiene dos obras maestras que son Los galgos, los galgos y Eisejuaz. Dos grandes libros que son La rosa en el viento y El país del humo. Un libro mediocre que es Pantalones azules. Eisejuaz es una obra cumbre de la literatura mundial. 

¿Qué lugar tiene Sara Gallardo en nuestra literatura?

Creo que hubo un boom hace unos años, cuando se reedito toda su obra, empezó hacerse conocida. Hoy es una autora ineludible, como te dije antes, no se puede escribir sin haber leído a Sara Gallardo. Me parece que es una autora ideal para entender las tensiones de clase que todavía sufrimos en Argentina. Por haber pertenecido a una clase alta, por haber puesto la mirada en las clases trabajadoras del campo, en los marginales, en los pueblos originarios. Al margen de ella como escritora, de su obra periodística que es una ventana a una época, a un tiempo, pone sobre las mesa las tenciones entre las clases altas y las clases populares sin hacerlo de una manera panfletaria. Simplemente lo muestra, lo presenta y su mirada tiene una suave subjetividad que escribe a través de una literatura magistral. Una enorme escritora que nos ayuda a comprender las tensiones que todavía hoy arrastramos al presente entre una minoría terrateniente que se siente dueña del país y una mayoría que es excluida por esa minoría. 


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Juan Machado

Juan Machado nació en Carhué, provincia de Bueno Aires, en 1992. Poeta, escritor, también se desempeña como conductor y productor de Plástico Cruel en radio Trinchera. Publicó los libros, Pájaros Punk ( Malisia, 2022) y Como corderos (Azul Francia, 2024). Obtuvo una mención meritoria, por su cuento Una canción desesperada, en el 10° Concurso de cuento Haroldo Conti, 2023

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