Santiago Craig: “La literatura permite una conversación en la que esté en claro que a lo mejor lo que yo te estoy diciendo, no sé bien qué es” 

Santiago Craig: “La literatura permite una conversación en la que esté en claro que a lo mejor lo que yo te estoy diciendo, no sé bien qué es” 

TIEMPO DE LECTURA: 11 min.

Santiago Craig nació en Buenos Aires en 1978. Publicó el poemario Los Juegos, los libros de relatos El Enemigo, Las Tormentas, 27 maneras de enamorarse y Animales. Su primera novela es Castillos. Fue finalista del premio hispanoamericano de cuento Gabriel García Márquez, tuvo una mención en el Premio Nacional de Letras y  mención especial en el Premio Iberoamericano Cortés de Cádiz 

Habló con Radio Trinchera en el marco del programa Plástico Cruel, sobre su libro de cuentos Las Tormentas (2017) y su primera novela Castillos (2020) ambas publicadas por editorial Entropía.

¿Cuál es la ruta lectora que te trajo hasta acá?

En casa había mucha música. Siempre digo eso y mi papá se enoja, me dice, che loco parece que yo no he leído un libro. Pero había más discos que libros, no teníamos una biblioteca grande, en casa, ni nada por el estilo. Yendo al recorrido que me preguntas, empecé primero por la música, yo escuchaba lo que escuchaban mis viejos una música más de los sesenta y setenta. Primero fueron The Beatles y los Rolling Stones, pero después fui descubriendo algunos que estaban a un costadito. Ahí empecé a escuchar a The Doors, Jim Morrison que era un tipo que le gustaban poetas, filósofos y empecé a seguir, empecé a leer a Nietzsche, a Rimbaud, Williams Blake. Entre por ese lado, un lado medio raro, obviamente que yo venía del palo del cómic y la novela de aventura. El impacto más grande que tuve fue leer a Rimbaud, no entendía pero había algo ahí que me capturaba y me fue llevando a otras lecturas. Así conocí, más en la adolescencia, a Pizarnik, Girondo, después a Borges y a Cortázar. Fui enganchado lecturas con lecturas. Pero mi primera aproximación fue la poesía, leer y tratar de escribir poesía. Tenía una manera muy voraz de leer, me metía con un autor y lo leía íntegro, hasta agotarlo.    

Tu primera publicación es Los Juegos, un poemario. En tus cuentos, incluso en tu novela Castillos, hay un desborde de la poesía en la narrativa. ¿Cómo trabajas la poesía en tu narrativa? 

La poesía para mi tiene una condición que es que uno se permite poder escribir sin dar cuenta demasiado de lo que escribe, desde la racionalidad, sin tener que explicar. Es muy raro que alguien termine de leer un poema y pregunté si se entendió, no importa, el problema es otro. El intento de comunicación de la poesía tiene que ver con  hacer algún tipo de vínculo emocional entre lo que se dice y quien recibe eso, o uno mismo. Uno racionaliza, lo piensa después, mientras escribo no pienso en nada de esto. Para mí hay algo esencial en la forma, me interesa de qué manera está dicho lo que está dicho. Como lector soy así, tal vez por haber empezado por la poesía, a mí me interesa cómo escribe alguien además de qué dice alguien. A lo mejor la poesía tiene que ver con que, lo que yo escribo tiene que ver más con las formas que con las ideas. Más que nada sigo palabras, por más de que siempre tengo una idea de qué quiero escribir. En ese sentido se desdibujan los bordes entre la poesía y la prosa, más allá de cuestiones formales. En lo esencial estas dos formas de escritura son parecidas para mí. 

¿El cuento, más que la idea, es el tono? 

 En un punto si. Una fruta es como una mentira, un engaño de la naturaleza para llevar de un lado a otro una semilla y pareciera que toda esa parafernalia que es la pulpa de la fruta estuviera puesta ahí solo para que esa idea sea llevada de un lugar a otro y eventualmente crezca en otro lado. Creo que la forma, el tono, la manera, el cuidado de cómo uno trata de escribir algo, yo no lo pongo en función de poder decirle a otro una idea que tengo. En general es todo lo contrario, esa forma que va adquiriendo la literatura, o la fruta, es finalizar algo en sí mismo que yo no sé qué es porque el punto de partida es otro y mientras escribo voy descubriendo otras cosas. No hay una idea que sostenga eso, no hay una idea que yo diga, bueno si no capturó esta idea no capturó lo que quise decir. La literatura permite una conversación en la que en ese pacto esté en claro que a lo mejor, lo que yo te estoy diciendo, no sé bien qué es. 

En tu libro de cuentos Las Tormentas, hay una atmósfera en común que ronda los cuentos. Desde ciertas temáticas, de estas relaciones intrafamiliares, esta cotidianeidad. ¿Esa atmósfera fue buscada o es algo que apareció durante la escritura?

Hay una cosa inevitable que es, ser uno mismo. Es la manera que uno tiene de ver las cosas y esos cuentos lo que tiene en común es esa atmósfera media siniestra, misteriosa, de deslumbrarse frente a cosas que son muy mínimas. Era también lo que me pasaba en ese momento de mi vida, mientras escribía, las cosas se me hacían un poco raras. En el momento que uno une eso y empieza a atar cabos, la parte de la corrección del libro, quedaron cuentos afuera porque no tenían esa impronta. Hay una recurrencia en los temas, en la atmósfera que una vez puesto los cuentos ahí uno lo advierte, mirá está esto, y después la buscás y acomodás el orden de los cuentos, darse cuenta si tienen algo en común para formar un libro o no. Ese es un trabajo posterior, mientras uno escribe no se da cuenta de que estoy cayendo en recurrencias. Uno es uno y no se da cuenta que se repite. 

Venimos haciendo una serie de entrevistas sobre La Nueva Ficción Extraña en Latinoamérica, con esta colección que dirigen Juan Mattio, Flor Canosa y Marcelo Acevedo en Indómita Luz. Nos gusta pensar algunos de tus cuentos, Formosa o Guaminí, como parte de este género. ¿Te sentís cercano a este género? 

Esto de Wierd me gusta, es como una definición que fue variando, también lo fantástico, son maneras de decirle a algo que está ahí que puede adoptar formas más o menos contemporáneas pero que siempre estuvo. Está bueno hacer la genealogía de textos, como hicieron ustedes al principio preguntándome qué leía, de ahí viene esto raro. Por ejemplo Kelly Link que es una autora contemporánea que escribe Wierd, en general rastreas a quienes escribirnos o escriben esto y  seguro la leyeron, lo mismo con Lorrie Moore, hay un montón de autores de afuera que mucho fuimos leyendo y se nos pegaron cosas, ahí se va armando esto. Lo mismo que le pasa al realismo mágico o a Kafka, cosas muy diversas que creo que terminan cuajando en esto del enrarecimiento. En ese sentido puede ser que esté dentro de eso, yo no escribo con un género en la cabeza, a veces para entretenerme, cosas que por ahí ni siquiera publiqué, digo bueno voy a escribir un cuento de terror. A mí me gusta el género, me parece un buen marco una buena manera de escribir o entretenerse, ir para un lado con la escritura. A lo mejor esto de lo raro puede ser, yo no intento ir para ahí. Samanta Schweblin, Luciano Lamberti, Marina Closs, hay un montón de autores  que me gustan mucho lo que escriben y terminan siempre bordeando esos lugares, evidentemente algo de eso me atrae. Entiendo ese género y en general las cosas que están dentro de esa nominación me terminan cautivando.

En tu cuento Formosa noté cosas de Casa tomada, de Menos Julia, ¿Hay algo del ejercicio de reescritura? 

Bueno, son dos cuentos geniales. Cortazar y Felisberto me encantan. No lo tenía presente en el momento de escribir, pero pasa un montón. Lo decís vos y me parece evidente, pero no los tenía en el momento de la escritura, para serte sincero. Tal vez tenía otras referencias más obvias. Yo solo tenía escrito el diálogo cómo final de ese cuento, una especie de interrogatorio. Porque sí, no me acuerdo porque había escrito eso. Después empecé a tratar de escribir algo en donde pudiera incluir eso. Yo pensaba que pasa, más en el sentido de Kafka, de El proceso, de El castillo, cuando con cierta pasividad se va arrinconando a alguién hasta llevarlo a ese punto. ¿Qué pasa si algo se queda y no se va? La insistencia de algo era lo que me iba guiando en la escritura. Hay un cuento de Kafka, Las preocupaciones de un padre de familia, el problema es algo que se queda, y eso es lo que molesta. Si tenía algo en mi cabeza, estaba más por ese lado. 

Contanos un poco sobre tu cuento Guaminí

No conocía Guaminí, ni a Salamone, nada de eso. Un amigo me contó que su abuelo era de ahí, y algunas cosas que pasan en el cuento son verdad, algo de romper una vidriera, no me acuerdo mucho la anécdota, pero me quedé con eso que me contó. No me habló de nada que tuviera que ver con alguna particularidad. Para mí era un pueblo más, que tenía las características habituales de un pueblo, pero cuando empecé a ver fotos me pareció una locura. A partir de ahí construí el Guaminí que inventé.

Es el cuento más onírico, quizá ese tono te lo dió el hecho de no conocerlo.

Si, de hecho me pasó que me mandaban fotos, videos, personas que habían leído el cuento, y me iba enterando después. Con Castillos me pasó lo mismo, yo solo estuve una noche, y después lo inventé. Eso me entretiene mucho: tomar un lugar real y transformarlo en un lugar imaginado. Voy a hacer una confesión, una vez gané un concurso de poesía, y había que hablar sobre el lugar. Yo nunca había ido, y gané. Tuve que ir a la plaza con el intendente y me preguntaban sobre cuál era mi vínculo con el lugar. Creo que mentí, pero me entretiene hacer eso.

Leyendo en simultáneo, sentimos que Castillos era un cuento que se derramaba de Las tormentas, un cuento que dejaste crecer. ¿Cómo se delimita un cuento de una novela?

