Las epifanías del Coya Cabrera

Las epifanías del Coya Cabrera

TIEMPO DE LECTURA: 4 min.

Sebastián Martínez Daniell nació en Buenos Aires, en 1971. Entre otras ha publicado las novelas Semana (2004), Precipitaciones aisladas (2010) y Dos sherpas (2028), en editorial Entropía. En 2023 publicó Desintegración de una caja con editorial Marciana. Viene a Revista Trinchera para hablar de esa, la única, palabra que nos representa a todos, Maradona.

por Sebastián Martínez Daniell

Una atávica costumbre de la Rusia zarista, importada a la Argentina en 1907 por el presidente José Figueroa Alcorta, exige que el séptimo hijo varón de todo matrimonio consumado sobre suelo patrio se beneficie con el padrinazgo del primer mandatario de la República. Por eso, cuando en junio de 1952 una familia pobre de la provincia de Salta recibió a su más joven integrante, el mismísimo Juan Domingo Perón lo cobijó entre sus ahijados y le ofrendó la protección del Estado de bienestar. Consecuentemente, el niño fue bautizado como Juan Domingo Patricio Cabrera, pero el mundo del fútbol lo conoció como “El Coya”. Sus colegas lo describían como un temible volante central. La mitología guaraní lo sospechaba licántropo.

Conoció a Maradona una tarde de 1976 en el estadio de Argentinos Juniors. Para entonces, Cabrera, que por esos años vestía la camiseta blanquiazul de Talleres de Córdoba, ya tenía una carrera consolidada, aunque aún no le había llegado la convocatoria al seleccionado nacional, ni había emigrado a Francia, ni se había lucido en Colombia. Todo eso vendría después. Por el momento, disfrutaba de un día tranquilo: los cordobeses ganaban 1 a 0 en La Paternal y los locales no le encontraban la vuelta al partido. Cuando faltaban pocos minutos para que terminara el primer tiempo, notó movimientos en el banco de suplentes rival y vio que se preparaba para entrar un adolescente de 15 años, cuyo nombre ya había empezado a aparecer en los diarios y que, finalmente, iba a hacer su presentación en el fútbol profesional.

La primera vez que la pelota pasó por los pies de Maradona en aquel partido iniciático, Cabrera le entró fuerte y no le permitió dominarla. Cuando tuvo su segunda oportunidad, el debutante la recibió de espaldas al “Coya” y, antes de que el ahijado de Perón pudiera darse cuenta, la pelota había pasado limpiamente entre sus piernas. En ese mismo instante, mientras oficiaba de Celestina entre Maradona y el orbe, “El Coya” Cabrera tuvo su primera epifanía: comprendió, iluminado por una revelación mística, que el mundo está regido por un panteísmo selectivo. Supo que Dios está presente en todas las cosas, pero que sobre algunas derrama más entidad que en otras. 

Con los años, el título de Boca Juniors en 1981, el crimen de Andoni Goikoetxea en el Camp Nou, el gol a los ingleses, la consagración en el Azteca, las lágrimas en el San Paolo, la veneración napolitana y las muchas reencarnaciones imposibles extenderían el nuevo credo del “Coya” Cabrera hasta hacerlo universal.

Como a tantos, el retiro del fútbol profesional encontró a Cabrera en la bancarrota. Sentado en su casa, sin empleo y sin futuro, “El Coya” recibió en 1985 un llamado de larga distancia. Del otro lado de la línea, Maradona le dijo que estaba al tanto de su situación y le rogó que aceptara una pequeña ayuda económica. Algo módico, algo que le permitiera comprarse un taxi y salir a trabajar. El futbolista retirado no supo qué decir. No tanto porque fuera a rechazar la oferta, sino porque ese segundo encuentro con Maradona le deparó una nueva revelación.

Juan Domingo Cabrera | Foto de “El Grafico”

Ya maduro, quebrado y alejado del negocio deportivo, Cabrera comprendió que él había sido elegido por ese hombre que lo llamaba desde el sur de Italia para divulgar su mensaje. Ese hombre que era criticado por sus excesos, ese que había salido de las privaciones de Villa Fiorito y ahora dominaba el mundo, ese que se convertiría en el blanco predilecto de la moralina de la clase media vernácula, ese sujeto que dividía su tiempo entre la iluminación del genio y la autodestrucción siempre ineficaz, ese hombre que se resistía a mitificarse, a ser modélico o a morir, lo había elegido justo a él, al séptimo hijo varón de los Cabrera, para transmitir su legado.

“El Coya” vivió dos décadas más. Un tumor cerebral y una neumonía lo dejaron fuera del mundo en 2007. Su derrotero fue una de las tantas metáforas de la Argentina. Pobreza extrema, tutela peronista, ascenso social, migración interna y exilio francés; bancarrota financiera y solidaridad fraterna, cáncer y Plus Ultra. 

