La mosca mira al general

La mosca mira al general

TIEMPO DE LECTURA: 3 min.

El General Perón tiene quién lo escriba. Una vida que si no se la novela, no hay forma de biografiarla.

Dicen lxs que saben que los imaginarios sociales forman parte del mapa político simbólico de una sociedad y que por lo tanto terminan integrando dispositivos de poder.  Un aporte ampliatorio a este concepto es que la literatura, tan viva, ratifica o cuestiona como nadie esos imaginarios sociales existentes. ¿Por ejemplo…? Argentina tiene una fuerte tradición de periodismo literario o periodismo narrativo que ha devenido en novelas de no ficción con peso específico propio. No, ésta no es la introducción a una columna sobre Operación Masacre; es la introducción a una columna que va a intentar –probablemente sin lograrlo- explicar por qué La Novela de Perón es lo mejor que escribió Tomás Eloy Martínez (1931-2010) sobre todo porque ancla de lleno en un imaginario social inquebrantable: el Peronismo. Periodista medular. Tomás Eloy Martínez fue crítico literario, jefe de redacción, periodista de investigación, dueño de revistas. En una comparación un poco obvia pero inevitable, al igual que le ocurrió a Rodolfo Walsh, el fenómeno peronista le produjo una fascinación narrativa que iba a terminar acorralando su curiosidad literaria. Interesante es aclarar que en ambos casos se trató de escritores “no peronistas”, por eso la relevancia inusitada de que sus grandes obras terminen siendo bibliografía sagrada para cualquier justicialista. A diferencia de lo hicieran el propio Walsh, Perlongher, Soriano y hasta José Pablo Feimman, Tomás Eloy Martínez esquiva circundar el recorte temático al fenómeno del movimiento, de sus militantes y seguidorxs. Se va detrás del patriarca, decide biografiar a Juan Domingo Perón e inmediatamente advierte que biografiarlo en el sentido más ortodoxo del género es imposible, por eso reinicia su estrategia narrativa y asienta todo el sentido literario en la palabra “novela”. Quizás porque entendió como nadie la miscelánea de texturas que era Perón y la apabullante maestría que tenía para saber ejecutar con la precisión de un violinista sus recursos, esta obra termina siendo una gran y habilidosa metáfora: Perón fue/es una novela, tan complejo que no había otra forma posible de entenderlo y menos de escribirlo. Mítico y tramposo, magnánimo y manipulador, encantador y déspota, brillante y sombrío. Lo real del líder es inasible en una calle de un solo sentido, si no se lo novela, no hay forma de biografiarlo. Y le va a llevar casi 20 años hacerlo, desde que logra una larga entrevista con el General en Puerta de Hierro en 1.966 hasta la publicación de La Novela de Perón por entregas en el semanario El Periodista, entre 1.984 y 1.985. La novela tiene tres autopistas narrativas que arman a Juan Domingo: los datos biográficos puros que configuran sus dimensiones psicológica e ideológica, la transversalidad descomunal de Eva en su vida e historia política y los hechos impactantes de Ezeiza como paradigma explicativo de lo que fue/es el Movimiento Peronista.  La utilización de fuentes veraces , el cruce de documentos reales conseguidos en un arduo trabajo de investigación periodística que dicen y contradicen  y la deliberada invención de personajes que sostienen la trama, van yendo del biografismo periodístico a la novelización con una fluidez extraordinaria. Y hablando de cosas extraordinarias, hay una reflexión absolutamente genial  que desliza Martínez en alguno de los capítulos de este libro, la escribe casi como si no tuviera importancia y sin embargo es la manera perfecta y acabada de explicar lo que quiso contar:  “¿Qué ve una mosca? ¿Ve cuatro mil verdades o una verdad partida en cuatro mil pedazos?  Perón multiplicado, Perón partido, en los ojos de la mosca.

Amanda Corradini

Mujer de trincheras: Reparte su vida entre la trinchera de la Escuela Pública, la de su biblioteca y la que guarda algunas banderas que gusta agitar. Todo regado de mate dulce, Charly García y un vergonzoso apego por el humor infantil.

El futuro son escombros

El futuro son escombros

TIEMPO DE LECTURA: 5 min.

Relato de Juli Pani, participante de la convocatoria de cuentos “Hebe Uhart”.

Al lado de la casa donde vivía de piba había un terreno medio baldío con una casita a medio construir. El terreno estaba desocupado hacía años, desde que yo nací más o menos, y a veces con mis hermanos saltábamos la medianera para jugar a las escondidas. Ellos eran tres y yo la única mujer, como era la más grande siempre tenía que defenderlos cuando alguien se les plantaba y se creían que como soy piba me podían amedrentar. Los pibes del barrio se piensan que soy boluda, pero no saben que en casa los crié yo. Me la banco si es necesario. Entonces eso, íbamos a jugar a las escondidas en el terreno de al lado y yo tenía que controlar que no hagan pavadas, porque capaz se les ocurría tirar un piedrazo a una ventana y se podían cortar, y después la boluda que tenía que correr a la salita era yo, porque la vieja laburaba todo el día y el viejo estaba postrado en el catre de la pieza. A veces nos miraba y nos hacía chistes desde la ventana que da al patio. Nosotros lo queríamos un montón al viejo, nos dio todo lo que tenemos hasta que se quedó en cama, siempre mantuvo el sentido del humor y me hizo la mujer fuerte que soy hoy, él y los tres pendejos que me sacaban canas verdes. A mis hermanos también los quiero un montón, aunque el Luca se mudó de barrio y ya no lo veo tanto.

Bueno, decía. En el terreno habíamos ido una mañana de sábado a jugar a las escondidas, yo andaba cerca de los diecisiete y el Bruno, que me sigue en edad debía tener trece. El Luca y Marquito son mellizos, y por ese tiempo tenían nueve o diez. Eran unos pibes buenos, pero revoltosos, y yo tenía que estar atenta. Entonces mientras ellos se escondían y yo contaba, me limaba las uñas y me fijaba que no subieran las escaleras a medio hacer, hacía trampa digamos. Después de jugar un rato nos volvimos a casa y los mellis me pidieron si no podíamos jugar otra vez después de cenar. Yo les dije que a lo oscuro no, que se podían lastimar y que el domingo si querían volvíamos.
Cuestión que después de la comida nos fuimos a la pieza a charlar con el viejo hasta que llegara mamá, que siempre volvía tarde porque no tenía para el colectivo y se venía a pata. Le guardamos un poco de guiso y le contamos a papá lo que habíamos hecho en el día. En eso estábamos muy tranquilos cuando escuchamos un ruido y pensamos que quizás era la vieja, que había llegado temprano. Pero después escuchamos otro ruido, y otro, y otro, y nos mirábamos entre nosotros a ver qué pensábamos que era. Los golpes eran como si golpearan piedras contra una madera o algo así. Ahí nos dimos cuenta que el Marco no estaba en la pieza y el Luca se puso como pálido. Lo llamamos a los gritos y nos empezamos a poner nerviosos. Los ruidos seguían y de repente sonaron como una lluvia de cascotes y escuchamos un grito que, te lo juro, nos partió el corazón para siempre.

Saltamos la medianera como indios y llegamos justo a tiempo para ver a Marquito enterrarse bajo una montaña de piedra, ladrillo y polvo. En ese momento me quedé paralizada, te juro. Sentía que no me andaban más los músculos. Que los pies me habían quedado pegados a la tierra seca. Que la que se había enterrado en la montaña de escombros era yo. Ahí el fuerte fue el Bruno que corrió a donde estaba Marco y lo intentó sacar de abajo de la montaña. Él gritó de nuevo y yo reaccioné porque había pensado que estaba muerto, lo vi ahí y dije se me murió el melli, ahora qué hago, se me murió el melli. Y no, Bruno lo tironeó y el Marco gritó y yo reaccioné y corrí a sacarlo de ahí abajo. Le dije al Luca que corriera a la casa de los Muñoz que tenían teléfono para llamar a una ambulancia o a la señora de Correa que es enfermera. Lo sacamos al pibe entre Bruno y yo y papá gritaba desde la ventana que qué pasó qué fue ese grito dónde está Marco.

