¿Es ciencia ficción animarnos a pensar otra arquitectura institucional?

¿Es ciencia ficción animarnos a pensar otra arquitectura institucional?

TIEMPO DE LECTURA: 4 min.

El mundo cambia aceleradamente. El poder se transforma y concentra cada vez más rápido. ¿Los Estados, gobiernos y pueblos estamos preparados para no entregar nuestras cabezas en bandeja?

Hace casi 6 años, un 19 de noviembre de 2018, la presidenta argentina (mandato cumplido), Cristina Fernández de Kirchner, brindaba una conferencia magistral en el marco de la 8º Conferencia Latinoamericana y Caribeña de Ciencias Sociales y el Primer Foro Mundial del Pensamiento Crítico. En esa ocasión, la referente política argentina reflexionaba, entre otras cosas, sobre la necesidad de actualizar el ordenamiento jurídico institucional de la República Argentina, atado al surgimiento de los estados nacionales bajo las premisas de la Revolución Francesa de 1789, de “Igualdad, Fraternidad y Libertad” con el surgimiento de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial.

La ex mandataria enfatizaba en la necesidad de tomarse el tiempo para repensar y redefinir una arquitectura institucional que permita reflejar los cambios en la composición del poder durante estos siglos. En tiempos de la Revolución Francesa “no existían las multinacionales, las transnacionales, la financiarización del capital, los Organismos Multilaterales de Crédito; nada de lo que hoy existe y tiene un inmenso poder”. A su entender, y tal como lo ha dicho en otras oportunidades, “si tenemos que representar lo que significa el gobierno del poder legislativo y el poder ejecutivo, y lo que se somete a elecciones cada 2 o cada 4 años, podemos decir que eso representa un 20% o un 30% del poder. El otro 70 u 80% del poder está fuera, en organizaciones, en organismos, en sociedades, en medios de comunicación, cosas que no están reguladas en ninguna constitución y en ninguna ley”. 

En definitiva, la síntesis de su intervención es que hay que repensar las nuevas estructuras de poder. Poder que ha cambiado radicalmente, sobre todo si hacemos lugar a las reflexiones y premisas de teóricos como el ex ministro de economía Yanus Varoufakis, que directamente sostiene que el poder de las corporaciones tecnológicas es tan grande, que en la actualidad estamos entrando en una etapa de “Tecno Feudalismo”.

Si tomamos en cuenta ésta u otras tesituras sobre el poder y las directrices que marcan al resto de los mortales, incluso las experiencias como la boliviana o la venezolana quizás también hayan quedado cortas en las transformaciones que propusieron en sus momentos. Y eso que hace dos décadas fueron procesos de avanzada que al menos cambiaron las reglas del juego dando poder a otras representaciones. Caso de estudio aparte sería el de la República Popular China, por sólo citar un ejemplo, completamente alejada de la lógica occidental de cómo se comprende al Estado, más allá de que hay patrones que pueden ser similares.

Está más que claro que el poder de las grandes corporaciones es cada vez mayor. Lo retrataba hace más de una década, entre muchas y muchos otros autores, la periodista canadiense Naomi Klein en su libro “No logo” o en su documental “The corporation”. Poder que ha ido creciendo en paralelo con la creciente influencia occidental, con el proceso de globalización y de interacción entre los distintos países, pero que hoy se vuelve a poner en duda.

¿Siguen funcionando los Organismos Multilaterales? ¿Ha resuelto algún conflicto la ONU? Desde hace al menos una década es cada vez más evidente como Occidente -encabezado por EEUU- viola sistemáticamente lo que no hace mucho tiempo atrás decía defender, lo cual nos marca que el sistema de Naciones Unidas no sirve, está roto. Algo que ya advertía Hugo Chávez en el seno del organismo allá por 2006.

