TIEMPO DE LECTURA: 6 min.

Con ojo sinuoso Ana Lía Torre nos trae una mirada profunda sobre la obra de Juan Fernández Marauda.

Asistimos a algunos éxitos editoriales de la ficción noire, la documental o la que quiere ser una y otra cosa al mismo tiempo, excesivos en detalles. Autores valiosos aunque sobrevaluados que habían empezado muy bien con sus cuentos y novelas cortas ceñidas a lo indispensable. Convengamos: al lector también le cabe crear la obra. Autores que instalaron de nuevo en nuestro medio la experiencia singular de la nouvelle con su escasez de forma y profusión de sentido, pero en algún momento, desplazaron a la tercera pata del hecho artístico. 

Sin embargo, persiste un movimiento intenso de escritores parcos. 

Gratitud. 

De repente, nos sentimos desafiados. Salimos de la anomia. 

UNO DE ELLOS

Empiezo a leer a quien conozco como Harry desde hace bastante más de una década. Me cuesta descubrirlo en Juan Fernández Marauda, con una voz que nos ofrece un siniestro “jardín de las delicias” de la ficción. 

El narrador está muy presente en la primera persona de sus dos pequeñas novelas. Pero nos regatea   datos de lo que ve, piensa, vive. “La verdad novelesca” se instala potente bajo la apariencia de algo que, como un fuego, finge ser solo chispa o humo.

SU PRIMERA NOVELA

En El puente de las brujas confiesa: “No tengo nombres para lo que veo” (34) en medio de “un pequeño mundo de señales”, las que él mismo nos va susurrando (apenas), mientras nos instiga a procesar con ellas la significación.

Hay una pericia particular en definir relaciones de personajes que gravitan en el ánimo del narrador, pero nunca se describen. El trabajo de ponerles rostro, voz y circunstancia a un padre o a una mujer es de nosotros. Son las grandes presencias del relato y, sin embrago, las mayores ausencias en el enunciado. Tenemos que esmerarnos en atar los cabos de sus relaciones con el protagonista. Los vínculos se insinúan solamente. 

“Constantemente buscan algo de mi padre en mí, pero ni el olor, aunque vista su ropa, aunque viva en su lugar mientras él está entre paréntesis.” (39) 

“Me levanto pensando en Romina. No la llamo. No pienso en la relación ni en los años”. (53)

A fuerza de despojado, el texto se vuelve poema:

Así empieza y termina una página de apenas cuatro renglones en que el atardecer se instala con estilo de cosmogonía en la sentencia final:

 “Aquella tarde las nubes se derramaron sobre el río como si hubieran abierto de un tajo el vientre del cielo… De esto se hizo la noche” (43)

De una maraña de impresiones y sensaciones, que apenas se aluden, surge esta síntesis: 

“Rápidamente dejan de ser los ruidos de las cosas para volverse la voz de la noche.”(44) 

Los personajes y las acciones más constantes no son humanos. Los animales y el paisaje parecen incidir en mayor medida sobre los hechos:

“La gata merodea los troncos, busca la mano con la cabeza, los ojos entornados…. Con un gesto me pide que me vaya.”… (48). 

“A veces confundo la gata con la esfinge de una gata. De a ratos peca de irreal” (64) Y aquí no podemos evitar la imagen del gato casi metafísico de “El Sur”, de Borges.

Mientras los perros van y vienen entre los dos espacios de tensión: la casa y el río, el relato ha puesto a esa gata en tal actitud que opaca la figura del protagonista. Un declarante cómplice o negligente? Nunca lo sabremos. Se elude lo escabroso en la alusión directa, pero nos sumerge en ello con su significado.  

“No hay necesidad de leer si ya dije lo que dije y lo firmé una vez.

Sí a todo, de nuevo. La cabeza  baja.

Hecho: la mano del fiscal cierra el archivo.” (83)

A estas alturas, es bueno volver al segundo epígrafe: Hay un policía dentro de cada vecino.

Y es necesario, además, dejar sentado que no por discreta, la palabra de J. F. Marauda deja de plantar su crítica a una sociedad que, en la ficción, repite el desapego y la omisión de individuos tan lejos de ser comunidad como en este otro simulacro que llamamos realidad. 

SU SEGUNDA NOVELA

El primer libro ya revela un estilo nuevo. En el segundo, esa impronta se afianza en un texto escueto que sabe instalar, aun así, la complejidad de su universo.

Se diría que hay una sola posición tomada y evidente. Aparece en la descripción del Parque industrial abandonado, que asociamos al industricidio neoliberal.

En lo demás, el narrador se las arregla casi sin referencias ideológicas para crear un clima, delinear personajes, caracterizar un vínculo o definir una situación. Conoce la observación de Luckács: la buena obra supera la ideología del autor.

Como en la primera, en esta novela el narrador protagonista es un hombre sin pasiones. No toma partido, no se arriesga ni por su propia vida, ni por la justicia de los otros, ni por un amor (si es que de eso hay algo en su mundo).

Así como en El puente de las brujas no se definen actos ni se atribuyen responsabilidades.

En La dirección del fuego así como se desvanecen los perfiles de las cosas (ya que el fuego al fin las devorará…), se eluden los riesgos de una incandescencia tolerable que, en un momento “dejó de ser miedo para  volverse otra forma de la soledad” (27) y de un humo que avanzan sin pausa.  

Ni siquiera la inocente clemencia del pastor atenúa la culpa colectiva. Imposible no asociar con el desborde depredador de un  sistema al que todos contribuimos mirando hacia otro lado.

La omnipresencia del fuego incluye su clasificación. “Los fuegos clase A ocultan una combustión interna, insidiosa”. (25) Frase que acaba siendo una declaración de principios estéticos. Casi un manifiesto. La pasión interior no encuentra registro en esta prosa. 

Enorme trabajo de recorte. 

La indefinición del protagonista en su propia historia se revela en un sueño:

“Soñé que el edificio se quemaba. El fuego… aparecía y desaparecía. Yo corría de y hacia él al mismo tiempo. En el sueño estaba solo. …rondaba entre las escaleras y el ascensor sin decidirme a bajar por ninguno”

De la relación con Lucía, mujer con quien convive, solo sabemos, antes del final revelador, que “más propio de ella es encender la mecha que pisarla.” (43) Y nos insinúa también esos desencuentros que él registra sin la menor emoción. Es muy aguda la forma como expresa que los ha asumido: “Tengo la mirada acostumbrada a estas noches de insomnio, pero acepto esa negrura como lo que es: pedazos que faltan”. (57) 

Así como se repite la figura de un protagonista desganado, en las dos novelas aparecen los eternos culpables/culpados/ de este pecado nuestro de cada día: los chicos pobres que andan sueltos, pero juntos…, cuya carencia y perjuicio los aúnan con los animales. 

Con pocas imágenes brutales y calculada ausencia de explicaciones, entendemos que son éstos quienes, injustamente sucumben en el lento cataclismo sin pausa antes que aquellos que en alguna era le robaran el fuego a los dioses.

 


Ana Lía Torre. En temprana adolescencia dejó el terruño. De Chacabuco a La Plata, de Argentina a Brasil y de regreso, fue dejando querencias, amigos, libros.

Ejerció la docencia en todos sus niveles eligiendo autores y autoras para militar. 

 


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