Hay algo de eso, de dejar crecer un cuento. Yo escribo siempre cuentos. Hasta incluso cuando escribo poesía termina siendo un poco narrativa. La forma de pensar es el cuento. Lo veo como interesante porque es algo que no me pasa a mi solo, porque lo que me pasa a mí no lo veo interesante, trato de pensar lo que le pasa a otra persona también. Es tratar de asociar una cosa a la otra hasta que hay algo que cuaja o se parte hacia adelante. No solamente la estructura del cuento tradicional, esa cosa de hay un arma en el primer acto y se dispara en el tercero, eso no me va mucho. 

Castillos siempre fue una novela en mi cabeza, lo pensaba como algo largo, sobre todo porque lo tenía dividido en dos partes. El cuento Tormentas podría haber sido más largo, pero no me animé, pensaba que era alguien que no escribía novelas. Podría tener más desarrollo de algunas cosas, pero fuí para donde finalmente terminó. 

Borges decía que el cuento es la idea, y la novela el personaje. Sos un autor que discute muy bien eso, tus cuentos son más de personajes que de idea. Invertís el rol del cuento clásico y eso atrapa.

El cuento como esta cosa de la ciencia, qué tiene que tener un cuento para ser un cuento, yo me la paso leyendo eso, y me encanta leer las definiciones, sobre todo porque en general son contradictorias. Le dan la razón a Borges y después viene Chejov diciendo lo contrario y también tiene razón. Yo no tengo elaborada una teoría del cuento. Las definiciones están buenas para pensar, pero no para escribir. Yo no creo en esas tramas super cerradas que se comen todo. A veces lees cuentos que son así, redondos, armados de esa manera, y funcionan bárbaro. A mi no me sale a hacer eso, y a lo mejor me convencí de que no me gusta, porque no me sale.

Esto de seguir al personaje, la forma, el tono, el ritmo, las palabras, un tipo de clima, todo eso después va cuajando en la historia. Para mí escribir se parece más a salir a caminar, a mi me gusta mucho Robert Walser que era muy de caminar, entre otras cosas, y sus cuentos y novelas parecen derivas, cosas que no van a ningún lado. Stephen King en Mientras Escribo, el libro este que habla de su forma de escribir y sobre la escritura, dice que no sabe porque se preocupan tanto por cuál va a ser el final, si en algún momento va a terminar el cuento. Se le va a acabar el papel, o las ganas. Pienso un poco así, la historia va a surgir, y para eso tiendo a seguir al personaje, o a los personajes.

La lectura de Castillos nos llevó a La Masacre de Kruger de Luciano Lamberti, con esa idea de que el terror nos está rodeando, está llegando ¿Tomás a tu novela Castillos como una novela de terror, del siniestro?

Si, puede ser. Yo a Luciano lo conozco personalmente y charlamos bastante, nos leemos antes de publicar y nos hicimos bastante amigos. Yo no había leído La Masacre cuando escribí Castillos. Mi novela tiene elementos de terror, pero hay gente que está más abocada y más en eso, es meterme en un terreno que no sé si soy muy ortodoxo. Puede ser que sea leída de ese lugar, hay algo ominoso, hay algo siniestro, hay algo que puede ir por el lado del terror. No me propuse escribir una novela de terror, de género, sino que tenía más bien la idea de escribir sobre  estar en un lugar y no poder irse. 

Lo que haces en 27 maneras de enamorarse y en Animales es muy diferente a lo que haces en Las Tormentas y Castillos ¿Buscas esa versatilidad? 

Me sale, de hecho tengo esas dos maneras de escribir que las tengo incorporadas. No lo sé definir pero yo me doy cuenta que hay cosas que son del tono A y cosas que son del tono B. Esas dos maneras me quedaron divididas en dos editoriales, entonces pienso esto es para una editorial y esto para la otra. Animales y 27 maneras son libros que están concebidos desde vamos como libros. Parto de la idea de escribir un libro sobre tal tema, por ejemplo, sobre animales, un libro de instrucciones sobre el amor, entonces esa escritura es mucho más rápida y más lúdica. 

¿Qué se viene?

Se viene una novela bastante larga sobre la vida de una mujer, se llama Vida en Marta, para hacerla simple, es toda su vida con episodios más o menos arbitrarios que van dando cuenta de eso. Tardé bastante tiempo en escribir esa novela, unos seis años. Sale por editorial Tusquets, a principios del año que viene. 


En el siguiente link podrán escuchar la entrevista completa y en nuestro canal de YouTube, Trinchera tv, encontrarán todo nuestro contenido.

Juan Machado

Nació en Carhué, provincia de Buenos aires, en 1992. Actualmente reside en La Plata. Escritor, también se desempeña como conductor de radio. Dicta talleres y encuentros literarios. Publicó el libro de cuentos, microrelatos y poesías, No hay que jugar en la casa vieja y otros relatos (2020) Pájaros Punk (Malisia 2022)

Luciano Montoya

Nació en Mar del Plata, en 1997. Actualmente reside en La Plata. Estudia la licenciatura y el profesorado en Música Popular en la UNLP. Conductor del programa de radio Plástico Cruel.

¿Cuán impropia es la Rural para la Feria del libro?

¿Cuán impropia es la Rural para la Feria del libro?

TIEMPO DE LECTURA: 6 min.

El día de mañana, lunes 15 de mayo, será el último del año en el que los visitantes podrán acercarse al predio de La Rural a recorrer y conocer la Feria del Libro. Aquellos que no lo hagan, deberán esperar hasta el próximo año para visitar la feria de libros más concurrida del mundo en habla hispana, y una de las cinco más grandes del mundo.

En sus casi tres semanas de exposición, son más de un millón de lectores quienes la visitan, y entre sus principales atractivos, además de la variedad de libros y textos que es posible encontrar, se encuentra la posibilidad de asistir a distintas charlas, conferencias y presentaciones de libros de varios autores. Figuras de la talla de Paul Auster, Ray Bradbury, Italo Calvino y José Saramago han participado de anteriores ediciones de la feria. En el caso de autores argentinos, autores como Borges, Fontanarrosa, Osvaldo Soriano y Maria Elena Walsh han sido parte en más de una ocasión. La feria es organizada por la Fundación El Libro, una entidad sin fines de lucro “cuya misión es la promoción del libro y los hábitos de la lectura.” 

La feria, que llega a su 47° edición, tuvo su primera edición en el año 1975 y desde ahí se convirtió en tradición que se convoque a alguna personalidad literaria, cultural o política a dar el discurso de inauguración. Desde el año 2000, cuando se convocó a Juan José Saer a venir desde Francia, esta apertura está a cargo de escritorxs. 

Este año dicho discurso le correspondió a Martín Kohan, novelista, cuentista, ensayista y docente. La expectativa por sus palabras era grande, al menos por dos motivos. Uno de ellos tenía que ver con el peso creciente que su opinión y sus intervenciones han tenido durante el último tiempo en la agenda literaria y cultural. Provocador, Kohan tiene una evidente tendencia a la discusión y el debate de ideas, y son conocidos algunos de sus cruces, por ejemplo con el ex secretario de cultura de la Ciudad de Buenos Aires, Darío Lopérfido. El otro motivo por el que había mucha atención puesta en las palabras de Kohan, tenía que ver con el discurso de apertura que lo antecedió el año pasado, Guillermo Saccomano tuvo una intervención profunda, polémica y sumamente comentada, donde atacó con mucha altura el monopolio de la industria Editorial, y el rol histórico que la Rural, el espacio en el que la feria se desarrolla, y sus frecuentes habitantes, han tenido en la historia argentina. 

Kohan, consciente de esta atención, tomó una primera decisión importante de cara a su intervención: evitar un discurso con frases “asertivas tuiteables”, tal como él mismo las describió. No fue un discurso de grandes títulos, sí quizás de grandes ideas. Este formato tuvo que ver con una de las tesis mismas de su intervención: el autor describe los tiempos que vivimos como tiempos de vociferación, donde todos gritan pero pocos leen, donde se leen títulos y no cuerpos, resúmenes y no obras. Citas, o hilos de twitter, y no textos o libros. No hay tiempo, ni lugar, en el capitalismo que vivimos, que nos permita la detención necesaria para el disfrute de un buen texto. Por eso, pensó una intervención que no se dejara resumir en algunas frases, que nadie nos pueda comentar en un pasillo qué dijo Kohan sino que nos obligue, si de verdad queremos saber, a leer definitivamente su discurso. Las formas nos hablan del contenido.

Sin embargo, más allá de saludar su apuesta, nos animaremos a discutirle una de sus tesis. Kohan plantea que “la feria del libro ocurre en un lugar impropio.” Su justificación parte de dos cuestiones: una de ellas, la antítesis que podemos reconocer entre el mundo de “bostas y silbidos”, tal como él dice, con el de “los libros y las mesas redondas”. Inobjetable hasta aquí. Sin embargo, hay otra forma de pensar la frase, y es que lo impropio de la feria en la Rural sería la instalación del mundo de la literatura, la lectura y, si se quiere, la “cultura”, en el terreno histórico de la oligarquía argentina. Ahora bien, ¿realmente la Feria del libro propone una oferta disidente y disruptiva para la tradición oligárquica de la Rural? Repasemos, para poder responder, un poco de su historia.

La primera edición de la Feria se realizó en el año 1975, en medio de un clima político y social delicado en nuestro país. Comenzada la última dictadura cívico militar en Argentina y la Feria no solo no se interrumpió, como si ocurrió con gran parte de la actividad cultural, si no que fue masificándose cada vez más. Si en 1975 fueron 140 mil personas a recorrerla, en el año 1979 contó ya con más de 700 mil visitantes. Si la feria no fue intervenida, justamente fue porque proponía una línea y un mensaje cercano al que planteaba el proceso. Si no, miremos el título que la feria tuvo en el año ‘80: “Al encuentro de dos mundos: la gesta española en América.”

Con la vuelta de la democracia, la Feria supo amoldarse a los nuevos tiempos: el discurso de apertura del año 1984 estuvo a cargo de Raul Alfonsín, y un año siguiente ya el título de convocatoria refiere “Al escritor y la libertad de expresión.” La misma feria que censuraba a quienes denunciaban las violaciones a los derechos humanos, se daba el lujo de hablar sobre la libertad de expresión.

