Recuperar el encuentro

Recuperar el encuentro

TIEMPO DE LECTURA: 5 min.

Lau Uhrig vuelve con su recomendaciones, análisis y critica. Con un ojo certero nos trae una de sus últimas lecturas; El año en que hablamos con el mar de Andrés Montero.

Montero escribe una novela en la que la nostalgia, la belleza y el compartir historias se vuelve un punto de encuentro, un lugar seguro para estar con el otro. 

Últimamente mis lecturas -casualmente o no- están relacionadas con la reconstrucción de la figura del narrador oral. Volver a los orígenes del relato para pensar cómo narramos y qué narramos en la actualidad se transforma en una especie de reflexión dentro de la ficción misma. El encuentro con otros es indispensable para contar historias, para construirlas, para verle los gestos de sorpresa, de enojo, de felicidad a quien escucha y, sobre todo, repensar cómo los relatos que nos identifican se construyen de forma colectiva y activa.  Y eso hace Montero en su ultimo libro: volver al encuentro con otros, construir una historia colectiva, recuperar la figura del narrador oral en constante relación con la escritura.  

En Kalpa Imperial, y más atrás en Decamerón, el narrador oral se transforma en el puntapié para compartir historias alrededor de un fuego, cerca de los otros, reconstruyendo historias reales o inventadas, pero que siempre se crean junto a la otredad. En El año en que hablamos con el mar, el autor chileno propone la lectura de una historia llena de ternura, de nostalgia, de encuentro y desencuentros, pero sobre todo nos muestra cómo ese encuentro entre los personajes permite que la historia sea del pueblo y para el pueblo. 

“Lo supimos por la mirada amplia, por el suspiro de los que vuelven. Lo decía también con los ojos: había algo en ellos que hablaba del tiempo y la nostalgia, de la necesidad de juntar las imágenes de los recuerdos con las que tenia ahora la vista, de ponerlas unas sobre otras para comprobar si calzaban o si había que hacer algunos ajustes en la memoria”

En una pequeña isla, solitaria y alejada del continente, los habitantes están expectantes a cualquier visitante que llegue. El ruido de la avioneta que puede traer a un turista curioso o los víveres para vivir un mes más, rompen con la rutina y todos van a la pista de aterrizaje a ver quién o qué llegó. Solo se puede llegar con ese medio de transporte porque ¿quién va a garantizar otro transporte hacia esta isla desconocida? Así, después de cincuenta años de estar lejos de su isla, Jerónimo vuelve a lo que fue su hogar. El reencuentro con su hermano mellizo es inminente. Ambos hermanos idénticos físicamente, pero opuestos en la historia de vida. Uno, tosco, solitario y testarudo, el otro aventurero y escritor. 

Todo el pueblo o toda la isla está pendiente de este reencuentro. Quieren saber qué fue lo que separó a esos hermanos mellizos que no hacían nada sin el otro, qué o quién motivó a Julián a irse de la isla para encontrar refugio allá, en España, lejos de su hermano, su isla, su familia. Qué lo llevó a olvidar sus raíces y encontrar refugio en la fotografía, en el periodismo, en la escritura. 

La historia la vamos a conocer gracias a las preguntas y respuestas que se plantean los habitantes que observan, buscan recuerdos en su memoria que creían apagada, unen relatos recortados, versiones, y así, entre todos, arman la historia de estos dos hermanos que están juntos, pero que el rencor por lo que fue no los deja seguir. 

Montero nos obliga a volver a una imagen del mundo, a un lugar en el que el internet no llega, las computadoras no existen y la escritura toma un aire nostálgico de lapicera y cuadernito, el encuentro con el otro -con los otros- se vuelve fundamental para matar el aburrimiento, para que las horas pasen entre historia e historia. 

El pasado se reconstruye gracias al entrelazamiento de la escritura y la oralidad. Un pueblo que se encuentra en una taberna, que en realidad es un barco abandonado, se preguntan qué ocurrió entre esos dos hermanos que antes eran tan unidos y ahora no se pueden mirar a los ojos cuando se hablan, se preguntan y cada uno le responde al otro, entre todos arman la historia a su gusto, pero también las paginas escritas, el narrador en primera persona participa de esta reconstrucción. Una especie de diario intimo que viene a completar esos datos que faltan, a desmentir versiones equivocas, a mostrar los sentimientos de un hombre que no olvida su pasado y se cuestiona sus decisiones. 

“Era bonito contarnos una historia, pero advertíamos que nos iba a dejar un vacío cuando se acabara” 

Andrés Montero no solo escribe una historia en la que dos hombres mayores se encuentran y reproducen y rompen con la rudeza masculina, cada uno a su modo, sino que utiliza la literatura para reflexionar -conscientemente o no- de la construcción de la literatura misma. Los orígenes del relato, la oralidad como punto de inflexión, el narrador colectivo que se interrumpe, se corrige y vuelve al ritmo de la narración. Una novela con campanas hundidas bajo el mar, con pactos con el diablo y que lleva a reflexionar sobre el vinculo y la historia familiar que tiene tintes de realismo mágico. 

“Mientras los oía dar argumentos y razones de por qué esto o por qué lo otro, pensé que, en esa discusión, sostenida en la pequeña taberna de una isla perdida al final del mundo, estaba contenida toda la historia de la literatura.

La idea, en cualquier caso, no es mía, sino de Walter Benjamin. Decía que los que cuentan historias han sido siempre campesinos o marineros. Campesino sería el que recoge la memoria local, y la cuida, y la traspasa. Marinero, aquel que se va por las aguas y regresa con historias de otras tierras. Por supuesto, Benjamin concluye que un buen narrador tiene que ser un poco campesino y un poco marinero”

Lau Uhrig

Trabajadora, estudiante y lectora de Literatura. Docente de Lengua y Literatura en escuelas secundarias de La Matanza. Estudiante de Lic. en Lengua y Literatura (UnLaM). Siempre caminando por La Matanza

Frontera

Frontera

TIEMPO DE LECTURA: 8 min.

Bajar la voz, esconder las palabras, cuánto puede durar la noche o el desierto, que parecen ser la misma cosa. Escapar sin medir los pasos, el límite que nos separa del abismo. Todo eso trae Juan Fernández Marauda, en su cuento Frontera.

Para Sebastián Eloy Briozzo, caído en el desierto.