Cuando lo sacamos de abajo de las piedras estaba todo lleno de sangre, no se había muerto de casualidad, pero había estado muy cerca. Con un hilito de voz que me hizo saltar las lágrimas me dijo que perdón, que había querido ir a jugar a la casa y que tiró un par de piedras a las ventanas, y que se ve que la casa ya estaba hecha mierda, porque se metió a tirar otro piedrazo y le dio a una
madera que hizo que todo se venga abajo. Perdón me pidió. Todo ensangrentado abajo de unos cascotes. Yo lloraba desconsolada cuando llegó la vieja y casi se infarta. Con la vieja llegó la señora de Correa y le pagaron a otro vecino para que las alcance a la salita. Se llevaron al pibe y yo me quedé con el Bruno, el Luca y el viejo, todos medio pasmados sentados en la piecita.

El domingo amaneció nublado y me asomé por la medianera para ver cómo había quedado la casa. Desde donde estaba la puerta principal hasta el patiecito de adelante había un rastro de sangre que ya estaba seca. En el piso estaba la visera azul del Marco que no habíamos visto la noche anterior en el quilombo.

Cerca de las diez de la mañana llegó la vieja que había dormido en el Hospital San Martín, volvió caminando porque no tenía para el colectivo. Su camiseta blanca estaba manchada de sangre y tenía los ojos hinchados. Se acercó al terreno baldío y me vio parada con la visera del Marco en la mano. Me miró con un odio que dijo más que todas las palabras del mundo y me dijo que a Marquito se lo llevaron los ángeles. Que el Marquito se había muerto. Que el melli se había muerto a mi cuidado. Que toda la culpa era mía. Me caí de rodillas sobre el piso seco de tierra y cuando se largó a llover yo seguía ahí. Que todo era culpa mía. Mis lágrimas se mezclaban con la lluvia y ya no importaba nada. Que todo era culpa mía. Prefería estar muerta. Que todo era culpa mía. Se me murió el melli. Que todo era culpa mía. Se me murió el melli. Que todo era culpa mía.

Letras contra el olvido

Letras contra el olvido

TIEMPO DE LECTURA: 2 min.

Poema de Belen Correa, participante de la convocatoria de poemas “Daniel Omar Favero”.

Letras que reclaman justicia.
Versos plantados en un papel dispuestos a seguir sembrando memoria.
Poesías en honor a quienes creyeron en que un mundo mejor sería posible.
Escritura que intenta abrazar a sus familiares quienes buscan incansablemente y reciben con tanto amor a quienes nos sumarnos a una lucha que ya es colectiva porque somos un pueblo que no olvida.


I
Tengo el pelo plateado

como los anillos que llevo en mis manos.

La columna se dobla 
como el caño del mueble 
que ya no tiene fuerza para
soportar el peso de toda la ropa 
que venía colgando.
La piel se quiebra 
como la corteza de un árbol.
Siento que el tiempo pasa

y no puedo evitar preguntarme 
si la columna se dobla por el 
paso de los años
o será que me está 
invitando a estar más cerca
de tu cuerpo 
que vaya a saber 
(tus verdugos)
dónde lo han dejado.
II
Sembraron horror, 
cosechamos lucha. 
Destilaron odio
Y repartimos amor.

Intentaron obligarnos a obedecer 
Y renacieron las desobedientes. 
Quisieron detener el crecimiento,
pero el mundo ya estaba en movimiento 
con mucha gente dispuesta
a recibir con los brazos abiertos 
la recuperación de cada nieto.
III
Me despierto, 
Abro la 
ventana,
Enciendo la computadora.

Busco: Muchacha ojos de papel 
Escucho y pienso:
Son tus ojos 
Que están ahí

En el papel de la foto 
Que todos conocen
La que cuelgo en mi pecho 
Cerca del corazón 
Cada vez que salgo
A reclamar por vos.

                                          IV

                                 Búscame en las poesías, 
                                 En las letras de la 
                                 resistencia,
                 En los versos que intentamos Disparar contra la injustica 
                             En los pájaros que vuelan libres
                          O en los árboles que florecen en marzo 
                                       Recordame
                         Porque mientras luches contra el olvido 
                                    Yo seguiré estando.
Joma
Luciano Lamberti: “La poesía es la guardiana del sentido”

Luciano Lamberti: “La poesía es la guardiana del sentido”

TIEMPO DE LECTURA: 12 min.

Nació en San Francisco, Córdoba, en 1978. Es licenciado en Letras. Publicó los libros de cuentos El asesino de chanchos, El loro que podía adivinar el futuro, La casa de los eucaliptus. Las novelas La maestra rural, La masacre de Kruger y Los abetos.  Conversó con Radio Trinchera en el marco del programa Plástico Cruel e hizo un repaso por su obra y la escritura.

Contanos un poco tu ruta lectora, ¿Cómo llegas a la literatura y como fue la ruta a lo largo de los años?

Vengo de una familia que no era muy lectora, no había muchos libros en casa. Había libros como la revista selecciones o los cinco minutos de Dios, esa clase de libros. Supongo que empecé gracias a algunas tías que me regalaron libros, vieron que me interesaba el tema. Empecé leyendo La biblia de los niños, me partió la cabeza, me permitió entender de qué trataba la biblia. También esas ediciones abreviadas de Billiken, me acuerdo que leí Robinson Crusoe, y así. Después en bibliotecas, manoteando de todos lados, empecé a leer lo que leen los chicos, a Poe, Bradbury, esa clase de cosas con las que se comienza, y después de ahí a Cortazar, una época de lectura de poetas romanticones onda Benedetti o Neruda. Igual Neruda tiene una parte que se sostiene, ¿No? 

A medida que uno se cansa de eso va leyendo cosas que tienen por ahí más complejidad, una dificultad más grande. Al principio la literatura sirve casi como experiencia vital, después se vuelve un interés para ver hasta dónde puede llegar, entonces uno empieza a leer cosas más raras, más experimentales. Pero Bradbury, Quiroga, Cortazar son escritores a los que vuelvo y que todavía me dicen algo hoy, porque funcionan en varios niveles.

El reencuentro con una lectura inicial. Todas las generaciones hemos visto a Quiroga, La gallina degollada, el almohadón de plumas, en el primario. Reencontrarse con eso junto a la distancia, el trayecto y la experiencia de vida cambia el enfoque en la lectura.

Cambia porque además cuando sos escritor lees de otra forma, vas a buscar otras cosas, y lo empezas a leer con una mirada más técnica. Cuando ya lo leiste y lo estas releyendo empezas a buscar como hacía los trucos, y por lo menos en el caso de estos tres que te nombré es maravilloso porque son muy astutos para hacer sus truquitos, para darte una experiencia de lectura que es perturbadora y que te sacude la primera vez que lo lees, y a medida que lo relees aún conserva cierto grado de profundidad y sigue siendo divertido.

¿Qué lugar ocupa la poesía en tu literatura? El título de tu último libro es Pequeños robos a la luz de la luna, junto a la cita a Nicanor Parra.

Para mí es donde está el sentido. Pongo bastante ese epígrafe de poesía porque es la más alta expresión literaria. La novela vendría a ser un reggaeton al lado de la música de cámara que es la poesía. Hace mucho que no escribo, pero tengo un libro de poemas. Me gusta mucho y me gusta leerla. Es la guardiana del sentido, por más que el sentido no tenga palabras para ser expresado, es más bien ese momento donde te quedas callado y tenes una intuición. Por eso me encantaría que funcionen mis libros con esa tónica, en otro registro, pero me encantaría que generen esa clase de emoción o de percepción. 

¿Cómo te llevas con los géneros? ¿Te consideras un autor de género?

Me llevo muy bien, me encantan, me divierte y me parece que como escritor lo que te dan en la práctica es una cajita de límites que te permiten moverte dentro de un ámbito controlado y a la vez encontrar cosas que pueden ser sorprendentes. Cada vez que abordas un género tenes que pensarlo desde tu poética. Eso como escritor. 

