Un pibe como vos

Un pibe como vos

TIEMPO DE LECTURA: 3 min.

Podría hablar de cómo bajó su visera; de los ojos de Facundo, que brillaban como la luna cuando se reflejaban en los techos de chapa de la Provincia de Buenos Aires; o de su mirada y sus palabras juveniles, que iluminaban habitaciones oscuras. También sumaría que cuando mostraba los dientes sonriendo, la sensación era parecida a la que te agarra cuando se cuelgan las filas de foquitos de luz y se empieza a escuchar el retumbar del primer bombo, que da comienzo a los corsos en todos los barrios. Pero sería mentira, porque la verdad es que no lo conozco.

No voy a hablar de Facundo, porque lo único que sé es que era un pibe normal de 22 años y hacía lo mismo que todes. Pero como justo tengo su edad, tal vez pueda tomarme el atrevimiento y contar lo que hacemos y creo que sentimos les jóvenes.

Cuando nos despertamos antes de pensar que hace frío y que hay que ir a laburar o a estudiar o lo que sea, nos gusta poner música.  Después abrimos Whatsapp y ahí retomamos alguna charla diciendo: “Uh disculpa, me quedé re dormido”. Con la compu medio apagada, vamos pensando en unos mates y en meterle el diente a lo que haya en la heladera.

Muchas veces nos quedamos colgades mirando los azulejos de la cocina mientras la pava se va calentando, hasta que alguien nos saluda haciéndonos una caricia en el hombro, y ahí no más metemos la primera charla del día diciendo: “No sabés lo que soñé”.

A esta edad sentimos como nunca, y nuestro cuerpo es una montaña rusa de sensaciones. Estamos de acá para allá, no paramos, vamos a recitales, a fiestas, ranchamos en alguna esquina, jugamos al fútbol y mientras picamos alguna flor, tiramos rimas entre risas. También changueamos, porque el laburo digno escasea y si tenemos suerte soñamos con recibirnos. Pero además nos preocupamos por el de al lado y nos involucramos; cada tanto, se nos escapa una sonrisa cuando miramos el celular por algún mensaje nuevo. Nos enamoramos, se nos pone la piel de gallina, nos corren escalofríos, y por la espalda pasan distintas sensaciones térmicas en una milésima de segundo; no hay reloj que tome la velocidad de nuestra frecuencia cardíaca, nos comemos el mundo. Y después nos la ponemos contra una pared dura y sin revocar.

A Facundo le pasó esto, eso sí lo puedo afirmar. Venía de una relación larga, con idas y vueltas, y en el medio pandemia quiso ir a la casa de su ex novia, arreglar las cosas y pasar un par de días juntes.

Sí. Salió durante la cuarentena, pero quién soy yo para juzgarlo, si al pibe seguro se le cerraba el pecho de angustia y para irse tuvo que pelearse con su vieja, que seguro temía por su hijo y por la posibilidad de que se contagie de Covid-19.

Pero en la tarde helada de Pedro Luro a Facundo no le subió la fiebre, no perdió el olfato, ni le dio dolor de garganta. A Facundo lo agarró una Hilux de la Policía Bonaerense y hace más de noventa días que no sabe nada de él.

Desde la vuelta a la democracia, en Argentina la verdadera pandemia viste de azul y tiene chapa y gorra.

¿Dónde carajo está Facundo?

Felipe Bertola
Felipe Bertola

Cuando estaba en la panza, mi vieja me cantaba «Significado de Patria» para tranquilizarme. En la comunicación y organización popular encontré la clave para poder «ser la revancha de todxs aquellxs». Como todo buen platense, sé lo que es ganar una Copa Libertadores.

Un año sin Santiago: fue el Estado

Un año sin Santiago: fue el Estado

TIEMPO DE LECTURA: 4 min.

Por Nazareno Santucho Re (*)

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Santiago Maldonado desapareció el primero de agosto del año pasado a orillas del Río Chubut. Se encontraba exigiendo la libertad del Lonko Facundo Jones Huala junto a la Pu Lof en Resistencia de Cushamen, cuando la Gendarmería Nacional, dirigida por el Ministerio de Seguridad de la Nación, reprimió de manera salvaje e ilegal el corte de ruta que estaban realizando.

