Un hongo negro y creciente que llena los días

Un hongo negro y creciente que llena los días

TIEMPO DE LECTURA: 6 min.

Caminemos sobre Enero, la primera novela de nuestra autora del mes, Sara Gallardo. Un rastreo sobre esa voz que desde su inicio va a marcar que lo que viene por delante es una obra potente, única en su especie.

La primera vez que me crucé con el nombre de Sara Gallardo (1931-1988) fue en una librería de usados. Montañas, pilas, estantes llenos de hojas amarillas con tapas derruidas por el paso del tiempo. Entre tanta letra olvidada, ahí estaba ella. Una autora, por entonces desconocida para mí, un libro breve titulado Enero (1958) en el que se podía ver en la tapa la silueta negra y pequeña de una mujer observando el vasto campo, la soledad de la inmensidad. A esa edición nunca la volví a encontrar, pero sí a las historias de Sara. 

La familia de Sara Gallardo estuvo caracterizada por un largo linaje de hombres de política y poder. Hombres de gran renombre y participación en la conformación de la historia nacional, pero no es de ellos de quien habla Sara en sus relatos. No es de esos hombres de traje y mirada inquisidora de quien contará los pormenores de su día a día. En Enero, Sara mira para otro lado, ahí donde están los peones del campo, las mujeres de sonrisas serias y manos curtidas por el trabajo bestial y agotador. Sara agudiza el ojo hacia donde nadie quiere mirar y ya, en 1958, escribe la historia de los invisibilizados, mira a esos trabajadores y trabajadoras del campo en los que nadie prestaba atención. Mira, observa, cuenta sobre la vida de esos hombres y mujeres que ella conocía bien. No por pertenecer a su clase, sino por los lugares que habitaba, que visitaba con su familia y decide que pueden ser protagonistas de las historias que se transmiten página a página. 

En Enero, el calor del campo es sofocante. Ahoga, asfixia, el sopor del sol en la nunca se torna insoportable, los pasos se vuelven lentos y pesados, inclusive para Nefer que está llena de juventud y energía para transitar por las tierras llenas de polvo y silencio. Sin embargo, no es el calor lo que sofoca el alma de la protagonista de esta novela corta. Nefer tiene un “hongo oscuro” creciendo en su interior, solo el miedo y la soledad la acompañan. Una niña, una adolescente de dieciséis años, que no tiene a quien darle la mano para transitar lo oscuro que le toca vivir. 

Es en Enero que Nefer descubre que ya no está sola, aunque no es esa la compañía que ella estaba buscando sino el amor del Negro, a quien no encuentra, a quien mira, pero no recibe respuesta. Esta es una historia de amor y desamor, del amor más puro e inocente, de ese primer amor imposible, pero por el que se hace cualquier cosa por alcanzarlo. Nefer está perdidamente enamorada del Negro, un peón de campo que está con la Delia, y no voltea a verla a ella. Nefer se pone su mejor vestido para él, la esperanza de cruzarlo, aunque sea por breves segundos la invaden, pero es otro quien llega, es otro quien sujeta su cintura, la aparta y la somete. Es otro quien está ahí mientras ella piensa solo en el Negro y que todo lo quería con él. 

En esta historia, el campo y la desigualdad naturalizada son protagonistas, Gallardo escribió una historia que aún es contemporánea, una historia narrada desde lo no dicho en donde se está completando el sentido todo el tiempo. Las palabras más crueles no se nombran, no se escriben, solo están presentes en la desazón que siente la protagonista: el desamor, la violencia sexual, la seguridad de querer morir, la soledad y la imposición materna. 

¿Qué va a decir la gente del pueblo? ¿cómo mirar a los demás a partir de ahora? ¿Cómo esconder este secreto que crece día a día en el vientre de una niña? 

¿Es Gallardo quien elige no nombrar o es Nefer que no puede ponerle nombre a eso que la llena de desdicha? El silencioso, a veces el amigo, otras la semilla u hongo oscuro: “Amigo secreto no hay ninguno. Semilla triste que crece y crece sin piedad es lo que lleva, no amigo secreto”. Las ganas de morir invaden a Nefer y eso sí puede decirlo, aunque quien la escuche sea el viento, porque cuando grite lo que le está sucediendo será tarde. 

“Hoy Nefer quiere cavar un pozo en la tierra, aunque fuese con las uñas, aunque sangraran, con los dedos si las uñas se rompían, con los brazos si los dedos se gastaban, y en el pozo profundo enterrarse, cubrir de tierra los ojos cerrados y volverse poco a poco raíz, o pasto, o barro, sin sueños, sola, olvidada del miedo.”

Enero es y no es una historia de desamor. Es porque sí se narra el amor desinteresado y único de una adolescente hacia el Negro que solo tiene ojos para la Delia y para sus caballos. No lo es porque en esta narración solo hay dolor y desazón, es una historia de soledad y de violencia, donde la familia solo está en la mirada silenciosa del padre y los gritos imponentes de una madre que solo piensa en el qué dirán. Es la historia del dolor y del miedo, del desasosiego: miedo a terminar con aquello que genera miedo y, al mismo tiempo, no acabar con aquello que oprime, es historia del miedo a no poder decir, a la imposición del silencio, el miedo de callar eso que habita en el interior. A lo largo de toda la novela, conocemos todas las sensaciones, la soledad y desesperanza de Nefer porque es su voz la protagonista, es ella quien habla y se intercala con un narrador omnisciente que sigue a Nefer como una cámara que habita en su interior. Nefer abrumada, buscando una salida, galopando rápido y fuerte, Nefer buscando al Negro, Nefer llorando sola en el lomo de su perro, Nefer esperando la mirada de su padre, alguna mirada que la acompañe en esta inmensa tristeza. 

Enero, la primera novela de Sara, narra desde lo no dicho, pero, al mismo tiempo, le pone voz y palabras a la angustia, a ese nudo en la garganta que ahoga, ese nudo al qué dirán, a las imposiciones sociales de una época, esa libertad a la que solo acceden ciertas – y pocas- mujeres porque a Nefer le tocó vivir en una época y en un lugar en el que otro tipo de vida no era posible. A Nefer le tocó la soledad del campo, la brutalidad y violencia de un hombre, a ella le tocó estar sola incluso teniendo familia. Sara escribió en el siglo pasado, una historia actual, que se renueva día a día, una historia escrita desde el silencio y lo elidido y le pone voz a una protagonista que se queda en el corazón de quien lee.  Una historia corta, pero llena de potencia, una historia para revisitar. 


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Lau Uhrig

Trabajadora, estudiante y lectora de Literatura. Docente de Lengua y Literatura en escuelas secundarias de La Matanza. Estudiante de Lic. en Lengua y Literatura (UnLaM). Siempre caminando por La Matanza

Cada pisada como un suceso

Cada pisada como un suceso

TIEMPO DE LECTURA: 7 min.

La ganadora del décimo concurso de cuento Haroldo Conti 2023, Dolores Botana. Habló de cuento Pisada, de influencias, métodos de escritura y más. 

