De símbolos y representaciones

Remeras, bolsos, mochilas, camperas y hasta paraguas exhiben coloridas insignias de Estados Unidos y Gran Bretaña, por citar dos ejemplos comunes, sosteniendo diferentes ideas o evocando asociaciones según quien las lleve y quien las reconozca.

Por Rick Sampedro*

Los símbolos son representaciones de un imaginario individual o colectivo sumamente vulnerables a intereses de cualquier signo.

Tal vez las banderas e insignias patrias sean el mejor ejemplo de una simbología cargada de significado, por poco nocivo que este parezca. Remeras, bolsos, mochilas, camperas y hasta paraguas exhiben coloridas insignias de Estados Unidos y Gran Bretaña, por citar dos ejemplos comunes, sosteniendo diferentes ideas o evocando asociaciones según quien las lleve y quien las reconozca.

A menudo, estas banderas son meros símbolos de una moda recurrente y abusiva que conscientemente arroja un manto de trivialidad sobre conceptos e ideologías que poco tienen de inocentes. Un poder imperial no pierde sus costumbres ni sus objetivos por aparecer como parte de artículos de moda con una agradable combinación de colores y formas, con evocaciones que poco tienen que ver con su forma de ver el mundo.

Por otra parte, los mismos titiriteros de la moda aplican sus descomunales recursos y utilizan la siempre bien predispuesta mainstreammedia para hacer desaparecer como por arte de magia, consignas y slogans que fueron creados con otro objetivo: aquél de expresar una opinión o disputar un statusquo. En los 80, por ejemplo, las remeras de Greenpeace con consignas ambientalistas pronto se vieron sofocadas por miles de consignas con mensajes aparentemente similares pero inocuamente vagos. Era la moda. Quedaba bien. Vendía. La mejor manera de hacer desaparecer una idea es, en ocasiones, convertirla en una moda.

Pero si de simbolismos se trata, qué mejor ejemplo que las evocaciones que diferentes servicios públicos han despertado en la conciencia colectiva de los pueblos: Ferrocarriles Argentinos, en su época de expansión del territorio nacional una vez nacionalizados por el presidente Juan Domingo Perón en 1948; o YPF, el gran artífice del desarrollo de una ingente porción de lo que hoy es Argentina. Ambas empresas, aunque por infortunio no las únicas, fueron objeto de gran orgullo nacional, hasta que llegaron las diversas oleadas de destrucción comandadas por los poderes de facto y ejecutadas con precisión de cirujano por los mecanismos coloniales que siguen operando para objetivos cuasi opuestos a los que originaron su creación en 1944 en el acuerdo de Bretton Woods: el Banco Mundial, el FMI y la Organización Mundial de Comercio.

Para aquellos gobernantes que presidían el país cuando comenzó y luego se profundizó el desmembramiento del Estado Nacional, el simbolismo de éstas y otras grandes empresas nacionales no era (ni es) el mismo que para la mayoría de la gente que se supone representan. Para ellos y sus intereses corporativos esas empresas pioneras representaban el riesgo de que el país contara con herramientas y el patrimonio necesario para contribuir a una nación independiente. Una nación en control de su destino. Una nación gobernada por el pueblo a través de sus representantes.

En términos más genéricos, los sistemas públicos de salud y educativo representan dos de los baluartes que cualquier nación igualitaria debe defender a ultranza para superar los cíclicos embates de los dueños del poder.

En este momento en el que de norte a sur y de este a oeste se experimenta la peor crisis sanitaria global de la historia del planeta, los servicios sanitarios públicos aparecen como la más coherente forma de intentar contener y derrotar al COVID-19. Esta misma salud pública dejaba fuera del sistema, en países como Estados Unidos -antes de la aparición del nuevo virus- a más de 50 millones de personas. Por su parte, en Reino Unido el sistema sanitario público ha sido sometida a una paulatina privatización y desarticulación por sucesivos gobiernos de corte conservador, algunos con denominación de origen y otros disfrazados de un socialismo inexistente (el New Labour o la tercería vía de Tony Blair), y ahora nos exhibe, en un grotesco ejercicio de cinismo e imbecilidad, al primer ministro británico Boris Johnson y al secretario de salud y asistencia social MattHancock, detrás de un podio con un cartel que dice ‘Salvar el NHS’ (NHS = Sistema Sanitaria Nacional) y con un botón del mismo en la solapa del blazer. Cabe decir lo mismo de la universidad pública en Inglaterra, creada después de la Segunda Guerra Mundial como un gran instrumento de igualación social y privatizada de facto a partir del 2000, año en el que los aranceles universitarios subieron de 3 mil a 9 mil libras por año.

¿Se vive en un mundo al revés? En absoluto. Quienes delinean los destinos de la humanidad saben exactamente qué mundo es el que seguirá otorgándoles ese poder casi absoluto sobre el destino de la humanidad. Para ellos, éste es el mundo como debe ser.

Lo bueno sería poder entender que finalmente, por más redondo que sea, este mundo no se girará sobre su eje sin la fuerza conjunta de toda la humanidad para la que vivir en armonía, en paz y disfrutando -todos y cada uno de los pueblos- de los derechos innatos que se tienen. Para que esto sea posible, uno de los factores de cambio que se pueden repensar son los símbolos: un desempleado o homeless británico que vende The Big Issue en una esquina de Manchester o una familia que vive de un subsidio que apenas le permite desplazarse hasta el banco de alimentos más próximo, ya sea en Liverpool o en Oxford, está tan lejos de esa persona viviendo en el subte de Buenos Aires o aquella familia Wichí de Salta?

Tal vez es hora de construir un imaginario verdaderamente universal, con símbolos que sólo puedan ser interpretados como parte de la gran bandera global de la justicia social.


* Traductor, capacitador docente, disertante, autor y profesor de ingles especializado en temas globales.

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