Dónde estoy cuando me despierto, todavía medio dormido, en realidad, pero ya agarrado a mi mochila, con la alarma moviendo las manos, apretando los nudillos, tanteando la manija de la puerta, buscando con los ojos ciegos y la boca abierta, la ventana, encontrando la cara del conductor difusa que me dice que me calme y baje la cabeza, que adelante están parando los gendarmes. Entonces el reflector tiene sentido, allá, nosotros y la camioneta detenidos fuera de la banquina, entre las matas, a un kilómetro o más, del retén de gendarmería, quizás a dos kilómetros, pero con las luces apagadas igual, y haciendo silencio, susurrando como si nos escucharan. El tipo que va en el asiento del acompañante abre y mete la mano en la guantera y ahí la deja y mira hacia la ruta intentando distinguir movimiento más adelante, una patrulla rondando el puesto o perros o algún auto deshaciendo en silencio la distancia que nos separa, oculto por la ausencia casi completa de la luna, que es apenas un remolino blanquecino de nubes y pocas o ninguna estrella. Todo al mismo tiempo, yo con una mano en una de las tiras de la mochila y la otra en el picaporte, preguntándome si puedo correr y cuánto, y si hay refugio o escondite posible en tanta nada forrada de yuyos. A tantos kilómetros estoy, tan urgido de fugarme, que recién la segunda o la tercera, o quizás a la cuarta vez escucho que el conductor, por arriba del hombro, me dice Despertalo al pibe, que es un ovillo lampiño enroscado contra la otra puerta, ni enterado, pienso yo, que me acabo de enterar de que es posible que acá se termine el viaje o que siga a pie o que directamente se termine todo, ni enterado pero a punto, cuando le pongo una mano en el codo  y lo sacudo para que reaccione y le digo, intentando no gritar, intentando dominar una voz que croa, le digo Dale, vamos, despertate que hay quilombo. Recién entonces, de nuevo entonces, como yo, también, recién, abre los ojos el pibe, o yo entiendo que abre los ojos, porque no veo más que un brillo tembloroso en el súbito blanco, húmedo entre las sombras. Y él dice Qué pasa, qué, qué y repite algunas veces más qué, trabado en la pregunta o apenas trabado en la palabra, agarrado a su bolsito de lona como yo a mi mochila, como si fueran las tripas que se le escapan del abdomen. Uno de adelante le dice Calmate, pibe, cerrá el pico, despabilate, todo al mismo tiempo, como si fuera posible. Yo todavía estoy tratando de decidir si tengo que tener miedo o solo precaución y pienso, por primera vez pienso, que no sé con quienes comparto el auto, que quizás me apura a subirme a la primera opción de vuelta y no medí, ni siquiera imaginé, que uno podría viajar armado, o incluso ambos, no lo sé, porque el otro puede tener un revólver bajo el asiento, una escopeta en el baúl, o un fusil, o una bomba en el paragolpes, lista para inmolarnos a todos contra el camión de gendarmería que está cruzado sobre la ruta a un kilómetro o dos, a distancia suficiente, de todas formas, para agarrar velocidad y estrellarnos, terminar hechos un revoltijo de fierros y carne. Un manifiesto en llamas para ser usado por separatistas y porteños por igual. En algún momento dejó de llorar y me siguió en silencio cuando me bajé. El trauma le duraba en el tranco, caminando sin levantar los pies de la tierra, arrastrando polvo y mierdas, deshechos de la nada esta en la que andábamos, tropezando con las raíces y las cuevas de los bichos que durmieran dentro. Íbamos así. Yo no quería ni mirarlo, pero igual estaba atento a que no se cayera, a que no quedara por el camino, despatarrado y solo, tan pendejo y solo entre las matas y las espinas, esperando al zorro o al carancho. ¿Qué línea hicimos esas primeras horas? ¿Qué baile sin sentido de pasos enredados? Cada vez que me detenía para mirar por sobre el hombro, para revisar si del otro lado de una loma se asomaba la luz de algún reflector, los faros de una cuatro por cuatro a campo traviesa, cada vez que frenaba porque me parecía escuchar pasos rondándonos, torcía la recta, encaraba en una nueva dirección. Así mil veces, una cada cinco minutos. Era otra forma de estar perdido, reajustar la ruta a cada paso. El único norte verdadero lo dictaban las barritas de la señal del cinco ge. Caminamos con el brazo recto, arriba y adelante, vigilando la pantalla del celular. El único gesto de resistencia posible, el brazo arriba y adelante, y cuando aparecía una barrita el dueño chillaba ¡Acá, acá! y después nos peleábamos por esos centímetros cuadrados de conectividad en el desierto, nos enroscábamos como dos putos en un baño químico de una fiesta electrónica, a ver quién quedaba arriba de quién. Pero la frustración llegaba enseguida: la barrita desaparecía como un espejismo y se llevaba consigo, además, una barrita de batería. Entonces caíamos, reventados, y jadeábamos con el culo lleno de espinas y yo puteaba y el pibe se aguantaba las ganas de volver a llorar. Después nos parábamos y volvíamos a caminar con rumbo nuevo, más cansados, quizás desandando, sin saberlo, el camino. Cuando vi el molino el pibe no quiso saber nada. Reculó, como queriendo volver a no sé dónde. Atrás solo estaba la segunda noche, que se nos venía encima. Pero le dije que si había un molino, estábamos adentro de una estancia y cerca estaría el casco, o al menos un puesto y gente y comida y, en el mejor de los casos, wi fi, o al menos algo de señal, que aunque precaria sería suficiente para mandar un mensaje como una bengala al cielo. Al final lo convencí y seguimos, y cuando del sol solo quedaba una línea rosada sobre nuestras cabezas nos animamos a prender la linterna del celular para no caer en una zanja y quedarla ahora que parecía que estábamos tan cerca de algo. Fuimos así, dos conos blancos ondeando en la negrura, detenidos solo para matar un movimiento entre los arbustos o buscar un susurro bajo a la altura de los tobillos y la burla de una lechuza cazando. Fuimos, por horas fuimos, ya bien metidos adentro de la noche, hasta que el pibe se enredó en un alambrado y yo casi me caigo en un tanque australiano y la silueta de una casita se recortó, apenas, más negra y sin estrellas, en tanto cielo. Y no nos animamos. Se nos metió el miedo a que nos entreguen, a no saber de qué lado de la frontera habíamos quedado, a que nos tomen por matreros y tiren sin mirar. Ni siquiera tuvimos que hablar para seguir de largo. Toda la noche estuvimos deseando no estar equivocados para justificar la errancia, pero al final olimos la sal. Llegamos hasta acá. Desde el borde del acantilado se ve la boca de la cueva, abajo, y el hilo de humo que se escapa, como si la piedra fumara mirando el mar. Como si el acantilado, de cara al mar, fumara mientras espera que lleguemos cruzando las matas, con el desgano de un taxista o de un almacenero chino, en musculosa y ojotas detrás del mostrador. Nos mandamos por los surcos en la roca, agarrándonos de raíces y yuyos para no rodar hasta el borde y terminar en la orilla, rotos sobre las paredes de mejillones. Nos movemos con una sed bíblica, de cuarenta años en cuarenta horas cruzando el desierto. El último tramo hay que saltarlo. Son tres metros hasta la arena húmeda y desde ahí una carrera hasta la cueva y el fuego fuente de ese humo, que delata la carne asándose, el cordero o la oveja robada de alguna estancia inglesa con salida al mar. Después de dos noches caminando, a veces corriendo por el desierto al borde de la Patagonia, esquivando la ruta, la gente, los ruidos, la luz, durmiendo poco y mal al acecho del alacrán y la víbora, súbitamente el mayor peligro es ahogarse en la propia saliva. Hago esta última carrera borracha, pienso, mientras estiro la línea de huellas sobre el barro de la orilla, las zapatillas ya mojadas de hundirse en cada paso, hago esta última carrera borracha y ya está. Ya estoy de vuelta. Pero la carrera se desbarata de golpe cuando entre los pasos húmedos y apurados resuena un estruendo que espanta a las gaviotas que anidan en el borde del acantilado y enseguida atrás viene un grito y adelante mío el pibe cae al piso y otro grito más, atravesando su llanto, me advierte que no dé un paso más. Se quedan quietos, la puta que los parió. Después veo el sol en el cristal de la mira telescópica y el brillo bruñido del cañón de un rifle de caza. De a poco sale de la cueva un tejido de ramas secas y plantas rodadoras apretadas juntas. Un arbusto armado. Yo me quedo parado con las manos en el aire, como si me estuviera robando un paquero en el microcentro una noche cualquiera, y el pibe, tirado a tres o cuatro metros, se agarra una pierna y se revuelca, se embarra en la arena que se encharca un poquito más con cada movimiento, enrojecida apenas, ahora. Mientras tanto el arbusto se acerca lentamente, paseando el cañón entre el pibe y yo y las ramas que le cuelgan de las piernas dibujan un peine de líneas en la arena, algunas más final, algunas más gruesas, pero casi paralelas entre sí, desde la cueva hasta nosotros. Y yo ahora pienso me cago en todo, qué necesidad. Ojalá me hubieran puesto un tiro hace dos días, en la ruta, en la noche. Qué necesidad de hacerme sobrevivir esa noche y luego caminar durante todo un día y una noche más para verme aparecer por encima de un acantilado, recortado contra el cielo sin una sola nube. Qué necesidad de emocionarme, de hacerme sentir el aroma de la carne asándose, la brisa, el alivio, para luego voltearme, ahora sí, de un balazo, a la orilla del mar junto a un pibe que ahora sí conozco, tuve tiempo de conocer, y se desangra conmigo en la arena. 

Juan Fernández Marauda

Nació en Lanús, en 1988, pero creció en el Valle Inferior del Río Chubut. Trabaja en el cruce entre salud mental y escritura en un hospital de día. Es escritor, editor, librero y coordina el taller de escritura PULP! en la ciudad de La Plata. El puente de las brujas, su primera novela, fue publicada por EME en 2020 y Esplín Tropical (México) en 2022

En el lago-al lado

En el lago-al lado

TIEMPO DE LECTURA: 3 min.

Algo hundido en un lugar espera, gente que pasa como el tiempo. Una voz silenciosa que narra este cuento de Wanda Chaves

Juan aparecía siempre, todos los domingos a las diecisiete horas estaba acá. A veces variaba, si era verano y hacía mucho calor, se aparecía a las diecinueve, y en invierno la misma lógica, pero más tempranito claro. Venía, me miraba un rato, un rato largo. Hacía gestos con su cara, movía sus ojos y sus manos, como que estaba diciendo algo.

Pero no decía nada. Se prendía un pucho, siempre después de todo el baile. Lo fumaba lento, tanto que a veces hasta yo quería dar unas pitadas de esas, parecían refrescantes. Aguantaba el humo unos segundos largos, y después, cuando lo soltaba, también parecía soltar parte de él, o algo que llevaba él. A los minutos de eso, se levantaba casi de un salto, agarraba la bici y empezaba a pedalear. Sin decir chau, sin mirar atrás, nada, se iba. Pero a la semana volvía y así era siempre. Parte del trato era que yo le guardara un lugar cómodo, seguro, tranquilo; y él, a cambio, me miraba. Me hacía sentir contemplado, me hacía sentir.

Es difícil en estos tiempos, nadie puede juzgarme. Ya no vienen a verme a mí. Acordate el Renacimiento, la gente venía a pintarme, a escribir sobre mí, a decir lo que yo les hacía sentir, y ya no es más así. Vienen a no verme. Ponele que a veces los turistas, los extranjeros, me devuelven un poco de entusiasmo, pero hasta ahí. Aparte los traen acá después de haber pasado por la República y no me parece.

Les quita la emoción y a acá solo llega un ay, qué lindo.

Respecto a la acusación de una supuesta condición artificial no quiero hablar. Es un tema muy serio, me tiene muy acomplejado aún hoy y no me siento cómodo ni preparado para abordar el asunto. Gracias. Porque después empiezo a hablar y no paro. A quién se le ocurrió que yo era culpable de la situación, yo soy la principal víctima de todo. Ustedes ya ni nos sonríen y pretenden que sigamos como si nada, así no es la cosa. Ya nadie se queda como si nada. Les aviso, les advierto. Te aviso, te anuncio//que hoy renuncio//a tus negocios sucios. Más vigente que nunca.

El viento ya está tomando cartas sobre el asunto.

Y de repente, Juan ayer no vino solo. Me sorprendió. Aah está re piola este lugar.

Viste boludo. Sentate acá.

Perdón hermano, no sé qué onda.

Tranqui boludo, estás enojado, está bien. Sí, pero ya me voy de tema a veces.

Por eso vengo para acá amigo. Mira el agua. Yo vengo todos los domingos a las cinco de la tarde a prenderme un pucho y mirar el agua amigo. Te juro. Mirala, está quieta, tranquila, parece que habla. Si haces mucho silencio, y por suerte este lugar es re tranquilo y siempre está libre, podes escuchar el sonido que hace. Es relajante amigo. Esta es mi terapia amigo.

 Gracias amigo.

Ahí me di cuenta, dije claro. Con Juan tenemos una relación. También la tendré con los demás que vienen cotidianamente.

—–

¿El señor que viene a dormir, a veces, al lado mío?

¿La pareja que viene a pelear para terminar siempre a los besos sucios cochinos?

¿La que viene a usar el celular y ni me registra?

¿La nena y el bebé?

¿Las dos abuelas?

—–

También está la que viene a usar el celular, no saca la cabeza de ahí.

Aunque yo sé que ella me contempla, levanta la mirada cada tanto. Pero ni ella me entiende. Aunque trata, pero no entiende. Nadie entiende. Ni yo. Porque no puedo. Yo estoy quieto y ellos a un lado.

Wanda Chaves

Platense nacida en Julio del 2001. Hoy estudio Letras en la UNLP.
Hace 10 años que tengo el mismo número de teléfono; soy bastante charlatana y también contempladora.
La mejor sensación es la que tenemos cuando conocemos algo nuevo.

Perros que vuelven

Perros que vuelven

TIEMPO DE LECTURA: 8 min.

Partiendo del cuento Habrá que matar a los perros, de nuestro autor del mes Miguel Briante, Juan Machado propone un recorrido por la figura de los perros desde Rulfo hasta autores de la actualidad.

Briante dice que la inglesa dijo que habrá que matar a los perros, pero que no sabe, él no, su narrador, Briante dice que su narrador no sabe. Que a la noche dan lastima oírlos ladrar así, tan despacio, como si lloraran. Los perros, en este cuento, para Miguel Briante son la banda musical que lo entristece todo. También son la insistencia, el recuerdo que pierde fuerza, pero no peso. En fin, un fantasma.

En Habrá que matar a los perros, cuento escrito en 1968 y que es parte del libro Ley de Juego publicado en 1983, los perros son el pasado que insiste. Reaparecen una y otra vez, su forma es la forma de la melancolía del lamento, del recuerdo, de lo que no se va, ni aún muerto. Los perros de Briante que, en principio, penosos, ladran, van deformando la voz para al final llorar. Los perros de Briante no ladran, lloran y son el fondo de un hombre que recuerda su época de domador, su tiempo de payaso, la vieja Laver, la humillación. Porque recordar, muchas veces y en todo caso, es humillarse.  

Pero, ¿Con qué tradición se sienta a discutir Miguel Briante? ¿De dónde vienen los perros que a él le lloran? ¿A quién le contesta?

