La palabra que sana

La palabra que sana

TIEMPO DE LECTURA: 4 min.

El poder de ejercer el lenguaje. De eso habla Liliana Bodoc cuando habla, cuando escribe, cuando la leemos.

Siempre en presente -habla, escribe, piensa, comparte- porque Liliana sigue viva en cada palabra, en la Literatura, en cada página de sus libros, en cada poema que leemos, aunque ella no lo haya escrito porque Liliana sigue viva en la palabra.

 “Cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa” dice Pizarnik en su poesía y resulta imposible no emparentar esta idea a las ideas que propuso Bodoc: la palabra es poder, poder de decir, de crear, de accionar, el poder de cambiar el mundo y recrearlo siempre desde el amor. La palabra siempre será una herramienta y mucho más que eso. Se convierte en una creación constante del mundo que queremos, nosotros somos palabras. La Literatura en tiempos de oprobio es un -pequeño- libro que recopila algunas charlas, conferencias, que brindó Liliana Bodoc en diferentes escenarios. En todos ellos, Liliana tomó la palabra para hablar de la creación poética, de la palabra cotidiana, de la palabra como arma de transformación y, sobre todo, la dimensión política que tiene cada una de las palabras que elegimos. Con la palabra erigimos al mundo y Liliana reflexiona sobre ese poder: “Decidir el lenguaje es decidir lo que somos y lo que hacemos”

La literatura en tiempos de oprobio -editado por Letra Sudaca Ediciones y Jitanjáfora– es una recopilación de tres conferencias que brindó la autora y una entrevista que le realizó Julián Fiscina. Aunque Liliana Bodoc ya no esté entre nosotros quedan sus reflexiones poéticas y siempre actuales ¿Cuál es la dimensión política de la palabra? ¿Cuál es su dimensión poética? Somos palabras y cada una de ellas implica una decisión, la palabra es elección, es creación y posicionamiento. No existe la palabra apolítica, ni los pronombres son apolíticos, si estamos nombrándonos, si estamos nombrando al otro. 

Si la palabra es política, Bodoc no deja de lado el rol que cumplen los escritores en tiempos de oprobio ¿Cuál es el lugar de la Literatura en época de crisis? ¿Se puede hablar de la belleza de los arboles mientras el hambre germina en la panza de la gente? Y solo Liliana puede responder poética y políticamente a una pregunta así. Si la palabra es pisoteada, si la educación es vapuleada “¿Debe la Literatura erguirse en defensa de la palabra atropellada? ¿Y quién si no?”

“Allí donde dice Lengua y Literatura, tendríamos que encender un fuego, bailar, jugar, estremecernos, honrar la equivocación, porque de ese modo se hizo y se hace el lenguaje.”

En estas conferencias, Liliana reflexiona el rol que tiene el lenguaje que ejercemos cotidianamente y le quita el lugar automatizado en el que lo hemos encasillado de forma inconsciente. Debemos, propone Bodoc, sacar la palabra, pensarla y traspasarla. Si nosotros no pensamos la palabra, el lenguaje y su dimensión política- poética será el pensamiento hegemónico quien hable por nosotros. En este pequeño libro, Liliana se convierte de palabra oral a palabra escrita para que reflexionemos juntos sobre la cotidianeidad de la palabra que nos envuelve, que nos crea y que creamos, esa palabra que construye muros y que los derriba al mismo tiempo, nos invita a reflexionar sobre la poesía que hacemos, la poesía que somos.

Le llamo poesía, le llamamos, a la plumada hilera de ladrillos, a la sopa fragante, al cuaderno de puntas estropeadas.

Le llamo, le llamamos poesía a la espalda doblada de los viejos transformadas en signos de pregunta.

No importa si nos sobra endecasílabo o si nos falta rima, le llamamos estrofa a todo lo que canta.

Le llamamos metáfora al sudor, a la nuca dolida, al día que demora, a los huesos de Carlos Fuentealba.

Nosotros que tendemos las palabras al sol como la ropa blanca llamamos poesía al día que nos toca.

Nos hacemos poetas entre ayer y mañana

En tiempos de oprobio es necesario volver a la palabra, volver a la literatura, volver a Bodoc.

 

Lau Uhrig

Trabajadora, estudiante y lectora de Literatura. Docente de Lengua y Literatura en escuelas secundarias de La Matanza. Estudiante de Lic. en Lengua y Literatura (UnLaM). Siempre caminando por La Matanza


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Pin punk de ideas

Pin punk de ideas

TIEMPO DE LECTURA: 3 min.

Gerónimo Rivera Cano nos trae su Crónica de niño solo, ha menester de la ciudad.

No creo que haya sido buena idea viajar a la peluquería reproduciendo una playlist que contiene Buzzcocks, pasando de Television, rozando PIL atravesando a Morrissey  -solista- y llegando a base cuando suena Tubeway Army. 

Conjeturo, hago puras conjeturas. De eso se trata: de aburrirse, gozar del aburrimiento, mirar por la ventana del apartamento al gato negro de la vecina quien devuelve la mirada como el mismísimo abismo y decir, wow estoy aburrido qué puedo hacer. Cortarme el pelo yo, porque si levanto un ruedo soy también gran peluquero o caso contrario tomar el auto ponerlo en movimiento y en los semáforos en rojo ir escribiendo. 

No hay una sino dos; así que fui en orden. 

Me impresiona como Shelley logra antes de los Ramones ese sonido Ramonero y Britanian. 1979 masomenos, si la memoria no me juega mala pasada. Canciones anti tonales con letras áridas y pegajosas. No porque te queden grabadas al tararear sino porque te cagan a piñas sin que te des cuenta. ¿Sangra?  si, sangra. Entonces te pegó y no hay vuelta atrás. La verdad es que su mecanismo es súper útil: es tu mejilla lo que varía es la piña. La realidad por la de un borracho punketa. 

Si tan solo, esta crew de jovencitos cuyas papilas gustativas saben a precarización laboral hubieran conocido a los 2 minutos. Creo que se habrían asustado. Los 2 minutos, al igual que los Fall Patti o Dylan,  son hijos emancipados. 

No hicieron todo para que papá los raje de casa. Se fueron ellos.  

En el medio del camino el sol pega de frente. ¿Y si el movimiento Punk fue (qué ES punk?) (si alguna vez se fue punk) un enviado del poder para satisfacer a ese niño burgués que todos llevamos dentro y está en constante búsqueda de hacer una revolución; ¿y se muere de ganas por romper todo, pero no rompe nada sino lo canaliza escuchando un disco, yendo a un recital, chupando hasta perder los dientes en la vida de una noche?

