Lau Uhrig vuelve con su recomendaciones, análisis y critica. Con un ojo certero nos trae una de sus últimas lecturas; El año en que hablamos con el mar de Andrés Montero.
Montero escribe una novela en la que la nostalgia, la belleza y el compartir historias se vuelve un punto de encuentro, un lugar seguro para estar con el otro.
Últimamente mis lecturas -casualmente o no- están relacionadas con la reconstrucción de la figura del narrador oral. Volver a los orígenes del relato para pensar cómo narramos y qué narramos en la actualidad se transforma en una especie de reflexión dentro de la ficción misma. El encuentro con otros es indispensable para contar historias, para construirlas, para verle los gestos de sorpresa, de enojo, de felicidad a quien escucha y, sobre todo, repensar cómo los relatos que nos identifican se construyen de forma colectiva y activa. Y eso hace Montero en su ultimo libro: volver al encuentro con otros, construir una historia colectiva, recuperar la figura del narrador oral en constante relación con la escritura.
En Kalpa Imperial, y más atrás en Decamerón, el narrador oral se transforma en el puntapié para compartir historias alrededor de un fuego, cerca de los otros, reconstruyendo historias reales o inventadas, pero que siempre se crean junto a la otredad. En El año en que hablamos con el mar, el autor chileno propone la lectura de una historia llena de ternura, de nostalgia, de encuentro y desencuentros, pero sobre todo nos muestra cómo ese encuentro entre los personajes permite que la historia sea del pueblo y para el pueblo.
“Lo supimos por la mirada amplia, por el suspiro de los que vuelven. Lo decía también con los ojos: había algo en ellos que hablaba del tiempo y la nostalgia, de la necesidad de juntar las imágenes de los recuerdos con las que tenia ahora la vista, de ponerlas unas sobre otras para comprobar si calzaban o si había que hacer algunos ajustes en la memoria”
En una pequeña isla, solitaria y alejada del continente, los habitantes están expectantes a cualquier visitante que llegue. El ruido de la avioneta que puede traer a un turista curioso o los víveres para vivir un mes más, rompen con la rutina y todos van a la pista de aterrizaje a ver quién o qué llegó. Solo se puede llegar con ese medio de transporte porque ¿quién va a garantizar otro transporte hacia esta isla desconocida? Así, después de cincuenta años de estar lejos de su isla, Jerónimo vuelve a lo que fue su hogar. El reencuentro con su hermano mellizo es inminente. Ambos hermanos idénticos físicamente, pero opuestos en la historia de vida. Uno, tosco, solitario y testarudo, el otro aventurero y escritor.
Todo el pueblo o toda la isla está pendiente de este reencuentro. Quieren saber qué fue lo que separó a esos hermanos mellizos que no hacían nada sin el otro, qué o quién motivó a Julián a irse de la isla para encontrar refugio allá, en España, lejos de su hermano, su isla, su familia. Qué lo llevó a olvidar sus raíces y encontrar refugio en la fotografía, en el periodismo, en la escritura.
La historia la vamos a conocer gracias a las preguntas y respuestas que se plantean los habitantes que observan, buscan recuerdos en su memoria que creían apagada, unen relatos recortados, versiones, y así, entre todos, arman la historia de estos dos hermanos que están juntos, pero que el rencor por lo que fue no los deja seguir.
Montero nos obliga a volver a una imagen del mundo, a un lugar en el que el internet no llega, las computadoras no existen y la escritura toma un aire nostálgico de lapicera y cuadernito, el encuentro con el otro -con los otros- se vuelve fundamental para matar el aburrimiento, para que las horas pasen entre historia e historia.
El pasado se reconstruye gracias al entrelazamiento de la escritura y la oralidad. Un pueblo que se encuentra en una taberna, que en realidad es un barco abandonado, se preguntan qué ocurrió entre esos dos hermanos que antes eran tan unidos y ahora no se pueden mirar a los ojos cuando se hablan, se preguntan y cada uno le responde al otro, entre todos arman la historia a su gusto, pero también las paginas escritas, el narrador en primera persona participa de esta reconstrucción. Una especie de diario intimo que viene a completar esos datos que faltan, a desmentir versiones equivocas, a mostrar los sentimientos de un hombre que no olvida su pasado y se cuestiona sus decisiones.
“Era bonito contarnos una historia, pero advertíamos que nos iba a dejar un vacío cuando se acabara”
Andrés Montero no solo escribe una historia en la que dos hombres mayores se encuentran y reproducen y rompen con la rudeza masculina, cada uno a su modo, sino que utiliza la literatura para reflexionar -conscientemente o no- de la construcción de la literatura misma. Los orígenes del relato, la oralidad como punto de inflexión, el narrador colectivo que se interrumpe, se corrige y vuelve al ritmo de la narración. Una novela con campanas hundidas bajo el mar, con pactos con el diablo y que lleva a reflexionar sobre el vinculo y la historia familiar que tiene tintes de realismo mágico.
“Mientras los oía dar argumentos y razones de por qué esto o por qué lo otro, pensé que, en esa discusión, sostenida en la pequeña taberna de una isla perdida al final del mundo, estaba contenida toda la historia de la literatura.
La idea, en cualquier caso, no es mía, sino de Walter Benjamin. Decía que los que cuentan historias han sido siempre campesinos o marineros. Campesino sería el que recoge la memoria local, y la cuida, y la traspasa. Marinero, aquel que se va por las aguas y regresa con historias de otras tierras. Por supuesto, Benjamin concluye que un buen narrador tiene que ser un poco campesino y un poco marinero”

Lau Uhrig
Trabajadora, estudiante y lectora de Literatura. Docente de Lengua y Literatura en escuelas secundarias de La Matanza. Estudiante de Lic. en Lengua y Literatura (UnLaM). Siempre caminando por La Matanza