Lo que es presencia en Habrá que Matar a los Perros nace de la ausencia. Para pensar la ausencia es necesario irse hasta el gran autor de los vacíos, quien del silencio hizo un lenguaje; 1953 es el año, el lugar es México. El Fondo de Cultura Económica en su colección Letras Mexicanas, publica El Llano en Lllamas de Juan Rulfo. Este, su primer y único libro de cuentos, contiene No Oyes Ladrar a los Perros. Hay autores con universo propio, eso es palabra usada a la hora de describir la obra de un autor, en este caso no es aplicable, porque entrar a Rulfo no es entrar a su universo, es entrar a una literatura que no se parece a nada. Juan Rulfo, como otro puñado mínimo de autores, es una literatura por sí misma. Se instala con este libro y años más tarde con Pedro Páramo, como un artefacto, hecho de lenguaje y nuevas estructuras, complejo y palpable en la literatura universal. 

Son muchos los autores y autoras que van a comer de Rulfo, uno de ellos es Briante. 

En No oyes ladrar a los perros, un padre cruza el llano con su hijo a cuestas, herido por su mala vida, por andar en los malos pasos. La noche se les cae encima y ya nada es lo que se ve. Queda entonces la esperanza de oír el ladrido de los perros que indiquen que ahí está Tonaya, que ahí está la cura para las heridas del hijo, que ahí están los perros y la vida esperando.   

¡Aguántate! – Dice Rulfo que dice el padre – ya debemos estar cerca. Lo que pasa es que ya es muy noche y han de haber apagado la luz en el pueblo. Pero al menos debías de oír si ladran los perros. Haz por oír. Pero lo que llega es la muerte del hijo. El padre -dice Rulfo- después de descargar el cuerpo del hijo, oyó cómo por todas partes ladraban los perros.  

Los perros de Rulfo que son ausencia. 

Los perros de Briante que son presencia. 

Los perros de Rulfo que son la esperanza perdida en el silencio.

Los perros de Briante que son la derrota en el recuerdo.  

Entonces, justo ahí, está Moyano. Retomando la figura de perro de Rulfo poco después que Briante. Daniel Moyano es el escritor Riojano que supo decir: antes de Borges y de Cortázar yo estoy muchas más cerca de Rulfo cuando dice mi hermanita la Tacha está a un tantito así de volverse piruja. En uno de sus libros más reconocidos, El estuche de cocodrilo publicado en 1974, retoma una de las figuras que Rulfo plasma en El llano en llamas. En Cantata para los hijos de Gracimiano, Daniel Moyano toma la figura del perro y lo introduce en la historia de un matrimonio pobre -como todos los matrimonios sobre los que contó Moyano- que sube a todos sus hijos al carreta para ganar la calle e ir dejándolos uno por uno en diferentes casas por no poder darles de comer, para que tengan un mejor futuro o un futuro. Dice que, cada acto de amor les sabía a duelo. En Moyano el amor es perder; a diferencia de Miguel Briante, no son perros los de Moyano, es un perro, porque los personajes de Moyano siempre son tímidos, están heridos y solos. En Habrá que Matar a los Perros, la figura del animal está presente en el cuento en la primera línea, creciendo como un paisaje en el desarrollo, también aparece en la última. En Cantata para los Hijos de Gracimiano, el perro recién aparece en la sexta página: El último en subir fue el perro, que calentaba a la vez las piernas del menor. Los brazos de José el mayor y una parte de las costillas de la otra mujercita, que dormía todavía.  El perro va a ser lo último que escuche José, el primero en bajar de la carreta; José se quedó mirando alejarse la carreta. Ninguno de sus hermanos volvió la cabeza, ni sus padres. El perro estuvo ladrándolo un rato y él oyó ese ladrido hasta que el sonido desapareció, y también la carreta, después del ladrido.  El ladrido del perro en Moyano es el último gesto de amor de una vida que nos abandona. 

Daniel Moyano en sus cuentos suele cargar de sentido a los objetos, sépase un río en Para que no entre la muerte, en una puerta en La puerta, en un monumento en La espera. En Cantata para los hijos de Gracimiano todos los gestos inútiles en esa hora de los hijos van a estar cargados en la figura del perro. Entonces este doble final, que hacen a un cuento magistral. Porque este cuento termina dos veces, en el final mismo, pero también dos páginas antes, junto con el perro: El perro no quiso quedarse en ninguna parte, por su afición a Gracimiano, y hubo que degollarlo. Se entregó solo al puñal, como si hubiese comprendido la congruencia que había en su brillo. 

Y entre Briante y Moyano, los galgos.

Sara Gallardo en 1968 -después de Briante y antes de Moyano-  publica su tercera novela, Los Galgos, Los Galgos, que en orden de importancia también será la segunda detrás de su obra máxima Eisejuaz.

Esta novela tensa el arco poético, lleva al texto al terreno del amor, pero no en la idea de romanticismo de época, este amor es un amor que se pregunta a sí mismo por el amor, el suelo que se pisa, la finitud, el silencio. Ahí están los galgos entonces, Corsario y Chispa, un casalito que Sara Gallando, de manera magistral y al igual que Moyano, carga de sentidos humanos, vivir por instinto es lo que quieren el resto de los personajes y que sólo los galgos lo logran. El amor se agota, es finito, se va apagando de a poco como toda llama que supo iniciar el fuego, y los galgos también.

El movimiento que hace Sara Gallardo en Los galgos, los galgos es simétrico al de Moyano en Cantata para los hijos de Gracimiano. Contar lo humano a través de los perros. Contar lo perros. 

En autores actuales los perros también aparecen, basta con citar algunos de ellos como Samanta Schweblin en Matar a un perro. Para conseguir un trabajo, un hombre debe pasar la prueba de matar a un perro. En este cuento Samanta Schweblin trae a juego, aunque el relato no este citado en tiempo y espacio concreto, las practicas que perduraron en la pos dictadura. El secuestro, la tortura y la muerte. Puede pensarse en este comportamiento, por ejemplo, al clan Pucho. Ahí está la necesidad de estos tipos de cuentos de leerlos en clave dictadura. En este cuento los perros son la alegoría, la ironía, el pasado, como en Briante, que insiste. 

En clave dictadura también se lee Infierno grande, cuento de Guillermo Martínez. Un triángulo amoroso en un pueblo, una desaparición en la época de las apariciones, el perro que irrumpe casi en el final del cuento para darle sentido a todo. En dictadura un perro se pasea por las calles del pueblo con una mano humana, el perro corre la suerte de los que han hecho preguntas en los tiempos de la no pregunta, un cuento clásico de Guillermo Martínez con un final abrumador. 

Y los perros van a ladrar, después, en la puerta de la casa, enfurecidos.  Dice Hernán Ronsino en su cuento Y a los perros también, incluido en la antología La Última Gauchada.  

Los perros de Ronsino son fuertes, tenaces, como esa familia que cuenta ahí, como el Fabián. Ellos van hacia la muerte, a ver al muerto y lo que deja el muerto, y los perros también. Los perros corren por el campo, acompañan o persiguen, que parece ser la misma cosa. Fabián, uno de los protagonistas, habla sólo de dos cosas, del trabajo o de los perros. Es acá que Ronsino se toma el tiempo de narrar la historia de los perros desde la llegada de los primeros, al echar cría le dan paso a estos perros que corren detrás de los dueños, babeando, sucios, tapados de tierra. Cada escena de este cuento, en su mayoría, la abren o la cierran estos animales. Todo se condensa en la relación que Fabián tiene con los perros y los perros con Fabián.  

El Fabián se distrae con los perros, cuenta la narradora, dice que son como chicos, que lo único que les falta es la palabra. Es de lo único que habla, mayormente. Entonces, para Ronsino, es Fabián quien hace lo de Gallardo, lo de Moyano: humanizar los perros. 

En Y a los perros también, el autor contesta a Briante en Habrá que matar a los perros, lo que para uno es ausencia en el otro es toda presencia. Esos perros moribundos de Briante, ya sin fuerzas para el ladrido de tanto llorar y llorar, en Ronsino son la potencia, baba y tierra, ladridos que acompañar la vida, la muerte y lo que quedan sonando de este lado de la muerte.

Ahí están los perros en la literatura. Todo el tiempo son perros que vuelven como ausencia, como recuerdo, como pasado, como violencia, como amor, como perros.  

Juan Machado

Juan Machado nació en Carhué, provincia de Bueno Aires, en 1992. Poeta, escritor, también se desempeña como conductor y productor de Plástico Cruel en radio Trinchera. Publicó los libros, Pájaros Punk ( Malisia, 2022) y Como corderos (Azul Francia, 2024). Obtuvo una mención meritoria, por su cuento Una canción desesperada, en el 10° Concurso de cuento Haroldo Conti, 2023.

Pupitre

Pupitre

TIEMPO DE LECTURA: 12 min.

Fito Páez que se mezcla con Makano, el fotolog, el juego de la botellita que parece perdurar en el tiempo. Es todo el ruido de una época. Un pupitre que se escribe y se espera. Un juego de niños, que como todo juego de niños, es letal. Este es el terreno por el que camina este cuento de Paloma Barberena.

A Simón siempre le molestó que su mamá comprara cantimploras para los regalos de cumpleaños de sus compañeros. No por la cantimplora en sí, sino porque compraba al por mayor. Eran cantimploras de plástico duro y venían de varios colores y motivos pero igual cuando llegaba a las fiestas decían “Ahí viene Simón con la cantimplora”: Y Simón envolvía el paquete hacia adentro suyo y buscaba la mirada de algún adulto que lo defendiera.

Eso pasaba en los cumpleaños cuando eran más chicos: primer grado, segundo, tercero y cuarto. Ya más entrados en la preadolescencia los amigos de Simón creían que era canchero no hacer regalos. En su último año de primaria no había burlas, el ambiente Brillante sobre el mic era más fuerte que las cantimploras al por mayor. El clima de canción de Fito Paez y también el hartazgo los unía. No era un nene como los de primero, segundo, tercero y cuarto que veía en los recreos. Él y sus amigos estaban en sexto. Eran los dueños del patio y ya no corrían. Se sentaban en los bancos, revoleaban cosas, peleaban a sus compañeras por la música que escuchaban y tenían malones.

Le gustaban los malones pero él no sacaba a bailar a sus compañeras ni sus compañeras a él. Eso lo hacían Valentín o Bautista, dos amigos suyos que jugaban al rugby y tenían malones desde los nueve. Ese octubre estaba de moda Te amo de Makano y cuando sonaba,

generalmente en el medio de la fiesta a eso de las 23:00, todos lo cantaban a los gritos. A Simón le daba vergüenza mirar sin querer a una de las chicas y que pareciera que les decía “estar contigo es lo que me hace más feliz” a ella y no al aire.