Apresuro a decir que por eso muere. No por hacerlo sino por “las ganas de…”. Se muere antes de hacerlo. ¿Toma la fácil? 

Estamos hablando de contextos políticos. No de relaciones amorosas. 

Aunque si no sabemos manejar las relaciones amorosas. Poner límites allí. Domesticar a borcegazos nuestra mentalidad, difícilmente podremos estructurar al punkismo como movimiento que vaya más allá de un corte de pelo, de un disco o de la mancha en el pavimento souvenir de la resaca. 

Y termine siendo la situación decadente que habremos visto varias veces. Si es juventud pido jubilación anticipada. 

Después tenemos a Lyndon. Eso es otro tema. Por ahora… Viva el Punkronismo siempre como potencialidad. Punks de centeno. O harina integral. Conjeturas me digo, puras conjeturas.

 

Gerónimo Rivera Cano

No sé mucho de mi persona. Huyo del “conócete a ti mismo”. Solo tengo por ofrecer un par de sienes ardientes: mi capital intelectual se basa en ser graduado en Ciencias Jurídicas, reseñar cosas, hacer notas de opinión, análisis y crónicas. Como sujeto narrante soy buen lector. Me prostituyo en las palabras. Formo parte del multimedio Trinchera, integro el equipo de CAPTO. Trabajo en un estudio jurídico y notarial. Nací y me crié en la ciudad de La Plata. No me gusta el helado. Maradoniano, sí, aunque se poco de futbol. Siempre de acá, el lado en donde reina el amor y la igualdad


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Y en la templanza paciencia

Y en la templanza paciencia

TIEMPO DE LECTURA: 4 min.

Juan Fernández Marauda trae un relato breve, un cuento que deambula entre lo olvidado, lo triste y lo muerto.

Hache

I

Encontraron al chileno merodeando cerca del pueblo, en la zona de chacras. Había robado y acogotado una gallina y se la estaba comiendo a la vera del río. Era medio indio, oscuro, con el pelo lacio y los ojos apretados. Comía con las manos, desesperado, todo manchado de sangre y grasa. Lo agarraron por sorpresa. Después descubrieron que tenía un pedido de captura por varios crímenes en el territorio, que venía bajando desde la cordillera y que había que subirlo al vapor que iba a Buenos Aires para que lo guardaran ahí o lo mandaran de vuelta a Chile. Estaba sucio y no quería hablar, el indio. Solo gritaba que lo suelten. Y mordía.

II

Lo tuvieron dos días encerrado en una despensa hasta que se decidió que iban a escoltarlo hasta el puerto. Se reunieron a la noche, en el vestry de la capilla. Aaron Jenkins se ofreció a llevarlo y avisaron por telégrafo a Buenos Aires. Todavía no había empezado el invierno, pero ya se sentía fuerte en el valle. Esa mañana, los charcos y las zanjas juntaban escarcha y una fina capa de hielo que todavía aguantaba un rato incluso después de que la tierra hubiese absorbido el agua. Jenkins iba a caballo y el indio a pie, suelto. Jenkins era chacarero y cazador, viudo y vuelto a cazar, padre de algunos hijos vivos y otros tantos hijos muertos de fiebre en el corazón del valle. Hace algunos años había encontrado en el monte los huesos de un chico que desapareció apenas desembarcaron. Los juntó y los trajo al pueblo para enterrarlos. Era un hombre confiado, entregado a los designios divinos, que no le ató las manos al indio para el viaje. Iba tarareando una canción en galés.

III

En una vuelta del camino, el indio dejó que Aaron se adelantara unos metros y de un salto le arrebató el cuchillo que llevaba cruzado en el cinturón. La funda de cuero quedó tirada en la tierra y después, cuando salieron a buscarlo, la encontraron entre los yuyos que enmarcaban la senda. Aaron no llegó a darse vuelta. Apenas gritó ¡Oi! El indio le hundió el cuchillo en la espalda, abajo del omóplato derecho. Después lo sacó y lo hundió de vuelta, un poco más al costado, arriba de la cintura. Y lo sacó y lo hundió de vuelta. Y lo sacó y lo hundió de vuelta. Y lo sacó y Aaron se cayó del caballo y ni bien tocó el suelo el indio hundió el cuchillo otra vez y enseguida de nuevo, del otro lado. Y lo sacó y lo hundió arriba, cerca del cuello. Y lo sacó y lo hundió de nuevo mientras el galés intentaba darse vuelta para parar el cuchillo con las manos. No pudo, entonces el indio sacó el cuchillo y lo hundió de vuelta, bien en el centro de la espalda. La hoja dio contra la columna y la rodeó. El indio sacó el cuchillo y lo hundió de vuelta. Y lo sacó y lo hundió de vuelta. Y lo sacó y lo hundió de vuelta. Y lo sacó y lo hundió de vuelta. Aaron Jenkins era grande y todavía le quedaban fuerzas para tratar de alejarse y se arrastró como pudo por la tierra fría, con el indio encima, con una pierna de cada lado de su cuerpo. El indio sacó el cuchillo y lo hundió de vuelta, de costado, lo retorció, lo sacó y lo hundió de vuelta. Cuando volvió a sacar el cuchillo el cuerpo se desinfló y cuando volvió a hundirlo sintió como golpeaba tierra del otro lado.

IV

El indio se llevó el facón y el caballo, que casi no se movió y parecía que lo esperaba abajo de un sauce llorón. Las ramas flojas se llovían sobre el lomo del animal y lo acariciaban. Más adelante y más atrás había gente, así que el sendero no era una opción. El indio encaró entre los árboles, lento, apartando con un brazo las ramas del camino.

V

La siguiente vez que encontraron al chileno estaba durmiendo abajo de un mimbre, bien profundo en el valle. Era muy tarde cuando se despertó, ya tenía los cañones de varios rifles encima y una bala adentro. Sentía la pólvora en el paladar. Los chacareros gritaron en galés y enseguida tiraron todos, demasiadas veces. Llevaban varios días buscándolo, estaban enardecidos. Recorrían la zona hablando de la cola del diablo y el puño justo de dios. Cuando pudieron, avisaron a Buenos Aires que ya no iba a llegar nada. Al indio lo enterraron ahí nomás, dónde no llegó a levantarse, para no tener que verlo pudrirse. También sacrificaron al caballo que se fue con él. Para Aaron Jenkins levantaron un monolito cerca de la capilla, en Glyn Du.