Nació el 9 de enero de 2003 en la ciudad de La Plata, donde reside actualmente. Es estudiante de Ingeniería en Energía Eléctrica en la Facultad de Ingeniería de la UNLP. “Pisada” es su primera obra publicada por Ediciones Bonaerenses tras haber ganado la décima edición del Concurso de cuento Haroldo Conti.  


¿Cómo son tus inicios con la literatura? 

Arranqué muy de chica en mi casa. Mi viejo lee un montón y mi mamá también, es algo que siempre estuvo muy presente. Comencé leyendo la colección naranja de Alfaguara y después a medida que fui creciendo fueron cambiando los gustos. Guiada por recomendaciones de mi viejo fui leyendo otros autores. El tema de la lectura y la escritura siempre fue muy de la mano, no en el sentido desde que comencé a leer comencé a escribir, sino que siempre para alguien que lee mucho es muy difícil no pensar en algún momento, yo puedo hacer algo así, pica el bicho de curiosidad de decir, bueno yo por ahí podré crear algo, siempre tuve esa intriga. A los dieciséis, diecisiete, en pandemia se me dio por comenzar a escribir. 

En lo que es escritura ¿Te sentís más cómoda en el texto breve? 

Definitivamente texto breve. Más que nada por una cuestión de que siento que con mi profesor de escritura todavía tengo que trabajar muchas cosas. Soy una persona muy desordenada, básicamente me siento a escribir en un ataque de inspiración, de un tirón y después veo cuándo lo completo. Siento que eso no es muy compatible con lo que vendría a ser algo más largo. He tratado, intentado, comenzar novelas que no llegaron a ningún lado. Lo que me gusta de los cuentos es que es muy fácil, para mí, pensar la idea, armarla y después concluirla. 

Pisada, el cuento con el que ganaste el premio Haroldo Conti ¿Cómo aparece la idea? 

Sale de las lecturas que tenía en ese entonces, por mis ideas políticas y también por lo que se hablaba en mi casa, con mis amigos. Siempre me interesó mucho la historia de los setenta, comencé a leer mucho al respecto, preguntarme de dónde sale esa lucha. Me acuerdo que me había comprado, ahí cerca de plaza San Martín, de una editorial muy barata, los diarios de motocicleta del Che y también el diario del Che en Bolivia. Me habían gustado mucho los dos, porque además de ser un gran revolucionario, era un excelente escritor. Había leído mucho sobre guerrillas latinoamericanas, en particular sobre la Junta Coordinadora Revolucionaria me parece que es donde se termina enmarcando el PRT. La biografía de Santucho también había leído. Estaba muy metida en el tema, esas eran mis lecturas del lado histórico. Relacionado al tema de los setenta me había gustado mucho Nadie nada nunca, de Juan José Saer, de ahí viene el tema de los párrafos largos que tiene el cuento. Los cuentos de Fogwill, me parece que de ahí también sale el lenguaje. 

Fogwill es un autor que tiene una mirada ácida sobre nuestra historia, con textos como Los pichiciegos o Los pasajeros del tren de la noche. Hay una idea en su obra de repensar la historia. En tu cuento Pisada se deja notar la misma intención ¿Cómo es trabajar con una figura tan potente como es el Che? 

La idea de repensarlo al Che viene inspirada por el debate que existía en ese momento entre las izquierdas. Cómo esta izquierda más tradicional ve el surgimiento de las guerrillas y cómo eso contrasta con este esquema de ir paso a paso, que tiene que estar dadas las condiciones para la revolución. Temporalmente la caída del Che en Bolivia está muy cercana. Repesarlo desde ese lado, muchas veces en esto de criticar el foquismo, el ser un aventurero, que eran acusaciones que recibía el Che en ese momento y se lo termina contando como un tipo obtuso. Leyendo el diario se ve en el final de las entradas una revaluación del día, es así como se construye la revolución, no solo en ese entonces, al día de hoy. Salió de ahí, de ese debate que existía.    

Metiéndonos en las voces del cuento. Está la voz de Mario monopolizando el relato, está la escaza, pero precisa voz de Daniel, hay una tercera voz que va narrando acción y una cuarta voz que es la discursiva del Che ¿Cómo trabajaste todas estas voces?

La lectura del Beso de la mujer araña también está presente en el momento en que escribí Pisada y quise incorporarlo. Para mí es más fácil el tema de escribir diálogos y narrar desde ahí, obviamente no abusarlo como recurso. Narrar desde el párrafo se me hace un poquito más difícil. No había pensado las voces tan diferenciadas. Lo único que sabía es que quería que la acción fuera muy escueta porque siento que eso lleva a meterse más en el cuento, me parece que una acción más descriptiva o meter en el medio un párrafo más largo me hubiera hecho perder esta sensación que yo quería lograr de estar ahí metido en la conversación. 

Sobre las voces de Mario y Daniel me interesaba a partir de la discusión entre ellos ir revelando un poco de su historia, este tema de la traición que aparece. Quería que Mario ocupara la mayor parte del dialogo y que también fuera el que establece las ideas, el que afirma todo el tiempo. Imaginaba a Mario tomando una posición de liderazgo mucho antes, Daniel acatando órdenes y como eso se traslada al presente. Mario como ideólogo y Daniel más como un soldado raso. 

Dijiste quitar acción, antes nombraste a Saer. En Pisada hay una intención de quitar acción y que el texto crezca por acumulación, aparecen estas oraciones muy largas donde la descripción se va acumulando que le va dando una cadencia al texto ¿Cómo es esa decisión? 

La pesquisa de Saer es fundamental también, pensando este estilo de texto. Me parece que por un lado va muy de la mano con mi forma de escribir. Esto de escribir de un tirón, siento que da un flujo más constante que va de la mano con la forma en la que escribo. Por otro lado, me parece que aporta mucho a meterte más en la historia, si bien esta cuestión de las oraciones largas, que no aparezca un punto y aparte que te permita descansar, puede hacer la lectura más agotadora, creo que en otras ocasiones sirve para meterse más en el texto y perderse en él. Esa era mi intención. Me gusta mucho esa idea de Saer de que un párrafo de lejos que ocupa carillas y carillas, que parece intimidante una vez que lo lees te das cuenta que el texto mismo te va llevando y no es tan espantoso como parece. 

Para finalizar preguntarte ¿Cómo te llevas con la idea de publicación? 

El tema de publicar es algo totalmente nuevo para mí, todo lo que vino con el concurso fue un cambio muy radical. Pasé de no mostrar lo que escribía a absolutamente a nadie, a tener un cuento publicado y que lo vea todo el mundo. Me estoy amigando con la idea de que esto que escribí que creí que iba a ser muy íntimo y solo para mí, de repente está ahí en mundo y la gente pueda leerlo, tener opiniones y formar ideas al respecto. Me gustaría seguir trabajando en el futuro y publicar algo más. Siento que con esto del concurso lo que yo tenía, más bien, como un hobby no muy frecuente, me lo estoy empezando a tomar más enserio. Pensar en el día de mañana en un libro de cuentos. Es algo muy lindo que me dejó el concurso, esa confianza de decir esto que yo pensé que no valía nada puede estar bueno y hacer algo con eso.


