Autor: Martin Gainle*
El teatro independiente resiste al decreto 345/25, escrito por el gobierno de La Libertad Avanza para dar pie al vaciamiento del Instituto Nacional del Teatro, un organismo que lleva casi tres décadas ampliando el derecho a la cultura.
Luego de casi un mes sin sesionar, el miércoles pasado la Cámara de Diputados abrió sus puertas para el tratamiento de una serie de proyectos legislativos de suma importancia para el pueblo argentino. Esa tarde, el libertario José Luis Espert se paseó entre las bancadas, mientras relucía como medallas a los seis presos políticos que él mismo mandó a detener en los últimos días.
Se caldeó dentro del recinto una riña que acabaría por dar pie al levantamiento de la sesión. No sólo quedaron sin tratar el financiamiento universitario, la emergencia en salud pediátrica y la investigación de la criptoestafa del presidente, $LIBRA. También se encontraba dentro del temario la derogación del DNU 345/25.
El Decretazo
El 22 de mayo del corriente año, el vocero presidencial Manuel Adorni comunicó en conferencia de prensa las normativas que emanan del DNU 345/25. Con recortes y despidos mediante, se dispuso la absorción de diversas instituciones a la órbita de la Secretaría de Cultura dependiente del Ministerio de Capital Humano. Entre ellas, el Instituto Nacional del Teatro.
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En el salón de la Escuela de Teatro de La Plata (ETLP), sobre una pantalla blanca como telón de fondo, un cañón proyecta una placa de enormes letras negras que reza: “Desmantelar el Instituto Nacional del Teatro es destruir lo que sí funciona”. Las luces están apuntadas sobre una larga mesa en la que se sientan Daniel Gismondi y Gisela Nomdedeu. Cuelga una whipala del lado del primero (presidente de la Asociación de Teatristas del Plata – ATEPLA) y una bandera del orgullo LGBT+, del lado de la segunda (actriz y gestora cultural).
Ambos conducen una charla de panel, la segunda de la jornada, en el marco del Festival Resiste organizado por la misma institución que le da sede. En las butacas, sentadas en la oscuridad, hay varias decenas de personas de todas las generaciones. El virtual cierre del Instituto Nacional del Teatro (INT) tiñe la conversación entre las dos partes de la sala.
El INT surgió en el marco de la Ley Nacional del Teatro, sancionada en el año 1997. Rotulada bajo el número 24.800, marcó el punto de partida para el desarrollo de las artes escénicas en nuestro país. Dice el artículo 1º de la ley que “la actividad teatral, por su contribución al afianzamiento de la cultura, será objeto de la promoción y apoyo del Estado Nacional”.
Con esa premisa, la propia ley resolvió la creación del INT como un ente autárquico responsable del cumplimiento de la normativa. Desde entonces, el organismo se dedicó a construir una enorme red a lo largo y a lo ancho de todo el territorio nacional, no sólo fomentando una actividad teatral plural, representativa y diversa, sino también garantizando el acceso al derecho a la cultura para los argentinos en cada rincón.
El vaciamiento del Instituto es político. El Decreto 345 (o decretazo, como lo llaman en la comunidad teatral) apunta a centralizar las decisiones en la figura del Director Ejecutivo, quien estará desde ahora bajo el alerón de la Secretaría de Cultura, dependiente de la cartera de Sandra Petovello. La misma que guardó toneladas de alimentos hasta la putrefacción.
La maniobra está dirigida a terminar de consolidar el rumbo que el Gobierno Nacional le ha dado al Instituto desde que lo abordó en 2023: destruir el tejido federal y disminuir la asignación de subsidios tanto para obras, como giras y otro tipo de eventos. “Sin el Instituto, no vamos a poder pagar ni la nafta para ir de un pueblo a otro”, exclama una mujer durante la charla, desde la primera fila de asientos.
¿Cuánto vale la cultura?