Seguramente, desde el rincón del inframundo que Caronte reserva para los hombres lobos y otras criaturas sagradas, él ratifica cada día su fe en Diego. Y con él, lo hacemos tantos otros que hemos sido bendecidos por su inspiración.

 


Sebastián Martínez se pasó por Radio Trinchera a conversar con Pástico Cruel


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Negro bocón, il morto che parla

Negro bocón, il morto che parla

TIEMPO DE LECTURA: 4 min.

Gachi Corradini vuelve a las páginas de Revista Trinchera para hablar de un Dios Bocón, un Dios de todos. 

Ilustración de Ciro Marcovecchio

¿Y qué hacés después de que el mundo se bebe a fondo blanco tu cóctel “niño villero indigente devenido en millonario  y famoso”? ¿Qué podés hacer luego de que un talento nunca antes visto te convierte en tu propia iglesia?

La lista de opciones es larga, pero en general se trata de gente dejándose dejarse arropar por el nuevo mundo y adoptando otras formas de sumisión, más confusas pero iguales de efectivas.

El problema con Maradona es que no, no hacía eso, no quería eso. Todo muy lindo con el arrope pero parece que además de no poder evitar jugar descomunalmente bien a la pelota, tampoco podía sumirse a nada, a nadie. No era premeditado ni estratégico, simplemente no podía y si desplegaba la memoria hasta que quedara tirante, los únicos recuerdos que encontraba decidiendo callar, eran ante el ceño fruncido de la Tota.

Porque Maradona hablaba. Con la boca muy abierta, hablaba. A los gritos, con una coreografía extravagante de torso, brazos y ojos, hablaba. Donde no tenía que hablar, hablaba. Lo que no tenía que decir, hablaba. Lo que no tenía que mentir, hablaba. Lo que no convenía preguntar, hablaba. Y después iba, elevaba el pecho, atravesaba con esas piernas retaconas el césped, hacía algo alevoso o inexplicable y ya cargaba crédito para seguir hablando de lo que se le cante.

Sus decires no se ordenan en un marco teórico, no hay conceptualizaciones previas ni especulaciones. Sí hay una simetría franca y transparente entre la dimensión social de su origen y las batallas discursivas que eligió dar: Vaticano, Malvinas, Havelange y su Fifa, Fidel y su Cuba, Abuelas y Madres, Cabezas, lxs jubiladxs, Lula, Correa, los Kirschner, Macri…Nadie le pregunta, pero él, hablaba, habla.

Era un negro bocón, sin límites ni educación, hablaba como corría, yendo para donde se le cante, de pecho inflado, un negro agrandado; el sistema le recomendaba silencio, con alguna indulgencia -producto de reparar en el amor desquiciado que provocaba en la gente- le hacía la seña del dedo índica en la boca, le servía más champagne y merca, lo abrazaba y lo adulaba. Maradona se dejaba, el champagne estaba bueno y la sobada de lomo ya era parte de su cotidianeidad, no le molestaba. Pero no alcanzaba para educarlo en ese silencio agraciado y conveniente que le reclamaban.

Quizás haya entendido algo que el resto no, Quizás hubo algo a lo que no temía que el resto sí, quizás prefirió el porqué mientras el resto se perdía en el paraqué ¿Cómo es eso de que un gran poder conlleva una gran responsabilidad? Quizás, algo de eso, de la forma caótica, transpirada de desbordes en la que vivió se le impregnó. Interpretó el asunto de la responsabilidad como un  ejercicio viento en contra de lo que le convenía, por eso sus decires son su gran acto de compromiso político, un futbolista con apenas 3er. año se educación secundaria boqueando sobre distribución de las riquezas, política internacional y reclamos de las minorías. Su despliegue discursivo era un arma, lo sabía, lo usaba y lejos de temer, le encantaba. Así como allá iba a compadrear de cara al arco sin miedo a nada, así habló. Podría haber disparado para cualquier lado, podría haber aceptado una tregua, pero no. Arriba o debajo de sus infiernos personales, ganando o perdiendo sus más íntimas batallas, abrazando o negando a su propia gente, nunca se extravió en eso, nunca se mudó de lado. 

Posiblemente todo fue mucho más sencillo de entender para él: hablar era una forma de devolverle al pueblo ese amor desmesurado y chillón que lo seguía a donde fuera. 

Si la estrategia de toda deidad es la ausencia -porque no estar es una forma de estar en todos lados, la fórmula estándar para ser dios- pues hasta en eso se cagó Maradona. Quizás porque era más pagano que celestial, más madera que espíritu santo, más vino y pan que ayuno, más puteada con los fariseos que perdón.  

Cuatro años después de que la muerte lo obligara a enrolarse junto al resto de divinidades  en eso de la ausencia, su santo grial es que siga hablando. 

