Evita naciendo en la mayúscula América

El 26 de julio de 1952 a las 20 horas y 25 minutos, la voz de la radio anunció la muerte de Eva Duarte, Evita. A coros de «viva el cáncer» las copas del cristal más caro, resonaron en los halls de la oligarquía, bajo arañas europeas; mientras, en sus cocinas y en cada barriada, la angustia y el llanto se apoderaba de todo. Había muerto ella, la que miraba con ternura. Que no es lo mismo que mirar con lástima: «La exacta diferencia, existe, entre sentir al otro ajeno, o propio» [1]. Se había ido para siempre la abanderada de les humildes.

A partir de esa noche Argentina fue llenándose de agonía, y los sectores conservadores asesinos -esos que se indignaban cuando los cabecitas negras paseaban por Capital y aprovechaban los discursos del General, para mirar las vidrieras de calle Corrientes- fueron agrupándose para desterrar y matar de una vez a ese subsuelo morocho e indio, que se había salido del lugar que históricamente le habían asignado: el barro.

Con la muerte de Eva el horizonte se llenaba de nubarrones oscuros y el peronismo comenzaba a transitar su peor etapa.

Lejos de Argentina, el 26 de julio de 1953 -sí, la misma fecha un año después-, en la isla más al norte de América Latina, un grupo de alrededor de 115 militantes intentaron tomar el Cuartel Moncada y Manuel de Céspedes.  Luego de copar los destacamentos y tener las armas en manos del pueblo, la idea era subir a Sierra Maestra para comenzar a dar batalla, y así liberar a la isla de el dictador Fulgencio Batista, quien se perpetuaba en el poder gracias al apoyo económico y militar de Estados Unidos, que para ese entonces, contaba a Cuba casi como una estrella más en su bandera.

Pero la toma del Moncada fue un fracaso: la mayoría de los militantes fueron asesinados por el ejército y el resto fue encarcelado. Entre los rebeldes se encontraba Fidel Castro Ruz, un joven abogado que era quien lideraba al grupo. En su alegato declaró que el autor intelectual de las acciones militares no había sido otro que José Martí, el viejo revolucionario que a fines de Siglo XIX había dirigido a la isla hacia su libertad, batallando contra la colonia española. Y esa noche, mientras los presos se chocaban con la soledad de los barrotes helados, en los suburbios de Cuba, entre el negro y el rojo, iba naciendo el Movimiento 26 de Julio. Sí, el mismo día que un año antes, en el país más austral del continente, había muerto la mayor defensora del pueblo.

Entre estrellas federales acompañadas por otras de cinco puntas, suena la frase: «Evita y el Moncada, la patria liberada». ¿Por qué no elevar esta idea como nuestro estandarte mayor? ¿Por qué no entender que todo ese fuego que irradiaban los ojos de Eva, que tanta esperanza y felicidad trajeron a estas tierras, revivía un año después en los fusiles cubanos y en la famosa frase de Fidel, «La historia me absolverá»?

América esta atravesada por una misma historia: el genocidio que llevó a un mestizaje criollo bajo la misma lengua y la religión católica. Hoy cada pueblo tiene su resignificación  y las vírgenes que eran castigadoras, blancas y europeas, se reinterpretaron en mil versiones morenas, desde el Caribe, pasando por el Atlántico, el pacífico y el extremo de la Patagonia, mostrando algo que es innegable por estas tierras: la resistencia.  Quizás, con Evita pasa algo similar, y en los arrabales rioplatenses se muestra como abanderada de les humildes, pero en Cuba, bajo el sol sofocante que pega en la caña de azúcar, se deja ver como asalto al Moncada y Sierra Maestra. Pueden interpretarse cosas distintas, pero en ambas es lo mismo: la segunda y definitiva independencia de nuestra mayúscula América.


Referencias:
[1] Fragmento del cuento “Campeón del amor”, de Pablo Ramos


Felipe Bertola
Felipe Bertola

Cuando estaba en la panza, mi vieja me cantaba «Significado de Patria» para tranquilizarme. En la comunicación y organización popular encontré la clave para poder «ser la revancha de todxs aquellxs». Como todo buen platense, sé lo que es ganar una Copa Libertadores.

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