¿Quién legitima nuestra identidad?

¿Quién legitima nuestra identidad?

TIEMPO DE LECTURA: 5 min.

Por Maia Cubric

En octubre, la ciudad de La Plata, será la sede del 34º Encuentro de mujeres y disidencias. Pese a estar a poco más de un mes de su realización, el debate transversal aún no está saldado. Por un lado, están quienes sostienen que el Encuentro debe seguir solapado al concepto de nacionalidad. Por el otro, quienes pretenden incluir a las diversas plurinacionalidades que conforman nuestro territorio. Esa, es la brecha.


Para los seres humanos, pocas cosas nos son tan intrínsecas como la identidad. Esta pequeña palabra, que para cada persona esconde un mundo y una caracterización del mismo, es constituyente de nuestra propia sustancia. La identidad no es sólo un nombre para manejarnos en la sociedad. La identidad son todas las características y creencias que nos atraviesan y nos conforman tal cual somos ¿Cómo llevar a cabo, entonces, un encuentro que se embandera de lucha, aislado del reconocimiento o derecho a la identidad de las personas que lo conforman? En palabras de la fundadora y referente de Mujeres Indígenas por el Buen Vivir, Moira Millán: “Cuando nosotras, desde el Movimiento de Mujeres Indígenas, hablamos de la plurinacionalidad de los territorios nos referimos a que es transversal, como Pueblos Indígenas no tenemos ningún tipo de derecho a la vida en plenitud de nuestra identidad.”

A pesar de parecer arcaica o involucionada, esta discusión es la que se da sábado tras sábado en las reuniones de comisión o plenarias. Parece que la disputa por liderar este evento supera por mucho la convicción de construir realmente desde una perspectiva feminista. Entonces, quienes se plantean como nacionales, la comisión organizadora del Encuentro, se proclaman en contra de modificar el nombre del mismo. Pretenden que un evento de esta masividad, y en movimiento constante (porque el feminismo se está construyendo y deconstruyendo todo el tiempo) sea hermético y se estanque en el concepto Nación.

Estas mezquindades que presentan diversos partidos y organizaciones, son la prueba de que sólo buscan hegemonizar y perpetuarse como la palabra legítima de la organización. Pero hay una mala noticia para estos sectores: los feminismos no son una sola cosa, no se expresan en su totalidad y de una sola forma, y si hay algo que aprendió con el paso de los años, es que luchando se derriban las barreras de exclusión y violencia que sufrimos las mujeres y disidencias desde hace siglos. 

Ser parte de una sociedad colonizada nos exige reivindicar la lucha de los pueblos originarios por el reconocimiento, aún con más vehemencia. Y en materia feminismos, nos obliga a ejercer la sororidad con nuestres pares. Tanto es así, que la modificación del nombre de este evento, trae consigo la inclusión de quienes históricamente han sido marginades. Es preciso entonces, entender al lenguaje, a las palabras, como claves en la concepción y la construcción de nuestra sociedad. Porque lo que no se nombra no existe y la plurinacionalidad y los géneros no binarios son un hecho que ya no se puede tapar. Una de las referentes del movimiento #SomosPlurinacionales, Julia Varela ,especificó al respecto que “para poder ser permeable a las discusiones que los feminismos nos estamos dando, tienen que poder cambiar su identidad. Porque no es solamente cambiar el nombre, sino cambiar la identidad general del Encuentro…” “..Al mismo tiempo, proponen incluir a los pueblos originarios reconociendo que Argentina tiene una historia preexistente, donde hay más de 36 naciones que fueron invisibilizadas por la occidentalización y el genocidio. Nos tenemos que reconocer plurinacionales”.

Estamos hablando de un Encuentro que se construye en colectivo y del cual el feminismo es el pilar principal. Cuando situamos esta discusión en el 2019, todo parece una contradicción. Como se señalaba anteriormente, los feminismos no son algo absoluto o tangible: representan un posicionamiento y una manera de ver la sociedad y el mundo. Revisar cuál feminismo nos representan y en cuál se enmarcará este fenómeno, es nuestra tarea. Y está claro que un feminismo eurocéntrico, blanco y clasista, es el que hay que romper para que este Encuentro avance. De mínima, porque es ilógico que quienes se proclamen a favor de los derechos de las mujeres y las disidencias, no reconozcan ni su historia ni su origen a un considerable sector participante del Encuentro.

