Calculada ausencia

Calculada ausencia

TIEMPO DE LECTURA: 6 min.

Con ojo sinuoso Ana Lía Torre nos trae una mirada profunda sobre la obra de Juan Fernández Marauda.

Asistimos a algunos éxitos editoriales de la ficción noire, la documental o la que quiere ser una y otra cosa al mismo tiempo, excesivos en detalles. Autores valiosos aunque sobrevaluados que habían empezado muy bien con sus cuentos y novelas cortas ceñidas a lo indispensable. Convengamos: al lector también le cabe crear la obra. Autores que instalaron de nuevo en nuestro medio la experiencia singular de la nouvelle con su escasez de forma y profusión de sentido, pero en algún momento, desplazaron a la tercera pata del hecho artístico. 

Sin embargo, persiste un movimiento intenso de escritores parcos. 

Gratitud. 

De repente, nos sentimos desafiados. Salimos de la anomia. 

UNO DE ELLOS

Empiezo a leer a quien conozco como Harry desde hace bastante más de una década. Me cuesta descubrirlo en Juan Fernández Marauda, con una voz que nos ofrece un siniestro “jardín de las delicias” de la ficción. 

El narrador está muy presente en la primera persona de sus dos pequeñas novelas. Pero nos regatea   datos de lo que ve, piensa, vive. “La verdad novelesca” se instala potente bajo la apariencia de algo que, como un fuego, finge ser solo chispa o humo.

SU PRIMERA NOVELA

En El puente de las brujas confiesa: “No tengo nombres para lo que veo” (34) en medio de “un pequeño mundo de señales”, las que él mismo nos va susurrando (apenas), mientras nos instiga a procesar con ellas la significación.

Hay una pericia particular en definir relaciones de personajes que gravitan en el ánimo del narrador, pero nunca se describen. El trabajo de ponerles rostro, voz y circunstancia a un padre o a una mujer es de nosotros. Son las grandes presencias del relato y, sin embrago, las mayores ausencias en el enunciado. Tenemos que esmerarnos en atar los cabos de sus relaciones con el protagonista. Los vínculos se insinúan solamente. 

“Constantemente buscan algo de mi padre en mí, pero ni el olor, aunque vista su ropa, aunque viva en su lugar mientras él está entre paréntesis.” (39) 

“Me levanto pensando en Romina. No la llamo. No pienso en la relación ni en los años”. (53)

A fuerza de despojado, el texto se vuelve poema:

Así empieza y termina una página de apenas cuatro renglones en que el atardecer se instala con estilo de cosmogonía en la sentencia final:

 “Aquella tarde las nubes se derramaron sobre el río como si hubieran abierto de un tajo el vientre del cielo… De esto se hizo la noche” (43)

De una maraña de impresiones y sensaciones, que apenas se aluden, surge esta síntesis: 

“Rápidamente dejan de ser los ruidos de las cosas para volverse la voz de la noche.”(44) 

Los personajes y las acciones más constantes no son humanos. Los animales y el paisaje parecen incidir en mayor medida sobre los hechos:

“La gata merodea los troncos, busca la mano con la cabeza, los ojos entornados…. Con un gesto me pide que me vaya.”… (48). 

“A veces confundo la gata con la esfinge de una gata. De a ratos peca de irreal” (64) Y aquí no podemos evitar la imagen del gato casi metafísico de “El Sur”, de Borges.

Mientras los perros van y vienen entre los dos espacios de tensión: la casa y el río, el relato ha puesto a esa gata en tal actitud que opaca la figura del protagonista. Un declarante cómplice o negligente? Nunca lo sabremos. Se elude lo escabroso en la alusión directa, pero nos sumerge en ello con su significado.  

“No hay necesidad de leer si ya dije lo que dije y lo firmé una vez.

Sí a todo, de nuevo. La cabeza  baja.

Hecho: la mano del fiscal cierra el archivo.” (83)

A estas alturas, es bueno volver al segundo epígrafe: Hay un policía dentro de cada vecino.

Y es necesario, además, dejar sentado que no por discreta, la palabra de J. F. Marauda deja de plantar su crítica a una sociedad que, en la ficción, repite el desapego y la omisión de individuos tan lejos de ser comunidad como en este otro simulacro que llamamos realidad. 

SU SEGUNDA NOVELA

El primer libro ya revela un estilo nuevo. En el segundo, esa impronta se afianza en un texto escueto que sabe instalar, aun así, la complejidad de su universo.

Se diría que hay una sola posición tomada y evidente. Aparece en la descripción del Parque industrial abandonado, que asociamos al industricidio neoliberal.

En lo demás, el narrador se las arregla casi sin referencias ideológicas para crear un clima, delinear personajes, caracterizar un vínculo o definir una situación. Conoce la observación de Luckács: la buena obra supera la ideología del autor.

Como en la primera, en esta novela el narrador protagonista es un hombre sin pasiones. No toma partido, no se arriesga ni por su propia vida, ni por la justicia de los otros, ni por un amor (si es que de eso hay algo en su mundo).

Así como en El puente de las brujas no se definen actos ni se atribuyen responsabilidades.

En La dirección del fuego así como se desvanecen los perfiles de las cosas (ya que el fuego al fin las devorará…), se eluden los riesgos de una incandescencia tolerable que, en un momento “dejó de ser miedo para  volverse otra forma de la soledad” (27) y de un humo que avanzan sin pausa.  

