Las piernas expulsan un leve ardor cálido, no dan más, están fundidas después de una jornada tan larga como todas las anteriores. La planta del pie se acalambra levemente bajo la zapatilla de lona y justo un instante después la rueda del bondi se cae en el mismo pozo de siempre, anticipando la entrada al barrio.
El olor a barro estancado es lo primero que se mete por las fosas nasales, luego el ladrido de los perros mezclado con el escape de una moto lejana acompañan el zigzagueo constante y los saltos cortos esquivando charcos. Un farol municipal le da a la escena un aspecto amarillo gastado.
Van pasando las cuadras y las fachadas de los viejos chalets obreros se van terminando, comienzan a predominar construcciones irregulares, donde el ladrillo hueco sin revocar y medianeras con botellas de vidrio rotas toman relevancia. La calle ya no es un viejo pavimento arrasado por los años, solo es tierra, escombro y algún rastro de conchilla blanca, que de repente se topa con una ventana que pone fin al camino. Unos pasos a la izquierda un pasillo de aproximadamente dos metros de ancho se abre.
A esta altura, bajo el pantalón de jean el calor de las piernas se mezcla con la humedad de la cava y la transpiración que levantan los músculos después de caminar unas siete u ocho cuadras; el resto del cuerpo solo quiere llegar a casa.
Paso a paso los techos y las paredes que dan la estructura al pasillo van descendiendo al igual que la fina carpeta de material que marca la senda del camino. Para esto hay una sola explicación; el barrio está edificado en un pozo.
El pasillo zigzaguea y cambia su geografía en cada curva, de repente puede aparecer una pintada en aerosol reclamando el mando de ese tramo y algunos nombres dando a entender la conformación de una banda, también podés cruzarte algún Perón Vuelve, un pequeño santuario del Gauchito Gil o un stencil de la Virgen. Lo que nunca desaparece son los miles de cables que viajan por encima de los techos de chapa y la pequeña zanja que también zigzaguea siguiendo el ritmo interno del barrio, llevando un agua gris brillante que deja ver restos de jabón y grasa.
Al día de hoy, en nuestro país existen más de 5.000 barrios populares y viven más de 6.000.000 de argentinos y argentinas.
Vivir en un humedal, vivir en un pantano, vivir sin agua natural, sin luz, sin gas, vivir entre la basura, caminar día a día entre la mierda del vecino por la falta de cloacas. Vivir en la miseria planificada, generación tras generación.
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En el octavo país más extenso del mundo, la discusión y la lucha por la vivienda, sigue siendo hoy, una de las mayores deudas que se tiene con la dignidad del pueblo argentino.
Las causas para entender el por qué de la desigualdad a la hora de conseguir un pedazo de tierra para habitar en nuestro país son amplias, y pueden buscarse disparadores desde los tiempos de la instauración del Estado Nación hasta la actualidad. Pero fue durante la última dictadura militar donde se consolidaron las bases de la Argentina que hasta el día de hoy sufrimos.
De la mano de Martínez de Hoz, la última dictadura cívico militar llevó adelante un plan económico que destrozó la industria nacional, se endeudó de manera fraudulenta con el FMI potenciando la deuda externa y nacionalizó la deuda privada; también devaluó y congeló los salarios.
Con una idea de controlar el territorio y disciplinar a la sociedad la dictadura volvió a darle curso, profundizando el “Plan de erradicación de las villas de emergencia de la Capital Federal y del Gran Buenos Aires. Primer programa. Erradicación y alojamiento transitorio” que había comenzado Juan Carlos Onganía, anterior gobierno dictatorial, durante la década del 60 (1966-1970).
Con el Mundial 1978 a la vuelta de la esquina, mediante nuevas normas de ordenamiento del territorio, descongelamiento del precio de los alquileres, desalojo, topadora, secuestro y tortura, la dictadura extirpó a gusto a miles de familias que vivían en barrios de Capital Federal con gran proyección para el negocio inmobiliario. Mandaron a mudar grandes fábricas al Gran Buenos Aires, buscando que con ellas también, junten sus petates y se vayan los barrios obreros cercanos a los cordones industriales.