Maradona habla. Andamos revolviendo las cajitas de sus dichos, lo recuperamos todo el tiempo y lo sentamos vivo al lado de cada lucha. Y el negro bocón se ríe, se acomoda en la silla y abre la boca.

Ay, Eva, como verás ya no sos la única morta che parla…

 

Amanda Corradini

Mujer de trincheras: Reparte su vida entre la trinchera de la Escuela Pública, la de su biblioteca y la que guarda algunas banderas que gusta agitar. Todo regado de mate dulce, Charly García y un vergonzoso apego por el humor infantil.


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Me siento más solo que Kung Fu

Me siento más solo que Kung Fu

TIEMPO DE LECTURA: 4 min.

Hay un fantasma que nos visita todo el tiempo, inclusive antes que muerto, antes que vivo, que todo. Una historia de resurrección. 

El cemento desprolijo que se escapa de la junta del ladrillo hueco me corta la palma de la mano izquierda y al mismo tiempo me la enfría. Esa sensación me revuelve aún más la panza y me genera un escalofrío por toda la espalda, que encorvada e impulsada por un caldo que va subiendo desde mis riñones, empieza a moverse con un andar toráxico al ritmo de la respiración.

Tengo la mirada clavada entre el piso y la pared que aún está mojada por mi propio meo de hace unos pares de vasos atrás. Con cada pequeña arcada intento inhalar poco, pero es inutil, el olor añejo del pis se me mete por las fosas nasales y se me termina alojando en la boca con el sabor dulce ácido que me dejó el vino cortado con Manaos.

En un breve lapso de microsegundos se me pasa un tren de flashes por la cabeza. Son imágenes repetidas de las últimas semanas; la barra mostrador, el baño del bar lleno de calcos con los azulejos blancos siempre con una pequeña capa de agua embarrada, el rock sonando detrás de una cumbia santafesina una y otra vez. En el medio de esa locomotora que pasa a toda velocidad, en mis pensamientos aparece el parabrisas reventado, la frenada marcada en el asfalto y la sangre brotando entre los pelos largos de Celeste. Como en esa tarde me empieza a temblar la mano y es en ese momento que desde el fondo de mis entrañas empiezo a expulsar el alcohol fermentado de mi cuerpo. Ahora sí la arcada se vuelve más fuerte y siento como en cada expulsión se me despega un pedazo de garganta. En el piso el viejo charco de meo se llena primero de un vómito espeso, para luego ir cubriéndose de una segunda capa más aguada donde prepondera la bilis.

De mis labios y dientes corren hilos de baba; me quema la garganta y los ojos me pican entre tantas lágrimas. 

Una segunda arcada y se repite el proceso.

 Cada vez expulso menos cosas sólidas, pero los gritos y el llanto aumentan.

 Noto como una parte de mí alma se desprende de mi interior.

 Paso la manga de mi campera por mi cara, como queriendo inútilmente limpiarme y esconderme al mismo tiempo.

La nariz, la boca y mi garganta se me llenaron de un olor nauseabundo mocoso. 

Como queriendo cuidarme la imaginación me saca de esa situación lamentable y me transporta a la infancia. Me veo de pibe jugando en la mecedora de madera de mamá y papá, pero de golpe aparece el tajo que va desde el pómulo, le atraviesa el ojo y se esconde por encima de la frente entre los pelos de Celeste.

Como si fuesen una repisa vieja, mis piernas se vencen y caigo encima del vómito. Siento que la humedad me atraviesa el pantalón de jean y la campera a la altura del codo.

Por la cabeza pasan las peores ideas y otro vaso de vino. Y es ahí cuando siento una mano que con ternura y precaución me acaricia el hombro y me da una palmada.

El mundo se me detiene al escuchar esa voz que solo puede ser de él. Esa voz que es de un nene y de alguien que vivió todas las vidas en una sola.

-A mí también me pasó. Me siento más solo que Kung Fu.

Giro levemente la cabeza y sobre mi hombro veo que me alcanza una  botella de agua y una toalla.

Ante la soga que me tira, yo respondo con un intento patético pero cortés por intentar levantarme.

 Después de un rato de jadeo ya tengo una rodilla apoyada en el piso y sobre la otra descansan mis manos y mi espalda encorvada. En ese momento siento nuevamente que me acarician el hombro y me dan una palmada suave.

-Me cortaron las piernas, pero no me quedó otra que seguir.

A mi cara desfigurada por el vómito y el llanto se le dibuja una sonrisa. Apresuro a levantarme y dar en encuentro con Diego, pero cuando puedo incorporarme, en ese sucio callejón no hay nadie.

Es 10 de octubre pero para mí es domingo de pascua y resurrección.

 

Felipe Bertola

Cuando estaba en la panza, mi vieja me cantaba “Significado de Patria” para tranquilizarme. En la comunicación y organización popular encontré la clave para poder “ser la revancha de todxs aquellxs”. Como todo buen platense, sé lo que es ganar una Copa Libertadores.


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