Advertencia: usted está por comenzar a leer un relato verídico que contará el esfuerzo de caminar ciento catorce kilómetros en la cordillera argentina, bajo el sol, el viento y la lluvia, cargando comida, carpas y hasta kayaks inflables para lograr atravesar a remo sectores intransitables de la cordillera argentina.
Un relato con ampollas en los pies, lesiones en las rodillas, inyecciones, fatiga, hambre y dignidad.
Usted comenzará a leer el andar de cincuenta marchantes que en un contexto adverso y de retroceso, decidieron poner su tiempo, dinero y salud en pos de la defensa de la soberanía argentina, llegando una vez más, hasta las orillas de Lago Escondido: espejo de agua argentino usurpado por el magnate británico Joe Lewis.
“Los Argentinos no somos empanadas que se comen sin más trabajo que el de abrir la boca”
Impulsadas por un viento frío, las gotas de lluvia me revientan en las mejillas pálidas y rojizas al mismo tiempo. Siento la naríz helada, pero debajo de la campera impermeable el vapor brota sobre mis hombros, la transpiración de mi espalda se convierte en una sopa que moja mi remera y me hace resbalar la mochila de 75 litros cargada de ropa, comida para dos semanas, una bolsa de dormir, una carpa, dos garrafas de gas butano y una bandera Argentina.
Subir, bajar, volver a subir, inflar los cachetes para resoplar intentando expulsar del cuerpo el cansancio, volver a subir. Frenar, sacarse la mochila y que el peso por un instante descanse sólo en el antebrazo, darse cuenta de golpe, los kilos que uno lleva en la espalda, buscar una barrita de cereal, unos frutos secos, un poco de agua; esperar a los compañeros que vienen algunos metros atrás. Aprovechar mientras tanto e intentar que la montaña, los alerces, los coihues y cipreses entren todos juntos, al mismo tiempo en la retina. Volver a cargarse la mochila y que te raspe a la altura del hombro y el trapecio.
Es el segundo día de caminata. Faltan más de treinta kilómetros para la cabecera oeste de Lago Escondido.
Subir, bajar y otra vez volver a subir.
***
-Cierran todos el orto. ¡Dijimos que hablaba yo, carajo!
De las cincuenta almas que esperaban a la espalda de Alejandro Meyer “El Vikingo”, no voló una mosca.
El cartel de chapa color marrón con la tipografía que caracteriza el ANPRALE dando la bienvenida a la Reserva Natural Lago Escondido, nos daba una pista de donde estabamos metiendo la nariz, el Comisario de Rio Negro, los tres cordones de Policia que lo acompañaban y las patotas de paisanos a caballo con la cara tapada unos metros más atrás, confirmaban cualquier duda.
En palabras de José “Pepe” Sbatella, viejo militante de las FAP e integrante de la Columna Juana Azurduy: Estábamos cerca de la madriguera.
Atada al cuello, como si fuera una capa, una bandera Argentina colgaba a los hombros de una piba medio colorada, que con su celular y una autentica y sincera cara de asco nos filmaba sobrepasando el cordón de la policía de Río Negro. Detrás de las fuerzas de seguridad, por parte de los paisanos con el rostro tapado, volaban los insultos y también un dron de gran tamaño que nos firmaba desde el cielo, dejando un pequeño ruido a enjambre de abejas en el aire.
Intentando esquivar la mirada del Vikingo que lo tenía a una mano de distancia, el Comisario se refregaba las palmas y dedos por la cara, intentando parar la transpiración que caía de su su frente. Como pudo tartamudeó un par de argumentos, buscando dar a entender que su rol al igual que el del resto de policías presentes en el medio de la montaña era el de cuidarnos a nosotros.
El trapo rezaba: Las Malvinas son Argentinas Lago Escondido también.
Intimidado por Bianco o la bandera, el Comisario estaba hecho una sopa, nervioso y avergonzado. Sin poder evitar demostrar que por más que llevara los borcegos lustrados y calzara su uniforme con insignias y atributos de jerarquía, en esas coordenadas de la Cordillera Argentina, él era un empleado más de la Corona Británica.
Demostrando su poder e intentando dejar en claro que era él quien manejaba la situación, Bianco hizo un gesto con su mano derecha, invitando al Vikingo para que se acerque a hablar a solas a un par de metros alejado de los marchantes.
Los cincuenta integrantes de la Columna quedamos expectantes y callados, confiando en la orden que habíamos recibido la noche anterior en la cena, cuando nos confirmaron, en el refugio de Los Laguitos, que ese cinco de febrero de dos mil veintiséis llegaríamos a la cabecera oeste de Lago Escondido. Serenos y con confianza en las voces de mando de La Juana, después de comer nos fuimos a nuestras carpas. Posiblemente, ya en la bolsas de dormir nos quedamos un rato pensando qué paisaje nos aguardaba en Lago Escondido, pero principalmente procesando la importancia de la tarea política que nos esperaba.
Por esta razón mientras el Vikingo discutía con Bianco, nosotros estábamos tranquilos, sacando pecho y mostrando nuestras banderas.
