Afganistán y la olvidada Revolución Socialista de 1978

Afganistán y la olvidada Revolución Socialista de 1978

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Afganistán es un país que siempre ha sido caracterizado como “indomable”. Se dice que resistió a los ejércitos del macedonio Alejandro Magno, que no pudo ser invadido por grandes imperios antiguos. Pero desde el siglo VII  sus diversos pueblos montañeses y rurales no pudieron resistir a la islamización, y pronto surgieron ramas sunna y shiíes por el país. Luego emergieron diversos estados islámicos hasta que en el siglo XIX Afganistán estaba presionado por el imperio de los persas de los Shah y el imperialismo británico que molestaba desde el Indostán. También la Rusia de los Zares quería tener influencia sobre los afganos desde el norte.

Luego de intensas guerras contra las intenciones imperialistas de Gran Bretaña, los afganos lograron ser independientes. Y se proclamó la independencia, y se consagró el pleno reconocimiento de la soberanía de Afganistán con el armisticio de Rawalpindi (8 de agosto de 1919) y el importante tratado de Kabul (22 de noviembre de 1921). El líder independentista Aman Allah Khan inició la modernización del país: se promulgó una constitución (1922) y un código administrativo (1923); se dio comienzo de la instrucción femenina (1924) y luego se proclamó una nueva constitución (1928). Khan viaja a Europa y se hace coronar rey. La reacción conservadora no tardó mucho. El soberano fue derrocado, y un aventurero, Habib Allah Khan, ejerció durante seis meses una sangrienta dictadura.

Nadir Shah, pariente de Aman Allah Khan, elimina al usurpador y se hace proclamar rey en 1929. Instruido por la experiencia, reemprendió con prudencia las reformas, pero fue asesinado en 1933. Le sucedió su hijo Mohammed Zahir Shah, quien hizo que su país entrara en la Sociedad de Naciones (1934) y abrió progresivamente el país a la influencia exterior.

Zahir se mantuvo al margen de la Segunda Guerra Mundial y en los primeros tiempos de la Guerra Fría quiso convertirse en un campeón del no alineamiento. Bajo su reino “progresista” se firmaron tratados de amistad con Estados Unidos, Alemania Federal, Gran Bretaña y la Unión Soviética. También estaba en buenas amistades con el Shah de Persia. Hubo roces fronterizos con Pakistán. Resueltos los problemas exteriores, Zahir dio una nueva prueba de voluntad reformadora al hacer aprobar, en 1964, por la Asamblea Constituyente, una nueva constitución y al estimular la escolarización de las mujeres, a las que en 1959 se había concedido el derecho de no llevar velo. Todo esto generó un revuelo en los mullah del interior rural del país, que querían impulsar la Sharía islámica.

Mujamad Najibullah, hombre fuerte de la Revolución Afgana

Al mismo tiempo surgieron diversos movimientos revolucionarios e izquierdistas, que recibían apoyo de la Unión Soviética. Mucho de sus líderes eran admiradores de Lenin y también de la Revolución Cubana de 1959 y del Che. En 1965 se creó por un grupo de intelectuales de Kabul, la capital afgana,, del Partido Democrático del Pueblo (PDP), una escisión dentro del partido gobernante, que acabó por dividirse, en 1967, en dos partidos, el Khalq y el Parcham, que se enfrentaron violentamente en movimientos de agitación estudiantil (1969), dando como resultado un parlamento incapaz de legislar.

Además, en 1970 y 1971, las cosechas fueron catastróficas y el hambre asoló el país. Esto provocó un cambio de gobierno, aunque la inestabilidad continuó. También hubo enfrentamientos entre las etnias rurales del país. Los conservadores musulmanes del campo declararon la Yihad bélica contra los “ateos comunistas”. Afganistán, desde hace tiempo, era un crisol de etnias y lenguas. Al estar en un cruce de caminos de múltiples rutas comerciales e imperios, la cultura afgana es rica y multilingüe, con herencias de todas las etnias y pueblos que arribaron a su territorio, donde el islam tiene una importancia predominante, pero hay influencias budistas y nómadas. La mayoría de afganos (cerca del 99 por ciento) son musulmanes, de los cuales el 80 % son sunna y solo el 19 % son shiíes. Existe una pequeña minoría de sikhs en la nación. La población de Afganistán está dividida en un gran número de grupos étnicos. Más del 40 % es de la etnia pashtún; el 30 % es de la etnia de los tayikos; el 10 % pertenece a la de los antiguos hazaras. Los idiomas oficiales de Afganistán son el persa afgano o dari (“persa afgano”), hablado por el 50 % de la población, y el pashtún (en inglés, Pashtun), hablado por el 35 % de la población.​ Otras lenguas incluyen idiomas turcos, entre ellos, el uzbeko y el turcomano (este último, hablado por el 10 % de los habitantes), así como 30 lenguas menores.