En un país con 38 pueblos preexistentes al estado nacional argentino, reducir la multiculturalidad al término nación no es más que un capricho interesado por parte de quienes lo avalan. Y siendo este evento una organización que determina sus acciones a través del consenso, la discusión atrasa la organización. Teniendo en cuenta la masiva participación de mujeres el año pasado en Trelew (aproximadamente 50 mil), es de esperar que La Plata sea una sede que explote estos 12, 13 y 14 de octubre. Por esto, debatir temas organizativos debería ser el eje central y no esta disputa por un nombre que como sociedad deberíamos tener saldada.

Si las mujeres y los géneros no binarios, históricamente hemos sido relegades y castigades por esta sociedad patriarcal-capitalista ¿Qué les queda a les que además su cultura fue y sigue siendo devastada? El caso de Milagro Sala es el mejor ejemplo de lo que simboliza ser una mujer dirigente, pobre y originaria. Que esté presa, denota el peligro que representa para el orden de lo preestablecido, de lo legítimo. Que no todas las organizaciones se embanderen por esta lucha, demuestra la exclusión hacia los pueblos originarios, que hoy se hace carne en el debate del Encuentro.

Que los pueblos originarios sigan excluidos, no es una cuestión de días. De hecho, si todavía existen, es por una resistencia de la que el feminismo tiene mucho que aprender. No nos olvidemos que estos pueblos resistieron a siglos de masacres y hoy resisten, no sólo a la expropiación de sus territorios, sino también a la desvalorización, invisibilización y estigmatización de una parte de la sociedad.

Existe un legado cultural impuesto que reproduce ideas que deslegitiman a las culturas preexistentes y en las que sólo se reconocen como válidas a las eurocéntricas. José Martí, resumía esta disputa en pocas palabras: “No hay batalla entre civilización o barbarie, sino entre falsa erudición y naturaleza”.

Como luchadoras, en el sur de un continente que por siglos fue y sigue siendo saqueado y del cual quisieron borrar cualquier expresión cultural que confronte con lo blanco, masculino, rico y eurocéntrico, ser plurinacionales es un acto revolucionario


* Periodista, columnista del programa No Se Mancha (Radio Estación Sur – FM 91.7), responsable de la sección DDHH de Revista Trinchera y colaboradora de Agencia Timón.
Estado no discrimines: Transformando ciudadanías desde la educación pública

Estado no discrimines: Transformando ciudadanías desde la educación pública

TIEMPO DE LECTURA: 5 min.

Por Flor Luengo*

En el último tiempo, mucho se ha escuchado y leído por los medios masivos de comunicación -algunos, no muchos- acerca de las identidades disidentes. Es decir, aquellas que logran salirse de la normatividad y disciplinamiento de la vida en general -y del sexo y el género en particular- y que interpelan al resto de la sociedad a replantearse acuerdos y/o pactos sociales institucionales históricos que establecen el orden de la vida social.

En Argentina, el colectivo de personas Trans y Travesti de los años ’90, decide organizarse y militar políticamente para llegar a vivir en una sociedad democrática en la cual sus identidades no sean atropelladas y violentadas por el disciplinamiento de las formas de ciudadanías basadas en el binarismo hombre-mujer. A partir de ese momento, comienzan la interminable disputa por el reconocimiento de sus derechos humanos.

En este marco, hablar de personas  Trans responde al reconocimiento de vivencias políticas de grupos humanos que han sido discriminados y excluidos de prácticas sociales tan importantes como el derecho a la salud, a una vivienda digna, a un trabajo digno, al acceso y permanencia educativa, etc., por alterar el orden sexual establecido.

Así es que en al año 2005, Lohana Berkins y equipo llevaron adelante una Encuesta Nacional a la Población Trans, para realizar denuncias sobre la rigidez del sistema educativo argentino, contando como dato empírico las agresiones y la marginación sufrida por personas trans en la escuela.

En 2012, antes de sancionarse la Ley de Identidad de Género (N° 26.743) en el congreso argentino, quienes generaban datos para el conocimiento de las condiciones de vida de las comunidades eran las propias organizaciones trans. Una vez sancionada la ley, instituciones como el INDEC y/o INADI acompañan los estudios. 

Ese mismo año se realizó un piloto de Encuesta Nacional sobre la Población Trans: Travestis, Transexuales, Transgéneros y Hombres Trans, en La Matanza (Buenos Aires). Como resultado, se estima que entre los 13 y 17 años las personas realizan el reconocimiento de la identidad deseada, coincidiendo con el tránsito por la escuela secundaria. De una muestra de 216 personas, el 20% terminó el nivel secundario, sólo el 7% ha cursado un nivel escolar superior, y el 2% dijo haber terminado el nivel terciario o universitario.

