Por Fera Zuccarelli
La realidad que habitamos está en constante metamorfosis. La tecnología disponible se expande a una velocidad a la que es imposible no preguntarse si podremos mantener el paso; ¿quiénes quedan afuera de todos estos cambios? Entre el metaverso, la inteligencia artificial y las herramientas que buscan transformar cómo nos relacionamos con el mundo, hay una pregunta esencial que suele quedar en la sombra: ¿Qué sentido tiene llamar esto un avance tecnológico?

Pensemos en la idea de una “realidad anfibia”. No hablamos únicamente de mundos virtuales o tecnologías inmersivas, sino de una existencia que además de moverse entre lo digital y lo físico, lo cohabita. Somos seres que viven simultáneamente en ambas dimensiones. El día promedio de cualquier persona es una mezcla constante entre interacciones digitales (mensajes, videollamadas, redes sociales) y encuentros físicos (amigxs, familia, clases, trabajo, transporte público). Ya no existe una realidad física y un complemento digital, somos anfibixs. Respiramos dentro y fuera de las pantallas.
Fetichismo del Avance
La tecnología muchas veces se vende como una gran salvadora: más rápida, más eficiente, más conectada. Pero, ¿qué pasa cuando la adoración por el avance eclipsa nuestra humanidad? En la carrera por innovar y hacer todo más rápido, el foco suele ponerse en códigos y algoritmos, dejando de lado el tejido humano que alimenta y le da sentido a todo.
Un informe sobre las tendencias para el 2025 de VML (agencia publicitaria internacional), establece que uno de los principales desafíos para entender este presente es combinar un creciente desencanto por las pantallas con la expansión de las tecnologías disponibles. Pero, ¿cómo llegamos hasta acá?
La fatiga tecnológica no es cosa del 2025, se predice un abandono masivo de las redes sociales desde 2018, o incluso antes. Sin embargo, las promesas de las nuevas tecnologías, como la inteligencia artificial (IA), hacen de esa predicción una posibilidad muy real: hoy podemos acceder rápidamente a todo tipo de información sin hablar con nadie, ni abrir ninguna aplicación más que el Chat GPT. Pero rápido no significa confiable.
Las contrapartes de las nuevas tecnologías, como la IA, son varias. Para empezar, está entrenada por nuestra sociedad, es decir, carga con los mismos sesgos y prejuicios que nosotrxs, reproduce estigmas (a lo que se le llama BIAS). De ahí el problema de tomar a esta nueva herramienta como una fuente confiable y objetiva, cuando, al igual que nosotrxs, no deja de cargar con un bagaje cultural y social subjetivo, situado, y contextualizado en un espacio-tiempo.
La incorporación de nuevas tecnologías a sistemas que ya tenemos en la sociedad, también causa el desarrollo de nuevos modelos que reproducen dentro de su algoritmo otros sesgos, pero esta vez causados por la propia arquitectura de la nueva “solución” propuesta. Algunos ejemplos pueden ser la incorporación de IA a: sistemas de selección de personal; en las fronteras; en sistemas predictivos del comportamiento; anuncios; reconocimiento facial; ciberseguridad. Todo esto ya ha causado problemas que van desde discriminación hasta la hipervigilancia y los deepfakes, es decir, suplantaciones de identidad hiperrealistas.
Entonces, ¿esto es un avance? Cada vez la palabra “avanzar” hace más ruido, pero ¿a dónde avanzamos y por qué? En este escenario anfibio, lxs humanxs somos más relevantes que nunca. No únicamente como usuarixs, sino como creadores, intérpretes y moderadores. Estas nuevas tecnologías no nos deben separar de la red humana, se supone que nuestros avances deberían ayudar a poder cohabitar espacios y mejorar la calidad de vida de las personas. No colaborar a destruirlo más rápido y eficientemente, en pos a un consumo innecesario.
La expansión tecnológica no significa inclusión. Es fundamental pensar estrategias para la incorporación y democratización de estas nuevas herramientas. Y más allá de lo bello de como suena la palabra “democratización”, lo que implica es involucrarnos en procesos de desarrollo tecnológico que sea por y para las comunidades, y que el factor creativo no sea potestad solo del 2% más rico del mundo, dejando nuevamente a las comunidades sin derecho a acceder no solo a los beneficios de las nuevas invenciones, sino también a relegar sus territorios para encarnar las transformaciones tecnológicas.
Desconexión y Mundos Delulu
Es posible que la fatiga por las tecnologías derive de la gran adicción por las redes que tiene nuestra sociedad. Todo pasa, todo el tiempo. Vemos un bombardeo, y a continuación el video de un gatito cayéndose. Todo, todo el tiempo: lo terrible, apaciguado por lo enorme del océano internauta.
En contraposición al avance caótico y desenfrenado de la narrativa en redes, hay otro discurso emergente que romantiza la desconexión total. Pero, ¿es realista pensar que podemos abandonar lo digital por completo?. Mejor dicho, ¿es posible abandonar alguna de estas realidades por completo? En vez de optar por el blanco o negro, quizá el desafío esté en encontrar el equilibrio: aprender a navegar el mundo digital sin perder nuestra presencia en el físico, encontrar lugares de encuentro con la comunidad, y buscar en conjunto los puntos en los cuales la tecnología sirve realmente a contribuir a nuestras necesidades. Y sin embargo, volvemos al mismo punto: cómo lograr eso, si las tecnologías que utilizamos se optimizan constantemente para todo lo contrario; inmersión total e irrelevancia continua.

