El primer fin de semana post ballotage nos encontramos en Casa Unclan para vivir una nueva edición del Festival Magnética.
El cemento caliente fríe las plataformas de goma haciéndolas lisas.
En la ciudad cada fin de semana es un éxodo. Más aún cuando se acercan aquellos días que son delirios en desolación: estudiantes zarpan para sus ciudades natales y comienza a quedar un vacío en nuestras calles. El olor a tilo se expande por los aires platenses y condimenta el domingo en Magnética.
En Casa Unclan no se vive lo solitario. Entre ropa que se va acortando por el abrazo del verano, se llevó a cabo una feria de ropa autogestiva, exposiciones de VHS e ilustraciones, una consola abierta para quien se anime a tocar; jam de dibujo y flash tattoo. Las propuestas interactivas permitieron un juego entre hacer y ser la iniciativa artística, creando en conjunto dibujos y piezas musicales, haciendo que el ambiente construido sea de y para todes. Acortando distancias entre ser mero espectador y parte de la obra.
El Festival fue un mimo para aquelles a quienes les duele que avancen gobiernos que nos quieren distanciados. Magnética significó el abrazo colectivo y sintetizó todo el trabajo que hay detrás de cada producción en escena. “La idea es poder juntarnos a hacer un poco de arte y dar un soporte a la cultura under de la ciudad en un contexto social tan complejo”, comentaba a C.A.P.T.O uno de los miembros de la organización.
El mensaje que se busca transmitir es como una patada irreverente. Ecléctico pero clarísimo: las estampas de las remeras puestas por los organizadores llevan como bandera el logo de FLEMA y otra la cara de Fede Moura. En contexto del desasosiego poselectoral, la respuesta nace en clanes culturales como estos. Retrovisiones estéticas que nos recuerdan que en tiempos difíciles siempre hay un oasis, un refugio o una trinchera donde poder darse un parate. Fue domingo, y lejos de la melancolía característica, el festival llevo arte, resistencia y al mismo tiempo, la distención tan necesaria para poder seguir.
“Llegué de la fiesta, dejé la mochi, cacé los auris, comí algo y vine para acá… Ahora quiero escabiar algo ¿Hay amargo obrero?”
Se fue colmando el espacio y el calor húmedo del ambiente fue un segundo cóctel que no se puede rebajar con hielo. Por eso el ruido de una licuadora y los colores vivos de un par de frutas se mezclaron en los silencios que a veces bacheban la música de fondo. En el escenario se disponían dos camillas y una hilera de chicxs que buscaban encontrar su próximo tatuaje.
Lo que va floreciendo entrada la noche fue, es y está siendo la nueva resistencia, donde priman entender el trabajo cooperativo, autogestivo y artístico. Compartiendo brebajes, arte y comunión en los rituales festivos que mantendrán la alegría en momentos que se pintan oscuros.