¿Estamos preparados institucionalmente como país para dar respuesta a las necesidades de nuestro pueblo? Quizás la respuesta tendería a afirmar que no. Que no hay forma de controlar a los poderosos con la actual arquitectura institucional. ¿Cuán federales somos? ¿Qué vos tienen las comunidades originarias en la toma de decisiones? ¿Deberíamos ir hacia un Estado Plurinacional como Bolivia? ¿Deberíamos tener cinco poderes como Venezuela? ¿Deberíamos ir a un sistema de democracia participativa como la cubana? ¿Habría que tener un partido fuerte y predominante que promueva realmente la meritocracia como China? ¿Qué vínculo deberían tener la Nación, las provincias y los municipios? ¿Cómo debería redistribuirse lo que produce nuestro pueblo? 

Las anteriores son múltiples preguntas que, como mínimo, deberíamos empezar a hacernos si realmente pretendemos vivir en un sistema democrático aggiornado a los tiempos que corren, porque está claro que, de seguir así, los únicos beneficiados serán los mismos de siempre: un grupito muy chico de oligarcas y elites locales que todo el tiempo privilegian sus intereses (o los de sus amos del norte), antes que los del pueblo al que supuestamente “representan”.

Está más que claro que en este contexto tan complejo para la Argentina y para el mundo, pensar un proceso de esta naturaleza parece ciencia ficción, pero la realidad es que los tiempos y la vorágine en la que vivimos, de alguna manera nos obligan a tener que pensar y repensar lo social, lo colectivo, lo comunitario. Caso contrario estaremos dejando nuestras cabezas servidas en bandeja para que los que siempre ganan, sigan ganando a costra del sufrimiento, el esfuerzo y el dolor de nuestro pueblo.


¡Sumate a la Comunidad Trinchera y aportá a la Comunicación Popular!

Tu aporte es esencial para que el Multimedio Trinchera pueda continuar con la construcción de una comunicación por y para el pueblo. Agradecemos el apoyo de nuestra comunidad y te invitamos a suscribirte para afianzar día a día nuestra Trinchera y disfrutar de un montón de beneficios.

Recibí nuestros mejores contenidos directamente en tu bandeja de entrada.

Una constitución, dos modelos de gobierno: Argentina del siglo XIX al siglo XX

Una constitución, dos modelos de gobierno: Argentina del siglo XIX al siglo XX

TIEMPO DE LECTURA: 9 min.

Entrevista a los historiadores Hernán Brienza y Felipe Pigna.  

¿Puede una sola constitución explicar una independencia y más de 30 años de guerras externas e internas? 

Definir al siglo 19 en la Argentina bajo el término de “modelos”, y a su vez afirmar un número de cuantos de estos existieron resulta por demás complejo. Este centenar de años, en efecto, fue el testigo de la formación de la nación como la conocemos, no sin antes tener varias revueltas.

Resulta tan contrafáctico dar respuestas que, incluso, no podemos comenzar el siglo hablando de “Argentina”. Lo que superando la mitad del siglo sería finalmente este país, previamente fue una organización de provincias con cierta cercanía y organización, sin llegar a ponerle el término de “unidas”. Anteriormente, estas lucharon por la independencia junto a otras zonas del continente que luego tomaron caminos distintos.

El primer proyecto de independencia (o uno de los rescatados por la historia) hecho por residentes de América del Sur, contempló la idea de todo el continente unificado, bajo el nombre de la “Patria Grande”. José de San Martín, Manuel Belgrano y Bernardo O’Higgins, entre otros patriotas, formaron parte de ese proyecto. No obstante, la dificultad por sí sola de lograr la independencia ante la corona española, peleando contra influencias extranjeras y divisiones internas, por lo pronto solo dio para lo importante: la huida de los españoles. 

Para el año 1824, desde Buenos Aires hacia el actual norte, las provincias existentes ya colaboraban bajo el nombre de “Provincias Unidas del Sur”. Ese mismo año asumió como gobernador de Buenos Aires (que tenía la centralidad) Bernardino Rivadavia, que ya tenía la voluntad de conformar una nación. 