El día que Tatiana hacía su malón, Simón estaba nervioso porque uno de los chicos había desafiado al resto a jugar al juego de la botellita y sus compañeras dijeron que sí. Él nunca había dado un beso ni pico ni con lengua. Sus amigos los rugbiers contaban que si, que se habían transado a las chicas de hockey del club y que la botellita les parecía una papa. Su

curso, el B, hacía turno tarde. Antes de cada cumpleaños él y sus amigos se reunían en la casa de alguno para prepararse y después alguna mamá, papá o hermano mayor los llevaba.

Siempre los dejaban media cuadra antes por pedido de los chicos, no daba que los vieran junto a los adultos.

En la última hora de clase no paró de mirar el reloj de pared que le parecía que no avanzaba. Ya se había perdido en lo que explicaba la maestra. Algo de las células eucariotas que anotó hasta la mitad. Se le hacía imposible porque para él estaban en esa clase hacía seis horas. En lugar de anotar del pizarrón, dibujó el escudo de Boca en la hoja Rivadavia y siguió garabateando hasta llegar a la mesa donde escribió “Aguante sexto B”. Texto que acompañó de flechas y caritas. Mientras tanto, en algún lado la maestra diferenciaba las células que nada tenían de interesante para Simón comparado a lo que se le iba a venir esa noche. Se acordaba de como poner los labios, Bautista le había dicho que cerrara los ojos antes porque sino la chica en cuestión iba a verlo como a un pez. El timbre que indicaba la finalización del día lo hizo volver al aula. Cerró y guardó sus cosas rápido, bruto y corrió hacia la puerta llevándose puestos unos pupitres. Él que doblaba en altura a sus compañeros tenía que tener siempre más cuidado cuando pasaba entre los bancos porque los chocaba.

A las nueve de la noche, después del ritual del gel en el pelo y las fotos con cámara digital

frente al espejo, salieron para el cumpleaños Simón, Bautista,Valentín y Camilo que tampoco había besado nunca pero decía que igual era chico. El cumpleaños empezaba a esa hora pero ellos decidieron llegar quince minutos tarde.

El malón era en un garaje cubierto convertido en quincho con bañito propio. Los focos de las dos lámparas estaban cubiertos de papel celofán uno verde y otro rojo y en uno de los costados había una mesa con papas fritas, pizzetas y gaseosas. Tatiana tenía puestas plataformas. Se veían mucho sus zapatos porque todo el tiempo hacía comentarios sobre lo alta que quedaba comparada a las demás. Casi todas sus compañeras parecían más grandes que ellos. Algunas usaban labial y delineador, Simón tenía unos pocos pelitos que no llegaban a negro en los bigotes.

El momento en que la pista delimitada por cajas y sillas se encendió fue cuando sonó Yo soy tu maestro, otro de los hits de ese año. Bautista, que era amigo de las chicas, sacó a bailar a la cumplañera. A él no le daba vergüenza porque ellos eran BFF Best Friends Forever y subían fotos juntos a fotolog. Si alguien le preguntaba a Tatiana si gustaba de su amigo ella decía que ni en pedo, que era un tonto pero que lo re quería igual. Valentín se terminó una botellita de cocacola de vidrio y gritó “¿Y cagonas? ¿Se animan?” Todas las chicas respondieron que obvio, que era un juego y que igual a ellas les gustaban los de primero de secundaria. De todas formas fueron corriendo y apurando al resto para armar el círculo.

Bautista fue el primero y casi le tocó con Tatiana pero no. Ella dijo que menos mal, que se había salvado y el otro empujado por los amigos le dio un besito rápido a Mercedes que coronó el momento con aires de superada: “¿Ven? no es tan terrible.” Jugaron algunas rondas más pero a Simón nunca le tocó. Cada vez que el pico de la botellita pasaba cerca de él sentía movimientos en toda la panza y la metía para adentro como para frenar la sensación.

Después, cuando finalmente se detenía ante otro respiraba fuerte.

Esa noche se fue sin besar a nadie. Él no era bff de ninguna de las chicas, ni tampoco ninguna le gustaba. Miraba de lejos el momento en que las bocas de sus compañeros y compañeras se tocaban y creía que aún le faltaba mucho para llegar ahí y que el día que le tocara no sabría qué hacer. Las bocas de sus compañeras le parecían lejanas, como la voz de su profesora en clase pero no en un segundo plano tedioso, sino en uno imposible de alcanzar. Una vez en su casa, tardó en dormirse.

El lunes siguiente el juego de la botellita fue el tema de charla de las cuatro horas de clase.

Una de las chicas acusó a otro de haberla babeado, uno dijo que su compañera de beso tardó en despegarse. Simón no dijo nada. Tampoco escuchó la clase. Esta vez la maestra hablaba de la diferencia entre Día de la Raza y Día del Respeto a la Diversidad Cultural. Él agarró su lápiz para seguir el dibujo que había empezado la semana anterior y cuando se dispuso a mejorar el escudo de Boca vio que debajo de su “Aguante Sexto B” decía “¡¡¡Aguante Sexto A!!!”, acompañado con un corazón de liquid paper.

Simón y sus amigos no se llevaban bien con los de Sexto A, en realidad no conocían a nadie.

Unos hacían turno mañana y otros turno tarde. Iban a conocerlos en noviembre cuando se hiciera el campamento de fin de curso en San Antonio de Areco organizado por los profesores de educación física.

Se quedó mirando la declaración desafiante y pensó en ignorarla pero algo en el corazón blanco lo motivó a responder. Primero escribió con lápiz “Amm, cualquiera ¿Quién sos?” pero decidió borrar con el dedo la última parte. Miró y miró su frase hecha de lápiz abajo del liquid, atinó apretar el dedo contra el pupitre para borrar pero no borró. En cambio repasó letra por letra con cuidado. Finalmente su mensaje sobresalía del resto de los garabatos de la mesa. No tocó más hasta que sonó el último timbre, cualquier roce podría deformar el texto. Se alejó del banco atento y hasta que cruzó la puerta no paró de mirarlo sin saber bien por qué.

Esta tarde era tarde de fútbol. Se comió algunas puteadas ese día. Valentín le gritó si estaba dormido porque erró tres o cuatro pelotas y él pidió perdón. Si, estaba distraído. En lugar de ser las células eucariotas las que quedaban como en un segundo plano, como de fondo, era ese partido, sus compañeros y el entrenador. Y en el centro, como una imagen que uno quiere despejar pero no puede porque está fija, el corazón que acompañaba la frase “Aguante Sexto A”.

El día siguiente le pidió a la mamá que lo llevara unos minutos antes a la escuela. Que respetara el acuerdo de dejarlo en la esquina pero en lugar de a las 13:15 a las 13:00. Y corrió, revoleando la mochila hacia los costados y con los cordones desatados, corrió al aula con una adrenalina que jamás le había generado la primera hora de clase. Frenó su entrada envalentonada cuando vio que ya había algunas personas en el aula. Se detuvo y fue despacito hasta su pupitre que era siempre el mismo. Miró hacia los costados y una vez que se aseguró que nadie estuviera prestando atención buscó los textos de la mesa.

Durante esos segundos notó otra vez el movimiento en la panza que había sentido el día que la botellita casi se detuvo frente a él. No vio nada nuevo en el pupitre y resopló. Se desplomó en la silla y apoyó los codos sobre la mesa y ahí sí. Bien chiquito debajo de su “Amm cualquiera” leyó: “Jaja ¿Como andáss?”. Otra vez el movimiento en la panza como un retorcijón. Varios minutos se quedó mirando “Jaja ¿Cómo andás?” hasta que una voz, en un segundo plano, lo hizo volver al aula:

Ey ¿de que te reís, nene?- Lo increpó una de sus compañeras.

No me estoy riendo, tarada ¿Que flasheás?

Y para él no se estaba riendo. Se apuró a sentarse para que la interlocutora no viera la situación y tapó la conversación de lápiz y liquid sin apoyar la palma de la mano completa para no borrar.

Pasó la primera parte del día haciendo una barrera con el brazo entre Valentín, que era su compañero de banco, y él. Durante las dos horas que duró la clase de Historia leyó las cuatro líneas de charla mitad liquid mitad lápiz. Una y otra vez leyó las mismas palabras. La última línea era una pregunta que había que contestar. En el recreó volvió dos veces a custodiar su banco con la excusa de ir al aula a buscar su botella de agua. Lo miró de lejos sin tocar para no cambiar nada y chequeó si desde lejos se veía la charla.

La segunda parte del día se dispuso a pensar que responder y el pupitre de fórmica se le volvió una hoja en blanco. Y todo lo demás vacío. Solo el pupitre y él estaban ahí. Contó cuánto faltaba para terminar. Dos horas. Valentín estaba en otra haciendo bollitos con baba y pegándoselos al de adelante. Miró el reloj de nuevo y ahora faltaba una hora. Nunca se le había pasado tan rápido una clase de Lengua. Una hora era poco tiempo para una respuesta que tenía que ser perfecta. Valentín seguía con los bollitos que eran cada vez más grandes y babosos. Le dieron ganas de darle un manotazo y tirarlos todos al piso.

A las 16: 30 estaban en la recta final de la clase. Simón se apretó las dos sienes con las manos y se rascó la cabeza tanto que llamó la atención de su compañero. Puso rápido el brazo en el banco y los segundos que duró la conversación, la charla de la mesa quedó tapada. Sonó el timbre de salida y todavía no había un nuevo renglón. Nada era ni perfecto ni gracioso ni de piola para él que se quedó solo en el aula e invadido por un calor que le venía desde las extremidades. La maestra le pidió que saliera porque tenían que entrar a limpiar y él le rogó que le diera un segundo más alegando que había perdido una llave. Escribió “¿Bien y vos?” y salió tirando el lápiz en la mochila sin guardarlo.

Se pasó todo el viaje de vuelta con los brazos cruzados, tirado sobre la ventana del auto y envuelto hacia adentro pero esta vez sin cantimplora al por mayor ni la posibilidad de hablar con alguien más grande que le asegurara que todo estaría bien. A Bautista o Valentin no les hubiera pasado eso. Ellos habrían contestado rápido, sin dudar y mostrándoles a todo el resto lo clara que la tenían aunque no supieran quién estaba escribiendo en el turno mañana. Sintió alivio de no haberle contado a nadie sobre su incipiente amistad secreta.

El día después no fue quince minutos antes. Llegó arrastrando los pies porque todo volvía a ser aburrido y era su culpa, nada más que su culpa. Convencido de haber arruinado la charla entre lápiz y liquid se tiró en la silla sin saludar a nadie pero por las dudas miró.

Efectivamente no había ningún mensaje blanco en la mesa. Pensó en la botellita, que ahora le parecía más lejana aún ¿Cuándo daría su primer beso? Seguro que como a los quince, pensó y sacó los útiles de la mochila como si cada uno pesara lo mismo que un bloque de cemento.

Miró el reloj, faltaban tres horas cincuenta y cinco minutos para que terminara el día y ahí dejó los ojos un buen rato.