No sé si soy un escritor puramente de terror. En Gente que habla dormida hay cuentos realistas, cuentos fantásticos. Me gustaría que tengan todos una marca propia, por más que algunos recurran a lo sobrenatural y otros no. Borges y Cortazar, salvando las distancias, también mezclan géneros. Nadie dice que Borges es un escritor fantástico, dicen escritor a secas. En fin, yo escribo lo que se me va ocurriendo, si está dentro del género bien, y sino también, no es algo que me impida escribir. Si escribo un cuento realista tiene aspectos más deformes, extrañoides, y un cuento fantástico lo pienso desde el realismo. No me preocupa a la hora de escribir, es simplemente lo que se me ocurre y lo que se encamina.

¿Cuál es la importancia de los talleres a la hora de construir escritores?

Soy de la idea de que al menos una parte de la literatura se puede enseñar, que no es un bólido que se te cae en la cabeza y de pronto empezas a escribir. Es algo que tiene que ver con la artesanía y de entender ciertas cuestiones de representación. Después puede salir para cualquier parte lo que vaya a escribir cada uno. Pero esa parte se puede enseñar, puede enseñarse a leer. Cómo leer algunas cuestiones de la literatura universal entre comillas, y cómo leer a sus compañeros, qué se puede mejorar en un cuento, donde falla, cómo cambiar las partes de lugar, si el cuento ya está contado o todavía le falta. Aprender a ver un texto en términos mecánicos es lo que puedo llegar a enseñar. Algunos escriben un cuento por semana y todo el tiempo me están bombardeando felizmente con lo que hacen, tienen la leche, yo lo llamo así, ese entusiasmo, esas ganas de escribir y de darlo todo. Esa pasión que no puedo enseñar, no viene en una materia. Pero si logro lo otro estoy hecho. 

Igual, a la hora de escribir, lo ideal es no pensar. Si estás pensando en procedimientos técnicos la cagas. Es casi pulsional, tiene que ver con el cuerpo más que con la cabeza escribir.

Te escuchamos decir que Bolaños a nuestra generación es lo que fue Borges a la de Piglia, ¿Cómo se ordena Bolaños en tu literatura?

Bolaños es el puente entre el boom de las grandes lecturas adolescentes, Garcia Marquez, Varga Llosa, Rulfo, bueno, Rulfo es un poco anterior, como el padre, pero es un puente entre ellos y la literatura más contemporánea. Tiene un pie en el boom y otro en el futuro. Muy interesante pensar que se puede hacer, o las líneas que abre él a futuro. Me parece que el tipo logra algo que es alucinante, escribir con una prosa rítmica que viene de la poesía y a la vez no ser un escritor lento, ni experimental, ni expulsivo. Es muy seductor con su prosa, suenan muy bien sus libros, y al mismo tiempo llega a lugares, con nociones de intereses narrativos y de drama muy buenas,

Gente que habla dormida, tu último libro editado, contiene Pequeños robos a la luz de la luna, inédito, y unas reediciones de El lobo que podía adivinar el futuro y del Asesino de chanchos. Hay una brevedad y síntesis en ciertos cuentos que no estaba, por ejemplo, en La casa de los Eucaliptos, ¿Cómo llegaste al cuento corto y efectivo?

No sé si son cuentos. A lo mejor yo me bocharía a mi mismo en mi taller. El cuento corto tiene una gran tradición, pero siempre me jodió su ingenio, la idea del final sorprendente, de la vuelta ingeniosa, lo siento como un formato demasiado cerrado. En realidad, son cuentos muy viejos, pero nunca había encontrado un libro. El hombre de la máscara, La avispa, una serie de cuentos cortos que escribí cuando todavía vivía en Córdoba, hace diez años, y nunca pude colocarlos en un lugar que me pareciera satisfactorio, y como tenía cuentos bastante largos el contraste podía darle una sensación de ritmo interesante al libro. Tienen algo de poético también, más desarrollo del lenguaje que de la trama.

No creo que sea arbitraria la decisión de ponerlos al principio. Después te encontrás La mosca y la fruta, Días de visita, Perras en pantalones de vestir, que son cuentos, no monólogos como dijiste.

Son cuentos que no me bocharía esos. Si, un poco la inspiración fue un libro de Lidia Davis, No puedo ni quiero, que hace ese juego de cuento corto, corto, mediano, largo, tiene diferentes respiraciones el libro, y me pareció que era posible. Le dediqué mucho tiempo a editar el orden. Después los lectores leen lo que se les ocurre, lo arrancan de cualquier parte. Pero mi idea para alguien que lo lea de principio a fin era generar cierta música, como tienen los discos. Me gusta mucho pensar cómo editar un libro de cuentos, me divierte.

Es una manera de atrapar la atención del lector.

Si, pensar cómo va a percibir ese viaje.

Yo los linkeaba con cuentos super efectivos como los cuentos cortos de Virgina O’Campo. Metiéndonos en La casa de los eucaliptus, donde hay un terror más fantástico, más de la tradición rioplatense, pero también hay un terror cómico, como en Tío Gabriel, que tiene un tono de comedia e infantil, a lo Juan Darien de Quiroga.

Es en parte una decisión racional de decir voy a meter otro tono. Lo que más me embola de Lovecraft es el tono cargado de “está pasando algo terrible, escúchenme”. Me parece que en la actualidad hay que jugar con otros colores de la paleta para no ir siempre a lo mismo. Abordar esas cuestiones espantosas con otra clase de todo creo que es interesante. Siempre digo que la distancia entre tono y tema suele ser lo que funciona en un cuento.

Hablamos de cómo tomar una figura clásica del terror y ejecutarla en estos tiempos modernos, tecnológicos. Hay que ver como convive eso y el tono te sirve como guía.

Es jodido. En un mundo de celulares -yo en general suelo poner lo que escribo bastante atrás en el tiempo para no encontrarme con eso- tiende a anular toda posibilidad de terror. En las pelis lo que primero que sucede es que se quedan sin señal, como diciendo “bueno, dejamos atrás el celular y vamos para adelante porque es una posibilidad de cortar con la tensión”, si de pronto aparece un celular hay comunicación y formas de pedir ayuda. Pero he leído últimamente cosas que lo usan bastante las redes, el celular, y queda bien, queda armónico. Hay un libro que sacó Caja Negra, Espacio negativo, sobre adolescentes en un pueblo que viven drogados y hay una epidemia de suicidios y todo una cuestión medio mística atrás que está alucinante, y que aparecen las redes de un modo muy natural. 

Yendo a La masacre de Krueger. Se construye un terror muy cercano, como la escena de la panadería. ¿La construcción de ese terror era lo que más te interesaba?

Si, es un libro que escribí motivado por leer diarios en 2010 con grandes anuncios sobre la inseguridad, sobre la idea de la inseguridad, de que la gente de alguna forma estaba perdiendo el control y de que cualquier cosa podría pasar. Eso me dictó el espíritu del libro, del enemigo interno, de que uno no estaba seguro en su casa, de que cualquiera vecino era capaz de ponerse a romper la puerta con un hacha. Quería poner eso en el libro, que es la vieja idea de lo siniestro en Freud, lo familiar que se vuelve extraño. Me parece que es lo más interesante.

Este pueblucho que nace feliz y se va transformando. Junto a Los Abetos son novelas corales, la estructura, las distintas voces que van apareciendo, la manera de narrarlo mediante testimonios, diarios, personajes que lo ven desde afuera. Ese tono ¿Lo tenés desde el principio o te va apareciendo a la hora de la escritura?

Me va apareciendo casi como una especie de imposibilidad. Cuando intento contar esa historia desde cerca no me la creo demasiado, no creo en lo que pasa. Me sirve la distancia para contar destellos de la historia y que se vaya armando en la cabeza del lector, algo que hacía Stevenson en Dr. Jekyll, lo hizo él, está escrito con testimonios, cartas, siempre hay un centro oscuro. Eso le queda muy bien al terror.

