Liliana Heker transversaliza la política a través de mujeres discretas, decididas a no firmar en conformidad el decreto que dice que la vida es un escalafón
Quizás, escribir historias venga del ingenio humano tratando de responder de miles de formas distintas a la misma pregunta.
O al menos Liliana Heker (1.943) escribe cuentos para eso. En su antología Cuentos Reunidos los personajes están en estado de búsqueda permanente, aunque se trate apenas de buscar una respuesta ya había llegado hace mucho y no la descifraste; en su universo literario, cada cuento tiene el efecto estético de maximizar algo incómodo, prohibido, desconcertante, siempre en planos muy pequeños que en general se limitan a un departamento, un viaje de 200km., una fiesta.
Los territorios son comunes, gente urbana, clase media, con más o menos ventura económica. Heker se acomoda ahí; los personajes no son ni pobres ni ricos, ni buenos ni malos, algunos son brillantes y otros no tanto, pero siempre están haciendo lo que pueden con lo que les pasa. Si quieren matar, matarse o amar apasionadamente es posible que no lo logren, pero de maneras difusas lo advierten y se hacen cargo, porque en general estos cuentos tratan más de la búsqueda o la pérdida que de la concreción. Cada historia tiene alguna forma de bruma existencial, de porqués, de paraqués, de órbitas sobre la propia vida tratando de romper la abúlica circularidad. Claro que esta columna se llama Literatura y Política y hay que justificarla. Ningún problema con eso: los personajes femeninos de esta autora tienen variedad de talantes desafiantes aún cuando las obligue a banquinear la legalidad y los bienaventurados acuerdos sociales. Una provocación material que expone lo político desde pequeños universos privados para nada épicos.
Podríamos decir: mujeres con hambre. El hambre trae la rebeldía y acá la rebeldía es plena. Incautas discípulas de Emma Bovary. El incesto, el filicidio, el principio o el final de la vida, el deseo de algo que no se sabe, el hartazgo de injusticia, el sinsentido, la caja negra de la memoria.
Liliana Heker atomiza lo político no sólo en pequeñas vidas –esto no sería para nada innovador, finalmente toda la literatura es eso, al menos la buena- lo hace sobre mujeres con vidas discretas y juega con lo impredecible de esa abulia que ni siquiera está asumida, o con la sabiduría precoz de niñas de once años con curiosidades existencialistas; mucho énfasis en las consecuencias del huracán del tiempo, los sueños diluidos, la memoria fragmentada, la soledad permanente.
Hay una subjetividad casi sensual que se mezcla con la adrenalina de vencer un límite y Heker nunca construye límites recurrentes. Acá las mujeres no son golpeadas ni violadas ni calladas, no es necesario, porque persiguiendo el rastro de Emma Bovary llega el dramatismo igual consumado de alguna otra forma. Mujeres que se niegan a firmar en conformidad el decreto que dice que la vida es un escalafón de cosas que cierra con la decrepitud, un jardincito en el fondo del patio o un par de nietos.
La contundencia política de sus cuentos aparece transversalizada en la pugna de los personajes femeninos por estas cosas que de alguna forma les son negadas, como en el personaje de Flaubert, hay una valentía para nada romántica, torpe, casi incómoda, y esto aún así es claramente pensamiento político.
Liliana Heker, cuentista, novelista, ensayista, creó junto a Abelardo Castillo y Sylvia Iparraguirre la revista literaria El Ornitorrinco, emblema de resistencia cultural en la época en que hacerlo podía implicarle algo más trágico que la censura. En sus Cuentos Reunidos se encarga de aclarar ella misma que jamás le pondría a una antología suya “Cuentos Completos” porque nunca creerá posible terminar su aventura cuentista. Dice “no tengo la menor intención de completarme”. Claro, no hay nada acabado en las formas más caseras de resistir mandatos sociales, no sólo por la diversidad de formas, sino por las posibilidades temáticas.
El hambre nunca se completa ¿No, Emma?

Amanda Corradini
Mujer de trincheras: Reparte su vida entre la trinchera de la Escuela Pública, la de su biblioteca y la que guarda algunas banderas que gusta agitar. Todo regado de mate dulce, Charly García y un vergonzoso apego por el humor infantil.


