El Dipy, Tévez y los desclasados de hoy

El pobre de derecha, como se le dice, parece que es una vedette del momento. En los grandes medios y en las redes no es que pululan, pero sí hay rimbombantes. La derecha del siglo XXI en Argentina ha logrado engendrarlos para seguir estando en la palestra. “El Dipy” y Carlos Tévez son los más famosos. Ambos, con sus collares de perrito faldero.

Usando el clásico lenguaje marxista, podemos afirmar que crear desclasados ha sido y es uno de los objetivos del capitalismo, porque es el camino más corto para conseguir la fragmentación de una clase social a la que hay que mantener a raya.

En los últimos años la derecha marketinera, con el macrismo como máxima expresión en la Argentina, ha sumado a sus filas personajes de popularidad masiva y que llegan a los barrios. Que el empresario Mauricio Macri se haya convertido en presidente de Boca Junior en 1995, es decir, en jefe del club más populoso del país, fue todo un síntoma de que algo estaba pasando. Muchos ídolos de las masas, viniendo de la farándula, también se unieron el menemismo para ganar votos. Y, para ser más frívolos en el análisis, personajes de la talla de Susana Giménez han sumado público y votos para la nueva derecha que se instaló en Argentina desde el menemato.

Pero la derecha siempre ha apostado a agrietarlo todo. Busca la “guerra de pobres contra pobres” y siempre busca imponer la mentalidad pequeño burguesa en contra de los “villeros”, los “planeros”, los “vagos docentes”, los “rasca empleados públicos…

Ya el señor Antonio Gasalla desde sus programas de humor en el ATC del decenio de 1990 tenía el personaje de la empleada pública que no “laburaba” y que hacía más anquilosada la burocracia estatal. Esto generaba un odio hacia el empleado público, que llegaba a las masas para incitar a más odio. Es decir, engendraba más quimeras de desclasados entre las clases populares tanto trabajadoras formales e informales, como así también en los desocupados.

Los desclasados se caracterizan no por aspirar a la legítima mejora de su status, sino por olvidar su procedencia y construir un relato que les aparta del compromiso que un día tuvieron sus padres con ellos, con sus vecinos o con sus compañeros de trabajo. En definitiva, con todo lo colectivo, con todo lo que a través de las emociones del orgullo de clase se ha construido para su distribución. Eso es que lo que vomitan personajes como “El Dipy” o Carlos Tévez. Ambos se declararon afines al macrismo y vienen desde abajo.

David Adrián Martínez es un entrerriano de las capas bajas de las clases medias que lleva su marca, “El Dipy”. Incursionó como un músico de cumbia villera y también como DJ. Fue uno de los creadores de la banda «El Empuje». En 2006 dejó de ser David Adrián Martínez para hacerse conocido como “El Dipy”. Se hizo su fama en las bailantas del Conurbano, pero alcanzó su máxima notoriedad en el 2017, cuando participó en el programa de TV Bailando por un sueño, tras iniciar una convocatoria a través de internet acompañado por su pareja, la modelo Mariana Diarco.

Hincha de Racing Club, loco por los autos y muy verborrágico, trabajó hasta con el mediático millonario Ricardo Fort. En el año 2020 también se volvió una figura mediática participando en varios programas de opinión de la televisión como Intratables y Almorzando con Mirtha Legrand. Se convirtió en un personaje que destilaba odio contra el kirchnerismo, haciéndose pasar por un “neutral”. No terminó el secundario y criticaba a los actores y las actrices afines al kirchnerismo, sobre todo con el artista Pablo Echarri, un hincha de Independiente, también salido del barrio. Su antikirchnerismo escaló fondo hasta convertirse un icono del macrismo y la derecha. Seguía en las redes Patricia Bullrich, Fernando Iglesias y Yamil Santoro. Luego logró un almuerzo con Mauricio Macri, ya desvelándose como un siervo frente a esta derecha.