Siguiendo con el recorrido histórico, la feria continuó sin grandes tensiones ni controversias. Por recordar una en particular, podemos mencionar la edición del año 1987, dedicada a Jorge Luis Borges, fallecido pocos meses antes. A partir del año 2000, se tomó la definición de mudar la feria al predio de La Rural, y, como señalamos antes, de que sean escritorxs quienes se encarguen del discurso de apertura. Entre los más destacados, podemos recordar los de Ricardo Piglia, Luis Gusmán, Rita Segato, Claudia Piñero, y los ya mencionados últimos dos, a cargo de Guillermo Saccomanno y Martín Kohan. 

Recordada es también la polémica que se dio en el año 2011, cuando en pleno gobierno kirchnerista, se convocó al siempre polémico Mario Vargas Llosa para inaugurar la feria. Fue allí cuando un grupo de intelectuales, entre los que estaba Horacio González- por entonces director de la Biblioteca Nacional- solicitaron que no sea el escritor peruano quien inaugure la feria. Más allá de la polémica, Vargas Llosa dio su discurso, simplemente que lo hizo un día después de lo pautado. Este recorrido, solamente interrumpido en los años 2020 y 2021, cuando a raíz de la pandemia del Covid-19 la Feria debió suspenderse, nos permite evidenciar como dificilmente podemos considerar a la F.D.L. un evento cultural que incomode y perturbe a los grandes poderes de nuestro país, sino que, en general, ha sido todo lo contrario.

Entonces, volviendo al punto y al discurso de Kohan, ¿realmente podemos creer que un evento así, impulsado por los principales monopolios editoriales y por los grandes empresarios de la Argentina, es un evento impropio para el lugar en el que se realiza? ¿Realmente podemos creer que la Rural, lugar donde históricamente hizo base la oligarquía argentina, es un lugar impropio para un evento como el descripto? Tal vez, simplemente, debamos ver que también la derecha y los sectores conservadores ven en la cultural una disputa importante, tanto en términos simbólicos como materiales, y es de esta forma que construyen sus armas, que no por ajenas debemos dejar de habitar, sino tan solo, seguir tratando de encontrar las formas desde donde se las arrebatemos.

No somos ingenuos, y tampoco pretendemos tomar de ingenuo a Kohan: sabemos que, como todo evento cultural, la Feria del Libro siempre será un espacio de disputas. Disputas simbólicas y conceptuales, pero también disputas materiales: que se haga lugar a los pequeños grupos editoriales, que se haga lugar a discursos transgresores, a palabras renovadas, a voces disidentes. Ahí seguirá nuestra pelea, y por supuesto, la palabra de Martín Kohan nos acompaña en esa disputa. Acuerdos, tensiones y debates; de eso se trata la vida, de eso se trata la Feria.

Pedro Jalid

Profesor de Letras. Leo más de lo que escribo, trato de hacer más de lo que digo.

Conmigo o contra mí

Conmigo o contra mí

TIEMPO DE LECTURA: 5 min.

Roberto Bolaño nació en Santiago de Chile en 1953. Murió en Barcelona en 2003. Narrador y poeta. Fue autor de libros coyunturales como Los Detectives Salvajes, Estrella Distante, 2666, entre otros. Su basta obra oscila por estructuras que al día de hoy siguen resultando novedosas y osadas.

Sobre Roberto Bolaño.

Hace lluvia y noche, sobre las vías bajo una sábana de agua, Roberto ha matado a un hombre.  A puñaladas se deshizo de uno de los tres. Después volvió a pie cruzándose el saco y mirando el piso, encogiendo los hombros. Ha dicho, al llegar, he matado a un hombre, prepárame un té, que he matado a un hombre.  Siempre tengo miedo a estar haciéndolo mal, dijo después, a estar estropeando todo aquello para lo que uno ha nacido. Mis páginas están llenas de imperfecciones porque la novela es un arte imperfecto, la que más impureza acepta. Quien escriba la novela perfecta acabará consigo mismo, de un tirón y para siempre. Nunca le tuve miedo a la muerte, pero si a la tortura, no pueden matarme sin personalizarme.

Roberto está sentado, su cara parece caer sobre el vapor de la taza que humea en la meza. Se soba las manos, me duelen los nudillos, dice. Debe ser por el choque con los huesos del hombre. Fueron muchas puñaladas, muchos rebotes contra esos huesos, que ahora, ya no viven. Si es que los huesos alguna vez logran vida. Yo nunca había matado a un inocente, dice y menea la cabeza, parece llorar. Yo que siempre he sido un gusano blanco retorciéndose en el amor, ahora he matado a un inocente. Yo que de ninguna manera fui ciudadano del mundo, ahora soy otro gusano, ni siquiera único, ni siquiera solo, un gusano entre gusanos. En este oficio, el de escribir o ser un asesino, que son la misma cosa. Este oficio poblado de canallas. Yo por escribir es que he muerto, practico y obsoleto. Yo que por escribir me he convertido en canalla. No deseo que mi hijo sea escritor, esta es una profesión asesina y despiadada. De ninguna manera ciudadano del mundo, he dicho, dice Roberto y calla. 

Prende un cigarrillo, fuma Roberto, con uno prende otro y echa el humo sobre la taza de té, que no ha tocado ni tocará. Este es un oficio miserable, dice. Yo habló por fin, y digo, sos el gran autor chileno Roberto. Me mira, tiene los ojos negros, como la poesía. Yo soy un escritor en lengua española, dice. Y la literatura, además, dividirla por países de una misma lengua nos lleva al absurdo. Grandes eran Parra, Lihn, no yo. Yo soy el gusano de ellos, de su poesía, de sus vidas. Un gusano blanco entre otros tantos. 

¿por qué no has muerto Roberto? Pregunto. Voy a decir algo Dickiano, dice, yo morí. Hace diez años con aquella crisis hepática, he muerto allí. Estos últimos diez años, este resto, son el reflejo, no de la vida vivida, sino de la vida que no voy a vivir. Pienso que uno escribe para morir, mientras miro el fantasma de Roberto sentado en mi cocina. 

Roberto tiende a desaparecer, pero es el fantasma del futuro. Suena en la casa, Love anda Theft de Bob Dylan. ¿Qué es la poesía? Pregunto al aire que es ahora Roberto. Poesía eres tú, dice y se ríe tan sobrador como siempre. Tan por encima. No sé lo que es poesía, dice, pero sé quiénes estuvieron cerca. Para mí Rimbaud y Lautréamont son los poetas por excelencia. El camino de ellos es el camino de la poesía. La poesía para mí es un acto adolecente, frágil e inerte, que apuesta lo poco que tiene por algo que no se sabe muy bien qué es. Y que generalmente pierde. No sé realmente qué es poesía. Pero a mí la poesía, la literatura, me sirve para vivir por encima de mis posibilidades. Su voz vuelve a desaparecer en alguna parte de la casa, que ahora, está en una penumbra que parece eterna. 

Me siento en el lugar que antes ha sido de él. Abro Putas Asesinas en la página 13. El cuento es El Ojo Silva. Leo en voz alta. “Lo que son las cosas, Mauricio Silva, llamado el Ojo, siempre intentó escapar de la violencia aun a riesgo de ser considerado un cobarde, pero de la violencia, la verdadera violencia, no se puede escapar, al menos no nosotros, los nacidos en Latinoamérica en la década de los cincuenta, los que rondábamos los veinte años cuando murió Salvador Allende”. Roberto ahora está sobre mi cabeza, siento su aliento a cigarrillo negro, a gusano. En gran medida, dice, todo lo que he escrito es una carta de amor o de despedida a mi propia generación, los que nacimos en la década de los cincuenta y los que escogimos, en un momento dado, el ejercicio de la milicia, en este caso sería más correcto decir militancia. Y entregamos lo poco que teníamos, que era nuestra juventud, a una causa que creíamos la más generosa de las causas del mundo, y que en cierta forma lo era, pero que en realidad no lo era. 

¿Qué esperás de los lectores Roberto? Nada, que sea conmigo o contra mí, pero que al fin sea. Se sienta frente a mí, me mira, no he matado a nadie, me dice, todo es una enorme ficción. Camina ahora hasta la máquina de escribir, esa que ha sido suya y que ahora conservo. Debo reescribir el final de mi novela, dice sin mirarme. Hay algo que puedo aceptar, que por lo menos he intentado meterme por estructuras y por juegos dentro de esas estructuras, nuevos. Reescribo porque tengo un miedo fundante de estar haciéndolo mal. En el silencio de la noche Roberto escribe con todo el ruido posible de cada letra. Saca la hoja, la pone sobre la mesa, ahí está, dice. Yo leo.

“Y esto es todo, amigos. Todo lo he hecho, todo lo he vivido. Si tuviera fuerzas me pondría a llorar. Se despide de ustedes, Roberto Bolaño”.

Juan Machado

Nació en Carhué, provincia de Buenos aires, en 1992. Actualmente reside en La Plata. Escritor, también se desempeña como conductor de radio. Dicta talleres y encuentros literarios. Publicó el libro de cuentos, microrelatos y poesías, No hay que jugar en la casa vieja y otros relatos (2020) Pájaros Punk (Malisia 2022).

Flor Canosa: “Cuanto más te alejas de la realidad, mejor podés contarla”

Flor Canosa: “Cuanto más te alejas de la realidad, mejor podés contarla”

TIEMPO DE LECTURA: 13 min.

Flor Canosa nació en Buenos Aires, 1978. Es escritora, docente universitaria, guionista y montajista de cine. Dirige junto a Marcelo Acevedo y Juan Mattio la colección sobre la nueva ficción extraña, Arqueologías del futuro, editorial Indómita Luz.

Conversó con Trinchera en el marco del programa Plástico Cruel sobre cyberpunk, ciencia ficción, su novela La segunda lengua materna, y futuros proyectos.

¿Cómo llegas al cyberpunk y cómo convivís con el género?

Llegué al género antes de escribirlo, por lecturas de cuando era más chica. Lecturas que no podía meter dentro de ningún género en particular. Eran inquietudes, cosas que me gustaban y encontraba en la biblioteca familiar y que no sabía bien que onda con todo eso, pero en el fondo era lo que me gustaba leer y explorar, y más tarde descubrí que también era lo que me gustaba escribir. Fue una llegada bastante desprolija pero tiene ese encanto de los primeros amores de la infancia, de la educación sentimental literaria.

Siendo guionista, ¿Influye en tu literatura el cine, específicamente la ciencia ficción?