La guerra con el Reino del Brasil le sirvió a Rivadavia para traccionar rápidamente la necesidad de tener un presidente (que sería el) y la necesidad, a su vez, de una constitución. En 1826 tendríamos el primer intento de carta magna. En sus primeros tres artículos, el texto definió contornos básicos: “La Nación Argentina es para siempre libre, e independiente de toda dominación extranjera”; “no será jamás el patrimonio de una persona, ó de una familia”;  y “su religión es la Católica Apostólica Romana, a la que prestará siempre la más eficaz y decidida protección, y sus habitantes el mayor respeto, sean cuales fueren sus opiniones religiosas”.

De resto, en términos de organización, la constitución fue similar a la que luego quedó fundada: un modelo de Estado Nación copiado del mundo occidental, republicano y con tres poderes. Esto fue rápidamente rechazado por las provincias, por su gruesa impronta centralista en Buenos Aires.

En paralelo a esto, la guerra con el Brasil tuvo el saldo negativo de la pérdida de la banda Oriental (Uruguay) para las provincias unidas. A nivel político, esta derrota le costó el puesto a Rivadavia, y el primer intento de organización se disolvió.

Tras nuevas internas, entre las que se encuentra el asesinato de Manuel Dorrego a manos de Juan Galo de Lavalle, la organización se estabilizó nuevamente con la llegada de Juan Manuel de Rosas, bajo la lógica federal, a través del Pacto Federal, y con él, un duradero esquema en donde las provincias unidas se asentaron hasta 1852. Si bien, en un principio, el Pacto Federal se firmó para concentrar el poder Federal ante el Unitario (que en 1830 se aglomeró bajo la Liga Unitaria o del interior), este terminó siendo el punto de partida de la confederación, y la predominancia de un modelo.

San Luis, La Rioja, Catamarca, Mendoza, San Juan, Tucumán, Córdoba, Salta y Santiago del Estero firmaron el pacto que agrupó a los unitarios tras la derrota de Lavalle, quien luego de fusilar a Dorrego administró la provincia de Buenos Aires por un año. Tras la derrota de Lavalle y con la sucesión de Rosas en marcha, los unitarios ofrecieron esta oposición. Sin embargo, con el pasar de los meses todas las provincias fueron adhiriendo al Pacto Federal: Corrientes, por ley del 19 de agosto de 1831; Córdoba el 20 de agosto de 1831; Santiago del Estero, por ley del 20 de agosto de 1831; Mendoza, por ley del 1 de septiembre de 1831; La Rioja el 12 de octubre de 1831; San Luis el 13 de abril de 1832; San Juan el 3 de mayo de 1832; Salta el 4 de julio de 1832; Tucumán el 8 de julio de 1832 ; y Catamarca el 3 de septiembre de 1832.

Originalmente, el pacto fundante fue entre Buenos Aires, Santa Fe y Entre Ríos. Contempló, a grandes rasgos, la protección recíproca entre ellas, la defensa irrestricta ante cualquier invasión extranjera tanto de estas como de las otras provincias, el uso pleno de sus ríos para la navegación y la expansión de la industria, y la posibilidad de relacionarse con otras provincias, siempre mediante previa discusión.

Se estableció así, un estilo de organización que, según el historiador Felipe Pigna “no se terminó de consolidar por estar en un estado permanente de guerra”. Pigna dialogó con Revista Trinchera y explicó que “Rosas tenía el manejo de las relaciones exteriores, hizo algunas alianzas con provincias, pero el modelo en sí solo se puede observar desde Buenos Aires”. Para Pigna el modelo rosista puede traducirse a “un modelo en donde empezaba a industrializarse a través del saladero de cuero tasajo y demás”, pero que “constitucionalmente” fue inexistente “porque no había organización nacional, que es una de las cosas que le reclama Facundo Quiroga”.

En ese sentido, es importante aclarar que el modelo como tal generó un nivel de autonomía muy alto a cada provincia, por lo cual las medidas y formas dependieron de cada distrito. Lo único que se unificó como lógica general fueron las relaciones con el exterior, única arista en donde podemos analizar a Rosas como constructor de una política nacional. En ese sentido, se destacó por la protección de las industrias textiles, pesqueras, entre otras, a través de leyes como la Ley de Aduanas de 1935, que regulaba exportaciones e importaciones. 

