Relato de Silvia Elena Machado, participante de la convocatoria de cuentos “Hebe Uhart”.
El contorno del agujero como el de aquella vez, según de donde se lo mire, es el mismo zigzag entre testigo y actor. Si lo hago desde adentro con ojos cerrados soy el testigo de mi propio miedo, en cambio, si lo hago desde afuera y con los ojos abiertos soy protagonista de la megamentira.
Tal vez no exista parecido, aunque yo tampoco soy la misma persona.
Por la domesticación sentía el pudor del machismo, era incapaz de expresar tanto amor que sentía por lapatri, mipatri, subterfugio para no decir que estaba enamorado de la Patria. Luego, en la calle como perro de Pavlov, gritaba los goles hechos y en los penales el sufrimiento hervía mi odio hacia los rivales. Como un auténtico energúmeno hubiera destrozado con mis caninos a todo el equipo contrario. Y por eso de que “la pelota no se embarra”, me agarré a las piñas con cualquiera que no fuera cristiano y señalé para toda la vida a cualquiera que no fuera futbolero. Mientras, en las efemérides me llenaba la panza con bollos y chocolate. Así era mi amor a lapatri, gastronómico y de comensal, de agrupación, no gregario, no solidario.
Con el sinsentido de la vida, que pasa tan rápido para los pibes pobres, casi sin darme cuenta me bañaba en las duchas del ejército. Me asusté, pensé en cuál sería la unidad de medida del tiempo de los colimbas, ¿serían los castigos? Aunque muy adentrito mío yo quería demostrarle a lapatri de todo lo que era capaz por ella. La llevaba tatuada en el envés de la piel, quizás si hubiese tenido acceso a las muñecas hinchables probablemente la hubiese llevado en mi mochila sin desempacar del envase original.
Pero, de las duchas pasé a no ducharme, a cagarme de hambre en el frigorífico de las hermanitas perdidas.
Lapatri que no se entera jamás de nada apareció después de los horrores como hoy, como ahora mismo veo este miedo que me va a chupar. Porque el miedo no es una sensación, es una gelatina con vida que nos mama, y aunque fuera más beneficioso que tuviera dientes. Pero no, no los tiene, no nos tritura, nos inmoviliza.
Esta aparición o visión del pino es en verdad es un agujero. Porque igual, igual apareció aquel agujero como ojo de aguja que distinguí en la tierra del miedo congelante. No veía nada en el infierno frío, gélido, el infierno que amputa dedos, pies, manos, pero el ojo de aguja era como este pino, y yo no sentía miedo de él. El miedo no lo sentí con los chicos del grupo, quizá por las órdenes, por el hambre. Porque eso era el asombro diario, eso era la falta de sombra, el miedo, el miedo es un pedazo de algo que limita, que paraliza, y yo en ese momento desde algo así como la eternidad era inmóvil como lapatri. Hoy si veo el ojo de pinoaguja sé que la viscosidad del miedo me está chupando y esta vez el agujero canta. Cantan el romancero de lapatri a los comoyo, los chicos de la guerra o de las enfermeras violadas de Malvinas. Ellas y yo, y los comoyo sí nos asustamos, conocemos el miedo y también sabemos que nada lo contiene.
El miedo trajina con la memoria, no tiene carnes. Los comoyo evocamos abrazos, canciones, poemas, aunque sean sencillas y escritas en los tapiales a medio terminar del barrio. Vivía con los ojos bien abiertos, no quería dormir para no despertar y ver muertos de ojos abiertos, por congelación, por metrallas, balas, explosiones, que se yo… Prefería verlos morir, cantar fuerte la Marcha y despedirlos de mipatri.