Ni siquiera la inocente clemencia del pastor atenúa la culpa colectiva. Imposible no asociar con el desborde depredador de un  sistema al que todos contribuimos mirando hacia otro lado.

La omnipresencia del fuego incluye su clasificación. “Los fuegos clase A ocultan una combustión interna, insidiosa”. (25) Frase que acaba siendo una declaración de principios estéticos. Casi un manifiesto. La pasión interior no encuentra registro en esta prosa. 

Enorme trabajo de recorte. 

La indefinición del protagonista en su propia historia se revela en un sueño:

“Soñé que el edificio se quemaba. El fuego… aparecía y desaparecía. Yo corría de y hacia él al mismo tiempo. En el sueño estaba solo. …rondaba entre las escaleras y el ascensor sin decidirme a bajar por ninguno”

De la relación con Lucía, mujer con quien convive, solo sabemos, antes del final revelador, que “más propio de ella es encender la mecha que pisarla.” (43) Y nos insinúa también esos desencuentros que él registra sin la menor emoción. Es muy aguda la forma como expresa que los ha asumido: “Tengo la mirada acostumbrada a estas noches de insomnio, pero acepto esa negrura como lo que es: pedazos que faltan”. (57) 

Así como se repite la figura de un protagonista desganado, en las dos novelas aparecen los eternos culpables/culpados/ de este pecado nuestro de cada día: los chicos pobres que andan sueltos, pero juntos…, cuya carencia y perjuicio los aúnan con los animales. 

Con pocas imágenes brutales y calculada ausencia de explicaciones, entendemos que son éstos quienes, injustamente sucumben en el lento cataclismo sin pausa antes que aquellos que en alguna era le robaran el fuego a los dioses.

 


Ana Lía Torre. En temprana adolescencia dejó el terruño. De Chacabuco a La Plata, de Argentina a Brasil y de regreso, fue dejando querencias, amigos, libros.

Ejerció la docencia en todos sus niveles eligiendo autores y autoras para militar. 

 


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Las epifanías del Coya Cabrera

Las epifanías del Coya Cabrera

TIEMPO DE LECTURA: 4 min.

Sebastián Martínez Daniell nació en Buenos Aires, en 1971. Entre otras ha publicado las novelas Semana (2004), Precipitaciones aisladas (2010) y Dos sherpas (2028), en editorial Entropía. En 2023 publicó Desintegración de una caja con editorial Marciana. Viene a Revista Trinchera para hablar de esa, la única, palabra que nos representa a todos, Maradona.

por Sebastián Martínez Daniell

Una atávica costumbre de la Rusia zarista, importada a la Argentina en 1907 por el presidente José Figueroa Alcorta, exige que el séptimo hijo varón de todo matrimonio consumado sobre suelo patrio se beneficie con el padrinazgo del primer mandatario de la República. Por eso, cuando en junio de 1952 una familia pobre de la provincia de Salta recibió a su más joven integrante, el mismísimo Juan Domingo Perón lo cobijó entre sus ahijados y le ofrendó la protección del Estado de bienestar. Consecuentemente, el niño fue bautizado como Juan Domingo Patricio Cabrera, pero el mundo del fútbol lo conoció como “El Coya”. Sus colegas lo describían como un temible volante central. La mitología guaraní lo sospechaba licántropo.

Conoció a Maradona una tarde de 1976 en el estadio de Argentinos Juniors. Para entonces, Cabrera, que por esos años vestía la camiseta blanquiazul de Talleres de Córdoba, ya tenía una carrera consolidada, aunque aún no le había llegado la convocatoria al seleccionado nacional, ni había emigrado a Francia, ni se había lucido en Colombia. Todo eso vendría después. Por el momento, disfrutaba de un día tranquilo: los cordobeses ganaban 1 a 0 en La Paternal y los locales no le encontraban la vuelta al partido. Cuando faltaban pocos minutos para que terminara el primer tiempo, notó movimientos en el banco de suplentes rival y vio que se preparaba para entrar un adolescente de 15 años, cuyo nombre ya había empezado a aparecer en los diarios y que, finalmente, iba a hacer su presentación en el fútbol profesional.

La primera vez que la pelota pasó por los pies de Maradona en aquel partido iniciático, Cabrera le entró fuerte y no le permitió dominarla. Cuando tuvo su segunda oportunidad, el debutante la recibió de espaldas al “Coya” y, antes de que el ahijado de Perón pudiera darse cuenta, la pelota había pasado limpiamente entre sus piernas. En ese mismo instante, mientras oficiaba de Celestina entre Maradona y el orbe, “El Coya” Cabrera tuvo su primera epifanía: comprendió, iluminado por una revelación mística, que el mundo está regido por un panteísmo selectivo. Supo que Dios está presente en todas las cosas, pero que sobre algunas derrama más entidad que en otras. 

Con los años, el título de Boca Juniors en 1981, el crimen de Andoni Goikoetxea en el Camp Nou, el gol a los ingleses, la consagración en el Azteca, las lágrimas en el San Paolo, la veneración napolitana y las muchas reencarnaciones imposibles extenderían el nuevo credo del “Coya” Cabrera hasta hacerlo universal.

