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Somos testigos de la crisis civilizatoria occidental en curso y la prueba está en nuestras propias manos: una pantalla que nos muestra un mix entre vídeos de recetas y gatitos, y la masacre en curso en la Palestina ocupada. ¿Cómo nos informamos? ¿Qué lugar tiene el periodismo en tiempos dónde Twitter parecería ser la nueva cablera? ¿La inteligencia artificial nos reemplazará? 

En octubre de 2015 lanzábamos el número 7 de la Revista Trinchera en formato impreso. Su nota de tapa invitaba a reflexionar en torno a la pregunta ¿Por qué pensar otra comunicación social? Escribieron Ezequiel Lopardo, Daniel Badenes, Carlos Aznárez y Luciana Lávila junto a Juan Ignacio Revestido.

La primera nota partía de una mirada sobre el momento que estábamos atravesando: “Estamos ingresando a un tiempo histórico fundado a partir de la crisis del capitalismo en su etapa senil, marcado por la especulación inmediata del parasitismo financiero y retroceso industrial, depredación de los recursos naturales, resistencias regionales, y otros elementos significativos, que derivan, sin exagerar, en una guerra global que todos los días se cobra vidas y desplaza poblaciones”. 

Desde ese punto de partida, Lopardo describe cómo se fue conformando la maquinaria infocomunicacional de las corporaciones y los Think-Tank para imponer una editorial unificada para la dominación. Como contrapunto destaca el rol de la comunicación en el desarrollo de un pensamiento patriótico-nuestroamericano para la emancipación verdadera.

La segunda nota se tituló “Descolonizar la historia de la comunicación”. Retomando las palabras de Rodolfo Walsh, quien advertía que “las clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes ni mártires”. Badenes propone descolonizar la historia de la comunicación como un ejercicio central para comunicadores y comunicadoras que breguen por el pensamiento crítico ya que Walsh además agrega: “Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores, la experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan”.

En la tercera, Aznárez enfoca su análisis en Medio Oriente para señalar el papel de las corporaciones de la (des)información en el amparo del genocidio y la construcción de un relato imperialista que justifica todo tipo de atrocidades contra la humanidad.

Por último, Lávila y Revestido sumaron la experiencia de la República Bolivariana de Venezuela en su lucha por la democratización de la comunicación y la decisión del Comandante Hugo Chávez Frías de fortalecer los medios alternativos como estrategia en el marco de la lucha antiimperialista. También toman la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual y sus deudas con los medios alternativos, populares y comunitarios, que le dieron fundamento al 33% del espectro sin fines de lucro.

¿Por qué recuperar nuestra revista publicada hace 10 años? Porque muchas de esas reflexiones siguen vigentes pero necesitan repensarse a la luz del constante y dinámico desarrollo tecnológico. Somos testigos de la crisis civilizatoria occidental en curso y la prueba está en nuestras propias manos: una pantalla que nos muestra un mix entre vídeos de recetas y gatitos, y la masacre en curso en la Palestina ocupada, dónde se prueban nuevos armamentos con inteligencia artificial.

Ese ejercicio de memoria también permite rescatar un hecho que torció el rumbo de la Argentina al finalizar el proyecto político neoperonista denominado como Kirchnerismo, iniciado con los gobiernos de Néstor y Cristina. En noviembre del año 2015, Mauricio Macri se impuso en el balotaje tras una campaña de fuerte oposición al kirchnerismo y de denuncias sin prueba alguna de supuesta corrupción. ¡Se robaron uno, dos, hasta tres PBI! se instaló en el sentido común del electorado amarillo.

En marzo del año 2018, Cambridge Analytica, una consultora con sede en Londres fundada por Alexander Nix, fue denunciada por recopilar datos de 50 millones de usuarios de Facebook para analizar audiencias y generar perfiles con el objetivo de dirigir campañas publicitarias y políticas personalizadas. Ese escándalo mundial incluyó a nuestro país cuando se supo que la compañía británica había sido contratada de cara a la campaña de la Alianza Cambiemos con la que Macri se coronó como presidente.