“No hay ninguna lógica en el cierre. Lo destinado al Instituto es la misma cifra que se destina a los gastos en combustible del Ministerio de Economía”, afirma Gisela Nomdedeu, que se dispuso a ser entrevistada en la incomodidad de una pequeñísima grada en el hall de entrada de la Escuela de Teatro. Además de actriz y gestora, es una trabajadora del INT y una asidua participante de la Asamblea Federal del Teatro, surgida al calor de los embates al sector durante el último año y medio.
Los principales afectados por este timonazo en los destinos del INT son los trabajadores del teatro independiente: actores y actrices, guionistas, dramaturgos, productores, directores y montones de técnicos que durante casi tres décadas retribuyeron airosamente cada centavo que se invirtió en su sector.
El oficialismo, a través de su vocero presidencial Manuel Adorni, se refirió a un Instituto “sobredimensionado”, donde “se gastaba un 65 por ciento del presupuesto en sueldos y funcionamiento” y “solo un 35 por ciento llegaba efectivamente al teatro”. En función de eso, el portavoz dijo que “la planta ya se redujo en un 20 por ciento”, lo que disminuiría la inversión en 150 millones de pesos anuales.
Es decir: siguiendo las cuentas del propio Adorni, los sueldos y gastos de funcionamiento del Instituto Nacional del Teatro suponían un gasto anual de 750 millones, previo a los despidos. Si esa cifra representaba el 65% del presupuesto del INT, el total rondaría los 1.150 millones de pesos. En relación al presupuesto 2025, que asciende a casi 116.000 millones de pesos, el INT equivaldría apenas al 0,01% de la inversión pública nacional.
Además, su principal fuente de financiamiento ni siquiera emana del Tesoro, sino de gravámenes a Lotería Nacional, premios no cobrados y multas que se hacen a los grandes medios de comunicación.
Con dichos recursos, entre 2022 y 2023 se generaron encuentros federales de formación que llegaron a más de diez mil teatristas; se impulsaron 160 obras dentro de contextos de vulnerabilidad, como unidades penitenciarias y hospitales, así como también junto a comunidades originarias; se subsidiaron más de 7400 producciones y se mejoraron las condiciones edilicias en 267 salas de teatro en todo el país, que en muchas localidades representan el único espacio para el desarrollo de la actividad.
Agrupaciones como Escena, que aglutinan a distintos trabajadores del teatro, estiman que por cada millón de pesos que se invierte en la actividad, se generan entre 12 y 20 puestos de trabajo. Además, según los datos del año 2021, con una inversión del 0,1% del presupuesto total el sector cultural aportó un 1,8% al Producto Interno Bruto nacional. Es decir: se obtuvo 18 veces más de lo financiado.
“Si bien no es de las más estructuradas, el teatro es una industria cultural. No es solamente un ‘gasto’, sino que es un sector productivo que como cualquier otro sector, tiene sus subsidios y apoyos para que siga existiendo”, sentencia Nomdedeu.
Todos estos datos ponen en sospecha los argumentos economicistas propalados por los manipuladores de la motosierra a la hora de justificar el ajuste sobre la cultura. La entrevistada cree que responden, más bien, a “un desinterés y un discurso de envilecimiento del Estado, como algo que no tiene que existir”, dada la existencia de “un sector de la sociedad que cree que realmente es inútil e innecesario” y a quienes el gobierno libertario pretende seducir.
También argumenta que existe un motivo “más profundo y relacionado al largo plazo”, referido a que “el arte, la cultura y el teatro son lugares de construcción colectiva; de pensamiento; de diversidad de miradas. Ellos están bastante lejos de todo lo que fomente esa potencia, como cualquiera que profese este pensamiento autoritario”.
Así es como el Estado, que debería según distintas leyes y tratados a los que adhiere promover el acceso a la cultura, obra en dirección contraria. Más notorio es el atropello contra este derecho al saberse que el INCAA, el Fondo Nacional de las Artes y la Comisión Nacional de Bibliotecas Populares atraviesan o atravesaron procesos muy similares al INT en el último tiempo.
Habla de nosotros
Alejo Marschoff, conciudadano platense y teatrista independiente, estima: “vos podés arrancar algo simple, como la obra que estamos haciendo ahora, y estás hablando de 1400 dólares de escenografía y vestuario”. Se refiere a la obra El Ministerio de la Imagen, con la que actualmente recorre los distintos salones de la ciudad y sus alrededores.