Existe un término mediante el cual se hace referencia a este estado de aislamiento completo, influenciado por la fantasía: delulu. Es un mecanismo mediante el cual las personas se auto-garantizan la no exposición a estímulos negativos, y se rodean de fantasías, sean digitales (experiencias de realidad virtual y/o videojuegos) o creando en sus casas un espacio con objetos de estética suave y divertida que los salven del estrés y los problemas del mundo. ¿Podrían ser estos los nuevos objetos/realidades “pop”? Quizás, lo sabremos en 2050 y este tema merece una nota aparte.
Quién Se Queda Afuera
Cada periodo tecno-revolucionario, dentro de un contexto capitalista, se caracteriza por una fase de instalación y otra de despliegue (Perez, 2005). Dentro de la instalación hay un plazo de tiempo en el que los rendimientos son muy altos, pero quedan en manos de pocas personas. En la fase de desarrollo o despliegue, es donde la apertura tecnológica sucede, y nuevos sectores de la población acceden a las nuevas tecnologías aplicadas a su negocio, pero tras ser procesadas y moldeadas por los intereses de los grupos que tuvieron un acceso prioritario a ellas.

Estamos en 2025 y al día de hoy aproximadamente un 16% de los hogares en Argentina no tienen Internet. Solo dos tercios de las casas cuentan con computadora. Las barreras de ingreso de los sectores populares, no solo al uso de un producto, como el Chat GPT, sino al desarrollo de estas herramientas, es muy limitado. Un sector hiperespecializado, que incluye en su mecanismo de expansión el dejar personas afuera. Pero no porque las máquinas vayan a tomar sus puestos de trabajo, ese es el efecto.
El problema viene de trasbambalinas: las necesidades y perspectivas de sectores populares no están en la matriz de este proceso tecnológico, no son incluidas en los motivos del desarrollo, mucho menos en la dirección que toman estas herramientas. El nombre de la empresa “OpenAI” (que no es el problema en su totalidad, pero lo encarna) es representativo del presente: un nombre ficticio para una esperanza ficticia. Poco hay de apertura (Open) si lo único que podemos hacer del otro lado es observar, aceptar todo lo que se da, sin cuestionar, puesto que viene de una fuente supuestamente objetiva, como se nos ha vendido la promesa de la IA.
Otras Fuentes
Preciado, P. B. (2022). Dysphoria mundi. Anagrama.
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