Escapar a la ciencia sagrada: desacralizar la ciencia

Escapar a la ciencia sagrada: desacralizar la ciencia

TIEMPO DE LECTURA: 4 min.

POR CONSTANZA KOHLER*

El complejo científico-tecnológico nacional fue tomando relevancia en el debate público en los últimos años, siendo un eje central en la crítica al macrismo ante el desfinanciamiento efectuado en el último ciclo de gobierno, y punta de lanza en la plataforma política del Frente de Todos durante la campaña electoral 2019.

La pandemia del COVID-19 acarrea la emergencia de una evidente necesidad de sostener como política de Estado la producción de conocimientos científicos. El presidente Alberto Fernández declaró en su discurso inaugural que éste es “un gobierno de científicos”, diferenciándose del gobierno de CEOs de la Alianza Cambiemos. Celebramos el protagonismo que se fue desarrollando en el último tiempo, sin embargo es momento de pensar hacia dónde queremos encaminar las políticas científicas. 

Nos hemos apropiado de la lucha por la defensa del sector científico-tecnológico, y en ese camino dejamos pendientes discusiones que nos permitan implementar y profundizar estrategias que garanticen la soberanía científica, la soberanía tecnológica, y su consiguiente aporte a la soberanía territorial, espacial, energética, alimentaria, simbólica, económica. 

Durante los dos gobiernos de Cristina Fernández, la lógica aplicada situó la elección de temas y estructuración en manos de les propies integrantes del sector. A primera vista, parece acertada la decisión, pero desde la perspectiva situada latinoamericanista hace décadas se plantean problemáticas epistemológicas de fondo a esta concepción. Afloran aquí empolvadas críticas que tienen total vigencia, siendo centrales la necesidad de establecer criterios de importancia/relevancia y la falacia de la libertad de investigación, conceptos acuñados por Oscar Varsavsky. 

Dejar librado al propio sector la elección de las temáticas, métodos de evaluación, criterios de selección, implica sostener una dependencia científica, que es también dependencia cultural, que se ha extendido ya en demasía. Referirse a libertad de investigación, ilusión histórica que supone la elección objetiva de los temas a estudiar, invisibiliza la subordinación de nuestro sector público de CyT a las reglas de juego del sistema científico internacional, con temas de investigación considerados importantes y/o necesarios por los países centrales.

Así, terminamos produciendo conocimientos que tienen poca utilidad real para los países periféricos, adoptando lógicas competitivas con temáticas desvinculadas de los territorios. Entra aquí también la necesidad de establecer como pueblo criterios para identificar las temáticas relevantes. ¿Para quién son relevantes? ¿Con qué objetivos? ¿En qué marco se llevan adelante las investigaciones? Son preguntas que debemos hacernos para independizarnos del sistema científico tecnológico globalizado homogeneizador. 

Hace unas semanas, en el marco del Seminario Ciencia, Tecnología y Desarrollo en tiempos de Covid-19, realizado desde el Ministerio de Producción de la Provincia de Buenos Aires, el ministro de Ciencia, Tecnología e Innovación de la Nación, Roberto Salvarezza, planteó con mucha claridad la proyección para el sector: trabajar en proyectos por misión. ¿Qué significa esto? Utilizar y producir conocimientos científicos en el cumplimiento de objetivos emergentes, es decir, abordar desde la tecnociencia problemáticas situadas. Según Salvarezza, esto no restaría importancia a la ciencia tradicional, sino que se sumaría a las líneas ya existentes. 

Es así que surge la necesidad de pensar de qué manera se implementará esta política científica. Para que pueda desarrollarse se torna imperioso trazar redes de articulación entre Nación – Provincias – Municipios; resulta urgente la creación de canales de comunicación con las comunidades, para que las problemáticas sean formuladas desde los territorios, y los abordajes se realicen no sólo desde la perspectiva interdisciplinaria propuesta por Rolando García, sino que también sean construidos con los saberes-haceres populares. Habrá que evitar derrotismos anclados en argumentos presupuestarios, considerando que muchas de las herramientas ya están. El conocimiento necesario en muchos casos solamente requiere ser aplicado, orientado, entrando en el cuadro también la importancia de gestionarlo. 

Encarar este proceso como pueblo requiere que les integrantes del sector científico-tecnológico nos permitamos desacralizar la ciencia, que abandonemos la pretensión mesiánica, para comprender que la ciencia por sí misma no va a salvar a nadie. “Nadie se salva sólo” se convirtió en máxima para afrontar la pandemia, con esa misma lógica debemos prepararnos para involucrar la práctica científica en un proceso colectivo de recuperación del país.

Solamente podremos saldar las grandes desigualdades estructurales si logramos conjugar correctamente el Estado, el complejo CyT, el sector productivo, y las organizaciones sociales (articulación sintetizada en la herramienta analítica Triángulo de Jorge Sábato, complejizada por Renato Dagnino al sumar al último sector mencionado). Solamente podremos hacerlo si abandonamos la pretensión de escindir la militancia política de la práctica científica. Entendernos como polítiques científiques-tecniques, implica ejercer nuestras profesiones de forma crítica, situada, federal, colectiva, territorializada, vinculada a las realidades del pueblo. 

