Los pueblos queremos paz, pero con justicia social

Los pueblos queremos paz, pero con justicia social

TIEMPO DE LECTURA: 8 min.

Hace algunas semanas el ex agente de inteligencia ruso devenido en comunicador/divulgador, Daniel Estulin, señaló que ante el colapso del sistema financiero global -que según afirma está destruido-, la única solución posible para dar nuevo cauce a la economía global, es una guerra. Plantea dos posibilidades: una guerra termonuclear entre las potencias mundiales o una guerra civil en EEUU.

Más allá de si se está de acuerdo o no con esta tesitura, lo cierto es que hay sobrados elementos que se pueden encastrar tanto en uno y como en otro sentido.

En cuanto a una posible guerra civil interna en los EEUU se pueden observar los recientes levantamientos de las comunidades afro -producto de la violencia racial de las fuerzas de seguridad-, reflejo de una situación de hartazgo de un sector de la población muy castigado. A ello se puede sumar el desastroso manejo de la pandemia del COVID-19 que hizo la administración Trump que ya cuenta con más de 8 millones de contagiades y casi 220 mil muertes.

A estos dos elementos hay que sumar no solo la retórica agresiva de Trump, sino la virulencia mediática (fomentada fundamentalmente por los Demócratas) contra el mandatario. Cabe señalar que incluso varios sectores del partido Republicano soltaron la mano al magnate e incluso están operando abiertamente para que pierda. Esto, obviamente, aumenta los niveles de polarización.

¿Imperio o Nación?

Para entender esto último es interesante retomar la diferenciación que introduce el analista Thierry Meyssan respecto de los proyectos de país que están en disputa en EEUU. Por un lado quienes profesan que EEUU debe dominar el mundo “conteniendo” a sus potenciales rivales (estrategia acuñada en plena Guerra Fría por George Kennan en 1946 y aplicada por todos los presidentes hasta 2016) y quienes, por el contrario, rechazan esta idea imperial y plantean el enriquecimiento de los estadounidenses (estrategia acuñada por el ex presidente ‎Andrew Jackson -1829-).

Según Meyssan, Trump pertenece a quienes son denominados “jacksonianos”, que “denuncian la corrupción, la ‎perversidad y en definitiva la hipocresía de los anteriores y exhortan los estadounidenses a ‎luchar, pero no por el imperio sino por su nación[1]. El famoso slogan de campaña “Make America great again”, da cuenta de esa particularidad. Obviamente esto no implica que el Estado norteamericano deje de funcionar bajo la lógica imperial, sino que representa un gran foco de tensiones internas.

De hecho, hace no mucho algunos analistas empezaron a especular con que había sectores de las FFAA y de los organismos de inteligencia estadounidenses que -de ganar Trump- podrían intentar un golpe de estado. También hay quienes analizan que tanto si gana Biden, como si lo hace Trump será difícil que se reconozca la victoria. El hecho, que haya grupos armados -que apoyan a Trump- en las calles y que demuestren su virulencia cotidianamente, complejiza aun mucho más el panorama.

Piezas de ajedrez

El otro escenario descripto por Estulin habla de una conflagración entre potencias mundiales en las que obviamente los EEUU son un actor principal. Si bien no lo explicita, está claro que sería en oposición a las otras dos grandes potencias: Rusia y China. Y los últimos meses ha habido una escalada de agresiones de parte de occidente a estas dos potencias.

El presidente de Rusia, Vladimir Putin (izda.), recibe a su homólogo chino, Xi Jinping, en Kremlin, Moscú. (Foto: Hispan Tv)

En cuanto a Rusia, lo que ha venido sucediendo (además de las sanciones impuestas por EEUU y la Unión Europea) es un incremento sustancial de vuelos de aviones de fuerzas occidentales en las fronteras rusas. Ellas han sido denunciadas por el Kremlin una tras otra y ha obligado a la Fuerza Aérea de ese país a enviar aviones militares a impedir que ingresen en territorio sin permiso.