Bajo todo este panorama, se estaba gestando una conflictividad social. En Kabul los comunistas estaban liderando las protestas y los mullah estaban fundando pequeños emiratos islámicos para resistir a los “modernizadores ateos”. El 16 y 17 de julio de 1973, un golpe de estado militar, dirigido por Sardar Muhammad Daud, primo y cuñado del rey, y apoyado por los dos partidos de la oposición derrocó a Zahir, quien salió hacia el exilio hacia Roma. Fue proclamada una república, con promesas más progresistas. Pero la reforma agraria que obtuvo poco apoyo y el autoritarismo del presidente condujo al derrocamiento de este en abril de 1978. Empezó la Revolución de Saur.

Dirigida por el PDP de Afganistán contra el mandato de Daud, esta Revolución estaba dispuesta a radicalizarlo todo.  Saur es el nombre del segundo mes del año en el calendario persa utilizado en Afganistán. Pero los revolucionarios de Kabul adoptaron el calendario gregoriano para demostrar que eran herederos de Lenin. Al tomar el poder, los comunistas enfrentaban un difícil panorama. En 1979 en Afganistán alrededor del 97% de las mujeres y del 90% de los hombres eran analfabetos; alrededor del 5% de los propietarios poseían más del 50% de las tierras fértiles;​ sobre 17 millones de habitantes había 35 mil obreros pero 250 mil mullah; escasas industrias y carreteras; la esperanza de vida era de 42 años, la mortalidad infantil era la más alta del mundo; la mitad de la población sufría tuberculosis, una cuarta parte malaria, etc.​

La Revolución Afgana de 1978 le dió derechos sociales y civiles a las mujeres frente al conservadurismo Islámico del país.

Lo singular del comunismo afgano es que tenía sus seguidores entre las filas de las fuerzas armadas, que venían recibiendo mucho asesoramiento militar de la Unión Soviética en tiempos de Daud. Una alianza cívico-militar hizo fuerte a los comunistas afganos. En la noche del 27 al 28 de abril de 1979 unidades militares irrumpieron en el palacio presidencial, en el corazón de Kabul. Con la ayuda de la fuerza aérea las tropas sublevadas vencieron la resistencia de la Guardia Presidencial. Daud murió durante el ataque. El coronel Abdul Qadir tomó el mando del país, hasta el día 30 de abril, cuando se lo traspasó voluntariamente al imponente líder comunista Muhammad Taraki. Cientos de miles de personas festejaron en las calles la victoria de la Revolución de Abril.

A los revolucionarios comunistas afganos no se les hizo fácil. Luchas internas (y étnicas) llegaron al poder nuevo de Kabul. Taraki fue asesinado. Le sucedió Hafizullah Amin. Este líder hizo que el Consejo Revolucionario le nombrara presidente y también se convirtió en líder del PDPA. Fue uno de los primeros que expuso la idea de la necesidad de una intervención soviética en Afganistán ante la presión de los mullah del campo. A Amín se le estaba escapando la situación crítica de las manos y buscó romper con Moscú. Se lo acusó de ser agente de la CIA y fue asesinado. Por Radio Kabul se informó que era decisión del Consejo Revolucionario, el destituir y condenar a muerte a Amín y llevar a cabo de la pena. Babrak Karmal, el nuevo líder, se dirigió al pueblo con un discurso prosoviético a fines de 1979.

La “Operación Tormenta-333” fue el nombre en clave de la intervención de tropas especiales soviéticas que el 27 de diciembre de 1979 llegaron a Afganistán para apoyar al nuevo gobierno comunista de Karmal. Este gobernó hasta 1986, y luego vino el hombre fuerte del gobierno comunista afgano Muhammad Najibullah, que lideró el país hasta 1992. En los Juegos Olímpicos de 1980, celebrados en Moscú, casi 60 países se negaron a presentarse a raíz del conflicto. Cuatro años después los países comunistas harían lo mismo en los Juegos Olímpicos celebrados en Los Ángeles en 1984.

