Feminismo y diversidad como territorios de disputas, construcción y transformación. Desde una mirada crítica y comprometida, este frente apuesta por visibilizar las voces que desafían el orden establecido, cuestionan las violencias estructurales y abren caminos hacia una sociedad más justa, plural y libre.
A lo largo de los procesos revolucionarios e independentistas de América Latina, las mujeres han ocupado un rol silencioso pero que fue fundamental en los procesos revolucionarios: desde aquellas que resistieron a la colonización y defendieron sus territorios y culturas, hasta las que levantaron los pañuelos blancos en la Plaza de Mayo, exigieron justicia en las calles y convirtieron su dolor en bandera de lucha.
El feminismo popular no se construye desde los mármoles del poder, sino desde el barro: desde las ollas comunitarias, los cuerpos que desobedecen y los márgenes que gritan. La figura de “madres de la patria” se resignifica, ya no como un mito de abnegación, sino como símbolo de rebeldía, organización y resistencia cotidiana.
Las mujeres no solo fueron acompañantes en el proceso de emancipación: fueron guerreras, espías, organizadoras, mensajeras y líderes comunitarias. Su participación fue clave tanto en el frente de batalla como en la retaguardia.
El reconocimiento de estas mujeres no solo se encarga de reparar una deuda histórica, sino que permite entender que la independencia fue una gesta colectiva, diversa y profundamente feminista en sus formas de resistencias. Desde aquellas que compraron las armas que empuñaron los soldados del general Belgrano, hasta las que organizaban tertulias y bailes domésticos en las que se recordaba la “gloriosa revolución”
Cifras que incomodan, cifras que interpelan
En un país donde el Estado ha desmantelado el Ministerio de Mujeres, Géneros y Diversidad, y donde el Programa Acompañar sufrió una reducción del 98,6 % en apenas un trimestre, hablar de feminismo y diversidad no es una decisión editorial: es una urgencia política. La línea 144, la ESI y la Ley Lucio han sido desfinanciadas, mientras cada 30 horas ocurre un femicidio y el 45 % de las mujeres sufre violencia de género, de las cuales solo una de cada cinco se anima a denunciar.
La feminización de la pobreza se profundiza: una de cada cuatro mujeres no cuenta con ingresos propios, y la brecha entre varones y mujeres en situación de pobreza extrema ronda los diez puntos. Estas cifras no son estadísticas aisladas: son un reflejo de un sistema que reproduce desigualdades y despoja de derechos.
La situación de la comunidad LGBTIQ+ también da cuenta de violencia estructural y exclusión sistemática. Según el primer Relevamiento Nacional de Condiciones de Vida de la Diversidad Sexual y Genérica (2023) más del 59 % pensó en quitarse la vida alguna vez; el 14 % de los varones trans y el 12 % de las mujeres trans están desocupados; y un 35 % sufrió agresiones o amenazas en espacios públicos.
Al pararnos desde el feminismo popular con matriz política, construido desde una perspectiva que entiende el cuerpo como territorio político, atravesado por múltiples formas de violencia, pero también como espacio de lucha y dignidad. El feminismo popular que se posiciona como contrapoder frente a la avanzada neoliberal y fascista.
Los encuentros plurinacionales, la marea verde, las asambleas post crisis 2001 y las movilizaciones de Ni Una Menos constituyen lo que se puede tomar como momentos bisagra en la historia. Desde aquellas mujeres indígenas, que se resistieron a la colonización, hasta las militantes de los últimos años, Las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, Evita, Norma Plá, Diana Sacayan, Lohana Berkins, Milagro Sala, etc. este feminismo es construido en una continuidad histórica.
¿Por qué centrarnos en el feminismo y la diversidad?
El feminismo y las disidencias sexuales y de género comparten una raíz común: la resistencia frente a sistemas de opresión que se manifiestan en múltiples formas –el patriarcado, el cisheteronorma, el racismo, el capitalismo, entre otros. Estas luchas que no son homogéneas ni lineales, están atravesadas por tensiones, contradicciones y una enorme riqueza de perspectivas que merecen ser exploradas con profundidad y respeto.
Queremos construir un espacio que permita pensar de manera crítica, las identidades, los cuerpos, los afectos y las formas de vincularnos. Queremos hablar de lo que incomoda, de lo que transforma, de lo que se organiza en los márgenes y desde abajo. Porque hablar de feminismo y diversidad, es hablar de derechos, de autonomía, de deseo, de comunidad y de futuro.
Nuestro enfoque no busca brindar ningún tipo de respuesta cerrada, sino más bien abrir preguntas, habilitar diálogos y acompañar procesos de construcción colectiva. Elegimos hacerlo con convicción, sensibilidad y compromiso, dando lugar a los debates sobre el feminismo negro, la violencia institucional, los crimenes de odio y la invisibilidad de las disidencias.
Es importante entender que la diversidad no se presenta como un complemento del feminismo, sino como una parte constitutiva de una lucha colectiva que se construye desde los márgenes, desde el barro. Es una denuncia, si, pero también es una afirmación política.
Estos temas no suelen ocupar los titulares de los medios hegemónicos, y por eso es fundamental que existan espacios como este, que no solo informan, sino que también construyen comunidad, memoria y resistencia.
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