 

Juan Fernández Marauda

Nació en Lanús, en 1988, pero creció en el Valle Inferior del Río Chubut. Trabaja en el cruce entre salud mental y escritura en un hospital de día. Es escritor, editor, librero y coordina el taller de escritura PULP! en la ciudad de La Plata. El puente de las brujas, su primera novela, fue publicada por EME en 2020, Esplín Tropical (México) en 2022 y la Dirección del fuego por EME en 2023


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¿Te fijaste cómo está la tierra?

¿Te fijaste cómo está la tierra?

TIEMPO DE LECTURA: 3 min.

Llovió toda la noche, justo después de cerrar la fosa. God Bless The Grass. Para ese piso que pisamos tambien vivimos. Y servimos. Las Cronicas de un niño solo, una mirada del otro lado del mundo. 

Llovió toda la noche, justo después de cerrar la fosa. God Bless The Grass. Para ese piso que pisamos tambien vivimos. Y servimos. 

La tierra víctima de remosion evoca escenas de película. Somos el resultado de las imagenes contruidas, las que recreamos, las que por sernos fijadas, representamos. El condimento del día gris, la lluvia, los pinos húmedos, el bosque. Verdadero combo loco para cualquier cuerpo si le agregamos a este inverosímil encuentro la brisa fría del mar y la presencia de alguna lechuza. 

El ambiente da lugar a admitir algo. La grandeza de la muerte y esa belleza anecdótica del respiro final. La potencia hecha acto. Nada desborda. Nada sobra. Nada falta. No hay más que ese salirse. Y pesa. Es un brutal momento de existencia. Es un brutal peso de cemento. Es pasión. Nirvana. Sopor. Y algo bendice el piso. 

No un abrazo sino la acción de extender los brazos. En concreto. Ese momento. Existencia indisoluble. Creo que no habrá otro lapso mayor de existencia. Cúspide. 

La creencia opinologa dicta que lo duro es el recuerdo y que la trascendencia es bla bla bla. Pero siempre un pero, Doña muerte mezcla cal arena agua y embadurna todo de manera gigantesca. Una bolsa de cemento sobre el pecho. Su presencia es un secreto a voces. Las pastillas son de ayuda. Médicos, consuelo. Hospitales, ermita donde descansan las fes hechas pedazos. Las frases, tés con miel. 

Farmacia abierta las 24 hs. Que bonita la existencia de mañana. 

Este contento narrativo sin hilo pero intentando ser filoso también es un rivotril linguístico. Consuelo de bobo. Tan cagón como él, que en vez de abrazar a su esposa -que llora en silencio- se va a cambiar el pantalón. Pelotudo. 

En el mientras, solventándose del éter, experiencias que ahora son recuerdo y brillan bajo otro sol. El mundo no se hace de experiencias. El mundo se hace, deshace y hará bajo el manto de tierra donde sirve de alimento (real) la carne. 

Manto, montículo, parcela que imita a la frisa de la cama. Engaña, busca ser olvido. Aunque amenace ser eterno presente cuando habita la pregunta al unísona, 

¿Te fijaste 

cómo está 

la tierra? 

y la tierra está tan ausente como un espacio vacío. el único espacio libre de atolladero material. Vacío. No silente sino vacío. Allen Zimmerman cantaba gangosamente que la muerte no es el final. Y claro, tenía razón. 

Entender como suprarrealismo lo siguiente: la excepción es levantarse y respirar, lo eterno es un secreto que sabremos de seguro pero nunca podremos comunicar. La hago mas clara, no construyamos tanto que ahi viene el mar crecido embravecido y su marejada. 

 

Gerónimo Rivera Cano

No sé mucho de mi persona. Huyo del “conócete a ti mismo”. Solo tengo por ofrecer un par de sienes ardientes: mi capital intelectual se basa en ser graduado en Ciencias Jurídicas, reseñar cosas, hacer notas de opinión, análisis y crónicas. Como sujeto narrante soy buen lector. Me prostituyo en las palabras. Formo parte del multimedio Trinchera, integro el equipo de CAPTO. Trabajo en un estudio jurídico y notarial. Nací y me crié en la ciudad de La Plata. No me gusta el helado. Maradoniano, sí, aunque se poco de futbol. Siempre de acá, el lado en donde reina el amor y la igualdad


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Carta para no llorar

Carta para no llorar

TIEMPO DE LECTURA: 4 min.

“Faltas” (2024) de Cecilia Gentili es un libro lleno de dolor, pero al mismo tiempo lleno de esperanza. Cecilia, a través de sus cartas, habla. Y ese hablar se convierte en identidad.

¿Qué es lo que hace falta para ser, simplemente ser? En un mundo lleno de crueldad, violencia, de miradas lascivas, ser, diferente, pero ser. ¿Qué es lo que hace falta para que los demás lastimen, ignoren o señalen con la mirada que en realidad no ve? Simplemente ser, existir, querer vivir, estar rodeada de “Faltas”. El padre que falta, el amor que falta, la amistad que falta, el dolor que sobra. Eso es este libro de Cecilia Gentili: un recuento de faltas en la vida de una niña que nació niño y nadie -o casi nadie- quiso comprender esa simpleza de querer ser. 

“Faltas” es un libro que entremezcla autobiografía con el género epistolar, la realidad que quisiéramos que fuese ficción. Pero no. Todo el dolor, en el cuerpo, en el ánima, todo es realidad. En este libro se compilan diferentes cartas que Cecilia les escribió a ellas. Les escribió a diferentes mujeres que rodearon su infancia, su adolescencia, a ellas las culpó, pero también les agradeció por cada acto que le permitió existir. Cartas a esas personas que no la violaron, que no la lastimaron, que la acompañaron. Cartas a esas personas que no supieron -o no quisieron- ver el dolor que rodeaba a esa niña que fue, que es y será. Cartas que desenmascaran el poder de la palabra en la mente de una niña pequeña, cartas que evidencian la violencia, las conductas de esos hombres y mujeres que quisieron marcarla a sangre y fuego. 

“Quería, por supuesto, decirles que no era un chico; quería decirles que era una chica, pero sabía que nada saldría de esa respuesta.”