Además, la posibilidad de no contar todo. Cómo el conseje y la eternidad, lleno de espacios negros que te permite esta forma de relato.

Amo esa novela. Me parece que es una novela sobre un asesino serial, gris, una cosa muy terrible, con grandes momentos de poesía, y que al mismo tiempo genera eso raro que es empatizar con alguien enigmático, frío, con un loco de miércoles que se acuesta debajo de la cama.

En la escena de la masacre estas viendo una peli. El hecho de describir la masacre mediante imágenes, ¿Es influencia del cine?

No, en realidad es influencia de la literatura norteamericana que está muy influencia por el cine, una influencia indirecta. Ahí, en Faulkner y todo lo que vino después, trabajan por imágenes, siguiendo a los personajes desde el exterior, mirándolos. Es algo que a mi me gusta, me seduce, me parece que es lo que puedo hacer, tratar de desaparecer detrás de lo que estoy viendo, y tengo el tercer ojo bastante desarrollado. Escribir es transcribir lo que veo.

Las figuras clásicas que usas nunca son el centro del relato. Por ejemplo, en el cuento La casa de los eucaliptus usas a la bestia, pero el mal no es la bestia, es solo una influencia. ¿Eso es la reescritura de un género clásico? ¿Darlo vuelta?

No me había dado cuenta. Gracias por decirmelo, lo voy a usar en próximas entrevistas. 

Para mí el fantástico es la manera en la que materializamos todo lo que es realista. Siempre que algo mueve a los personajes a comportarse de formas terribles, es una especie de símbolo de su propia locura, una especie de fantástico ateo. Es la forma que a mi me interesa, no que sea pura imaginación, sino que tenga una pata en lo real, en los problemas reales, en aquello que nos atemoriza todos los días. Tampoco es algo que maneje muy consciente, en La casa de los eucaliptus me gustaba la imagen, después tendrá que ver con el femicidio, pero el tema no lo manejo, me gusta seguir esa viborita y ver dónde me lleva, no escribo con temas. Pero hay una relación entre lo que nos puede llegar a pasar en la realidad y el monstruo, que es básicamente de haber leído a Stephen King, lo que hace con Torrance en El resplandor, un tipo borracho, sin poder escribir, encerrado con su familia en una montaña, empieza a materializar con su mente sus propios fantasmas.

Hay mucho de la cotidianeidad de los traumas. En Días de visita lo fantástico, el terror, está en las sombras que bajan del monte, pero al final vos te llevas a este personaje de un pueblo del que parece que no se puede salir, la relación de padre e hijo, de inmigrantes, y el fantástico aparece ahí para darle este contexto a los pequeños sufrimientos de las personas.

Completamente. Es un cuento sobre la paternidad o sobre la tradición. Me gusta mucho La lotería de Shirley Jackson, un cuento sobre la tradición, sobre cómo metabolizamos lo que estamos obligados a hacer con el pasado. Las sombras son la excusa para hablar de eso.

¿Qué se viene?

Si, acabo de terminar una novela nueva. Pero los guardia-cárceles mentales que tengo me impiden hablar de eso, me impiden describirla, porque además siempre me parece una cagada cuando la describo en voz alta. Pero en algún momento saldrá.


En el siguiente link podrán escuchar la entrevista completa y en nuestro canal de YouTube, Trinchera tv, encontrarán todo nuestro contenido.

Luciano Montoya

Nació en Mar del Plata, en 1997. Actualmente reside en La Plata. Estudia la licenciatura y el profesorado en Música Popular en la UNLP. Conductor del programa de radio Plástico Cruel.

Juan Machado

Nació en Carhué, provincia de Buenos aires, en 1992. Actualmente reside en La Plata. Escritor, también se desempeña como conductor de radio. Dicta talleres y encuentros literarios. Publicó el libro de cuentos, microrelatos y poesías, No hay que jugar en la casa vieja y otros relatos (2020) Pájaros Punk (Malisia 2022)

Jujuy, las uvas, la ira

Jujuy, las uvas, la ira

TIEMPO DE LECTURA: 3 min.

La rabia de lxs vencidxs que cruzan sin mapas la oscuridad

Jujuy fue y vino en los últimos días, fue y vino delante de los ojos. Todo lo que el mínimo sentido común podría haber explicado como un legítimo grito de pedido de justicia fue reinterpretado y encuadrado desde sillones cómodos y lustrados: si nosotrxs somos la civilización, ellxs son siempre la barbarie, no importa lo que pidan, son la barbarie y a la barbarie se la expropia y se la silencia, como hizo el gran patriota Roca.
Quieren tierra y agua, los hijxs de lxs que no tuvieron tierra y agua, lxs nietxs de lxs que no tuvieron tierra y agua…lxs herederxs del largo linaje usurpado de sus tierras y del agua.
Y vino a mi cabeza una novela que no se lee…se sufre: Las Uvas de la Ira, escrita por John Steinbeck (1902/1968), tan reveladora y bien escrita que le permitió a su autor ganar el premio Pulitzer en 1.940
Steinbeck despabiló con esta novela la somnolencia ideológica de un sector del pueblo norteamericano refugiado en el incipiente estado de bienestar. El contexto es el de la Gran Depresión, aquel devenir histórico que vivió Estados Unidos luego de empalmar la caída de la bolsa de Nueva York con la Segunda Guerra Mundial. Lo que fue crisis económica para los sectores acomodados fue catástrofe para las clases populares, el desempleo fue brutal, por la caída de los precios de mercados agrícolas y el poco consumo lxs pequeñxs agricultorxs tuvieron que abandonar sus humildes fincas -ya de por sí hipotecadas- y emigrar siguiendo rumores de una posible nueva prosperidad en la cosecha de frutales.
En 1.936, el autor, columnista de un diario de gran tirada, entrevistó a muchos trabajadores agrícolas del sur y oeste de EEUU caídos en desgracia y obligados a emigrar con lo puesto. Publicó sus crónicas a lo largo de todo ese año, denunciando el éxodo de esas familias, nómadas a su pesar, describiendo de forma brutal y conmovedora los miles de campamentos improvisados, las inhumanas condiciones que padecían lxs emigrantes, los vehículos destartalados que quedaban por el camino reventados por el uso y la sobrecarga, las historias de desarraigo y una esperanza casi infantil.
Estos reportajes son la semilla de Las Uvas de la Ira, que ficcionó la pura realidad encarnándola en la familia Joad y un predicador en plena crisis de fe que se suma al grupo como un integrante más de esta tribu de desposeídxs. En lenguaje cinematográfico podríamos decir que es una road movie. Lxs Joad viajan, paran, acampan, fracasan, vuelven a viajar, a acampar y a fracasar junto a otrxs miles de laburantes. La peregrinación destroza cuerpos y almas y desgrana la familia Joad: el abuelo muere a los pocos días; la abuela no remonta la pérdida y también fallece; el primogénito se va en busca de alguna forma de salvación; el cuñado lxs abandona después de dejar embarazada a su esposa…
El clan Joad y otros muchos que se suman a esta marcha agónica se mueven entre la miseria más absoluta, soportan con una dignidad casi incomprensible que sus compatriotas, movidos por el rechazo a lo que queda de estxs granjerxs, incendien sus campamentos, destruyan las cosechan para que no las saqueen, los humillen y en el mejor de los casos sólo lxs expriman. Esto es la desigualdad según Steinbeck: que lxs que tengan te expriman sin posibilidad de que escapes de esa hemorragia.
Pero hay un guiño, un chistido mínimo de esperanza, Ellxs se ayudan, se protegen, se sostienen y va apareciendo tímidamente la idea de lo colectivo como la única forma de salvarse. El final de la novela amortigua de alguna manera el sufrimiento en una tremenda escena cargada de amor.
Luego de ganar el premio Púlitzer, John Steinbeck dijo acerca de su novela: “Quise colocarles la etiqueta de la vergüenza a los codiciosos hijos de puta que han causado esto”
A tu salud, Morales.