Según Pigna “Rosas se niega a expandir una construcción nacional porque defiende los intereses de Buenos Aires, y entiende que una organización constitucional hubiera llevado a la distribución de rentas del Puerto y la Aduana, cosa que no estaba dispuesto a hacer”.

No obstante, el historiador propone pensar al “régimen federal” cercano a “lo que intentó Urquiza”. “Lo más parecido fue en el breve período de la confederación nacional con las 13 provincias que la conformaron, entre 1852 y 1861 hasta la derrota de Pavón, donde Urquiza intenta un armado nacional con base en la constitución y promoción de la inmigración y de la educación pero sin recursos económicos”, explicó.

Al mismo tiempo, añadió: “El modelo de Urquiza estaba condenado al fracaso porque no tenía cómo financiarse, creo que hubiera sido más beneficioso, por supuesto, la consecución y el buen funcionamiento del modelo, pero no tuvo concreción”.

Como narra Pigna, Rosas fue derrotado a manos de Justo José de Urquiza (también federal) en el año 1852. Su proyecto evidentemente aspiraba a ser nacional, aunque la riña con Rosas era personal, y derivada del bloqueo a Montevideo, lugar central para el comercio de Entre Ríos (de donde era el primero).

Además, Urquiza había recibido ofertas de alianzas unitarias, por lo que contó con “los fierros” suficientes, además del Brasil, quien decidió salir en defensa de Montevideo. Fue victoria para la banda del entrerriano, y tan solo un año después, en el año 1853, se dictó la primera constitución nacional, que con vaivenes en la historia -intervalos donde otras constituciones estuvieron vigentes como la del año 1949 hasta 1955-, siguió vigente hasta hace tan solo 31 años.

Las primeras líneas de la carta magna  retomaron lo escrito por Rivadavia, para luego hacer énfasis en “las provincias de la confederación”, además de garantizarles una constitución interna propia. Sin embargo, las complejidades mayores afloraron cuando la década avanzó.

Así lo anticipa Hernán Brienza, también historiador que se comunicó con Revista Trinchera: “Argentina tuvo una constitución con reformas en el 60, 62 y en el 79 con la capitalización de Buenos Aires, lo que hace un complejo constitucional, no una sola constitución. Más allá de que lo central no se tocó, las relaciones políticas de Buenos Aires y de la República Argentina cambiaron con esta última reforma”. 

Urquiza creyó haber llegado a lograr su cometido: en el año 1852 firmaron entre las provincias el Acuerdo de San Nicolás, mediante el cual se comprometieron a sellar la constitución. Él, como gobernador de la provincia de Buenos Aires, tras derrotar a Rosas, podría proveer una gran parte del financiamiento al Estado nacional.

Pero los unitarios tenían otros planes: Bartolomé Mitre y Adolfo Alsina dieron un golpe de Estado en la provincia, y lograron que, un año después la provincia más rica no firmara la constitución. Su plan era visible: mantener a la provincia con la Aduana y los puertos fuera para evitar descentralizar los ingresos. 

La constitución se escribió igual y la confederación intentó caminar. El letrado Juan Bautista Alberdi la había redactado con varias influencias en el sistema federal estadounidense, pero con diferencias en cuanto a “la necesidad que tenían los pueblos de América del sur” de “formarse más rápido”. Esto representaba una necesidad de inversión grande en educación y formas de vida digna.

Sin embargo, con el correr de los años de la década, la figura de Mitre se impuso mediante el poder, clave para asentar el centralismo de Buenos Aires en el país, o al revés: para hacer un país centralista. Este suceso marcó a fuego a un país que, a día de hoy, sufre las desigualdades de ese centralismo, y explica lo dicho por Pigna, sobre la falta de financiamiento que experimentó el proyecto de Urquiza al no poseer Buenos Aires.

Mediante el Congreso Constituyente del año 1860, en donde la mayoría eran unitarios, Buenos Aires logró ingresar a la confederación reteniendo los derechos de aduana, a cambio de dar una parte de esos ingresos a la nación.