Como a tantos, el retiro del fútbol profesional encontró a Cabrera en la bancarrota. Sentado en su casa, sin empleo y sin futuro, “El Coya” recibió en 1985 un llamado de larga distancia. Del otro lado de la línea, Maradona le dijo que estaba al tanto de su situación y le rogó que aceptara una pequeña ayuda económica. Algo módico, algo que le permitiera comprarse un taxi y salir a trabajar. El futbolista retirado no supo qué decir. No tanto porque fuera a rechazar la oferta, sino porque ese segundo encuentro con Maradona le deparó una nueva revelación.

Juan Domingo Cabrera | Foto de “El Grafico”

Ya maduro, quebrado y alejado del negocio deportivo, Cabrera comprendió que él había sido elegido por ese hombre que lo llamaba desde el sur de Italia para divulgar su mensaje. Ese hombre que era criticado por sus excesos, ese que había salido de las privaciones de Villa Fiorito y ahora dominaba el mundo, ese que se convertiría en el blanco predilecto de la moralina de la clase media vernácula, ese sujeto que dividía su tiempo entre la iluminación del genio y la autodestrucción siempre ineficaz, ese hombre que se resistía a mitificarse, a ser modélico o a morir, lo había elegido justo a él, al séptimo hijo varón de los Cabrera, para transmitir su legado.

“El Coya” vivió dos décadas más. Un tumor cerebral y una neumonía lo dejaron fuera del mundo en 2007. Su derrotero fue una de las tantas metáforas de la Argentina. Pobreza extrema, tutela peronista, ascenso social, migración interna y exilio francés; bancarrota financiera y solidaridad fraterna, cáncer y Plus Ultra. 

Seguramente, desde el rincón del inframundo que Caronte reserva para los hombres lobos y otras criaturas sagradas, él ratifica cada día su fe en Diego. Y con él, lo hacemos tantos otros que hemos sido bendecidos por su inspiración.

 


Sebastián Martínez se pasó por Radio Trinchera a conversar con Pástico Cruel


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Negro bocón, il morto che parla

Negro bocón, il morto che parla

TIEMPO DE LECTURA: 4 min.

Gachi Corradini vuelve a las páginas de Revista Trinchera para hablar de un Dios Bocón, un Dios de todos. 

Ilustración de Ciro Marcovecchio

¿Y qué hacés después de que el mundo se bebe a fondo blanco tu cóctel “niño villero indigente devenido en millonario  y famoso”? ¿Qué podés hacer luego de que un talento nunca antes visto te convierte en tu propia iglesia?

La lista de opciones es larga, pero en general se trata de gente dejándose dejarse arropar por el nuevo mundo y adoptando otras formas de sumisión, más confusas pero iguales de efectivas.

El problema con Maradona es que no, no hacía eso, no quería eso. Todo muy lindo con el arrope pero parece que además de no poder evitar jugar descomunalmente bien a la pelota, tampoco podía sumirse a nada, a nadie. No era premeditado ni estratégico, simplemente no podía y si desplegaba la memoria hasta que quedara tirante, los únicos recuerdos que encontraba decidiendo callar, eran ante el ceño fruncido de la Tota.

Porque Maradona hablaba. Con la boca muy abierta, hablaba. A los gritos, con una coreografía extravagante de torso, brazos y ojos, hablaba. Donde no tenía que hablar, hablaba. Lo que no tenía que decir, hablaba. Lo que no tenía que mentir, hablaba. Lo que no convenía preguntar, hablaba. Y después iba, elevaba el pecho, atravesaba con esas piernas retaconas el césped, hacía algo alevoso o inexplicable y ya cargaba crédito para seguir hablando de lo que se le cante.

Sus decires no se ordenan en un marco teórico, no hay conceptualizaciones previas ni especulaciones. Sí hay una simetría franca y transparente entre la dimensión social de su origen y las batallas discursivas que eligió dar: Vaticano, Malvinas, Havelange y su Fifa, Fidel y su Cuba, Abuelas y Madres, Cabezas, lxs jubiladxs, Lula, Correa, los Kirschner, Macri…Nadie le pregunta, pero él, hablaba, habla.

Era un negro bocón, sin límites ni educación, hablaba como corría, yendo para donde se le cante, de pecho inflado, un negro agrandado; el sistema le recomendaba silencio, con alguna indulgencia -producto de reparar en el amor desquiciado que provocaba en la gente- le hacía la seña del dedo índica en la boca, le servía más champagne y merca, lo abrazaba y lo adulaba. Maradona se dejaba, el champagne estaba bueno y la sobada de lomo ya era parte de su cotidianeidad, no le molestaba. Pero no alcanzaba para educarlo en ese silencio agraciado y conveniente que le reclamaban.

Quizás haya entendido algo que el resto no, Quizás hubo algo a lo que no temía que el resto sí, quizás prefirió el porqué mientras el resto se perdía en el paraqué ¿Cómo es eso de que un gran poder conlleva una gran responsabilidad? Quizás, algo de eso, de la forma caótica, transpirada de desbordes en la que vivió se le impregnó. Interpretó el asunto de la responsabilidad como un  ejercicio viento en contra de lo que le convenía, por eso sus decires son su gran acto de compromiso político, un futbolista con apenas 3er. año se educación secundaria boqueando sobre distribución de las riquezas, política internacional y reclamos de las minorías. Su despliegue discursivo era un arma, lo sabía, lo usaba y lejos de temer, le encantaba. Así como allá iba a compadrear de cara al arco sin miedo a nada, así habló. Podría haber disparado para cualquier lado, podría haber aceptado una tregua, pero no. Arriba o debajo de sus infiernos personales, ganando o perdiendo sus más íntimas batallas, abrazando o negando a su propia gente, nunca se extravió en eso, nunca se mudó de lado. 