Cecilia escribe sin pausa, grita en cada palabra y deja escapar su pasado, ese pasado en el pequeño pueblo de Gálvez en la provincia de Santa Fe. Ese pasado que la llevó hasta un país lejano a seguir siendo, siempre siendo. Ocho cartas componen este libro, ocho cartas que denuncian: las violaciones, el señalamiento, los adultos que guardaron silencio, las madres cargadas de pastillas, los padres que fueron ausencia, la amistad que se convirtió en olvido. Cartas que narran de forma descarnada, con una prosa brutal, lo que vive una niña trans en un pueblo pequeño, cargado de tradiciones e hipocresía. Un pueblo del que solo se podía huir. Un pueblo de los años setenta, ochenta en el que elegir quién ser no era una opción. 

Cecilia Gentili nació y creció en el pequeño pueblo de Gálvez. Un pueblo que se convirtió en su propio infierno. En el infierno de una infancia que se encargaron de romper, poco a poco, pero que no pudieron extinguir. Cecilia creció y se fue a buscar su propio paraíso en tierras lejanas, allá por el norte del continente. Nació, creció y se fue a construir su propio hogar siendo Cecilia, siempre Cecilia. En ese Norte encontró el suyo y ayudó a otros y otras a encontrar su propio refugio. La historia de Cecilia se convierte en la historia de muchas otras, de muchos otros, por eso Cecilia crea refugio en la militancia por los derechos de las personas trans. Sigue creando refugio a través de la palabra porque -aunque ya no esté físicamente- dejó un legado, una historia, un mensaje y una denuncia en este libro. Un libro cargado de oscuridad y dolor, un libro cargado de palabras que disparan contra aquellos que lastimaron su cuerpo, su mente, disparos que evidencian que sigue ocurriendo, que, en algún lugar del planeta, en una pequeña ciudad, en un gran pueblo, hay una infancia que necesita ser y crecer con amor. Sin manos oscuras alrededor, sin miradas malignas que sigan sus pasos, simplemente amor. 

“Me llevo el poder de decir en voz alta lo que pasó. Este poder es mío y nada más que mío, y me lo quedo para siempre”

 

Lau Uhrig

Trabajadora, estudiante y lectora de Literatura. Docente de Lengua y Literatura en escuelas secundarias de La Matanza. Estudiante de Lic. en Lengua y Literatura (UnLaM). Siempre caminando por La Matanza


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Puig, Derrida y la maldición eterna por no encontrar una lengua

Puig, Derrida y la maldición eterna por no encontrar una lengua

TIEMPO DE LECTURA: 8 min.

Ilustración de Ciro Marcovecchio

Manuel Puig y todas las lenguas posibles. Pedro Jalid nos lleva a un recorrido sobre el sentido del lenguaje abordando una de las novelas de nuestro autor del mes, Maldición eterna a quien lea estas páginas y la figura de Derrida. 

Derrida en “El monolinguismo del otro”, Manuel Puig a lo largo de su vida, y Ramírez, uno de los personajes principales de “Maldición eterna a quien lea estas páginas”, muestran o son parte del mismo problema: la imposibilidad de apropiarse de una lengua; más precisamente, de su lengua madre o de aquella que debería serlo.

Jacques Derrida, uno de los principales filósofos asociados al postestructuralismo, es autor de decenas de libros en donde, de manera magistral, aborda un aspecto teórico de enorme profundidad, a partir de una experiencia personal. Esto lo hace, por ejemplo,  en El monolinguismo del otro, un libro escrito en el año 1996 en el cual el autor busca responder a la pregunta acerca de si su lengua es la lengua francesa. Podría parecernos una pregunta ingenua; sin embargo, su pregunta es una pregunta política: Derrida nace en Argelia, sus padres son judíos. Por supuesto que sabemos que en su casa, como en la de cualquier otro ciudadano francés, se hablaba la lengua nacional, pero con un acento inconfundible que lo colocaba, automáticamente, en la periferia de la nación. La conclusión, triste y profunda, a la que llega Derrida es: «No tengo más que una lengua y esta no es la mía». 

¿Por qué no es su lengua? En primer lugar, es una lengua dada, una lengua heredada que acoge al hablante y precisamente por eso no se la puede apropiar. Aunque la hable, no es suya, nunca será del todo suya. En segundo lugar, habla francés porque las circunstancias han tachado el hebreo, su posible lengua materna, y el árabe, la lengua del lugar, es decir, la lengua natural. Así que el francés no es una lengua propia, porque le ha sido dada; tampoco su lengua materna, que debería haber sido el hebreo; ni siquiera su lengua natural, ya que los lugareños hablan árabe. ¿Podría considerarla suya?

El texto está escrito en forma de diálogo y su interlocutor lo interpela “Dices lo imposible. Quien habla, el sujeto de la enunciación, tú, claro que sí, el sujeto de la lengua francesa: lo vemos hacer lo contrario de lo que dice. Es como si mintieras y, en el mismo aliento, confesaras la mentira. La mentira queda desmentida por el hecho de lo que hace, por el acto de lenguaje: “contradicción performativa”. Usted alega que el francés siempre le pareció una lengua extranjera. Si fuera cierto, ni siquiera sabría cómo decirlo, no podría decirlo tan bien.”

El problema con la lengua que Derrida tiene se vincula con la apropiación de la misma, y eso es lo que su interlocutor no percibe. “Nuestra cuestión es siempre la identidad. Ser franco-magrebí no es una riqueza de identidades, atributos o nombres. Antes bien, delataría un trastorno de identidad. Para presentarme como franco-magrebí hice alusión a la ciudadanía. La ciudadanía no define una participación cultural, lingüística o histórica en general. No engloba todas esas pertenencias. Pero no es sin embargo un predicado superficial que flota en la superficie de la experiencia. Sobre todo cuando esta ciudadanía es precaria, reciente, amenazada, más artificial que nunca. Con otros, yo perdí por varios años la ciudadanía francesa sin tener otra. Ni la más mínima.”

El monolingüismo del otro sería, en primer lugar, esa soberanía, esa ley llegada de otra parte, sin duda, pero también y en principio la lengua misma de la ley. Y la Ley como Lengua. La experiencia sería aparentemente autónoma, porque debo hablar esa ley y adueñarme de ella para entenderla como si me la diera a mí mismo, pero sigue siendo necesariamente heterónoma.