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Juan Machado

Juan Machado nació en Carhué, provincia de Bueno Aires, en 1992. Poeta, escritor, también se desempeña como conductor y productor de Plástico Cruel en radio Trinchera. Publicó los libros, Pájaros Punk ( Malisia, 2022) y Como corderos (Azul Francia, 2024). Obtuvo una mención meritoria, por su cuento Una canción desesperada, en el 10° Concurso de cuento Haroldo Conti, 2023

Las últimas fotos en el mar

Las últimas fotos en el mar

TIEMPO DE LECTURA: 7 min.

Los gestos de un pez negro, las intenciones humanas. La relación de un padre con su hija, de un hijo con su madre. La ternura sujeta al grito más fino y ensordecedor. Amanda Corradini nos pasea por una galería de tragedias íntimas.

Un ser vivo tan chiquito no debería tener ojos tan grandes, tan salidos de su cara, porque lo vuelven más monstruoso que tierno. Encima siempre sentí que me miraba a través del vidrio, que se me quedaba viendo, que se movía por el perímetro interno de la pecera siguiendo mis movimientos. No me enternecía en absoluto el asunto.

Entre el olor a alimento balanceado y el puto pez negro mirándome terminaba descompuesto todas las veces. El único pez negro entre una docena de otros naranjas y amarillos en la tienda de alimentos para mascotas a la que íbamos a comprarle alimento a Gretel. Detestaba ir pero no me quedaba otra, la perra fue el único gesto de desprendimiento de mi ex mujer cuando nos separamos y mi hija la adoraba, quizás por eso no me animé a entregarla a una perrera.

Nadina apoyaba su frente en el vidrio engrasado de la pecera y golpeaba con el dedo. Sabía lo que venía después porque cada sábado pasábamos por lo mismo, giraba y me mostraba su dudoso gesto de ruego pidiéndome un pez de mascota. Discutíamos: “Ya tenemos a Gretel”. “Pero es una perra, no tenemos peces de mascota”. “Es complicado tener un pez, necesitaríamos una pecera y un lugar grande donde ponerla”. “Dale, pá, el naranjita, el naranjita”. “Basta Nadina, no”.

Posiblemente fue mientras el bicho negro y yo volvíamos a mirarnos como gánsteres vidrio por medio que escuché la voz aflautada de mi vieja asegurando que los peces traían desgracia. Ese mismo día un insulso pez naranja bautizado Mandarina se integró a la lista de mascotas de mi hija en mi diminuto departamento. No le dejé traer el negro porque no estaba dispuesto a bancarme esos ojos horribles vigilándome en mi casa.

Mi vieja tenía decenas de creencias pelotudas de ese tipo que además comentaba con la saludable impunidad de una infeliz. Todo lo que era, era así; incluso lo que hacía en casa, nada especial, nada notable o al menos eficiente. No hubo forma de sentir dependencia y mucho menos amor por la mujer que arrastraba sus pantuflas por la casa con un ruido largo, llevando ese cuerpo que siempre me hizo pensar en una caja de cartón mal armada. Que fuera mi madre no era más que una contingencia. Lo aprendí a pensar así desde que era pendejo.

 Aunque no identifiqué lo que sentía como desprecio hasta que fui adolescente, quizás porque ese rechazo vital fue descascarándose de a poco hasta revelar otra cosa. Entendí en algún momento…entendí claramente por qué el viejo se había rajado de casa y me llené de más vergüenza aún por eso, en años de terapia no pude deshacerme de la vergüenza por papá, como si yo hubiese sido el responsable de darle una mujer tan precaria. De noche en mi cama, cuando ya había entendido que no iba a volver nunca, traía a mi mente una y otra vez las horas de la cena, cuando yo no tendría más de 6 o 7 años, recordaba los ojos de papá sobre nosotros dos e imaginaba su asco, su esfuerzo cada vez más debilitado por no saltar por la ventana mientras escuchaba a su mujer gritarle al canario desde la mesa con esa voz finita y veía a su hijo escupir los ravioles sistemáticamente crudos en el plato. 

Era una mugre invisible, como la culpa, así de vigorosamente pegajosa era la vergüenza. Pero en cuanto pude expresar mi desprecio sin miramientos, decirle lo poco que era, lo poco que había sido para mí, para papá, culparla de su abandono, me limpié de esa mierda. Enrostrarle a los gritos su mediocridad me elevaba y me distinguía de ella, me hacía sentir cerca de mi viejo, aunque no hubiese vuelto a verlo.

Necesitaba arrancarle esa comodidad que le daba la ignorancia. Me desesperaba que no entendiera hasta qué punto su imbecilidad me había privado de un padre, que no dimensionara el hombre que había dejado ir cuando tendría que haber besado el suelo donde pisaba por haberle hecho el favor de ser su marido por unos pocos años. 

Total, para cuando me permití decirle todo ya no la necesitaba para nada, tenía un buen trabajo y estaba listo para irme a vivir solo. Me juré que yo iba a hacer otra historia, mi mujer no me iba a dar vergüenza, mis hijos no iban a tener vergüenza de su madre.

Y no me arrepentí de Valeria ni siquiera cuando me dejó, y eso que siempre tuve claro que se iba a ir con otro sin la mínima piedad si eso elevaba el tope de su vanidad. Una mierda me importó. Aún como ex, Valeria seguía siendo todo lo que no había sido mi vieja. Su frialdad venía de cierta altivez, de saberse inteligente, elegante, eficiente, no de ser una idiota que andaba corriendo detrás de las cosas sin entenderlas, un conjuro aliviador ante la posible maldición de que algo de mi madre se impregnara en mi vida o en mi descendencia. Nadina finalmente era producto de buena estirpe: Valeria y yo, y yo era sólo mi padre.

Se sorprendió la directora cuando le dije que iba a ir al acto de fin de curso, se apuró a advertirme que iban a poner una foto de Nadina, que su mamá había dado permiso pero que por supuesto no quería asistir. Se ve que sintió la necesidad de agregar alguna aclaración decorosa entre tartamudeos luego del “por supuesto”, habrá considerado con retraso que podía haberme ofendido. La verdad, no. Creo que me merecía al menos ese momento, los susurros gentiles, la conmiseración, sentir todas las miradas en mí tratando de detectar mis contenidos gestos de sufrimiento, una recompensa mínima por lo que había tenido que vivir. Después de todo Valeria podía estar desbastada de dolor pero era yo el que la había visto morir. Merecía al menos esa compensación, ser el papá de la nena más aplaudida, la música, los abrazos, el llanto. 

