Juan Machado nació en Carhué, provincia de Buenos aires, en 1992. Escritor y conductor del programa Plastico Cruel. Publicó el libro de cuentos, microrelatos y poesías, No hay que jugar en la casa vieja y otros relatos (2020) Pájaros Punk (Malisia 2022). Comparte con Revista Trinchera el siguiente relato.
A Fogwill.
Estoy leyendo;
“Después trajo dos latas de Coca Cola y las bebimos a la par. Seguíamos cayendo. Aunque me costaba más apreciar la velocidad, sentía con nitidez nuestra caída hacia el oeste; habrían pasado cerca de ochos horas desde que percibí nuestra caída. Por primera vez.”
Es un libro que elegí con precisión, la página que leo, sí, es obra del azar, ese azar que hace tan bien las cosas.
“Después sentí que me dormía. Ella me untó con una crema que tenía algo que hacía sentir la piel tan lisa que parecía nueva. Si habíamos soñado tanto, y si yo en varios momentos pensé que ella pariría algo mío o que yo pariría algo suyo, nada me impedía dejarme llevar por el sueño de transformarme en algo nuevo”.
Algo cae sobre mi cabeza, el roce es filoso y rápido. Me llevo la mano a la frente, está caliente y mojada, es verano, es hora caliente, son las dos y pico de la tarde; ¿Quién lee en verano a las dos y pico de la tarde? Miro mi mano que esta roja y transpirada. Llevo mi vista al piso, lo que me golpeó es un libro, un libro de Rolón. Me quedo mirando, no retengo el título, pero pienso en Rolón, en que al fin y al cabo para esto sirve un libro suyo, para golpear la frente de un lector, en verano, a una hora muerta donde nadie hace nada. Pienso que el libro podría ser mucho más chico de lo que es y que el golpe no hubiese sido tanto, total no se pierde mucho. Veo la caída de una gota de sangre que explota al lado del libro. Me vuelvo a llevar la mano a la frente, ahora, sí, mi mano tiene sangre. Todo esto lo pienso en milésimas de segundos, porque recién ahora me llega la voz de la chica de arriba de la escalera.
– Ay mil perdones señor, que bruta que soy, perdón perdón.
– Por favor – digo- No hay problema, cosas que pasan, no es nada.
– Ya le traigo para que se limpie.
– No hace falta, por favor.
La chica baja rápido y corre hacia el mostrador, me trae servilletas de papel o pañuelitos, no se bien. Me limpio, ella me mira la herida, la punta del lomo del libro me abrió un tajo en la frente. Ella mira el tajo, no a mí. No hay otro interés en ella que el tajo. Es cómico, raro, o no, algo que no existía hace un momento, ahora, es el centro de su existencia.
Escucho pasos atrás míos y una voz retumbante de hombre.
– Señor, le pido mil disculpas por lo que acaba de suceder, es la primera vez que nos pasa un accidente de esta índole, le pedimos mil disculpas.
– No por favor, para algo tenía que servir un libro de Rolón – Los tres nos echamos a reír, yo porque creo que realmente mi chiste es bueno, ellos, tal vez de compromiso.
– Como estamos muy apenados – Dice el hombre – Y queremos reivindicarnos, tiene a su elección un libro de regalo.
– No, por favor. No hace falta.
– Insistimos señor, lo dejamos elegir tranquilo.
Que suerte, me digo para mis adentros. “Gracias” le digo al encargado y a la empleada que se alejan hablando entre ellos. “Que suerte”, me digo otra vez.
No soy un tipo que ande buscando la suerte, solamente sucede. Un golpe repentino que desemboca en algo, sustancialmente, beneficiario para mi persona. No lo busco, sucede. Sino no sería suerte. Con el azar es diferente. Uno confía en el azar y él actúa en correspondencia. Hay, con el azar, una suerte de arreglo tácito de ceder cierta parte, una buena parte, que valga la pena, de nuestro porvenir y él, que no es ningún tonto, actúa. El azar, conmigo, ha hecho un gran trabajo.
Pero esta vez no fue más que suerte, lo del libro digo. Acá estoy entonces eligiendo qué libro llevarme en compensación por un accidente, que algunos pueden llamar absurdo, para mí un accidente justo. Intento repasar una borrosa lista de pendientes que se mueven con locuacidad en el vaivén que es mi cabeza en estos momentos. El golpe, el dolor tenue pero profundo, la incomodidad del momento, la pesadumbre del golpe de suerte. Me es demasiado dificultoso elegir.
Ahora me tomo la cabeza, me duele un poco, tal vez el calor tenga algo que ver. La chica se acerca, el hombre parece, ya, no estar.
– ¿Señor está bien?
– Si, un poco abrumado.
– ¿Se quiere sentar?
– Debe ser el calor.
– O el golpe. Perdóneme por favor.
– No, no te preocupes más. Estoy bien.
– ¿Qué puedo hacer por usted?
– Elija el libro por mí.
– ¿Seguro?
– Por favor.
– Déjeme ver.
Recorrió las estanterías con ojos muy abiertos, con gesto de tarea difícil. Yo la observaba, no me había parecido linda hasta que la vi mirar con esa voracidad, despiadada, con la que recorría los libros. Me pareció hermosa y genuina.
– Este – dijo. En su mano había un libro chico, flaco, una edición de bolsillo. Claro, por el precio pensé.
– A ver.
– Capas que ya lo leyó, es bastante viejo. Pero es de mis preferidos.
