Partiendo del cuento Habrá que matar a los perros, de nuestro autor del mes Miguel Briante, Juan Machado propone un recorrido por la figura de los perros desde Rulfo hasta autores de la actualidad.
Briante dice que la inglesa dijo que habrá que matar a los perros, pero que no sabe, él no, su narrador, Briante dice que su narrador no sabe. Que a la noche dan lastima oírlos ladrar así, tan despacio, como si lloraran. Los perros, en este cuento, para Miguel Briante son la banda musical que lo entristece todo. También son la insistencia, el recuerdo que pierde fuerza, pero no peso. En fin, un fantasma.
En Habrá que matar a los perros, cuento escrito en 1968 y que es parte del libro Ley de Juego publicado en 1983, los perros son el pasado que insiste. Reaparecen una y otra vez, su forma es la forma de la melancolía del lamento, del recuerdo, de lo que no se va, ni aún muerto. Los perros de Briante que, en principio, penosos, ladran, van deformando la voz para al final llorar. Los perros de Briante no ladran, lloran y son el fondo de un hombre que recuerda su época de domador, su tiempo de payaso, la vieja Laver, la humillación. Porque recordar, muchas veces y en todo caso, es humillarse.
Pero, ¿Con qué tradición se sienta a discutir Miguel Briante? ¿De dónde vienen los perros que a él le lloran? ¿A quién le contesta?
Lo que es presencia en Habrá que Matar a los Perros nace de la ausencia. Para pensar la ausencia es necesario irse hasta el gran autor de los vacíos, quien del silencio hizo un lenguaje; 1953 es el año, el lugar es México. El Fondo de Cultura Económica en su colección Letras Mexicanas, publica El Llano en Lllamas de Juan Rulfo. Este, su primer y único libro de cuentos, contiene No Oyes Ladrar a los Perros. Hay autores con universo propio, eso es palabra usada a la hora de describir la obra de un autor, en este caso no es aplicable, porque entrar a Rulfo no es entrar a su universo, es entrar a una literatura que no se parece a nada. Juan Rulfo, como otro puñado mínimo de autores, es una literatura por sí misma. Se instala con este libro y años más tarde con Pedro Páramo, como un artefacto, hecho de lenguaje y nuevas estructuras, complejo y palpable en la literatura universal.
Son muchos los autores y autoras que van a comer de Rulfo, uno de ellos es Briante.
En No oyes ladrar a los perros, un padre cruza el llano con su hijo a cuestas, herido por su mala vida, por andar en los malos pasos. La noche se les cae encima y ya nada es lo que se ve. Queda entonces la esperanza de oír el ladrido de los perros que indiquen que ahí está Tonaya, que ahí está la cura para las heridas del hijo, que ahí están los perros y la vida esperando.
¡Aguántate! – Dice Rulfo que dice el padre – ya debemos estar cerca. Lo que pasa es que ya es muy noche y han de haber apagado la luz en el pueblo. Pero al menos debías de oír si ladran los perros. Haz por oír. Pero lo que llega es la muerte del hijo. El padre -dice Rulfo- después de descargar el cuerpo del hijo, oyó cómo por todas partes ladraban los perros.
Los perros de Rulfo que son ausencia.
Los perros de Briante que son presencia.
Los perros de Rulfo que son la esperanza perdida en el silencio.
Los perros de Briante que son la derrota en el recuerdo.
Entonces, justo ahí, está Moyano. Retomando la figura de perro de Rulfo poco después que Briante. Daniel Moyano es el escritor Riojano que supo decir: antes de Borges y de Cortázar yo estoy muchas más cerca de Rulfo cuando dice mi hermanita la Tacha está a un tantito así de volverse piruja. En uno de sus libros más reconocidos, El estuche de cocodrilo publicado en 1974, retoma una de las figuras que Rulfo plasma en El llano en llamas. En Cantata para los hijos de Gracimiano, Daniel Moyano toma la figura del perro y lo introduce en la historia de un matrimonio pobre -como todos los matrimonios sobre los que contó Moyano- que sube a todos sus hijos al carreta para ganar la calle e ir dejándolos uno por uno en diferentes casas por no poder darles de comer, para que tengan un mejor futuro o un futuro. Dice que, cada acto de amor les sabía a duelo. En Moyano el amor es perder; a diferencia de Miguel Briante, no son perros los de Moyano, es un perro, porque los personajes de Moyano siempre son tímidos, están heridos y solos. En Habrá que Matar a los Perros, la figura del animal está presente en el cuento en la primera línea, creciendo como un paisaje en el desarrollo, también aparece en la última. En Cantata para los Hijos de Gracimiano, el perro recién aparece en la sexta página: El último en subir fue el perro, que calentaba a la vez las piernas del menor. Los brazos de José el mayor y una parte de las costillas de la otra mujercita, que dormía todavía. El perro va a ser lo último que escuche José, el primero en bajar de la carreta; José se quedó mirando alejarse la carreta. Ninguno de sus hermanos volvió la cabeza, ni sus padres. El perro estuvo ladrándolo un rato y él oyó ese ladrido hasta que el sonido desapareció, y también la carreta, después del ladrido. El ladrido del perro en Moyano es el último gesto de amor de una vida que nos abandona.
