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Mientras Sarmiento soñaba con una educación que “civilizara” desde la palabra escrita, Peñaloza defendía los saberes y la oralidad como forma de resistencia cultural. Años después, Montessori propuso una transformación en el campo: confiar en la autonomía de la infancia como brújula pedagógica. 

Educar para transformar 

La educación, más que una técnica, es una mirada sobre el mundo. En el cruce entre política, afecto y utopía, tres figuras —Domingo Faustino Sarmiento, Maria Montessori y Rosario Vera Peñaloza— imaginaron formas de enseñar que aún hoy interpelan. Esta nota propone un recorrido por sus pedagogías, no sólo como modelos didácticos, sino como gestos fundacionales que revelan cómo cada época concibe a la infancia, al conocimiento y al vínculo educativo. 

Aunque con enfoques y contextos históricos distintos, los tres compartieron una visión de la educación y la experiencia como aprendizaje. Mientras que Sarmiento impulsó la escuela pública y la formación docente en Argentina, Vera Peñaloza adoptó y difundió enfoques pedagógicos innovadores para la niñez, y Montessori desarrolló un método basado en la autoeducación y el respeto por el desarrollo individual.

Las diferencias entre sus enfoques no los separan, sino que permiten un análisis más profundo. Sarmiento era quien pensaba en el maestro como agente civilizador, Montessori lo concebía como un observador que prepara el ambiente y deja que el niño explore. Vera Peñaloza, en cambio, se ubica en un punto intermedio: reconocía la importancia del juego, la expresión y el afecto, pero también la necesidad de formar docentes con sensibilidad y táctica. 

La educación como proyecto político

Sarmiento en el siglo XIX impulsó la escuela pública y la alfabetización como herramientas esenciales de lo que consideraba “progreso” de la Nación. Para él, el maestro debía ser un agente civilizador, capaz de formar ciudadanos útiles. Fundó las Escuelas Normales, promovió la formación docente sistemática y bibliotecas populares. Sin dejar de destacar la importancia de su desarrollo, resulta esencial no olvidar que este modelo se impuso a costa de un genocidio.

Mientras que Vera Peñaloza, a comienzos del siglo XX, recogió esa tradición pero la reconfiguró desde la infancia. En un país que ya contaba con una estructura educativa básica, ella apostó por una renovación sensible incorporando el juego, la oralidad y el afecto como ejes formativos. Impulsó la fundación de jardínes de infantes en el país y más tarde dirigió el Instituto Bernasconi, donde creó el Museo Argentino para la Escuela Primaria. Su trabajo articuló pedagogía y cultura. 

Montessori, en la Europa de entreguerras, propuso una transformación que en ese momento pasó desapercibida: confiar en la autonomía del niño como su brújula pedagógica. Su método, basado en la autoeducación y el respeto por los ritmos individuales, se convirtió en una alternativa pacifista frente a los modelos autoritarios. Inauguró la Casa dei Bambini en Roma, y su método se expandió globalmente a través de la Asociación Montessori Internacional. 

Puentes pedagógicos

En el entramado de la historia educativa argentina hay hilos que se cruzan y se tensan. Tres figuras: Domingo Faustino Sarmiento, Rosario Vera Peñaloza y María Montessori representan momentos, contextos y enfoques distintos, pero sus ideas dialogan entre sí con una vigencia que interpela al presente. 

La creación de Escuelas Normales por parte de Sarmiento fue mucho más que una simple política educativa: fue el inicio de una tradición formadora que marcaría generaciones de docentes. En ese contexto, Rosario Vera Peñaloza se formó como maestra, aunque lo reconfiguró desde la ternura. En lugar de reproducir la rigidez, introdujo el juego, la expresión artística y la oralidad como formas de conocimiento, poniendo aquí el puente no como una ruptura, sino como una relectura afectiva.

Poco después, convocada por Sarmiento, Sara Eccleston trajo a Argentina el concepto de Kindergarten, que Rosario Vera Peñaloza abrazó y adaptó. A su vez Eccleston introdujo las ideas de Pestalozzi, Fröbel y más tarde Montessori que también Vera Peñaloza supo adaptar con sensibilidad al contexto local. En 1900, fundó el primer jardín de infantes del país en La Rioja, desde donde comenzó a construir un puente entre la pedagogía tradicional y las corrientes activas. 

Así, Fröbel no aparece como antecedente lejano, sino como raíz compartida. Su visión dialoga con la de Montessori —en la confianza en el ritmo del niño— y con la de Vera Peñaloza —en la apuesta por el afecto como forma de enseñar. Incluso Sarmiento, al convocar a Eccleston, abrió la puerta a esa pedagogía del juego que, aunque no era su eje, terminó siendo parte del legado que hoy se reconfigura.

Aunque Montessori y Vera Peñaloza no se conocieron, sus métodos de enseñanza dialogan. Ambas confiaban en la capacidad del niño para aprender por sí mismo, y en el rol del adulto como guía respetuosa, demostrando así que su puente se trató de una afinidad electiva, en la que dos mujeres que, desde contextos distintos, imaginaron una pedagogía que no domesticara, sino que acompañara.

Educar no fue para Sarmiento, Vera Peñaloza ni Montessori un acto neutro, sino una forma de imaginar el mundo. En sus gestos fundacionales —la escuela pública, el jardín de infantes, la Casa dei Bambini— se cifran modos de mirar a la infancia, de confiar en el vínculo y de apostar por el conocimiento como herramienta de transformación.

Hoy, más de 18.000 jardines de infantes funcionan en Argentina, y el acceso al nivel primario supera el 98%. Sin embargo, apenas el 60% de los estudiantes egresa efectivamente del secundario, y los resultados en matemática y lengua revelan brechas que no se resuelven solo con infraestructura. En los institutos de formación docente —más de 1.200 en todo el país— persiste la pregunta por el rol del maestro: ¿civilizador, guía, o acompañante sensible?

La cobertura del nivel inicial alcanza al 80% en niños de 5 años, pero cae al 60% en los de 3. ¿Qué nos dice esto? Que el legado de Vera Peñaloza y Montessori, con su apuesta por el juego, la autonomía y el afecto, aún tiene mucho que ofrecer. Que la ternura como táctica, y la confianza en el ritmo del niño, siguen siendo gestos revolucionarios.

En tiempos donde la educación vuelve a ser terreno de disputa, recuperar estas voces no es nostalgia: es resistencia. Porque entre la palabra escrita, la oralidad y el silencio que observa, persiste una convicción profunda. Enseñar sigue siendo un acto de esperanza, y cada gesto pedagógico puede abrir un mundo.

Milagros López Mansilla

Periodista gráfica a la que le interesa la literatura. Desde mi lugar intento reivindicar la lucha de las travestis, las disidencias y los feminismos

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