Posiblemente todo fue mucho más sencillo de entender para él: hablar era una forma de devolverle al pueblo ese amor desmesurado y chillón que lo seguía a donde fuera. 

Si la estrategia de toda deidad es la ausencia -porque no estar es una forma de estar en todos lados, la fórmula estándar para ser dios- pues hasta en eso se cagó Maradona. Quizás porque era más pagano que celestial, más madera que espíritu santo, más vino y pan que ayuno, más puteada con los fariseos que perdón.  

Cuatro años después de que la muerte lo obligara a enrolarse junto al resto de divinidades  en eso de la ausencia, su santo grial es que siga hablando. 

Maradona habla. Andamos revolviendo las cajitas de sus dichos, lo recuperamos todo el tiempo y lo sentamos vivo al lado de cada lucha. Y el negro bocón se ríe, se acomoda en la silla y abre la boca.

Ay, Eva, como verás ya no sos la única morta che parla…

 

Amanda Corradini

Mujer de trincheras: Reparte su vida entre la trinchera de la Escuela Pública, la de su biblioteca y la que guarda algunas banderas que gusta agitar. Todo regado de mate dulce, Charly García y un vergonzoso apego por el humor infantil.


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Estás cambiando más que yo

Estás cambiando más que yo

TIEMPO DE LECTURA: 3 min.

Sobre Asusta un poco verte así, de Facundo Dell Aqua, editado por Malisia.

El horror tiene muchas formas y muchos nombres, aunque algunas no se puedan comprender y aunque no siempre se puedan pronunciar. Pero el horror también tiene gestos mundanos, mezquindades y máscaras. El horror no es nada si no generoso en su oferta de posibilidades. Detrás de todas estas manifestaciones hay una oscuridad primordial, muy difícil de reconocer y aún más difícil de nombrar.

Buena parte de la literatura universal, lo admita o no, se ha preocupado por ese aspecto en sombras, ya sea humano o completamente otro. Da vueltas alrededor, como un perro con hambre pero con miedo, mordisqueando los bordes, atento a la reacción. Temiendo el rechazo, no se compromete a llenarse la boca de negro. Antes sí. Algunos, hoy, todavía. Pero en general caemos en el relato de que el terror es el capitalismo y todo monstruo es metáfora. Lo cual no deja de ser cierto, ojo, pero no tiene por qué ser solo eso, tan funcional y práctico. Si fuese así, lo arbitrario, lo absolutamente imponderable y abyecto, no existiría. Y sin embargo estamos rodeados.

Asusta un poco verte así es una buena excepción a esta moda. Facundo Dell Aqua asumiendo, quizás, una forma pura del horror, se acerca a ella sin remilgos. Los cuentos que componen este libro hacen una suerte de recetario del terror, cada uno una forma de narrar con el miedo. Del slasher a la angustia existencial, pasando por el terror cósmico y el body horror. Todos los monstruos, y especialmente aquellos que habitan dentro de nosotros, los que nos invaden y crecen en la sangre, los que se vuelven tumor y nos transforman. Wendigos, vampiros, doppelgängers y escritores. Todos terribles, en especial los últimos, parásitos llamadores de la muerte.

Tal vez a modo de confesión, tal vez como exorcismo, en la figura de los escritores encuentra Facundo un canal para mostrarnos, además, esa otra cara del horror: caprichosa, egoísta, interesada y superficial. Este movimiento no es sin ironía, pero es una sensación que mayormente queda del lado del lector. Es una ironía placentera pero no gozosa. Un guiño evidente pero igualmente sutil que Facundo nos hace desde el otro lado del mostrador de la ortopedia en la que trabaja y escribe. Lo que sucede es que  su  comentario  es  menos  para  el  sujeto  escritor  que  para  el escritor-agente-cambiario-del-mercado-literario, el escritor que opera con su capital intelectual. Una crítica aparentemente honesta a un entorno vampírico, hecha por un tipo al que probablemente le chupe un huevo que haya otro tipo escribiendo sobre sus cuentos para el suplemento cultural de una revista digital.

Este es un libro, entonces, en el que tanto la escritura como el horror aspiran a una forma pura y desprejuiciada; esa que, por impredecible, a los lectores y a las víctimas nos fascina y nos preocupa tanto. Sus cuentos tienen un magnetismo primitivo, nos capturan bajo un halo de inminencia. Son un olor en el aire, una amenaza sobre el cuerpo en guardia que, cuando la noche es más oscura, retorcido y deformado, nos recuerda de su fragilidad. Siempre estamos a un paso de que algo nos destroce y que de la oscuridad del alma surja nuestra peor versión.

Juan Fernández Marauda

Nació en Lanús, en 1988, pero creció en el Valle Inferior del Río Chubut. Trabaja en el cruce entre salud mental y escritura en un hospital de día. Es escritor, editor, librero y coordina el taller de escritura PULP! en la ciudad de La Plata. El puente de las brujas, su primera novela, fue publicada por EME en 2020, Esplín Tropical (México) en 2022 y la Dirección del fuego por EME en 2023


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Me siento más solo que Kung Fu

Me siento más solo que Kung Fu

TIEMPO DE LECTURA: 4 min.