De igual manera han aumentado los ejercicios militares en Europa Oriental entre miembros de la OTAN y los EEUU  (en las fronteras de la Federación Rusa); incluso en momentos de pandemia. Los más recientes, fueron los realizados por EEUU y países de la alianza europea tanto en Ucrania como en Lituania en septiembre de este año, y más recientemente el simulacro de Guerra Nuclear entre Alemania y algunos miembros de la OTAN.

Obviamente a este escenario hay que sumar la venta de sistemas armas de EEUU a países europeos fronterizos con Rusia como Polonia, Rumania o Finlandia. Esto en consonancia con la escalada discursiva tanto europea como estadounidense. Todo lleva a pensar que hay una especie de encerrona militar, discursiva y económica que lleva a cabo desde occidente.

Guerra comercial y tecnológica

En cuanto a la situación con la República Popular China, es por demás conocido el enfrentamiento y la despiadada guerra comercial lanzada por EEUU contra el gigante asiático. No es Tik Tok, no es Huawei, es el dominio del mercado tecnológico, elemento de extrema sensibilidad para la industria militar y de comunicaciones, dos áreas estratégicas para ambas potencias.

A esta conocida batalla hay que sumarle las reiteradas denuncias de parte del país asiático de intromisión en asuntos interno de parte de los norteamericanos, ya sea en Taiwan, el Tibet, Hong Kong o el Mar de China.

Inversión mediática del agresor

Como suele sucede, la prensa hegemónica occidental, invierte la carga de la prueba. Los enfoques “periodísticos” (habría que llamarlos propagandísticos) de las “grandes” agencias de noticias no hacen más que justificar el accionar de EEUU y occidente y de responsabilizar a Rusia y China o sus aliados.

Esto no es nada nuevo, de hecho lo vemos a diario en los medios tanto de Argentina como de todo el continente. El engranaje mediático se vuelve clave para construir narrativamente que el responsable de todos los males es el adversario o el enemigo político.

Esta dinámica mediática, es complementa con el entramado de sectores del poder judicial, con organismos internacionales (que hacen silencio omiso), con ONG’s y sectores empresariales de diverso tipo. Los conglomerados de poder de occidente (cada vez más concentrados), han armado una compleja red de complicidades muy difíciles de desentramar. Pero como todo bajo el capitalismo, si se rastrea el origen del dinero, casi siempre se llega a los autores intelectuales, o sea, el poder real.

Nuestra América como esperanza

Se ha señalado en varias oportunidades que las experiencias de las últimas décadas en nuestro continente, han sido un faro para pensar que otro mundo es posible. Pero pese a los errores cometidos, a la guerra mediática y judicial, los pueblos nuestroamericanos han dado cuenta de ello.

A los procesos de resistencia de Venezuela, de Cuba o de otros países de la región, en los últimos años se sumaron el México de Andrés Manuel López Obrador y la Argentina de les Fernández. Gobiernos que pese a las condiciones calamitosas en las que encontraron sus respectivos países, pese a la aparición de la pandemia (que tomó por sorpresa a todo el mundo), comienzan a poner de pié los extremos norte y sur del continente.

A este escenario se suma la victoria electoral del MAS-IPSP en Bolivia. El proceso gestado por Evo Morales Ayma, derrocado por la derecha boliviana, con la complicidad de las FFAA y las Fuerzas de Seguridad, con el apoyo de la embajada de EEUU y la OEA, y bajo un silencio de ultratumba de la gran mayoría de los países del mundo, vuelve a demostrar que no ha sido derrotado.

El triunfo electoral de Lucho Arce y David Choquehuanca aún no ha sido reconocida por el golpista Luis Fernando Camacho y según afirmó, cuando tengan los resultados definitivos determinarán qué hará la fuerza política que dirige (Creemos). “Aún tenemos que terminar lo que empezamos”, deslizó muy ligeramente el golpista santacruceño.

Suenan los clarines de guerra

Estas declaraciones de la derecha boliviana radicalizada se suman a las permanentes arremetidas contra la Venezuela chavista por EEUU, el Grupo de Lima, la OEA y afines, o a las recientes represiones en Chile, el asesinato sistemático en Colombia, al igual que muchas otras situaciones que podrían describirse en toda la región. La derecha por gringa no descansa.