La maestra retomó lo visto en la clase anterior. No bien empezó la explicación, él se sostuvo la cabeza con una mano. Se sentía más pesado. Con la otra empezó a dibujar la mesa. Hizo lineas hasta llegar al primer diálogo de liquid paper que ya era para él algo arruinado y rayó sus renglones, los de lápiz. Fuerte los rayó. No atinó a mirar dos veces las otras líneas, las blancas. Se le generaba una puntada como arriba del estomago hacia adentro que lo hacía apretar los labios y cerrar los ojos. Que desaparezcan, pensaba. Un golpe en la puerta lo hizo volver a concentrarse en la clase. La voz de la maestra, en un segundo plano, ya no se escuchaba. En cambio sonaba una menos densa. Alguien que decía :“Hola seño, perdón que interrumpa. Me olvidé la cartuchera ¿puedo buscarla?”.

Era una chica de la edad de Simón que tenía una vincha lila, el pelo muy lacio hasta los hombros y el guardapolvo aún puesto. Simón asumió que pertenecía a sexto A ¿Conocería ella a su amistad desconocida de mesa? La maestra le respondió: “Si, Pili. ¿Querés que la busque yo?” Pero la chica se negó porque no recordaba si la había dejado en el pupitre y

pidió entrar. Cruzó por delante del pizarrón y caminó en dirección al pupitre de Simón que se incorporó, como los días anteriores, como cuando se le movía la panza y le daba calor desde afuera hacia adentro.

Simón la veía cada vez más cerca. Ya no estaba desplomado, ahora en cambio estaba quieto y derecho. La chica frenó. Al lado de él frenó. Lo miró y le preguntó si estaba su cartuchera abajo del banco. Simón no respondió ni se movió ni atinó a mirar. Inhaló más fuerte que de costumbre. “La cartuchera y el liquid paper” volvió a decir Pilar, que ahora tenía nombre

además de letra. Valentín, lo empujó y le dijo bajito “Te está hablando, tarado. Hacé algo”. Y él tragando muy fuerte y sin pestanear metió la mano, que ahora estaba temblorosa, debajo del pupitre hasta encontrar una cartuchera y al lado el liquid paper. Se lo dio y sin querer su dedo tocó la mano de ella que era una mano suavecita y a la vez eléctrica.

Otra vez la sensación de ser observado, como con las cantimploras, pero esta vez sin un adulto cerca que pudiera defenderlo pero no le importaba. Pensó que seguro todos sus compañeros se daban cuenta de los hoyitos que aparecieron de repente en la cara. Tampoco importaba. Pilar le agradeció con una sonrisa chiquita. Eso sí, nadie más podría haberla notado y caminó a la puerta. Cuando se fue desde la ventana le hizo chau con la mano y salió corriendo. Simón la siguió con los ojos y pensó que su pelo era el más lindo del mundo.

La maestra retomó el tema de la clase anterior. Su voz estaba de nuevo en un segundo plano, como de fondo. Pero ahora a Simón la cabeza, las manos, el reloj y las cantimploras al por mayor no le pesaban más.

Tan go pista

Tan go pista

TIEMPO DE LECTURA: 3 min.

Gerónimo Rivera Cano nos trae de vuelta las crónicas de un niño solo, una mirada alucinada de las cosas. En este caso tango y autopista.   

Se define por ser mal escritor todo quien arranca su escrito con una pregunta. Por eso ¿qué tiene que ver el tango con las autopistas? ¿Qué tiene que ver las autopistas con el aire? 

Aún peor es quien escribe preguntas sin dar respuestas. Los ojos necesitan certezas. La vista necesita un tacto claro, concreto, mucho concreto; mil bolsas de cemento en el pecho; arena en la garganta; agua en las fosas nasales y dos metros bajo tierra para las fosas sepulcrales. 

Fosas que también son basamento de algunas autopistas porteñas. Pero claro, estas no son cules no son reconocidas son rebeldes, subversivas. Las fosas. Las autopistas son del aire, todos los coches son del viento. 

Primera persona, es detestable la primera persona pero no sé cómo escribir esto si no es a través de ella. Y cuando digo ella no sé si me refiero a su nombre, a la noche, su figura, su desprecio por la carne o su olor. 

Tango. La melodía del tango que no lo imita ni lo adquiere porque lo guarda en su corpus sancti. Santo no. Pecador a medias. 

El elemento transformador ha logrado su cometido. Nos transformó en peores. Aún más mal nacidos que consentidos por madres. O abandonados por figuras paternas que a veces también caben el rol de madres. 

Madres siendo padres y padres siendo ausencias. Así es la familia de la que nace un Piazolla. Nos transformó en peores… 

Afirmar que ayer estábamos bien sería mentir, al menos ponían el guiñe al cambiar de carril. 

Hoy son perros callejeros quienes respetan las sendas peatonales. 

Astor ha visto autopistas. Pero ¿pugliese? Pugliese no. Y sin embargo él va al compás de la soledad selectiva. Seleccionada. Va con los autos que siguen junto a la primer persona  al curso de la autovía. 

Y entonces Astor con Osvaldo alguna vez han de cruzarse en carromatos a 130km/h yendo derecho o viniendo torcidos. Silbando. Creyendo ser dueños de su destino. Destino, no suerte. Ese hálito que inexpugnablemente embadurna nuestra presencia y nos regala a la ausencia del sentido. 

Aunque salga a hacer mandados un milico es un soldado. Un día nublado es soleado. Y las autopistas son exuberancias que plasman las fragancias leds de luces artificiales. Exuberancias de los noventa. 

Es mejor andar solo con los fantasmas. Solo y acompañado. Solo nunca. Solo “solo” solamente “solo” está el sol. Que ni siquiera “es”. Por eso “está”. El sol está solo. 

El tango y las autopistas entonces. La novedad y el dale que va. La música ligera de blancas noches y la música rutera del traqueteo sobre el riachuelo. La exuberante pontífica edificación con la exiberancia musicalidad que se logra solamente habiendo hecho una vez pecera en el baño del exilio. ¿Qué tienen que ver? 

Nada tienen que ver, pero como el sol, están. El tango y las autopistas no tienen nada que ver; en cambio vosotros lectores sí, tenemos mucho que ver, oír…

Gerónimo Rivera Cano

No sé mucho de mi persona. Huyo del “conócete a ti mismo”. Solo tengo por ofrecer un par de sienes ardientes: mi capital intelectual se basa en ser graduado en Ciencias Jurídicas, reseñar cosas, hacer notas de opinión, análisis y crónicas. Como sujeto narrante soy buen lector. Me prostituyo en las palabras. Formo parte del multimedio Trinchera, integro el equipo de CAPTO. Trabajo en un estudio jurídico y notarial. Nací y me crié en la ciudad de La Plata. No me gusta el helado. Maradoniano, sí, aunque se poco de futbol. Siempre de acá, el lado en donde reina el amor y la igualdad.

Las hamacas voladoras

Las hamacas voladoras

TIEMPO DE LECTURA: 3 min.

Las hamacas voladoras (1964, Falbo) es el primer libro de cuentos de Miguel Briante. Una voz que irrumpe en la literatura con una madurez pocas veces vista.

“Cambian los lectores, no los libros”. Quién dijo esto, años más tarde, alguna vez tuvo que escribir aquel libro que no cambiaría, aquella obra a la que las miradas atentas epocales volverían una y otra vez. 

Aquel joven escribió Las hamacas voladoras entre sus 15 y 21 años, con una rebelde precocidad. Rebeldía que no era torpe, no pecaba de inmadurez. El futuro no fue suyo, pero acometió contra la literatura aquél cross a la mandíbula pregonado por Roberto Arlt (en soledad, sin hacer mucho ruido), aquél escritor porteño que acorraló a los puristas de la letra, a los correctos. A quienes decían que escribo mal. Pero con una diferencia: el tono estaba puesto en otro lado.

Sorprende la madurez literaria de estos primeros escritos publicados. Pareciera que moldea un mundo ya existente, ya imaginado. Que, narrativa y estructuralmente, se acerca a la mesa de Borges y de Joyce, como un pendejo nostálgico por naturaleza de General Belgrano que agudiza la oreja como todo buen concurrente de Arispe. Y luego replica, pero siempre a su manera. Sutil. Un espectáculo hipnotizante pero no ampuloso. 

Como Bentos Márquez Sesmeao, bautizado Kincón por las voces del pueblo, quién a la hora de contar su historia padece un ataque de conciencia borgeano: “Ahora, que relato esto, sé dos verdades: sé que esta voz, estas palabras, estos gestos que son simples y perfectas repeticiones (esta explicación de mi voz, de mis palabras, de mis repeticiones), me han sido impuestos y es, de alguna manera, como si me hubieran sido prestadas.” También sabe que alguien lo está obligando a recordar, a bucear sobre su vida como frente a un psicoanalista. O como un bufón de circo. Y así, con sus limitaciones, se rebela contra el lenguaje, aquella herramienta que jamás le fue útil, porque ciertas palabras no encierran el significado cabal de las vivencias de aquellos personajes periféricos de las grandes historias. 

Porque aquel niño de Capitulo primero (cuento con el que abre el libro), enfurecido ante la poca claridad de su familia sobre la situación de su alcohólico padre, no es un Pip de Charles Dickens. Su mundo, o la parte que se nos muestra, son, en la pluma de Briante, las dos cuadras que hizo desde la casa hasta la vidriera del bar que le muestra a un padre humillado, rendido sobre una mesa cualquiera. Y ahí, en esa pintura, cabe el significado de la tristeza. 

Y esto nos puede dar un panorama de dónde está puesto el foco en estas historias. Al modo de Faulkner, y como bien dice Ricardo Piglia en un prólogo al segundo libro de cuentos de Briante, “Hombre en la orilla”, los relatos tienden al melodrama: buscan transmitir la emoción de la experiencia y no su sentido. Y la emoción no es clara, ni lógica. Con gran capacidad imaginativa, varios de sus cuentos nos pasean por laberintos. Nunca nos suelta la mano, pero tampoco nos va a mimar y a mostrarnos la salida. Lo que importa aquí es la forma, y cada uno de ellos tiene una marca de estilo singular, atrapante, acompañada de un ritmo narrativo cuasi musical, como sólo un gran contador de historias lo puede lograr. 

Luciano Montoya

Nació en Mar del Plata, en 1997. Actualmente reside en La Plata. Estudia la licenciatura y el profesorado en Música Popular en la UNLP. Conductor del programa de radio Plástico Cruel.

Versos como llave de nuestra casa

Versos como llave de nuestra casa

TIEMPO DE LECTURA: 4 min.

A 76 años de la Nakba, la catástrofe palestina que se perpetua hasta nuestro presente, les compartimos una selección de poemas palestinos.

Las tonalidades de la ira
de Rafeef Ziadah

Permítanme hablar en mi lengua árabe
antes de que también ocupen mi lenguaje.
Permítanme hablar en mi lengua materna
antes de que también colonicen su memoria.
Soy una mujer árabe de color
y nosotras venimos en todas los tonalidades
[de la ira.