Para quienes aún no integramos el sector, sino que nos estamos preparando para ello, queda la responsabilidad de discutir esta temática, y principalmente, disputar en la Universidad Pública la perspectiva cientificista bajo la cual nos estamos formando. Para acercarnos a políticas científicas duraderas y efectivas con la lógica planteada previamente, debemos incorporar a la educación superior perspectivas críticas y diálogo con distintos actores territoriales, de manera que nos permita más adelante nutrir al sector científico-tecnológico con profesionales critiques que ejerzan desde lógicas politizadas. 


Fuentes:
– Varsavsky, Oscar, 1969. Ciencia, Política y Cientifisimo. Centro Editor de América Latina, Buenos Aires.
– García, Rolando, 2006. Sistemas complejos. Conceptos, método y fundamentación epistemológica de la investigación interdisciplinaria, Barcelona, Gedisa.
– Apertura del Seminario Ciencia, Tecnología y Desarrollo en tiempos de COVID-19. Ministerio de Producción de la Provincia de Buenos Aires https://www.unsam.edu.ar/tss/renato-dagnino-la-ciencia-que-se-impulsa-en-america-latina-inhibe-la-inclusion-social/


*Militante del campo nacional y popular. Feminista. Estudiante de Geología. Jardinera. 
Integrante de la Cátedra Libre Ciencia, Política y Sociedad de la UNLP.
Evita naciendo en la mayúscula América

Evita naciendo en la mayúscula América

TIEMPO DE LECTURA: 3 min.

El 26 de julio de 1952 a las 20 horas y 25 minutos, la voz de la radio anunció la muerte de Eva Duarte, Evita. A coros de “viva el cáncer” las copas del cristal más caro, resonaron en los halls de la oligarquía, bajo arañas europeas; mientras, en sus cocinas y en cada barriada, la angustia y el llanto se apoderaba de todo. Había muerto ella, la que miraba con ternura. Que no es lo mismo que mirar con lástima: “La exacta diferencia, existe, entre sentir al otro ajeno, o propio” [1]. Se había ido para siempre la abanderada de les humildes.

A partir de esa noche Argentina fue llenándose de agonía, y los sectores conservadores asesinos -esos que se indignaban cuando los cabecitas negras paseaban por Capital y aprovechaban los discursos del General, para mirar las vidrieras de calle Corrientes- fueron agrupándose para desterrar y matar de una vez a ese subsuelo morocho e indio, que se había salido del lugar que históricamente le habían asignado: el barro.

Con la muerte de Eva el horizonte se llenaba de nubarrones oscuros y el peronismo comenzaba a transitar su peor etapa.

Lejos de Argentina, el 26 de julio de 1953 -sí, la misma fecha un año después-, en la isla más al norte de América Latina, un grupo de alrededor de 115 militantes intentaron tomar el Cuartel Moncada y Manuel de Céspedes.  Luego de copar los destacamentos y tener las armas en manos del pueblo, la idea era subir a Sierra Maestra para comenzar a dar batalla, y así liberar a la isla de el dictador Fulgencio Batista, quien se perpetuaba en el poder gracias al apoyo económico y militar de Estados Unidos, que para ese entonces, contaba a Cuba casi como una estrella más en su bandera.

Pero la toma del Moncada fue un fracaso: la mayoría de los militantes fueron asesinados por el ejército y el resto fue encarcelado. Entre los rebeldes se encontraba Fidel Castro Ruz, un joven abogado que era quien lideraba al grupo. En su alegato declaró que el autor intelectual de las acciones militares no había sido otro que José Martí, el viejo revolucionario que a fines de Siglo XIX había dirigido a la isla hacia su libertad, batallando contra la colonia española. Y esa noche, mientras los presos se chocaban con la soledad de los barrotes helados, en los suburbios de Cuba, entre el negro y el rojo, iba naciendo el Movimiento 26 de Julio. Sí, el mismo día que un año antes, en el país más austral del continente, había muerto la mayor defensora del pueblo.

Entre estrellas federales acompañadas por otras de cinco puntas, suena la frase: “Evita y el Moncada, la patria liberada”. ¿Por qué no elevar esta idea como nuestro estandarte mayor? ¿Por qué no entender que todo ese fuego que irradiaban los ojos de Eva, que tanta esperanza y felicidad trajeron a estas tierras, revivía un año después en los fusiles cubanos y en la famosa frase de Fidel, “La historia me absolverá”?

América esta atravesada por una misma historia: el genocidio que llevó a un mestizaje criollo bajo la misma lengua y la religión católica. Hoy cada pueblo tiene su resignificación  y las vírgenes que eran castigadoras, blancas y europeas, se reinterpretaron en mil versiones morenas, desde el Caribe, pasando por el Atlántico, el pacífico y el extremo de la Patagonia, mostrando algo que es innegable por estas tierras: la resistencia.  Quizás, con Evita pasa algo similar, y en los arrabales rioplatenses se muestra como abanderada de les humildes, pero en Cuba, bajo el sol sofocante que pega en la caña de azúcar, se deja ver como asalto al Moncada y Sierra Maestra. Pueden interpretarse cosas distintas, pero en ambas es lo mismo: la segunda y definitiva independencia de nuestra mayúscula América.


Referencias:
[1] Fragmento del cuento “Campeón del amor”, de Pablo Ramos


Felipe Bertola
Felipe Bertola

Cuando estaba en la panza, mi vieja me cantaba “Significado de Patria” para tranquilizarme. En la comunicación y organización popular encontré la clave para poder “ser la revancha de todxs aquellxs”. Como todo buen platense, sé lo que es ganar una Copa Libertadores.

1