Se calcula que en el país el colectivo trans está conformado por entre 7 y 10 mil personas. Es un estimativo porque no existen aún censos que rompan el binarismo identitario en todo el país. Únicamente en la provincia de Jujuy, hacia fines de 2017, se comenzó a construir el primer censo de población Trans Femenina en Nuestra América, de la mano de censistas trans. En la provincia, habitan 127 mujeres trans y el 49% tuvo que dejar los estudios por la discriminación y violencia.

Con este panorama, estudiar las trayectorias escolares de personas trans implica generar un conflicto político en una sociedad heteronormativa que jurídicamente establece el reconocimiento de distintas formas de ciudadanía pero que muchas veces en la práctica, la discriminación y el disciplinamiento social terminan siendo más fuertes.

Las identidades disidentes incomodan con la presencia de sus cuerpos como signo de politicidad territorial, dejando al desnudo las teorías policiales y punitivas, mostrando que las marcas que tienen los cuerpos procuran establecer códigos específicos de coherencia cultural (Butler, 1990).  

Desde ahí que, la enseñanza y aprendizaje pasan por el cuerpo. Es éste, a fin de cuentas, el que se objetiviza en cada institución que se transita, al que se le coloca un valor superficial, al que parece que hay que vigilar y castigar en la escuela, en la familia, en la iglesia, en un bar.

¿Realmente se acepta la diversidad en nuestra sociedad o por el contrario se intenta asemejar al modelo hegemónico de lo “normal”, de lo común, de lo que debe ser? En la escuela, la normatividad que expresan los diseños curriculares –aquello que debería ser, tiene que ser, tendría que ser-, se acentúa aún más en el currículum oculto: aquel subyace en las relaciones pedagógicas, en los vínculos de poder, en el uso de la palabra, en los lugares que ocupan los cuerpos. Y en esta cultura tan patriarcal, tan capitalista, tan consumista, se construye un sentido común en el cual los cuerpos de personas trans y travestis sólo pueden adquirir valor en el negocio sexual.

¿Por qué se oprimen sus voces? ¿Qué lugar se le brinda a la intelectualidad y a las decisiones personales? ¿Qué tienen para gritar estos cuerpos? ¿Qué experiencias pueden aportar a la construcción de conocimiento? ¿Qué lugar político realmente ocupan? ¿Por qué la sociedad se escandaliza?

En 2006 se sanciona la Ley de Educación Sexual Integral (N° 26.150) como una política pública destinada a funcionar en instituciones educativas. Luego de la promulgación de la Ley, y con algunas necesidades para mejorar (por ejemplo: que sea un contenido transversal en el sistema educativo), se observa una reducción en las experiencias de discriminación en el ámbito escolar a menos del 20%. Esto tiene que ver con la concientización de que existen formas de ciudadanías que son válidas y otras que no lo son.

La ciudadanía no se identifica sólo en un conjunto de prácticas concretas sino en el “derecho a tener derechos”[1]. El contenido de las reivindicaciones, las prioridades políticas o los espacios de lucha contra la discriminación y opresión pueden ir variando porque son procesos históricos. Por eso, se requiere además del derecho a tener derechos, el compromiso político de cada ciudadanx para participar en el debate público acerca del contenido de las leyes y normas. La ciudadanía se expresa en demandas, pero también en compromiso para discutir, problematizar y hacer de la sociedad un lugar más justo donde las diferencias no se expresen en jerarquía y exclusión.

Antes de la Ley de Identidad de Género, a las personas trans no se las reconocía como parte de la ciudadanía argentina ¿Y en la actualidad? Si bien han ido ganando terreno en el campo de las normativas jurídicas, aún está la tensión entre la implementación de las leyes y el debate que se abre en la sociedad.

¿Qué ciudadanx queres ser? ¿Qué ciudadanx te dejan ser? ¿Alguna vez te preguntaste?


[1] Maffía, D. (2007). Género y ciudadanía. En: Encrucijadas, no. 40. Universidad de Buenos Aires. (pág.5)

* Periodista, conductora del programa La Marea (Radio Futura FM 90.5), redactora de Revista Trinchera, editora del portal Luchelatinoamérica y colaboradora de Agencia Timón.
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