La Revolución Afgana nacionalizó toda la economía y con ayuda del bloque soviético instauró un régimen socialista de economía estatal planificada. El nuevo gobierno inició un programa de reformas que eliminó la usura, inició una campaña de alfabetización,​ eliminó el cultivo del opio, legalizó los sindicatos, estableció una ley de salario mínimo y rebajó entre un 20 y un 30 por ciento los precios de artículos de primera necesidad.​ A través de sus sindicatos, los obreros podían concertar contratos colectivos con la administración de las empresas, lo cual permite mejorar las condiciones de vida y trabajo. 

La Unión Soviética 🚩 le dió una gran apoyo a la Revolución Afganadesde diciembre de 1979, cuando envío tropas a defender al país aliado comunista de Asia Central

En cuanto a los derechos de la mujer, el régimen socialista otorgó permiso de no usar velo, abolió la dote, promovió la integración de mujeres al trabajo (245.000 obreras y el 40% de los médicos fueron mujeres) y a la educación (el analfabetismo femenino fue reducido del 98% al 75%, el 60% del profesorado de la Universidad de Kabul eran mujeres, 440.000 mujeres más trabajaban en educación y 80.000 participaban en la campaña de alfabetización),​ así como a la vida política. El Decreto Nº 7 del 17 de octubre de 1978 otorgó a las mujeres iguales derechos que los varones.​ El período de la República Democrática fue en el que más mujeres profesionales hubo en Afganistán.

Inicialmente se separó la religión del Estado, manteniendo la libertad de culto. Posteriormente, se creó un fondo estatal para la reparación y construcción de mezquitas y se anuló la expropiación del excedente de tierras a los clérigos. La constitución provisional de 1980 definía a la República Democrática de Afganistán como “de todo el pueblo musulmán trabajador”. Pero en 1987, el Islam fue restaurado como religión oficial del Estado.

Esta última concesión al Islam local está relacionada con la guerra civil y la intervención soviética en Afganistán. Desde el principio, la república tuvo conflictos con los integristas locales, conocidos como muyahidines. Los “soldados de Dios” llevaron a cabo una guerra de guerrillas y atentados terroristas, mientras recibían armamento y recursos de Estados Unidos, a través de Pakistán (que incluso en algunas ocasiones envió directamente a su Ejército a participar de las batallas) y también de Arabia Saudí, Gran Bretaña e Israel. En los últimos días de 1979 la Unión Soviética entró en el país para ayudar al gobierno, pero se retiraron en 1989 después de nueve años de guerra.

La Revolución siguió hasta 1992, año en que cayó el régimen socialista. Ganaron terreno los aliados islámicos de Occidente. La guerra ha sido reiteradas veces calificada por la prensa norteamericana como “el Vietnam de la Unión Soviética”. La población de Afganistán cayó de 13,41 millones en 1979 a 11,61 millones en 1990 como consecuencia de la violencia de la guerra y la crisis de refugiados. Luego llegaron los talibanes en 1996. Los talibanes irrumpieron en la capital afgana, castrando y asesinando públicamente a Najibullah. Hoy Afganistán es uno de los países más castigados por los pretorianos de Occidente.

No existe una última marcha

No existe una última marcha

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Hay quienes afirman que cabalga junto a sus compañeros y amigos por los cielos celestes. Hay quienes afirman que fue el último gigante que habitó las tierras de este planeta. Hay quienes lo recuerdan como un estratega, otres como su presidente, y hay quienes sólo ven en él la figura de un educador, de un padre, de un hermano, de un compañero.

Como dice la canción, “los agradecidos te acompañan, cómo anhelaremos tus hazañas, ni la muerte cree que se apoderó de ti”. Su ejemplo, su insistencia, su voluntad de lucha, sus reflexiones, marcaron el camino de millones de personas a lo largo y ancho de este mundo. La revolución se convirtió en hecho bajo su mando; la revolución volvió a vivir entre sus hermanes.