 Lo que me parece francamente morboso y desubicado es que me hagan contar cómo fue. Por suerte algo de sentido común inhibe a la mayoría de preguntarme, no soporto contar de vuelta eso, responder preguntas idiotas. Quería jugar a ser Mandarina, la dejé, se ahogó. Eso es todo, no hay más que contar. Salvo el oficial que me pidió que le cuente los minutos antes de la tragedia. Usó esa palabra, tragedia. “Señor Arias, después de la tragedia que acaba de vivir no voy a retenerlo mucho tiempo, pero necesito hacerle algunas preguntas. Es rutina, así lo libramos rápido y atiende lo que tiene que atender”. Nunca sabrá que me salvó la vida cuando pronunció la frase. Me aferré con desesperación de animal a esa palabra. Tragedia era una tibieza, una estructura sólida en ese preciso instante en el que no podía sentir el piso bajo mis pies y no consideraba más futuro que tirarme del balcón de mi departamento en cuanto volviéramos de enterrarla.

 “Mirá, papá, soy como Mandarina”. Eso dijo y después no sé qué pasó ¿Qué mierda dice la gente de que los accidentes pasan tan rápido que uno no llega a procesar nada? Para mí fue tan intolerablemente lento todo que me hizo rogar que se terminara de una puta vez. Me miró, no sé cómo hizo pero hubo un instante insoportable en que me enfocó y me miró por arriba de su improvisada pecera, me vio gritando desde la orilla con una voz imbécil de aguda.

Una pareja de pescadores la sacó. Ya no era ella y ya no se parecía a Mandarina, pobrecita, pobrecita. Tenía los ojos tan abiertos y ese azul venoso en la cara. Sus ojos desaforados mirándome, mirándome aún, mirándome para siempre, me preguntaban cosas, me contaban cosas. En sus últimos segundos supo de mí lo que ni yo sabía y lo había guardado para siempre en esos ojos horribles. Un pequeño álbum de dos páginas con la misma foto mía en ambas: parado en la orilla, mordiéndome las manos, viéndola ser tragada por una ola celeste sucio.

Una cara tan chiquita no debería tener unos ojos tan grandes. 

Por el amor de Dios mamá, callate, callate.


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Amanda Corradini

Mujer de trincheras: Reparte su vida entre la trinchera de la Escuela Pública, la de su biblioteca y la que guarda algunas banderas que gusta agitar. Todo regado de mate dulce, Charly García y un vergonzoso apego por el humor infantil.

La crueldad tiene corazón humano

La crueldad tiene corazón humano

TIEMPO DE LECTURA: 5 min.

Juan Fernández Marauda nos trae su mirada sobre un libro potente, donde la crueldad, el amor, la fantasía, lo que está por delante y no sabemos bien de qué se trata parecen rosarse, ser una misma cosa y a la vez otra. Juan cuenta, habla, sobre Yegua de Cintia Rogovsky.

La crueldad tiene corazón humano y la envidia humano rostro – William Blake

Ya hemos aprendido que al amor romántico hay que huirle. Que ahí es donde afloran algunos de los rasgos más peligrosos que tenemos, como individuos y como especie. En esta colección de conceptos y emociones anacrónicas nacen los celos, la codependencia, la crueldad, el afán posesivo y controlador, la fantasía sin matices ni límites y todo aquello que hoy identificamos bajo el amplio toldo de la toxicidad. Ni siquiera es que todo esto sea la mera contracara del amor, ni sus consecuencias nefastas pero inesperadas. No. Todo esto es lo que ya está ahí, agazapado, y preferimos no ver hasta que es demasiado tarde. Bueno, Cintia Rogovsky lo ve, lo ubica a la distancia y lo expone. Esta es la fuente en la que bebe su Yegua.

Antes de empezar debo admitir que no soy un ávido lector de historias románticas. Me acerco a ellas con desconfianza y las miro de lejos, como quien tiene miedo de contagiarse, con una actitud que probablemente sea digna de ser llevada a terapia. Lo que sí soy, por otro lado, es un apasionado lector de relatos crueles. Esto también lo debo confesar, perdóneme padre. Me gusta el pollice verso del autor que se ensaña con sus personajes hasta la última línea, que les ensarta un divorcio, un cáncer y después los obliga a apoyar la cabeza en las vías del tren. Sin embargo disfruto aún más cuando esa crueldad está problematizada en la ficción y no solo sentenciada con brutalidad. Me encanta cuando el desprendimiento del narrador permite que los personajes ejerzan, casi sin mediación, sus fuerzas destructivas los unos sobre los otros. En estos últimos casos, ya no solo es catarsis autoral o fantasía de poder, sino más bien observación de la naturaleza voraz de las personas. El ojo que ve el ángulo en el que entra el cuchillo, metafórico o real, y la cara de quien lo retuerce. Adivinen en qué categoría se agarra, no sin algo de saña, la autora. 

Entonces, amor y crueldad. Amores románticos y desgarradores, amores platónicos y negados casi hasta la forclusión, amores adúlteros, tanto clandestinos como expuestos a los ojos de cuantos quieran ver. Y, al mismo tiempo, crueldad. La crueldad casi inocente del ingenuo o el lego, el desdén venenoso del oportunista y el rencor redoblado del rechazado. Pero también el sadismo organizado y la manipulación social y sistemática, perpetuada a través del tiempo y las culturas. En los cuentos que componen Yegua, la autora logra que la ficción hable de todo esto y, cuando no queda otra opción, permite que la realidad complete el mensaje.

George Eliot dijo “La crueldad, como cualquier otro vicio, no requiere ningún motivo para ser practicada, apenas oportunidad”. George Eliot era, además, el nombre de hombre con el que tenía que firmar Mary Anne Evans, novelista británica, para que la publicaran. En sus mejores momentos, Yegua expone estas desigualdades sin explicarlas. Muestra sin masticar aquello que muchas veces nos encontramos por la calle y no nos detenemos a ver. Cintia Rogovsky llama la atención sobre la herida para que duela. Esto se ve en sus mejores cuentos, los que trabajan con sutileza las presiones sociales, el peso de la envidia, el qué dirán de los vecinos y las consecuencias de la violencia. En otros casos, Rogovsky decide cambiar la lupa por la maza. Esta medida nos puede gustar o no, pero es indudable que a veces es necesario voltear una pared para que entre la luz. Primo Levi, escritor y víctima, aunque parlante, del holocausto, para cuando llegó a Los hundidos y los salvados, la última parte de su trilogía de Auschwitz, también se había cansado de sutilezas. Estaba harto de que una gran parte del mundo, al parecer, negara la violencia de su realidad. Si la comparación les parece extrema, está bien: es así a propósito.

¿Cintia Ragovsky, a pesar de todo esto, cuenta historias de amor?. Si, por supuesto. Con más razón, diría, además. Pero por suerte no escribe solo historias de amor. Trabaja con matices. Habla de amor -sepan disculpar la insistencia del significante- de política, de historia, de cultura y de clase social. También desnuda algunas formas estancadas del machismo y recupera otras caras del feminismo, quizás las menos evidentes, las víctimas del prejuicio. El gran logro de sus cuentos, por sobre todo, es que saben balancearse entre la ternura y el abandono, la pasión y la culpa. Ninguno de los vínculos que presenta, y en ocasiones también disecciona, es completamente inocente. Pero, de igual manera, si como he dicho hasta ahora, por momentos estas historias parecen cargarse de un ímpetu oscuro y tremendista, en otras ocasiones saben soltarse en una deriva nostálgica, casi dulce, en la que un momento de escapismo infatuado o una aventura sexual bien valen el reproche, la sorna o la confusión que vendrán. Porque, sí, dejemos esto claro, incluso en la ficción – y a veces, trágicamente, solo en la ficción- tanto el ejercicio del amor como la imposición de  la crueldad tienen consecuencias. 