Por último, mediante la deuda externa, llevaron adelante la construcción de las distintas circunvalaciones y autopistas que rodean y cruzan la capital, siempre con fin en el puerto y la aduana.
Entre la concentración de propiedades, el aumento desmedido de los alquileres y la migración de las fábricas, los barrios bonaerenses cercanos a Capital Federal aumentaron su población en poco tiempo. Con muy poca planificación territorial y urbana, se terminó de edificar el primer y segundo anillo del conurbano bonaerense.
Al mismo tiempo, a través del terror y el exterminio, desapareciendo a 30.000 personas y apropiando a más de 500 bebés, se generaron las bases para individualizar a la sociedad, dando paso así a la fundación del neoliberalismo en Argentina.
Para el año 1977 Rodolfo Walsh dejaba asentada en su famosa Carta a la Junta Militar un presente nacional, que con el correr de los años no ha hecho otra cosa que empeorar.
“Basta andar unas horas por el Gran Buenos Aires para comprobar la rapidez con que semejante política la convirtió en una villa miseria de diez millones de habitantes. Ciudades a media luz, barrios enteros sin agua porque las industrias monopólicas saquean las napas subterráneas, millares de cuadras convertidas en un solo bache porque ustedes sólo pavimentan los barrios militares y adornan la Plaza de Mayo, el río más grande del mundo contaminado en todas sus playas porque los socios del ministro Martínez de Hoz arrojan en él sus residuos industriales, y la única medida de gobierno que ustedes han tomado es prohibir a la gente que se bañe“, Rodolfo Walsh.
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Alcanza con caminar algunas cuadras por los cientos de barrios populares que tiene la Provincia de Buenos Aires para arrojar una triste conclusión. El daño hecho por la última dictadura militar y la continuidad neoliberal de ese periodo, ha sido tan grande y tan atroz que los posteriores 12 años de gobierno kirchnerista no fueron capaces de rebatir la realidad. Esto no quita que durante los gobiernos de Nestor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner (2003-2015) el nivel de la pobreza y el crecimiento de los asentamientos y barrios populares se haya estancado en comparación con los periodos anteriores y también en algunos casos haya disminuido de la mano de la reconstrucción del empleo, la industria nacional, la obra pública y la gran batería de políticas sociales implementadas para el bienestar del pueblo argentino. Aunque no se pudo erradicar la pobreza, estas fueron las banderas y el modelo político donde mejor le ha ido efectivamente a los sectores populares desde la vuelta de la democracia hasta hoy.
Pero haciendo una cronología hasta la actualidad, el gobierno de Mauricio Macri (2015-2019) dinamitó en poco tiempo los avances logrados por el kirchnerismo, atacando la industria nacional y endeudándose por cien años con el FMI. En poco tiempo volvió a dejar la situación de los barrios populares, igual o peor que durante los años noventa.
Para colmo, el Frente de Todos, fórmula encabezada por Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner (2019-2023), comenzó su gestión ocupándose de la crisis sanitaria desatada por la pandemia de Covid-19. Pero una vez superada esta, las tensiones internas, la rosca, la tibieza y un panorama regional e internacional muy distinto al de los primeros años del Siglo XXI imposibilitaron hacer siquiera la mitad de lo logrado durante el periodo del 2003-2015.
La mala gestión del Frente de Todos y su nula capacidad de construir un proyecto, tuvieron como síntesis la continuidad en la pérdida del poder adquisitivo que el pueblo argentino ya venía sufriendo desde los tiempos del macrismo. Triste afirmación, entendiendo que el gobierno y el peronismo llevaban en su espalda, la esperanza de poder salir adelante de millones de argentinos y argentinas.
Un pueblo golpeado, desorientado y cansado, que soñaba recuperar las condiciones de vida que hace algunos años atrás tuvieron. Pero la contracara de ese horizonte fue el aumento de la pobreza. Y en los barrios populares, la miseria como si fuese un manchón de humedad en la pared, emergió arriba de la vieja miseria, esa que se venía acumulando desde la última dictadura hasta acá.