En Argentina y en México se ven claramente no solo mediante las operaciones de prensa, sino con las “convocatorias anti”. La derecha no tiene una propuesta concreta porque el neoliberalismo está agotado. No solo en la región, sino en el mundo entero. Por ello la única forma que tienen de convocar adeptos es en “oponiéndose a”. No hay proposición, construcción o alternativa, sólo hay destrucción. Una alarmante maquinaria de impedir y mentir.

La debilidad de EEUU y su situación interna tienen mucho que ver con esta forma de operatoria de las derechas continentales. La utilización de la violencia y la caotización parecen ser los últimos cartuchos de un imperio que pierde su hegemonía. Lo hemos visto en el Medio Oriente y en la Europa del Este. Ahora ¿esto quiere decir que EEUU está terminado y que su influencia terminará? En lo absoluto, muy por el contrario esto se vuelve muy peligroso para la región y para el mundo.

Lo decíamos hace algún tiempo y lo volvemos a afirmar: EEUU desde hace mucho tiempo lanzó una guerra a perpetuidad contra los pueblos del mundo, aunque ahora -quizás- sus señales se vean con mayor claridad.

Los pueblos no se dejarán pisotear

Pese a las intentonas golpistas, pese a tener prácticamente a toda la prensa hegemónica en contra, los procesos populares de la región siguen dando muestras de su voluntad de avanzar hacia una sociedad más justa. El ejemplo más gráfico fueron las diversas movilizaciones del 17 de octubre en conmemoración del día de la Lealtad peronista.

Ese día se destruyó el mítico relato que pretendía construir la derecha (y sus medios de propaganda) de que habían ganado la calle. Está claro que los pueblos saldrán a defender a sus intereses y a defender a los gobiernos que representan ese camino.

Los desafíos de los pueblos de Nuestra América son infinitos, pero sin dudas el de mayor relevancia será demostrarle al mundo que hay otro camino, que se puede construir un sistema más justo, libre y soberano, donde se respeten las diversidades, donde haya mayor tolerancia y solidaridad. Pero ese camino no significa renunciar a la lucha popular.

Los pueblos queremos paz, pero con justicia social.


[1] https://www.voltairenet.org/article210761.html

Nicolás Sampedro
Nicolás Sampedro

Prefiero escuchar antes que hablar. Ser esquemático y metódico en el trabajo me ha dado algún resultado. Intento encontrar y compartir ideas y conceptos que hagan pensar. Me irritan las injusticias, perder el tiempo y fallarle en algo a les demás.

De símbolos y representaciones

De símbolos y representaciones

TIEMPO DE LECTURA: 4 min.

Por Rick Sampedro*

Los símbolos son representaciones de un imaginario individual o colectivo sumamente vulnerables a intereses de cualquier signo.

Tal vez las banderas e insignias patrias sean el mejor ejemplo de una simbología cargada de significado, por poco nocivo que este parezca. Remeras, bolsos, mochilas, camperas y hasta paraguas exhiben coloridas insignias de Estados Unidos y Gran Bretaña, por citar dos ejemplos comunes, sosteniendo diferentes ideas o evocando asociaciones según quien las lleve y quien las reconozca.

A menudo, estas banderas son meros símbolos de una moda recurrente y abusiva que conscientemente arroja un manto de trivialidad sobre conceptos e ideologías que poco tienen de inocentes. Un poder imperial no pierde sus costumbres ni sus objetivos por aparecer como parte de artículos de moda con una agradable combinación de colores y formas, con evocaciones que poco tienen que ver con su forma de ver el mundo.

Por otra parte, los mismos titiriteros de la moda aplican sus descomunales recursos y utilizan la siempre bien predispuesta mainstreammedia para hacer desaparecer como por arte de magia, consignas y slogans que fueron creados con otro objetivo: aquél de expresar una opinión o disputar un statusquo. En los 80, por ejemplo, las remeras de Greenpeace con consignas ambientalistas pronto se vieron sofocadas por miles de consignas con mensajes aparentemente similares pero inocuamente vagos. Era la moda. Quedaba bien. Vendía. La mejor manera de hacer desaparecer una idea es, en ocasiones, convertirla en una moda.