Si. La ciencia ficción es de mis géneros favoritos. Ahora no me voy a poner a hacer una lista de películas. Pero si me pusiera a pensar cuáles fueron las que más me marcaron seguro que están Blade Runner, ese tipo de películas que vi de chica y me volaron la cabeza. Todo Cronenberg. Creo que ahí está la semilla de todo. El cine es muy pregnante para muchos autores como Juan (Mattio), como Kike (Ferrari), como yo. No esquivamos las referencias cinematográficas. Por más que tengamos un costado intelectual no creemos que tener esas influencias sea en detrimento de ese costado, sino todo lo contrario, enriquece muchísimo nuestra escritura.

En los últimos años se está revisando la cuestión de separar la intelectualidad de ciertos consumos que, a priori, parecen más de descarte, o menores. Pueden influir, y uno los puede apropiar y seguir en el mismo camino mediante la literatura.

Por supuesto. Todos somos hijos de todo aquello que mamamos desde la cultura popular y desde la cultura más intelectual, y está buenísimo poder hacer un mash up de toda esa formación. Yo soy una gran defensora de las películas de superhéroes y de todo lo que muchos consideran cine basura. A mi me encanta. Y, por otro lado, también puedo mirar Tarkovsky, o puedo ir a la Lugones a ver cine culto. Soy un poco todo eso junto.

¿Sentís que en algún momento hubo un ninguneo a la literatura de ciencia ficción? ¿De pensarlas como literaturas iniciáticas? En las escuelas te daban Frankenstein, Ray Bradbury, para después pasar a la “literatura seria”, algo que también pasa con Horacio Quiroga. Me parece que todo este trabajo que ustedes están haciendo es paralelo a lo que está pasando con Lovecraft, con sus relecturas y reinterpretaciones. Reivindicar el género, y que está versión nueva sea mucho más política que la anterior.

Si, creo que sí. Tanto el laburo que hacemos con Arqueologías del futuro dialoga con el trabajo que están haciendo otras editoriales como Caja negra, sin ir más lejos, Vestigio, una editorial colombiana, o Dum Dum, boliviana. Hay muchas editoriales en el mundo que están buscando estos materiales de la nueva ciencia ficción, o del new weird, o del weird, que ya tienen la impronta de una generación que está muy atravesada tanto por las lecturas de este supuesto género menor, que vendría a ver la ciencia ficción, como de otros géneros, y con las realidades locales, políticas, de sus regiones o países. Me parece que estamos logrando hacer una síntesis interesante. y que hay muchas editoriales que están mapeando ese conglomerado de nuevas voces que ya tienen una búsqueda más profunda en relación a la ciencia ficción y que pueden utilizar este otrora género menor de una manera nueva y revalorizándolo.

Es verdad que la ciencia ficción siempre fue una literatura iniciática. Quizás porque está un poco mal vista la fantasía. Como si todo lo que es no-mimético fuera algo que no puede tener profundidad, que va navegando por la superficie de las ideas y que no tiene nada para contar. A mi me parece todo lo contrario. Justamente cuando más te alejas de la realidad es la mejor forma de poder contarla. 

Verla desde afuera con un prisma distinto

Claro, una forma crítica donde no tenes necesidad de estar anclándote en tus experiencias personales o en experiencias comunitarias realistas para poder dar una mirada más abarcativa, crítica y política acerca de la realidad.

Siguiendo un poco la colección. ¿Cómo llegas vos? ¿Cómo es el trabajo de editora?

Yo me sumé a la colección cuando ya estábamos en las últimas instancias de mi libro. Queríamos separar un poco la autora de la editora. Ahí Juan y Marcelo (Acevedo), que son los otros dos editores, me convocaron porque sentían que hablábamos el mismo idioma, que teníamos las mismas inquietudes, y que siempre sumar gente a proyectos tan a pulmón es bastante crucial e interesante. Así que para mí fue un gran honor porque son dos personas a las que admiro muchísimo. Me llamaron a jugar con ellos y me pareció hermoso. Y también yo sentía que podía dar una mirada desde otro lado, incluso por una cuestión de género. Aportar algo desde mi ser femenino, mi ser mujer, desde el feminismo, y desde otras lecturas que puedo llegar a tener yo sobre la realidad. Es un poco una mezcla de todo, lo lúdico y lo ideológico.

Metiéndonos un poco en La segunda lengua materna ¿Cómo te aparece la historia?

Yo la empecé a escribir alrededor del 2016, cuando también estaba con otros textos. Soy muy poco lineal en ese sentido. Trabajo muchos textos a la vez y eso me va dando aire para no obsesionarme demasiado con ninguno e ir trabajando en capas. 

La historia salió de una forma bastante rara. Había leído una nota en uno de estos medios irónicos, que levantan fakes, que dan noticias científicas que abiertamente son falopa, que no hay forma de que sean ciertas. Una teoría científica llamada telegonía, que es la posibilidad de tener un hijo con información genética de dos padres. Y es algo que en un solo embrión es imposible científicamente. Pero me pareció muy divertido empezar por ahí. Bueno, “divertido”. Quienes leyeron la novela saben que de divertido tiene poco. Pero me pareció que había algo ahí que podía explorar, y el tema de la maternidad nunca lo había explorado en mi literatura. Yo soy madre de un pibe de 15 años. Quiero creer que no soy esa madre de la novela. Mi hijo todavía no la leyó, y creo que se la voy a dar dentro de unos años con las debidas explicaciones y disculpas. 

Después, a esa teoría de la telegonía se le fueron sumando un montón de cosas. Otra de las ideas que apareció al principio fue la de este músico obsesionado con Bach, que tiene esta forma extraña de hacer recitales. Y así fueron surgiendo ideas; la protagonista que es la inventora del implante y que hace una especie de test de Turing a la inversa. Se fueron sumando y me parecía interesante ir explorando distintas teorías científicas a lo largo de cada capítulo y que esas teorías se fueran entrelazando con la historia.

¿Cuándo te apareció el tono? ¿Estuvo desde el principio o lo fuiste encontrando a medida que escribías? La novela tiene una estructura no convencional, con muchas notas al pie que hacen que el lector no salga nunca del libro.

Hay varias instancias. El tono surgió casi instantáneamente. Fue una novela escrita bastante lineal, fuí capítulo tras capítulo, por más que después volvía y ajustaba. Y las notas al píe fue lo último que apareció, y fue un laburo en conjunto con Juan Mattio. Cuando terminamos de hacer una primera edición del libro nos dimos cuenta que habían quedado dos o tres notas al pie, y me parecía que no eran nada relevante. Le pregunté a Juan si le parecía que las volará y las incorporaba al texto, o bien llenara todo de notas al pie. Juan me dijo “no me podes preguntar eso a mí”. Quienes han leído Materiales para una pesadilla entenderán. Por supuesto que estuvo de acuerdo con llenar todo el texto de notas al pie y generar esta idea, que fue como el último descubrimiento y fue epifánico. Porque claro, si ella es una mujer con implante, y ese implante le trae información constante a la cabeza, porque no hacer eso mismo con el libro. Porque no tener todos esos hipervínculos en el mismo libro, y que la lectura se vaya interrumpiendo con estas notas al pie, que sería más o menos lo que uno haría cuando hay una información que no conoce, salir a buscarla. En este caso es muy acertado lo que vos decís que no hay que hacer eso, sino que está todo ahí, que es como buscar en wikipedia pero en el mismo libro. 

Al mismo tiempo genera una incomodidad, porque es una sensación de lectura interrumpida. De que en el fondo no está fluyendo porque todo el tiempo nos encontramos con el obstáculo de recurrir a ese pie de página por más que sea sobre conceptos o palabras que conocemos, es casi imposible no buscarlas abajo. Nos resultó divertido, de esta manera nos divertimos los ñoños.

Aparte fuiste a preguntarle a Juan, sabiendo que te iba a decir que sí.

Si, medio tramposo de mi parte. Antes de que empezáramos a laburar en mi libro yo leí por casualidad Materiales para una pesadilla. Todavía no estábamos tan cerca con Juan. Cuando lo terminó de leer le escribo y le digo “che, salvando las distancias temáticas abismales entre nuestros libros, hay una cuestión de diálogo”. La cuestión de lo alemán, lo cyberpunk, las realidades virtuales. Sentí que había algo que los hermanaba a los libros. Por más que el de Juan sea una cosa sobrenatural.

Es una novela que habla sobre la tecnología, la maternidad. Tiene mucho que ver el lenguaje en esta tensión constante entre lo que es humano y lo que es tecnológico. Cómo nace ese híbrido. En tu manera de abarcar al género, ¿Cómo no caer en ficciones donde el tópico es que la tecnología es mala e inevitablemente lleva a una catástrofe?

Yo no sé si lo que escribo en mis textos refleja al 100% cuál es mi pensamiento con respecto a la tecnología. Lo que requiere la narración, la historia, o la personalidad de los personajes es bastante distinto a lo que pienso como persona. De todas formas, soy tecnófila, me encanta la tecnología. Al mismo tiempo también le tengo miedo. Hay una reflexión sobre las IA que me resulta aterradora. 

Pienso que tenemos que apoyarnos en la tecnología para avanzar y alcanzar muchas cosas a nivel médico, educativo. Somos seres tecnológicos, estamos llenos de tecnología en el cuerpo. Desde hacernos un trasplante o reemplazarnos una muela. Pero me aterra de una forma que todavía no concibo racionalizar.

Mis dos novelas más de ciencia ficción, La segunda lengua materna y Pulpa, tratan justamente del problema del hombre y su uso de la tecnología. De todas formas, el que crea la IA es el humano. Ahí es donde tenemos que poner el ojo. ¿Para qué se usa la tecnología? ¿Hasta dónde dejamos que avance? Siendo algo que no puede avanzar por sí mismo, que necesita de nuestras directivas.

La ciencia no tiene moral, pero ¿Qué pasa con la moralidad de Hana?

Su falta de moralidad. O, digamos, la adaptabilidad de la moral, porque la podemos adaptar muy fácilmente a lo que nos parece que necesitamos. Es ahí en donde se juega esta cuestión de qué es la moral y hasta dónde podemos afectar al resto. Hana empieza de una forma muy humana y ahí es donde están sus mayores defectos. Cuando la tecnología atraviesan a la humanidad y nos da esas herramientas, agarrate. Es eso, difundir un video privado pero a la décima potencia.