Hay un fantasma que nos visita todo el tiempo, inclusive antes que muerto, antes que vivo, que todo. Una historia de resurrección. 

El cemento desprolijo que se escapa de la junta del ladrillo hueco me corta la palma de la mano izquierda y al mismo tiempo me la enfría. Esa sensación me revuelve aún más la panza y me genera un escalofrío por toda la espalda, que encorvada e impulsada por un caldo que va subiendo desde mis riñones, empieza a moverse con un andar toráxico al ritmo de la respiración.

Tengo la mirada clavada entre el piso y la pared que aún está mojada por mi propio meo de hace unos pares de vasos atrás. Con cada pequeña arcada intento inhalar poco, pero es inutil, el olor añejo del pis se me mete por las fosas nasales y se me termina alojando en la boca con el sabor dulce ácido que me dejó el vino cortado con Manaos.

En un breve lapso de microsegundos se me pasa un tren de flashes por la cabeza. Son imágenes repetidas de las últimas semanas; la barra mostrador, el baño del bar lleno de calcos con los azulejos blancos siempre con una pequeña capa de agua embarrada, el rock sonando detrás de una cumbia santafesina una y otra vez. En el medio de esa locomotora que pasa a toda velocidad, en mis pensamientos aparece el parabrisas reventado, la frenada marcada en el asfalto y la sangre brotando entre los pelos largos de Celeste. Como en esa tarde me empieza a temblar la mano y es en ese momento que desde el fondo de mis entrañas empiezo a expulsar el alcohol fermentado de mi cuerpo. Ahora sí la arcada se vuelve más fuerte y siento como en cada expulsión se me despega un pedazo de garganta. En el piso el viejo charco de meo se llena primero de un vómito espeso, para luego ir cubriéndose de una segunda capa más aguada donde prepondera la bilis.

De mis labios y dientes corren hilos de baba; me quema la garganta y los ojos me pican entre tantas lágrimas. 

Una segunda arcada y se repite el proceso.

 Cada vez expulso menos cosas sólidas, pero los gritos y el llanto aumentan.

 Noto como una parte de mí alma se desprende de mi interior.

 Paso la manga de mi campera por mi cara, como queriendo inútilmente limpiarme y esconderme al mismo tiempo.

La nariz, la boca y mi garganta se me llenaron de un olor nauseabundo mocoso. 

Como queriendo cuidarme la imaginación me saca de esa situación lamentable y me transporta a la infancia. Me veo de pibe jugando en la mecedora de madera de mamá y papá, pero de golpe aparece el tajo que va desde el pómulo, le atraviesa el ojo y se esconde por encima de la frente entre los pelos de Celeste.

Como si fuesen una repisa vieja, mis piernas se vencen y caigo encima del vómito. Siento que la humedad me atraviesa el pantalón de jean y la campera a la altura del codo.

Por la cabeza pasan las peores ideas y otro vaso de vino. Y es ahí cuando siento una mano que con ternura y precaución me acaricia el hombro y me da una palmada.

El mundo se me detiene al escuchar esa voz que solo puede ser de él. Esa voz que es de un nene y de alguien que vivió todas las vidas en una sola.

-A mí también me pasó. Me siento más solo que Kung Fu.

Giro levemente la cabeza y sobre mi hombro veo que me alcanza una  botella de agua y una toalla.

Ante la soga que me tira, yo respondo con un intento patético pero cortés por intentar levantarme.

 Después de un rato de jadeo ya tengo una rodilla apoyada en el piso y sobre la otra descansan mis manos y mi espalda encorvada. En ese momento siento nuevamente que me acarician el hombro y me dan una palmada suave.

-Me cortaron las piernas, pero no me quedó otra que seguir.

A mi cara desfigurada por el vómito y el llanto se le dibuja una sonrisa. Apresuro a levantarme y dar en encuentro con Diego, pero cuando puedo incorporarme, en ese sucio callejón no hay nadie.

Es 10 de octubre pero para mí es domingo de pascua y resurrección.

 

Felipe Bertola

Cuando estaba en la panza, mi vieja me cantaba “Significado de Patria” para tranquilizarme. En la comunicación y organización popular encontré la clave para poder “ser la revancha de todxs aquellxs”. Como todo buen platense, sé lo que es ganar una Copa Libertadores.


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La caricia del lagarto

La caricia del lagarto

TIEMPO DE LECTURA: 3 min.

Nada más ingenuo que intentar describir una foto, dice Pedro Jalid. El texto es intimista, pequeño, voraz.

Fotografiaban extrañas especies de animales. Reptiles, más que nada. Tanto tiempo llevaban en ello, que ya ni la pregunta de si disfrutaban su trabajo se hacían. Sabían que eran buenos, y eso bastaba: les indicaban la especie, el lugar donde encontrarlas, y emprendían el viaje. Unas cuantas fotos, y luego a otra cosa. 