Todo lo que mi abuelo siempre quiso hacer
fue levantarse al amanecer y observar a mi
abuela postrarse y rezar
en una aldea escondida entre Jaffa y Haifa.

Mi madre nació bajo un árbol de olivo
en un suelo que, dicen, ya no es mío;
pero yo cruzaré sus barreras, sus checkpoints,
sus locos muros de apartheid y volveré a mi hogar.

Soy una mujer árabe de color
y nosotras venimos en todas las tonalidades
[de la ira.

¿Escucharon gritar a mi hermana ayer,
mientras paría en un checkpoint
con soldados israelíes buscando entre sus piernas
la próxima amenaza demográfica?
llamó a su hija nacida, Jenin.¿Y escucharon gritar a alguien
«¡estamos retornando a Palestina!»
detrás de las rejas de la prisión,
mientras le tiraban gas lacrimógeno en la celda?
Soy una mujer árabe de color
y nosotras venimos en todas las tonalidades
[de la ira.

Pero me dices que esta mujer que hay dentro
[de mí
sólo te traerá tu próximo terrorista:
barbudo, armado, pañuelo en la cabeza, negrata.
¿tú me dices que yo mando mis hijos a morir?
pero esos son tus helicópteros,
tus F-16 en nuestro cielo.

Y hablemos un segundo de este asunto
[del terrorismo…
¿No fue la CIA la que mató a Allende
[y a Lumumba?
¿Y quién entrenó a Osama primero?
Mis abuelos no corrían en círculos, como
[payasos,
con capas y capuchas blancas en la cabeza linchando negros.

Soy una mujer árabe de color
y nosotras venimos en todas las tonalidades
[de la ira.
«¿Quién es esa mujer morena gritando en la manifestación?»
Perdón. ¿Debería no gritar?
¿olvidé de ser todos tus sueños orientalistas?
el genio de la botella, bailarina de la danza del vientre,
chica de un harén,
voz suave,
mujer árabe,
Sí, amo.
No, amo.
Gracias por los sándwich de manteca de maní
que nos tiras desde tus F-16, amo.

Sí, mis libertadores están aquí para matar
[a mis hijos
y llamarlos «daño colateral».
Soy una mujer árabe de color
y nosotras venimos en todas las tonalidades
[de la ira.
Así que déjame decirte que esta mujer que
[hay dentro de mí
sólo te traerá tu próxima rebelde.
Ella tendrá una piedra en una mano y una
[bandera palestina en la otra.

Soy una mujer árabe de color…
ten cuidado, ten cuidado,
De mi ira

La llamada de la tierra
Fadwa Tuqán

«¿Me han usurpado mi tierra?
¿Me han privado
[de mis derechos,
y me voy a quedar aquí, uncido al exilio,
[humillado y desnudo?
¿Me voy a quedar aquí a morir como un
[extraño en tierra extraña?
¿Me voy a quedar?
¿Y quién lo ha dicho?
Volveré a la tierra amada.

¡Por supuesto que volveré!
Y allí se cerrará el libro de mi vida.
Se apiadará de mí su tierra generosa
y dará cobijo a mis cenizas.

¡Regresaré, es necesario que vuelva!
¡Regresaré, comoquiera que sean mis desgracias!»
Más siguió desterrado, observando su tierra
y murmurando: «¡Es necesario que vuelva!»

Mientras, agachaba la cabeza en la tienda,
cerrando el alma a su oscuridad,
cerrando el pecho a su desgracia.
Pero seguía estando ahí, fija, esa idea,
zumbando febril y silenciosa,
hirviendo y ardiendo en su cabeza,
quemando, como el fuego, sus sentidos:
«¡Regresaré, es necesario que vuelva!»

La tierra se estrecha para nosotros
Samih Al-Qassem

Ve y róbate el último pedazo de mi tierra,
abandona mi cuerpo joven en mazmorras,
saquea mi herencia,
quema mis libros,
alimenta tus perros con mis peces,
ve y esparce tu red de espanto
sobre los techos de mi aldea,
enemigo del hombre,
no habrá tregua
y habré de pelear hasta el fin,
así apagues tus fuegos en mis ojos,
así me llenes de angustia,
así falsifiques mis monedas,
o cortes de raíz la sonrisa de mis hijos,
así levantes mil paredes,
y clavetees mis ojos humillados,
enemigo del hombre,
no habrá tregua
y habré de pelear hasta el fin.

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Habrá que matar a los perros

Habrá que matar a los perros

TIEMPO DE LECTURA: 22 min.

Un cuento que Miguel Briante escribió en 1968 y que es parte de Ley de juego, libro publicado en 1983.

Dentro de Ley de juego, este cuento es coyuntural, porque en el van a converger varios de los personajes que habitan este libro. Es el bálsamo que encuentra Briante dentro de este conjunto de cuentos, es la urbanización del campo y es la llanura comiéndose a la ciudad.


Habrá que matar a los perros

La Inglesa dijo que habrá que matar los perros, pero no sé. A la noche da lástima oírlos ladrar así, tan despacio, como si lloraran. Yo no dije nada. Total a este paso se van a comer entre ellos, cualquier noche. Pensar que cuando llegué estaban gordos, y daban miedo ladrando todos juntos, amontonados contra la casa. Y no me dejaban entender lo que decía la Inglesa, con el barullo. Claro, hace tres años era otra cosa. A la casa le duraba la pintura y hasta las tejas tenían otro color. Ni bien crucé la tranquera ya ladraron los perros y vi la casa, parecida a la de la estancia donde estuve antes, casi igual con esas casuarinas altas, las paredes blancas y las ventanas de oscuro. Para completar, los perros, que eran más, acá en La Martita, pero con el mismo ladrido desparejo y atropellados En aquel tiempo la Inglesa no me hacía acordar a la vieja Laver. Era alta, siempre, y andaba como estirada con esa ropa negra que usó los primeros meses. Porque yo llegué cuando ya se había muerto el marido. Dicen que fue así: una noche estaban juntos, charlando con un doctor del pueblo y unas visitas de la capital, que en ese tiempo venían muchas, según parece, y oyeron ladrar los perros. El Inglés salió solo, con la escopeta cargada. Julia me decía que antes de salir la Inglesa y él se miraron en forma rara, vaya a saber. La cosa que pasaron como diez minutos y el ladrido de los perros se fue cada vez más lejos. Y cuando oyeron el tiro el doctor dijo que le habría tirado a algún bicho, hasta que los perros empezaron a llorar. Yo llegué por esa época, hará cuatro años o tres o más. Cuando me despidieron en el circo me vine para este lado, porque al fin y al cabo de por acá había salido. Como diez años en la estancia de los Laver. Cuando pasó el circo me enganché y ahí anduve. Al principio amansaba caballos hasta que me caí. Cuando volví al pueblo ni lo conocía, de puro cambiado. Las calles con asfalto, el almacén más grande, varias tiendas nuevas y el parlante que sonaba a la mañana, desde las once hasta las doce y después toda la tarde. Y habían puesto esas argollas de fierro para atar los caballos en el cordón. Esa vez yo vine en tren. Me dijeron que en La Martita precisaban un casero y fui, porque ya no andaba para peón de campo. Uno sale unas cuadras del pueblo, para el lado del río, como veinte cuadras, y doblando ya empiezan las casuarinas y después empiezan los perros. Bueno, antes empezaban los perros, lo que es ahora. Y la casa era igual a la de la estancia si no fuera por la Inglesa. En la estancia yo traté con el capataz y hasta mucho tiempo no vi de cerca a la gente de la casa. Apenas a los muchachos y a las chicas, todos rubios, en caballos con monturas, cuando se arrimaban a verme marcar ovejas. Tenía fuerza en ese tiempo. A las ovejas las daba vuelta con una sola mano y cuando querían acordar ya ni se movían y todos daban vuelta la cabeza, de miedo, de lo pronto que yo metía las tijeras o les marcaba las orejas. Pero acá en La Martita yo tenía que cortar la leña y hacer lo que hiciera falta. Era poco, según me dijo la Inglesa cuando me presenté. Le dije que había trabajado con los Laver, que ella debía conocerlos. Era rubia y daba como miedo, la Inglesa. Los perros se habían callado, de golpe, y le lamían las botas o jugaban entre ellos. Eran como veinte, en ese tiempo. Yo debía andar barbudo, sucio, y tenían hasta razón de ladrarme. Dicen que si antes yo me hubiera presentado así a pedir trabajo, seguro que me echaban.

Yo no sé. Cuando dicen antes quieren decir antes que se matara el Inglés. El agujero se lo encontraron atrás, porque se metió el caño en la boca. Me contaron que el cura no quiso saber nada de que se lo llevaran a la iglesia, porque no había muerto en cristiano. La Inglesa nunca habla del marido. La verdá, lo que se dice hablar, habla poco. Apenas si comenta algo de los perros. Cuando llegué apenas si me dijo lo que había que hacer y que ya podía quedarme, si quería. La casita, como ahora; un poco más fresca, a lo mejor. Pero igual de vieja. Nunca pregunté quién estuvo antes. Yo uso una sola pieza y la cocina, apenas. En la otra pieza están las herramientas que en este último tiempo usé poco. Para qué, si la Inglesa ya ni se fijaba en los libustros que antes recortaba medio seguido. Al pasto ya lo cortaba bien poco, por los dolores que después no me dejan dormir. Los dolores y encima los perros, que lloran fuerte. De hambre, de qué va a ser. Pensar que cuando estaba en la estancia no me despertaban ni los gritos de los peones, que sabían joder hasta tarde, en ese galpón grande donde dormíamos. En los carros del circo dormía de un tirón, cuando íbamos de un pueblo al otro, por más desparejos que fueran los caminos. A la mañana, como a las cuatro, ya andaba despierto. Lo mismo cuando vine a La Martita. Era por el invierno, pero todavía era capaz de salir sin taparme, respirando fuerte. Calenté el agua y salí afuera, a buscar un tronco, cualquier lugar donde estarme tranquilo hasta que clareara. En la estancia, cuando me tocaba ordeñar, yo salía despacio y volvía igual, tranquilo, mojándome las alpargatas con el pasto, mientras aclaraba. Cuando llegué acá ya andaba más duro pero no era cosa de perder la costumbre. Tenía la pava y el mate en la mano y caminé para el lado de la casa, buscando el reparo. Y ahí me encontré a la Inglesa, de golpe. La vi de atrás y me paré en seco, para no molestarla. Tenía el pelo suelto y no se le notaba la edad, aunque ya debía andar por los cincuenta. Me hizo acordar de las muchachas que iban a la estancia, con esos pantalones. Flaca, estirada.