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Juan Fernández Marauda

Nació en Lanús, en 1988, pero creció en el Valle Inferior del Río Chubut. Trabaja en el cruce entre salud mental y escritura en un hospital de día. Es escritor, editor, librero y coordina el taller de escritura PULP! en la ciudad de La Plata. El puente de las brujas, su primera novela, fue publicada por EME en 2020 y Esplín Tropical (México) en 2022

Un lenguaje que avanza

Un lenguaje que avanza

TIEMPO DE LECTURA: 7 min.

En el mes de Sara Gallardo, Enzo Maqueira pasó por Revista Trinchera para darnos su percepción sobre la vida y obra de una de las grandes autoras de nuestra literatura.

Enzo Maqueira es un escritor argentino. Publicó los libros Electrónica (2014), Hágase usted mismo (2018), Higiene sexual de un soltero (2023), entre otros. También es miembro fundador de la Unión de Escritoras y Escritores, asociación civil formada en 2019 que desarrolla la tarea de defender al escritor como trabajador. Lector y pensador de la obra de Sara Gallardo, nos compartió su tiempo para conversar al respecto de la obra de nuestra escritora del mes.


¿Cómo llegás a la obra de Sara Gallardo?

En 2001 el diario Clarín sacó una colección de clásicos argentinos, a cargo de Ricardo Piglia. Ahí salió una edición de Eisejuaz, vi la tapa con la foto de Sara Gallardo, debo confesar que llego a su obra porque vi su foto en la tapa y me pareció una mujer bellísima, obviamente después leí el libro y me volvió loco. Eisejuaz fue la medida de toda literatura posible, siempre pensé que cada vez que escribiera algo debería estar a la altura de Eisejuaz, por supuesto que no lo logré todavía, tampoco me lo propuse desde ese lugar. Llegué así, gracias a Clarín, a Piglia y después gracias a Leopoldo Brizuela que hizo mucho por difundir la obra de Sara Gallardo.  

¿Cómo conviven la cronista/periodista y la escritora de ficción?

Alguna vez escuché decir a la hija de Sara Gallardo, Paula Pico, que la verdadera Sara Gallardo está en la cronista y no en la novelista. Como lector y fanático de la obra de Sara debo decir que son muy distintas la una de la otra, pero hay algo ahí que las iguala que es la sensibilidad social. Para la clase a la que pertenecía ella, yendo a Eisejuaz, esa novela que tiene su correlato en una crónica donde se encuentra con Lisandro Vega, personaje que inspiró la novela. Ahí te das cuenta que la cronista tenía una sensibilidad social que en las novelas desarrolla. Creo que el hilo conductor es su sensibilidad.  

Pensando en su primer libro, Enero ¿Hay desde este primer libro una intención de escribir contra su clase? ¿Qué hay de su linaje en su obra?

No sé si hay en Enero una intención de escribir contra su clase como una idea clara de que estaba en contra de algo. Ella siempre fue la rara de su familia y no sé si era una especie de contra, sino que simplemente ser quien era y poner la lupa, contar la historia que a ella le interesaba. De chica cuando andaba por el campo le gustaba mucho juntarse con la peonada, me parece que lo único que hizo, más que ir en contra de su clase, fue simplemente contar lo que a ella le conmovía. Quiso ir a favor de ella. 

Con respecto al linaje en su obra, es claro que ella pertenece a una clase alta pero que la está mirando desde otro lado. Ahí juega un rol importantísimo Murena que fue quien en algún momento le dijo, tenés que dejar de escribir desde tu clase social y de lo que vos conoces. Ahí es donde ella dijo, ok, listo y se escribió Eisejuaz. Creo que Murena fue quien le hizo tomar conciencia más claramente de esa clase social, de esa pertenencia y ahí sí escribir en contra de eso. 

Te hemos escuchado decir que Sara Gallardo es el primer gran clásico del siglo XXI, en qué basas este pensamiento. 

Tiene que ver con que fue rescatada en el 2000 por esta colección que te decía antes, ahí empezó una revalorización de su obra, que había sido injustamente olvidada. Hoy creo que no se puede pensar en escribir sin haber leído a Sara Gallardo, así como en el siglo XX no se podía escribir sin haber leído a Cortázar. Creo que hoy es Cortázar, más Borges, más Arlt, los de siempre del siglo XX, más Sara que si bien escribió en el siglo XX fue rescatada en el siglo XXI. Si la lees hoy no ves ni un atisbo de envejecimiento en su obra. Por ejemplo, la novela Fin de fiesta de Beatriz Guido la temática es sumamente contemporánea, es una especie de varón del conurbano populista que si la lees te das cuenta que envejeció, no la temática sino la forma en la que está escrita. Vos agarrás Enero o Los galgos, los galgos y podría haber sido escrita hoy por cualquier escritora o escritor contemporáneos. Es ineludible Sara Gallardo, es parte del canon, debería haberlo sido el siglo pasado, pero el siglo pasado fue muy injusto con las mujeres. 

Llegamos a Eisejuaz ¿Qué rompe en la literatura argentina con este libro? ¿A qué tradición sentís que está discutiendo? 

En principio no llamaría ruptura. La composición de ese lenguaje de Eisejuaz, esa narración alucinada. Hay un juego con el lenguaje que ha sido comparado que el de Pedro Páramo, con Zama. Creo que en ese sentido hay una exploración con el lenguaje, muy a tono con la época en que lo escribe, que no es tan usual en la literatura argentina. 

La idea de hablar sobre un indio Mataco, así está dicho en la novela, poner esta idea del indio que tiene que ayudar al hombre blanco y el llamado de Dios, todo eso en la literatura argentina no es frecuente. La aparición de los pueblos originarios en la literatura argentina no es frecuente tampoco y menos desde ese lugar en el que ella lo hace.   

¿Cómo crees que repercute Eisejuaz en su obra? 

No creo que haya tenido peso como una connotación negativa Eisejuaz, en el sentido de no poder escribir nada después. El gran problema no fue escribir después de Eisejuaz sino después de la muerte de Murena. Ahí siente una gran depresión que le cuesta mucho salir. Sale con La rosa en el viento que de alguna manera se parece a Eisejuaz, por el extrañamiento del lenguaje, es una novela compleja. No me consta que haya sentido un peso por escribir Eisejuaz, sí que se dio cuenta de que Pantalones azules no estaba a la altura de Enero que era su primera novela. No estaba conforme con esa segunda novela. Sí se que fue un peso Los galgos, los galgos. Que una vez publicada sintió que era demasiado larga, la autoeditó, la cortó y la terminó publicando como Historia de los galgos. Mucha gente con la que hablé me cuenta que ella era muy insegura en general en su vida, como escritora.  