Marschoff se sienta en el octavo de mesa que quedaba disponible. El resto de ella (y de todos los muebles de una antiquísima casa en Barrio Hipódromo), está abarrotado de libros. Desde ese rincón, parapetado tras las pilas de textos, convierte cada diálogo en una suerte de ponencia, citando a varios teóricos del teatro, su más grande afición.
— ¿Cómo pensás el futuro del teatro con los cambios impuestos?
— El teatro viene desde los griegos. Kantor cuenta que, en la Segunda Guerra Mundial, estaban armando una obra en un sótano, escondidos, mientras por la ventana se veía como fusilaban gente en la calle. Al teatro no lo mata nada, y esa es la gran excusa para pegarnos.— Un mate lavado le dio el ímpetu para reformular de manera más llana: —El teatro se ve como hobby, y la lucha es contra el famoso “¿Por qué lo hacen? Por amor al arte” … ¡Carajo, no es solo amor!
— Los recortes sobre el INT atentan, entre otros aspectos, contra su carácter federal. ¿Cuál es la importancia de que el teatro alcance todos los rincones?
— El teatro es un ritual muy particular, en el que pasan cosas mucho más potentes de lo que uno creería. Una de las obras más famosas del mundo del Siglo XX es Esperando a Godot, fundadora del teatro del Absurdo. Cuando Samuel Beckett la hace (las primeras veces, en Francia) las críticas son despiadadas. La primera crítica llegó desde San Quintin, una cárcel famosa de Estados Unidos, donde los presidiarios dijeron: “Está hablando de nosotros.” La obra trata sobre un tipo que espera, espera y espera, pero nunca llega nada de aquello que aguarda.
— ¿Por qué se serrucha sobre el INT, si representa un porcentaje ínfimo del gasto público fiscal?
— Porque la cultura es peligrosa. Los fachos tratan de meterla en un Excel, para que responda de alguna manera a sus pequeñísimos intereses porque, si por algo triunfa el fascismo recurrentemente, es porque es fácil.
Lo que menos quieren
Ornella es una estudiante del Profesorado de Teatro. Está sentada sola, en una mesa pequeña, de las típicas de escuela secundaria, al costado de la puerta de entrada de la Escuela de Teatro. “Creo que Milei gasta mucho más en viajes en Estados Unidos que lo que puede llegar a implicar la inversión en el INT”, afirma.
En efecto, según datos de la Secretaría General de la Presidencia, en un año y medio de gobierno Javier Milei destinó más de 3.200 millones de pesos a viajes internacionales, incluyendo vuelos privados, traslados, seguridad y logística. Osea, casi tres veces más que lo destinado anualmente al ente que por decreto pretende extinguir. Restaría, además, contabilizar los gastos de dietas y hospedaje. Y esos sí que salen del Tesoro y los contribuyentes.
De ese total, se estima que alrededor del 30%, equivalente a más de $960 millones de pesos, fue destinado a viajes sin carácter oficial o de agenda institucional, como actos partidarios, premiaciones personales o foros ideológicos en el exterior. Osea digamos: el presidente puede gastar cientos de millones de pesos para dirigirse al Foro de Davos en Suecia y acusar a los homosexuales de pedófilos, pero no en que el Hospital de Niños pueda ser escenario de una obra teatral.
Unos metros por encima de Ornella, cuelga una bandera negra, sobre la que brilla una estampa de la intérprete de Se dice de Mí y una inscripción que dice: Centro de Estudiantes Tita Merello – ETLP. “Como joven, me preocupa muchísimo la situación” confirma Ornella, y finaliza diciendo que “atacan al teatro, sobre todo, porque es una manera de ser libres. Este gobierno, lo que menos quiere, es la libertad”.
*Martin Gainle
Platense de City Bell y egresado del Colegio Nacional. En eso y algo más, queriendome parecer a Fede Moura. Estudio Comunicación Social en la Universidad Nacional de La Plata.

