La pandemia: un inédito viable

Nadie puede escapar a la crítica coyuntura que impone un escenario desconocido, inesperado y desconcertante. Nadie no está tocado por lo que el coronavirus implica y es esta condición la que nos iguala, tal vez sea ese miedo a la muerte, nuestro transitorio lugar común. Esta coyuntura de crisis y confinamiento que nos arrastra al campo de lo táctico, de lo imprevisto y la improvisación, es una oportunidad para pensar y problematizar el colapso de aquello que estaba naturalizado e instituido.

Reflexiones del confinamiento para la construcción de la nueva normalidad

“No podemos existir sin interrogarnos sobre el mañana, sobre lo que vendrá a favor de qué, en contra de qué, a favor de quién, en contra de quién vendrá; sin interrogarnos sobre cómo hacer concreto lo inédito viable que nos exige luchemos por él.”

Paulo Freire

La pregunta sobre cómo será mañana, aparece y reaparece incesantemente todos los días. Pierde fuerza en el desencanto de la cotidianeidad en loop, la casa y el aula en el mismo lugar junto al sillón, cerca de la cama, en las pantallas, con las convivencias y la soledad. La reiteración, una y otra vez. La ciclotimia. Mientras tanto esta especie de paréntesis en la vida otorga perspectiva para pensar lo que teníamos y cómo nos las arreglamos ante el inédito de la pandemia; nos ofrece la oportunidad del extrañamiento de aquel cotidiano naturalizado.

Freire, en Pedagogía del Oprimido, propone la categoría de inédito viable, como un recurso imaginativo que proyecta el futuro posible a partir de la desconstrucción crítica del presente. El aislamiento tiene ese semblante reflexivo que viene de la mano de la imposibilidad de poder hacer pocas cosas más que pensar, intentar entender para no ser aplastados por el acontecimiento. La experiencia de continuar y sostener los compromisos, el estudio, el trabajo y la vida social a través del wi-fi dejan marcas y enseñanzas que deberán ser recuperadas para construir el porvenir.

El contexto revela la centralidad y el valor de los espacios públicos, y de la naturaleza. Aulas, plazas, bosques, playas, lugares de encuentros en los que se juega lo corpóreo. La diferencia entre el hoy y el mañana tendrá su marca en las corporalidades, las presencias y las ausencias en los encuentros comunitarios, políticos y sexo afectivo de les cuerpes. La importancia y la resignificación de esos espacios-otro que Foucault (1966) nombró heterotopías, «un lugar abierto, pero con la propiedad de mantenerlo a uno afuera», emerge como un valor recuperable donde atrincherarse y resistir a la agenda que Silicon Valley tiene, desde antes del coronavirus, para sustituir muchas, demasiadas, de nuestras experiencias corporales.

Autoretrato: Eva Demarchi

El futuro parece imbricarse cada día más en el entramado tecnológico. Estos lugares donde se juega lo heterogéneo, que habilitan las otras cosas que pasan fuera de casa y que no suceden en casa, están amenazados por el supuesto mandato de época moderno.  Espacios que configuran la dinámica social, que ordenan, significan los tiempos y las subjetividades, que operan como un otre que pone límites al devenir del individuo. Lugares que hasta hace poco fueron hostigados y denostados y que hoy emergen como un pilar y una autoridad, que ordena y pone límites en la crisis. El Estado, la escuela, la universidad y la salud pública.

Ahora, es desde la cuarentena donde significamos el mundo. Y las experiencias, las prácticas de vivir aislades allanaron el terreno de la virtualidad, sus normas, sus lenguajes, sus tiempos. Multilenguajes que se exploran y aprenden para poder escuchar, ver, e intentar transmitir y recuperar, sentidos y experiencias aisladas, también pasadas. Nuevas formas que toman los lazos sociales en el seno del hogar y hacia afuera, que deberán ser recuperadas para despertar dimensiones significativas de este vivir.

Imagen Eva Demarchi

Las presencias reducidas a una foto de perfil o un rostro pixelado son la textura de la continuidad del lazo social, que oscila entre la virtualidad y la corporalidad, entre las redes sociales y el mundo exterior. Los vínculos, los debates, los encuentros y desencuentros, los conflictos, las negociaciones, las reciprocidades, las indiferencias, oscilan entre twitter y la fila silenciosa en el almacén. A la vez corren el velo del funcionamiento de los espacios sociales que se sostienen en su dimensión simbólica, en los lenguajes. Operación simbólica que se hizo evidente con el paso de los días cuando nos dimos cuenta de que el aislamiento es físico y no social.

Boaventura de Sousa Santos -sociólogo brasileño- propuso pensar al virus como un pedagogo y un mensajero. “El coronavirus es un pedagogo cruel porque la única manera que tiene de enseñarnos es matando”, dijo en una entrevista para la BBC; idea que repitió durante un encuentro con colegas en un panel de CLACSO (Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales). El virus desafiante y mortal, va un poco más allá del acto educativo y eso tal vez sea momentáneamente el lugar común en el medio de esta lucha por las significaciones del acontecimiento que, especialmente en los medios de comunicación hegemónicos, y a vista de todes, se fue transformando y degradando a unas pocas voces que continúan sosteniendo aquello que comenzó con un mensaje unificado en todas las tapas de los principales diarios.  