Más allá de Eisejuaz ¿Cuáles son los puntos más altos de su obra? 

Los puntos más altos de su obra creo que son todos menos Pantalones azules. Es un libro menor, que podría haber sido su primer libro y hubiera estado bien. Enero es una novela impresionante, Los galgos, los galgos es una obra maestra. Tiene dos obras maestras que son Los galgos, los galgos y Eisejuaz. Dos grandes libros que son La rosa en el viento y El país del humo. Un libro mediocre que es Pantalones azules. Eisejuaz es una obra cumbre de la literatura mundial. 

¿Qué lugar tiene Sara Gallardo en nuestra literatura?

Creo que hubo un boom hace unos años, cuando se reedito toda su obra, empezó hacerse conocida. Hoy es una autora ineludible, como te dije antes, no se puede escribir sin haber leído a Sara Gallardo. Me parece que es una autora ideal para entender las tensiones de clase que todavía sufrimos en Argentina. Por haber pertenecido a una clase alta, por haber puesto la mirada en las clases trabajadoras del campo, en los marginales, en los pueblos originarios. Al margen de ella como escritora, de su obra periodística que es una ventana a una época, a un tiempo, pone sobre las mesa las tenciones entre las clases altas y las clases populares sin hacerlo de una manera panfletaria. Simplemente lo muestra, lo presenta y su mirada tiene una suave subjetividad que escribe a través de una literatura magistral. Una enorme escritora que nos ayuda a comprender las tensiones que todavía hoy arrastramos al presente entre una minoría terrateniente que se siente dueña del país y una mayoría que es excluida por esa minoría. 


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Juan Machado

Juan Machado nació en Carhué, provincia de Bueno Aires, en 1992. Poeta, escritor, también se desempeña como conductor y productor de Plástico Cruel en radio Trinchera. Publicó los libros, Pájaros Punk ( Malisia, 2022) y Como corderos (Azul Francia, 2024). Obtuvo una mención meritoria, por su cuento Una canción desesperada, en el 10° Concurso de cuento Haroldo Conti, 2023

Animal solitario

Animal solitario

TIEMPO DE LECTURA: 2 min.

Este mes en el suplemento literario de Revista Trinchera estaremos abordando la obra de Sara Gallardo. Autora que rompió con una tradición y se instaló como uno de los grandes nombres de nuestra literatura.

Pensar la obra de Sara Gallardo es pensar la intimidad de un animal que narra. Un animal atado al lenguaje y al desborde del lenguaje. El sentido, pero también el cuerpo sujeto a cada palabra. Sara Gallardo, en el grueso de su obra, siempre estuvo escribiendo contra algo. Contra su linaje, contra su clase, contra las estructuras tradicionalistas de la literatura argentina a la cual estaba destinada a pertenecer, contra ella misma. 

Nacida en diciembre 1931, escritora y periodista, forma parte de un linaje de fundadores de la patria. Hija del historiador Guillermo Gallardo, nieta del científico Ángel Gallardo, bisnieta del escritor Miguel Cané y tataranieta del presidente Bartolomé Mitre. Figuras de reniegue para Sara Gallardo a lo largo de su obra.

Un animal solitario acaba por devorarse a sí mismo. Dice Sara Gallardo en su obra cumbre, Eisejuaz. Libro con el que tensa el lenguaje, lo poético, como pocos libros en nuestra literatura. Instalándose, como un artefacto a descifrar, en el escalafón de Río de las congojas de Libertad Demitrópulos y Zama de Antonio Di Benedetto.

 La prosa de Sara Gallardo es agua que corre, pero agua de río, turbulenta y distinta a sí misma. 

Pero, qué es Eisejuz, qué lugar tiene Sara Gallardo en nuestra literatura. Qué hay de ese olvido de doce años, tras el ahogo de su muerte y hasta el rescate de Piglia en los dos mil.  

Su obra periodística, sus crónicas, su gran obra literaria, son algunos de los puntos que tocaremos este mes en Revista Trinchera dedicado a Sara Gallardo.

 Así andaremos, por el espacio más solitario de la literatura argentina.


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Juan Machado

Juan Machado nació en Carhué, provincia de Bueno Aires, en 1992. Poeta, escritor, también se desempeña como conductor y productor de Plástico Cruel en radio Trinchera. Publicó los libros, Pájaros Punk ( Malisia, 2022) y Como corderos (Azul Francia, 2024). Obtuvo una mención meritoria, por su cuento Una canción desesperada, en el 10° Concurso de cuento Haroldo Conti, 2023.

Ratas Jarmusch

Ratas Jarmusch

TIEMPO DE LECTURA: 4 min.

Ratas, ratas que comen y tragan, ratas en la ciudad. Comiendo y muriendo, viviendo. Las Cónicas de un niño solo nos acerca a ellas, a las ratas, al nylon, a lo íntimo. 

De las ratas se puede ser la basura que comen. O bien se puede ser el nylon que las matará. La peor carroña. Bazofia cinco punto cero que goza de soledad acompañada. 

Claro de luna que fundamenta la debilidad mejor: Callar para ser escuchado. 

Los verdaderos fundamentos no se apoyan en ninguna argumentación. 

Callar para ser escuchado. Teoricemos: quien calla como se dice callar callado de verdad es un actor sumo individualista. Callarse sentado en la punta de una mesa con la casa vacía es un acto individual. 

Si se calla, mejor hacerlo para alguien. Guardarse silencio solo lleva a vomitarlo a grito limpio. 

Y contas los vidrios rotos sobre el colchón. 

Así piensa la mugre que hace a la rata. Somos eso. La bazofia. Lo que roe al roedor. Ratas que aprendieron a caminar en dos patas. 

¿Hacemos equilibrio o es el equilibrio quien nos hace? El mareo es excepción. 

No puedo quedarme quieto en la ciudad. Y menos una ciudad tan chica como esta. Todo está cerca. Todos están cerca.

La rata se siente contenida y no quiere eso. 

“Es loco, buscás lo que nadie busca y tenés lo que todos quieren”.

¿Sabes cuantos ataques de ansiedad hoy enfrenté? Cuatro. La rata chilla y chilla en una ciudad chica y contenedora. 

Jim Jarmusch. Mystery Train. Tres días en verla, 109 minutos que giran entre tres historias entremezcladas por hilos conductores, conectores como las “y” y los “como”. Este caso es claro. Es una película bisagra que muestra los fetiches del director. Memphis, Elvis, Joe Strummer, Screamin’ Jay Hawkins, las texanas, los borcegos y hoteles de mala muerte. Son todas gentes de paso, de viaje, gentes de saludo y paso rápido. Gente rápida. Gente café expresso. 

La rata se siente a gusto.  La rata sale de noche en su auto, conduce cuando todos duermen o enfiestan sus sentidos y se siente en el filme de aquel director. 

Hace tres meses que vaga así, tres meses que atiende al llamado de la calle y no conecta con estar en ningún lugar. 