Parados casi sobre el paralelo 42, nos encontrábamos en la entrada del punto estratégico que tiene el imperio para la balcanización de nuestro territorio nacional.
Metiamos la nariz en la base que la OTAN tiene en nuestro país, “casualmente” en territorio de frontera, a unos pocos kilómetros de Chile. Sí, el principal aliado de los británicos en la guerra de Malvinas.
El lugar dónde Obama se encontró con Mauricio Macri en 2016.
El lago de la mansión de Lewis, el magnate inglés que opera en territorio argentino desde los menemistas años 90 y quien recientemente fue indultado por el Presidente norteamericano Donald Trump, perdonando la condena penal de la justicia yanqui por fraude financiero, conspiración y traficar información privilegiada. Solo Lewis y Trump, saben el precio de semejante favor.
La mansión donde el Monopolio Clarín le puso la frutilla a la torta del Lawfere, apuntando todos sus caños o condenas en este caso, a Cristina Kirchner.
El punto estratégico donde se reunieron los Jueces Federales: Julian Ercolini, Pablo Yadarola, el Juez Federal de la Camara de Casación Carlos Alberto Mahíques y el ex Jefe de Seguridad Porteño, Marcelo D’Alesandro, hombre del riñón de Patricia Bullrich.
***
La suela del borcego talle 44 color gris va embarrada por completo, en esas piernas largas hay años de caminata. En muchas ocasiones verano tras verano patearon aquel sendero que arranca en Wharton acompañando el cauce del Río Azul y que sube por la montaña entre bosques nativos, toca lagunas de altura, se topa con Lago Soberanía y pudiendo plantar bandera allí, testarudo, continúa su sendero, bordeando el espejo de agua, subiendo montañas imposibles, hasta por fin llegar a Lago Escondido.
Esas piernas que obligadas, en tiempos de dictadura, fueron calzadas con botas negras militares y tuvieron que caminar distancias interminables en la turba malvinera, en el barro hecho nieve, con ese color que poco tiene de blanco y es más amarronado, amarillento. Esas piernas vestidas de verde que marcharon el paisaje hostil, argentino y frío de nuestro Atlántico Sur.
Esas piernas y ese cuerpo alto de manos grandes, que hoy llevan el pelo largo, barba blanca, nariz respingada y unos pequeños ojos marrones. Unos ojos que guardan imborrables en su iris, el paso y las esquirlas de la guerra. Ojos que soportaron mirar a la Fuerza Aérea británica descargando metralla sobre la estepa de Malvinas, a los morteros reventar sobre las trincheras heladas, encapotadas de tormenta, viento y muerte; a los altos mandos milicos abrigados y transando con el enemigo pirata. Pero también unos ojos marrones profundos, que miraron las estrellas en largas noches de guardia defendiendo el pabellón patrio.
Estrellas de mar abierto, con la Cruz del Sur en su máximo esplendor, estrellas patagónicas: constelaciones argentinas. En realidad nuestras mismas estrellas que se ven a un par de kilómetros en continente, y que ahora, cuarenta y cuatro años después, rumbo a Lago Escondido lo esperan, lo acunan y lo guían en el sueño de regresar a las Islas.
***
-Fui evacuado el 14 de junio a la madrugada, en el último de los vuelos que se hacían por debajo de la línea de los radares británicos, en un avión Hércules.
El “Flaco” Bellido habla y unos tres o cuatro marchantes lo escuchamos expectantes mientras caminamos bordeando el Río Azul.
-Me evacuaron por tener un avanzado cuadro de congelamiento de los miembros inferiores – dice mientras se pasa la mano a la altura del muslo izquierdo.
Vamos a su ritmo para no perdernos ningún detalle. A veces apuramos el paso porque sus piernas largas lo ayudan a sacarnos distancia en las rectas sin pendiente y en otras, aminoramos la marcha para estar cerca y no perdernos nada de ese relato que nos deposita en nuestras Islas Malvinas.
Paso a paso, a su lado, nos sentimos un poco más argentinos. Pero ese sentir nacional es una mezcla de orgullo y vergüenza al mismo tiempo. Orgullo por caminar junto a él, precisamente buscando llegar a ese pedazo de Patagonia usurpado por un inglés. Vergüenza por lo que cuenta de su tiempo en la Isla, su pie de trinchera, el ocultamiento y la desmalvinización sufrida durante el radicalismo y el menemismo.
-En el hospitalito de Malvinas quisieron amputarme el pie izquierdo, me salvó la llegada del último avión y la presencia de un compañero que me ayudó a resistirme- relata mientras frena la marcha y de su mochila nos comparte una botella de agua.
Callado, mientras lo escucho y caminamos a su ritmo, se me viene a la cabeza la imagen de El Diego. Primero aparece su puño escondido entre los rulos y el 1 a 0 a Inglaterra en aquellos Cuartos de Final de la Copa del Mundo. Después me copa el pensamiento un Maradona doce años más grande, puchereando alguna lágrima en la Bombonera, declarando que le habían cortado las piernas.