El monolingüismo del otro, por último, quiere decir además otra cosa: que de todas maneras no se habla más que una lengua, la cual nunca se posee. Nunca se habla más que una lengua y esta, al volver siempre al otro, es, disimétricamente, del otro, el otro la guarda. Venida del otro, permanece en el otro, vuelve al otro.

Manuel Puig, poliglota desde siempre, no es el turista millonario que va de una lengua a otra, sino un desposeído que supo no ser el dueño de la lengua en que se expresaba. Puig desde niño rechaza la realidad de General Villegas en la que vive: una realidad machista, vacía, sin novedad. “Mi lengua, el argentino, era la lengua del subdesarrollo, del western local. El argentino estaba teñido de pampa y machismo.”

Ante este panorama, Manuel Puig encuentra en el cine una posibilidad de evasión, y con él también habrá idiomas que acompañen tal evasión: el francés, el inglés y el italiano. No puede pensar la realidad que ve en las películas desde el idioma propio, por lo tanto, se encuentra con que su lengua madre no es suya, no le sirve, no le alcanza. 

Así, Manuel Puig viaja a Europa y empieza a escribir sus primeros guiones, en inglés. Pero tampoco encuentra allí su lengua: no era bilingüe y su inglés estaba lleno de faltas, por lo que los amigos le recomiendan escribir en su idioma. Viaja a España y su conflicto con el idioma, lejos de resolverse, se recrudece aún más. “Me sorprendió mucho el manejo de la lengua, la manera de hablar. Esta gente tiene un idioma, ¿y yo? ¿mi español qué es? Nunca lo había aceptado porque era el lenguaje de los problemas, de la realidad que me oprimía. El inglés no era mi idioma como yo hubiese querido. Ese viaje me hizo tocar fondo y decir yo no tengo idioma.” Puig sufre, entonces, por un lado, un proceso similar al de Derrida y la angustia por la lengua que nos es traída. Al fin y al cabo, en Argentina también se habla una lengua que no es nuestra y Puig lo descubrió al llegar a España, cuando pudo ver las capacidades que el español tenía. Poco después, por lo tanto, hace su primer intento por escribir algo en español. Surgen así las treinta páginas de banalidades.

La noción de extraterritorialidad lingüística, indisociable a la del exilio, corre el riesgo de situarlo por fuera de una lengua y un espacio, cuando en realidad lo que hace es atravesarlos y ponerlos en crisis. No posee una lengua a la que volver porque no establece una relación de propiedad con las lenguas, sino que las experimenta en una amalgama indiscernible entre experiencia y voz. 

Maldición eterna a quien lea estas páginas es la sexta novela escrita y publicada por Manuel Puig. Obligado a exiliarse ante amenazas recibidas durante 1975 por la Triple A, Puig vive en Estados Unidos y la lengua vuelve a dolerle. Todo ese dolor, lo llevará a la novela. Allí, la pirueta de traducción no es otra que la escritura misma de la novela. Trabajó en dos versiones al mismo tiempo (en inglés y en español), y es la novela que, indudablemente, exhibe de forma más cruda el “asunto del idioma” que recorre su producción desde los primeros textos. 

Según las críticas elaboradas al respecto, la de “Maldición eterna” se parece a una “lengua de traducción” o a una “lengua muerta”, que suena un tanto extraña y que poco tiene que ver  con el lenguaje vibrante de las primeras novelas. El español no suena español, ni el inglés, inglés. 

También Ramírez, su personaje principal, será un desposeído de la lengua propia. Lo es porque ha sufrido el exilio y a partir de él, sufre de afasia (imposibilidad de hablar). Persigue el sentido de las palabras, sin saber, sin recordar. Volviendo al diálogo derridiano, Ramírez puede anunciar en una lengua sin problemas, Puig también lo puede hacer. ¿Eso significa, por lo tanto, que esa lengua les pertenezca? Para nada. “Plaza sé lo que es, Washington no, no del todo. (…) Washington es el nombre de la plaza, eso lo sé. Lo que no sé… es lo que se tendría que sentir cuando se dice Washington” 

A fin de cuentas, el problema entre denotación y significado, entre nombre propio y afasia, el “Washington no” que recorre la novela, no es otro que el de la potencia política del lenguaje. Ramirez pone en jaque la concepción denotativa del lenguaje. De acuerdo a la lectura de los manuscritos de la novela, podemos ver que estas primeras frases entre Ramírez y Larry no fueron casi corregidas durante la escritura. 

La experiencia del lenguaje en Ramirez, como la de los niños, no es la de una posesión garantizada sino una arbitrariedad. Ramirez ha perdido el poder de nombrar. Los puntos suspensivos en “Washington…” advierten un problema que está presente desde los manuscritos: el significado pleno nunca puede alcanzarse. No es casual que esta primera escena gire en torno a los nombres propios. Por definición, el nombre propio es intraducible. “Un nombre propio en cuanto tal permanece siempre intraducible, no pertenece a la lengua, al sistema de la lengua, ya sea traducida o traductora.””

En la que se supone es su lengua materna, el castellano, a Puig no le sale la voz. Las “Treinta páginas de banalidades” surgen no cuando Puig escribe en ella, sino que la escucha en su atemporalidad, en el recuerdo actualizado en el presente de la escritura. Su lengua no le pertenece, pero es a partir de esta relación de no-propiedad que va inventando un idioma propio. 

“Yo tengo un gran problema para expresarme. Y creo que eso tiene algo que ver con el hecho de que escriba, porque hay tiempo de revisar y corregir lo que se dice.” ¿Por qué escribir cuando no se tiene una lengua? Para encontrarla, para construirla, para apropiársela. 

 

Pedro Jalid

Profesor de Letras. Leo más de lo que escribo, trato de hacer más de lo que digo.


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¡Maldición! alguien respondió esta carta

¡Maldición! alguien respondió esta carta

TIEMPO DE LECTURA: 4 min.

Correo trinchera les presenta una de las primeras respuestas a nuestro juego lanzado hace unas semanas. Felipe Norberto Acosta vuelve a escribirle a Mercedes ¿Que le contara en esta ocasión?

Campamento en la Estepa 

29 de noviembre de 1979

Querida Mercedes:

Aprovecho a escribirte hoy domingo que nos han dado un descansito ya que como te conté en la carta anterior salimos a terreno en un operativo que ibaser de rutina y terminó siendo bastante movidito, pero ya mañana pegamos la vuelta al regimiento y tengo esperanzas de encontrarme carta tuya y con un poco de suerte de Anita también.