Estaba mirando el campo, como perdida, y también me acordé de la vieja Laver, porque una vez me la había topado de golpe en el parque de la estancia, claro que más de día. La vieja miraba para cualquier lado, con una rama en la mano, pero fue algo más raro. Cuando la Inglesa se dio vuelta las mechas le taparon la cara, tan blanca que se veía bien, aunque era de noche y apenas se veía el bulto de las plantas y al fondo el cielo que se iba limpiando de abajo, sin ganas. Di los buenos días y apenas contestó le estiré un mate, sin fijarme. Digo sin fijarme porque una vez, en la estancia, la vieja pasó cerca del galpón y yo cebé un mate pero me lo tomé solo, sin animarme. A lo mejor la Inglesa tardó en agarrarlo, pero no creo. Era medio rara para tomar. Chupaba de a poco, como si el agua estuviera hirviendo, y separaba la boca a cada rato y se quedaba mirando el campo, por encima mío. Después pasó siempre igual, cada vez que me levantaba. Mientras, me decía las cosas que había que hacer. Todos los días, hasta hace poco. A eso de las diez yo ensillaba la yegua. Era raro, porque el primer día que fui a la estancia yo no sabía para dónde agarrar, de tanto campo y tanto molino, y eso que había andado por muchos lugares iguales. Lo mismo con el circo. Primero era un lío de peones y trapecistas y jaulas, hasta después, cuando hasta la cara de la gente, en los pueblos, era igual. Con la Inglesa, no digo con la casa ni con Julia, pero con la Inglesa era como si ya viniese acostumbrado de antes. Siempre miraba el campo, como si no me esperara. Hablaba lo que hacía falta y cuando aclaraba del todo ya estaban ladrando los perros, del otro lado de la casa. Ella misma los iba a desatar y ahí andaba un rato, entre ese montón marrón y negro, que se le encimaba, puras colas y orejas y ladridos. Después se iba con la escopeta y los perros, por el campo, y volvía con alguna liebre, cuando mucho una perdiz. Dicen que antes salían juntos, ella y el Inglés, a cazar. Pero eso cuando el campo llegaba hasta el río. Ahora, del alambrado hasta el río hay un buen tirón. La casa está contra el lado del pueblo, donde están abriendo calles y pusieron esos carteles de remate. Cuando vine, ese monte de enfrente estaba de este lado del alambre, y era más espeso. Ahora están haciendo una de esas casas cuadradas, como las del pueblo. Me acuerdo en la estancia, antes de irme, cuando ya me habían pasado a la casa y me dolía el cuerpo de tanto andar agachado entre los canteros. Yo estaba trabajando cuando entra un auto y se baja uno de traje, como gerente de banco. Al rato sale don Manuel, uno de los hijos, y la vieja, con cara de haber llorado. Dijeron que habían tenido que estar varios días para convencerla, y que firmara. Al tiempo ya habían hecho el camino y para salir de la estancia desde las casas no había que hacer ni una legua. Raro, porque uno no necesitaba salir de a caballo. Lo podía llevar un sulqui hasta la tranquera y ahí nomás se tomaba el colectivo que pasaba para el pueblo dos veces por día. Por eso no me extraña cuando dicen que el Inglés empezó a andar mal apenas tuvo que vender esa parte donde hicieron el balneario nuevo. Empezó a emborracharse muy seguido, según dicen. Cuando yo empecé de payaso en el circo también me despedí de los leones y los demás bichos con una borrachera que a los dos días me duraba. Desde que me caí del caballo y no me funcionó bien la pierna que los cuidaba, y me conocían como a su madre, y por eso empezar de payaso me ponía contento pero no tanto. Casualmente el día que empecé me hablaron del Inglés. Era por Chascomús y yo con el mareo ni le tenía miedo al público. Hicimos dos o tres chistes y de repente, justo que me agacho para que me den un palo, lo veo al viejo Rojas, ahí cerca de la pista, riendosé con toda la cara y moviendo esos bigotes grandes, y se me da por gritarle. El viejo me conoció la voz y se metió a saludarme, como si tal cosa. La gente se rió igual, porque cuando uno tiene la cara pintada cualquier cosa que haga da risa y parece preparado. El otro payaso se quedó sin saber qué hacer, hasta que empezó a bailar por la otra punta, mientras nosotros nos abrazábamos. Nos juntamos después de la función y el viejo empezó a hablar del pueblo y dijo que a La Martita la había comprado un inglés que había venido hacía poco de Europa y que andaba a caballo como si tuviera un palo en el culo, de lo estirado, siempre al trote, paseando por el pueblo a la tardecita. Dijo que una vez se había peleado con uno, porque le había ofrecido comprarle una parte del campo, y que daba miedo verlo apuntar con la escopeta, serio, sin putear ni nada. Y también me contó de los perros, como treinta, y de la Inglesa, que bajaba las perdices apenas volaban. Cuando yo llegué, la Inglesa sabía ir al cementerio. Dicen que la tumba está al fondo, toda de mármol o algo así. Julia me contó que cuando lo enterraron llovía. Yo le conté a Julia de cuando la muerte del viejo Laver, que hubo que llevarlo a Buenos Aires. La vieja fue y volvió con nosotros en la camioneta, y fue la última vez que estuvo en la capital. Y después de eso empezaron las cosas más raras. Primero empezaron a venir seguido los hijos y daban órdenes que a la vieja no le gustaban. Traían caballos de raza o hacían voltear los árboles y a la vieja no le gustaba nada y nadie sabía a quién hacerle caso. Y una noche, antes de irme, la vi, como a las tres, con un camisón largo, por el parque, y después la vi casi todas las noches. Julia me decía que la Inglesa nunca hizo cosas tan raras y que cuando lo del marido ni lloró. La tarde antes de matarse habían vendido otra parte del campo, del río para acá. Julia dice que cuando se iban los compradores el Inglés los estuvo mirando desde la tranquera hasta que el coche dio vuelta, y lo mismo a uno que vino con unos papeles, al rato, a cobrar una cuenta. Esa noche la Inglesa se movió un poco cuando se oyeron los tiros, pero nada más. Y ni habló cuando los otros hicieron comentarios. Cuando lo trajeron al muerto ella salió afuera, llamando a un perro que no estaba con los demás y que no apareció ni muerto ni nada. Media hora llamándolo a los gritos mientras alguno salía para el pueblo y los otros preparaban al Inglés. Y Julia dice que la costumbre de levantarse temprano siempre la tuvo, pero que empezó a quedarse así, mirando nada más que el campo, después que tuvo que vender la parte del monte, cuando empezaron a voltear las casuarinas. Yo a Julia la encontré el primer día, a eso de las siete. Primero no me gustó, porque se quejaba mucho. Que no la dejaban dormir los perros, que esto y que el otro. Julia es culona, grandota. Tendría unos cuarenta y pico cuando llegué, hará cinco o seis años. Cuando le dije que había estado con los Laver ella dijo que había estado por la capital, no sé con qué familia. Pero cuando le dije del circo no dijo nada. Que yo debía conocer mucho, nada más. Después me dio el mate cocido, en la cocina grande, que en ese tiempo estaba lustrosa. De vez en cuando se sentía algún tiro, por el río. Julia me preguntó qué me había pasado en la pierna, que caminaba así, y yo le conté de la caída, cuando amansaba los caballos del circo, que de eso entré. Como a las diez sentimos los perros y apareció la Inglesa. Desató la yegua y se fue al pueblo, derecha en la montura pero firme, sin agarrarse como los muchachos de la estancia que eran puro miedo, y al trote se fue. Julia dijo que todas las mañanas se iba a visitar a los amigos, gente importante, que a veces iba a la tarde también y se juntaban las mujeres y jugaban a la canasta, o algo así. También dijo que el Inglés jugaba bastante y que por eso se mató. Que cuando ella vino la casa era otra. Había caballos y ovejas y peones y los sábados venía mucha gente, estancieros y hasta el intendente. Toda esa gente venía, dijo Julia, y que había que verla a la Inglesa, a lo último, cuando apenas enfilaba para la escalera y ya los otros sabían que tenía sueño y se empezaban a despedir. También dijo que después que se mató el Inglés ella se fue a trabajar a otro lado, como dos o tres meses, y que la Inglesa se quedó sola todo el tiempo, de noche y todo, nada más que con los perros, sin hacerle caso a los que decían que se fuera a vivir al pueblo y si no tenía miedo. Esta vez la Inglesa volvió como a las doce y después, por dos o tres años, fue siempre igual. Yo comía en la cocina, con Julia que se levantaba a cada rato, cuando sonaba la campanilla. La Inglesa comía sola, en esa mesa que yo alcancé a ver entera recién la otra noche, porque yo casi nunca entré a la casa. Al tiempo Julia empezó a venírseme a la hora de la siesta y la Inglesa ni se dio por enterada. Me iba gustando esa Julia porque no se la pasaba hablando de la patrona, como las de la estancia, que se creían que la siesta era para que uno se enterara de todo, siempre diciendo que la vieja estaba media loca, cada vez peor, y que don Manuel se había peleado con los hermanos porque traían mucha gente a la estancia, y que los nietos de la vieja eran inaguantables y ya no respetaban ni a la abuela, y qué sé yo, dele hablar. Será porque en ese tiempo me gustaba menos hablar. Julia le echaba toda la culpa al Inglés, que había dejado las deudas, que si no fuera que él se lo había jugado todo, con las ventas del campo habría para rato. Contó más cosas el día que le conté que había visto a la Inglesa en el pueblo, cuando fui por la pierna, a que me viera el doctor. Yo estaba por el pueblo y la veo a la Inglesa entrar a caballo. La gente la saludaba con respeto y entró a lo del rematador. Llegó a La Martita después que yo, a la hora de comer, y ni saludó. Mientras comíamos la campanilla apenas sonó dos veces. Julia dijo que desde que se había muerto el Inglés, cada vez que vendía una parte del campo la Inglesa metía unos papeles en una carpeta, unos recibos. El doctor me había dado un líquido, para frotarme, y Julia estaba pasándomelo por la pierna y por eso le conté que por la pierna tuve que venirme del circo: la pierna ya me dolía bastante, para andar, y me costaba tenerla derecha de rato en rato, como querían. Así que me olvidé y andaba todo el tiempo medio saltando, como ahora. Por eso me dijeron que si no podía mejor que dejara, porque la gente se daba cuenta que yo caminaba así por un defecto y no se reía. Es raro, porque Julia no se rió cuando se lo conté y en cambio se puso hasta más cariñosa, no sé. Pasábamos la siesta charlando, hasta que Julia empezó a hablar de irse, y se acordaba de la casa del pueblo donde había trabajado. Fue cuando corrieron más acá el alambrado que da al pueblo y empezaron a hachar más plantas y pusieron esos carteles. Cuando no quedó más que el campito donde está la casa, como ahora. Dice Julia que cuando la Inglesa llegó del pueblo lo primero que hizo fue