El primer transexual de la literatura escondido entre los oropeles de la corte inglesa
Advierto que esta columna comienza con un tono innecesariamente autorreferencial. Le debía hacía mucho a mi biblioteca “una Virginia Woolf”. Sospecho que mi insistencia tuvo algo que ver con que un amigo -con el que nos pasamos revoleándonos libros de regalo- me obsequiara Orlando. Una Biografía (¡Gracias, Juan!)
Lo leí en medio de ese sopor insoportable del último verano. A la altura de unas 4 o 5 páginas estaba claro por qué esta anglosajona de principios de siglo XX había logrado quebrar los mal disimulados reparos en que una mujer que escribe escape de las persistentes temáticas de amor romántico. Y a la altura de un cuarto de libro recuerdo que me incorporé de la silla, cerré el libro y dije algo muy trascendente: ¡Jodeme…!
Voy a los bifes que explican lo expuesto:
Orlando es un aristócrata inglés del siglo XVII. Es hermoso, soltero, culto y tremendamente rico. No sueña con otra cosa que con ser un poeta digno. Hasta acá parece apenas una novela (con un tenue tono paródico) de aventuras de un caballero de la corte isabelina: accede a mucho poder político gracias al impacto que provoca su belleza en la reina Isabel; luego cae en desgracia y se aleja de la corte; se enamora de una princesa rusa que lo deja plantado cuando estaban a punto de huir; Orlando vaga con el corazón roto por su inmenso castillo tras la pérdida de su gran amor; viaja a Turquía como embajador, huyendo de las pretensiones de matrimonio de un grupo notable de mujeres.
¿Y por qué mi impacto? Una noche Orlando se duerme y a partir de un inesperado hecho fantástico despierta a la madrugada convertido en mujer. Nadie, menos aún él –ella-, se espanta por lo ocurrido. Al estilo del fantástico rioplantense Orlando y su entorno toman con absoluta naturalidad la conversión de identidad sexual.
No es la única transgresión fantástica de esta novela, Orlando además vivirá casi 3 siglos sin nunca superar los 36 años.
La autora “usa” a Orlando ¿Para qué? Parece una parodia, pero en realidad es una novela de fuerte contenido político que está sostenido por una multiplicidad de pequeños símbolos. Woolf castra alegremente a su personaje como una forma de tesis que expone que las diferencias entre los dos sexos no afectan a la psique ni al alma de las personas. La transformación de Orlando no altera sus anhelos y deja en evidencia la estupidez de la repartición binaria de deseos y cualidades. La aguda crítica queda expuesta con la infinidad de posibilidades que Orlando pierde luego de su transición. El protagonista está azorado al registrar impensadas formas de opresión desde su nueva identidad sexual. Las siente en el cuerpo, en la cabeza, en algo parecido al alma; la cultura, la libertad corporal, la sensualidad e incluso toda forma de diversión le son restringidas de golpe.
Mientras tanto, desde la otra parte del hecho fantástico –una especie de inmortalidad del protagonista que le permitirá vivir más de trescientos años- Virginia Woolf explica el carácter sistémico de la hegemonía política, cultural y económica europea, siempre en las mismas manos.
Y como si todo esto no fuera suficiente, aparece de vez en cuando un hermoso ganso salvaje que a todas luces representa el estado creativo que quienes abrazamos alguna de las formas del arte perseguimos y que llega y se va sin que podamos retenerlo.
La gran carga simbólica de todas estas alegorías nos hacen percibirlas no como hechos literales sino como alegatos poéticos sobre la vida, la muerte, la identidad, la libertad y la literatura.
Si acaso aún tuviesen alguna duda sobre leer Orlando. Una Biografía, agrego que un tal Jorge Luis Borges hizo la primera traducción de esta novela y que en la contratapa usó la palabra “originalísima”

Amanda Corradini
Mujer de trincheras: Reparte su vida entre la trinchera de la Escuela Pública, la de su biblioteca y la que guarda algunas banderas que gusta agitar. Todo regado de mate dulce, Charly García y un vergonzoso apego por el humor infantil.

