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Nada más ingenuo que intentar describir una foto, dice Pedro Jalid. El texto es intimista, pequeño, voraz.

Fotografiaban extrañas especies de animales. Reptiles, más que nada. Tanto tiempo llevaban en ello, que ya ni la pregunta de si disfrutaban su trabajo se hacían. Sabían que eran buenos, y eso bastaba: les indicaban la especie, el lugar donde encontrarlas, y emprendían el viaje. Unas cuantas fotos, y luego a otra cosa. 

Si contado no suena tedioso, en carne propia se había vuelto un trabajo como cualquier otro que uno realice durante más de la mitad de su vida, y ya no recordaban la última vez que habían sentido entusiasmo por su actividad. La culpa no era solo de las cámaras y los pobres reptiles, sino que el tedio mayor, aunque no lo quisieran reconocer, lo encontraban en la mutua compañía. Enamorarse en un trabajo es algo no recomendado. Mantenerse durante tantos años en el mismo oficio y con la misma persona, pasa a ser ya algo peligroso. Se miraban como socios, se miraban como compañeros de trabajo, se miraban como jefe y empleado. En fin, tantas maneras para decir que ya no se miraban de ninguna forma.

Les había tocado Atacama. Un trabajo grande y algunas especies que debían encontrar en medio del desierto. Trabajaban en silencio, cada uno absorto en su labor; exagerando quizás la concentración que sus tareas demandaba, para evitar así la posibilidad de la conversación y el intercambio. 

Se sorprendieron cuando encontraron los dos lagartos leopardos. No por la especie, bastante común en esas tierras, si no por la compañía. Eran famosos por ser solitarios. Rara vez se veía a más de uno a la vez. Sin embargo, allí estaban los dos, como si conversaran o simplemente disfrutaran la presencia del otro. A pesar de que no estaba entre las especies que debían fotografiar, se miraron un instante y compartieron la sorpresa de ambos por la pareja encontrada, y que tal vez podrían demorarse unos minutos en una imagen. Prepararon la cámara, ajustaron la luz y quizás alguno de los dos recordó sus primeros tiempos, cuando salían a capturar especies y mientras lo hacían llenaban rollos de fotos de ellos, de paisajes, de lunas y atardeceres infinitos. 

En el momento en que vieron la caricia, ninguno dijo nada. No se animaron a sugerirle al otro lo que creían haber visto. Sin embargo, en silencio y sin mirarse, los dos se apresuraron por ver la foto capturada. Y ahí estaba. No había dudas.

Nada más ingenuo que intentar describir una foto. Alcanzará entonces, con decir que apenas publicada, se convertiría en una de las imágenes más icónicas dentro del mundo de la fotografía de animales. La caricia del lagarto, la llamarían los críticos. 

Nunca sabremos si la caricia sirvió de algo, si volvieron a mirarse como solían hacerlo. Aunque hay algo que sí podemos decir: cuando en la empresa revelaron las imágenes, las felicitaciones llegaron acompañadas de un pequeño reto: ¿por qué tantas fotos del atardecer?

 

Pedro Jalid

Profesor de Letras. Leo más de lo que escribo, trato de hacer más de lo que digo.


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