Pero si de simbolismos se trata, qué mejor ejemplo que las evocaciones que diferentes servicios públicos han despertado en la conciencia colectiva de los pueblos: Ferrocarriles Argentinos, en su época de expansión del territorio nacional una vez nacionalizados por el presidente Juan Domingo Perón en 1948; o YPF, el gran artífice del desarrollo de una ingente porción de lo que hoy es Argentina. Ambas empresas, aunque por infortunio no las únicas, fueron objeto de gran orgullo nacional, hasta que llegaron las diversas oleadas de destrucción comandadas por los poderes de facto y ejecutadas con precisión de cirujano por los mecanismos coloniales que siguen operando para objetivos cuasi opuestos a los que originaron su creación en 1944 en el acuerdo de Bretton Woods: el Banco Mundial, el FMI y la Organización Mundial de Comercio.

Para aquellos gobernantes que presidían el país cuando comenzó y luego se profundizó el desmembramiento del Estado Nacional, el simbolismo de éstas y otras grandes empresas nacionales no era (ni es) el mismo que para la mayoría de la gente que se supone representan. Para ellos y sus intereses corporativos esas empresas pioneras representaban el riesgo de que el país contara con herramientas y el patrimonio necesario para contribuir a una nación independiente. Una nación en control de su destino. Una nación gobernada por el pueblo a través de sus representantes.

En términos más genéricos, los sistemas públicos de salud y educativo representan dos de los baluartes que cualquier nación igualitaria debe defender a ultranza para superar los cíclicos embates de los dueños del poder.

En este momento en el que de norte a sur y de este a oeste se experimenta la peor crisis sanitaria global de la historia del planeta, los servicios sanitarios públicos aparecen como la más coherente forma de intentar contener y derrotar al COVID-19. Esta misma salud pública dejaba fuera del sistema, en países como Estados Unidos -antes de la aparición del nuevo virus- a más de 50 millones de personas. Por su parte, en Reino Unido el sistema sanitario público ha sido sometida a una paulatina privatización y desarticulación por sucesivos gobiernos de corte conservador, algunos con denominación de origen y otros disfrazados de un socialismo inexistente (el New Labour o la tercería vía de Tony Blair), y ahora nos exhibe, en un grotesco ejercicio de cinismo e imbecilidad, al primer ministro británico Boris Johnson y al secretario de salud y asistencia social MattHancock, detrás de un podio con un cartel que dice ‘Salvar el NHS’ (NHS = Sistema Sanitaria Nacional) y con un botón del mismo en la solapa del blazer. Cabe decir lo mismo de la universidad pública en Inglaterra, creada después de la Segunda Guerra Mundial como un gran instrumento de igualación social y privatizada de facto a partir del 2000, año en el que los aranceles universitarios subieron de 3 mil a 9 mil libras por año.

¿Se vive en un mundo al revés? En absoluto. Quienes delinean los destinos de la humanidad saben exactamente qué mundo es el que seguirá otorgándoles ese poder casi absoluto sobre el destino de la humanidad. Para ellos, éste es el mundo como debe ser.

Lo bueno sería poder entender que finalmente, por más redondo que sea, este mundo no se girará sobre su eje sin la fuerza conjunta de toda la humanidad para la que vivir en armonía, en paz y disfrutando -todos y cada uno de los pueblos- de los derechos innatos que se tienen. Para que esto sea posible, uno de los factores de cambio que se pueden repensar son los símbolos: un desempleado o homeless británico que vende The Big Issue en una esquina de Manchester o una familia que vive de un subsidio que apenas le permite desplazarse hasta el banco de alimentos más próximo, ya sea en Liverpool o en Oxford, está tan lejos de esa persona viviendo en el subte de Buenos Aires o aquella familia Wichí de Salta?

Tal vez es hora de construir un imaginario verdaderamente universal, con símbolos que sólo puedan ser interpretados como parte de la gran bandera global de la justicia social.


* Traductor, capacitador docente, disertante, autor y profesor de ingles especializado en temas globales.
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