Esa fue la primera modificación de la constitución e inauguró el proceso en el que Mitre tiño la historia argentina a su merced. Tras esta victoria, se midió directamente contra Urquiza y los federales en la Batalla de Pavón. El federalismo había cedido y el unitarismo había avanzado, por lo cual ambos tenían motivos para dar otra batalla. Mitre y los suyos se impusieron, y a partir de allí le dieron fin a la larga guerra civil, instalando definitivamente y mediante diversos poderes el unitarismo.

Mitre tomó la gobernación y se autoproclamó presidente, una necesidad que también entraba en sus planes para la nación. Al año siguiente, en 1862, consolidó su liderazgo a través de elecciones, convirtiéndose en el primer presidente de la Argentina.

Tras este suceso, se instaló una larga y duradera estabilidad que resistió, únicamente, hasta colapsar ante la presión de una población civil olvidada. El modelo liberal y centrista instaló una lógica de economía primaria basada en el modelo agroexportador, que proveía de gran cantidad de reservas al Banco Central, pero de ganancias solo a los pocos terratenientes, con un “derrame” laboral de escasas garantías para los trabajadores campesinos.

Se estima que estos permanecían más de 16 horas de lunes a lunes trabajando y viviendo en las mismas tierras de los dueños. Una neo-esclavitud que casi no se reservaba diferencias con la esclavitud lisa y llana. 

Por otro lado, se destacan de este período la necesidad de extender la educación (bajo una forma occidental y sin reconocer a los pueblos originarios), y la construcción de conectores a lo largo del país como las redes ferroviarias por Julio Argentino Roca, aunque mediante la inserción de los ingleses como proveedores de las maquinaria y otros insumos. 

Además, la imposición de una sola cultura fue a sangre, con la “campaña del desierto” llevada adelante por el mismo Roca, en donde asesinó a la mayoría de los pobladores originarios. Roca se excusaba de continuar el proyecto de Rosas, quien en realidad tuvo una táctica más persuasiva y menos violenta.

“Se terminó imponiendo un modelo muy dañino para la Argentina que fue el agroexportador, un modelo para pocos, excluyente, y basado en el fraude electoral y en la dependencia de Gran Bretaña, con escasas garantías para los ciudadanos”, sintetizó el historiador Pigna al respecto y sentenció: “El ciudadano de a pie no tenía derechos pero sí muchas obligaciones”. 


Fuentes: 

https://www.infobae.com/opinion/2024/05/25/30-anos-despues-errores-y-efectos-no-buscados-de-la-reforma-constitucional-de-1994/?gad_source=1&gad_campaignid=20993778607&gbraid=0AAAAADmqXxRNjohyYPxmj18jKR5XuS5Jh&gclid=Cj0KCQjw6bfHBhDNARIsAIGsqLiY6OZDNXnz5qcU9gjS6O65qfrqNc723sWdz_kwRDfIwX2wT7ilAagaAoLcEALw_wcB

https://www.saij.gob.ar/0-nacional-constitucion-republica-argentina-1826-lnn0029935-1826-12-24/123456789-0abc-defg-g53-99200ncanyel?&o=17&f=Total%7CTipo%20de%20Documento%7CFecha%7COrganismo%7CPublicaci%F3n%7CTema/Derecho%20constitucional/Constituci%F3n%20Nacional%7CEstado%20de%20Vigencia/Individual%2C%20Solo%20Modificatoria%20o%20Sin%20Eficacia%7CAutor%5B50%2C1%5D%7CJurisdicci%F3n&t=19

https://es.wikipedia.org/wiki/Pacto_Federal_(Argentina)

https://www.infobae.com/opinion/2024/05/25/30-anos-despues-errores-y-efectos-no-buscados-de-la-reforma-constitucional-de-1994/?gad_source=1&gad_campaignid=20993778607&gbraid=0AAAAADmqXxRNjohyYPxmj18jKR5XuS5Jh&gclid=Cj0KCQjw6bfHBhDNARIsAIGsqLiY6OZDNXnz5qcU9gjS6O65qfrqNc723sWdz_kwRDfIwX2wT7ilAagaAoLcEALw_wcB

https://elhistoriador.com.ar/pacto-federal-del-4-de-enero-de-1831/


Joaquín Bellingeri

Militando desde la información y la palabra contra el amarillismo oportunista y por una sociedad en la que predomine la equidad social.