Si contado no suena tedioso, en carne propia se había vuelto un trabajo como cualquier otro que uno realice durante más de la mitad de su vida, y ya no recordaban la última vez que habían sentido entusiasmo por su actividad. La culpa no era solo de las cámaras y los pobres reptiles, sino que el tedio mayor, aunque no lo quisieran reconocer, lo encontraban en la mutua compañía. Enamorarse en un trabajo es algo no recomendado. Mantenerse durante tantos años en el mismo oficio y con la misma persona, pasa a ser ya algo peligroso. Se miraban como socios, se miraban como compañeros de trabajo, se miraban como jefe y empleado. En fin, tantas maneras para decir que ya no se miraban de ninguna forma.

Les había tocado Atacama. Un trabajo grande y algunas especies que debían encontrar en medio del desierto. Trabajaban en silencio, cada uno absorto en su labor; exagerando quizás la concentración que sus tareas demandaba, para evitar así la posibilidad de la conversación y el intercambio. 

Se sorprendieron cuando encontraron los dos lagartos leopardos. No por la especie, bastante común en esas tierras, si no por la compañía. Eran famosos por ser solitarios. Rara vez se veía a más de uno a la vez. Sin embargo, allí estaban los dos, como si conversaran o simplemente disfrutaran la presencia del otro. A pesar de que no estaba entre las especies que debían fotografiar, se miraron un instante y compartieron la sorpresa de ambos por la pareja encontrada, y que tal vez podrían demorarse unos minutos en una imagen. Prepararon la cámara, ajustaron la luz y quizás alguno de los dos recordó sus primeros tiempos, cuando salían a capturar especies y mientras lo hacían llenaban rollos de fotos de ellos, de paisajes, de lunas y atardeceres infinitos. 

En el momento en que vieron la caricia, ninguno dijo nada. No se animaron a sugerirle al otro lo que creían haber visto. Sin embargo, en silencio y sin mirarse, los dos se apresuraron por ver la foto capturada. Y ahí estaba. No había dudas.

Nada más ingenuo que intentar describir una foto. Alcanzará entonces, con decir que apenas publicada, se convertiría en una de las imágenes más icónicas dentro del mundo de la fotografía de animales. La caricia del lagarto, la llamarían los críticos. 

Nunca sabremos si la caricia sirvió de algo, si volvieron a mirarse como solían hacerlo. Aunque hay algo que sí podemos decir: cuando en la empresa revelaron las imágenes, las felicitaciones llegaron acompañadas de un pequeño reto: ¿por qué tantas fotos del atardecer?

 

Pedro Jalid

Profesor de Letras. Leo más de lo que escribo, trato de hacer más de lo que digo.


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La palabra que sana

La palabra que sana

TIEMPO DE LECTURA: 4 min.

El poder de ejercer el lenguaje. De eso habla Liliana Bodoc cuando habla, cuando escribe, cuando la leemos.

Siempre en presente -habla, escribe, piensa, comparte- porque Liliana sigue viva en cada palabra, en la Literatura, en cada página de sus libros, en cada poema que leemos, aunque ella no lo haya escrito porque Liliana sigue viva en la palabra.

 “Cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa” dice Pizarnik en su poesía y resulta imposible no emparentar esta idea a las ideas que propuso Bodoc: la palabra es poder, poder de decir, de crear, de accionar, el poder de cambiar el mundo y recrearlo siempre desde el amor. La palabra siempre será una herramienta y mucho más que eso. Se convierte en una creación constante del mundo que queremos, nosotros somos palabras. La Literatura en tiempos de oprobio es un -pequeño- libro que recopila algunas charlas, conferencias, que brindó Liliana Bodoc en diferentes escenarios. En todos ellos, Liliana tomó la palabra para hablar de la creación poética, de la palabra cotidiana, de la palabra como arma de transformación y, sobre todo, la dimensión política que tiene cada una de las palabras que elegimos. Con la palabra erigimos al mundo y Liliana reflexiona sobre ese poder: “Decidir el lenguaje es decidir lo que somos y lo que hacemos”

La literatura en tiempos de oprobio -editado por Letra Sudaca Ediciones y Jitanjáfora– es una recopilación de tres conferencias que brindó la autora y una entrevista que le realizó Julián Fiscina. Aunque Liliana Bodoc ya no esté entre nosotros quedan sus reflexiones poéticas y siempre actuales ¿Cuál es la dimensión política de la palabra? ¿Cuál es su dimensión poética? Somos palabras y cada una de ellas implica una decisión, la palabra es elección, es creación y posicionamiento. No existe la palabra apolítica, ni los pronombres son apolíticos, si estamos nombrándonos, si estamos nombrando al otro. 

Si la palabra es política, Bodoc no deja de lado el rol que cumplen los escritores en tiempos de oprobio ¿Cuál es el lugar de la Literatura en época de crisis? ¿Se puede hablar de la belleza de los arboles mientras el hambre germina en la panza de la gente? Y solo Liliana puede responder poética y políticamente a una pregunta así. Si la palabra es pisoteada, si la educación es vapuleada “¿Debe la Literatura erguirse en defensa de la palabra atropellada? ¿Y quién si no?”

“Allí donde dice Lengua y Literatura, tendríamos que encender un fuego, bailar, jugar, estremecernos, honrar la equivocación, porque de ese modo se hizo y se hace el lenguaje.”