Amanda Corradini

Mujer de trincheras: Reparte su vida entre la trinchera de la Escuela Pública, la de su biblioteca y la que guarda algunas banderas que gusta agitar. Todo regado de mate dulce, Charly García y un vergonzoso apego por el humor infantil.

Dolor de entuerto

Dolor de entuerto

TIEMPO DE LECTURA: 4 min.

Poema de Silvina Melone, participante de la convocatoria de poemas “Daniel Omar Favero”.

Estos versos nacen del respeto. Del respeto y la admiración hacia las Madres.

Son parte de un Poemario que fue enlazando sentires; que tradujo a escritura anécdotas reales y de las otras, las que van mezclando lo vivido con lo esperado, lo sufrido con lo soñado, lo que los años nublan…

Pretenden ser memoria viva ante la ausencia; acariciar con palabras las manos vacías y los vientres secos.

A cuarenta años de la recuperación de la Democracia acompañarlas sigue siendo nuestro deber. Y la palabra puede ser el camino.

 Silvina Melone

Yo que 
soy
madre, madre
de una 
ausenci
a, yo
que 
soy 
madre
y sin hijo

ya no lo soy,

sigo siendo como el ojo de 
esa aguja olvidada que se va 
oxidando
en la lata redonda

que se hace costurero.
………………………………………
…………… Como un pez resbaladizo, se me va tu voz
en medio de la noche.
Tu cara la puedo buscar en las fotos, pero tu voz ya no 
deambula por mis pasillos y eso no tiene perdón.
………………………………………
…………… Mentiría si dijera que la noche que naciste tenía 
luna creciente o llena.
No tenía tiempo para mirar para arriba: dos nenes, dos tetas llenas, un piso por 
barrer, una vida hecha.
Mentiría si dijera que la última vez que te vi llevabas camisa escocesa o lisa, porque 
las dos las lavaba y planchaba a diario y ninguna quedó ni en tu ropero, ni el cordel 
ni en el respaldo de tu silla. Mentiría si dijera que la vida siguió llena cuando me di 
cuenta que ya no había camisas para lavar, para planchar, para remendar, para oler a 
escondidas tu sudor.
Mentiría si dijera que no sé de lunas; llevo más de 40 almanaques hablándole a la 
noche y preguntándole a esa piedra enorme cómo hacer para no morir tu ausencia.
………………………………………
…………… Síndrome del miembro amputado
¿Dónde me rasco el hijo que me falta?

¿Dónde me acaricio esta ausencia que mata?
                            ………………………………………………..
Lavo los platos sin pensar en nada

Me descubro mirando una pared descascarada del 
color de la tristeza Unas várices gris verdoso la 
surcan
Son el paso del tiempo 
y la humedad Lavo los 
platos sin pensar en 
nada
Y, sin embargo, lloro sin cebolla que cortar.
Cuando te pienso, olés a flores.

Pero en mis pesadillas, olés al carro del huesero.

La muerte impúdica inmunda incrédula, se arrastra sucia
                                         por mis sueños.
……………………………………
……………… No puedo pensar en tu muerte sin llorar
(Te pienso muerta, si)

Pero no puedo pensar en 
cómo habrá sido Dicen que 
hubo torturas, y más a las 
chicas. Dicen que hubo 
picana y violación y golpe

Y viajes en submarino al fondo del mar, donde pececitos de colores paseaban por 
arrecifes y te regalaban burbujas de aire, y te dormiste ahí con ellos, mirando como
algún rayo de sol atravesaba el agua y se dibujaba oblicuo como tobogán amarillo en 
el medio del balde
En una baldosa las letras de sello armaron tu nombre y la gente que pasa sin siquiera 
saberlo le pone cada día más peso y más mugre a tu ausencia.
……………………………………………………
Yo no sé cómo carajo sabía Rabito que era domingo. Pero cada domingo al medio día 
el perro se paraba atrás del portón a esperarte.
A veces asado, a veces ravioles, a veces rejunte: no era el olor de la comida. Era tu 
olor que se acercaba.
El perro empezaba a mover la cola cuando vos te 
bajabas del tren. Hubo un domingo que el perro no se 
movió de la cucha.
Y fue raro que no llegaras puntual. Ni tarde. Ni muy tarde.

El perro apareció a la noche en la cocina y devolvió algo verdoso.

Unos días después tu padre estaba haciendo el pozo para enterrarlo cuando tu 
hermano llegó llorando con la noticia de tu secuestro.
Rabito, los domingos, vos, todo quedó enterrado en ese pozo del patio de la casa de 
Tolosa.
Yo no sé cómo carajo sabía Rabito que era domingo. Pero cada domingo al medio día el perro se paraba atrás del portón a esperarte.
A veces asado, a veces ravioles, a veces rejunte: no era el olor de la comida. Era tu olor que se acercaba.
El perro empezaba a mover la cola cuando vos te bajabas del tren. Hubo un domingo que el perro no se movió de la cucha.
Y fue raro que no llegaras puntual. Ni tarde. Ni muy tarde.

El perro apareció a la noche en la cocina y devolvió algo verdoso.

Unos días después tu padre estaba haciendo el pozo para enterrarlo cuando tu hermano llegó llorando con la noticia de tu secuestro.
Rabito, los domingos, vos, todo quedó enterrado en ese pozo del patio de la casa de Tolosa.
……………………………………………………
Pasaron 40 años y yo aún pongo tu lugar en la mesa y ventilo tu pieza y le agradezco 
a los teleteatros que me ayuden a llorar.
Estoy tan seca que ni la muerte se anima a venir.

Piensa que puedo contagiarle esta peste que es tu ausencia.
…………………………………………………… 
Juicios/Relatos/Testimonios.
Y nunca más pude mirar el río sin sentir el vientre seco.
Simón Dubié
Las visiones

Las visiones

TIEMPO DE LECTURA: 5 min.

Fermín Eloy Acosta nació en Olavarría en 1990. Es escritor y guionista. Su primera novela es Bajo lluvia, relámpago o trueno, premio del jurado de novela Bienal Arte Joven Buenos Aires 2019, publicada por editorial Entropía en 2019. Comparte con revista Trinchera un fragmento de Las Visiones, una novela inédita. 

Introducción

Yo no tenía a nadie que me dijera no vayas. Solo tuve que hacer una valija, guardar lo importante, echar dos vueltas de llave a una casa. Al rato ya estaba en viaje, porque a mí me habían llamado varias noches. Pienso en todo eso mientras miro el techo a esta hora de la madrugada: aquel momento preciso en que una luz, la primera, pinchará la oscuridad, hará ver la proyección temblorosa de las sombras de unos árboles contra la pared y los relumbrones móviles recordarán los primeros días en esta quinta cuando unos hilos finos, dorados, descendían de los árboles, como telarañas. Bostezo y sé, de a poco, que esa misma luz cubrirá la pared, el linóleo, alcanzará las colchas, las cobijas, trepará por la madera podrida hasta llegar al techo, enseñará el hueco por el que alguna vez asomó la cara terrible de una comadreja. Siempre fue de esa manera y seguirá siendo así hasta que la pieza se alumbre por completo.

Por ese mismo agujero alguna vez se filtró la lluvia, llegó el rugido del viento que entraba por el tiro de la chimenea y nosotras, que pensábamos en cierta cosa misteriosa, que poníamos a temblar los dientes y las manos, sentíamos el golpeteo de bichos contra el farol del jardín, el siseo de uno de ellos, como acercándose, y entonces nos cubríamos con las colchas hasta la cabeza. Esas veces, para apaciguar el miedo, alguien encendería una lámpara y diría aún no sucede, aun este mundo y su silencio remansado, aún nosotras, acostadas, aún cuatro chicas solas en invierno de 1968.

Vuelvan a dormirse, aún no vienen.