En la entrevista con Juan Mattio hablamos de Osobuco de Ever Roman, con ese ensayo que compara el cyberpunk con el melodrama rosa. Vos desglosas tu novela y te queda un triángulo amoroso. Y la decisión que toma el personaje es meterse con la materialización del triángulo, su hijo, al que le roba el lenguaje para estar siempre presente, la omnipotencia tecnológica.

Si, me parecía que entre todos los lugares en donde estaba investigando que uno pudiera colocar un implante y qué es lo que podía afectar el implante, ahí surgió el tema del implante y era perfecto. Era convertir al pibe en una especie de cajita cerrada donde nada entra y nada sale. Una persona que está atrapada un no-lugar con su madre. Es una pesadilla. Tener a tu vieja adentro es uno de los peores temores de la humanidad.

La novela habla más que nada sobre vínculos. El cyberpunk tiene mucho de eso, es lo que dice Ever. Se le puede despojar de sus atributos tecnológicos y lo que queda es una historia de vínculos.

En la novela hay muchas segundas lenguas maternas, ¿Cuál es para vos?

A mi lo que me pareció interesante de la segunda lengua materna es que es un oxímoron, no es posible. Lengua materna tenemos una sola. Entonces la invasión de la madre dentro del lenguaje del hijo es la segunda lengua materna. El hijo no puede hablar ni la primera. Entonces la segunda lengua sería el monstruo, Hana contaminando el lenguaje.

¿Esperabas el recorrido que está teniendo? Finalista de la Semana Negra de Girón.

No, para nada. Es una novela que me aterrorizaba cuando estaba por salir. Cuando Juan y Marcelo eligieron publicarla y la empezamos a laburar, relaje, no debe estar tan mal. Si estos dos la quieren laburar de esta manera y opinan estas cosas, evidentemente era yo la que tenía una visión distorsionada. Le tenía miedo porque es una novela compleja, porque es muy científica, porque se alejaba un poco de lo que había publicado antes. Y lo del finalista al premio Celsius es una sensación muy emocionante, muy lindo. Aparte soy la única mujer y latinoamericana que está nominada este año, los otros tres finalistas son hombres españoles, así que es un montón. Y me confirmaron hace unos días que la van a publicar en España.

Que te publiquen allá es un gran impulso para vos, pero también para la colección, para Indomita. Es un gran acierto esta novela.

Si, la verdad que sí. Esperamos que el resto de los títulos también puedan tener ese camino. Estamos haciendo alianzas con otras editoriales en latinoamérica, porque la idea es que todos los libros de la colección arqueológicas puedan tener un camino similar a este o mayor, porque estamos publicando realmente lo que nos gusta leer y lo que creemos que todo el mundo tiene que leer.

¿Qué se viene?

Hay unos proyectos en carpeta. Hay otra novela más splatterpunk que está en un par de editoriales en España para ver si sale. Y tengo alguna novelita pulp, cortita, que está en manos de un editor. Y después una novela más larga que está en camino, que va más para el terror.

¿Cómo te llevas con los géneros?

Me gusta manejarme por muchos. Ahora estoy más volcada para el lado de la ciencia ficción y el new weird, que es como abarcativo de todos los géneros que a mi me gustan porque justamente en el cruce y la hibridez y la posibilidad de combinar géneros es donde siento que navego mejor. Después, en cuanto al cine, está a punto de filmarse mi primera novela (Lolas), una novela más pop, una comedia romántica, publicada en El cuervo, una editorial boliviana.

¿Estás trabajando como guionista ahí? ¿Cómo es trabajar sobre tu propia novela para llevarla al cine?

Lolas originalmente iba a ser un guión que nunca empecé a escribir, decidí directamente hacerla novela. A priori, yo no hubiese querido adaptarla yo porque no tenía la distancia suficiente, pero desde que la escribí hasta ahora pasaron más de 10 años, así que ya me sentí con distancia suficiente para hacer la adaptación, entonces el guión lo hice yo.

¿Cómo es reencontrarte con un texto tuyo de hace 10 años y tener que reescribirlo?

En este caso fue difícil porque Lolas es una novela que no tiene un solo diálogo. Me tendí una trampa, más boluda no podía ser. Me costó mucho adaptarlo en ese sentido, porque tuve que armar todo los diálogos desde cero y volcar a la acción muchos pensamientos de la protagonista. Pero en estos diez años no solo aprendí mucho como narradora, sino como guionista y como adaptadora por otros trabajos que tuve, así que me lo tomé como un desafío y el resultado me gustó muchísimo.

En el siguiente link podrán escuchar la entrevista completa y en nuestro canal de YouTube, Trinchera tv, encontrarán todo nuestro contenido.

Juan Machado

Nació en Carhué, provincia de Buenos aires, en 1992. Actualmente reside en La Plata. Escritor, también se desempeña como conductor de radio. Dicta talleres y encuentros literarios. Publicó el libro de cuentos, microrelatos y poesías, No hay que jugar en la casa vieja y otros relatos (2020) Pájaros Punk (Malisia 2022)

Luciano Montoya

Nació en Mar del Plata, en 1997. Actualmente reside en La Plata. Estudia la licenciatura y el profesorado en Música Popular en la UNLP. Conductor del programa de radio Plástico Cruel.

Réquiem para la lengua de la revolución

Réquiem para la lengua de la revolución

TIEMPO DE LECTURA: 3 min.

El Orador de la Revolución de Mayo se está muriendo de un cáncer en su lengua. No le importa, hasta el final insistirá con denunciar a los traidores y explicar la verdadera utopía revolucionaria

¿No intentamos en la columna pasada pensar en la resistencia, significándola desde los lugares donde se aloja? 

Acá volvemos a merodearla porque inevitablemente aparece, aunque desde otra perspectiva, cruda, inconfortable: la resistencia en estado de confusión  (como los primeros momentos de conciencia luego de un desmayo), y en este caso estremecida de derrota…

Esta es otra forma de recorrerla. Y no. Y este es otro universo literario. Y no.

¿Qué revolución compensará la pena de los hombres? le hace decir Andrés Rivera a “su Castelli”, protagonista de la novela histórica La Revolución es un Sueño Eterno

Andrés Rivera (1928-2016) extiende su brazo literario y elige con exquisita sagacidad contarlo a Castelli. No a Belgrano, no a Moreno, a Castelli…

Juan José Castelli ¿uno de los representante de la Primera Junta? Sí ¿El gran orador de la Revolución de Mayo? También, pero fue mucho más que eso. Junto a su primo y amigo Belgrano y junto a Mariano Moreno integró el grupo más radical y osado de los rebeldes criollos de principio del siglo XIX. Entendió como nadie la dimensión del fenómeno político del que participaba y por eso se negó a hablar de revolución si no incluía a los pueblos originarios, al pobrerío, a lxs analfabetos.

Pero en La Revolución es un Sueño Eterno es 1812 y los hechos de Mayo transmutaron en algo amorfo. Castelli, está confinado en su casa y es ahora apenas un hombre solo, con el cuerpo enfermo y el espíritu vencido. Una herida de cigarro mal curada en su lengua progresa rápidamente a un cáncer letal.  Con las pocas fuerzas que le quedan escribe en un cuaderno de tapas rojas sus pensamientos y recuerdos. Ya no es tiempo de jugarse la vida echando godos de la fronteras ni de sus vibrantes discursos en pos del sueño de emancipación libertad y justicia, y el porqué no fue posible ese sueño se convertirá en la obsesión de sus últimos días: “¿acaso hay alguna revolución que pueda compensar la pena de los hombres o se trata, simplemente, de un sueño imposible?” reflexiona en su cuaderno.

Se pudre su lengua y se pudre el discurso revolucionario como una paradoja brutal;  acá no habla un héroe, habla un hombre político derrotado. La facción moderada de la Primera Junta se quedó con todo. El poder se traspola del imperialismo europeo a la incipiente burguesía criolla más o menos con la misma estructura.

Esta pequeña y explosiva novela gana el premio nacional de literatura en 1992. Es justo. Rivera encuentra el tono exacto deambulando entre lo poético y lo político y lo usa para escribir un relato históricamente creíble e ideológicamente formativo: se iluminan a través del monólogo de Castelli las zonas más difusas de aquella época que intentó parirnos como nación, en el acostumbrado cruce entre ficción y realidad que se espera de una novela histórica, el autor va desenmascarando lo que ocultaron los discursos históricos dominantes, aún los más progresistas. 

¿Qué es la Patria? ¿Quiénes somos la Patria? ¿Qué es ser un patriota y qué pasa cuando los más comprometidos pierden y les arrebatan material y discursivamente la revolución soñada? Todas las respuestas aparecen fácilmente gracias a esta joya literaria de Rivera.

“Juré que la revolución no sería un té servido a las 5 de la tarde”, escribe Castelli. Vencido pero porfiado, moribundo pero aún encendido, se quedó sin lengua pero usará su último cachito de vida para insistir explicando la utopía. Nada, absolutamente nada de lo que hallamos en esta novela es mera coincidencia con el presente.

Amanda Corradini

Mujer de trincheras: Reparte su vida entre la trinchera de la Escuela Pública, la de su biblioteca y la que guarda algunas banderas que gusta agitar. Todo regado de mate dulce, Charly García y un vergonzoso apego por el humor infantil.

Marcos Paz, Montesquieu y Urquiza

Marcos Paz, Montesquieu y Urquiza

TIEMPO DE LECTURA: 2 min.

Poema de Felipe Bellingeriparticipante de la convocatoria de poemas “Daniel Omar Favero.

Mi padre vivía en Marcos Paz, donde fue secuestrado, detenido y desaparecido junto a sus compañeros del Partido Revolucionario de los Obreros Argentinos (PROA).

La casa fue atacada, las huellas grabadas a balazos de todo tipo de artillería.

En esa casa  se organizó la denuncia internacional.

En la casa de Montesquieu y Urquiza al igual que en otras miles de casas se resistió a la dictadura económica  militar y eclesiástica argentina.

Los triunfos de la lucha, la derogación de las leyes de impunidad, la prisión de los genocidas y el futuro de nuestro pueblo, qué verá caer al Imperio.