 Negra, en la última carta no quise extenderme en otro temas porque quería contarte mejor lo de Marito que vos lo apreciás tanto, pero te cuento que en la comunión de Zulemita me encontré con el papá del Ruso Teiserman que no sé si sabés pero el ruso le ha dado un disgusto muy grande porque anda en la mala, un muchacho bien criado, con un futuro y se metió en cosas oscuras y ahora encima ni saben dónde anda, la pobre madre no quiere salir ni a hacer mandados de la vergüenza, es que imaginate que los Teiserman  siempre han sido una familia muy seria, muy respetada y esté les sale con un martes 13 que mejor ni te cuento porque como decía mi querido viejito es mejor no hablar de esas cosas que ya con hablarlas corrés el peligro que se te lave la cabeza con porquerías.

Te decía que nos pusimos a charlar con Don Emilio, yo le conté lo que me gusta la forma de vida en el regimiento, que desde que se me murió el viejito siento que hice un poco de familia ahí y se interesó mucho por mi futuro, yo creo que debe ser porque le debo hacer acordar al hijo, y me estuvo aconsejando, me abrió un panorama que la verdad prima no había pensado, porque imaginate que yo más que el orgullo de ser un soldado argentino nunca lo pensé como un trabajo.

Es medio complicado contarte y además Don Emilio me pidió mucha reserva y tiene razón, uno habla y termina avivando giles, pero a vos que te tengo tanta estima y confianza como no voy contarte que gracias al contacto de Don Emilio en unos días voy a tener una reunión con un oficial de bastante alto rango que me va a ofrecer trabajo para después de la baja y hasta por ahí me la dan antes a la baja, la verdad es que no tengo todavía muy claro qué tendría que hacer pero para que no te asustes te diré que sería trabajo de civil, como un colaborador, que Don Emilio me dijo que a veces los que andan de civil y sin disparar un tiro hacen más trabajo por la patria que los que andan de fajina.

Así que ando entusiasmado con eso, Merceditas, viste que desde que se me murió el viejo andaba de capa caída y medio sin saber para dónde agarrar porque la verdad es que siempre supe que la cabeza no me daba para estudiar nada y tampoco tengo un peso para  poner un negocio, así que la propuesta me vino re bien, me dio un rumbo. Muy agradecido con Don Emilio que por otra parte yo siempre respeté porque es muy correcto, muy honorable, se jubiló sin una mancha en su carrera, imaginate, cómo no lo iba a escuchar. He tenido suerte de encontrármelo en la comunión, creo que quizás él hubiese querido este camino para su hijo, me di cuenta por cómo me hablaba, pobre, qué muchacho veleta y desagradecido el Ruso, tirar por la borda todas las posibilidades que tenía de hacer carrera como su papá y su abuelo. Qué más hubiese querido yo que tener las oportunidades que tuvo el Ruso y mirá cómo termina porque en el Regimiento dicen que cuando caen en esas porquerías y se mandan c…. se rajan del país y no vuelven más, y claro a los pobres padres les toca vivir con esa vergüenza para siempre. 

Yo te digo una cosa, prima, yo no soy como el Ruso. Tal vez porque no tuve ninguna de las ventajas que tuvo él yo sé cómo hay que portarse cuando personas de bien te dan una oportunidad, porque que alguien como Don Emilio confíe en uno la verdad da orgullo. Mirá lo bien que me hizo todo esto que en el operativo que te diré fue bastante importante me sentí más corajudo, mas convencido, ya te estoy imaginando matándote de risa con lo que te estoy contando pero es así, Merceditas, algo me cambió en el bocho.

Si la ves a Anita contale, no todo, sólo que estoy por conseguir un cargo importante. Acordate que a nadie podés contarle lo otro, eh.

Bueno, Negra, espero con ansias encontrarme carta tuya mañana a la vuelta al Regimiento y aún más espero que respondas ésta, a ver qué te parece el nuevo rumbo de tu primo.

Que Dios y Ceferino te estén protegiendo. 

                                                                                                Felipe Norberto Acosta


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Pala, porro, vino

Pala, porro, vino

TIEMPO DE LECTURA: 2 min.

Es un relato breve y no. Es el comienzo de una historia imposible de descifrar. En cada una de las circunstancias que se describe en este viaje, se desprende un hilo que uno puedo tensar, dejar caer, cortar.

El olor a encierro se mezcla con el del faso y un dulce tinto volcado en un asiento, pero lo que predomina en su mayoría es la nicotina de los cigarros industriales.

Serán las dos de la mañana, el micro tiene las luces apagadas de su interior y viaja por una Ruta Nacional, suena cumbia villera, carcajadas y reversiones de cancha de la música que pasa. El pasillo del micro está lleno de heladeritas, sobre el respaldo de los asientos hay banderas y remeras de agrupaciones con la serigrafía gastada por los años. Giran las jarras, los chistes, los abrazos y aunque los colores son los mismos, también gira algún que otro berretín. Esa es la forma de comunicarse, algún cruce de miradas dudosas, un comentario de más, un soplamoco y borrón y cuenta nueva, a desentenderse del pequeño percance. Se sigue como si nada.

La alegría de la marihuana, la efervescencia del escabio y la cara trabada detrás de los anteojos negros por tanta cocaína. Los más jóvenes con el pelo recién cortado, bien facheros con zapatillas caras y chombas de su club. A los más viejos los rasgos de una vida de tablón se les nota en el goteo constante de la naríz, el maxilar mínimamente desplazado hacia un costado y los dientes amarillentos; décadas de caravana; tristezas y alegrías. 

El amor por los colores, el reviente y el aguante. 

La gira, la esquina. Un barrio en movimiento.

El interior de una tribuna, calentando motores para ir a ver a su equipo al lugar del mundo que toque.

 

Felipe Bertola

Cuando estaba en la panza, mi vieja me cantaba “Significado de Patria” para tranquilizarme. En la comunicación y organización popular encontré la clave para poder “ser la revancha de todxs aquellxs”. Como todo buen platense, sé lo que es ganar una Copa Libertadores.


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Una vida en un vaso

Una vida en un vaso

TIEMPO DE LECTURA: 10 min.

Un cuerpo ajeno, una mirada profunda que corrompe, el duelo un arma larga y gastada. Un cuento audaz e intempestivo de Sonia Ramón.