 

En la cortada más mistonga.  Los escasos cruces del tango y el nacionalismo (Parte II)

En la cortada más mistonga. Los escasos cruces del tango y el nacionalismo (Parte II)

TIEMPO DE LECTURA: 6 min.

Por Gabriel Kudric*

En el artículo anterior vimos algunos ejemplos de tangos comprometidos con las luchas obreras y sociales en general, pero llegábamos a la conclusión de que el tango no se ha encargado de la política, más bien ha sido la épica de mujeres y hombres aislados frente al avance de la urbanización.

Recordamos que esta serie de artículos no es más que un acercamiento exploratorio a la relación entre el tango y los temas del nacionalismo. Por otro lado, en una simplificación injusta pero necesaria, decimos “tango” para hablar de ritmos que eran abarcados por los intérpretes de la música porteña como milonga, vals e incluso, en el principio del siglo XX, estilo, cielo y los importados shimmy, foxtrot y charleston. En el artículo de hoy, el tango hace una pirueta importante para abrazar por primera vez temas caros al nacionalismo. Y lo hace de la mano del “negro” Maciel, músico y compositor afroargentino.

Blomberg, Maciel y Corsini y el Ciclo Federal

En el año 1929 hace aparición el vals “La pulpera de Santa Lucía”, con letra de Blomberg, música de Maciel y la interpretación de Ignacio Corsini. Un año antes se había publicado el tango “La Mazorquera de Monserrat”, pero es este vals, por su impacto en el público, el que da origen a lo que llamamos “ciclo federal”. Recordemos que, si bien su estilo no resistió tan bien el paso del tiempo como el de Gardel (cuya muerte trágica lo elevó al carácter de mito, ícono cultural y referencia de la porteñidad), en su momento Ignacio Corsini brillaba en el firmamento tanguero con la misma o mayor intensidad que la del Zorzal Criollo. El trío que brillaba en el cartel era Gardel, Corsini y Magaldi.
Permítasenos un breve apunte biográfico de los implicados:

Héctor Pedro Blomberg (Buenos Aires, 18 de marzo 1889 – 3 de abril de 1955) nació en una familia acomodada de Buenos Aires en 1889, hijo de una sobrina del mariscal paraguayo Solano Lopez. Desde joven sintió inclinación hacia las letras, siendo periodista, comediógrafo, poeta y (su faceta más conocida) letrista.

Enrique Maciel (13 de julio de 1897 – 24 de enero de 1962) era un músico afroargentino, heredero de la tradición afroporteña y gran compositor y ejecutante. En el inicio de su carrera tocó y compuso para Rosita Quiroga, una de las principales estrellas de la época, quien además fue productora y gran impulsora de artistas. Con Blomberg compuso nada menos que 36 piezas, aunque también supo trabajar con otros grandes poetas como Celedonio Flores, Cadícamo, Tito Sobral y otros.

Ignacio Corsini (Troina, Catania, Sicilia; 13 de febrero de 1891 – 26 de julio de 1967) nació en Italia, de donde vino a temprana edad. Conoció al payador Betinotti a principios de siglo XX (a quien Homero Manzi recuerda en su milonga Bettinotti, que interpretará Corsini y en su película El último payador, de 1950). Se dedicó al canto y la actuación, llegando a disfrutar de gran popularidad. Llegó a dirigir a Gardel en sus cortos con Ada Falcón.

El cancionero federal que interpretó Corsini representa la aparición, en la música masiva de la época, de los temas del nacionalismo. Aquí cabe preguntarse si aparecen en clave revisionista, que es en el final de los años 20 y principios de los 30, un movimiento ya establecido. Lo cierto es que no. Los autores fueron muy cuidadosos de no dejar traslucir su posición con respecto al período de Rosas, que era el que retrataban las canciones. El ciclo se compone de ocho canciones, de las que sólo una era un tango. Las obras eran: La china de la Mazorca; Los jazmines de San Ignacio; La canción de Amalia; La pulpera de Santa Lucía; La mazorquera de Monserrat; La guitarrera de San Nicolás; Tirana unitaria y La bordadora de San Telmo.