En estas conferencias, Liliana reflexiona el rol que tiene el lenguaje que ejercemos cotidianamente y le quita el lugar automatizado en el que lo hemos encasillado de forma inconsciente. Debemos, propone Bodoc, sacar la palabra, pensarla y traspasarla. Si nosotros no pensamos la palabra, el lenguaje y su dimensión política- poética será el pensamiento hegemónico quien hable por nosotros. En este pequeño libro, Liliana se convierte de palabra oral a palabra escrita para que reflexionemos juntos sobre la cotidianeidad de la palabra que nos envuelve, que nos crea y que creamos, esa palabra que construye muros y que los derriba al mismo tiempo, nos invita a reflexionar sobre la poesía que hacemos, la poesía que somos.

Le llamo poesía, le llamamos, a la plumada hilera de ladrillos, a la sopa fragante, al cuaderno de puntas estropeadas.

Le llamo, le llamamos poesía a la espalda doblada de los viejos transformadas en signos de pregunta.

No importa si nos sobra endecasílabo o si nos falta rima, le llamamos estrofa a todo lo que canta.

Le llamamos metáfora al sudor, a la nuca dolida, al día que demora, a los huesos de Carlos Fuentealba.

Nosotros que tendemos las palabras al sol como la ropa blanca llamamos poesía al día que nos toca.

Nos hacemos poetas entre ayer y mañana

En tiempos de oprobio es necesario volver a la palabra, volver a la literatura, volver a Bodoc.

 

Lau Uhrig

Trabajadora, estudiante y lectora de Literatura. Docente de Lengua y Literatura en escuelas secundarias de La Matanza. Estudiante de Lic. en Lengua y Literatura (UnLaM). Siempre caminando por La Matanza


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Pin punk de ideas

Pin punk de ideas

TIEMPO DE LECTURA: 3 min.

Gerónimo Rivera Cano nos trae su Crónica de niño solo, ha menester de la ciudad.

No creo que haya sido buena idea viajar a la peluquería reproduciendo una playlist que contiene Buzzcocks, pasando de Television, rozando PIL atravesando a Morrissey  -solista- y llegando a base cuando suena Tubeway Army. 

Conjeturo, hago puras conjeturas. De eso se trata: de aburrirse, gozar del aburrimiento, mirar por la ventana del apartamento al gato negro de la vecina quien devuelve la mirada como el mismísimo abismo y decir, wow estoy aburrido qué puedo hacer. Cortarme el pelo yo, porque si levanto un ruedo soy también gran peluquero o caso contrario tomar el auto ponerlo en movimiento y en los semáforos en rojo ir escribiendo. 

No hay una sino dos; así que fui en orden. 

Me impresiona como Shelley logra antes de los Ramones ese sonido Ramonero y Britanian. 1979 masomenos, si la memoria no me juega mala pasada. Canciones anti tonales con letras áridas y pegajosas. No porque te queden grabadas al tararear sino porque te cagan a piñas sin que te des cuenta. ¿Sangra?  si, sangra. Entonces te pegó y no hay vuelta atrás. La verdad es que su mecanismo es súper útil: es tu mejilla lo que varía es la piña. La realidad por la de un borracho punketa. 

Si tan solo, esta crew de jovencitos cuyas papilas gustativas saben a precarización laboral hubieran conocido a los 2 minutos. Creo que se habrían asustado. Los 2 minutos, al igual que los Fall Patti o Dylan,  son hijos emancipados. 

No hicieron todo para que papá los raje de casa. Se fueron ellos.  

En el medio del camino el sol pega de frente. ¿Y si el movimiento Punk fue (qué ES punk?) (si alguna vez se fue punk) un enviado del poder para satisfacer a ese niño burgués que todos llevamos dentro y está en constante búsqueda de hacer una revolución; ¿y se muere de ganas por romper todo, pero no rompe nada sino lo canaliza escuchando un disco, yendo a un recital, chupando hasta perder los dientes en la vida de una noche?

Apresuro a decir que por eso muere. No por hacerlo sino por “las ganas de…”. Se muere antes de hacerlo. ¿Toma la fácil? 

Estamos hablando de contextos políticos. No de relaciones amorosas. 

Aunque si no sabemos manejar las relaciones amorosas. Poner límites allí. Domesticar a borcegazos nuestra mentalidad, difícilmente podremos estructurar al punkismo como movimiento que vaya más allá de un corte de pelo, de un disco o de la mancha en el pavimento souvenir de la resaca. 

Y termine siendo la situación decadente que habremos visto varias veces. Si es juventud pido jubilación anticipada. 

Después tenemos a Lyndon. Eso es otro tema. Por ahora… Viva el Punkronismo siempre como potencialidad. Punks de centeno. O harina integral. Conjeturas me digo, puras conjeturas.

 

Gerónimo Rivera Cano

No sé mucho de mi persona. Huyo del “conócete a ti mismo”. Solo tengo por ofrecer un par de sienes ardientes: mi capital intelectual se basa en ser graduado en Ciencias Jurídicas, reseñar cosas, hacer notas de opinión, análisis y crónicas. Como sujeto narrante soy buen lector. Me prostituyo en las palabras. Formo parte del multimedio Trinchera, integro el equipo de CAPTO. Trabajo en un estudio jurídico y notarial. Nací y me crié en la ciudad de La Plata. No me gusta el helado. Maradoniano, sí, aunque se poco de futbol. Siempre de acá, el lado en donde reina el amor y la igualdad


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Y en la templanza paciencia

Y en la templanza paciencia

TIEMPO DE LECTURA: 4 min.