La represión y el desalojo duraron sólo siete minutos. Siete minutos sobre los que hay testimonios incongruentes, contradictorios e incompletos. Siete minutos en los que se sabe que Santiago huyó de las balas y postas, hacia las orillas del Río Chubut. Siete minutos sobre los que algunas imágenes borrosas, muestran a Santiago, con su campera celeste, corriendo. Siete minutos y después… nada.

Durante 78 días Santiago Maldonado fue un desaparecido en democracia. Su rostro y su nombre inundaron calles y avenidas, vidrieras, murales, banderas y paisajes. Un país en vilo se movilizó ante la amenaza de viejos fantasmas, que se creían desterrados, gracias a la persistencia de la Memoria.

¿Dónde está Santiago? Fue la pregunta que asomó hasta los oídos del más distraído y atormentó a los más impunes. Fueron 78 días de búsqueda incansable de Verdad en estado de resistencia. Porque durante 78 días, la brutal hegemonía de un gobierno preparado para una guerra, desplegó la más compleja red de desinformación y manipulación que nuestro país recuerde desde la vuelta a la democracia. Decenas de operadores al servicio de la Alianza Cambiemos tejieron, día tras día, diversas artimañas informativas: desprestigiaron a las organizaciones que desde el primer minuto buscaron a Santiago; estigmatizaron hasta el hartazgo al pueblo Mapuche; hostigaron sin cesar a la familia Maldonado, que con la prepotencia de la historia puso el pecho en los momentos más difíciles.

Los motivos de la desaparición se fueron desplazando de a poco con el correr de los días. Lo que comenzó -como siempre- con una averiguación de paradero, fue mutando con cada pequeña certeza que llegaba, fue dirigiéndose agónicamente hacia un terreno que nunca pareció del todo lejano: la desaparición forzada.

Lo sostenemos: fue desaparición forzada y fue en una represión; fue la Gendarmería comandada por la Ministra de Seguridad de la Nación, Patricia Bullrich. Y los sostenemos, porque queremos Justicia, porque el responsable fue y es el Estado.

Porque las pruebas así lo demuestran: Santiago no quiso cruzar un río helado y tormentoso lejos de su casa porque sí. No estaba en su sofá tranquilo, al resguardo de la historia y del tiempo inestable del sur. Santiago estaba protestando, estaba defendiendo la tierra y la libertad cuando un inmenso operativo de Gendarmería Nacional comenzó a reprimir.

La historia nos enseña que nada se comprende fuera de un contexto; sin el marco que explique -y a veces justifica- el accionar de las personas: una autopsia no nos dice cuántos efectivos participaron del operativo, un microscopio no establece si el uso de la fuerza fue irracional o desmedido, en una placa de petri no se hallan los componentes de la violencia institucional, tan homogénea con el poder judicial, mediático, económico… y hoy, más que nunca, estatal.

Y porque es una lección que aprendimos, siempre contextualizamos. Porque desde diciembre de 2015 crecieron exponencialmente los casos de gatillo fácil a lo largo y ancho del país, la represión de la protesta social se volvió moneda corriente, y sobre las organizaciones políticas y los sectores populares recae un amplio aparato de estigmatización. Porque las redes de trata y complicidad siguen tejiendo su entramado capilar en todo el país, al resguardo de la ley y el orden. Porque cada día hay un nuevo genocida suelto, mientras las cárceles se llenan de presxs políticxs. Porque desde Campo de Mayo -hace unos días- el Presidente Mauricio Macri anunció el uso (inconstitucional) de las Fuerzas Armadas en materia de seguridad interna -nuevamente-; presagio de un pasado que alerta.

Porque fueron 30.000. Porque a Miguel Brú lo mató la policía. Por Darío y Maxi, por Rafael Nahuel, por Facundo Ferreyra, por Emilia Uscamayta Curi y por Johana Ramallo. Por Santiago Maldonado.

Porque fue el Estado, fue la Gendarmería, fue Patricia Bullrich y fue Mauricio Macri. Por eso exigimos Memoria, Verdad, Respeto y Justicia.

 

(*) Editorial del programa Ayllu en Movimiento del 1/8/18, por FM Radio Andina 92.9

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