Entre flashes futboleros, lo sigo escuchando al “Flaco”, que mientras camina habla de las Islas, de sus compañeros, de los milicos y de la importancia de seguir luchando tantos años después. Pero ahora no paro de mirarle la pierna izquierda, esa que a las piñas, junto a otro compañero, defendió en el hospitalito de Malvinas.
Justo la pierna izquierda, la misma con la que Diego nos devolvió un pedacito de dignidad entre tanto cachetazo.
***
Al final de la picada, todavía a unos cuantos metros de distancia aparece el primer resplandor que se escapa cortado entre la cortina de árboles. A unos pocos minutos, nos espera soberano y tranquilo, Lago Escondido. La montaña, el sol radiante y el cielo celeste sin una nube a la vista, descansan sobre esa película de agua estática como un espejo.
Una garganta se desgarra al grito de:
¡Viva la patria!
Rápidamente ese grito de guerra es retomado y replicado por otras gargantas:
¡Viva la patria!
Las ampollas, el cansancio y la tensión con la Policía de Río Negro ya no importan.
La Columna Juana Azurduy avanza a paso firme por el camino de servidumbre que la gente de Hidden Lake dejó marcado con una cinta roja de peligro.
Sobre el sendero angosto nos imponen su presencia con la policia, paisanos encapuchados a caballo y gente vestida de negro manejando cuatriciclos y rodados todo terreno.
Flameamos nuestras banderas y comenzamos a cantar las primeras estrofas del Himno Nacional:
Oid ¡mortales! el grito sagrado:
¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad!
Saltando de alegría, con la celeste y blanca como primer estandarte y entonando el himno, llegamos a la cabecera oeste de Lago Escondido.
En ese mismo punto, Mauricio Macri se juntó a comer con Obama, precisamente el 24 de marzo de 2016.
Inflando el pecho la Columna Juana Azurduy recordó a los 30.000 compañeros detenidos desaparecidos.
coronados de gloria vivamos
o juremos con gloria morir.
***
La cabecera oeste de Lago Escondido tiene una bahía que serpentea formando una letra S. En gran parte, los musgos verdes oscuros copan el paisaje y se extienden desde la orilla hasta la mitad del veril, donde el lago toma un color oscuro aturquesado.
Tiene una playa ancha con piedras color gris claras. Aun así, nosotros nos amontonamos en un pequeño sector. A los pocos metros, absolutamente en todos lados, la gente de Lewis nos mira de manera amenazante con la cara tapada. Algunos incluso fingen pescar desde un gran muelle, que bizarramente decidieron adornar con banderas argentinas.
***
Mientras inflamos los kayaks, Camila y Ricky se apresuran a desarmar su mochila y ponerse rápido la malla y las antiparras. Al mismo tiempo, como si estuviesen sincronizados o cortados por la misma tijera, toquetean sus relojes para dejar asentado, vía satélite, cada brazada, cada metro que darán en las aguas frías de Lago Escondido.
En esta ocasión el Padre Paco no pudo hacerse presente, entonces Franco y el Vikingo agarran un vasito de plástico y con el agua del lago, comienzan a bautizar a los marchantes que por primera vez llegaron a ese pedacito de patria usurpado. Mientras el Vikingo moja la nuca de los marchantes, Franco improvisa algunas palabras donde la fe y la lucha son parte de lo mismo.
Terminado el sacramento, algunos salen a remar en los kayaks flameando las banderas de sus organizaciones. Otros despliegan chacinados, frutos secos y preparan sanguchitos sentados en la playita de piedras.
Carlitos hace lucir un pedazo de queso y dulce, y se clava victorioso, un postre Vigilante mirando el agua.
Sandra se toma unos minutos para contemplar. Por su cabeza, quizás pasan imágenes del incendio que a principios de febrero del 2025 devoró chacras familiares, viviendas y miles de hectáreas de bosque nativo.
Incendio que arrancó horas antes del comienzo de la Marcha a Lago Escondido del año pasado y que casualmente arrancó en Wharton, cercano a la picada que bordea el Río Azul y va de a poco adentrándose en la Cordillera, donde Joe Lewis es dueño de la mayor porción de tierras.
Alimentado por el viento y con terreno favorable por la poca lluvia, el fuego arrasó con todo. No discriminó en animales, bosques milenarios, pinares, ni mallines. Arrasó con todo menos con las tierras bajo posición británica.
Sandra contempla el reflejo de la montaña en el lago hecho un espejo. A unos metros de distancia, con la cara tapada, la miran amenazante los mulos de Joe Lewis, los mismos que aportaron a ensuciar su nombre y responsabilizarla por el inicio del fuego.
La culparon por mujer, por militante sindical, por habitante de la Comarca y por mapuche.
Sandra se acerca al Lago y pidiéndole permiso, de a poco camina dentro de él. Sus piernas color tierra se mojan. Su sangre, heredera de quinientos años de resistencia, circula fresca.
El Escondido, orgulloso y soberano le devuelve la mirada en el reflejo.
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