No hay causa más perdida que una batalla con lo imaginario.
LIONEL SHRIVER

Me agarro el vientre, qué torpeza, como si con esto pudiera atajar los espadazos que lastiman mis tripas. El ocre de la fachada evoca formas de calabazas, pinturas rupestres y desiertos. Oprimo el timbre con la mano temblorosa y el corazón cada vez más precipitado. «¿Es usted Simona?», me pregunta desde la ventana del segundo piso un muchachito cejudo y pelinegro que no tendrá más de doce años. Me hace pasar a una sala estrecha y con la boca fruncida me señala una silla de palo ennegrecido a punto de desbaratarse. De la bienvenida se encarga un eructo que proviene de la habitación del fondo. Veinte minutos después creo advertir una voz en el consultorio, ¿ha pronunciado mi nombre? Toco a la puerta. «Pase, no hay tiempo que perder», ordena la voz gutural y autoritaria. La penumbra del espacio, iluminado apenas con tres velones del color de la miel, no me permite descubrir el rostro de la mujer, sin embargo, logro ver sus manos regordetas con las uñas pintadas de marrón y un anillo de oro y ágata en el dedo del corazón. «Edelia recibe su zozobra y la conduce a la paz». Habla de sí misma en tercera persona, pero eso no me sorprende, tampoco su espectralidad, que de ningún modo trasmite aprensión. Quiero confiar en las palabras de aquella mujer y quedarme a escucharla. Los vidrios esmerilados aun semicubiertos por una persiana oscura permiten que se filtre un estrechísimo rayo de luz. Quizás halle un bosquejo menos maligno de eso que pudo ser. «Cuénteme qué la hizo venir a verme, ¿por qué está tan interesada ahora por este asunto?», me indica con las manos asentadas sobre el escritorio, como si este pudiera salir huyendo de un momento a otro. En el trayecto imaginé que me haría esa pregunta, con idénticas palabras, y ya tenía una respuesta aprendida: «Empezó con un sueño tenebroso hace seis semanas, mi cabeza empezó a acosarme, no podía dejar de hacer suposiciones sobre lo que pudo haber ocurrido hace trece años luego del retraso menstrual. Mi prima me vio angustiada, por eso me habló de usted, de lo que hace…y bueno, aquí estoy». Edelia se lleva la mano derecha abierta sobre el plexo solar y clava sus ojos en los míos, por eso prefiero concentrarme en su respiración casi asmática, en el ir y venir de su pecho colosal, en los múltiples collares con piedras de berilo. Me señala una camilla negra cubierta por una manta ocre. «Acuéstese y deje la mente en blanco», me dice. Mientras me acomodo, toma una bolsa de terciopelo mostaza puesta sobre una antigua mesa de patas retorcidas y de allí saca un huevo blanco de gallina que frota luego contra mi vientre desnudo durante algo así como diez minutos. Se lo coloca sobre la frente y lo hace girar varias veces al tiempo que masculla algo semejante a una invocación en lo que parece una lengua creada por ella misma. La blusa de Edelia huele a laurel quemado, su pelo a parafina y el consultorio a maderas viejas y andariegas. Cuando noto las manos heladas de Edelia en contacto con mi abdomen tibio, mi cuerpo produce varios sacudones. Termina sus rezos, se gira despacio, casca el huevo contra el borde de la mesa principal y lo vuelca en un vaso de vidrio con agua hasta la mitad, luego regresa a su puesto detrás del escritorio, con las manos abiertas rodea el contorno del vaso sin llegar a tocarlo y su mirada oscura se afianza en el huevo flotante. Me pide que me levante con cuidado de la camilla y me siente de nuevo frente a ella, supongo que podría desmayarme, pero respirar a fondo me cambia por completo la sensación corporal. Puedo concentrarme también en las formas que toman poco a poco la clara y la yema, me embeleso ante la telilla blancuzca que se prolonga como la falda de una bailarina de ballet al contacto con el agua. Aparecen figuras espiraladas, puntos rojos y negros, adivino perfiles humanos e hilos de varias extensiones que se dilatan. Me parece advertir una herradura, un alacrán y una corona. En el corredor un perro ladra con desesperación al tiempo que la voz ronca del muchacho pelinegro lanza ultrajes. «No sé ni por qué te dejé entrar, canchoso». «Te crees muy bonito, pero eres inmundo y sucio» «¡Qué asco, me vas a prender las pulgas y la rabia!». Es como si la ira del pelinegro inflamara el aire del consultorio. Edelia observa extática el vaivén lánguido de las figuras dentro del vaso, incluso la cáscara rota que ha instalado sobre un plato dorado. El silencio se interrumpe de pronto con un eructo idéntico al que lanzó en el momento de mi llegada, quizás usa estas expulsiones de gas como un lenguaje secreto, como un abracadabra para acceder a otras dimensiones. El piso y las cadenas metálicas de las persianas se agitan, incluso percibo un cambio en mi pulso, supongo que no tengo un corazón sino el motor de una motocicleta Streamliner. Me dejo llevar por la voz cada vez más espesa de la experta en posibilidades, por las palabras de la vidente del futuro condicional. En una de las paredes laterales cuelga un cartel blanco con letras negras de molde que reza: Yo habría. Tú habrías. El/ ella habría. Me sorprende que una pitonisa se interese de tal manera por la conjugación verbal. Edelia me pide que cierre los ojos y me ponga las manos sobre el vientre, que me entregue al ir y venir de su voz como si nada más existiera. Me rindo ante esa danza volátil que resulta de mezclar realidad, imaginación y augurio. El perro deja de ladrar y el muchachito de insultarlo, al fondo solo se escucha el silbido inquieto del viento. Después de un minuto eterno Edelia habla: «El niño hoy tendría doce años. Su pelo sería espeso y brillante, como el suyo. Habría heredado su actitud dramática, usted sabe cómo funciona la genética». Con un nudo en la garganta le pregunto si puede darme la fecha de nacimiento de la criatura, pero ella se pone el índice sobre la boca, cierra los ojos y vuelve a abrirlos para concentrarse en las figuras que le sigue ofreciendo el vaso. «Guarde silencio. Las estampas aparecen en orden cronológico, son como un largo río que necesita de paz para seguir su curso». Comienzo a advertir también esas estampas, una ráfaga de emociones hace presencia en mi cuerpo casi desgonzado. Edelia habla mientras yo visualizo.