Daniel Moyano en sus cuentos suele cargar de sentido a los objetos, sépase un río en Para que no entre la muerte, en una puerta en La puerta, en un monumento en La espera. En Cantata para los hijos de Gracimiano todos los gestos inútiles en esa hora de los hijos van a estar cargados en la figura del perro. Entonces este doble final, que hacen a un cuento magistral. Porque este cuento termina dos veces, en el final mismo, pero también dos páginas antes, junto con el perro: El perro no quiso quedarse en ninguna parte, por su afición a Gracimiano, y hubo que degollarlo. Se entregó solo al puñal, como si hubiese comprendido la congruencia que había en su brillo.
Y entre Briante y Moyano, los galgos.
Sara Gallardo en 1968 -después de Briante y antes de Moyano- publica su tercera novela, Los Galgos, Los Galgos, que en orden de importancia también será la segunda detrás de su obra máxima Eisejuaz.
Esta novela tensa el arco poético, lleva al texto al terreno del amor, pero no en la idea de romanticismo de época, este amor es un amor que se pregunta a sí mismo por el amor, el suelo que se pisa, la finitud, el silencio. Ahí están los galgos entonces, Corsario y Chispa, un casalito que Sara Gallando, de manera magistral y al igual que Moyano, carga de sentidos humanos, vivir por instinto es lo que quieren el resto de los personajes y que sólo los galgos lo logran. El amor se agota, es finito, se va apagando de a poco como toda llama que supo iniciar el fuego, y los galgos también.
El movimiento que hace Sara Gallardo en Los galgos, los galgos es simétrico al de Moyano en Cantata para los hijos de Gracimiano. Contar lo humano a través de los perros. Contar lo perros.
En autores actuales los perros también aparecen, basta con citar algunos de ellos como Samanta Schweblin en Matar a un perro. Para conseguir un trabajo, un hombre debe pasar la prueba de matar a un perro. En este cuento Samanta Schweblin trae a juego, aunque el relato no este citado en tiempo y espacio concreto, las practicas que perduraron en la pos dictadura. El secuestro, la tortura y la muerte. Puede pensarse en este comportamiento, por ejemplo, al clan Pucho. Ahí está la necesidad de estos tipos de cuentos de leerlos en clave dictadura. En este cuento los perros son la alegoría, la ironía, el pasado, como en Briante, que insiste.
En clave dictadura también se lee Infierno grande, cuento de Guillermo Martínez. Un triángulo amoroso en un pueblo, una desaparición en la época de las apariciones, el perro que irrumpe casi en el final del cuento para darle sentido a todo. En dictadura un perro se pasea por las calles del pueblo con una mano humana, el perro corre la suerte de los que han hecho preguntas en los tiempos de la no pregunta, un cuento clásico de Guillermo Martínez con un final abrumador.
Y los perros van a ladrar, después, en la puerta de la casa, enfurecidos. Dice Hernán Ronsino en su cuento Y a los perros también, incluido en la antología La Última Gauchada.
Los perros de Ronsino son fuertes, tenaces, como esa familia que cuenta ahí, como el Fabián. Ellos van hacia la muerte, a ver al muerto y lo que deja el muerto, y los perros también. Los perros corren por el campo, acompañan o persiguen, que parece ser la misma cosa. Fabián, uno de los protagonistas, habla sólo de dos cosas, del trabajo o de los perros. Es acá que Ronsino se toma el tiempo de narrar la historia de los perros desde la llegada de los primeros, al echar cría le dan paso a estos perros que corren detrás de los dueños, babeando, sucios, tapados de tierra. Cada escena de este cuento, en su mayoría, la abren o la cierran estos animales. Todo se condensa en la relación que Fabián tiene con los perros y los perros con Fabián.
El Fabián se distrae con los perros, cuenta la narradora, dice que son como chicos, que lo único que les falta es la palabra. Es de lo único que habla, mayormente. Entonces, para Ronsino, es Fabián quien hace lo de Gallardo, lo de Moyano: humanizar los perros.
En Y a los perros también, el autor contesta a Briante en Habrá que matar a los perros, lo que para uno es ausencia en el otro es toda presencia. Esos perros moribundos de Briante, ya sin fuerzas para el ladrido de tanto llorar y llorar, en Ronsino son la potencia, baba y tierra, ladridos que acompañar la vida, la muerte y lo que quedan sonando de este lado de la muerte.
Ahí están los perros en la literatura. Todo el tiempo son perros que vuelven como ausencia, como recuerdo, como pasado, como violencia, como amor, como perros.

Juan Machado
Juan Machado nació en Carhué, provincia de Bueno Aires, en 1992. Poeta, escritor, también se desempeña como conductor y productor de Plástico Cruel en radio Trinchera. Publicó los libros, Pájaros Punk ( Malisia, 2022) y Como corderos (Azul Francia, 2024). Obtuvo una mención meritoria, por su cuento Una canción desesperada, en el 10° Concurso de cuento Haroldo Conti, 2023.