La Pulpera de Santa Lucía:
Era rubia y sus ojos celestes
reflejaban la gloria del día
y cantaba como una calandria
la pulpera de Santa Lucía.
Era flor de la vieja parroquia.
¿Quién fue el gaucho que no la quería?
Los soldados de cuatro cuarteles
suspiraban en la pulpería.
Le cantó el payador mazorquero
con un dulce gemir de vihuelas
en la reja que olía a jazmines,
en el patio que olía a diamelas.
“Con el alma te quiero, pulpera,
y algún día tendrás que ser mía,
mientras llenan las noches del barrio
las guitarras de Santa Lucía”.
La llevó un payador de Lavalle
cuando el año cuarenta moría;
ya no alumbran sus ojos celestes
la parroquia de Santa Lucía.
No volvieron los trompas de Rosas
a cantarle vidalas y cielos.
En la reja de la pulpería
los jazmines lloraban de celos.
Y volvió el payador mazorquero
a cantar en el patio vacío
la doliente y postrer serenata
que llevábase el viento del río:
¿Dónde estás con tus ojos celestes,
oh pulpera que no fuiste mía?”
¡Cómo lloran por ti las guitarras,
las guitarras de Santa Lucía!

Los héroes y heroínas del ciclo federal eran penantes de amor de uno y otro bando, retratados sin enemistad y sin prejuicios. Tal vez ese retrato de amantes rosistas sin caricaturizaciones sea el homenaje posible a una época desde otra, en la que todo el aparato de la “intelligentzia” había vetado cualquier discusión. Tal vez era lo viable en un género masivo a la hora de tratar temas que desde todas las instituciones eran tabú. Tal vez Maciel logrará colar parte de la memoria de su pueblo, elevado durante el rosismo con su componente popular y tan maltratado por quienes vinieron después. Por eso creemos que la referencia al candombe (y la imitación de los cantos negros) en La China de la Mazorca no son casualidad, sino una reivindicación de sus raíces por parte de Maciel.

Viva Rosas, vida santa,
Cantaban de corazón
Y en los barrios los candombes
Repetían la canción.
(…)
Al frente de una partida
Se la veía pasar
Y en la esquina de la patria
Se escuchaba este cantar.

Es necesario mirar el entorno y el estadío de la historiografía argentina, férreamente dominada por el mitrismo. En 1888, Adolfo Saldías publicaba su “Historia de la Confederación Argentina”, en la que intentaba aportar una mirada liberal honesta sobre el período rosista. El libro le valió el repudio de Bartolomé Mitre y el autor cayó en el ostracismo. Fué la primera de varias “erupciones” de pensamiento crítico que comenzaron a tomar forma. No fue apologética, sólo pretendió ser ecuánime. Con el tiempo aparecerían las apologías de Rosas, y esa sería la ruptura del dique que la obra de Saldías había comenzado a agrietar. En 1922, sólo siete años antes de la grabación de Corsini, aparece “Juan Manuel de Rosas. Su historia, su vida, su drama”, de Carlos Ibarguren. Este libro es una reivindicación del gobierno de Rosas y no puede ser ocultado. A diferencia del de Saldías, el trabajo de Ibarguren es discutido en la academia, rompiendo el cerco. Sólo siete años separan la aparición de este libro en el ámbito académico de la grabación de las canciones del ciclo federal de Corsini. ¿Casualidad?

Vamos a dejar esta vez al tango abrazado a la historiografía nacionalista, pero con el último fotograma fundiendo a negro sobre una inquietante mirada de seducción hacia las ideas del golpe de estado. El próximo capítulo no será uno de los mejores episodios de esta relación…


* Periodista, conductor del programa Columna Vertebral, columnista del programa Caídas del Catre (ambos en Radio Estación Sur - FM 91.7) redactor de Revista Trinchera y colaborador de Agencia Timón.
1