– Onetti, si, Onetti es bueno, de los grandes. Tal vez, el mejor de los nuestros.
– ¿Este lo leyó?
– No, no, justo este no. Me viene bien – Para mis adentros pensaba en que si ella de verdad me recomendaba ese libro porque era de sus preferidos o si en este gesto había un mensaje encriptado. Es que, a mi cabeza dolorida, cuando leí el titulo se me vino la mujer, la protagonista de esa historia, y su chivo. Ella podría pensar, plácidamente, que yo era un impostor, un sin vergüenza, que me había parado justo debajo de ella, jugando con el azar, para que, en algún momento, accidentalmente se le resbale un libro sin más remedio que golpearme, luego, como sucede en el setenta por ciento de los casos, hay estadísticas, me recompensen por el mal trago. Podría pensar que a esto lo repetía una y otra vez en distintas librerías. Pero la verdad es que en este pueblo no hay otra librería.
– Le va gustar, llévelo sin dudas.
– Lo llevo entonces, muchas gracias.
– Venga, le pongo una bolsita.
El azar, hizo también, que esa noche duerma con la chica de los ojos voraces.
La mañana que siguió, la chica despertó con los pelos revueltos. Me miró desde la cama. Era mucho más chica que yo, por eso el llamarla así. En el medio de nosotros sentí un terreno árido intransitable. El piso estaba frio y yo me miraba la lastimadura de la frente, que ya no era nada, en el espejo. Ella se sentó, se llevó la sabana al cuello, las sostuvo con una mano imprecisa, con la otra, con más justeza, se corrió el pelo de la cara. No dijo nada, yo tampoco. Me miró mirarme. Me lavé los dientes y ella volvió a dormitar, ahí sentada como estaba. Preparé mate, se lo llevé a la cama. Abrió los ojos, cuando yo me senté, (acá podría haber puesto, “me senté y ella abrió los ojos” pero no. Lo verdaderamente importante era que ella había abierto los ojos y no que yo me hubiese sentado. Si ella no hubiese abierto los ojos, yo no habría existido en su mundo) una vez, otra vez y otra vez hasta que pudo, con esfuerzo quejumbroso, sostenerlos abiertos. Pienso que, en la primera mañana, todavía noche, me habrá visto de espaldas y desnudo, lo cual no es tarea fácil, me habrá visto totalmente desnudo y no hizo más que cerrar los ojos y volver al sueño. Ahora me mira a la cara, hace una sonrisa tímida de boca cerrada, mientras agarra el mate con ambas manos y con los brazos cerrados, lenta, sostiene la sábana, rosada por los cuerpos transpirados, blanca.
– Gracias – Respondo con un leve movimiento de cabeza que emula un de nada o un gracias a vos.
– Que suerte lo del libro ¿no?
– Jamás imaginé que esto pudiera terminar así. Con el libro bastaba.
– A mí no me bastaba.
– Parece una conversación equivoca la que estamos teniendo.
– ¿Por?
– Yo podría estar diciendo lo que vos acabas de decir y viceversa. Podríamos alterar nuestras voces, invertirlas y esta conversación tendría el mismo sentido.
– O somos dos ingenuos o somos dos impostores.
– Creo que nos conviene la ingenuidad.
– Buscaste que todo esto pase ¿no?
– No.
– No soy estúpida, pendeja sí, pero estúpida no.
– No sos pendeja.
– Al lado tuyo sí.
– Me estás diciendo viejo entonces.
– No puedo imaginarme en que otros lugares podés jugar este mismo juego.
– No lo hago, esto no es un juego. Fue suerte.
– ¿Sos un hombre con suerte?
– Soy un hombre entregado al azar.
– Que suerte.
Esa mañana no duró lo que yo hubiese deseado. La chica se fue, suelta de cuerpo, ligera y ambigua. Yo me quedé frenado, quieto, lento y predecible. Nunca más la volvía ver, por lo menos a esa que fue y que no duró más que una mañana.
Días después volví a la librería. A la entrada me saludo, atento, el encargado. Era un hombre rígido, amable hasta donde puede ser amable una persona rígida. Me paré frente a la estantería donde pasó el accidente, volví a agarrar el mismo libro que aquella vez.
Leí.
Estoy leyendo.
“Su aparato seguía funcionando. Ella soltó las correas se separó de mí y pude estirar las piernas, pero quedé con todo adentro vibrándome, mientras ella procuraba chupar la poca leche recuperable de mi pija y la región del ombligo. Como siempre (era ella) vino pronto a mezclar todo en mi boca con mi saliva y su sangre” … Lo que leo es Fogwill en su estado más puro y duro.
“ … todo vuelve siempre a reciclarse y hacerse vida y con el tiempo se lo vuelve a encontrar”. La chica aparece detrás de mí, me ignora, arrima la escalera y sube rápida y precisa escalón por escalón. Es verano, son las dos y pico de la tarde. ¿Quién lee un verano a las dos y pico de la tarde? Entonces el próximo párrafo, la caída, el roce filoso y rápido, mis pensamientos, la gota de sangre, la sangre, la voz de la chica pidiéndome perdón.

Juan Machado
Nació en Carhué, provincia de Buenos aires, en 1992. Actualmente reside en La Plata. Escritor, también se desempeña como conductor de radio. Dicta talleres y encuentros literarios. Publicó el libro de cuentos, microrelatos y poesías, No hay que jugar en la casa vieja y otros relatos (2020) Pájaros Punk (Malisia 2022)