Juan Fernández Marauda trae un relato breve, un cuento que deambula entre lo olvidado, lo triste y lo muerto.

Hache

I

Encontraron al chileno merodeando cerca del pueblo, en la zona de chacras. Había robado y acogotado una gallina y se la estaba comiendo a la vera del río. Era medio indio, oscuro, con el pelo lacio y los ojos apretados. Comía con las manos, desesperado, todo manchado de sangre y grasa. Lo agarraron por sorpresa. Después descubrieron que tenía un pedido de captura por varios crímenes en el territorio, que venía bajando desde la cordillera y que había que subirlo al vapor que iba a Buenos Aires para que lo guardaran ahí o lo mandaran de vuelta a Chile. Estaba sucio y no quería hablar, el indio. Solo gritaba que lo suelten. Y mordía.

II

Lo tuvieron dos días encerrado en una despensa hasta que se decidió que iban a escoltarlo hasta el puerto. Se reunieron a la noche, en el vestry de la capilla. Aaron Jenkins se ofreció a llevarlo y avisaron por telégrafo a Buenos Aires. Todavía no había empezado el invierno, pero ya se sentía fuerte en el valle. Esa mañana, los charcos y las zanjas juntaban escarcha y una fina capa de hielo que todavía aguantaba un rato incluso después de que la tierra hubiese absorbido el agua. Jenkins iba a caballo y el indio a pie, suelto. Jenkins era chacarero y cazador, viudo y vuelto a cazar, padre de algunos hijos vivos y otros tantos hijos muertos de fiebre en el corazón del valle. Hace algunos años había encontrado en el monte los huesos de un chico que desapareció apenas desembarcaron. Los juntó y los trajo al pueblo para enterrarlos. Era un hombre confiado, entregado a los designios divinos, que no le ató las manos al indio para el viaje. Iba tarareando una canción en galés.

III

En una vuelta del camino, el indio dejó que Aaron se adelantara unos metros y de un salto le arrebató el cuchillo que llevaba cruzado en el cinturón. La funda de cuero quedó tirada en la tierra y después, cuando salieron a buscarlo, la encontraron entre los yuyos que enmarcaban la senda. Aaron no llegó a darse vuelta. Apenas gritó ¡Oi! El indio le hundió el cuchillo en la espalda, abajo del omóplato derecho. Después lo sacó y lo hundió de vuelta, un poco más al costado, arriba de la cintura. Y lo sacó y lo hundió de vuelta. Y lo sacó y lo hundió de vuelta. Y lo sacó y Aaron se cayó del caballo y ni bien tocó el suelo el indio hundió el cuchillo otra vez y enseguida de nuevo, del otro lado. Y lo sacó y lo hundió arriba, cerca del cuello. Y lo sacó y lo hundió de nuevo mientras el galés intentaba darse vuelta para parar el cuchillo con las manos. No pudo, entonces el indio sacó el cuchillo y lo hundió de vuelta, bien en el centro de la espalda. La hoja dio contra la columna y la rodeó. El indio sacó el cuchillo y lo hundió de vuelta. Y lo sacó y lo hundió de vuelta. Y lo sacó y lo hundió de vuelta. Y lo sacó y lo hundió de vuelta. Aaron Jenkins era grande y todavía le quedaban fuerzas para tratar de alejarse y se arrastró como pudo por la tierra fría, con el indio encima, con una pierna de cada lado de su cuerpo. El indio sacó el cuchillo y lo hundió de vuelta, de costado, lo retorció, lo sacó y lo hundió de vuelta. Cuando volvió a sacar el cuchillo el cuerpo se desinfló y cuando volvió a hundirlo sintió como golpeaba tierra del otro lado.

IV

El indio se llevó el facón y el caballo, que casi no se movió y parecía que lo esperaba abajo de un sauce llorón. Las ramas flojas se llovían sobre el lomo del animal y lo acariciaban. Más adelante y más atrás había gente, así que el sendero no era una opción. El indio encaró entre los árboles, lento, apartando con un brazo las ramas del camino.

V

La siguiente vez que encontraron al chileno estaba durmiendo abajo de un mimbre, bien profundo en el valle. Era muy tarde cuando se despertó, ya tenía los cañones de varios rifles encima y una bala adentro. Sentía la pólvora en el paladar. Los chacareros gritaron en galés y enseguida tiraron todos, demasiadas veces. Llevaban varios días buscándolo, estaban enardecidos. Recorrían la zona hablando de la cola del diablo y el puño justo de dios. Cuando pudieron, avisaron a Buenos Aires que ya no iba a llegar nada. Al indio lo enterraron ahí nomás, dónde no llegó a levantarse, para no tener que verlo pudrirse. También sacrificaron al caballo que se fue con él. Para Aaron Jenkins levantaron un monolito cerca de la capilla, en Glyn Du.

 

Juan Fernández Marauda

Nació en Lanús, en 1988, pero creció en el Valle Inferior del Río Chubut. Trabaja en el cruce entre salud mental y escritura en un hospital de día. Es escritor, editor, librero y coordina el taller de escritura PULP! en la ciudad de La Plata. El puente de las brujas, su primera novela, fue publicada por EME en 2020, Esplín Tropical (México) en 2022 y la Dirección del fuego por EME en 2023


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