Marcos Paz

Montesquieu y Urquiza

Allí, donde la patria se libera y la vida se defiende con un disparo

Allí donde aparecen los dioses, los hijos y la razón de existir

Allí, donde se disputa el poder

Allí, donde se juntan el miedo y el coraje

Allí, la casa salpicada de tiros y de escombros

Allí, testigos amnésicos, que lo saben todo y no dicen nada

Allí, el olor a pólvora,se regó en silencio

Allí, en esa casa se pergeñaba el mejor de los planes, que jamás descubrieron

Allí, en esa casa y en muchas casas se combatió al imperio, al peor de los imperios, ese

imperio que estoy viendo caer, al que mi hija vera rendido

Allí, en esa casa, en ese pueblo

Allí, en ese pueblo, en esa cárcel

Allí, en esa cárcel, ustedes verdugos pasaran sus días y sus noches hasta la muerte

Allí, en esa casa está el espíritu revolucionario, los compañeros que no mueren y hoy viven

en el pueblo

Allí Marcos Paz , sin paz

Allí, la cárcel

Allí, la casa.

Felipe Bellingeri

Osobuco

Osobuco

TIEMPO DE LECTURA: 20 min.

Este relato de Ever Roman es uno de los cuentos que integran la antología sobre la nueva ficción extraña, Paisajes Experimentales

En Osobuco, Ever Roman imagina un escenario postapocalíptico en la ciudad de Asunción. Las calles desoladas, los comercios saqueados y el intento terco, caprichoso, de la gente de continuar con su vida de siempre. Un narrador que es capaz de contar las pequeñas proezas domésticas del protagonista y, al mismo tiempo, reflexionar sobre las similitudes entre los esquemas narrativos de la ciencia ficción y la telenovela. 

Juan Mattio

1

Ramiro Biedermann pidió 14 kilos de roast beef empaquetados de a kilo en bolsas de plástico, pero en vez de los 14 kilos de roast beef le trajeron unos trozos de osobuco que el carnicero extendió indecorosamente, ¡sangrando!, sobre el mostrador de la carnicería.
–No tenemos roast beef, nada kosher, no hubo tiempo, no había cortes, pero por el mismo precio te puedo dar el doble de osobuco. ¿No me dirás que no es una buena oferta, eh?
Biedermann hubiera tolerado que en vez de los 14 kilos de roast beef le trajeran 14 kilos de bife angosto, o en su defecto de bife ancho, incluso hubiera tolerado 10 kilos de cuadril, e incluso 7 ó 6 kilos de lomo, pero con el osobuco qué iba hacer. No le servía para nada. Odiaba el osobuco. No tenía idea del sabor del osobuco. Pero se veía espantoso.
–¿Por qué me hace usted esto?
El carnicero no comprendió la pregunta y se quedó mirando unos segundos a Biedermann.
–Mirá, esta es una oferta porque somos tu carnicería de siempre. Es sólo por esta vez. Si no te interesa, dale paso a otro cliente, hay varios esperando, pero sabés que es posible que ya no consigas una oferta así en ninguna otra parte. Te digo que el osobuco es la mejor carne, la más nutritiva, y en el agujero del hueso tenés el dulce del caracú. Es un regalo para vos. Con todo respeto, te pido que no abuses.
–Perdón, no quise ofender. Pero no negará que aquí hay más hueso que carne.
En su estupor, y para ganar tiempo, Biedermann recurrió a esta lógica de la que, estaba seguro, el carnicero no podría salir bien parado.
–Bien, Biedermann. Lo judío te sale cuando más conviene.
El carnicero era un hombre gordo, muy pálido y de ojos oscuros y perversos. Se llamaba José Ramón Artime.
–Voy a decirte dos cosas, Biedermann, y te conviene escuchar bien. ¿Estamos?
Biedermann se dio cuenta de que la libertad de retruque que se había tomado segundos antes tendría como consecuencia un discurso por completo innecesario. Pues sabía, desde ya, que el osobuco era una oferta genial. ¿Qué tiene más calorías que un puchero? Además, podría reciclar los caldos por días, recalentándolos, y podía volver a usar los huesos para futuros caldos, como hacían sus abuelos con los huesos de pollo que los nazis tiraban en el campo. La enzima de la supervivencia estaba en su ADN, es cierto, quizá como en ninguna otra cultura. Pero también, junto a los genes, y en menor medida la fe, estaba la predisposición de la naturaleza para permitirle la supervivencia. La avaricia del carnicero no era más que un medio de que se servía la naturaleza para brindarle el mejor alimento posible. La noche artificial se intensificaba cada vez más y la lluvia aumentaría como escuchó en las noticias, era mejor tener un alimento calórico y no esa carne fina que sólo serviría para una comida.
–Primero, Biedermann, te voy a decir que no tengo por qué andar dándote explicaciones.
El carnicero José Artime bajó la voz y le hizo un gesto al oído a Biedermann para que se acerque más al mostrador.
–¿Estamos?
Biedermann no le pudo sostener la mirada.
–Estamos, Don José.
–Esta tarde vamos a cerrar la carnicería. Los proveedores no nos mandaron nada hoy, nada ayer, no me mandarán nada mañana. Lo de hoy estaba en los freezers de reserva. Ya no vienen alimentos, Biedermann. Ni frutas, ni verduras. Mucho menos carne. Nada. Mba’evete.
Al decir esto, el rostro del carnicero palideció.
–Yo tampoco sé lo que voy a hacer, Biedermann.


2

La literatura apocalíptica se emparenta bastante con el melodrama rosa de televisión. En ambos casos las situaciones se extreman y el resultado aparente es la completa imposibilidad de una resolución feliz. El melodrama televisivo, al igual que la novela apocalíptica, es un mundo claustrofóbico e intolerable. La muerte, puerta de la liberación, es el gran deseo de cada personaje, aunque no paran de huirle. Las similitudes se acaban en la resolución de las historias. En la telenovela, como hace a veces el arte, los hechos son trastocados con un gran sentido del humor a medida que avanzan los capítulos. Las vivencias más hórridas, cuando el dolor parece inaguantable, en los capítulos finales, se transforman en color rosa: risas, besos, casamientos, hijos, felicidad. La ironía llega al punto de mostrar situaciones que de tan cursis se vuelven obscenamente risibles: el galán y la galana se juran mutuo amor leal, los personajes secundarios encuentran pareja, la felicidad baña los rostros, etc. Cuando las telenovelas terminan, nadie recuerda que el desarrollo de la historia estuvo plagado de tragedia, con cegueras, amnesias, muertes, huérfanos y el Mal Absoluto desenvolviéndose a sus anchas en cada rincón. La muerte, esa solución, se re-significa: la nada en la que se pierden los personajes es de color rosa lisérgico. El Mal Absoluto se aparta y da espacio a la luz. Por supuesto, esto no es más que una ironía: ya que nada tiene solución, se exageran las soluciones imposibles. Las telenovelas hacen los finales de historias tan pero tan perfectos que resultan escalofriantes. En la literatura apocalíptica, en especial en la rabia adolescente del ciberpunk, falta este sentido del humor y los finales son completamente obedientes, amargamente, lloronamente, al desarrollo de la historia. Desaparece todo optimismo y en su lugar sólo está la muerte, omnipresente. La risa no alcanza a ser siquiera una máscara para el dolor. ¡Todos vamos a morir, el mundo se está yendo al carajo de forma irremediable porque el corazón del ser humano es autodestructivo! Este es el mensaje que nos dan. Y este mensaje, por supuesto, no nos aporta nada de nada. Pues lo sabemos desde siempre. Lo único seguro en esta vida es la muerte. Y nos la causamos de la única manera posible: viviendo. Por tanto puede decirse, si lo miramos en un plano puramente intelectual, que el ciberpunk y el resto de la literatura apocalíptica llevan las de perder frente a los guiones de telenovelas.


3

La fila de la carnicería la conformaban unas cuarenta personas, cada una con la cara abofeteada por el apuro. Biedermann lideraba la fila y se lo tomaba con gran calma. Una mujer que estaba tras él le hincó un paraguas en la espalda. Unos pasos detrás, alguien comentó que el judío era un maleducado por no apurarse con una fila tan grande. Biedermann miró la serpiente humana que se perdía tras la puerta metálica y seguía extendiéndose afuera, en la vereda. Todas las caras lo apuntaban a él. Cada ojo inyectado en sangre.
–Está bien, me llevo el osobuco.
Don José esgrimió un gran cuchillo frente a Biedermann y con golpes inclementes empezó a partir el osobuco puesto sobre el mostrador. A cada golpe gotitas de sangre salpicaban el piso de la carnicería, por no decir el delantal de Don José y la campera y el rostro de Biedermann.
–¡Guárdeme a mí la grasa o el hueso que no se quiere, Don José!
La que había hablado era la vieja del paraguas. Y apenas terminó la frase, le volvió a hincar el paraguas en la espalda a Biedermann. El carnicero cargó el osobuco en una bolsa y le hizo un nudo apresurado. Ni siquiera pesó la carne.
–Aquí hay 14 kilos.
–Don José, conozco la situación, pero ahí no hay más que tres o cuatro kilos.
Don José desató el nudo de la bolsa y extrajo de ella dos pedazos de osobuco que dejó sobre el mostrador. Miró con atención a Biedermann.
–Mirá, che. Mirá afuera.
–Olvide lo que le dije, Don José.
–Mirá afuera, muchacho.
Y esgrimiendo el cuchillo el cocinero instó a Biedermann a que dé vuelta la cara hacia la calle. Al hacerlo, Biedermann repasó fugazmente al resto de los parroquianos, uno más angustiado que otro. Lo que vio fue lo siguiente: las calles sucias de basura, aparte de la fila de la carnicería no había una sola persona caminando, no pasaban coches, en fin, desolación urbana. Como un domingo. Aunque era martes, 15 horas. Y pleno microcentro. El supermercado de la vereda de enfrente tenía los vidrios rotos y si se miraba adentro sólo se encontraba más desolación: rastros del saqueo.
–Mirá el supermercado.
–Sí, estoy viendo, Don José.
–Yo no sé por qué respetaron la carnicería. Pero sé que en cualquier momento me la van a saquear también. Yo acá te hablo y esta gente de la fila ya piensa en robarme. Y no se puede culpar a nadie, Biedermann. Pues lo que hay que hacer es lo que hay que hacer. ¿Entendés?
–No se preocupe más, sólo deme la carne, Don José.
Al decir esto Biedermann señaló con la mano los pedazos de osobuco que el carnicero había quitado de la bolsa. Pero el carnicero cerró la bolsa sin volver a meter estos pedazos.
–Lo que hay que hacer es lo que hay que hacer, Biedermann.
Y le tendió la bolsa. Biedermann la tomó apurado al tiempo que sentía otra punzada de paraguas en la espalda. Pagó y se apartó de la fila. La puerta de la carnicería estaba llena de gente y tuvo que empujar para poder salir. Sintió que tironeaban de la bolsa, por lo que la apretó contra sí e hinchó el pecho y atropelló al grupo que le impedía el paso. Ya en la calle, vio que la fila no terminaba en la vereda, sino que seguía doblando la esquina.
Un supermercado saqueado, gente cabizbaja con una bolsa de plástico en la fila de la carnicería, ventanas cerradas, balcones vacíos, puertas metálicas bajadas y en algunos casos rotas. Las calles llenas de basura, autos abandonados y estacionados a la buena de Dios, colectivos incendiados en las esquinas, humo, desechos, árboles caídos. Una especie de bruma negra estancada en el aire, por lo cual parecía ser de noche a pesar de ser las 15 horas. Como un eclipse en pleno fin del mundo. Todo esto fue lo que vio Biedermann al recorrer las calles del microcentro, camino a su casa. Y también vio charcos de aguas negras en todas partes, y líquido negro adherido en las paredes y los techos, y también en las ropas de los pocos transeúntes que se aventuraban a caminar. Como si la ciudad entera fuera los fondos de una cloaca utilizada por monstruos que se alimentasen a base de moras y arándanos, y su diarrea les saliera del color de estos frutos. Y garuaba. Y la garúa era helada y, también, negra. Y el olor que emanaba de todo esto era un olor a lluvia, limpio, purificador. Pero a la vista, por los restos que quedaban en las calles y la oscuridad, era espantoso.