Árboles genealógicos con raíces humildes. Ser el último orejón del tarro como única herencia.
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Siguiendo el suceso de los distintos gobiernos y sin mucho más dato duro que el día a día de millones de argentinos; realidad que se siente, se palpa y se huele. No es novedad el nivel de adhesión que cosechó Javier Milei y sus ideas, principalmente en los sectores populares.
Pero tampoco es novedad, aunque poco se dice y reconoce, que las ideas liberales no han conseguido mayor masividad, porque en cada barrio hay un sin fin de vecinos y vecinas nucleadas en organizaciones sociales de base, que día a día hacen magia para hacer aparecer un plato de comida en los comedores populares (conociendo la situación y nula entrega de alimentos por parte del Ministerio de Capital Humano) generando en la comunidad, aún en este contexto, una cuota de esperanza y confianza en el otro. Si el tejido social argentino, como lo conocemos, no se terminó de resquebrajar todavía, es gracias a la organización popular.
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Barrio, esquina, escuela pública arrasada, olla tiznada y tupper lleno de guiso. Cumbia en el aire que se mezcla con la voz rasposa del Pity en sus distintas épocas: modo fierita Viejas Locas o pibe Intoxicado buscando la redención en Dios y el sol.
El sueño de ser Messi y Maradona, el potrero primero como escape al aburrimiento ante la falta de tele por cable y juegos de consola, luego un poquito más grandecito, el potrero como camino a la fama y la esperanza. El anhelo de comprar una casa con una pieza para cada hermano y una cocina bien grande, con muchas mesadas para mamá. El fútbol como posibilidad. La oportunidad de ingresar a un club del ascenso o de primera, esquivarle a la esquina y a la vagancia. El sueño de salir adelante mediante taquito, gambeta y algún que otro puntinazo a la miseria.
El sueño de conocer a un hombre serio, con laburo y un oficio. Ser mamá y esquivarle al futuro en la casilla rodeada de violencia, frío y hambre.
Vivir en un barrio popular sin servicios de luz, agua potable, cloaca ni asfalto.
En verano el sol te derrite y no hay sombra, birra o “naranjú” que le de pelea.
En invierno el frío se pega a las chapas y hiela todo a su paso, haciendo colapsar las precarias instalaciones eléctricas que vuelan por los aires quemando todo a su paso.
Tocándole los talones al cierre del primer cuarto del Siglo XXI, las condiciones de vida de millones de argentinas y argentinos son más parecidas a los tiempos de los primeros conventillos arrabaleros y en muchos otros casos a la edad feudal.
Luego de dictaduras militares y una continuidad de un modelo económico de miseria planificada, lejos ha quedado el anhelo de la vivienda digna que alguna vez, flameó bajo las banderas de la justicia social.
La vida de nuestro pueblo se degrada y hunde en la mierda.
Cuarenta años después las palabras del Padre Carlos Mugica parecen dichas hoy:
Señor: perdóname por haberme acostumbrado a ver que los chicos parezcan tener ocho años y tengan trece.
Señor: perdóname por haberme acostumbrado a chapotear en el barro. Yo me puedo ir, ellos no.
Señor: perdóname por haber aprendido a soportar el olor de aguas servidas, de las que puedo no sufrir, ellos no.
Señor: perdóname por encender la luz y olvidarme que ellos no pueden hacerlo.
Señor: yo puedo hacer huelga de hambre y ellos no, porque nadie puede hacer huelga con su propia hambre.
Señor: perdóname por decirles “no sólo de pan vive el hombre” y no luchar con todo para que rescaten su pan.
Señor: quiero quererlos por ellos y no por mí.
Señor: quiero morir por ellos, ayúdame a vivir para ellos.
Señor: quiero estar con ellos a la hora de la luz”.
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Felipe Bertola
Cuando estaba en la panza, mi vieja me cantaba “Significado de Patria” para tranquilizarme. En la comunicación y organización popular encontré la clave para poder “ser la revancha de todxs aquellxs”. Como todo buen platense, sé lo que es ganar una Copa Libertadores.