“El Dipy” invadió las redes y los medios derechistas. Amistades con la señora Viviana Canosa, con TN, con Juanita Viale, con Eduardo Feinmann y con Jonathan Viale, fueron sus aguas para destilar el odio hacia la política y despotricar contra el gobierno del Frente de Todos. También ataca a los gremialistas del campo popular, se pone a opinar de las vacunas y crea un sentido común peligroso que tiene llegada en los barrios. Se hace el “no-militante-macrista” y el “no-me copa-la política”, pero favorece al macrismo. Desde las redes sociales, es un polémico abanderado de los desclasados mediáticos.

Carlos Tévez es otro caso. Bien popular, salido del Fuerte Pache, ídolo de Boca Juniors, no dudó en declararse amigo de Macri. Hasta jugó políticamente en las elecciones del club a favor del macrista Daniel “El Tano” Angelici en contra de Juan Román Riquelme en 2019. Los negociados por los Parques Eólicos de “Carlitos” con Macri salieron a la luz y sus riñas ocultas con Riquelme en Boca Juniors eran corrientes en el club. Y se terminó yendo de la institución de la Rivera. Pero el “Jugador del Pueblo” no quiso pagar el impuesto a las grandes fortunas, por consejo de Macri y se convirtió en un poco solidario con su pueblo en tiempos de pandemia.

Tévez siempre se paró como un “antipolítica”. Es el segundo jugador argentino con más títulos de la historia, ​ solo por detrás del rosarino Lionel Messi, y es el décimo máximo goleador histórico de Boca Juniors. Todo un ídolo popular, hasta con una serie que trata sobre su vida personal. Millones siguen y lloran por la historia de vida de “Carlitos”.
Pero es un macrista y eso lo hace un desclasado. Como los casos de los brasileños Ronaldinho y Neymar Junior, que son bolsonaristas encubiertos. Por supuesto, tienen llegada a las masas y la derecha lo sabe.

Invitan a la “no-política”. No se afilian a partidos o sindicatos, porque para eso están otros, nunca se comprometen con opciones comprometidas porque ellos son “librepensadores” y el mundo, demostrado queda, ha avanzado gracias a su concepción individualista, de superación. Son “apolíticos” y las ideologías están superadas. Se encuentran en una permanente fuga de su clase social porque en su baja autoestima no se soportan en ella. Para ellos, hay un camino diferente y más corto que resistir y crecer en común; que es la aplicación de un relato no duradero, camaleónico, móvil y frívolo.

El Dipy logró su propio programa de radio, en Rivadavia, donde vomita más odio contra el gobierno de Alberto Fernández. El conductor de Radio Rivadavia le había propuesto al ex presidente sacarse una “selfie” para “ver reventar de bronca a los K”. Toda una declaración política.

«Se aprovechan de la ignorancia de la gente humilde y les dan plata, les dan una bolsa de comida, lo he visto, y les cuesta la boleta. ¿Sabés lo que hacen? Los hacen pobres», señala El Dipy en su programa radial, en las redes y en la TV. Esgrime ideales de justicia tan obvios que no necesitan largas explicaciones. Mostró “independencia” con calmo apasionamiento, pero juega como topo para la derecha macrista.

Los verdugos del pueblo usan a gente venida de él para seguir saqueando. Una modalidad en estos tiempos de redes sociales, que merece un serio análisis antropológico-sociológico. El llamado “Sindrome del Sirviente Negro del Amo Candy” es clarísimo. “El Dipy” y “Carlitos” son dos paradigmas. Vienen de abajo, pero sirven a los de arriba, y engendran la quimera de la “guerra de pobres contra pobres”. Ellos, defensores de lo suyo, de lo corporativo, por un azaroso devenir social, han podido llegar a convertirse en clase dominante, por ejemplo, en relaciones como empleadores de “sin papeles” que limpian, planchan y cocinan por todo a cien, sin cuestionarse los derechos del otro. Como buen desclasado solo existen los derechos propios.

Facilitar la deserción de clase pone de manifiesto el objeto final del sistema que es el de desintegrar todo lo que suponga un obstáculo para su poder. Empleados del sector privado contra los del sector público, contratados temporales contra fijos, nativos contra inmigrantes o jóvenes contra mayores. Los iguales, cada vez más, se convierten en enemigos. Ese desclasado salido del barrio o de las masas es la cuña perfecta para la fragmentación del campo popular solidario. La derecha los usa como preservativos. Así es esa gente como “El Dipy” y “Carlitos”.

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