Esta actitud lo llevó a enfrentarse a poderosos de dentro y de fuera, a verle la cara al diablo en más de un combate. Pero por más que las balas pasaran cerca, siempre las supo esquivar para seguir marchando junto a su pueblo, porque la tarea no estaba concluida.

Un caminante que gastó sus suelas llevando la palabra revolución a cada rincón de este planeta donde le tocó estar, cargando sobre sus espaldas una mochila repleta de una humildad y experiencias para convidar y compartir a cualquiera que con él charlara por unos minutos.

Su convicción era de que la humanidad podía cambiar, que podía construirse un mundo más justo donde todes puedan vivir libremente. Pero esa construcción no sólo requería de esfuerzos, no sólo requería de luchas, sino de formación, de educación, de dar el ejemplo en cada acto, de ser siempre solidario con quien padecía una injusticia.

“Hoy no quiero decirte comandante, ni barbudo ni gigante, todo lo que sé de ti. Hoy quiero gritarte padre mío, no te sueltes de mí mano, aún no se andar bien sin ti”

Vivió todo lo que pudo vivir, enseñó todo lo que pudo enseñar, luchó todo lo que pudo luchar y su pueblo así lo recordará. Un ser indescriptible que rompió las fronteras de su pequeña Cuba natal para convertirse en un gigante de este siglo que quedará en la historia, que ya lo absolvió hace rato.

Advirtió en más de una ocasión que la voracidad del capitalismo nos estaba llevando a la destrucción no sólo de la especie humana, sino de todas las especies que habitamos el planeta. Y pocos años después de su paso a la inmortalidad una pandemia global aqueja a los pueblos del mundo como si estuviesen viviendo una guerra permanente y sin cuartel.

Su humanidad y comprensión del momento histórico lo llevaron a formar primero ejércitos de alfabetizadores para que ningún pueblo se quedara sin leer; luego formó ejércitos de médicos y de médicas, millones de brigadistas, de voluntarios y voluntarias que siguiendo su ejemplo fueron y van a luchar donde quiera que se los necesite.

Dicen que en la plaza esta mañana, ya no caben más corceles llegando de otro confín. Una multitud desesperada, de héroes de espaldas aladas que se han dado cita aquí. Y delante de la caravana, lentamente sin jinete, un caballo para ti

Hoy se vuelve innegable que su ejemplo y su lucha son bandera de cientos de pueblos que ocupan las calles bajo el mismo sueño de libertad, sean del país y del continente que sean. Como decía Bertolt Brecht: “Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles”.

La revolución es permanente, es un acto cotidiano, diario, pedagógico, formativo y cada acción cuenta porque el enemigo siempre está al acecho esperando un descuido. Este gigante nos enseñó que no hay marcha final para quien por sus actos en vida y sus enseñanzas pasa a formar parte de esa lista de personas que no mueren, pasan a la inmortalidad.

La entrañable transparencia

La entrañable transparencia

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Ernesto “Che” Guevara nace el 14 de junio de 1928 en Rosario, en el seno de una familia acomodada y aristocrática, y con solo dos años, sufre su primera crisis de asma, enfermedad que lo acompañaría toda su vida y forjaría su voluntad a toda prueba. 

En 1953 se gradúa de la carrera de medicina en la Universidad de Buenos Aires. Tres años antes había realizado su primer viaje en moto por el norte de Argentina, donde reconoció la miseria que golpeaba a su pueblo; y en 1952, con 24 años, viaja por primera vez, también en moto, por algunos países de Nuestra América.

En Lima conoce al doctor Hugo Pesce, dirigente del Partido Comunista de Perú, con el que trabajó en una leprosería. Ese encuentro, como también los meses que pasarían en la institución médica, serían decisivos y orientarían su futuro de lucha en favor de los oprimidos. Este viaje le permitió descubrir la explotación de los pueblos latinoamericanos por parte de las multinacionales estadounidenses.

En julio de 1953, tras recibirse, inicia el segundo de sus viajes por América Latina y en diciembre llega a Guatemala, donde entabla una amistad con Ñico López, exiliado cubano que había participado en el asalto al Cuartel Moncada en julio de ese año. López sería quien le daría el apodo de Che.