4

La sociedad asuncena, poco afín a la lectura de literatura ciberpunk, basa su dietario de vida en los tópicos de las telenovelas. Vive con intensidad melodramática el sinsentido de la vida cotidiana. Pero no es un melodrama efusivo, sino uno que se desarrolla en mundos interiores, expresado apenas por lágrimas que corren y se evaporan a los pocos centímetros de formar surco. La sociedad asuncena está, por decirlo de algún modo, con las piernas temblorosas al sentir constantemente al Mal Absoluto merodeando por ahí. Se siente víctima inocente. Y que debe defender una moral basada en la familia, la religión, el partido político y el amor fiel. Con esto imita, hasta cierto punto, el comportamiento de los buenos de las telenovelas. Todo lo que transvase las buenas costumbres es un tabú. Por otro lado, también los malos de las telenovelas –con su aura de corrupción hipercoherente– están cabalmente representados en la sociedad asuncena, por las instituciones: policía, justicia, iglesia, políticos, el padre, etc. Buenos y malos juegan su papel bien delimitado. Así vive la vida la sociedad asuncena. Por supuesto, esto no es más que un juego al que recurre en un intento de dar pasos con buen tino. Y utiliza esto porque es el único recurso que conoce para conservarse. Por lo cual su idea de la vida es falsa y cursi y dramatizada como en las telenovelas. Es, a fin de cuentas, una ironía inconsciente. Pero esta ironía no es percibida como tal por la sociedad asuncena, pues ésta no conoce el concepto de ironía. En las telenovelas los malos son solidarios entre sí, pero sólo hasta cierto punto, pues a la primera oportunidad se suprimen ambos en consonancia con el deber ser del Mal Absoluto. Los buenos, sin embargo, ni siquiera se sonríen entre sí, tan desconfiados y asustados andan. Son blandos de carácter y por lo mismo son manipulados impíamente por los malos. Siguiendo la lógica de las telenovelas, esto cambia al final. El destino se encarga de restablecer el mundo con un orden ideal perfecto. Pero la vida asuncena no es un melodrama rosa, aunque se desenvuelva como tal. En todo caso, es una telenovela artificial, actuada fuera de los televisores. Es decir, es un artificio artificial. Los buenos de las telenovelas no se organizan para nada, ni siquiera para defenderse de los malos y mucho menos atacarlos. Ergo, la sociedad asuncena no se organiza para sofrenar al Mal Absoluto. Los buenos de la sociedad asuncena, que son los más –al menos es el rubro con más actores–, andan a la deriva, entregados a su condición de víctimas. Sufren y no hacen nada para remediarlo. Son fatalistas, obedientes ciegos al guion oficial. Sufren y no dicen ni mu.


5

Cuando Biedermann llegó a su casa, ubicada en Chile y Segunda, se encontró con el portón cerrado con un candado cuya llave él no poseía. Tocó el timbre varias veces sin obtener respuesta. Lloviznaba y la humedad le atravesaba el piloto hasta los huesos, helándolo. Gritó. Pateó las rejas. Vio que dos peatones subían la calle desde Rodríguez de Francia, fijando sus miradas en él y en la bolsa que tenía en la mano. Entonces decidió saltar la reja. Tiró la bolsa de carne sobre la muralla y se arremangó el piloto. Los perros empezaron a ladrar, quizá por el olor de la carne, pero esto no preocupó a Biedermann pues sabía que los había atado antes de salir. Miró de nuevo hacia los dos hombres que se acercaban hacia él y los vio a pocos metros. Haciendo gala de una agilidad adolescente, escaló la muralla y de un salto cruzó al patio de su casa. También la puerta estaba cerrada con llave. Gritó a su mujer y a sus hijas. Nada. Los perros dejaron de ladrar. Con la bolsa en la mano se dispuso a dar un rodeo completo a la casa, pero apenas hizo unos pasos le sonó el teléfono celular.
–¿Diga?
–Ramiro, ¿dónde estás?
–Estoy entrando. Parece que no hay nadie acá.
–Es sorprendente que funcionen todavía los teléfonos celulares, ¿verdad? Las empresas quieren chuparnos plata hasta el mismo día del fin del mundo.
–¿Qué querés, Luicho?
–Escucharte. ¿Por qué esa pregunta? Quiero escucharte, hermano.
–Mi casa está cerrada con una cadena. Las luces están apagadas. No hay nadie.
–Hoy renuncié al canal, Ramiro. No tiene sentido, a nadie le importa, pero yo hace mucho quería renunciar, vos sabés. Tenía miedo, pero ahora ya no importa no tener laburo, ¿verdad?
–¿Vos sabés dónde está Susana? No tengo la llave de casa.
–Presenté la carta de renuncia. Es como un preaviso. En una semana ya no trabajaré más. ¿Pero quién te dice que duramos una semana, verdad?
–Voy a colgar, Luicho. Quiero llamar a Susana. Disculpá…
–Ella está dentro de la casa. Le hablé hace un rato y me dijo que las nenas tenían miedo de la noche. ¿No te da miedo una noche así? Tenemos con hoy tres días de noche y según dicen…
Biedermann cortó el teléfono. El patio estaba húmedo y oscuro y el naranjo estaba bañado en óleo negro. Era un patio inmensamente triste. Como regado con residuos fabriles. Biedermann marcó el número de su mujer. Dio tono, varias veces. El contestador. Se acercó a la piscina, al lado de la cual había una silla plegable con sombrilla, y ahí dejó la carne para protegerla de la llovizna. Volvió a sonar su teléfono celular.
–¿Susy?
–Soy Luicho. Ramiro, golpeale la puerta que Susana te va a abrir. Está con las nenas, ya te dije.
–No me contesta el teléfono. ¿Dónde estás vos?
–Tocale la puerta. ¿Sabés lo que escuché recién en el canal? Estoy en el canal. No quiero perder ni un día de indemnización.
–Esperá que golpeo la puerta.
–Dicen que la lluvia negra ya cubre la mitad del país. Hasta el Chaco ya llegó. Llueve negro en Pozo Colorado.
–¿Qué?
–En Clorinda y Formosa también hay lluvia negra…
–¡Pero dijeron que se iba a terminar estos días!
–Escuchame, Ramiro. Esta noche nos juntamos en la casa del rabino Iosif Iosif, él llamó esta reunión. No vayas a faltar. ¿Sabés dónde queda, verdad? Ya fuimos otras veces. Llevá a Susana y las chicas. A las ocho.
–Voy a tocarle la puerta a Susana…
–Venite en coche, y si no podés avísame que paso a buscarles.


7

Una telenovela necesita del espectador para que su fenómeno se complete. Pasa igual con una novela de ciencia ficción apocalíptica. Inclusive puede decirse que en la escritura del guion de ambos casos, no pasa que el escritor viva plenamente su escritura (la del melodrama rosa, la de la novela sci-fi) como un hecho que le cambie su estructura de mundo, es decir, como una cosa viva que lo haga vivir una experiencia radical y que esto sea en sí un fenómeno analizable sin necesidad de más. Con esto no quiero menoscabar la impronta de los escritores de ambos tipos de historia, pues la escritura es en sí una experiencia única y reveladora, y es también, hasta cierto punto, una experiencia física. Pero sí quiero menoscabarle la importancia al tipo de guion que realizan ambos escritores. La novela ciberpunk tiene unos postulados muy firmes, cánones que seguir y conlleva una estructura que por lo general es más importante que la historia que se cuenta. Dentro de sus postulados están dadas de antemano una filosofía, una erótica y también una ética. Lo mismo puede decirse del guion telenovelesco. El medio es el mensaje, como decía McLuhan, pero esto, claro, sin entender medio como soporte. La estructura narrativa de ambos géneros es el mensaje. El escritor, entonces, entrega un mensaje ya cifrado de antemano, y toda su pericia se orienta hacia la aceptación que logre. Y esto lo hace con ligeras intromisiones de subjetividad en la narración. Las telenovelas brasileñas, por ejemplo, exploran los avatares de la esclavitud que tiene una gran importancia histórica en este país. Las mexicanas, la hondura de las diferencias sociales. Cada escritor de ciencia ficción tiene obsesiones que refleja en sus novelas. Pero como fenómeno empírico, la novela sci-fi y el melodrama rosa, recién tienen un efecto estudiable en el lecto-espectador. Éste las ve y las vive a su manera, durante el tiempo que duran, y el resultado de tal experiencia es una modificación de su conducta. El amor, las estrellas y los robots ya no son las mismas cosas luego de haber presenciado, con los ojos (ventanas del alma), una historia de un tipo o de otro. Los resultados suelen ser, en muchos casos, desastrosos. La alienación tecnológica, religiosa y rosa tienen muchas similitudes. La principal es, quizá, su intensidad. Como una enfermedad, van modificando el organismo en que se insertan para seguir intensificándose.