Casa vacía

Cuando me fui de la casa era el fin del verano, mis padres estaban muertos y yo había cumplido los veintiún años. Sólo tuve que abrir una valija, echar lo mío: tres pares de medias, mi cuaderno, dos vestidos, una blusa, un sweater, dos mudas de ropa, los anteojos, dos revistas, los libros Cómo triunfar en la vida y Cómo hacer cosas útiles con las manos, una foto, la única foto que guardo.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                            Debo hacer un esfuerzo para recordar el puñado de cosas importantes que dejé en ese lugar: el frente de una casa inglesa, prefabricada, un Renault Dauphine estacionado en la puerta, un conjunto de portarretratos junto a los bibelots, con nuestras caras, Dora, Ricardo, la Pimpollo, el yorkshire terrier. Imagino, ahora, todo eso juntará el polvo y qué. Nada más recuerdo de mi vida anterior y qué.

No importa.

Silencio.

Ahora puedo decir que yo, que nunca había tenido demasiada suerte, que no guardo recuerdos felices—salvo un conjunto de momentos que aún resplandecen, luminosos, contra cierto lugar de mi cabeza— cuando ellos mandaron llamar, de alguna forma, supe que, finalmente, tenía algo para hacer con mi vida.

Por eso hice una valija, guardé lo importante, me fui.

Quinta

En medio de un parque que habrá arañado la hectárea, la hectárea y media, si se caminaba de lejos, desde la montaña, por ejemplo, o en dirección a ella y se daba vuelta la cabeza, — como si hubiese sido posible deshacerse de la espesura de esa niebla— entonces se nos mostraba de a poco una casa de dos plantas.

Allí el alambrado con un agujero escondido que levantaban cuando querían salir y cuando querían entrar y que disimulaban, por si llegara a venir alguno, atrás de una pila de ramas. Más atrás había la línea de árboles que distinguían el adentro del afuera y de algún modo, nos separaba de la idea de Ellos. Todas las cosas en la quinta parecían tener una posición asignada y esa posición, de alguna forma secreta u oblicua, guardaba relación estrecha con la distancia que les correspondía respecto de Ellos.

 También había la pileta de agua estancada donde nadaba la podredumbre, un cuartucho escondido atrás de las ramas de espino negro que usábamos para lavar la ropa y sacar el agua, cierta galería donde se sentaban a mirar, al principio, por si aparecía algo nuevo y donde también yo llegué a sentarme. En ese mismo lugar ubicaban dos poltronas floreadas que miraban al bosque.

En todo el parque crecía la paja y en ciertos rincones, árboles, cortaderas, crataegus, alcanzaban a escondernos de la visión ajena. A veces levantaba el viento polvoroso de la montaña y a veces costaba mirar alrededor, sobre todo hacia la línea del bosque, antes del arroyito o a una distancia larga, porque los ojos se llenaban de tierra o de una pelusa que flotaba con insistencia en el aire.

Adentro de esa casa aprendimos la serie de movimientos que exige el ejercicio del sigilo: andábamos por la cocina, la pieza con las camas, el cuartito de arriba —donde hacíamos las vigilias— la galería de afuera, la terraza o el sótano, hablábamos muy bajo y nos arrimábamos con cuidado a las ventanas. A todos esos lugares aprendimos a armarles nuestros propios recovecos, esquinas donde cada quién cultivó una forma del misterio: el agujero donde Belita escondía los cuadernos, por ejemplo, el rincón de arriba donde había aquel colchón para tirarnos, el punto exacto en la terraza donde Graciela se paraba a señalar el lugar del que vendría la señal, las tablas sueltas del cielorraso por las que entraban y salían algunos animales, el mueble en el sótano donde escondían un fusil.

Alrededor, el puñado de árboles que hacían reparo del viento, la línea oscura donde empezaba el bosque y terminaba nuestro dominio del panorama, el portón de madera que interrumpía el alambrado. A un costado de la galería, a medio ocultar entre el espino negro, el misodendrum, el tomillo, un cartel pintado a mano donde podía leerse, en letras cursivas blancas sobre un fondo verde: Susana. Aquel el nombre que alguien había puesto a la quinta.

Fermín Eloy Acosta: “Empezar a escribir está bueno, pero continuar es lo doloroso, lo difícil, lo frustrante, sostener el proceso”

Fermín Eloy Acosta: “Empezar a escribir está bueno, pero continuar es lo doloroso, lo difícil, lo frustrante, sostener el proceso”

TIEMPO DE LECTURA: 14 min.

Fermín Eloy Acosta nació en Olavarría en 1990. Es escritor y guionista. Conversó con Radio Trinchera en el marco del programa Plástico Cruel sobre Bajo lluvia, relámpago o trueno, su primera novela.

¿Cómo llegas a la literatura? ¿Cómo fue tu ruta lectora?

Cuando era chico solían regalarme libros cuando pasaba de grado, mi vieja siempre nos incentivo a que leyeramos literatura, así que fui consumidor de literatura juvenil, infantil, de libros en mi casa, toda esa relación que uno tiene con las ilustraciones, con las tapas, con los textos. Desde chico estuvo la compañía del libro, como un lugar para interactuar. 

¿Cómo es el paso de esa literatura juvenil a una más de adulto?

Cuando me vine a vivir a Buenos Aires, más o menos 2008, 2009. Estudié una carrera ligada al cine, en la Universidad de Buenos Aires. Durante todo ese período siempre iba acompañado por un libro, pero durante los años que estudiaba leía otras cosas, salvo materias que nos hacían leer literatura. Ese fue un camino más esporádico. Cuando logré terminar la carrera, volví a conectar de un modo mucho más intenso con la literatura. Fue un momento de darme cuenta que lo que más me interesaba era leer, mucho más allá de la imagen en movimiento. El armado de la biblioteca personal comprando libros usados o hablando con amigos que supieran de libros y que te recomienden, ¿Viste que empezás a leer como en red? Te interesa una cosa y después lees otra. Ese momento se inicia entre los 22 y 23 años, y que sigue hasta el día de hoy. Esa cosa que tenemos de acumular libros, de comprar, de prestar, todo ese mundo. Creo que tiene que ver con encontrar una afinidad ahí en la lectura, antes que en la escritura, encontrar un refugio en los libros.

Se te nota como un lector versátil. Los epígrafes de la novela son uno de Shakespeare de Macbeth y uno de Libertad Demitrópulos, dos mundos lejanos.

Dos mundos lejanos. En los epígrafes uno arma como una especie de territorio, marca límites. No en términos de historia de la literatura, sino de registros, de universos, de personajes. Hay algo ahí que uno siembra ciertos indicios de por donde se va a mover la novela. Muchos los usan de ese modo, salvo que abuses, que es un gesto extraño, cuando lees cinco epígrafes y decís ¿Qué me quiere decir? También es un buen modo de construir una relación de medium con los/as que escribieron antes. 

Sos guionista, también ejercés como profesor, ¿Cómo te surge la idea de escribir una novela y cómo aparece la historia?

La escritura de la novela fue, en mi caso, una entrada. El poder pedir permiso para decir “bueno, puedo escribir”. Fue un proceso de muchos años, de tratar de entender que era posible. Más allá de la lectura, saltar a la escritura es un paso que puede ser muy frustrante o que termine cajoneando los proyectos. 

Empecé a escribir esto después de la vuelta de un viaje con mi familia, 2017. Estaba en Olavarría y empecé a escribir. En esa época estaba leyendo mucha literatura rural, sureña, norteamericana de principios del siglo XX. También en ese momento era amigo de un escritor que ya falleció, Leopoldo Brizuela, y un poco en las charlas con él me pedía que escriba. Fue un primer impulso. Lee estos libros que son como tumbas hablando. Me decía que lea a Eudora Welty. Ahí se fue armando un caldo de cultivo, de trabajo, que fue lo que después resultó en empezar a imaginar este universo. Yo quería escribir algo que tuviera que ver con los orígenes de las ciudades, de la provincia de Buenos Aires, y en este caso con la ciudad de Olavarría, que es de donde soy yo, pero siempre muy velado. Empecé a escribir y ahí apareció algo del personaje en primera persona, empezó a aparecer la idea del viaje. Después la escritura va decantando, el universo muta y se va transformando en otra cosa. Por lo menos es lo que a mí me pasa. 

Las tumbas que hablan por sí solas. Se nota esa influencia en la novela, el peso que tiene el ataúd, la muerta, como habla a través de todos.