Así se sincera la rata mientras huele su alimento.  ¿Nylon o mugre? 

Su alimento. Y cuando se cumplen los 109 minutos de filme, la rata se mira al espejo. Ida y venida en el mismo riel. Verdadero tren del misterio. 

El espejo devuelve la imagen que hace también a la identidad. En esa devolución está todo. El poder de la vista, el entendimiento, la construcción. El monolito del “yo soy”.  Todo lo que una rata más en la ciudad puede añorar y asustarse al verse añorándolo. 

No es tanto la mano del químico sino la medicina. No es tanto el laboratorio, lo blanco de la mesada sino el gris del alquitrán que hay fuera (como si hubiese tal) es más que nada la rara que juega con el reflejo suyo, la rata que llama rata a lo que es una rata supuestamente dicha, creada. Constructo rata. 

La rata entonces no es una sino es muchas ratas en imaginario integral. 

El sésamo. 

La masa madre del memorial vivido. 

Mirar.


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Gerónimo Rivera Cano

No sé mucho de mi persona. Huyo del “conócete a ti mismo”. Solo tengo por ofrecer un par de sienes ardientes: mi capital intelectual se basa en ser graduado en Ciencias Jurídicas, reseñar cosas, hacer notas de opinión, análisis y crónicas. Como sujeto narrante soy buen lector. Me prostituyo en las palabras. Formo parte del multimedio Trinchera, integro el equipo de CAPTO. Trabajo en un estudio jurídico y notarial. Nací y me crié en la ciudad de La Plata. No me gusta el helado. Maradoniano, sí, aunque se poco de futbol. Siempre de acá, el lado en donde reina el amor y la igualdad.

Encuentro con Briante

Encuentro con Briante

TIEMPO DE LECTURA: 5 min.

Cintia Rogovsky nació en La Plata. Escritora y docente, publicó la novela Último verano en Stalingrado (Grupo Editorial Sur, 2014) Yegua (Cuero 2023), entre otros. Conversó con Revista Trinchera en torno a la obra de Miguel Briante y también contó cómo fue la experiencia de trabajar junto él.

¿Qué relación tenés con la obra literaria de Miguel Briante? 

A Briante lo conocí primero cómo crítico cultural que como escritor, sobre todo como crítico de artes plásticas. Por ejemplo, a la obra de Luis Felipe Noé, llegué por alguna columna de Briante en Página 12. Yo me enteré que Briante era un famoso escritor luego de saber que era un periodista de cultura de Página 12. Después leí Kincón y sus otros textos, pero no sé si en ese momento tenía el reconocimiento, capaz que lo tenía, pero no en el mundo que yo me movía. Era mucho más conocido, hoy diríamos, cómo militante de la cultura. 

Desde el punto de vista literario pensé algunas cosas, una es su trabajo con la imagen. Era un tipo muy formado, un observador de las artes plásticas, entonces en su escritura puede trabajar tan bien ciertos puntos de vista, recuperar los climas de los pueblos y demás, porque tenía un trabajo muy detallado sobre la imagen.

Creo que fue uno de los primeros autores que leí que me hizo descubrir algo que podríamos llamar la Literatura Bonaerense. No sé si es correcta esa categoría, pero vamos a ponerle provisoriamente ese nombre. Para mí fue un descubrimiento en ese sentido. Junto con Dal Masetto, me permitieron descubrir que había una identidad de la Literatura Bonaerense y una serie de mundos que valen la pena ser contados. Creo que Briante acariciaba los detalles.

Briante, en sus cuentos, es un narrador muy visual. Hay una imágen potente a la que el cuento va o se desprende. Eso viene de haber sido crítico de las artes visuales. Pensándolo como crítico ¿Marcó otro estilo de crítica?  

Página 12 fue en su momento muy irruptivo. Él tenía además un sentido militante de su tarea, un sentido de acercar la obra de muchos artistas plásticos, que además eran sus amigos, pero que eran, aún lo son, grandes artistas. Le dio un sentido, que todavía no estaba tan presente, de la cultura como un ámbito de despliegue de lo popular. En su literatura, también, él toma cuestiones chiquitas, no es un narrador de las grandes epopeyas.

¿La obra periódistica de Briante? 

La mayoría de los grandes autores de la Literatura Argentina eran periodistas. Para mí Briante como periodista era un tipo que estaba muy preocupado y ocupado por difundir la cultura nacional. Para él eso era una tarea y una responsabilidad. Tenía una cosa de esa generación, de cierta bohemia, de que parte de las tareas del periodista era cultivar las amistades. Eran esos tipos y tipas que se tomaban un café y terminaban siendo amigos o amigas de sus entrevistados.

Te tocó trabajar con Briante ¿Cómo fue trabajar con él? 

Todo esto que te estoy contando es sesgado por el recuerdo de una joven de 20 años. En ese momento Briante tendría 50 o un poquito más. Nosotros trabajábamos en la Subsecretaría de Cultura de la Provincia de Buenos Aires. En ese momento yo estaba a cargo de un programa que se llamaba Espacio Joven, la Subsecretaría funcionaba donde ahora está el Ministerio de la producción, en La Plata, calle 5 y 47, hago esta aclaración porque es importante. Era el gobierno de Duhalde que era un gobierno con bastantes ribetes conservadores dentro de un Peronismo conservador pero que, a la vez, ese subsecretario Luis Verdi venía de estar preso en dictadura y que su círculo de amistades eran Briante, Dal Masetto, etcétera. Me habían asignado la tarea de organizar muestras para jóvenes de la provincia de Buenos Aires, imaginate lo que podría significar para los jóvenes de los 90 poder exponer en la capital provincial, obra plástica de cualquier género. Hicimos más 90 muestras en cuatro años. En ese momento había un canal de cable, Multicanal, la dueña del canal era amiga de este subsecretario. En ese momento se hacían los torneos Evita, que acaban de ser bajados, que en ese momento se llamaban Torneos Juveniles Bonaerenses. Incorporamos, con una discusión bastante brava, cultura. Muchos de estos artistas, escritores, iban como jurados a las finales a Mar del Plata. Briante va de jurado y ahí Luis me dice, Miguel tiene un proyecto y está fascinado con el laburo que están haciendo ustedes con los jóvenes. 

 Le fui mostrando pilas de carpetas con obras de jóvenes de la provincia y él las miraba con un detenimiento, con una seriedad. Armó este proyecto en el que íbamos a trabajar juntos, el enganche era con el canal de cable para que pusiera la logística de la filmación. Él lo que quería era ir a los talleres, a los lugares de trabajo, filmarlos y entrevistarlos acerca de cómo trabajaban, su propuesta estética y demás. Hizo una selección de esas carpetas, el proyecto avanzó. Briante me dice, me voy a tomar unos días de vacaciones en Enero y nos volvemos a juntar en Febrero con las grabaciones. 

Ese fue el Enero fatal en el que Miguel falleció.

Lo que yo recuperé es la idea de un tipo que era recontra consagrado, que interesó por armar un proyecto para promover pibes y pibas desconocidos de 20 años de la provincia de Buenos Aires con tiempo, seriedad y compromiso. Con un entusiasmo juvenil. Fue un lujo trabajar con él. 

