Se cumplen 18 años del asesinato de Carlos Fuentealba, y es tarea de todos los y las docentes del país mantener vivo su recuerdo; los motivos para hacerlo, son muchos.
Nadie que se dedique a la docencia se hará millonario por eso. Todos lo sabemos. Lo sabemos antes de ejercer, lo sabemos mientras lo hacemos y lo reconfirmamos cada año. Tal vez te lo dice tu familia cuando definís la carrera, te lo dice algún docente simpático que te quiere hacer un chiste cuando entrás por primera vez a una sala de profesores, te lo dice bastante seguido la cuenta bancaria. Nadie que se dedique a la docencia lo hace para llenarse de plata. Se es docente, entonces, por otros tantos motivos.
En la historia de nuestro país, sin embargo, esta certeza compartida ha colaborado en la construcción de condiciones de trabajo lamentables para aquellxs que se dedican a la enseñanza. Una de ellas se vincula al salario, otras tantas, a la falta de insumos en las escuelas, a la falta de calefacción en invierno, a los techos que se caen y provocan accidentes, a la falta de mobiliario para ejercer como corresponde. La respuesta a esto, antes y ahora, acá y en todos lados, siempre ha sido la lucha y la movilización. Si tanto les gusta lo que hacen, no se quejen más. Suele decir la madre ofendida porque llegó marzo y el hijo todavía no va a la escuela. Porque nos gusta lo que hacemos, nos quejamos. Se responde sin mucha vuelta.
Con la provincialización de la educación en los años 90, esta situación se volvió aun más compleja: que cada provincia resuelva. Competencia de gobernadores: el que primero arranca las clases, gana. En el año 2007, tres provincias protagonizaban este conflicto. Salta, Santa Cruz y Neuquén. En esta última, una huelga iniciada el 5 de marzo se extendía sin recibir ninguna respuesta de parte del gobernador, Jorge Sobisch. Se exigía un salario acorde a la canasta familiar, de 2800 pesos; el pase a planta de los trabajadores contratados, y mejoras en las condiciones edilicias. Sobisch ofreció 1140 pesos, ni la mitad de la canasta básica. Por esto, los trabajadores definieron realizar un corte el día 4 de abril en la Ruta Nacional 22. La protesta fue pacífica y sin mayores conflictos. Sin embargo, cuando la jornada se acercaba a la desconcentración, el gobierno provincial ordenó a las fuerzas policiales que se despeje la ruta a cualquier costo.
El alcance de esa última frase es ambiguo ¿Qué significa a cualquier costo? Para la policía de Sobisch, sin embargo, no hubo ambigüedades: avanzaron inmediatamente sobre los manifestantes con balas de goma y gases lacrimógenos. El operativo logra la desconcentración absoluta y la liberación de la ruta. Los docentes, a pie y en sus vehículos particulares, se retiran escoltados por las fuerzas. Pero como decíamos, la idea de a cualquier costo es ambigua. Y algunos, tal vez, creyeron que el costo había sido demasiado bajo. Uno de ellos pudo haber sido el cabo primero José Darío Poblete, que decidió tomar su pistola lanzagases y le disparó una granada de gas lacrimógeno a un fiat 147 ubicado a menos de 7 metros de distancia. En el vehículo, viajaba Carlos Fuentealba, docente, de 40 años de edad, padre de Ariadna y Camila. El gas lacrimógeno lanzado por Poblete atravesó el vidrio e impactó directamente sobre Fuentealba, causándole un traumatismo craneoencefálico grave. Hay imágenes donde podemos ver a sus compañeros desesperados intentando asistirlo, mientras las fuerzas policiales, con Poblete entre ellos, observan la escena sin intervenir. Una vez internado en el hospital provincial, Fuentealba fue sometido a dos operaciones y finalmente murió al día siguiente.
Hoy, a 18 años de su muerte, es tarea de todos los y las docentes del país mantener vivo el recuerdo de Fuentealba; y los motivos para hacerlo, son muchos. Primero, porque debe haber justicia completa: Jorge Sobisch nunca fue condenado por la responsabilidad material frente al asesinato de Fuentealba. Segundo, para que entendamos que defender nuestra profesión y nuestros lugares de trabajo implica pensar y luchar constantemente por condiciones dignas, para nuestros estudiantes y para nosotros mismos. Pero también, debemos mantenerlo presente porque la pregunta sobre qué quiere decir ese a cualquier costo para las fuerzas policiales, surge una vez más y todavía busca su respuesta.
El pasado 12 de marzo, en el marco de una movilización de jubilados reclamando una jubilación digna, la ministra de seguridad Patricia Bullrich dio la orden de liberar la zona. En el marco de dicho operativo, que contó con una represión brutal, el gendarme Guerrero disparó su pistola lanzagases de manera recta, impactando en la cabeza del fotógrafo Pablo Grillo, que estaba cubriendo la movilización y aun continúa en grave estado.
Dieciocho años después, la misma orden, el mismo procedimiento, el mismo riesgo, las mismas preguntas: ¿Quién nos cuida de la policía? El gobierno argentino, afortunadamente, parece dar sus primeras respuestas: hace dos días fue despedido de la Secretaría de Cultura Kaloian Santos, el fotógrafo que logró identificar quién fue el gendarme que realizó el disparo. De Guerrero, por ahora ni noticias.

Pedro Jalid
Profesor de Letras. Leo más de lo que escribo, trato de hacer más de lo que digo.