abrir la carpeta y después tiró los recibos al fuego, uno por uno, y que parecía más aliviada. Hasta que se quedó con el último, con el que había traído, y después lo tiró medio como riéndose. Yo pensé que por lo menos no iban a seguir achicando el campito, pero Julia dijo que en seguida la Inglesa había abierto un cajón y había encontrado un papel más grande, y se había puesto seria de golpe, otra vez. Y al tiempo la Inglesa dejó de ir al pueblo y la comida alcanzaba cada vez menos. La Inglesa cruzaba el alambrado nuevo y se iba como siempre, a la mañana, con la escopeta y los perros. A veces se comía nada más que lo que cazaba y otras veces Julia iba al pueblo a comprar algo, porque a mí me dolía cada vez más la pierna. Un día la Inglesa volvió apenas había salido y después me enteré que le habían dicho que no podía seguir cazando afuera del campito. Estuvo como dos o tres días sin hacerse ver y nosotros comíamos lo que encontrábamos. Julia dijo que la Inglesa ni parecía pensar en mandarla al pueblo. Al otro día dijo que si por lo menos no estuvieran los perros sería distinto, porque la Inglesa les tiraba lo poco que había. Y me contó que una vez, cuando el Inglés estaba enfermo, justo una perra había parido y la Inglesa se lo pasaba atrás de la casa, dele cuidarla a la perra, y a la noche discutían y la Inglesa había dicho que a los perros los iban a matar recién cuando ella estuviera muerta, antes no. Julia decía que lo bueno del Inglés era que no le gustaban mucho los perros y siempre decía que molestaban. Yo me las arreglaba y conseguía alguna gallina, de noche, por el monte, y teníamos para unos días, con Julia. Entonces los perros empezaron a llorar cada vez más, hasta que ya no se aguantaban, y una noche no pudimos ni dormir. A la mañana la Inglesa se ensilló ella misma la yegua y salió para el pueblo y no volvió a comer. Julia se fue ese mismo día. Los perros lloraron más que nunca, esa siesta. Y empezó el frío, en la mitad del otoño, de golpe. Cuando la Inglesa volvió, el doctor Ferreyra y otro más venían con ella. Ellos dos, en auto. Desde mi pieza los vi andar por toda la casa, porque estaban abiertas las ventanas. El viento golpeaba los postigos, de cuando en cuando. Después, con la Inglesa, estuvieron por todo el terreno, entre los libustros, que estaban desparejos y crecidos. A la tardecita se fueron y la Inglesa me dijo que a la otra mañana ensillara la yegua. Al otro día, cuando volvió del pueblo, sacó carne de un paquete y dijo que me la hiciera. Fue con el paquete para el lado de los perros y cuando entró a la casa no tenía ni el papel en la mano. Esa tarde vino otra vez Ferreyra y me llamó. Dijo que tenía que tener todo bien cuidado y que ellos me iban a pagar. Nosotros le vamos a pagar, dijo. Al otro día trabajé mucho y a la noche además de la pierna me dolía todo el cuerpo. Menos mal que los perros ya no lloraban tanto y de rato en rato pude dormir. La Inglesa me daba la comida, esos días, y mientras cocinaba yo sentía comer a los perros, que se callaban por un rato. La Inglesa se iba poniendo cada vez más flaca, si se puede. Andaba callada, paseando por el terreno con el pelo suelto, sin mirar nada. Cada vez me hacía acordar más de la vieja Laver, sobre todo después que Rojas vino a visitarme y me contó que le habían dicho cómo estaba la vieja cuando en la estancia se empezaron a ir los peones y las sirvientas. Decían que los nietos se habían hecho dueños de todo en el tiempo en que yo andaba en el circo y que la vieja andaba desesperada, cada vez más loca, y nadie sabía cómo duraba tanto. Ya estaba todo limpio y cuando vino el doctor Ferreyra miró y me dio un poco de plata. A los dos días llegaron dos o tres mujeres y estuvieron limpiando la casa de arriba a abajo, y hasta vino un pintor, para el frente. Después, la otra tarde, cayeron todos. Como diez autos, todos llenos, con los médicos del pueblo y las señoras y los chicos. Los chicos corrieron y se metieron en todos lados, hasta que empezó a oscurecer y hacía frío. Ni los perros les daban miedo, y eso que ladraban fuerte. Yo me metí en la pieza y los oía. Prendieron las luces de afuera y todas las de adentro. Los vi comiendo. La cocina era puro ruido. La Inglesa andaba arriba, en su pieza. Estuvo un rato asomada a la ventana y después apagó la luz. Al rato vino el doctor Ferreyra y me dijo si era cierto que había sido payaso y que si podía entretener a los chicos. Yo todavía tengo uno de esos trajes en la valijita, junto con las pinturas que me dieron de recuerdo, así que no le iba a decir que no. Cuando entré, ni la Inglesa me debe haber conocido. Estaba todo lleno de luces y las señoras levantaban cosas de la mesa grande. Lo primero que vi, la escalera, con los chicos jugando en los escalones. Es grandísima, toda blanca, con las barandas llenas de firuletes. En los sillones estaban los médicos, con copitas o tacitas de café en la mano, y los chicos por todos lados. Yo entré forzando la pierna, para que no me conocieran. Me dolía bastante pero no era cosa de arruinar la fiesta, así que apenas Ferreyra me hizo el entre empecé a inventar, y caminaba derecho, sin doblar las rodillas, para que las dos piernas parecieran iguales. Menos mal que el doctor Ferreyra, con el barullo, no se dio cuenta, porque él fue el que me dijo que no la tenía que forzar. Los chicos se amontonaron y gritaban y querían tocarme y yo trataba de acordarme de todos los chistes que puede hacer un payaso solo. Por arriba de los chicos veía a la Inglesa. Estaba en un sillón, con un vestido largo, de raro, tan distinta de las demás señoras, casi todas más jóvenes y modernas. De vez en cuando se le acercaba alguno y hablaban un poco, pero apenas, y estaba casi todo el tiempo sola. Yo dale a los chistes y los chicos habían hecho una rueda y yo en el medio. Estaba contento. La pierna me dolía cada vez más pero los chicos empezaban a reírse fuerte y hasta los doctores se acercaban a mirarme. Cada tanto veía a la Inglesa. Le veía el pelo, que parecía todo blanco, desde donde yo estaba. Seguro que la vieja Laver tenía el pelo así, el día ese que se levantó como me contaba Rojas. Dice que un rato antes de morirse la vieja se levantó sola, aprovechando que no había ni un pariente, y llamó a algunos peones. Dice que estuvo como media hora paseando y mirando el parque mientras los peones esperaban. Caminó como media hora, la vieja, esa tarde, antes de morirse, y anduvo dirigiendo todo, seguro con el mismo camisón de antes, hasta que terminaron. Primero les hizo picar la cancha de polo, hasta que parecía un pisadero. Y seguro que la vieja tenía el pelo igual al que yo veía de la Inglesa, por arriba de todos. Empecé a tener calor. Todo era pura luz y los chicos golpeaban las manos y la pintura empezaba a derretirse y me tapaba los ojos. Ya me quería ir pero los chicos y el doctor Ferreyra y todos decían que siguiera. Ya no aguantaba el dolor en la pierna y se me terminaban los chistes. Corría a los chicos, cualquier cosa, y se reían. De golpe veo que la Inglesa se para y mira, sin reírse. Yo seguía haciendo muecas. Ella fue hasta la escalera, alta, tan rara con ese vestido hasta los tobillos. Iba seria y el único que parecía verla era yo. No sé por qué, pero me quedé quieto. La Inglesa estaba por el tercer o cuarto escalón. Justo, lloraron fuerte los perros. Los chicos se reían más despacio y yo sentí que Ferreyra decía algo de los perros. Estaba cerca de la Inglesa y le hablaba de los perros, le decía que por los chicos, que era peligroso. La Inglesa miró a todos y sin fijarse mucho en Ferreyra dijo que se iba a dormir, en voz alta. El doctor dijo que no estaban en el contrato y la Inglesa dijo algo como yo tampoco. Yo tampoco estoy en el contrato, dijo, o algo así. Y después dio las buenas noches. Pero nadie la oyó, porque nadie la miraba. Yo debo haber hecho alguna mueca rara, porque cuando la Inglesa empezó a subir todos se sonreían. Las mujeres, sobre todo, se reían bajito, mirándose. Los chicos pedían más pruebas. Yo apenas veía el vestido largo de la Inglesa, larguísimo, por la escalera. Pero quise hacer una pirueta, esa prueba de antes que da tanta risa, no sé por qué. Salté y la pierna dio un tirón fuerte y tuve que aflojar. Tuve que caminar dos o tres pasos como camino siempre y me toqué la cara, del dolor. Entonces los chicos se rieron en otra forma, de golpe, y empezaron a gritarme como me gritan a veces, en el pueblo. Me gritaban Torcido, el Torcido, como si estuvieran enojados, no sé. Cuando estaba saliendo, Ferreyra me dio una botella de vino, y cuando me la daba miré para arriba y ahí estaba la Inglesa, parada, con los brazos apretados contra el cuerpo. En la pieza me tomé toda la botella, para dormirme, porque los chicos seguían y los perros empezaron a llorar. Ni tiempo tuve de sacarme la ropa de payaso ni la pintura ni nada. A la mañana casi no podía levantarme, por la pierna, pero alcancé a ir hasta la casa. La Inglesa abrió la ventana, arriba, y me gritó. Dijo que habrá que matar los perros. Hará unos cuantos días de eso y yo casi no me puedo mover. En la entrada leí ese cartel nuevo, que clavaron en un poste. Dice “La Martita” y abajo “Asociación de Médicos Belgranenses”. Con el viento, el cartel se mueve, seguro, porque desde acá se oye el ruido. Como si no estuvieran los perros, hace rato. Desde la pieza veo una parte del terreno, y la casa. Nunca le dije a Julia que esto se parecía a la estancia. Sobre todo ahora, con ese viento y esos ruidos. Seguro que ahora la estancia más igual a esto no puede estar. Porque dice que después de la cancha de polo, la vieja les hizo meter pico a la de tenis y juntar el ladrillo y los postes en un carro. Ella daba todas las órdenes, la vieja Laver, y empezó a toser justo cuando ya habían tirado todo lo del carro en la pileta de natación. Y debe haber quedado todo como esto, así. Antes de la inundación el viejo Rojas vino a visitarme y me contó todo. También me dijo que Julia no está trabajando en ningún lado, que vive con un vasco, no sé quién. Era distinto cuando vine, hará seis o siete años. Hace varios días que no viene nadie y difícil que vengan porque ya empezó el invierno. Hace un rato me pareció que la Inglesa se asomaba al vidrio de la ventana, allá arriba. Pero yo no pude hacerle señas ni ver si ella hacía señas o qué hacía, porque la pierna me dio una puntada fuerte que me hizo retorcer. Cuando me di vuelta ya no estaba más, y ahora tampoco estoy seguro que fuera. La ventana está cerrada. Acá estoy con esta pierna y como estaqueado. Duro con este trajecito de payaso y toda la pintura que se me resecó en la cara. Ahora queda este viento y tengo cada vez más frío. Los perros lloran más que nunca. Alguno los tendrá que matar.

(1968)

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