Si, hay algo de eso, que igualmente me costó mucho definirlo. Cuento para quien no conoce nada del texto, el libro tiene una serie de intromisiones donde habla la madre. Hay una protagonista que va llevando el carro, a fines del siglo XIX en Argentina, a través de la provincia, con la madre un poco a cuestas, con ese ataúd, y cada tanto el texto es interrumpido por la voz de la madre que señala algunas cuestiones que tienen que ver con el camino, da ciertos consejos, también un poco la reta. Construye cierta comunión. Eso fue algo que me costó mucho encontrar a nivel de la forma, no sabía qué hacer con ese texto. Al principio eran intromisiones dentro del texto, con otra tipografía, con una bastardilla, pero no me convencía. Probé doscientas veces hasta que di con el recurso; esta suerte de dosificación que abría cada capítulo, como si fuera una suerte de lógica medio premonitoria la que lo hiciera figurar ahí.

La aparición de la voz de la madre, ese reubicar y reinventarla, ¿Es la que te define el tono de la novela?

Un poco sí, un poco creo que tiene ese tono de organización hasta épica del paisaje, que a mi me gusta y me sigue gustando, es el modo en que me gusta escribir. Había algo ahí de esta idea de organizar la travesía a través del mandar, esta lógica de aventuras que organiza la estructura narrativa del relato. Y después había algo del tono en primera persona, esa voz femenina un poco anacrónica pero también atemporal, con usos de la lengua y la palabra un poco extrañado, que fue lo más difícil de lograr, pero si tengo que elegir con algo que quedarme de la novela es eso, haber encontrado por lo menos un modo de hablar, la construcción del tono, que en general es algo dificil, y esta dado entre el pivoteo entre esas dos voces, la de la madre y la de la hija.

El lenguaje de época, una época que no habitamos, lejana, ¿Cómo se estudia?

Creo que hay dos modos de abordarlo, y para mí uno que es más interesante. Uno tiene que ver con el estudio documental, todo una línea de escritura más de novela histórica, y a mi por lo pronto es el que menos me interesa. Hay otro modo que es la invención del habla, y creo que ahí hay una genealogía de nuestra literatura, que sobre todo se asienta en la época del 60. Si uno se pone a ver quien han sido sus referentes en muchos casos han sido escritoras, Elvira Orphée, Libertad Demitrópulos, Sara Gallardo, también Leopoldo Brizuela, Tizón, Bianco, Silvina O’Campo, aunque ella no tan en términos históricos. Trabajaron sobre la idea de pensar como hablan personajes que están en un entorno específico, y en muchos casos la riqueza de esos textos, y su textura, tiene que ver con procedimientos textuales, sintácticos, donde la gramática es intervenida con usos de las palabras. Ahí hay que pensar en cómo hacer hablar a los personajes, y si eso resulta verosímil, que no significa que sea verdadero, y funciona, está buenísimo. Después si hay un proceso de documentación de ir a ver textos del siglo XIX, de llevarse por la intuición, de anotar palabras, todo un trabajo que uno puede hacer, que yo hago y he hecho, pero creo que no se trata de transmitir transparencia ni ser fiel a la época, que hasta puede resultar tedioso, sino de pensar en que resulte de algún modo creíble, y que la musicalidad de esta época pueda ser transmitida, retransmitida y transfigurada a un texto actual.

Pensamos un poco en Eisejuaz, por este tema de la invención del lenguaje. Pero también en la clave de Rulfo; “ningún campesino de México habló como los campesinos de Rulfo”, pero uno lo cree y es una intervención en el lenguaje.

Exactamente. Ese es el mérito de esos textos. Haber podido encontrar una manera de hablar autónoma que refiere a ese referente específico pero que termina construyendo un artefacto super extraño que al día de hoy nos parece vigente. Eso es lo que tienen algunos textos que se ven remanidos, o muy ornamentales, y envejecen rápido por estar anclados a esa verdad documental, en mi opinión. Me pasa con Maria Luisa Bombal, una escritora chilena que vivió mucho tiempo acá. Lees los textos y hay una musicalidad, un trabajo con el habla, que no se avejenta. Lo mismo ocurre con Di Benedetto en Zama. 

Notamos un tono medio Saereano, pequeños elementos tomados de la gauchesca, ejecutados poéticamente. ¿Cómo es tu relación con la poesía?

Ahora no estoy leyendo tanta poesía. Pero tengo amigos poetas, voy a lecturas de poesía, leo poesía. Me gusta mucho los textos que son una hibridación entre poesía y prosa, lo que algunos llaman prosa poética. Más en ese momento, cuando estaba escribiendo la novela. Creo que hay un malentendido en relación a la narrativa, y a la narrativa actual. No presta atención a la calibración de la frase, de la palabra, pensando en la sonoridad, en la musicalidad. Yo cuando corrijo leo en voz alta, algo que aprendí de Julian Lopez, un escritor con el cual yo hice taller. Leerte en voz alta y entender que eso que estás escribiendo tiene una música, algo que te das cuenta que Saer hacía, el trabajo con la frase, con la oración, con la repetición. Es una música lo que subyace ese material. Un valor a favor de algunos textos que tienen esto en cuenta es que pueden ser leídos como si fuera un poema. A veces pasa que lees un texto actual y hay un registro plano en estos términos, va avanzando y suena todo igual, lees el cuento siguiente y es idéntico.

La novela es una serie de road-movie. Siendo guionista, habiendo estudiado algo referido al cine ¿Cómo convive eso y lo literario?

En este momento no me dedico tanto a la ficción, estoy laburando más en documental-ensayo y ese tipo de cosas. Pero cuando estaba escribiendo ese texto, una película que me sirvió mucho para pensar fue una película de los hermanos Cohen, donde una hija quiere vengar la muerte del padre y sale a caballo a buscar al causante de esta muerte, una especie de western contemporáneo situado en el siglo XIX. Había algo del espíritu de esa película que tenía que ver con cómo los Cohen trabajan el guión, todo el tiempo boyas narrativas que hacen girar la acción permanentemente, algo que el cine mainstream logra captar muy bien. ¿Cómo convive esto? Me sirve laburar por imágenes, pienso mucho en la luz y en el sonido, algo que cuando uno estudia cine se le insiste mucho, pensar la dimensión sonora, que se escucha cuando estás viendo esta imagen. El cine trabaja de un modo super complejo, las capas, los sonidos ambientes, los que están en cuadro, fuera de cuadro, los diegéticos, los extra-diegéticos. Son recursos que para escribir, si los tenes despiertos, están buenísimos. Lo mismo que pensar en los sentidos permanentemente, si es que es un texto que quiere apelar a esos lugares. 

Es algo que se nota en la novela, el tiempo que te tomas para describir el campo, que irónicamente es siempre igual. Constantemente la novela te sitúa. Estás acá, el paisaje es así, los sonidos son así.

Algo de eso tiene que ver con cierto tránsito de la infancia en relación a los paisajes que rodean a la ciudad de Olavarría. En general, las ciudades cercanas a Olavarría suelen ser más lindas, porque es una ciudad mucho más plana. Está Tandil, Sierras Bayas, Sierra Chica. Creo que había algo de esa memoria visual en relación al paisaje de cuando uno va en auto y ve siempre lo mismo, aburrido. Pero de repente uno puede imaginar que hay microficciones en las cosas que se arman en esa repetición. O en esa repetición, si salieras a caminar, encontrarías algo nuevo, o podes inventar algo. Algo de eso me fascinaba un poco. Sobre todo pensar en los universos que arman las plantas, los animales, las sombras, las luces. 

Pensando en clave Manuel Puig, entre el cine y la literatura, ¿Hay alguno de los dos géneros que te interese más?

Mirá, soy mucho más deudor de la literatura que del cine. Si tuviera que elegir un universo me quedo con el de la literatura, siempre. En el cine siempre me sentí un poco extranjero, por varios motivos. Pero se retroalimentan. 

Son muy distintos. El cine está atravesado por la lógica colectiva de trabajo, desde la película más chica. Hay algo del trabajo más solitario en la escritura que a mí por lo pronto me sirve más. 