Para ese entonces, el Che tenía un pensamiento político definido. Así lo muestra en una carta que le escribe a su tía Beatriz el 10 de diciembre de 1953: “He jurado ante una estampa del viejo camarada Stalin no descansar hasta ver aniquilados a estos pulpos capitalistas. En Guatemala me perfeccionaré y lograré lo que me falta para ser un revolucionario auténtico. Tu sobrino, el de la salud de hierro, el estómago vacío y la luciente fe en el porvenir socialista”.

Guevara asiste al golpe de Estado que organizan la CIA y el coronel Castillo Armas contra Jacobo Árbenz y comienza a integrar las brigadas juveniles comunistas que organizaban la resistencia. Con el derrocamiento de Árbenz, un mes después, el Che se refugia en la embajada de Argentina y logra viajar a México, donde se reencuentra con Ñico López.

En 1955 conoce a Raúl Castro, recién salido de la cárcel y luego le presentan a Fidel, que se vio impactado por su carácter: “El Che tenía asma. Ahí estaba el Popocatépetl, un volcán que se halla en las inmediaciones de México, y él todos los fines de semana trataba de subir el Popocatépetl (5482 metros). Preparaba su equipo, iniciaba el ascenso, hacía un enorme esfuerzo y no llegaba a la cima. El asma obstaculizaba sus intentos. A la semana siguiente intentaba de nuevo subir el «Popo» —como le decía él— y no llegaba. Nunca llegaba arriba, y nunca llegó a la cima del Popocatépetl. Pero volvía a intentar de nuevo subir, y se habría pasado toda la vida intentando subir el Popocatépetl, hacía un esfuerzo heroico, aunque nunca alcanzara aquella cumbre. Usted ve el carácter. Da idea de la fortaleza espiritual, de su constancia”.

Aquella historia termina con el Che comandante, con el Che a la cabeza de la Escuela Militar para formar guerrilleros, con el Che al mando del Pelotón Suicida, con la Revolución Cubana triunfante y después, con el Che y un papel clave en la creación del Instituto Nacional de Reforma Agraria y en la nacionalización de los sectores estratégicos de la economía del país.

En 1964, el Che renuncia a sus cargos en el Gobierno revolucionario para iniciar la lucha armada en América del Sur. Como no estaban reunidas las condiciones, Fidel le propone ir al Congo, en África, un lugar estratégico que podía ser el foco revolucionario del continente.

En 1965, el Che escribe la famosa carta de despedida a Fidel, en la que renuncia definitivamente a sus cargos y a la nacionalidad cubana que había conseguido en febrero de 1959, y declara su voluntad de hacer la revolución en otras tierras.

Ese año llega a Tanzania, retaguardia de los revolucionarios congoleños, pero la experiencia sería un fracaso por las luchas internas, la falta de disciplina entre los insurrectos y la decisión de Tanzania de dejar de suministrar a los rebeldes.

El Che regresa secretamente a Cuba desde donde parte hacia Bolivia, entonces bajo la dictadura de René Barrientos. El objetivo era lanzar un movimiento insurreccional que se expandiría por toda América del Sur, pero el 8 de octubre de 1967, el ejército es sorprendido cerca de La Higuera y el Che es capturado y llevado a una escuela de la localidad. El 9 de octubre, el dictador Barrientos acata las órdenes de la CIA y ordena la ejecución del Che.

Su cuerpo fue primero exhibido y después enterrado en la clandestinidad. En 1997, luego de una extensa investigación encarada por el Gobierno cubano, sus restos fueron descubiertos, identificados por el Equipo Argentino de Antropología Forense y enviados a Cuba, donde se encuentra su memorial.

El 8 de octubre de 1997 se inició el V Congreso del Partido Comunista en Cuba. La presencia del Che fue distinta: sus restos habían sido hallados y estaban en la patria que lo acobijó. En el discurso de clausura, Fidel dijo: “De este congreso puedo decir […] que salgo con más seguridad que nunca […] de que nuestro pueblo conquistará un lugar importante en la historia, esa historia en la que el Che va delante como símbolo, como abanderado, como profeta del mejor futuro de la humanidad”.

A 53 años de su paso a la inmortalidad, su imagen siempre será símbolo de la revolución más sentida, lucha incesante por la construcción de un mundo diferente, indignación frente a cualquier injusticia y bandera contra la opresión del imperialismo. ¡Hasta la victoria siempre, Comandante!

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