8

La puerta trasera estaba abierta. El interior de la casa estaba oscuro y húmedo, igual que el exterior. Como un espejo, el interior refleja el exterior: platos sucios en la mesa, el mantel a medio quitar, vaso de vidrio roto en el piso, sillas puestas en desorden, televisor encendido con noticiario en mudo, cortinas cerradas, baño con la puerta abierta desde donde llegó el sonido del agua del lavatorio que alguien había olvidado cerrar. Silencio y humedad. Biedermann subió las escaleras que llevan a la planta alta rumbo a la habitación que comparte con la esposa, lindante con la de sus hijas. La planta de arriba se mostró a sus sentimientos como un lugar vedado a la ignominia. Cálida y limpia, cobijó sus pasos hasta llegar a la habitación. La puerta estaba cerrada. Giró el picaporte.
–¿Susana?
Escuchó la respiración de sus hijas, el leve ronquido de Susana. Biedermann encendió la luz.
–¿Ramiro?


9

El resultado de un asiduo lector de libros es un escritor, como se sabe. Es igual con el espectador de melodramas rosa. Termina siendo un actor. Y los actores, claro, interpretan dramas y comedias que constan de partes específicas o capítulos: aquí el sufrimiento, aquí asoma la justicia del destino y aquí se resuelve todo para la felicidad. La sociedad asuncena se apropia de lo que ve en la televisión para actuar su telenovela. Pero lo particular de la telenovela asuncena es que no consta de todas las partes usuales, sino sólo de una primera parte. Se representa el sufrimiento de los buenos y el manejo de los malos, ambos como constelaciones perennes e inmutables. No hay una resolución en que todo se arregla a conveniencia de un idílico final. La historia no avanza, está estancada en la pasión, entendida ésta en la acepción cristiana. El actor asunceno está predispuesto de antemano a aceptar el sufrimiento y llevarlo in extremis, y el que sea así tiene su explicación en la fe cristiana y su historia de sumisión y martirio. El cristianismo está profundamente insertado en los asuncenos, como un código de ADN, desde los comienzos de la ciudad. Sin embargo, los asuncenos nunca fueron estudiosos de los dogmas cristianos. Razón por la cual, faltos de dogmas claros, los asuncenos se explican la vida a través de lo que ven en la televisión. Las telenovelas le dieron el dietario de vida, como si fueran las tablas de Moisés. Y también la escenificación. Aquí el amor, que debe ser así y asá, y aquí la muerte, que viene por esto y lo otro. De haber sido una sociedad lectora de sci-fi, otra reacción tendría ante un suceso apocalíptico. Los lectores de ciencia ficción, que también adoptan la puesta en escena de sus novelas favoritas, tienen una actitud más activa en tales casos. Por ejemplo, en un país lector de ciencia ficción actuaría el sincretismo (propio de occidente) de una manera diferente: el mesianismo teocrático y el mesianismo tecnológico convergirían en un ser humano nuevo, rapiñero y feroz, despierto a la época. Lucharía por sobrevivir, mataría, haría la guerra al fin del mundo. Por supuesto, el efecto sería la muerte, pero una muerte más teatral, entendiendo el teatro como movimiento e interacción de personajes y medio. Haría, en este sentido, una historia más activa que reflexiva. El caso de la sociedad asuncena es diferente: la historia y sus avatares no la llevan a actuar, sino simplemente a estar. Como hacen los buenos en las telenovelas y los que aguardan el reino de Dios. Esperan el favor del destino, el cumplimiento de la profecía, absortos. En el teatro asunceno, los actores escenifican la opereta de la muerte eternizando una mueca.


10

La casa del rabino Iosif Iosif quedaba al final de un arbolado callejón del residencial barrio de Las Carmelitas. Bajo la insistente lluvia de aguas negras y de apariencia pestilente, una cincuentena de coches caros y otros, pocos, no tan caros, estaban estacionados en la vereda.
En el living, grande, lleno de adornos litúrgicos que no le restaban espacio, unas doscientas personas escuchaban al rabino, que hablaba, con fuerte acento estadounidense, a la luz de las velas.
–Nosotros, que aceptamos en nuestros corazones a Yehoshuah Ben Yossef, como un acto revolucionario y puro, sabemos del riesgo y la incomprensión, pero también sabemos tener los corazones llenos. Nosotros, que tenemos una congregación con el nombre de Ben Abraham, en homenaje a los primeros visionarios, en una sociedad conservadora como la asuncena, sabemos de la infamia. Nosotros, que tuvimos la bendición de encontrar el verdadero camino de la salvación, sin perder nuestras raíces, sabemos lo que está ocurriendo y no podemos callarlo. Este fenómeno climático, como le dicen los noticieros, no lo previmos en las escrituras, es cierto. Pero tampoco previmos que tendríamos una vida tan satisfactoria y fértil, ¿verdad?
Asentimiento general de la sala.
–Lo que quiero decirles, hermanos, es que si nosotros hemos sabido, enfrentándonos a todo, vivir en la verdad sin perder nuestras raíces, es justo que enfrentemos lo que sucede conservándonos en la verdad y sin perder nuestras raíces.
Un relámpago iluminó la sala, pues las ventanas estaban abiertas, y segundos después un trueno pareció quebrar árboles y edificios, e incluso dio la impresión de hacer temblar la tierra.
–Nuestro destino nos pone de nuevo ante un dilema para el cual se nos exige una decisión firme, y quizá definitiva. ¿Recuerdan al Tribunal Supremo de Israel al pronunciarse sobre nosotros? Aceptar a Yehoshuah Ben Yossef es haber cruzado la línea de la comunidad judía, dijeron. Pues ahora tenemos una línea más que cruzar. Y lo debemos hacer con la inteligencia de nuestros corazones. Con fe. Las sagradas escrituras se amplían y nos exige ir tras ellas. El Apocalipsis. Ha llegado el Apocalipsis y no lo podemos negar. Debemos, de nuevo, dar un paso adelante para recibir a Dios, que ya está golpeando la puerta de nuestra casa. La puerta de nuestro corazón. Y le debemos abrir como lo que somos, como judíos.
Mientras el rabino Iosif Iosif seguía con el discurso, Biedermann acercó la boca al oído de Susana.
–Vamos, Susana, acá no tenemos nada que hacer.
–¿Pero qué decís?
–Estoy harto de mi barba y mis trenzas, sé que odiás la peluca y que hagamos vestir ropas ridículas a nuestras hijas. Mi casa sos vos y en las habitaciones están nuestras hijas. Quiero que vivamos allí. Si Dios viene a buscarnos, recibámoslo como lo que somos. Como amantes. Como una familia.
Y al decir esto, Biedermann arrojó su sombrero (Welt Edge, en este caso) al piso y abrazó a su mujer y le dio un beso. Iosif Iosif se percató del acto de Biedermann y detuvo su discurso.
–¿Hay algo que quiera decirnos, Biedermann?
–Sí. Nos vamos.
Tomó en brazos a sus hijas y le hizo una señal a su esposa. En medio de la consternación general, se dirigieron a la puerta. Antes de salir, oyeron el grito del rabino Iosif Iosif.
–¿Quiere explicarnos algo, Biedermann?
Susana se dio vuelta y miró al rabino. Habló con voz clara y fuerte.
–Los sombreros protegen mejor de la lluvia negra que un paraguas. Pásenme el sombrero, por favor.
Un señor le acercó el sombrero que Biedermann había arrojado. Susana se lo agradeció con una sonrisa. Biedermann abrió la puerta y salieron a la calle.
Los relámpagos iluminaban la noche, dando un espectáculo tenebroso. Los árboles parecían tener las hojas podridas. El coche de Biedermann estaba estacionado entre los más feos, al otro lado de la calle. Subieron al auto en silencio. Las calles arboladas del barrio del rabino Iosif Iosif, que acostumbraban a ser las más hermosas la ciudad, por su limpieza y perfección estética, se mostraban esta vez como si fueran las calles de un mundo subacuático, en el fondo de un pantano sucio y hediondo.
–Esta noche vamos a cenar puchero de osobuco, Susana.
–¿Qué?
–Dicen que la carne más rica está allí. Y se pone más rica porque es poca y hay que rascarla con el tenedor.
–Nunca comimos eso en casa.
–Lo mejor está entre los huesos. Hay que levantarlo con la mano y chuparlo como un dulce. Se llama caracú. El sabor es como un dulce.
La noche iba volviéndose más espesa. Cuando salieron del barrio residencial y tomaron la avenida San Martín, los relámpagos aumentaron y el coche parecía avanzar a través de la pista repleta de una discoteca. Había gente sentada en las veredas, tomando mate, y gente caminando de aquí para allá, dejándose mojar por la lluvia, abriendo los brazos. Como si recibieran el bautismo de las aguas negras, haciendo una danza ritual. Pasaron coches estacionados sin cuidado y que se exhibían en su orfandad con las puertas abiertas. Como las casas que cruzaron. La gente caminaba de aquí para allá. En éxtasis. Mendigos locos parecían todos. Las mujeres con polleras cortas y paraguas cerrados, saltando charcos al caminar, o sólo saltando porque sí. Como si bailaran una música espectral. Las calles parecían los pasillos de una discoteca del infierno. Un infierno de agua. Por todas partes sombras húmedas. Bailando al ritmo de la lluvia negra. Como si estuvieran en una discoteca improvisada en un baño público del infierno, habilitado solo por las madrugadas. Mientras el coche avanzaba, Susana mantuvo apretada contra la suya la mano de Biedermann.
–¿Alguna vez comiste osobuco, Ramiro?
–Nunca.

Ever Roman. Paraguay, 1981. Publicó “Osobuco” (2011), “Falsete” (2016) y “Serenos en la noche” (2018). Textos suyos fueron publicados en antologías europeas y latinoamericanas.

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