A partir de allí se multiplicaron los debates sobre los datos que entregábamos a las grandes plataformas, la privacidad y los usos de esa información. Para las elecciones del año 2019, ya era evidente que redes como Facebook y Twitter eran terrenos de disputa. Así lo evidenció el troll center de Marcos Peña, que dejó momentos memorables como las “caricias significativas” de Hurlingham en apoyo a una reelección que nunca llegó.

Sin embargo, los juicios, las multas multimillonarias y las controversias no fueron lo suficiente para alertarnos a tiempo sobre esa maquinaria digital a la que nos sumergimos sin dudar cuando atravesamos la pandemia del COVID-19. Etapa que aún procesamos y cuyas consecuencias seguimos develando.

¿Dónde estamos hoy? Algunos hablan de Revolución Tecnológica, otros de Cuarta Revolución Industrial, de capitalismo de plataformas, Tecnofeudalismo, de silicolonización del mundo, etc. Lo cierto es que, cómo se mencionó antes, gran parte de este asunto está literalmente en nuestras manos. Según un informe publicado este año, en Argentina pasamos un promedio de 8 horas y 44 minutos online, entre ellas más de tres horas en redes sociales.

¿Qué hay detrás de todo ese tiempo que entregamos a las plataformas de los ricos más ricos del mundo? Estos años se ha teorizado mucho al respecto tanto para caracterizar y problematizar lo que acontece, así cómo también para perfeccionar este sistema y seguir garantizando la acumulación de grandes ganancias en pocas manos. Optimizar las estrategias de las grandes potencias imperialistas para someter a pueblos enteros.

Detrás de cada inyección de dopamina que nos devuelve el scroll, de los estímulos y recompensas, de los llamados a “dar amor” en forma de likes y compartidos, hay toda una industria dónde neurocientíficos, psicólogos, informáticos, ingenieros y otros especialistas, vuelcan sus conocimientos. 

La digitalización de la vida se desarrolla en un escenario de guerra permanente. Quizás no veamos las tanquetas ni los proyectiles caer sobre nuestros cuerpos, pero el bombardeo comunicacional, psicológico y cognitivo es constante. 

Con un capitalismo subordinado a la especulación financiera y una democracia liberal burguesa que muestra signos de agotamiento, se presenta un terreno propicio para profundizar la fragmentación de la vida en comunidad. La oferta es una burbuja ficticia donde encontrarnos con quienes más nos parezcamos. Pero también es la posibilidad de atacar, insultar o domar a otro sin necesidad de verle la cara. Una violencia que también sabe saltar del plano digital para tener su correlato en la vida real. Las milicias digitales de Las Fuerzas del Cielo de Milei son un ejemplo de eso. 

¿Quiénes son dueños de esas plataformas? ¿Qué esconden los Términos y Condiciones que aceptamos sin leer? ¿Qué son los algoritmos y cómo deciden lo que vemos? ¿Cómo nos informamos? ¿Qué lugar tiene el periodismo en tiempos dónde Twitter parecería ser la nueva cablera? ¿La inteligencia artificial nos reemplazará? 

Este dossier buscará indagar en estas y otras preguntas, con la certeza de que se abrirán más interrogantes en el camino.

Construir una agenda al servicio de la liberación de la patria será con soberanía o no será. Habrá que pensar y pelear por marcos regulatorios para las corporaciones que ganan fortunas y no tributan en el país, pero también discutir el destino de la ciencia y la tecnología, de nuestras y nuestros profesionales, de los bienes comunes como el litio, entre otros.

Volviendo al principio: ¿por qué pensar otra comunicación? Porque hay que seguir dando la disputa por el sentido. En tiempos dónde “el viejo mundo se muere y el nuevo está por llegar”, hay que trabajar para que lo que venga sea más digno de ser vivido.

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