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Juan Fernández Marauda nos trae su mirada sobre un libro potente, donde la crueldad, el amor, la fantasía, lo que está por delante y no sabemos bien de qué se trata parecen rosarse, ser una misma cosa y a la vez otra. Juan cuenta, habla, sobre Yegua de Cintia Rogovsky.

La crueldad tiene corazón humano y la envidia humano rostro – William Blake

Ya hemos aprendido que al amor romántico hay que huirle. Que ahí es donde afloran algunos de los rasgos más peligrosos que tenemos, como individuos y como especie. En esta colección de conceptos y emociones anacrónicas nacen los celos, la codependencia, la crueldad, el afán posesivo y controlador, la fantasía sin matices ni límites y todo aquello que hoy identificamos bajo el amplio toldo de la toxicidad. Ni siquiera es que todo esto sea la mera contracara del amor, ni sus consecuencias nefastas pero inesperadas. No. Todo esto es lo que ya está ahí, agazapado, y preferimos no ver hasta que es demasiado tarde. Bueno, Cintia Rogovsky lo ve, lo ubica a la distancia y lo expone. Esta es la fuente en la que bebe su Yegua.

Antes de empezar debo admitir que no soy un ávido lector de historias románticas. Me acerco a ellas con desconfianza y las miro de lejos, como quien tiene miedo de contagiarse, con una actitud que probablemente sea digna de ser llevada a terapia. Lo que sí soy, por otro lado, es un apasionado lector de relatos crueles. Esto también lo debo confesar, perdóneme padre. Me gusta el pollice verso del autor que se ensaña con sus personajes hasta la última línea, que les ensarta un divorcio, un cáncer y después los obliga a apoyar la cabeza en las vías del tren. Sin embargo disfruto aún más cuando esa crueldad está problematizada en la ficción y no solo sentenciada con brutalidad. Me encanta cuando el desprendimiento del narrador permite que los personajes ejerzan, casi sin mediación, sus fuerzas destructivas los unos sobre los otros. En estos últimos casos, ya no solo es catarsis autoral o fantasía de poder, sino más bien observación de la naturaleza voraz de las personas. El ojo que ve el ángulo en el que entra el cuchillo, metafórico o real, y la cara de quien lo retuerce. Adivinen en qué categoría se agarra, no sin algo de saña, la autora. 

Entonces, amor y crueldad. Amores románticos y desgarradores, amores platónicos y negados casi hasta la forclusión, amores adúlteros, tanto clandestinos como expuestos a los ojos de cuantos quieran ver. Y, al mismo tiempo, crueldad. La crueldad casi inocente del ingenuo o el lego, el desdén venenoso del oportunista y el rencor redoblado del rechazado. Pero también el sadismo organizado y la manipulación social y sistemática, perpetuada a través del tiempo y las culturas. En los cuentos que componen Yegua, la autora logra que la ficción hable de todo esto y, cuando no queda otra opción, permite que la realidad complete el mensaje.

George Eliot dijo “La crueldad, como cualquier otro vicio, no requiere ningún motivo para ser practicada, apenas oportunidad”. George Eliot era, además, el nombre de hombre con el que tenía que firmar Mary Anne Evans, novelista británica, para que la publicaran. En sus mejores momentos, Yegua expone estas desigualdades sin explicarlas. Muestra sin masticar aquello que muchas veces nos encontramos por la calle y no nos detenemos a ver. Cintia Rogovsky llama la atención sobre la herida para que duela. Esto se ve en sus mejores cuentos, los que trabajan con sutileza las presiones sociales, el peso de la envidia, el qué dirán de los vecinos y las consecuencias de la violencia. En otros casos, Rogovsky decide cambiar la lupa por la maza. Esta medida nos puede gustar o no, pero es indudable que a veces es necesario voltear una pared para que entre la luz. Primo Levi, escritor y víctima, aunque parlante, del holocausto, para cuando llegó a Los hundidos y los salvados, la última parte de su trilogía de Auschwitz, también se había cansado de sutilezas. Estaba harto de que una gran parte del mundo, al parecer, negara la violencia de su realidad. Si la comparación les parece extrema, está bien: es así a propósito.

¿Cintia Ragovsky, a pesar de todo esto, cuenta historias de amor?. Si, por supuesto. Con más razón, diría, además. Pero por suerte no escribe solo historias de amor. Trabaja con matices. Habla de amor -sepan disculpar la insistencia del significante- de política, de historia, de cultura y de clase social. También desnuda algunas formas estancadas del machismo y recupera otras caras del feminismo, quizás las menos evidentes, las víctimas del prejuicio. El gran logro de sus cuentos, por sobre todo, es que saben balancearse entre la ternura y el abandono, la pasión y la culpa. Ninguno de los vínculos que presenta, y en ocasiones también disecciona, es completamente inocente. Pero, de igual manera, si como he dicho hasta ahora, por momentos estas historias parecen cargarse de un ímpetu oscuro y tremendista, en otras ocasiones saben soltarse en una deriva nostálgica, casi dulce, en la que un momento de escapismo infatuado o una aventura sexual bien valen el reproche, la sorna o la confusión que vendrán. Porque, sí, dejemos esto claro, incluso en la ficción – y a veces, trágicamente, solo en la ficción- tanto el ejercicio del amor como la imposición de  la crueldad tienen consecuencias. 


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Juan Fernández Marauda

Nació en Lanús, en 1988, pero creció en el Valle Inferior del Río Chubut. Trabaja en el cruce entre salud mental y escritura en un hospital de día. Es escritor, editor, librero y coordina el taller de escritura PULP! en la ciudad de La Plata. El puente de las brujas, su primera novela, fue publicada por EME en 2020 y Esplín Tropical (México) en 2022

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