Con su muerte tomé dimensión de Miguel Briante como escritor y comencé a leerlo.

Juan Machado

Juan Machado nació en Carhué, provincia de Bueno Aires, en 1992. Poeta, escritor, también se desempeña como conductor y productor de Plástico Cruel en radio Trinchera. Publicó los libros, Pájaros Punk ( Malisia, 2022) y Como corderos (Azul Francia, 2024). Obtuvo una mención meritoria, por su cuento Una canción desesperada, en el 10° Concurso de cuento Haroldo Conti, 2023.

Fantasmas del Futuro

Fantasmas del Futuro

TIEMPO DE LECTURA: 4 min.

 Los fantasmas del futuro, el fantasma de Fisher. La necesidad de la lectura y relectura de las ideas de Mark Fisher, qué es el capitalismo y la necesidad de pensarse por fuera de él. Acá una carta de presentación y una invitación a encontrarnos, pensarnos y debatir.

Por Santiago Stavale

Mark Fisher, en la introducción inconclusa a “Comunismo Ácido” (proyecto que quedó suspendido debido a su muerte) nos plantea que uno de los objetivos centrales del neoliberalismo, que llevó a la consolidación de lo que él denomina como Realismo Capitalista (la certeza de que “no hay alternativa”), fue conjurar el “fantasma de un mundo que puede ser libre”, extirpando la idea de que era posible construir un socialismo democrático o un comunismo libertario. Para Fisher, una de las claves del éxito de ese proyecto, cuyo origen ubica en los años ’70, estuvo en la fractura que se produjo entre la contracultura de aquellos años, que albergaba el sueño de un mundo más allá del trabajo y de una revolución psíquica sin precedentes, y la izquierda revolucionaria. Es que, a partir de ese desencuentro, el capitalismo profundizó la fractura posicionándose como el único sistema que podía satisfacer el espíritu libertario que anidaba en la contracultura, mutilándola de sus elementos anticapitalistas y reduciéndola a un puñado de imágenes icónicas, estilos estéticos y recuerdos nostálgicos, mientras que la izquierda perdía su prometeísmo y su atractivo, divorciándose cada vez más del deseo. Mas allá de su éxito, el capitalismo, sin embargo, debe sofocar constantemente los futuros perdidos que siguen en latencia, ya que el potencial que prometía aquella fusión sigue allí esperando ser retomados. En ese sentido, Mark nos pregunta ¿Qué habría pasado si esta fusión de la contracultura y la política de izquierda hubiera sido más exitosa y se hubiera desarrollado en el tiempo? ¿Y si el éxito del neoliberalismo no fuera la demostración de la inevitabilidad del capitalismo, sino un testamento de la magnitud de la amenaza planteada por el fantasma de una sociedad que podía ser libre? Y, consecuentemente, nos invita a que realicemos un contra-exorcismo constante de ese espectro. 

Fantasmas del Futuro es una respuesta a aquella invitación. Convocades por sus escritos y preocupaciones, un pequeño grupo de amigues y camaradas comenzamos a reunirnos en el año 2021, en la Ciudad de La Plata, para leerlo y debatirlo entre músicas y bebidas espirituosas. Pero rápidamente nos dimos cuenta que no éramos los únicos. Es que Fisher toca fibras sensibles. Su diagnóstico sobre el Realismo Capitalista, sobre la crisis anímica, la impotencia reflexiva y la deflación de nuestras expectativas, conecta con el corazón de la crisis civilizacional y personal que sufrimos actualmente (que nos desespera, desalienta, desmoraliza y deprime). Con experiencias y/o frustraciones militantes en nuestro haber, o con politizaciones que no hablan el lenguaje de las izquierdas tradicionales, Fisher interpela a quienes buscamos explicaciones políticas alternativas al malestar, que no nos conformamos ni resignamos a vivir en los límites miserables del capitalismo, pero que aún no encontramos las herramientas que nos permitan salir de este atolladero.  

Aquellos encuentros, entonces, fueron creciendo rápidamente y la coyuntura nos fue invitando a ampliar nuestros horizontes. Fisher nos abrió puertas y nos tendió puentes. Así, lo que comenzó como un grupo de lectura, devino en un grupo político-cultural de debate y ocio que se dispone a montar un pequeño laboratorio de utopías para aportar, desde nuestro lugar, a la construcción de la alternativa. 

Función Fisher

“Deseo poscapitalista” es el título del último libro que publicó la editorial Caja Negra, donde reúnen las últimas clases de Fisher. Cuando creíamos que ya conocíamos toda su obra, que disponíamos de su arsenal completo, nos sorprende una vez más. En sus clases nos revela su laboratorio, nos brinda acceso al ritmo de su pensamiento y al diálogo abierto con sus alumnes, y nos (re)plantea interrogantes: ¿Hay deseo por fuera del capital? ¿Qué hay por detrás del deseo por las mercancías? ¿es posible redirigir la energía libidinal producida en el capitalismo hacia un horizonte poscapitalista? ¿Podemos imaginar y producir nuevas formas de deseo? ¿Qué papel juega la clase, la conciencia de clase, el feminismo y la conciencia de grupo en todo esto? ¿Hay alternativa?

Fisher revela, una vez más, su obsesión por la promesa latente que dejó la fusión fallida entre contracultura e izquierda. Como si viniera a saldar una deuda por haber dejado inconcluso su Comunismo Ácido, y como si leyera nuestros movimientos e intenciones, volvió para dejarnos una ruta de lecturas e influencias intelectuales para pensar el mundo más allá del capitalismo, para desarmar y comprender (en un ejercicio de ingeniería inversa) la maquina libidinal, y construir una propia que nos permita reconciliar el comunismo con el deseo. 

Así fue que decidimos continuar con esa ruta y organizar múltiples iniciativas que nos permitan averiguar colectivamente adonde puede llevarnos. En La Plata, junto a les compañeres del colectivo CAOS, impulsamos un nuevo ciclo de lecturas al que llamamos Función Fisher, en donde quincenalmente, todos los miércoles en Villa Elvira (7 y 78), nos proponemos retomar las clases de nuestro profesor ausente. Mientras tanto, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, iniciamos con una serie de actividades que comenzaron a generar hermosas expectativas.  

La promesa

Fantasmas del Futuro arriba a Revista Trinchera con una promesa: acercar reflexiones y lecturas que nos ayuden a (re)pensar y recuperar los futuros perdidos que anidan en nuestro pasado y en nuestro presente; acercar artefactos (políticos, literarios, musicales, etc.) para imaginar y crear mundos nuevos; repensar la contracultura, el under y sus potenciales transformadores; aportar balances para pensar la impotencia actual de los proyectos de las izquierdas; y politizar el malestar cuestionando el estigma individualizante que pesa sobre la depresión, la angustia y el estrés que sufrimos todes para poder pensarla como un problema social inherente a este sistema. Todo esto puede hacerse, y una vez que ocurra ¿Quién sabe qué es posible?

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