Volviendo a la novela, la idea de esta familia compuesta de tres mujeres, ¿Apareció desde el principio?

No. De hecho, me pasa que escribo un montón y despues voy limpiando. Al principio lo había pensado en tres tramas distintas, tres puntos de vista, y me di cuenta que era un montón. Tuve que hacer un laburo para que quedara lo que más me interesaba, que era este punto de vista. Lo de que fuera con una tía medio vieja si es un universo que me interesa, y las figuras fueron apareciendo. En mi caso, los personajes son lo último que aparece, un poco por oposición al protagónico, al foco del relato, entonces lo vas tallando a partir de cómo vas diseñando el personaje principal. De hecho, no tenían nombre, así que se los puse para que funcionen de manera más autónoma. La peripecia que organiza todo el relato del viaje estaba desde el principio, y me di cuenta que era lo único con lo que tenía que trabajar, no tenía que agregar más cosas. La escritura, muchas veces, es un trabajo por acumulación, pero después es por sustracción. Hago todo esto y después quito, y en ese quitar el material crece, que a veces es lo más complejo de corregir. Cuando haces una película pasa un poco lo mismo. Ahora justo estoy montando una película, y tenés que sacar, amputar, es lo más complicado, editar y sacar cosas que por ahí te encantan pero sabes que va a hacer crecer a lo demás.

Hemos hablado con Alejandra Kamiya, con Kike Ferrari, sobre el despojo en cuanto al cuento, pero cuánto más dificil es hacerlo en una novela donde la cantidad de información es mayor.

Si, pero en mi caso, que no me sale escribir cuentos, tenes la libertad de que tenes todo el tiempo del mundo. Después lo vas a corregir, pero tenes campo abierto para probar. Obviamente, ahí ves que tenés un montón de complejidades que atender, y que te metiste en este embrollo vos solo, escribir un texto muy largo. Pero tengo la tranquilidad de tener tiempo para encontra la musicalidad del texto, para entender cuales van a ser los puntos de vista, para investigar al universo. Sobre todo pensando en que son textos que llevan mucho tiempo de escritura. Es una suerte de refugio a contrapelo del presente. Esta cuestión de la velocidad, de qué tenés que escribir, en cuántos caracteres, competencias de cuentos. A mi me gusta pensar que la literatura tiene que ir a destiempo de esas velocidades, y la novela,  en su elasticidad, es un género que admite ese trabajo con la temporalidad.

¿Te llevas bien con el proceso de escritura? Recuerdo a Carlos Busqued diciendo que la pasaba muy mal cuando escribía, pero amaba haber escrito.

Odio escribir, amo haber escrito, la frase de Dorothy Parker. Si, a mi me pasa lo mismo. No se si odio escribir, pero hay momentos de inquietud respecto al texto, incluso de frustración, de desamor, de maldad con uno mismo, donde pensas que es una cagada, que tenes que empezar a hacer otra cosa. Es construir un material a largo plazo y es difícil sostenerlo. Empezar a escribir está bueno, pero continuar es lo doloroso, lo difícil, lo frustrante, sostener el proceso. Sostener una sistematicidad en función de eso también es complicado.

Hay momentos de la novela que parecen de género, de terror, oscuros, misteriosos. ¿Cómo te llevas con los géneros? ¿Te sirven a la hora de la escritura?

Si, me re sirve. Me gusta mucho la ciencia ficción, y me gusta mucho el terror, sobre todo el terror en cine. También el relato fantástico. He leído sobre género fantástico, sobre terror gótico, siglo XIX. He pensado más desde lo académico en relación al cine, y ahí sí tengo una herramienta mental de dispositivos, de motivos, de personajes, de escenarios, que en algún punto resonaron cuando escribí este texto, más allá de las referencias literarias con las que uno enlaza su propio texto. Un montón de cosas tenían que ver con un reservorio de ideas de cosas que ví, que leí. Del realismo tomé las herramientas, de haber leído novelas del siglo XIX o principios de siglo XX, los cambios de puntos de vista, la manera en que se introducen los personajes, que está recontra laburo en muchos textos, Henry James, por ejemplo. Pero sí, me gustan mucho los géneros, y creo que son cajas de resonancia desde las cuáles podés extraer dispositivos para pensar un texto nuevo, que no es de género, pero dialoga.

Contanos sobre proyectos futuros, ¿Qué se viene?

Terminé una novela el año pasado y estoy esperando a ver que pasa. Es una novela situada en los 60. Tiene un trabajo parecido con el lenguaje, con la estructura, con los personajes, pero se desplaza unos metros hacía otro lado y experimenta con otra cosa quizás más radical, en relación a los párrafos, a la estructura. Es de ciencia ficción de hecho, y dialoga mucho con el género. 

Además, estoy cerrando un documental que estoy haciendo hace muchos años. De cine-ensayo, un documental medio experimental. Es un retrato de un artista argentino que vivió en los 60 en Estados Unidos, Leandro Katz, que actualmente vive acá. Es un documental en gran medida de archivo, y estoy en post-producción de esa pieza.


En el siguiente link podrán escuchar la entrevista completa y en nuestro canal de YouTube, Trinchera tv, encontrarán todo nuestro contenido.

Luciano Montoya

Nació en Mar del Plata, en 1997. Actualmente reside en La Plata. Estudia la licenciatura y el profesorado en Música Popular en la UNLP. Conductor del programa de radio Plástico Cruel.

Juan Machado

Nació en Carhué, provincia de Buenos aires, en 1992. Actualmente reside en La Plata. Escritor, también se desempeña como conductor de radio. Dicta talleres y encuentros literarios. Publicó el libro de cuentos, microrelatos y poesías, No hay que jugar en la casa vieja y otros relatos (2020) Pájaros Punk (Malisia 2022)

Nuncamásolvido

Nuncamásolvido

TIEMPO DE LECTURA: 2 min.

Poemas de Valeria Di Cicco, participante de la convocatoria de poemas “Daniel Omar Favero”.

Nunca conocí a Daniel. Siempre fue el relato, el recuerdo, la culpa, el dolor, el llanto sobre Daniel. Supe de él a través de la palabra de Luisito, su hermano, a través, también de la memoria reconstruida con ladrillos de impunidad, con la cal, las llagas, el sudor, la amargura de unas manos vacías, que se quedaron sin nada. De unos padres, de unos hermanos, de una ciudad, de unos amigos que no lo vieron nunca más. La Plata se quedó sin Daniel.

El poema está dedicado a ambos, a Daniel y a Luis, y a todos aquellos cuyos nombres intentan borronearse de a poco, medio siglo mediante, de la mano del desgaste, la manipulación, el cansancio y el entierro del día a día. Una cotidianidad aplastante, una vorágine aplanadora.

Recordar, paulatinamente, se vuelve una cuestión de honor, de principios. Una cuestión de amor.

Valeria Di Cicco


para los dos, Luisito y Daniel
había un sol oscuro
           o una noche brillante
                       de autos verdes y sirenas disonantes


enmarcando impíos
        la sangre coagulada y ese vacío 
        grasiento los pies escapando 
        desarmados
        los libros deshojándose
                                             en los pasillos de humanidades


fuego y violencia 
silenciamiento y 
agresión humillación y 
tortura

un tejido deshilachado
          de igualdades desparejas
          y libertades de puños cerrados


un paño vencido e infernal
         que no alcanzó para 
arropar el frío paralizado en 
los cuerpos

                                              flacos, desnudos y rígidos


¿qué idea disímil
         empuñó el arpón
                         que cercenó 
impune la pluma poética de tus alas?

¿qué música sombría
       cavó una fosa de 
       hielo y ahorcó tu 
       nombre
                                              bajo la ciudad de níquel y plata?


    hay memorias que 
        resucitan
                           incólumes
                  durante el día



son las peligrosas
    las que extienden sus voces


a los pozos sin fondo



de llanto y brea

                                    del
                               nuncamásolvido
ULISES ULBRICHT
México, 26 de abril de 2023
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