      Veo las dos líneas rojas en la prueba, y desde ese momento, me siento como la mujer desatendida, como si fuera simplemente un vehículo para dar vida. Augusto está feliz con la noticia, pero no quiero sonreír ni celebrar, solo hablar lo estrictamente necesario; he comenzado a despreciarlo. Detesto verme al espejo y tener que aceptar esas manchas pardas que se esparcen sobre mis pómulos. Me convierto en la mujer de treinta y cuatro años dedicada a acumular resentimientos, y eso que me dicen que el niño saldrá idéntico a la persona que deteste durante el embarazo. ¿Heredará la criatura depresión, ansiedad, TOC o trastorno bipolar o mi pasión por el arte? ¿Y qué, si sufre de una enfermedad incurable? ¿Y si alguno de los dos muere en el parto? Sueño que en mis entrañas no habita un feto sino un alacrán. La pesadilla se repite. Augusto y yo buscamos el nombre de la criatura. Cristóbal. Baltasar. Salvador. Llego a la clínica y descubro que nadie me hace caso, mientras me alistan pregunto por qué me harán cesárea y una doctora me responde con voz de ogresa que mi bebé está sufriendo. Sacan de mi vientre al bebé Cristóbal, y como no lo escucho llorar, le digo a un doctor que dónde diablos está mi hijo y este me dice que lo están limpiando y yo le digo que por qué no lo escucho llorar y él me dice que lo están reanimando y yo pregunto en medio de un llanto crispado si el niño está bien, y el médico responde que sí, que no me afane porque será peor. Siete horas después puedo verlo, qué melena, qué risa preciosa, qué pulmones. El bebé Cristóbal casi no duerme. Intento descansar mientras la criaturita duerme vigilada por alguna de sus abuelas. El bebé se ríe y yo lloro. La actitud pasiva de Augusto me provoca unas ganas indomables de retroceder el tiempo. El pequeño animal de mami casi no ríe, pero parece absorto ante las caras de quienes lo arrullan. Augusto cambia de trabajo y llega a casa cada vez más tarde, una mañana de domingo alista las maletas, me mira con rencor y gimotea al despedirse del niño. Cristóbal y yo, así, solos, quizás seamos una familia menos disfuncional.

      Edelia se calla. El caudaloso río de imágenes se seca de pronto, abre los ojos y en su expresión veo terror, conjeturo que debo seguir guardando silencio para no romper algún vínculo con esa otra dimensión; me parece que mi útero se convierte en un cofre de piel del que nadie, solo yo misma, tengo la llave. «Lo mejor será que terminemos esto. Se ha abierto un canal importante, ahora hay que cerrarlo. Lo último que le diré es que el niño habría muerto hoy, jueves 30 de noviembre a esta hora. Él mismo se habría encargado de acabar con todo. Debe llevarse el vaso con el huevo y dejarlo frente a un cirio amarillo encendido durante tres días. Al cuarto día entierre el huevo y haga una oración por el alma de la criatura. ¿Está claro?» Asiento, aunque todavía no salgo del trance. Escarbo entre la cartera y le entrego un sobre con el pago. Edelia cubre la boca del vaso con un rectángulo de tela negra que asegura enseguida con una banda elástica y lo coloca dentro de la bolsa de terciopelo mostaza. «Llévelo con mucho cuidado, ya sabe que es sagrado», dice en tono solemne. Le doy gracias, tomo una bocanada que parece agotar el aire de la habitación y abandono el consultorio.

      En el corredor el pelinegro no deja de lanzarle insultos al perro, incluso abre la puerta y le da un puntapié que lo deja chillando en medio de la calle. Intento acariciar en mitad de la avenida al caniche que no tendrá más de dos años, pero me gruñe, me enseña su diminuta dentadura. El pelaje rizado y castaño, poblado de mechones pegoteados, pura mugre y grasa. Su cuerpo muestra un alto grado de desnutrición y algo en mi pecho se sobrecoge. Le hago mimos y el animal responde cada vez con menos enojo. El hambre no da espera, paso la calle y en la tienda de la esquina pido tres panes rellenos de queso más un cuarto de libra de jamón. Pobre criatura. Desde la puerta del local me vela con esos ojos acuosos y negros, parece como si quisiera expresar algo que soy incapaz de interpretar. Cuando pretendo acercarme otra vez, me muestra de nuevo los dientecitos, pero no deja de vigilar el contenido de la bolsa. «No te preocupes, muñequito, hoy sí vas a pegarte un banquete», le digo. El tono de la frase cambia de algún modo la actitud del animal, diezma en un segundo su capacidad reactiva. Este pequeño tiene algo especial, pero no sé qué con exactitud, quizás esas greñas intricadas, los bigotes turbulentos, la mirada de súplica, ternura y pánico. Me acerco a un árbol y en la base del tronco hallo una suerte de cuenco donde troceo con esmero el pan y el jamón. El perro se arrima poco a poco a olisquear. Me ve con esos ojos oscuros en forma de almendra. Preciosas esas orejas que le caen con triste gracia a ambos lados de la cabeza. Come con tanta avidez que se atora, por lo que supongo que quizás el pan está demasiado seco. Abro mi cartera, saco con cuidado el vaso de vidrio, le quito la banda elástica, también la tela negra, y con pulso firme vierto el contenido sobre la montaña de comida que el hambriento engulle. Lo acaricio, sonrío con la tibieza de aquella criatura viviente, tan real. Caminamos juntos hasta la gran avenida donde me hinco a jugar con sus bigotes, parece otro cuando me bate la cola justo antes de hacerle la parada a un taxi. Desde el vidrio trasero le envío besos a ese guapo animal. El taxista intenta trabar conversación, pero no quiero charlar con nadie. 

        Abro la ventana para embelesarme con el silbido del viento, para pensar en Magnus, mi deshilachado payaso de trapo, el mejor regalo que me dio mi madre en la vida y que lleva cuarenta años tumbado sobre mi mesa de noche sin pedir nada a cambio. 

      Antes de irme a dormir decido volver al consultorio al día siguiente, pero no a buscar a Edelia, ni al perro, sino al pelinegro. Nadie más lo sabe, pero hay un asunto pendiente entre los dos.

Sonia Ramón

Imaginante. Nació en Bogotá en abril de 1978. Desde 2009 se desempeña como asesora editorial independiente. Es creadora de El cuervo en el espejo, un laboratorio de exploración personal, sensorial y creación literaria. Sus verbos imperantes son leer, escribir y cocinar.


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