A raíz de la última gira del presidente por los Estados Unidos, nos preguntamos: ¿Cuáles son los riesgos de establecer lazos con los dueños de la internet?
La semana pasada, el presidente Javier Milei se reunió con los principales referentes en materia tecnológica de occidente. Entre otros, se hicieron virales encuentros con Sam Altman, CEO de OpenAi_ y Mark Zuckerberg, creador de Facebook y CEO del ecosistema Meta, compuesto por la red anteriormente mencionada, Instagram, Whatsapp y Threads. Quizá las razones por la que el jefe de Estado quiera reunirse con ellos son claras – inflar su ego ya mendigar inversiones -, pero ¿qué pedirán los magnates informáticos a cambio?
Para entenderlo es necesario caracterizar los avances tecnológicos empujados por estos tecnoclústers, y principalmente a la prima ballerina que está revolucionando la industria toda: la IA, o inteligencia artificial.
Aunque parezca de ciencia ficción, este último no es un término nuevo: fue acuñado en 1956 para referirse a sistemas capaces de realizar tareas consideradas inteligentes, como razonar y resolver problemas. Esta definición describe el comportamiento de, por ejemplo, los asistentes virtuales (Siri, Alexa, etc), los traductores automáticos y los algoritmos de recomendación de Youtube u otras redes; pero últimamente el desarrollo de sistemas neuronales capaces de procesar grandes cantidades de datos (conocidos en el campo como LLMs) redefinió la expresión, dejando por fuera estas tecnologías basadas en simples algoritmos y poniendo en primer plano a las conocidas como IA generativa: programas que no solo pueden procesar tanto el lenguaje natural (es decir, el lenguaje humano) como imágenes, videos y sonidos, sino que también pueden generarlos de manera óptima. Ejemplos de estos son Stable Diffusion, Gemini o ChatGPT, entre otros.
Aunque estas tecnologías se encuentran en continuo avance y se consideran útiles para el “desarrollo” de la humanidad, también ponderan una serie de problemáticas latentes: la gran cantidad de recursos que consumen y la forma en la que se abastecen de datos.
Mark, cortaste toda la “looz“
Desarrollar sistemas de IA generativa no es para nada económico: se requiere una gran cantidad de microprocesadores, además de la electricidad para abastecerlos. Según el propio Mark Zuckerberg, “para entrenar a una IA es necesario un volumen de energía equivalente al generado por una planta de energía nuclear en un año”.
Cada pregunta al software de conversación ChatGPT(creado por OpenAI) requiere la misma energía que 25 búsquedas en el motor de Google, y el entrenamiento de su modelo consumió 1,287 MWh de electricidad. Según la consultora Gartner, para el 2030 la IA constituiría el 3.5% de la demanda global de electricidad, lo que equivale al consumo de la agricultura y silvicultura juntas, o el doble de Francia.
La Argentina es un gran productor y exportador de energía, y por ende un buen candidato para suplir esta necesidad, pero ¿Podrá el mandatario poner un buen precio a este producto?
Hostelería de datos
No solo puede la Argentina suplir energía, sino que además tiene los recursos y la capacidad para ser un centro importante de conectividad en Latinoamérica.
La IA (así como todos los servicios digitales en línea) necesita una gran cantidad de datos para alimentar sus modelos, y los mismos deben ser alojados en algún lado. Para ello se usan centros de datos, los cuales deben ser cada vez más grandes para suplir las demandas del avance de la misma. Estos, además de energía, requieren de cuantiosas cantidades de agua para refrigerarlos y que funcionen a una temperatura óptima. En caso de cerrar inversiones para instalar macrogranjas de servidores en terreno argentino ¿Tendrá el uso de estos recursos una regulación apropiada?
Data al por mayor
Pero la mayor preocupación proviene de los datos necesarios para alimentar estas gargantuescas bases de datos, los cuales son nada más ni nada menos que los proporcionados por nosotros, los usuarios. Toda nuestra huella digital es candidata a ser tomada por sus algoritmos y procesados para su uso y desuso. Qué sitios web frecuentás, tus publicaciones, fotos y videos, a quiénes tenés de amigo en Facebook, todo.
La brecha de seguridad generada por estos tecnócratas aún no percibe regulaciones mayores, y es denunciada constantemente por distintos colectivos, sobre todo el de artistas, cuyo trabajo es robado para abastecer sus generadores de imágenes. ¿Será capaz nuestro presidente de canjear nuestra privacidad por la aprobación de los Estados Unidos?
Más allá del advenimiento de la revolución de la IA, los ecosistemas virtuales creados por estos líderes ya cooptaron a una gran parte de la sociedad que – sin querer ni saber – aceptan ser rastreados y analizados para vender sus resultados a quién sabe quién. Muchos líderes internacionales están tomando medidas al respecto, pero el anuncio del presidente sobre el advenimiento de una administración nacional powered by AI no da buenos augurios.
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Ignacio Ahmed Hassan
Estudiante de Informática con interés en el software libre y militante de la soberanía informática.


[…] La expansión tecnológica no significa inclusión. Es fundamental pensar estrategias para la incorporación y democratización de estas nuevas herramientas. Y más allá de lo bello de como suena la palabra “democratización”, lo que implica es involucrarnos en procesos de desarrollo tecnológico que sea por y para las comunidades, y que el factor creativo no sea potestad solo del 2% más rico del mundo, dejando nuevamente a las comunidades sin derecho a acceder no solo a los beneficios de las nuevas invenciones, sino también a relegar sus territorios para encarnar las transformaciones tecnológicas. […]