Lo cierto es que es el confinamiento nos replegó al terreno táctico y relativamente arbitrario, a un único espacio posible para hacer todo lo que hacíamos. Los trabajos peores remunerados se convirtieron en trabajos esenciales y los otros en teletrabajo, las aulas en aulas web y las redes sociales terminaron de adueñarse del entretenimiento y de ocupar el estatus del encuentro recreativo. En un único espacio, conviven todos los espacios sociales a los que pertenecemos y recorríamos, y la vida cotidiana se sostiene en un híbrido pseudovirtual.

El miedo a la muerte tal vez sea, la condición de este nuevo y contingente pacto social. La paradoja de estar enfrentados a nuestra condición de finitud, también nos enfrenta a ver cómo las decisiones de los Estados resultan de vida o muerte, la excepción muestra el reverso olvidado de lo político. Es cierto que el coronavirus deja enseñanzas, también nos fuerza a nuevas interpretaciones y lecturas del mundo, para el que todavía cuestan las palabras. La metáfora bélica al alcance de la mano, «el enemigo invisible». Nombrarlo permitió la estrategia de unificación de concepción aunque este argumento empiece a perder fuerza por el paso del tiempo y la incertidumbre.

Las tensiones y conflictos florecen violentamente en todo el mundo. Pero toda crisis es una oportunidad, este escenario es una oportunidad para profundizar y fortalecer la democracia, reconociendo las tensiones y conflictos políticos. El filósofo argelino Jacques Ranciere, planteó que el conflicto que no surge de que alguien diga blanco y otro negro, sino de cuando ambos dicen blanco con significados diversos. En Argentina, «Libertad», «Coronavirus», «Orden mundial», «Berni», «Vicentin», «Patria» resuenan y circulan con infinidad de significantes, y además algunos sectores llevan la disputa por las significaciones nuevamente a las calles en plena pandemia.

La cuarentena es un llamado del Estado a realizar un acto de responsabilidad colectiva, es un llamado a los individuos a convertirse en un sujeto, que fluctúa entre la autonomía y la sujeción, que está condicionado (¿cuándo no?) por las estructuras, las instituciones, la política y por la pandemia. Un sujeto social, histórico, activo en esta realidad trágica, que está siendo y que implica un esfuerzo colectivo y un mismo compromiso: quedarse en casa. Los motivos del éxito de la cuarentena son muchos, probablemente el miedo a la muerte propia o de los propios sea la razón más fuerte.

Por eso llevar adelante procesos educativos de transformación durante el confinamiento, no solo es posible, sino necesario. Poder encarnar ese otre que interpela y se deja interpelar, debe continuar dialógicamente, porque hoy más que nunca la mirada del otre se vuelve necesaria para poder ser “yo” en el entramado del “nosotres”. Recuperar el lado bueno de la mirada del otre, atenta, empática, que habilite la palabra, que escuche, porque el confinamiento puede condenarnos al silencio o a la palabra vacía, al desánimo y la desesperanza. Es necesario profundizar instancias de diálogo que nos posibiliten como sujetos activos del momento histórico, que no solo acatan un mandato político a una medida extraordinaria, sino que además son capaces de significar esta realidad trágica y compleja.

La percepción de la percepción anterior. La percepción de la pre pandemia, el inédito pandémico y el inédito viable constituye una oportunidad posible. Reparar en aquello de cuando «éramos felices y no sabíamos» para construir un futuro que se ajuste a las necesidades del pueblo. La virtualidad deja marca, la pandemia deja traumas y aparecerán aquellas voces cantantes que se beneficiarán de este precario y contingente modo de sobrevivir. Aparecerán los mismos cantos de siempre de la flexibilización laboral y modernización. Pero la coyuntura deja enseñanzas, la escuela y los hospitales (edificio, institución y discurso) son el soporte del cuidado, la salud, la crianza y la educación socializada e inclusiva. El Estado interventor es cuestión de vida o muerte. Todavía queda un tiempo para el héroe colectivo.


Referencias:
– Michel Foucault, «Topologías», Fractal n° 48, enero-marzo, 2008, año XII, volumen XII, pp. 39-40. Recuperado de: http://hipermedula.org/wp-content/uploads/2013/09/michel_foucault_heterotopias_y_cuerpo_utopico.pdf
– Rojo Ustaritz, Alejandro Utopía freireana. La construcción del inédito viable . Perfiles Educativos [en linea]. 1996, (74), [fecha de Consulta 13 de Julio de 2020]. ISSN: 0185-2698. Disponible en: https://www.redalyc.org/articulo.oa?id=13207402

Malén Sabella
Malén Sabella

Platense. Cuenta la anécdota que durante la proscripción, su abuelo tarareaba La Marcha todas las mañanas en la intimidad del baño de su casita en Lincoln. Ella se aferró a esa historia. Sus padres le pusieron Malén pensando que significaba amor. Su mantra: “Lo que no se nombra no existe”. Carne de diván lacaniano. Hija del rigor.

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